Titulo2.gif (14196 bytes)

Cartas desde la fe

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Esta fiesta me ha parecido siempre cercana y humanísima. Con ella los cristianos honramos la memoria de los muchos santos no glorificados en la tierra. Unos son desconocidos, otros muchos no. Todos hemos conocido hombres y mujeres llenos de fe, que han vivido haciendo el bien, de manera sencilla, en la salud o en la enfermedad. Personas de las que hemos dicho con admiración y respeto: Fulanito era un santo; Fulanita era una santa.

Esta fiesta se presta a muchos comentarios. Uno es pensar que en este mundo, que tantas veces nos hace perder la paciencia, hay muchas personas buenas, mucha gente honesta, piadosa, que vive confiada en Dios y que hace mucho bien al prójimo sin hacer ruido ni salir nunca en letras de molde.

Estos santos sencillos y silenciosos sostienen el mundo, sostienen la buena marcha de muchas familias, de muchas personas necesitadas, de muchas actividades sociales importantes. Estoy convencido de que nuestra sociedad va adelante, ciertamente por el esfuerzo de muchas personas, de muchos buenos profesionales, pero sobre todo por la rectitud y generosidad de muchas buenas personas anónimas, que viven haciendo el bien, a veces con muchos sacrificios, con los ojos puestos en Dios y sostenidos desde dentro por el Espíritu Santo.

Y otra consideración podría ser ésta: muchos de estos santos no glorificados en la tierra, son familiares y amigos nuestros. Estamos rodeados de santos. Unos, desde el cielo, están con nosotros invisiblemente. Otros están todavía en este mundo y a lo mejor nos encontramos con ellos todos los días. Ojalá tengamos ojos para descubrirlos a tiempo. Seremos más felices. Veremos las cosas con más optimismo. Su recuerdo nos ayudará a ser mejores.

Y por último: Todos estamos llamados a ser santos. Nos lo recordó el Concilio bellamente: “Todos, por la acción del Espíritu de Dios, obedientes a la voz del Padre, adorando a Dios Padre en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y con la cruz a cuestas para llegar a tener parte en su gloria”. Los obispos, los sacerdotes, los religiosos y los seglares, todos los discípulos de Jesús, “están llamados y obligados a procurar la santidad y la perfección de su propio estado de vida”. (Constitución sobre la Iglesia, cap. 5).

Nos lo había dicho ya el Señor de manera más sencilla y profunda: “Amad a vuestros enemigos, ...sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mateo, 5, 43-48).

Todo el Evangelio y los escritos de los Apóstoles son una invitación a seguir a Jesús en el amor al Padre y en el amor generoso y efectivo al prójimo. Ésa es la llamada y el camino verdadero para la santidad.

Lo oración de cada mañana debe ayudarnos a proyectar nuestra vida “en clave de santidad”. ¿Cómo tenemos que vivir cada jornada para cumplir el deseo del Señor: “Sed santos y misericordioso como es vuestro Padre celestial”? ¡Cuántas cosas para pensar y aclarar en la presencia del Señor!

La santidad no es complicada. Se puede y se debe vivir en los diferentes estados de vida y en todas las circunstancias concretas de nuestra vida.

Este es el camino verdadero para renovar la Iglesia y resolver de verdad nuestros problemas. Seamos todos un poco mejores y la Iglesia irá mejor y actuará mejor. Seamos un poco mejores en el cumplimiento de nuestras obligaciones, pequeñas y grandes, y todo irá mejor, también en la sociedad.

¿Es normal que en una sociedad donde la mayor parte son cristianos haya tanta corrupción, tantos conflictos, tantos fraudes y tanto sufrimiento? Nuestra misión como cristianos y como Iglesia es mejorar y transformar la sociedad desde la conversión de las personas y la justicia interior de quienes actúan en los diferentes campos de la vida. Y eso se hace con la buena predicación, con los sacramentos, con el buen ejemplo y la multiplicación de las presencias y las buenas obras de los buenos cristianos.

La sociedad celestial de los santos que recordamos en esta fiesta tan familiar es la verdadera alternativa a la sociedad de este mundo, la referencia permanente para nuestra santificación y nuestra acción evangelizadora y renovadora. Ésa es la grandeza y la hermosura de nuestra vocación y misión de cristianos en el mundo.

Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Volver a Cartas pastorales
Volver a Documentación