Titulo2.gif (14196 bytes)

Cartas desde la fe

HAGAMOS LA PAZ ENTRE TODOS Y PARA TODOS

1. Alivio y esperanza.

Desde que ETA declaró el "alto el fuego", ha crecido en nuestra sociedad el deseo y hasta la necesidad de que termine definitivamente el uso de la violencia como instrumento político y consigamos el establecimiento firme de una convivencia justa y tranquila sin agresiones de ninguna clase.

Sin entrar en ninguna consideración de orden partidista, en la Iglesia recibimos desde el primer momento este cambio de situación con alivio y alegría. Ojalá no vuelvan a sonar nunca más las armas, ni haya más atentados o extorsiones de ninguna clase. En el momento actual no podemos hablar todavía de paz verdadera. Es, en todo caso, una paz provisional, precaria, condicionada por la amenaza del retorno de la violencia.

Con todo, es innegable que estamos ante una extraordinaria oportunidad para lograr una paz estable. Por esto mismo resulta moralmente obligatorio que todos los ciudadanos de buena voluntad hagamos cuanto sea posible para conseguir que esta paz precaria llegue a ser clara, justa y consistente.

Los cristianos y la Iglesia entera nos sentimos llamados y obligados a colaborar activamente en el establecimiento de la paz. La fe cristiana nos ayuda a comprender con especial realismo y profundidad los problemas de la violencia y de la paz. No nos basta cualquier paz. Queremos la paz verdadera, una paz honda y completa, la paz de Jesús, la paz que viene de Dios. Una paz cimentada en la fe y en la gracia de Dios. La paz por la que pedimos cada día en la Misa: "La paz os dejo, mi paz os doy".

2. La paz, fruto de la justicia y de la caridad.

La violencia nace de la injusticia, sufrida y ejercida. Una y otra crecen en nuestro corazón. Los hombres, con nuestros errores, injusticias e impaciencias somos los verdaderos causantes de las agresiones y de la violencia. Por eso decimos "no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de la Iglesia".

La paz verdadera nace desde dentro de nuestros corazones. La paz es un don de Dios a los hombres justos. Es fruto de la justicia interior que Dios hace surgir en nuestros corazones, a pesar de todos los pesares, por obra del Espíritu Santo. De esta paz interior nace y se difunde la paz social, en las familias, en la sociedad y en el mundo entero. Por encima de todos los problemas y dificultades que encontremos. Puede haber situaciones o experiencias que nos empujen hacia la violencia. Pero no hay nada que de verdad la justifique.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que el respeto y el desarrollo de la vida humana exigen la paz. Una paz que no puede alcanzarse sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad. La paz es el fruto de la justicia y de la caridad (l.c. n.2304).

El Papa Juan Pablo II, en su reciente mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, nos dice que el camino para la paz es el respeto integral a los derechos de las personas y de los pueblos: "Esta es la convicción que deseo compartir con vosotros: cuando la promoción de la dignidad de la persona es el principio conductor que nos inspira, cuando la búsqueda del bien común es el compromiso predominante, entonces es cuando se ponen los fundamentos sólidos y duraderos para la edificación de la paz" (l.c., n.1).

Ahora mismo Dios quiere que vivamos en paz. Dios no quiere que nadie viva amenazado, Dios no quiere que nadie mate a nadie. Dios no quiere que haya ni un solo asesinato más. Dios no quiere que las aspiraciones políticas o las pretendidas injusticias que un grupo crea estar padeciendo sean causa de agresiones, secuestros y muertes. El, que es Padre de todos, quiere que vivamos en paz, en libertad, justicia y mutua benevolencia.

3. Tarea y obligación de la Iglesia y de los cristianos.

El anuncio de la paz, la educación moral de los hombres y mujeres para que sean capaces de vivir en paz, la animación permanente a todos los hombres de buena voluntad para que hagan todo lo posible en favor de la paz, tanto desde las instituciones públicas como en el campo de la vida social en general, es tarea y obligación propia –no digo exclusiva- de la Iglesia. Precisamente porque la paz es un don de Dios, que se alcanza mediante la justicia interior, de la cual dependen muchos bienes materiales y espirituales para el conjunto de la sociedad, la Iglesia tiene que seguir anunciando y practicando el mensaje de Dios "Paz en la tierra", adoptado por Jesús como saludo universal y norma permanente de vida: "La paz con vosotros".

La Iglesia en general y cada uno de los cristianos de Navarra queremos ser portavoces y colaboradores de esta voluntad de Dios que quiere que vivamos en paz, como hermanos, respetando los derechos de todos, en sus diferencias, en sus tradiciones, en sus propias manifestaciones culturales, sociales y religiosas.

Queremos de todo corazón que el año de 1999 marque el principio de la reconciliación y de la paz, en Navarra, en la Comunidad Autónoma Vasca y en España entera. Para eso tenemos que plantearnos sinceramente las exigencias de este respeto integral a los derechos humanos de todos, personas, pueblos y grupos de todas las características y de todas las tendencias que viven entre nosotros.

4. Magnanimidad, creatividad y confianza.

Estoy seguro de que algunas personas criticarán mis palabras y dirán que me meto en lo que no es asunto mío. Intentaré mantenerme en el terreno de las ideas generales, tratando de ajustarme a las indicaciones del sentido común y de un corazón recto, dejándome guiar por la doctrina social de la Iglesia y la asistencia del Espíritu Santo. No quiero salirme de mi misión episcopal ni entrometerme en cuestiones políticas. Pretendo solamente decir con lealtad y libertad lo que el pueblo de buen sentido parece que desea, espera y pide a sus representantes, a quienes cuidan en su nombre de los asuntos públicos y colectivos, lo que el pueblo justo y sencillo espera oir en y de la Iglesia de Jesucristo.

Que nadie vea en mis palabras ninguna influencia ajena al Evangelio ni ninguna preferencia política de ningún signo. Trato de situarme en un nivel estrictamente moral, indicando los pasos indispensables para que exista un proceso sincero y eficaz hacia la pacificación, guiado únicamente por las exigencias morales y por un reconocimiento honesto y objetivo de las circunstancias concretas en que vivimos hasta donde me es posible conocerlas.

No es el momento de enredarnos en polémicas personales ni de dejarnos llevar por intereses particulares. Este proceso requiere que seamos capaces de proceder con la misma magnanimidad, la misma creatividad y confianza con la que actuamos los españoles en los años y en los hechos decisivos de la transición política. Debemos liberarnos, por una y otra parte, de los agravios y sufrimientos padecidos anteriormente, ya sea durante la Guerra Civil, o en los años de la Dictadura o posteriormente como consecuencia de los ataques terribles del terrorismo,

Nos toca crear entre todos una época nueva, con sentimientos de magnanimidad, con imaginación y grandeza de miras, buscando sinceramente las bases espirituales y las fórmulas jurídicas que hagan justicia al valor de la ya larga convivencia histórica de nuestros pueblos, a sus legítimas diferencias y a las ventajas de todo género que nos ofrece a todos la posibilidad de una convivencia libremente aceptada, pacífica y estable.

Durante este tiempo de conflictos, se ha creado y difundido una atmósfera de prejuicios, falsas generalizaciones, resentimientos, acusaciones, malentendidos y caricaturas de los hechos, de las personas y de las instituciones, que hace muy difícil la comunicación y el acercamiento entre los grupos y las personas. Hará falta mucha paciencia y mucha buena voluntad para ir aclarando esta atmósfera y desenredar la complicada madeja de rechazos y sospechas creada por tantos años de incomunicación y de agravios.

El cese de la violencia, aunque precario todavía, ha abierto posibilidades nuevas que hemos de aprovechar. Es una hora de Dios. Puede ser una hora de gracia y de renovación. Sin retórica de ninguna clase me atrevo a decir a los cristianos y a los hombres de buena voluntad que hemos de vivir este momento en una actitud espiritual de conversión y de verdadera renovación espiritual, en una actividad de esperanza social y creatividad política. Las disposiciones religiosas y morales de las personas tienen mucho que ver con los problemas sociales y de convivencia que padecemos. Unas actitudes espirituales renovadas pueden suscitar algunas posibilidades de entendimiento y convivencia que ahora nos parecen casi imposibles.

5. La paz es posible desde ahora mismo.

Para comenzar tenemos que afirmar decididamente que la paz es posible. No podremos desearla de verdad si no la consideramos posible ahora mismo. Los deseos son activos y creadores cuando están cargados de esperanza. La paz será posible si todos adoptamos actitudes de tolerancia, de respeto a la libertad y a las características de las personas y de los grupos, con sus legítimas diferencias. Las diferencias de unos y otros no son un peligro ni una amenaza para nadie, sino una riqueza para todos.

Ahora mismo es posible avanzar hacia la paz. No hay nada que nos pueda mantener de manera fatalista e ineludible en el hoyo de los enfrentamientos. Somos libres y tenemos los recursos morales, políticos y materiales necesarios para establecer una convivencia justa y estable. La capacidad de hacerlo está en nosotros. Si la queremos de verdad, la paz será posible.

6. No rotundo a la violencia.

Para llegar a la paz resulta indispensable, en primer lugar, que quienes han utilizado y justificado la violencia como medio ordinario de acción política, renuncien a ella de forma pública y definitiva. Todas las demás aspiraciones y peticiones, por legítimas que puedan parecer, estarán condicionadas por la amenaza latente de las armas mientras no llegue este anuncio indispensable de la renuncia definitiva y creíble al ejercicio de la violencia.

Por otra parte, para participar con credibilidad y verdadera autoridad moral en el proceso de la paz, hay que distanciarse de forma definitiva del recurso a la violencia como instrumento de acción y presión política. No vale hablar de violencia de alta o baja intensidad. Sólo el respeto a la ley puede devolvernos el clima de confianza imprescindible para empezar a hablar y llegar a entendernos.

El Gobierno y las instituciones públicas, los cristianos y los hombres justos que tienen autoridad y responsabilidad en la vida pública, tienen el deber de hacer cuanto puedan por abrir caminos a la paz, sin enredarse en cuestiones secundarias, sin dejarse seducir por intereses partidistas, ni dejarse vencer por las dificultades que puedan surgir en el camino, facilitando con la propia magnanimidad el largo y complicado proceso de encuentro, comunicación y reconciliación con los que han sido hasta ahora partidarios y ejecutores de la violencia.

La sociedad no puede rebajar su firme rechazo moral contra todo intento de someterla por métodos violentos e injustos. Hay que mantener en alto el grito unánime y poderoso del ¡Basta ya!. Con la diferencia de que ahora, además, hay que descubrir el camino realista para hacerlo efectivo y tener el valor de comenzar a recorrerlo.

Aunque haya grupos marginales que sigan practicando alguna violencia, aunque tuviéramos que sufrir -Dios no lo permita- el dolor de algún nuevo atentado, las fuerzas sociales y las instituciones políticas de cualquier género y naturaleza deben seguir empeñadas en buscar la paz y en hacer posibles los pasos indispensables hasta el establecimiento de un marco de convivencia en el que todos se sientan suficientemente reconocidos en sus derechos y legítimas pretensiones culturales y políticas. Una cosa es clara y firme: no podemos tolerar la continuación de la violencia. Y sólo terminará de verdad cuando quede superada en sus causas por métodos pacíficos y justos.

El Papa tiene palabras de reconocimiento y aliento para quienes se atreven a asumir esta difícil responsabilidad: "Se debe reconocer el gran mérito de aquellos políticos decididos que tienen el valor de continuar las negociaciones incluso cuando la situación parece hacerlas imposibles" (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, enero de 1999, n. 11). No olvidemos estas palabras. Nos hará falta recordarlas más de una vez.

No tengamos miedo a hablar, no tengamos miedo a escuchar los razonamientos y concepciones de los que piensan de manera diferente y de quienes han podido presentarse y actuar como nuestros enemigos. Creamos en la humanidad de los demás, pongamos de relieve los puntos de encuentro que sin duda existen, hagamos sitio a los otros en el marco de nuestra estima y nuestra convivencia.

El objetivo inmediato tiene que ser que ETA y sus colaboradores renuncien definitivamente a los atentados y a las amenazas como instrumento de acción política. La consolidación de la paz sólo llegará cuando los que han creído en la legitimidad y en la utilidad de la violencia reconozcan que se han equivocado y que han hecho mal violando y atropellando los derechos básicos de sus víctimas.

A los demás nos corresponde facilitar estos pasos a aquellos que los han de darl venciendo las dificultades que encuentren dentro y fuera de su propio campo.

7. Actos concretos de arrepentimiento, perdón y reconciliación.

La presencia y la intervención de las víctimas del terrorismo no será obstáculo para el proceso de pacificación. Ellos, que han sufrido más que nadie los efectos del terrorismo, desean también más que nadie que no se vuelvan a repetir las tragedias que ellos han tenido que sufrir. Su voz nos hace recordar la cara más trágica y más inhumana del terrorismo. No podemos caer en el error de pensar que solamente los presos son los que sufren las consecuencias de los conflictos. Los primeros en sufrir las consecuencias del terrorismo son los muertos, los mutilados, las viudas y los huérfanos, las familias irremediablemente heridas. Todos ellos merecen una preferente atención, comprensión, consuelo, ayuda personal y hasta material. Con su fortaleza ante el sufrimiento y su comportamiento ejemplar han sido y son ejemplo de entereza moral y de una admirable humanidad.

Será preciso que alguna vez los causantes de tantos sufrimientos expresen de alguna manera su arrepentimiento y pidan perdón a los que han tenido que sufrir y sufrirán durante toda su vida las consecuencias de sus crueles actuaciones. Entre todos tenemos que crear un clima nuevo de valoración personal y moral de estos hechos que reclame y facilite palabras de acercamiento y gestos de reconciliación entre las personas. Pero mientras tanto, los cristianos tendremos que dar testimonio de fortaleza moral y de generosidad, siguiendo las enseñanzas y los ejemplos de N.S. Jesucristo.

A todos nos viene bien recordar las hermosas palabras del Papa Juan Pablo II en la "Bula convocatoria del Gran Jubileo del Año 2000": "Los cristianos están llamados a hacerse cargo, ante Dios y ante los hombres que han ofendido con su comportamiento, de las faltas cometidas por ellos. Que lo hagan sin pedir nada a cambio, profundamente convencidos de que "el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones" (Rom 5, 5). Que en este año jubilar nadie quiera excluirse del abrazo del Padre. Que nadie se comporte como el hermano mayor de la parábola evangélica que se niega a entrar en casa para hacer fiesta (Cf Lc 25, 25-30). Que la alegría del perdón sea más grande y profunda que cualquier resentimiento" (l.c. n. 11).

La mejor ayuda para la regeneración del pecador es el perdón. Perdonar es ayudar a quien nos ha ofendido a liberarse de su mal interior y acercarse a una nueva vida. Cuando el padre de la parábola sale a esperar al hijo que vuelve a casa, su gesto de acogida alivia la fatiga y el esfuerzo del hijo arrepentido. Admitir el perdón es la forma más profunda de reconocer que hemos obrado mal. Así nos ocurre en la vida moral con el perdón de Dios. Y así ocurre también en la vida social. Todo esto requiere un gran movimiento de magnanimidad. La caridad "todo lo excusa, todo lo espera, todo lo soporta" (I Cor 13, 7). Hay que hacer el esfuerzo de sentarse a la mesa con quienes nos han ofendido. Todos lo tenemos que hacer. Más quien más ha sufrido. Si no aceptásemos a quienes nos han ofendido ¿cómo podríamos invitarles a sentarse en torno a la mesa común de la convivencia?

Los problemas de la política y de la convivencia no pueden quedar al margen de la oración y del mandato de Jesús. Todos recibimos el perdón de Dios por muchas cosas que cada uno sabe. Todos tenemos que perdonar también a quienes nos han ofendido. En este círculo admirable del perdón y del amor nacemos continuamente a la justicia por el camino del arrepentimiento, el desagravio y la reconciliación

Con otras muchas personas, consciente de que es muy difícil tener una buena información, me inclino a pensar que la aplicación prudente y generosa de los recursos permitidos por la ley para aliviar la situación de los presos y exiliados de ETA, pensando sobre todo en sus familias, podría facilitar en estos momentos la rectificación de ETA y el cese definitivo de las agresiones. Habría al menos que intentarlo. Sólo cuando la violencia desaparezca del primer plano de las preocupaciones, se podrán ver en sus verdaderas dimensiones los problemas de fondo y podrán ser abordadas las cuestiones políticas que no han encontrado todavía una solución aceptable para todos.

8. Un proceso consensuado y un proyecto común de convivencia.

Una vez superado el grave escollo de la violencia, llegará el momento de abordar con serenidad las reivindicaciones nacionalistas de algunos conciudadanos nuestros, para buscar una respuesta justa y equilibrada que sea definitivamente pacificadora. Mientras esta cuestión no se aborde con lealtad y se resuelva de una manera justa y razonable, comprendida y aceptada por todos, siempre quedarán latentes las causas profundas del terrorismo. No se puede olvidar que el terrorismo nace en gran parte de la frustración del nacionalismo, vivida subjetivamente como injusticia.

En este terreno el primer paso indispensable tienen que darlo los mismos ciudadanos vascos. Los ciudadanos de la Comunidad Autónoma Vasca, y en proporción muy distinta algunos ciudadanos de Navarra, tienen opiniones diferentes y en buena parte incompatibles sobre este particular. Hay quienes compaginan perfectamente su ciudadanía vasca o navarra y su condición de ciudadanos españoles. Otros, en cambio, ven estas dos dimensiones de su personalidad como incompatibles. No entienden que una misma persona pueda ser a la vez vasco y español, análogamente a como se es vasco y europeo, o español y europeo.

Sobre estas cuestiones no se ha hablado claramente con suficiente serenidad en el marco de las nuevas posibilidades ofrecidas por las instituciones democráticas. Hay en todo esto demasiado simplismo, demasiadas actitudes apasionadas, radicales, poco matizadas, que vienen con frecuencia arrastradas de otras épocas y de otras situaciones muy diferentes.

Por eso resulta indispensable y urgente que nacionalistas y no nacionalistas se sienten a la mesa y elaboren un proyecto de convivencia política que resulte aceptable para todos. Esto es especialmente urgente en la Comunidad Autónoma Vasca. Sólo cuando exista ese proyecto común aceptado con amplia mayoría por los representantes de los ciudadanos, resultará posible buscar un acuerdo sólido con el Parlamento español.

9. La lengua vasca, patrimonio cultural de los navarros.

En Navarra la paz requiere que aceptemos con naturalidad el componente cultural vasco y que el bilingüismo encuentre sus perfiles justos y verdaderos. No caigamos en el error de confundir lo substancial con lo contingente y advenedizo. El patrimonio cultural, en toda su riqueza y complejidad, es permanente y substantivo. Los posibles excesos en un punto u otro son algo añadido y hasta transitorio.

Todos tendríamos que ponernos de acuerdo en la valoración y estima de la lengua vasca como parte importante del patrimonio cultural de los navarros. Tendríamos que estar también de acuerdo en que esta lengua reciba cordialmente el tratamiento legal, social y económico que le corresponde. Y deberíamos también renunciar a utilizarla como instrumento de lucha política, dejando que las leyes lingüísticas y la libre decisión de los ciudadanos marquen el ritmo de su evolución como lengua viva y verdadero instrumento de expresión y comunicación.

Para proceder con respeto y rectitud habría que evitar todo aquello que lleva consigo o tenga al menos la apariencia de una presión excesiva mantenida artificialmente que ofende a muchos ciudadanos navarros. No sea que pretendiendo corregir una situación básicamente superada, creemos otra contraria, con los mismos o mayores defectos que la primera. No olvidemos que las imposiciones tarde o temprano producen rechazos.

10. Crear entre todos una situación nueva.

Cada vez resulta más necesario y urgente que cuanto antes ETA renuncie públicamente a la amenaza latente de la vuelta a la violencia. Pero también es cierto que, a pesar de estas dificultades, no hay otro camino para resolver los problemas pendientes que sentarse a hablar, con claridad de ideas y altura de miras, hasta aclarar los malentendidos, desmontar los falsos planteamientos y conseguir unos acuerdos sólidos sobre la base de la verdad, la lealtad, la confianza mutua y el deseo generalizado de anteponer la concordia verdadera y el mutuo respeto a las exigencias maximalistas erigidas en mitos intocables.

La paz tiene una dimensión moral, religiosa, interior, que entra por las honduras del corazón como un agua tranquila que todo lo renueva. Dejémonos invadir por ella. En estos momentos todos nosotros, los más nacionalistas y los menos nacionalistas, los terroristas y las víctimas del terrorismo, todos tenemos que hacer un esfuerzo para dejarnos cambiar interiormente por el toque de la bondad de Dios, por el espíritu de la fraternidad y de la tolerancia, por el deseo sincero de crear una situación nueva en la que podamos vivir y convivir en paz.

Es preciso crear entre todos un clima espiritual nuevo. Hay que desear sinceramente la paz, buscarla, hacerla posible, desde todos los puntos y en todas las direcciones. No busquemos nuestras propias ventajas, ni mantengamos rígidamente nuestros puntos de vista. No nos pidamos cuentas unos a otros. Dejemos las cuentas pendientes para otro momento.

Pongamos en primer lugar las verdades básicas de nuestra convivencia y de nuestro patrimonio común, histórico y espiritual: somos personas, somos hermanos, somos hijos de Dios, somos cristianos, llevamos muchos años viviendo juntos, hemos formado entre todos un patrimonio cultural común admirable del que disfrutamos todos a pesar de nuestras diferencias. Aprendamos de nuevo a vivir juntos, con más claridad y más respeto que antes, resolvamos con generosidad los conflictos engendrados en años pasados y en situaciones ya felizmente superadas, hagamos el esfuerzo de aceptarnos unos a otros para seguir viviendo juntos, en el respeto, en la verdad y en la confianza, con serena libertad, en paz.

En estos momentos aparece ante nosotros un atrayente camino de renovación espiritual y de pacificación social que abarca muchas cosas y que tenemos que recorrer entre todos, haciendo cada uno lo que pueda sin salirse de su propio campo y sin invadir las competencias de nadie, poniendo siempre en primer lugar el deseo sincero de superar las divisiones y los conflictos.

Para caminar de verdad hacia delante hay que ser claros y pedir a todos que entren por el camino de la verdad y del respeto. No se puede pedir tolerancia o flexibilidad a los demás mientras proponemos unas exigencias desmesuradas con la intención de ir arrancando poco a poco concesiones y claudicaciones con el sofisma de la comprensión y la tolerancia.

Sólo así, con tiempo por delante, seremos capaces de construir una paz estable, firme, con una configuración política adaptada a la variedad y pluralidad de opiniones y preferencias de quienes formamos esta compleja sociedad y esta vieja y sabia comunidad histórica.

Para llegar hasta aquí nos hará falta mucho temple, mucha paciencia, mucha generosidad y sobre todo mucha honestidad y buena voluntad. La sociedad, los ciudadanos, los medios de comunicación, la Iglesia en su conjunto y los ciudadanos cristianos tenemos que ayudar a nuestros políticos a recorrer este camino, con serenidad, con fortaleza, con un gran respeto a la realidad de las cosas y con la suficiente unidad y decisión para alumbrar, si es preciso, algunas situaciones nuevas más adaptadas a las aspiraciones de todos nosotros.

Al hablar así pienso especialmente en los jóvenes. Es necesario que de una u otra manera les llegue este mensaje. No precisamente el mío, sino el de la magnanimidad y de la tolerancia, el de Jesucristo y su Iglesia, el del Dios bueno, Padre de todos. A unos tendremos que ayudarles a no dejarse engañar por quienes les enseñan una historia ensombrecida que despierta en ellos sentimientos de odio y de lucha, a otros les tendremos que disuadir para que no respondan al odio con el odio, a otros muchos habrá que animarles para que salgan de la pasiva indiferencia en que viven y asuman sus responsabilidades cívicas y políticas. ¡Cuánto trabajo, cuántas posibilidades y responsabilidades para los padres y educadores, los sacerdotes y catequistas de Navarra entera!

No me queda sino pedir a todos, a los que estén de acuerdo conmigo y a los que no lo estén, que cada uno haga cuanto esté en su mano para desterrar definitivamente la violencia de nuestra tierra, para arrancar de raíz las causas de esta violencia que vuelve periódicamente sobre nosotros como una maldición. Si alguien tiene otras cosas que decir y proponer que lo haga. Bienvenido sea. Pero sin insultar, sin despreciar, sin interpretar mal los buenos deseos de los demás. Dejemos que el diálogo y el tiempo vayan aclarando las ideas y purificando los sentimientos. Podemos hacerlo. Tenemos que hacerlo. Con la ayuda de Dios, para bien de todos los hijos de esta tierra bendita. "Bienaventurados los que buscan la paz, porque serán llamados hijos de Dios" (Mt 5, 9).

Pidamos a Dios, el buen Padre común, que cuide de todos nosotros y dirija nuestros corazones en estos momentos por caminos de verdad, de justicia, de renovación, de perdón, de arrepentimiento y de paz. Que la Virgen María, Reina de la Paz, haga resonar en nuestro corazón las palabras maternales: "Haced lo que El os diga". Y que todos nosotros, tengamos el suficiente valor y la suficiente humildad de obedecer decididamente la voz de la Madre del cielo y la voz de nuestra propia conciencia.

Pamplona, 2 de febrero de 1999

Fiesta de la Presentación del Señor

 

Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela


Volver a Documentación