Jesucristo, Dios con nosotros
Catequesis en el Jubileo de los Jóvenes en la XV Jornada Mundial de la Juventud
Roma, 16 de agosto de 2000
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PRELIMINARES Texto bíblico: Isaías, 9, 1.2a.5-6 "Brilló una luz para los que vivían entre sombras. Aumentaste el gozo y la alegría. Nos ha nacido un niño. Se nos ha dado un hijo. Será Grande. Príncipe de la Paz". De la Carta del Papa a los jóvenes. En Jesús, nacido en Belén, Dios se apropia la condición humana, se hace accesible y establece una alianza nueva y eterna. Quien le ve, ve a Dios; quien le sigue, sigue a Dios; quien le ama, ama a Dios (Jn 12, 44ss). Abrir el corazón a Cristo que nos da el poder de llegar a ser hijos de Dios (Jn 1, 12).
INTRODUCCIÓN Ayer inauguramos en la plaza de San Pedro, con el Santo Padre, las Xvas. Jornadas Mundiales de la Juventud. Este año con el signo particular de celebrar el Jubileo de los Jóvenes. Las Jornadas comienzan con estos tres días de catequesis y de oración que muchos no saben siquiera que existen. Piensan que venimos a Roma a hacer fiestas o encuentros infantiles. Venimos a escuchar la palabra de Dios, a orar intensamente, a encontrar a Jesús y encontrarnos con nosotros mismos. Estos tres días va a soplar el Espíritu Santo. Abramos las velas del alma, las velas que son la atención, los deseos, el deseo fundamental de responder lealmente a la visita y al amor de nuestro Dios. Los organizadores de las Jornadas nos encomiendan que dediquemos este día a considerar la figura de Jesucristo como el Emmanuel, como Dios con nosotros, en la vida, en el mundo, en el interior de nosotros mismos. La verdad es que en nuestro mundo se oye poco hablar de Dios. Si nos dejamos llevar de las impresiones diríamos que Dios está distante, silencioso, ausente. En la vida pública, en el lenguaje oficial, en los medios de comunicación casi no se cuenta con Dios para nada. Podemos preguntarnos con cierta angustia ¿es verdad que Dios está lejos de nosotros? ¿O es que nosotros estamos lejos de Dios? De hecho en los temores de muchos cristianos, en el cristianismo vergonzante de otros, en el olvido descuidado o jactancioso de otros, puede estar escondida la idea de que Dios no se entera de nada ni podemos tampoco contar con El. Poco a poco la gente va entrando en la hipótesis de que estamos en un mundo nuestro y solo nuestro, en el cual podemos hacer lo que mejor nos parezca, sin contar con Dios para nada. Dios está en lo suyo y nosotros en lo nuestro. En cambio, la fe cristiana, las convicciones fundamentales de nuestra vida cristiana nos hablan de la presencia de Dios en el mundo. Juan Pablo II, en su carta a los jóvenes, nos dice que un rasgo específico y peculiar de nuestra fe cristiana es afirmar que Dios está con nosotros, participa en nuestra historia humana por medio de su Hijo Jesucristo. En el Catecismo aprendimos que Dios está presente en el Cielo en la tierra y en todo lugar. El preside nuestra vida. Vivir es siempre vivir en presencia de Dios, contando con El, teniendo en cuenta su juicio, su voluntad, su amor hacia nosotros. Hoy queremos profundizar en este dato de nuestra fe: Dios está presente en nuestro mundo, Dios está cerca de nosotros, Dios es nuestro refugio y nuestra roca, nuestro alcázar, nuestro salvador. Al comienzo de nuestra meditación, rezamos con el salmista: Una cosa he pedido a Yahvé, una cosa estoy buscando morar en la Casa de Yahvé todos los días de mi vida, para gustar la dulzura de Yahvé y cuidar de su Templo. El me dará refugio en su cabaña en el día de desdicha, me esconderá en lo oculto de su tienda, sobre una roca me levantará. Dios mío busco tu rostro. No me escondas tu rostro. No me abandones, Dios de mi salvación. Aunque mi padre y mi madre me abandonen Dios no me abandonará. (Salmo 27).
Sin esta presencia de Dios cerca de nosotros, no tendría sentido la verdadera religión, ni la vida espiritual, no podríamos tener ni oración, ni fe, ni esperanza, ni nada de nada. El dogma central del Cristianismo es que el Dios de la Creación, el Dios oculto, es un Dios amoroso, compasivo, salvador, que sale de Sí y se acerca a nosotros para ayudarnos a librarnos de nuestros enemigos y darnos la plenitud de nuestro ser de hombres, en la comunión con El, por la fe y las buenas obras, en la vida eterna. En esta mañana os invito a considerar algo que ya sabemos, vamos a profundizar en el conocimiento de la persona de Jesucristo como presencia de Dios para nosotros. Una presencia substancial, operante, que está en El, y se difunde en la Iglesia, en nuestra vida, en el mundo, en la historia universal de los pueblos y naciones.
María y José son unos viajeros, casi emigrantes, han llegado a Belén esa misma tarde, no tienen donde parar y sin embargo la mujer está para dar a luz. Se refugian en una cueva, allí nace un niño. Seguramente fue un parto discreto, silencioso, desapercibido, Aparentemente normal. Pronto se ve que se trata de un parto sorprendente. José sabe muy bien que no es hijo suyo. La madre lo recibe como un don de Dios. En torno a ellos hay anuncios, agitaciones, adoraciones, amenazas y persecuciones. Es un niño para el mundo, para nosotros. Es nuestro salvador. Nuestra raíz. "Os ha nacido un Salvador". El niño nacido en Belén es el Hijo de Dios, nacido desde el misterio profundo de la Trinidad, Hijo de Dios y ahora hijo también de María, de la humanidad, hermano nuestro, y a la vez Hijo de Dios, centro de su amor, vínculo de la Trinidad con la raza humana para siempre. El esperado. El que faltaba. El centro de la creación. Pintores, poetas, santos, han visto la cueva santa de mil maneras, es el momento central de la historia de la humanidad, la culminación de la creación, el verdadero punto de partida de la historia de la humanidad. Este Jesús es la presencia de Dios con nosotros, la ventana abierta entre el Cielo y la tierra, la traducción de la vida misteriosa de Dios en palabras y acciones humanas, el gran descubrimiento de los secretos del mundo traducidos en palabras de sabiduría y en gestos de misericordia. En aquella noche, al nacer Jesús, quedó completa la creación. Hasta ahora Dios no había podido hacer su gran obra, su gran alianza con los hombres, la nueva humanidad de verdaderos hijos suyos. En Jesús comenzaba la nueva humanidad, la humanidad verdadera, la de los hombres hijos de Dios en comunión de conocimiento, de amor y de vida.
Antes de seguir adelante, para entrar de verdad en el meollo de la cuestión tenemos que hacernos cargo de una pregunta inquietante, que se levanta en nuestro interior y que nos la puede plantear cualquier compañero de clase o de trabajo. ¿Qué falta nos hace Dios en nuestra vida? ¿Es que necesitamos a Dios para vivir a gusto? ¿Para qué queremos que esté Dios con nosotros? Podemos decir sin exagerar que ésta es la pregunta central de nuestra civilización. Y aun podemos decir que es la pregunta central de nuestra propia vida. ¿Necesito yo sentir a Dios cerca de mí para vivir de verdad? Vuestros amigos de la universidad, del trabajo, vuestras familias, ¿necesitan sentir a Dios cerca, necesitan estar con Dios? Cuando nos levantamos y nos preparamos para ir a la Universidad, o para ir de viaje, o para hacer cualquier cosa ¿sentimos alguna necesidad de tener a Dios a nuestro lado? El hombre de ahora se cree dueño del mundo, guardián de sí mismo, garantía de su propia existencia. Por eso llega a creer que no necesita de Dios, que para vivir a gusto está mejor solo que con Dios. Es preferible que no haya Dios, o por lo menos que nos deje vivir en paz. Hasta que la enfermedad, o la muerte cercana le hace entrar en razón y ver la grandeza de la creación y la fragilidad de su propia existencia, o de su omnipotente libertad. La reflexión filosófica y teológica, la experiencia religiosa y cristiana nos dice que sí lo necesitamos, nos dice que no podemos ser ni vivir ni dar un paso sin brotar como una flor de las manos milagrosas de Dios. Continuamente estamos naciendo de El, de su inteligencia y de su amor, nos piensa desde las raíces de nuestra existencia, quiere que existamos, estamos pendientes de su querer, crecemos en la tierra buena de su amor. Si Dios se retirara de nosotros todo desaparecería, como si se apagase el sol, todo se vendría abajo como un castillo de naipes. . Si es verdad esto, si estamos naciendo continuamente de Dios, entonces tenemos que pensar que no podemos hacer nada importante ni acertado sin coincidir de alguna manera con El. No podemos saber lo que somos, sin contar con lo que Dios piensa y quiere de nosotros. No podemos ver la verdad del mundo sin tratar de verlo de acuerdo con la mirada de Dios. No podemos amar, hacer el bien, ser justos, sin intentar acercarnos a la justicia y a la bondad de Dios. Si nos asomamos al interior de nuestra vida, sentiremos fácilmente la necesidad de Dios en el dinamismo de nuestra libertad. Por el hecho de ser libres, tenemos que juzgar, valorar, escoger, hacer una cosa u otra, vivir de una manera determinada, en relación con nosotros mismos, con nuestro cuerpo, con los demás, con los bienes de la tierra, con los que nos quieren y los que no nos quieren, los que nos ayudan y los que nos ofenden ¿cómo hay que actuar, qué es lo más digno, lo más verdadero, lo más conveniente? ¿Cómo acertar sin tener en cuenta lo que Dios pensaba cuando nos pensó y nos puso en este mundo? Así vemos que la pretensión de andar por la vida sin acordarse ni someterse a Dios es una pretensión orgullosa y fatua que nos podría llevar a muchos despeñaderos. La raiz profunda de muchos de los males y de los sufrimientos de nuestro mundo es que los hombres, a escala grande y a escala pequeña, pensamos que podemos vivir y actuar sin contar con Dios, que nos va a ir mejor sin tenerle en cuenta, en la vida pública, en las leyes, en las actuaciones personales, en la familia, en tantas cosas. Tenemos que pensar que Dios está siempre a nuestro lado, pero de diferentes maneras. En todas las edades, en todas las circunstancias de la vida. La vida es como el Tour, tiene muchas etapas diferentes, hay etapas llanas y largas, las hay también más cortas pero pendientes y duras, unas hay que correrlas con calor y otras con frío, para correr el "tour", como para vivir la vida entera hace falta fondo y velocidad, aguante, sabiduría, fortaleza, y sobre todo esperanza y voluntad. La cuestión de la presencia de Dios cerca de nosotros se hace más urgente si intentamos pensar qué ocurre con nosotros después de la muerte. Si ahora vivimos pendientes de su querer ¿qué pasa después de la muerte? Dios nos olvida? nos deja caer en la nada? nos seguirá sosteniendo en la vida? Después de la muerte solo el pensamiento y el amor de Dios nos pueden mantener en la vida, si vivimos después de la muerte, es porque Dios quiere mantenernos como invitados en su casa, como comensales en su mesa de la vida. La presencia de Dios en nuestra vida tiene acentos y contenidos distintos en cada época de la vida. En la juventud es básicamente VOCACIÓN. Dios nos llama a ser, y no de una manera abstracta, nos llama a ser santos de acuerdo con nuestras circunstancias, nuestras aptitudes, las necesidades de los demás. En la edad madura la presencia de Dios es COLABORACIÓN. Dios nos llama a colaborar en su obra, a hacer el bien, a servir, a promover la vida y el bien y la felicidad de los hermanos. En la tercera edad, la presencia de Dios es ENCUENTRO, Dios se nos ofrece, nos va abriendo poco a poco las puertas del cielo, de la comunicación, del descanso, de la felicidad de estar con el, acogidos a su misericordia. Hace muy pocos días vino a verme un señor que acababa de salir del hospital, enfermo de cáncer, con cuatro operaciones. Vino a agradecerme la visita que yo le había hecho cuando estaba convaleciente de una de sus operaciones. Y me dijo, "ahora mi relación con Dios es diferente, lo veo muy cerca, el mundo ya no se interpone, vivo ahora ya la seguridad y el gozo del encuentro con El en el Cielo. La enfermedad le había ayudado a descubrir la presencia de Dios cerca de El de otra manera, más clara, más cercana, más directa y consoladora. Llegados a este punto, para entendernos y aclararnos mejor, tenemos que distinguir entre la presencia objetiva de Dios, que depende sólo de El, y su presencia "conocida", sentida, disfrutada. Por ejemplo, la situación de un niño que duerme solo en la habitación y tiene miedo, sueños, pesadillas, aunque sus padres estén en la habitación de al lado. Todo se le pasa cuando su madre que le oye revolverse en la cama viene a ver qué le pasa. Lo despierta, lo calma y le dice: "Duerme tranquilo que nosotros estamos aquí al lado". O el enfermo que está en coma y de repente abre los ojos y ve a sus padres al lado que le están cogiendo de la mano. Sonríe y descansa. La fe es el gozo de saber que vivimos en Dios y de Dios, que El nos acompaña y nos sostiene, que nos lleva de la mano por el camino de la vida y para siempre. Porque el amor de Dios es irrevocable. No se arrepiente nunca de habernos puesto en la vida. Tenemos que empaparnos de esta idea. Vivirla, meterla bien en nuestra cabeza, sacar las consecuencias prácticas, en nuestros sentimientos y en nuestras obras.
Todas las culturas, todos los pensadores, todos los pueblos buscan de una u otra manera la presencia y la benevolencia de Dios. Cada uno se lo figura como puede, con los mitos, con la filosofía, con las grandes construcciones religiosas. Incluso los no creyentes, cuando trabajan honradamente a favor de la verdad, de la justicia, de la felicidad, sin saberlo, están buscando a Dios. Los cristianos tenemos un dato único que nos diferencia de todas las demás religiones. Dios, el Dios de todos, el Dios único, no vive ocioso en su cielo esperando que los hombres lleguen hasta El, sino que El ha tomado la iniciativa de venir hasta nosotros enviándonos a su Hijo unigénito hecho uno de nosotros. Nos resulta muy difícil representarnos lo que es el misterio de la Encarnación. El Verbo de Dios, sin dejar de existir como tal Verbo de Dios, se da como hijo a la Virgen María, pasa por Ella, nace de Ella, de su alma y de su cuerpo, y asume la condición de hombre para vivir su personalidad de Hijo también al modo de los hombres. A partir de la Encarnación, el Hijo de Dios, sin dejar de ser divino, sin dejar de estar en la Trinidad como antes, El mismo, comienza a revivir su vida de Hijo en condición humana: naciendo, creciendo, viéndose "hijo del Padre", amándole como hijo "en la tierra como en el Cielo", actuando como corresponde al Hijo de Dios en las circunstancias humanas en que vive, ante los enfermos, ante los pobres, ante los hipócritas. Jesús es el Hijo que "hace" y "revive" su filiación personal en formas y situaciones humanas. Este "ser Hijo" lo consuma en la muerte, manteniéndose adherido filialmente en la terrible oscuridad de la muerte, recuperando para el Padre en su propia carne el mundo alejado por el pecado, por la desconfianza, por el dolor, por los engaños del maligno y la debilidad de la carne. Jesús vive su ser de hijo al modo humano, su ser de imagen y de palabra al modo humano. Poco a poco, de una manera temporal, progresiva, histórica. Mediante los sentidos. Dentro de la atmósfera cultural en la vive, de la que aprende, María, José, la Escritura, la Sinagoga, las experiencias directas de la humanidad, en cada momento, los desengaños, la amistad, la soledad, las aclamaciones, las calumnias y la propia muerte. ¿Cómo se es hijo de Dios muriendo solo en la Cruz? Mediante el amor y la confianza sin límites. Una vez recorrido el itinerario entero de la vida humana que se cumple con la muerte, el amor del Padre a su Hijo lo recupera plenamente para Sí en la Resurrección. Se puede decir que todo en la vida de Jesús, el nacimiento, la manera de crecer y de vivir, la forma de presentarse ante los hombres y actuar, sus acciones y reacciones, su vida y su muerte, responde a la necesidad de realizar históricamente en una vida humana completa la vida de hijo de Dios, la réplica humana de la segunda persona de la Stma. Trinidad que vive eternamente ante el Padre como Hijo. Desde el nacimiento hasta la muerte. No vive más, ni vive de otra manera porque no le hace falta para consumarse como "EL HIJO". Jesús configura su existencia en torno a esta personalidad de HIJO, al hacerle nos enseña a nosotros a ser también hijos, a amar a Dios como Padre y corresponder a su amor de Padre como verdaderos hijos. Jesús se dirige y nombra a Dios como Padre, como el Padre suyo, sin compartirlo con nadie, con el término familiar de "Abba" y nos enseña a tratarlo nosotros así también. Cuando queráis orar decid, "Padre nuestro". No hay otra manera de acercarse a Dios que acercarse como hijos muy queridos al propio Padre.
Es importante entender bien como comprendemos y vivimos en la Iglesia esta relación personal con N.S. Jesucristo. Es el modo de dar seriedad a nuestra vida espiritual y de evitar ensueños o ilusiones inútiles. Para comenzar, los cristianos tenemos que situarnos ante los datos reales de nuestra fe. Jesús ya no está físicamente en Palestina. Murió, fue levantado al Cielo, está "sentado a la derecha del Padre". Esto quiere decir que Jesús hombre, El, con su cuerpo nacido de María Virgen, relacionado biológicamente con todos nosotros, está en el mundo de Dios y ha recibido de Dios los atributos de ser y actuar como Hijo de Dios Padre para todos nosotros, con la fuerza del espíritu Santo. Jesús está en el puesto de mando de la creación, desde allí actúa con los planes, las atribuciones y la fuerza de Dios, desde la Trinidad, con la Trinidad, con la acción y el poder del Espíritu Santo, que es como el brazo poderoso de Dios. El "poder" de Dios es su gran amor, su amor substancial, el mismo Espíritu Santo. Esta es la maravillosa teología del Kyrios de la cual tenemos que alimentarnos los cristianos. El Jesús muerto y resucitado, el único Jesús actual y verdadero, es Jesús de Nazaret, acabado como expresión humana del ser de Hijo de Dios, retornado, recuperado, reunido de nuevo plenamente con su Padre, también en su humanidad, en el cual y por el cual nuestra raza humana está arraigada en Dios, por el cual nos viene el amor paternal, la comunicación de su Espíritu, la presencia trinitaria de Dios. Por El y en El, la humanidad entera está ahora en las cercanías de Dios, en la órbita de Dios, en la zona de influencia de Dios. Ser bautizado, creer en Jesús, vivir en Jesús es vivir esta cercanía, esta comunicación, esta apertura hacia Dios, en la fe, en el amor, en las celebraciones, en la esperanza, en la anticipación gozosa de nuestro encuentro definitivo con la Trinidad, y todo ello en el marco vital de la humanidad de Jesús que es la Iglesia de los bautizados. Este Jesús resucitado, este Kyrios, ya no es objeto de una relación individual y sensible. No podemos llegar hasta El por nuestra cuenta. Jesús quiso dejar a los Apóstoles y a la Iglesia entera como memoria viviente de El en el mundo y a la vez como medio de llegar espiritualmente hasta El, por medio de la fe y del amor, de una manera acertada y verdadera. Asumiendo personalmente la memoria histórica que la Iglesia conserva de Jesús, podemos llegar con Ella a la comunión espiritual con ese mismo Cristo ahora resucitado. Esto es lo que queremos decir cuando reconocemos a la Iglesia como CUERPO DE CRISTO y como MEDIADORA DE NUESTRAS RELACIONES CON CRISTO, COMO SACRAMENTO UNIVERSAL DE CRISTO, DE SU PRESENCIA Y DE SU ACCION SALVADORA EN EL MUNDO. A este Kyrios llegamos por la memoria de su vida terrestre. La Iglesia es memoria de Jesús histórico, memoria de su resurrección y ascensión a los cielos, por eso mismo es también lazo de unión con el Cristo resucitado, invisible directamente, pero visible en su memoria y en sus obras históricas, la palabra, los sacramentos, los mártires, las buenas obras de los santos, vemos a Jesús resucitado en la Iglesia histórica QUE ES SU CUERPO. Como vemos el alma de nuestros amigos en sus gestos de amistad y de afecto. De esta manera, por medio de nuestra unión a Cristo resucitado, y de nuestra comunión espiritual con El, conseguida en la Iglesia y desde la Iglesia, alcanzamos por Cristo y en Cristo nuestra comunión real con Dios. Por Cristo nos acercamos filialmente al Padre, y recibimos el don de su amor y de su vida por la acción del espíritu Santo. La presencia de Dios en nosotros es una presencia trinitaria, está el Padre, está el Hijo, está el Espíritu. En cada persona, en cada comunidad, en la Iglesia entera, en el mundo de los hombres y de las historia. El amor del Padre a Jesús, Jesús lo vive como amor a nosotros, incluidos como hermanos ante el Padre, de este amor nos viene la vida y de esta vida nacen nuestras buenas obras que glorifican a Dios. Por el bautismo nos unimos a El, El nos acoge como parte de su propia humanidad y nos mete dentro del amor del Padre que El mismo recibe como hijo y que comparte con nosotros. Cómo, con qué características se realiza esta presencia de Dios en nosotros:
LOS FRUTOS
Al final les invitamos a reflexionar siguiendo estas tres preguntas:
1ª) ¿Qué idea de las escuchadas en la catequesis te ha impresionado más, o te ha cuestionado interiormente? 2ª) ¿Has sentido alguna vez en tu vida la necesidad de contar con Dios, tienes alguna experiencia de su presencia o intervención en tu vida? 3ª) ¿Cómo crees que podrás ayudar a alguna persona concreta a conocer y amar a Jesús y al Dios de Jesús? Las tres preguntas les interesaron mucho a los oyentes, según lo que apareció en el largo tiempo dedicado a presentar sus testimonios.
JUBILEO JÓVENES
HOMILÍA
Misa Hb 1, 1-6 (nos ha hablado por medio de su Hijo) Salm. 98 (los confines de la tierra han visto la salvación) Lc 2, 1-14 (Hoy os ha nacido un salvador) En esta mañana hemos hablado ya mucho. No hay por qué insistir en explicar de nuevo lo que ya hemos considerado en nuestra catequesis. Ahora se trata de vivir con el Señor, aquí en torno a su Mesa, con El, en cuadrilla, en tertulia, en la intimidad del corazón, esta presencia paternal y amorosa de Dios tal como El la vive, tal como El nos la manifestó, tal como El nos la quiere comunicar. 1. En primer lugar vamos a intentar sentir la alegría de este anuncio. TENEMOS UN SALVADOR El mundo es un mundo acogedor, No hay razones para la angustia Podemos vivir y morir tranquilos Siempre y en todo hay salvación porque tenemos un Salvador.
2. A este Jesús Salvador lo encontramos siempre en los brazos de María, en los brazos de la humanidad fiel y creyente que es la Iglesia, simbolizada y como resumida en la Virgen María. . No tenemos que angustiarnos en buscarlo en las teorías de nadie, ni en las extravagancias de nadie, lo tenemos en la memoria viviente que es la Iglesia, en su magisterio, en la vida de los santos, en los sacramentos, en las celebraciones litúrgicas de cada día, Tenemos que adorarlo con fe, llegar hasta El con los deseos del corazón. El es la puerta abierta de Dios, sentado a su derecha, heredero de todo, del mundo y del poderío de Dios sobre el mundo.
3. Qué tenemos que hacer ante este anuncio? ¿Cómo tenemos que vivir de verdad este encuentro con el Dios presente que Jesús nos ofrece? ¿Qué tenemos que hacer ahora para recibirlo? Muy sencillo. Hagamos, en primer lugar, como los Pastores, ir hacia El, buscarlo en la Iglesia, en su palabra, en el sacramento, en la oración, con sinceros deseos, con el deseo sincero de ofrecerle nuestra vida. Y hagamos en segundo lugar como los Apóstoles. Señor, Dónde podríamos ir? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna, esas palabras que nos llenan de verdad el corazón, que nos ayudan a vivir con claridad y con esperanza. Dejemos lo que nos aparta de Jesús. Los Apóstoles dejaron todas las cosas y le siguieron, se fueron a vivir con El, físicamente, para toda la vida, PENSEMOS qué es lo que tengo que dejar para vivir con Jesús? Qué clase de seguimiento me está pidiendo? El es la salvación, El es la verdad, El es la vida verdadera En resumen, Primero evitar lo que nos separa, lo que nos oscurece, lo que nos atonta. No nos vale lo que hacemos ni lo que somos SI NOS ALEJA DE JESÚS SI NOS DISTRAE DE LOS BIENES DE SU SALVACIÓN.
Segundo, favorecer lo que nos acerca, lo que nos hace estrechar y fortalecer este vivir en compañía. Haced esto en memoria mía Toma posesión de nosotros Dame la gracia de vivir mi humanidad dentro de la tuya Vivir contigo como hijo delante del Padre Amar con el amor con que Tu le amas Servirle, obedecerle, hacer contigo las obras del Padre, ¿Qué es lo que Dios quiere que yo haga ? Los estudios, la carrera y luego que? El amor, el matrimonio, y luego qué? Cómo me injerto yo en la humanidad de Cristo y en las tareas del Reino de Dios? Mi vocación es mi salvación |
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