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Homilía en la celebración del Viernes Santo

La muerte de Jesús en la Cruz nos descubre la verdad de la Encarnación del Hijo de Dios. Vino a estar con nosotros con todas las consecuencias. Quiso entrar en nuestro mundo dominado por el pecado, privado de la gloria de Dios, dominado por la ceguera y la rebeldía del demonio, con la colaboración de nuestros errores y nuestras ambiciones. “Al mundo vino y los suyos no lo recibieron”

 La muerte terrible de Jesús en la Cruz nos manifiesta la gravedad de nuestros pecados. El Creador maniatado, el Juez juzgado, el Justo condenado, el Hijo de dios blasfemado, la Vida rechazada y muerta en un madero. Todos hemos puesto nuestras manos en El. Cuando nos hemos olvidado del amor de Dios, cuando nos hemos dejado dominar por las cosas de este mundo, cuando no hemos querido ver el dolor de nuestros hermanos. Esa Cruz a la cual está clavado Jesús, es la Cruz de nuestros pecados, la Cruz de nuestro orgullo y de nuestras ambiciones, la Cruz de nuestros olvidos y nuestras cobardías.

 Pero el Calvario, lugar de dolor y de muerte,  es también lugar de vida y de esperanza. Los poderes del mal que quisieron eliminar a Jesús quedaron allí mismo aniquilados. Aceptando la muerte, Jesús alcanza la plenitud de su vida. Ahora ha cumplido enteramente la voluntad del Padre, ahora ha llevado su amor hasta el fin, ahora es levantado por la grandeza de su amor como Rey de la humanidad y de la creación entera. En esta cumbre de su amor y de su misericordia, Jesús nos manifiesta el corazón de un Dios que es capaz de morir y de dejar morir a su Hijo para acercarse a nosotros, para convencernos de que nos ama de verdad y de que es El la verdadera fuente de nuestra vida y el verdadero objetivo de nuestra esperanza.

 En la Cruz de Jesús, la Palabra eterna del Padre se hace palabra humana para decirnos la gran verdad del amor que Dios nos tiene. Desde entonces, cada uno de nosotros podemos decir, Dios me ama, Dios ha muerto por mí, puedo confiar en El, no me dejará solo ni siquiera en la gran soledad de la muerte. Nadie es despreciable a los ojos de Dios. Dios nos ama a todos, ha muerto por todos. Cada hombre, cada mujer, desde el momento de su concepción, está dignificado y engrandecido por el amor de un  Dios que ha muerto por él para rescatarlo de la muerte y llevarlo hasta la vida eterna.

 De esta manera, la cruz, que era el patíbulo de los esclavos y de los malhechores más aborrecidos, se convierte en símbolo del amor desbordante de un Dios que sufre en su carne las consecuencias del pecado para quebrar definitivamente el poder del mal en el mundo. La Cruz de Jesús levantada hasta el Cielo, es el verdadero camino de nuestra salvación que llega hasta la vida eterna. Con sus brazos abiertos, es el ofrecimiento del perdón universal, el abrazo  del amor eterno que nos da la vida. Desde entonces, esta cruz de Jesús nos acompaña en todos los momentos de nuestra vida, como signo gozoso del amor de Dios  que por su Hijo Jesucristo nos salva para la vida eterna.

 “Si el grano de trigo no muere permanece infecundo, pero si muere da mucho fruto” “Cuando sea levantado en alto atraeré a todos hacia mí.” Señor Jesús, Tú nos has ganado el corazón. Nosotros somos el fruto de tu amor. Hoy queremos acercarnos a tu Cruz, queremos estar cerca de Ti, con María, madre tuya y madre nuestra, porque queremos adorarte  y amarte como centro de nuestra vida. Te pedimos  perdón por nuestros pecados, necesitamos sentirnos envueltos por tu mirada de amor y misericordia, queremos vivir dentro de esa Iglesia siempre nueva, fruto de tu inocencia, de tu fidelidad, de la grandeza del amor de Dios y del don del Espíritu Santo que brota de Ti y tiene que inundar la tierra entera.

 Señor, humildemente, en nuestra pobre vida, queremos ayudarte a llevar el peso de la Cruz, manteniendo viva nuestra fe en la bondad de Dios en medio de todos los sufrimientos, confiando en el triunfo del amor de Dios sobre todos los fracasos y decepciones de nuestra vida, devolviendo bien por mal, haciendo el bien a nuestros hermanos y anunciando con inmensa gratitud la esperanza de la gran pascua de la vida que Tú has inaugurado desde el árbol fecundo de la Cruz.

 

Mons. Fernando Sebastián Aguilar

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela