Mons. Fernando Sebastián Aguilar Comentario para la radio: Cuarto Domingo de Adviento, 2006
Estamos ya en el umbral de la Navidad. Para vivir la Navidad no basta echarse a la calle el día 25. Hace falta haber preparado el ánimo para sentir un poco lo que celebramos en este día. Hay que haber recorrido los cuatro domingos de Adviento como cuatro tramos de acercamiento al misterio deslumbrante del Amor de un Dios escondido y todopoderoso que se hace hombre para enseñarnos y ayudarnos a vivir nuestra humanidad. Por amor. No puede haber otra razón. Nos conmueve la inocencia y la fragilidad del Niño Jesús, como símbolo de todos los niños inocentes y débiles del mundo. Pero nos conmoveremos mucho más si pensamos y creemos que ese Niño es el Hijo eterno de Dios, de la misma naturaleza que el Padre, hecho hombre para vivir y morir con nosotros y por nosotros. Eso es más que sentimiento, es un estremecimiento de gratitud, de adoración, de no poder más. El Hijo de Dios se hace hombre para que los hombres podamos llegar, con El, a ser hijos de Dios. No es retórica. Ser hijos de Dios quiere decir tener en nosotros la vida de Dios, esa sangre del alma que es el Espíritu de Dios. Es hijo de Dios el que tiene el Espíritu de Dios, y tiene el Espíritu de Dios el que ama a los hermanos con ese mismo amor con que Dios nos ama a todos, con un amor gratuito, universal, misericordioso, sacrificado, irrevocable, eficaz y benefaciente. Navidad significa que, al final, todo es amor. Amor de Dios a los hombres y de los hombres a Dios, amor entre nosotros sin barrera ni distinción, amor de todos cuantos queremos vivir acercados y reunidos en Cristo que nos lleva hasta Dios por los peldaños de las buenas obras del amor. Es una pena que algunos puedan pensar que la fe cristiana no es capaz de fundamentar la convivencia social. Eso sólo se puede decir mientras se vive atrapado por cuatro caricaturas de la verdadera religión que por lo visto para algunos son muy difíciles de superar. Alguna culpa tenemos también los cristianos en ello. Vivamos de verdad la Navidad, con gratitud, con oración, con Misa, con alegría y buenas obras, con ese amor bueno que deja el corazón en paz y hace felices a quienes viven a nuestro derredor. Para eso hay que acercarse espiritualmente al portal de Belén y quedarse allí unos minutos. Sin luces, sin canciones, sin prisas. Dejar que la claridad y el gozo de la Navidad nos entre en el alma y empapen nuestro corazón hasta que la alegría nos salga de dentro, de la sensación inefable de sentirnos queridos por Dios y a salvo de todo mal mientras nos mantengamos en esta comunión de amores que es la Iglesia, la Familia Santa de Jesús, la Familia de los hijos de Dios.
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