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Haz memoria de Jesucristo

En el Gran Jubileo de los 2000 años de su Encarnación

(Mensaje de D. Fernando Sebastián para el tiempo de Cuaresma y Pascua)

Introducción

Capítulo 1. Bendito sea el Dios de la Gracia y de la Salvación

Capítulo 2. Reconciliémonos con Dios

Capítulo 3. Revestíos del Señor Jesucristo

Conclusión

 

INTRODUCCIÓN

Desde los tiempos, ya un poco lejanos, del Concilio, los católicos estamos empeñados en un serio esfuerzo de renovación espiritual y apostólica.

En toda la Iglesia, de diversas formas, estamos intentando interpretar juntos los signos de los tiempos, para responder a la voluntad de Dios y a las necesidades y demandas del Pueblo de Dios y de la sociedad ante la cual tenemos que dar razón de nuestra fe y anunciar la Buena Noticia de su Reino.

Con su Exhortación Apostólica "A la llegada del Tercer Milenio", el Papa Juan Pablo II nos invita a los católicos y cristianos del mundo entero a celebrar de manera verdaderamente religiosa el cumplimiento del segundo milenio del nacimiento de Cristo en Belén, principio de la Redención universal de la humanidad por la gracia y la misericordia de Dios.

El gran poder simbólico de estas fechas nos mueve a fijar la atención en los hechos fundantes de nuestra fe y en las dimensiones universales del cristianismo, atendiendo a lo que en estos momentos nos corresponde hacer y decir por el hecho mismo de ser cristianos y de compartir la fe de tantos millones de hermanos en el mundo entero en este momento privilegiado de los dos mil años de presencia histórica del cristianismo en nuestro mundo.

No sería justo ni acertado considerar esta celebración como un acto de autocomplacencia o de triunfalismo. Con las cautelas necesarias es evidente que no podemos dejar pasar estas fechas sin expresar de alguna manera lo que siente nuestro corazón al considerar la grandeza de lo que Dios ha hecho con nosotros. Al hacerlo así nos unimos espiritualmente a todos los cristianos del mundo, sentimos y actuamos en comunión con la gran comunidad de la Iglesia universal presidida por el Papa y por el Colegio Episcopal, y tratamos de renovar los fundamentos de nuestra vida cristiana comunitaria y personal.

El mensaje central del jubileo nos ayuda a entrar, en comunión con las demás Iglesias católicas y con la Iglesia Universal, en las cuestiones radicales de nuestra fe, que son a la vez de interés universal y de perfecta actualidad para nosotros en esta Iglesia de Navarra. .

El Jubileo no está pensado como una celebración cerrada que fuera válida sólo para católicos practicantes, ni siquiera sólo para los que de una u otra manera se consideran miembros de la Iglesia católica. Cristo tiene una significación universal, su memoria puede despertar interés a algunas personas que, estando bautizados, llevan un tiempo alejados de la Iglesia, aunque en su corazón sigan resonando de una u otra manera las palabras de Jesús y las discretas llamadas de Dios. Este puede ser para ellos un tiempo propicio, un tiempo de acercamiento y encuentro, un tiempo quizás de recuperación y reconciliación.

Este jubileo, como los demás celebrados en la Iglesia, ha sido preparado por Dios con la fidelidad y generosidad de su gracia en la historia de nuestra Iglesia y de nuestro mundo:

"Convencidos de ello hoy miramos con sentido de gratitud y también de responsabilidad cuanto ha sucedido en la historia de la humanidad a partir del nacimiento de Cristo, principalmente los acontecimientos entre el Mil y el Dos Mil. De un modo muy particular dirigimos la mirada de fe a este siglo nuestro, buscando en él aquello que da testimonio no sólo de la historia del hombre, sino también de la intervención divina en las vicisitudes humanas" (TMA, n. 17).

Para los creyentes no es difícil percibir esta intervención de la gracia de Dios en la propia vida y en los acontecimientos de la historia, grandes o pequeños. Los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Dios ha dejado que cayésemos todos en la desobediencia para usar con todos de la misericordia (Cf Rom 11, 28-32).

En estos últimos años, siguiendo las enseñanzas y recomendaciones del Concilio Vaticano II, hemos vivido y estamos todavía viviendo una hermosa época de renovación eclesial.

La Iglesia universal, y nosotros con ella y en ella, queriendo ser fiel a su Maestro y Señor, meditó profundamente acerca de su identidad espiritual y su misión en el mundo, descubrió con fuerza renovada el misterio de su vocación como Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo, escuchó fuertemente la llamada universal a la santidad, inició una amplia reforma de su oración litúrgica y de la vida espiritual de todos sus miembros, fortaleció su comunión universal bajo la presidencia de los Obispos y del Sucesor de Pedro, se comprometió a un servicio humilde y fraterno de la sociedad entera y del progreso de la humanidad según los designios de Dios (Cf. TMA, n. 19).

Cuando esta Carta Pastoral llegue a vuestras manos, en nuestras Diócesis y Parroquias, estaremos ya celebrando, cada uno a su manera, el Gran Jubileo de la Redención. Con ella quiero invitaros a atender especialmente lo que me parece que es el mensaje central del Año Jubilar, aquello que más profundamente nos puede ayudar a renovar nuestra fe, sentir el gozo y la gratitud por los dones de Dios y entregarnos con un corazón renovado a la misión gloriosa de vivir, anunciar y ayudar a vivir en nuestro mundo la bondad de Dios y la generosidad de sus dones de salvación.

La recta sensibilidad cristiana, fruto del Espíritu Santo, nos ayudará a valorar estas celebraciones con humildad y realismo. Es cierto que no las podemos sobrevalorar como si ahora, con algunas celebraciones especiales, pudiéramos resolver todos los problemas que tenemos o pretendiéramos superar las dificultades que encontramos en la evangelización o en el desarrollo normal de la vida cristiana.

Tampoco podemos ni queremos desconocer la invitación del Papa y dejar pasar estas fechas como si no nos afectaran para nada y no tuvieran para nosotros una significación especial que nos invita a resaltar de forma especial algunas realidades de la salvación recibida de Dios y algunos elementos de nuestra vida cristiana.

Si es verdad que de parte de Dios todos los años y los momentos son igualmente tiempos de gracia plena y total, también es cierto que la eficacia de esta permanente gracia de Dios en la historia humana se mide con el calendario de los hombres y tiene momentos de especial esplendor y fechas de especial sugerencia y atracción.

La circunstancia de que se cumplan ahora los 2000 años de la Encarnación del Hijo de Dios y de su nacimiento en Belén como Salvador de la humanidad, nos invita a considerar con especial detenimiento estos dones centrales de nuestra salvación y expresar con mayor vigor los sentimientos fundamentales que su consideración despierta en el corazón de los cristianos.

Al comentar ante vosotros estas cosas, deseo animaros a conseguir y difundir ampliamente los fines del jubileo que no son otros, como dice Juan Pablo II, que

- fortalecer la fe de los cristianos y su testimonio en el mundo,

- despertar en todos nosotros un fuerte deseo de conversión y santificación,

- por los caminos de la oración y del amor al prójimo,

- de forma que seamos capaces de colaborar eficazmente a la gran obra de Dios

- a favor de la vida,

- la glorificación de la humanidad

- y la consumación de la creación entera (Cf TMA n. 42).

 

No podemos excluir la posibilidad de que este Jubileo sea también ocasión para que algunos hermanos nuestros que viven alejados de la Iglesia y han padecido dificultades en su fe, reciban alguna influencia beneficiosa que les ayude a recuperar la paz interior gracias a unas relaciones más serenas y positivas con Dios, con N.S. Jesucristo y con la Iglesia.

El significado y la realidad de este Jubileo no podemos deducirlo únicamente, ni siquiera principalmente, de las características de los jubileos en la religión mosaica, tal como están descritas en diversos lugares del Antiguo Testamento (Cf. Lv, cap. 25). Los Jubileos del Nuevo Testamento tienen otro contenido que asume y desborda los de la Ley antigua. La Iglesia en sus Jubileos celebra el perdón y la reconciliación universal a partir de Cristo y desde el punto de vista de la gracia divina, la conversión personal y el don del Espíritu Santo que es capaz de renovar los corazones y todas las realidades de nuestro mundo.

Es un error querer encerrar la celebración del Jubileo actual en una visión espiritual y moral propia del Antiguo Testamento. Las verdaderas bases bíblicas del Jubileo proclamado en la Iglesia por Juan Pablo II, son aquellos lugares que nos hablan del amor de Dios que nos entregó a su Hijo unigénito para nuestra salvación y guía la historia por los caminos de la fe, la penitencia y la esperanza, hacia la consumación escatológica de la vida, el amor y la felicidad.

En esta perspectiva queremos invitaros a vivir el Jubileo de la redención como un momento de gratitud y de alabanza al Dios de la salvación (cap. I), como una llamada al arrepentimiento y a la renovación de nuestra vida personal y comunitaria (cap. II) y como un estímulo para vivir más generosamente la caridad singularmente en el anuncio del evangelio y en el servicio generoso a los hermanos más necesitados (cap.III).

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CAP. I. BENDITO SEA EL DIOS DE LA GRACIA Y DE LA SALVACIÓN.

Los que recibimos el sacramento del bautismo en los primeros días de nuestra vida y fuimos educados desde niños en la fe cristiana, si, además, hemos vivido siempre en lugares de antigua tradición cristiana, tenemos el peligro de ver con excesiva normalidad el conjunto de bienes extraordinarios y sobrenaturales con los que Dios en su gracia y misericordia ha querido enriquecernos.

Es posible incluso que en algunos momentos nos dejemos impresionar demasiado por los aspectos negativos y deficientes de nuestra vida o de la vida y actuaciones de la Iglesia y no valoremos como se merecen las muchas ventajas y los muchos dones inmerecidos que estamos recibiendo gratuitamente por la bondad y misericordia de Dios con nosotros.

En nuestra tierra podemos advertir en algunos una excesiva facilidad para aumentar las deficiencias de nuestra historia cristiana y desconocer los muchos bienes que nos han venido con la predicación del evangelio de Jesucristo y la sincera vida cristiana de nuestros padres y antepasados. Muchos cristianos, especialmente los jóvenes, se ven afectados por esta tendencia pendular que deberíamos ir revisando y corrigiendo.

En estas circunstancias nos viene muy bien hacer el ejercicio mental de imaginar lo que sería nuestra vida, o la vida de la humanidad, en una situación hipotética, sin ningún conocimiento seguro sobre Dios, y por eso mismo sin claridad en la valoración moral de la vida, sin posibilidad de una esperanza segura de inmortalidad ni de salvación. Nos puede venir bien sentir el vértigo y la angustia de vernos como una parte insignificante dentro de una humanidad insegura, dominada por el miedo y la angustia vital, fácilmente devorada por las ambiciones de los más fuertes y condenada a la fragilidad y caducidad de las cosas de este mundo.

Si aun conociendo a Dios por medio de sus criaturas, quienes no han querido adorarle ni obedecerle, han sido víctima de sus pasiones inconfesables (Cf. Rom 1, 18-32), ¿qué hubiera sido de una humanidad abandonada por Dios a sí misma, a la debilidad de su razón, la tiranía de sus pasiones y la incertidumbre de su futuro?

La bondad de Dios ha hecho que las cosas fueran muy diferentes. Desde el principio Dios ha querido manifestarse a través de las criaturas y ha guiado a los hombres con las inspiraciones de su Espíritu. Desde el principio, la vida de la humanidad ha estado asistida y dirigida por la gracia de Dios hacia Cristo que es el centro de la creación, el primogénito entre muchos hermanos, en el cual y por el cual todas las cosas han sido creadas y son mantenidas por Dios en la existencia (Col 1).

Finalmente, por medio de su Hijo hecho hombre quiso mostrar a la humanidad la revelación de su gracia y ofrecerles una Alianza de amor y misericordia que les condujera a participar los bienes eternos de su vida gloriosa. Dios, que se ha manifestado de muchas maneras, ha querido manifestarse a nosotros por medio de su Hijo Jesucristo, que es la irradiación de su gloria, la imagen de su substancia, por medio del cual nos ha liberado de todo mal llamándonos a participar su vida eterna y gloriosa (Cf. Hebreos, 1, 1-14).

Estos designios generosos de Dios y su revelación definitiva a la humanidad en su Hijo Jesucristo han creado una situación histórica diferente, centrada en Cristo, en su muerte y resurrección, abierta confiadamente al más allá de este mundo, que nosotros conocemos por la predicación y el testimonio de los Apóstoles y de sus sucesores en la Iglesia, recibimos en nuestro corazón por la fe y disfrutamos durante nuestra vida con la asistencia del Espíritu Santo.

Por todo esto, casi sin darnos cuenta, somos capaces de vivir en este mundo con paz y esperanza, visitados por la gracia de Dios, vivificados por Cristo muerto y resucitado, enriquecidos y santificados por el don del Espíritu Santo, transformados interiormente por la comunión con la vida divina por medio de la fe y del amor, en la comunión de la Iglesia mediadora de perdón y de gracia como prolongación misteriosa de su Cuerpo, signo e instrumento de salvación.

Conviene que en este tiempo repasemos nuestra vida personal y familiar, la historia de Navarra, para descubrir en nosotros mismos y a nuestro alrededor estos dones de Dios, que iluminan y sostienen nuestra vida, que nos consuelan en circunstancias difíciles, que guían nuestros pasos con una luz segura, sin la cual nuestra vida sería una marcha angustiosas entre abismos y tinieblas.

Puesto que los dones del amor de Dios son tan amplios como la humanidad entera, la invitación al reconocimiento de la bondad de Dios se extiende más allá de los límites de la Iglesia. Aunque no sea tarea fácil no estaría mal que invitáramos a algunas personas no creyentes, amigos o familiares, a unirse a nuestra alabanza y acción de gracias. Todos disfrutamos de la hermosura y de la riqueza del mundo nacido de la sabiduría, del poder y de la generosidad del Creador.

Para valorar en toda su amplitud lo que está significando para nosotros y para la humanidad entera esta Alianza de gracia que Dios ha querido hacer con nosotros, debemos tener en cuenta además de todos estos bienes sobrenaturales, las aportaciones del cristianismo a nuestra historia, nuestra cultura, nuestros usos y costumbres, nuestros valores de convivencia en la sociedad y sobre todo en la familia.

Muchas convicciones, actitudes, valores y tradiciones que configuran y sostienen nuestra cultura y nuestra vida, tanto social como familiar y personal, han nacido de la fe cristiana, profesada y vivida intensamente en Navarra, en España y en el Occidente cristiano durante muchos siglos. Así, por ejemplo, el valor absoluto de la persona humana, la experiencia de la libertad y la responsabilidad personales, la igualdad básica y fundamental entre hombre y mujer, las principales cualidades del matrimonio y de la familia, el valor supremo del amor y de la justicia en todas sus formas posibles como valores supremos de la convivencia humana, los principales derechos de la persona, etc.

¿Podemos imaginar qué sería de nosotros y de nuestra sociedad sin este entramado cultural nacido de la fe y mantenido como algo operante como consecuencia de las convicciones religiosas compartidas entre nosotros casi sin discusión hasta hace muy pocos años? El aniversario del nacimiento de Cristo tiene que ser ocasión para renovar en nosotros el gozo de ser herederos de este patrimonio extraordinario y el deseo de conservarlo y transmitirlo a nuestros sucesores en todo su vigor y riqueza existencial.

Comienzan a levantarse voces responsables y clarividentes que nos advierten sobre la ligereza con que ciertos grupos culturales o políticos presentan alternativas improvisadas a estas tradiciones seculares, sostenidas por la fe cristiana y avaladas por una larga historia de desarrollo cultural y social. Es posible que los mismos cristianos tengamos que reaccionar contra una cierta apatía y valorar más en la teoría y en la práctica nuestro patrimonio cultural y social y de sus conexiones vitales con sus raíces cristianas. Sería una grave responsabilidad que esta generación nuestra, por comodidad o cobardía, dejara perder el entramado cultural básico nacido de la fe cristiana, sobre el cual se asienta la estabilidad de nuestra sociedad y de la misma fe.

Es evidente que en nuestra sociedad, aunque enriquecida por el fermento cristiano, aparecen continuamente numerosas deficiencias y aun perversiones: pecados contra el respeto a la vida, injusticias provenientes del egoísmo y de las ambiciones, concesiones a la violencia, faltas contra la verdad, olvido de Dios y aceptación de ciertas supersticiones, idolatría de los bienes de este mundo, debilidad ante los falsos atractivos de las drogas, de la perversión de la sexualidad, etc. Con frecuencia disfrutamos de nuestro bienestar sin pensar en lo que otros sufren a causa de nuestra abundancia. Muchas personas de buena voluntad y de buen sentido ético, aunque vivan alejados de la Iglesia, compartirán con nosotros de buena gana estos sentimientos.

No nos cuesta trabajo reconocer que dentro de la Iglesia padecemos también las consecuencias de estos pecados, agravados quizás por el abuso de la gracia de Dios y por el menosprecio de sus dones que hemos podido conocer y aceptar mejor que otras personas menos favorecidas que nosotros.

En concreto tenemos que reconocer la triste realidad del abandonos de las obligaciones básicas del cristiano por parte de muchos bautizados. La gran mayoría de jóvenes bautizados, aun después de haber recibido los sacramentos de la iniciación cristiana se alejan habitualmente de la Iglesia y de toda práctica religiosa. ¿Qué ejemplo y qué apoyo reciben en sus familias y en el conjunto de la comunidad cristiana? ¿Cómo han influido en su fe los educadores y profesores que han tenido? ¿Hasta dónde hemos sido capaces de ayudarles a descubrir personalmente el valor dignificador de la fe y de la vida cristianas? Serias preguntas para esta Cuaresma.

El Año Jubilar tiene que ser un tiempo de renovación y de anuncio ilusionado de los dones de Dios a toda la humanidad. Es posible que tengamos que dejar a un lado otras preocupaciones secundarias y subrayar las afirmaciones básicas de nuestra fe, con el objeto de fortalecer nuestra propia vida espiritual y ofrecer a nuestros hermanos una visión renovada y atrayente del evangelio y de los dones de la salvación de Dios.

De todas ellas la primera es el gran anuncio del amor gratuito y perdurable de Dios a los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos, en todas las circunstancias y a pesar de todos los pecados: Dios nos amó primero y nos sigue amando por su sola bondad y misericordia. No fueron los méritos de nadie sino la bondad de Dios la que nos levantó a la dignidad de ser interlocutores de Dios, hijos suyos y ciudadanos del Cielo. Por eso nada ni nadie puede privarnos de este amor vivificante y salvador con el que Dios nos sostiene en la vida y nos guía a todos hasta la patria segura de la salvación eterna (Cf Rom 8, 28-39).

Esta es la riqueza y la sabiduría insondable de los planes de Dios: reunificar todas las cosas en su Hijo Jesucristo, hacernos herederos de su gloria y de vida inmortal, santificarnos con el don de su Espíritu, hasta conducirnos a nuestra completa salvación y glorificación, para alabanza de su gracia y de su gloria (Cf Ef 1, 3-12).

Todas estas maravillas de la providencia de Dios con nosotros las descubrimos y alcanzamos en la persona sacratísima de Jesucristo. Es a la vez el revelador del Padre y el revelador del misterio del hombre, en El, en su vida, muerte y resurrección, nos aparece de manera elocuente el amor y la cercanía de nuestro Dios, y en su manera de vivir y de afrontar los diferentes momentos y circunstancias de su vida queda patente para nosotros la verdadera naturaleza de nuestra vida y los verdaderos perfiles de una vida humana auténtica, libre y plena, victoriosa sobre las fuerzas del mal y rebosante de la paz y felicidad que nuestro corazón desea y que sólo en la comunión con el Dios de la gracia es una realidad alcanzable y verdadera (Cf C. Vaticano II, Gaudium et Spes, 22).

Por eso mismo, al conmemorar los dos mil años del nacimiento de Jesucristo, nos aparecen con más vigor las riquezas de nuestro patrimonio espiritual y humano como cristianos. El Cristianismo es Jesucristo. Más todavía, la humanidad verdadera, actual y real, está en Jesucristo, amado por Dios, enriquecido con su gracia, acogido como Hijo, glorificado en la vida eterna para siempre, primogénito entre muchos hermanos. De El y en El vivimos todos la verdadera y la plena humanidad en comunión universal con los demás hermanos, en la casa de Dios nuestro Padre, acogidos y reunidos para siempre con el abrazo del amor de Dios que es el Espíritu Santo (Cf Col 2, 9-13). Damos gracias a Dios por habernos hecho nacer y crecer en una tradición cristiana como es la historia y la vida de Navarra desde hace muchos siglos.

Quien ha descubierto en la vida y obra de Cristo el verdadero rostro de su Dios y su providencia amorosa con nosotros, no podrá nunca caer en la tentación de considerar a Dios como rival del hombre, o amenaza contra nuestra libertad.

Jesucristo es, por una parte, la imagen de Dios invisible (Cf Col 1, 15). Quien ve a Jesús ve al Padre (Cf Jn 14, 19). El nos revela de manera definitiva el rostro de un Dios Padre que es todo amor y misericordia hacia nosotros. Pero a la vez, El es el camino, la verdad y la vida para llegar a Dios y a la vida eterna (Cf. Jn 14 6). Jesucristo es también el hombre verdadero, cuyo último secreto no se percibe ni se puede alcanzar sin la comunicación filial y amorosa con Dios. "Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación" (Vaticano II, Gaudium et Spes, n.22)

A pesar de los zarpazos incomprensibles del mal y del sufrimiento, tan dolorosos a veces en nuestro mundo, la historia de Jesús, su muerte y su resurrección, y la misma historia de la humanidad iluminada con los ojos de la fe y la luz de la resurrección, nos aseguran que Dios, por su amor y gracia, ha querido ser, en Jesucristo, verdadero Padre de la humanidad, el Padre nuestro del Cielo, aliado paciente y fiel, garantía de nuestro ser personal, fuente de vida, feliz y perdurable, con cuyo amor y misericordia podemos contar siempre, a pesar de todos los males que nos puedan ocurrir y de todos los pecados que hayamos podido cometer, si es que verdaderamente nos arrepentimos de ellos e intentamos volver a su presencia. .

Cuanto estamos diciendo son verdades conocidas y familiares para los cristianos. Ahora, la celebración del Jubileo nos puede ayudar a considerarlas con una atención renovada, a sentir el estremecimiento y la gratitud de un corazón ingenuo y limpio, como si las oyéramos por primera vez, acogiéndolas con la admiración y la gratitud que verdaderamente merecen y pueden despertar en nuestros corazones, aplicándolas con humildad y confianza a la situación real de Navarra, de nuestra Iglesia y nuestras parroquias, de nuestra vida familiar y personal.

De esta manera sentiremos la necesidad de dar gracias a Dios con verdaderos sentimientos de gratitud, por las riquezas que ha puesto misericordiosamente en nuestra vida y en nuestro mundo y nos sentiremos también impulsados a anunciar la alegría de haber conocido su gracia y haber recibido la revelación de nuestra propia grandeza humana, tal como Dios ha querido ofrecérnosla por su Hijo Jesucristo mediante la predicación y el ministerio santo de su Iglesia.

Un buen fruto de este Jubileo sería que algunas personas que viven al margen de nuestras celebraciones litúrgicas ordinarias, se quisieran unir a nosotros para dar gracias a Dios por los beneficios recibidos en su vida, de sus familiares, en la educación recibida, en el trabajo, en los bienes materiales, en la propia dignidad personal, difícilmente separable de la cultura cristiana en la que, gracias a Dios, hemos nacido y crecido.

En este aniversario del nacimiento de Jesucristo en Belén, junto con todos los hombres de buena voluntad, repetimos gozosamente el canto de los ángeles: "Gloria a Dios en los cielos". Gracias a la fe que hemos recibido, podemos escuchar y expresar en nuestra oración la voz misteriosa de la creación entera "que espera su total liberación" (Rom 8).

En la medida en que la fe cristiana nos une espiritualmente a Jesucristo en la comunión de su Iglesia, nuestro espíritu se centra en la alabanza de Dios como Padre, desde la unión con el Hijo, por el amor y el gozo del Espíritu Santo. Así los cristianos vivimos la alabanza y la gloria de la Trinidad Santa, el Dios Personal y Comunitario, tal como nos lo revela y nos lo acerca el propio Jesús al hacernos hermanos en la misteriosa y profunda fraternidad de la Iglesia. (TMA, 55).

Al recordar estas afirmaciones de nuestra fe, pedimos a Dios nuestro Padre, el Dios y Padre de Jesucristo, Salvador nuestro, que nos conceda a todos un espíritu de sabiduría y de revelación, para que podamos conseguir un profundo conocimiento de su gracia que ilumine los ojos de nuestra mente y nos haga comprender la grandeza de la esperanza a la El nos ha llamado y nos está conduciendo con gran paciencia, poder y misericordia (Cf Ef, 1, 15-19).

En esta respuesta de fe nuestros mejores maestros y compañeros son los santos, los mártires de los primeros siglos y también de nuestros tiempos, maestros de amor y fidelidad, de libertad y fortaleza, de esperanza y firmeza.

La gratitud y la acción de gracias no son sentimientos superficiales y pasajeros. Al contrario, la gratitud es el mejor inicio del amor y de la comunión con las personas y con el mismo Dios. Este sentimiento de gratitud es capaz de renovar nuestra fe y nuestra vida espiritual. Quien se siente agradecido a Dios es porque ha percibido la grandeza de sus dones y en ellos descubre el amor cercano y fiel del Dios de la salvación.

Agradecer a Dios los dones que hemos recibido en Jesucristo, esos bienes espirituales y morales que estamos recibiendo ahora mismo por medio de la fe y de la comunión eclesial, es tanto como reconocer que nos ama, que es El la fuente y la esperanza de nuestra vida, que le debemos a El cuanto somos y tenemos. ¿Cómo podemos corresponder a este amor de Dios sino cumpliendo del mejor modo posible los mandatos y consejos del Señor, las enseñanzas de la Iglesia y las responsabilidades concretas de nuestra vida cristiana? Esta puede ser una experiencia clave para renovar y orientar nuestra vida en medio de las incertidumbres y claudicaciones del ambiente.

La gratitud y la alabanza son un excelente camino de conversión. Este es el momento de convertirnos más profundamente a Dios y a Jesucristo en nuestro corazón, con humildad, con amor y agradecimiento, con obediencia amorosa y agradecida,

. desde nuestra situación espiritual propia;

. desde nuestra fragilidad;

. desde nuestras dudas e incertidumbres;

. con gozo y gratitud;

. con confianza y esperanza.

. superando cansancio y decepciones. Con la ayuda del Señor

 

Tengamos confianza. En otras épocas, otros hermanos cristianos recibieron una llamada semejante y respondieron con fidelidad hasta el martirio. También nosotros podemos responder como aquellos discípulos: ¡PODEMOS! Nadie nos va a perseguir materialmente por ser cristianos, pero para serlo de verdad tendremos que ser capaces de vencer nuestra propia pereza, tendremos que superar la facilidad de dejarnos llevar por el ambiente y si hace falta tendremos que romper con el peso y la fuerza de ciertos ambientes que desautorizan y ridiculizan la vida cristiana.

La fe renovada nos ayudará a vivir el gozo de la manifestación de la gracia de Dios. Nuestra obediencia a la palabra de Dios y nuestra fidelidad a su amor ensancharán las posibilidades y la eficacia de su misericordia con nosotros. Dios quiere un mundo de hermanos, un mundo en paz, donde todos nos ayudemos a vivir gozosamente según los designios de Dios. Pero la respuesta de los hombres, y en primer lugar la respuesta de los cristianos, mide en buena parte los ritmos de las acciones de Dios. No retrasemos con nuestra dureza de corazón la llegada del Reino de Dios a nuestro mundo.

Desde el advenimiento de Jesucristo, todos los años y todos los tiempos son verdaderos "años de gracia" en los que Dios viene hasta nosotros para invitarnos a compartir su santidad y su plenitud eterna de vida. Con nuestra atención y nuestro fervor podemos hacer que este Año Jubilar sea un año especial de gracia y de santificación, de difusión del Evangelio en nuestros barrios y pueblos, de bendición espiritual y moral para nuestra tierra de Navarra. Esta es una ocasión propicia para entrar más adentro en esta realización de la gracia y la bondad de Dios en nuestras vidas, en nuestras familias, en todas las relaciones e instituciones que componen nuestra sociedad. Este es un tiempo de renovación. Entre todos tenemos que cambiar la tendencia de nuestros ambientes y conseguir que la vida cristiana tenga el respeto y el atractivo que ha tenido en otros tiempos. De distinta manera, pero con la misma seriedad para alcanzar los mismos bienes.

Una buena forma de expresar esta renovación de nuestra fe y de nuestra vida sería recitar con detenimiento la fórmula tradicional de nuestra fe cristológica:

 

CREO EN JESUCRISTO,

Con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi esperanza.

EL HIJO ÚNICO DE DIOS,

Dios de Dios, Verbo de Dios, Imagen de su substancia.

CONCEBIDO POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO

Don supremo de Dios para la salvación del mundo.

EN LAS ENTRAÑAS DE MARIA VIRGEN,

Como principio y cabeza de la humanidad nueva.

CRUCIFICADO, MUERTO, SEPULTADO

Semejante en todo a nosotros, menos en el pecado.

RESUCITADO AL TERCER DÍA

Constituido Señor y Centro del mundo,

ENTRONIZADO A LA DERECHA DEL PADRE

Como ejecutor universal de sus designios de salvación,

QUE VENDRA A JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS

Para poner todas las cosas en su sitio ante el trono de Dios.

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CAP. II RECONCILIÉMONOS CON DIOS

Si miramos a nuestro alrededor con un poco de realismo (que es ejercicio de humildad y valentía) veremos que muchos de los cristianos actuales no vivimos así. Nos cuesta trabajo confiar del todo en Dios y organizar nuestra vida de cara a la vida eterna. La mayoría de nosotros vivimos una vida ambigua y confusa, en la que intentamos combinar la fe y la comodidad, el espíritu cristiano y las concesiones al materialismo y al egoísmo.

Aunque tenemos que luchar constantemente contra esta mediocridad espiritual, no nos tiene que asustar. Somos pecadores. Llevamos el pecado muy dentro de nosotros. La Biblia y las enseñanzas de la Iglesia nos hablan de una condición pecaminosa original que nos hace difícil la plena confianza en Dios y la obediencia sincera y generosa a sus mandamientos.

Pero esto no nos tiene que desanimar. Dios conoce nuestra verdadera situación, y a pesar de ello nos sigue queriendo, porque nos perdona y continúa pacientemente su obra de redención y de gracia hasta la consumación. Es más, El nos amó siendo pecadores y con su amor inmerecido nos hace posible la justificación interior y la riqueza de las buenas obras.

Afortunadamente, el principio y el fundamento de nuestra salvación no están en nuestras propias obras, sino en el amor fiel y perseverante de Dios. Dios nos ama irrevocablemente. Por este amor nos tiene destinados para la vida eterna en su Hijo Jesucristo, y por este mismo amor perseverante nos perdona, nos justifica y se llega hasta nosotros para ayudarnos a alcanzar la plenitud de nuestra vida en la felicidad gloriosa de la vida eterna.

Nuestra justicia no puede ser la falsa justicia satisfecha del fariseo, sino la justicia humilde y verdadera del pecador arrepentido. Nuestra oración y nuestra fuerza está en la oración confiada del publicano humilde y penitente (Cf Lc 18, 9-14). El arrepentimiento y la confianza en el perdón son el principio y la raíz de la verdadera religión. Sin verdadera penitencia interior y exterior no puede haber verdadera religión ni auténtica vida cristiana. Sin arrepentimiento personal de nuestros pecados, la piedad y la fe degenerarían fácilmente en orgullo y satisfacción de nosotros mismos.

El anuncio del perdón y de la misericordia de Dios, unido a la exhortación a la conversión y al arrepentimiento de los pecados, es el inicio y el hilo permanente en la predicación de Jesús y parte central en el Evangelio de la gracia. Jesús nos invita a ser misericordiosos como el Padre es misericordioso con nosotros y con todos los hombres (Cf. Lc 6, 36). Este ideal de vida nos obliga a vivir pendientes de su misericordia y de su perdón.

Como es verdad que el mayor bien que Dios nos ha dado es la promesa y la permanente posibilidad de la salvación eterna, también es cierto que nuestro mayor peligro es la posibilidad de la condenación como consecuencia de la obstinación en nuestro orgullo impenitente. La acción positiva de Dios siempre es una acción de misericordia y de salvación. Sólo el orgullo y el rechazo contumaz de la soberanía y del amor de Dios pueden privarnos del gran don de Dios que es el ingreso en su vida gloriosa y eterna. Esto es lo que siguiendo una enseñanza constante de Jesús y de la Iglesia, llamamos el infierno. No un lugar, ni una sala de torturas pintorescas, sino un estado trágico de existencia perdurable sin el gozo del encuentro amoroso con la Verdad y la Belleza de Dios.

Esta doctrina sobre el infierno no es una amenaza que Dios lance sobre nosotros, sino el reconocimiento de nuestra libertad por parte de Dios hasta las últimas consecuencias. La salvación es un encuentro en el amor ofrecido y aceptado. Y el amor es siempre una cuestión de libertad. Nadie puede entrar en el Cielo por la fuerza. En nuestras relaciones con Dios todo tiene que desarrollarse en el ámbito de la libertad y del amor.

El amor de Dios siempre es perdón, no podría amarnos de otra manera. Jesús, que quería por encima de todo darnos a conocer el verdadero rostro de Dios, en los momentos más solemnes nos lo presentó como un Padre de misericordia, que espera impaciente la vuelta a casa de su hijo pecador y desagradecido (Cf Lc 15, 11-32).

Se podrían multiplicar las citas en las que Jesús anuncia la misericordia de Dios como ofrecimiento permanente de perdón y reconciliación para todos los pecadores arrepentidos. Como anuncia también la condenación y el sufrimiento eterno para aquellos que se cierran en su pecado y en su rebeldía (Cf Lc cap.11; 13, 22-30; Mt 24, 47-51; 25, 45).

Jesús hace de la misericordia uno de los temas principales de su predicación. La anuncia y la vive como uno de los contenidos más importantes de su misión: "El Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido". "No son los sanos sino los enfermos los que necesitan la curación". "No he venido a buscar a los justos sino a los pecadores". "Hay más alegría en el Cielo por un pecador que se convierte que por cien justos que perseveren". En el momento culminante de la Cruz, sus palabras son palabras de perdón y de esperanza (Cf Lc 5, 31-32; Lc 15; Lc 23, 33-49)

Son muchos los pasos de las enseñanzas de Cristo que ponen de manifiesto el amor-misericordia bajo aspectos siempre nuevos (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n.3). "Cristo confiere un significado definitivo a la tradición veterotestamentaria de la misericordia divina. No sólo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además y ante todo El mismo la encarna y la personifica. El mismo es, en cierto sentido, la misericordia. A quien la ve y la encuentra en El, Dios se hace concretamente visible como Padre "rico en Misericordia" (Ef 2,4)" (Juan Pablo II, l.c., n. 2).

El Señor Jesús, en todo santo, buscó a los pecadores, anunció y otorgó el perdón de los pecados a cuantos se acercaron a El con humildad y verdadero arrepentimiento (Cf. Lc 7, 47-50; 15, 7. 10. 11-31; 18, 9-14; 19, 9) En este ministerio de gracia y de perdón Jesús era revelador del Padre, revelador e instrumento primordial de la gracia de Dios sanante, perdonante y santificadora (Cf Lc 15).

Jesús encomendó a los Apóstoles y a la Iglesia entera el anuncio y la celebración del perdón de los pecados como un elemento esencial del ministerio y de la mediación de la Iglesia (Cf Mt 26, 27; 28, 17-20; Lc 24, 44-49). Así lo ha entendido y vivido siempre la Iglesia apostólica y católica (Cf II Cor 5, 16-21).

En el momento culminante de la memoria de Jesús, cuando la Iglesia recuerda y renueva sacramentalmente el sacrificio de Cristo, señala expresamente el fruto primero de la muerte de Jesús: "Esta es mi sangre derramada por vosotros, para el perdón de los pecados". La muerte y la resurrección de Jesús constituyen la manifestación decisiva del amor de Dios hacia nosotros, por la muerte y la resurrección nos llegan el perdón de los pecados y la posibilidad de la vida eterna. Con el perdón y la vida eterna, la muerte y la resurrección de Jesús son la llamada definitiva de Dios a nuestra conversión, al abandono de los pecados y al crecimiento en la vida nueva de la justicia y del amor. .

Anunciar y celebrar el perdón de los pecados forma parte esencial de la gracia de Dios que la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, tiene que anunciar y celebrar. La Iglesia tiene como misión esencial anunciar constantemente y a todos los hombres la gracia de Dios, que en un mundo de pecadores se presenta siempre como una gracia que ofrece el perdón a la vez que llama a la conversión.

A veces, llevados por el deseo de atraer y de no asustar a los fieles, presentamos el amor de Dios como si fuera un amor indulgente al que no le importan nuestros pecados, que pasa por encima de ellos casi sin tenerlos en cuenta. La verdad es que el amor de Dios no es indulgente con el pecado porque el pecado es incompatible con la eficacia de sus dones en nosotros. Dios ama al pecador irrevocablemente, pero reclama siempre el abandono de los pecados. Jesús, a la vez que ofrece el perdón de los pecados, reclama la conversión y el cambio real de vida.

El Evangelio combina admirablemente el anuncio de la misericordia de Dios y la seriedad de nuestra respuesta a su amor. Los que no se convierten ante las palabras y los signos de Cristo corren el riesgo de condenarse (Lc 11, 12). Los que no se convierten perecen sin excepción posible (Cf Lc 13, 4-5). Nadie puede esperar medidas extraordinarias (Cf Lc 16, 27-31). Cada uno debe examinarse y arrepentirse ante su propia conciencia, sin atreverse a juzgar o condenar acusar a los demás. Sólo con la ayuda de la gracia de Dios, pedida y aceptada humildemente, podremos conocer nuestros pecados y librarnos de ellos.

Podemos pensar en muchos pecados concretos, pero es importante que nos demos cuenta de que por debajo de todos ellos está el desconocimiento y la falta de amor hacia Dios. Nos cuesta trabajo situarnos ante un Dios personal, el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo del que nos habla Jesús, reconocer su centralidad, aceptar su gracia y su comunicación con nosotros, vivir en su presencia, dejarnos guiar por el Espíritu Santo en obediencia y devoción filial, poner nuestra vida en sus manos con amor y confianza, a pesar del escándalo del sufrimiento y de la muerte, como el propio Jesús (Cf Mt 26, 39; Lc 25, 46). En una palabra, nos cuesta trabajo amar de verdad a Dios por encima de todas las cosas, más que a nosotros mismos, como lo más importante y lo más bueno que podemos imaginar.

Muchas veces nos acusamos de pecados concretos, de faltas concretas contra uno u otro de los mandamientos de Dios o de la Iglesia. Está bien y así tiene que ser. Pero un examen más sincero de nuestra vida nos tiene que llevar al descubrimiento de que nuestro pecado de fondo es la falta de amor a Dios y al prójimo, la falta de reconocimiento efectivo de la bondad de Dios y de su importancia en nuestra vida, la idolatría oculta de las cosas de este mundo a las que dedicamos más tiempo y amamos más efectivamente que al Dios vivo y salvador porque nos dejamos llevar de la ilusión de que nos hacen más felices y son más importantes que Dios mismo.

Necesitamos recuperar vivamente el conocimiento religioso del pecado como olvido y menosprecio, incluso como rebeldía contra los designios y la providencia de Dios, como afincamiento en nosotros mismos, falta de amor y de humildad ante la grandeza y la bondad de Dios, falta de confianza para obedecer de verdad sus mandamientos en vez de cerrarnos y endurecernos en nosotros mismos.

Con el mandamiento del amor al prójimo nos ocurre algo semejante. Lo aceptamos para aplicarlo en el círculo reducido de nuestros familiares y amigos. Quizás somos capaces de no hacer mal a los demás, pero difícilmente llegamos a querer para los demás lo que queremos para nosotros mismos, a medirlos con la misma medida de amor y comprensión con que nosotros queremos ser medidos, a ofrecer el perdón y la reconciliación a quienes nos han ofendido (Cf Lc 6, 34-36).

¿Quién no sentirá necesidad de arrepentirse y reconocerse pecador si se compara con las exigencias de Jesús: "Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a quienes os odian. Bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os maltratan" "Sed misericordiosos como es misericordioso vuestro Padre del Cielo". (Lc 6, 27-28)?

La verdadera penitencia nace en nuestro corazón cuando nos comparamos con la santidad de Jesús, cuando nos medimos con lo que El ha descrito como conducta propia de sus discípulos, cuando nos miramos en El con amor. "Amad a vuestros enemigos, prestad sin esperar recompensa, así vuestro premio será grande y seréis hijos del Altísimo, que es misericordioso y bueno con los ingratos y malvados" (Lc 6, 35).

De este pecado profundo que es la falta del amor sobrenatural a Dios y al prójimo, nacen fácilmente otros muchos pecados concretos. Cuando nuestros corazones no están interiormente renovados y justificados por la acción del Espíritu Santo y la presencia del amor sobrenatural de Dios y del prójimo, esta falta de amor y de piedad efectiva se concreta y se manifiesta en otros muchos pecados de acción y de omisión que los mandamientos de Dios y de la Iglesia se encargan de revelar y poner de manifiesto.

El Año Jubilar tendría que ser también una buena oportunidad para que muchos cristianos que se han enfriado en la fe y se han alejado de las prácticas comunitarias de la vida cristiana, revisaran sinceramente esta situación. ¿Por qué mantenerse alejados de las celebraciones comunitarias de la fe si seguimos manteniendo y valorando en nuestro corazón esta fe como verdadero camino de salvación? ¿Por qué no profesar abiertamente y sin respetos humanos lo que seguimos aceptando en el fondo de nuestra conciencia?

No debemos excluir el que otras personas que han vivido siempre alejados de la fe cristiana, se vean afectadas y atraídas ante el testimonio de un pueblo de creyentes que reconoce gozosamente su fe y se esfuerza por vivirla con verdadera libertad y honesta lealtad y coherencia. El Año jubilar, si es un año de autenticidad cristiana, será también un año misionero y apostólico.

Siguiendo nuestra reflexión, y con ánimo de llevar hasta el final nuestra meditación jubilar, podemos preguntarnos en qué consisten nuestros pecados más frecuentes. Cada uno podrá responder según su propia conciencia. Pero en estos momentos hay algunas tendencias comunes que nos amenazan a todos:

. dejarnos conformar por las tendencias y los gustos de este mundo;

. ambicionar y necesitar demasiados bienes, demasiadas diversiones;

. rechazar a las personas que no nos caen bien;

. juzgar severamente a los demás, a la vez que siempre tenemos explicaciones para justificar nuestros propios defectos;

. propagar rumores en los que queda mal la fama de otras personas;

. vivir centrados en nosotros mismos, en nuestro propio bienestar;

. desentendernos de los sufrimientos y de las necesidades de los demás, de los pobres, de los enfermos, de los más débiles, de los que no podemos esperar nada;

. no compadecernos de los que no creen en Dios, de los que buscan y no encuentran la verdad o la esperanza;

. dejar con facilidad nuestras obligaciones religiosas, la oración personal, la Misa dominical, el testimonio de fe en la vida familiar y social;

. descuidar las exigencias de la caridad en la vida familiar, faltando a las obligaciones de fidelidad, indisolubilidad, fecundidad generosa.

. faltar a la justicia en la vida profesional y laboral, con engaños, abusos, actuaciones o exigencias injustificadas.

. juzgar a las personas sin misericordia, fomentar las divisiones y los enfrentamientos, mantener odios o discriminaciones;

. desentendernos de nuestras responsabilidades para evitarnos disgustos, críticas, preocupaciones.

 

En una palabra: no vivir como corresponde de verdad a un hijo del Dios de la salvación, a un discípulo del Jesús manso y humilde de corazón, a un ciudadano del Cielo santificado ya por las primicias del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones, no tener el amor de Dios y del prójimo como norma efectiva y permanente de nuestras acciones y de nuestra vida entera, desde los pensamientos hasta las obras externas. .

Llegados a este momento, tenemos que preguntarnos por qué siendo Jesús tan atrayente para los hombres, no se acepta mejor su testimonio sobre Dios, por qué tantos hombres y mujeres, tantos jóvenes de las ciudades y de los pueblos viven habitualmente alejados de la gracia de Dios, buscando la felicidad y el éxito de su vida al margen de la voluntad de Dios y espiritualmente fuera de su Iglesia. Es posible que estén actuando falsas imágenes de Dios, a veces favorecidas por los propios cristianos. Tendremos que hacerles ver a todos que Jesús es el centro del encuentro entre Dios y los hombres, la alianza viviente, la imagen reconciliadora de Dios, y por eso mismo la fuente de la paz y de la vida (Cf. Mc 1, 14-15; Jn 16, 31).

Para vivir este aspecto de nuestra vida cristiana en su entera plenitud, tenemos que hacerlo dentro del orden visible y eficaz de la redención, en comunión visible con Cristo por medio de la Iglesia que es su Cuerpo, es decir, por medio de la mediación sacramental de la Iglesia, celebrando sacramentalmente nuestro arrepentimiento, la concesión del perdón de Dios y el propósito sincero de renovar nuestra vida, luchando contra el pecado y tratando sinceramente de vivir en la justicia interior con la ayuda de Dios.

Desde hace unos años y por causas diversas, en nuestras Iglesias ha disminuído la frecuencia y la facilidad para celebrar y recibir el sacramento del perdón. Como consecuencia de estas dificultades, en muchas partes se han desarrollo esfuerzos para comprender mejor y celebrar más fructuosamente este sacramento. También es cierto que en otros lugares algunos cristianos han llegado casi a prescindir de este sacramento o han aparecido formas inadecuadas de celebrarlo que no respetan la esencia del sacramento ni las normas de la Iglesia y llegan a comprometer su integridad y validez.

Si vivimos nuestras relaciones con el Dios invisible en el orden visible de la Encarnación de su Hijo, prolongada en las acciones sacramentales de la Iglesia que es su Cuerpo, nuestro arrepentimiento, para que sea completo, tiene que ser conocido, aceptado y como consagrado por quienes la representan en el nombre de Jesús, y el perdón de Dios nos tendrá que ser expresado por alguien a quien el propio Jesucristo, también por medio de su Iglesia, le ha conferido el ministerio de anunciar y conceder el perdón de Dios en su nombre.

El sacramento de la penitencia y del perdón es la celebración sacramental, simbólica, visible y eficaz, del perdón de Dios que nos viene por Jesucristo siempre que nos acercamos a El arrepentidos de nuestros pecados y con el deseo sincero de luchar contra la fuerza del pecado en nosotros y corregir nuestro comportamiento equivocado o malicioso

Gracias a este sacramento, nacido de la misericordia de Dios y de la Cruz de Cristo, los hijos de la Iglesia podemos sentir el gozo de escuchar sobre nosotros las palabras de Jesús: "Vete en paz y no vuelvas a pecar" (Jn 8,11). "Tus pecados te son perdonados. Tu fe te ha salvado, vete en paz" (Lc 7, 48-50).

Hay diferentes maneras de celebrar hoy en la Iglesia el sacramento del perdón. La más sencilla es la celebración personal, que ocurre directamente entre el penitente y el confesor. Las condiciones normales para celebrar válida y fructuosamente el sacramento de la penitencia, según la disciplina y las enseñanzas de la Iglesia, son las siguientes:

 

  1. La vida cristiana ha de incluir siempre el arrepentimiento y la lucha constante contra el pecado como un elemento esencial e imprescindible. El buen cristiano es siempre un "pecador arrepentido y perdonado".
  2. El perdón de los pecados es un don de Dios que tiene su plena realidad en Cristo y que El confió a su Iglesia que lo celebra sacramentalmente en el nombre del Señor.
  3. El sacramento de la penitencia y del perdón renueva y mantiene activa la eficacia reconciliadora y santificadora del bautismo y de la eucaristía.
  4. Este sacramento, como todos los demás, tiene que celebrarse manteniendo la integridad de los elementos que componen el signo sacramental mediante el cual la Iglesia anuncia y concede eficazmente la gracia y el perdón de Dios.

 

En las diferentes formas con que este sacramento se ha celebrado a lo largo de la historia, siempre han permanecido los elementos esenciales del sacramento, por lo cual la Iglesia nos enseña que, para que haya verdadero sacramento, válido y fructuoso, se requieren necesariamente estos elementos indispensables:

. el arrepentimiento sincero de los pecados cometidos;

. la confesión personal de estos pecados;

. la absolución y proclamación del perdón de Dios, a cargo de un ministro expresamente capacitado para ello por la Iglesia;

. el propósito de la enmienda y la penitencia o satisfacción por los pecados con algunas obras buenas;

 

El sacramento de la penitencia se puede celebrar, como decimos, de forma sencilla y personal. Aun en este caso conviene darle la solemnidad de una verdadera celebración litúrgica, siguiendo las recientes recomendaciones de la Iglesia. La disponibilidad de los ministros, la dignidad del lugar y la facilidad para dedicar el tiempo necesario en uno o varios encuentros, la lectura de la Sda. Escritura y la oración compartida ayudan indudablemente a vivir con intensidad y con gozo interior este sacramento de la misericordia, del arrepentimiento y del perdón, del encuentro del pecador arrepentido con el Padre del Cielo y la vida nueva de la gracia. .

Se puede también celebrar el sacramento de manera comunitaria, con tal que cada penitente tenga la oportunidad de manifestar al confesor sus propios pecados, con el tiempo que quiera y necesite, y reciba después personalmente la absolución.

Celebrar este sacramento impartiendo una absolución general para todos los penitentes, sin que cada uno haga previamente la confesión personal de sus pecados, es una forma extraordinaria que sólo puede utilizarse lícitamente en situaciones extraordinarias y que para su validez requiere el propósito sincero de manifestar posteriormente los pecados a un confesor en un tiempo prudencial.

Cuando esta forma extraordinaria se presenta como ordinaria, y sobre todo si no se advierte claramente a los fieles la necesidad de confesar personalmente sus pecados en cuanto puedan buenamente hacerlo, se comete un abuso grave contra las normas de la Iglesia y se compromete seriamente la misma validez y eficacia del sacramento

El recurso a la absolución sacramental sin confesión de los pecados pudo parecer el un tiempo una buena forma de animar a los cristianos a celebrar este sacramento. En estos momentos insistir en este abuso está fuera de lugar. Por una parte la Iglesia lo ha rechazado reafirmando la disciplina tradicional. Por otra parte los hechos han demostrado de manera contundente y lamentable que cuando se pierde la costumbre de celebrar personalmente el sacramento de la penitencia, con confesión de los pecados, se pierde algo muy importante de la atención pastoral y personal a los fieles con consecuencias muy negativas, como la formación de la conciencia personal y el estímulo de una vida espiritual dinámica y creciente.

Por todo ello es urgente prescindir definitivamente de esta corruptela que ha empobrecido gravemente el vigor religioso de nuestras comunidades y la vida espiritual de muchos cristianos. En cambio, sí que recomendamos positivamente la celebración comunitaria de algunas celebraciones penitenciales no sacramentales, como desarrollo del espíritu penitencial, indispensable en una vida cristiana bien dirigida, para la purificación de los numerosos pecados veniales que cometemos en nuestra vida y como un medio excelente de preparar la celebración y recepción del sacramento. Sólo así superamos el riesgo de perdonarnos a nosotros mismos y alcanzamos el gozo de un perdón de Dios visible y efectivo.

Es posible que más de uno sienta una especie de rebeldía ante la idea de tener que confesar sus pecados ante un hombre tan débil como él o como ella. Todos tenemos que reaccionar alguna vez contra estas tentaciones.

Algunas veces pensamos que sería suficiente, y hasta más religioso, arreglar nuestras cuentas directamente y exclusivamente con Dios. ¿No es Dios el único que puede perdonarnos? ¿Qué necesidad tenemos de andar con intermediarios? Sin embargo en los planes de Dios su presencia y gracia llega siempre hasta nosotros revestida por la carne de un hombre, primero la carne de su Hijo Jesucristo, Palabra e Imagen de Dios en el mundo, gracia viviente de Dios hecha visible y palpable para bien nuestro. Y segundo, la gracia de Dios y la acción salvadora de Cristo nos llegan por medio de las palabras y los gestos de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, sacramento visible de la presencia invisible de Cristo resucitado.

Otras veces nos viene la idea de pensar que es inútil arrepetirse y confesar nuestros pecados porque vamos a volver a cometer otra vez los mismos pecados. Esta idea que parece inspirada por la humildad es más bien soberbia. Si Jesús está dispuesto a perdonarnos setenta veces siete es porque sabe que vamos a necesitar su perdón más de una vez. La lucha del cristiano contra el pecado se inicia en el bautismo y no termina hasta el momento supremo de la máxima unión con Cristo a través de la muerte vivida en fe y esperanza. Mientras tanto somos caminantes y penitentes. El sacramento de la Eucaristía y el de la Penitencia son nuestras fuentes de aprovisionamiento indispensables.

Todos los fieles cristianos, también los obispos y sacerdotes, los padres de familia, los jóvenes y los ancianos, pasando por encima de la pereza y de las posibles objeciones con las que a veces intentamos inútilmente justificarla, hemos de hacer el esfuerzo de vivir en este año jubilar un verdadero proceso de penitencia y conversión. Todos tenemos muchas cosas de las que arrepentirnos. Todos podemos ser mejores. Todos podemos amar más a Dios y al prójimo. Todos hemos faltado muchas veces en cosas grandes o pequeñas a los mandamientos de Dios y de la Iglesia.

En nuestras Diócesis hay lugares y días especialmente dedicados a celebrar el sacramento del perdón con especial atención y fervor. Los responsables de las Parroquias y Santuarios, de las Comunidades, colegios y cualquier otro centro de Iglesia, los padres y educadores hemos de hacer cuanto esté en nuestra mano para que estos meses sean un tiempo de renovación y penitencia verdadera para todo el Pueblo de Dios.

Los sacerdotes y los agentes de la vida pastoral podemos hacer muchas cosas para ayudar a los fieles cristianos a estimar y celebrar con alegría y con fruto espiritual este sacramento. Estamos seguros de que en la medida que los fieles cristianos vivan habitualmente el gozo del verdadero arrepentimiento de sus pecados y del perdón de Dios recibido y celebrado en la Iglesia, se sentirán más animosos en el camino de su vida espiritual y de sus compromisos apostólicos y sociales.

Recomendamos que en todas las Parroquias e Iglesias donde no se haya hecho todavía, se prepare un lugar adecuado para celebrar adecuadamente este sacramento, con el respeto y la tranquilidad que los penitentes merecen, según las recientes normas de la Iglesia; que se tengan en todas partes, según aconseje la prudencia, celebraciones penitenciales no sacramentales, bien preparadas, que preparen espiritualmente a los fieles para celebrar después el sacramento de la penitencia y del perdón cuando mejor les convenga, según sus necesidades espirituales y de acuerdo con las normas y recomendaciones de la Iglesia.

Conviene también que estas celebraciones estén precedidas o acompañadas por una buena predicación que mantenga vivas y comprensibles las llamadas de Jesús, de los Apóstoles y de los Profetas al arrepentimiento y a la penitencia.

De forma especial es absolutamente necesario que en todas las parroquias e iglesias abiertas al culto esté expuesto el horario en el que los fieles pueden encontrar confesores con facilidad; y que los sacerdotes estén a punto en los lugares indicados, esperando a los fieles que quieran confesarse, dispuestos a acogerles con verdadera misericordia evangélica, sin prisas ni exigencias sobreañadidas a las estrictamente necesarias. Hagamos entre todos que el encuentro en la Iglesia con la palabra eficaz de Cristo y con la gracia del Padre que nos perdona sea de verdad un acontecimiento de alivio, de gozo y de renovación interior.

"El amor de Cristo nos impulsa a pensar que si uno ha muerto por todos, todos hemos muerto de alguna manera. El ha muerto por todos para que los que estamos vivos no vivamos ya para nosotros, sino para Aquel que ha muerto y resucitado por nosotros. De modo que nosotros ya no conocemos a nadie según la carne, y si hemos conocido a alguien según la carne, ahora no lo conocemos ya así. Pues si uno está en Cristo, es una creatura nueva. Las cosas viejas han pasado. Ahora todo es nuevo. Y todo esto viene de Dios que nos ha reconciliado con El por medio de Cristo y nos ha confiado a nosotros el ministerio de la reconciliación. Ha sido el mismo Dios quien ha reconciliado el mundo entero consigo en Cristo, no cargando más a los hombres con sus culpas y entregándonos a nosotros la palabra de la reconciliación. Nosotros hacemos de embajadores de Cristo como si Dios mismo os exhortase por medio de nosotros. Os suplicamos en nombre de Cristo: dejáos reconciliar con Dios. A Aquel que no conoció el pecado, Dios lo trató como si fuera pecado a favor nuestro, para que por medio de El nosotros pudiéramos llegar a ser justicia de Dios" (II Cor 5, 14-21).

Si con el esfuerzo de todos, conseguimos que el año jubilar sea un año de renovación y de perdón, vivido personalmente por la mayoría de los cristianos, la Iglesia entera, vivirá un movimiento interior de acercamiento y de fraternidad, se superarán muchas barreras y divisiones, crecerá entre nosotros el gozo de la unidad y de la fraternidad, sentiremos la alegría de la salvación y de la visita del Señor a su pueblo, tendremos fuerza renovada para anunciar el evangelio, difundir la fe y modificar las realidades de nuestro mundo según los designios de Dios. La acción de la Iglesia en el mundo comienza en la purificación y renovación de nuestros corazones.

No hemos de tener miedo a pedir perdón colectivamente como Iglesia de todo lo que hayamos hecho mal o de las cosas buenas que no hayamos sabido hacer debidamente. Lo importante es que este perdón comunitario no lo promovamos contra nadie, ni intentemos de esta forma forzar a nadie, sino que sea un movimiento verdadero de penitencia, en el que cada uno de nosotros se vea metido, sin mirar de reojo a los demás, movido por el deseo sincero de vivir más santamente dentro de una Iglesia renovada y de cumplir mejor todos juntos la misión que tenemos encomendada por el Señor.

Sentirnos perdonados por Dios nos llevará espontáneamente a pedir y ofrecer el perdón a los hermanos a los que hemos ofendido o nos hayan ofendido a nosotros de palabra o de obra. La vida social está sembrada de agravios y nuestro corazón guarda muchas veces por demasiado tiempo las consecuencias de estos agravios en forma de resentimientos, odios o rechazos. Hagamos brotar la alegría del perdón en las familias, en las relaciones sociales, en la vida social y económica. Salgamos de nuestras trincheras ideológicas, sociales o políticas, para encontrarnos fraternalmente con quienes piensan o viven de distinta manera que nosotros. Pongamos la paternidad universal de Dios y la llamada común al amor por delante y por encima de todas nuestras diferencias y todos nuestros resentimientos.

Particularmente el perdón es necesario allí donde las agresiones del terrorismo y de la represión han abierto heridas profundas, cuyo dolor a veces se multiplica por la dureza y los resentimientos engendrados. Ojalá todos los que tienen en su conciencia el temor de haber ofendido al prójimo de palabra o de obra sientan la llamada de Dios al arrepentimiento y a pedir perdón a las víctimas de sus agresiones e injusticias. Y ojalá todos los que se sienten ofendidos y agraviados sean capaces de ofrecer a sus ofensores la mano extendida del perdón. "Sed misericordiosos como Dios es misericordioso. Perdonad y seréis perdonados" ( Cf Lc 6, 27-38; Mt 18, 21-22).

No faltan entre nosotros problemas de convivencia que deben encontrar solución en el ámbito de las realidades políticas, sociales y culturales. Todo ello será más fácil de lograr si en la mayoría de nuestros corazones se desarrollan sentimientos de verdadero arrepentimiento por lo que hayamos hecho mal y sentimientos de perdón ante aquellos que hayan podido ofendernos o maltratarnos injustamente, aun cuando no reconozcan el mal que hayan podido causarnos. Perdonar por adelantado es una manera de ayudar al pecador a reconocer su pecado y liberarse del mal. Desde unas actitudes sinceras de perdón y de arrepentimiento la convivencia será más fácil, más sólida y gozosa.

Los cristianos, si verdaderamente hemos descubierto personalmente el gozo de la gracia y del perdón de Dios, si lo celebramos y vivimos gozosamente en nuestra vida, podremos ser signos e instrumentos de reconciliación verdadera en la sociedad, esa reconciliación que comienza dentro de uno mismo y que se difunde por obras y palabras de paz en todas nuestras relaciones y actividades.

Jesús, hombre de paz, nos ofrece su paz y nos llama a pacificar los corazones de nuestros hermanos y construir entre todos un mundo de paz y de esperanza: "Bienaventurados los pacíficos y los constructores de la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios" (Cf Mateo, 5,9). Muchos cristianos, que han padecido en estos años el terrible sufrimiento de la pérdida de sus seres queridos por obra de los inexplicables ataques del terrorismo, nos han dado y nos siguen dando ejemplos admirables de perdón y de fortaleza. Ellos son un testimonio vivo del poder de la gracia de Dios y de la fuerza restauradora y liberadora del perdón de Dios y del perdón mutuo entre nosotros.

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CAP. III.  REVESTÍOS DEL SEÑOR JESUCRISTO

Por importante que sea hacer penitencia de nuestros pecados en este Año Jubilar, la intención del Jubileo es conducirnos, por el camino de la conversión, hasta una renovación positiva de nuestra vida, según la voluntad de Dios, a imagen y semejanza de nuestro Señor Jesucristo.

La vida cristiana no es consecuencia de unas imposiciones legales ni de unos proyectos individualistas que nosotros mismos podamos proponernos como metas o aspiraciones de nuestra vida.

La santidad proviene de Dios y es El, por medio de Jesucristo, presente y operante en su Iglesia, quien nos llama a vivir como hijos suyos en el mundo, guiados y sostenidos por la fuerza del Espíritu Santo.

La ley exterior no santifica ni sana interiormente el corazón y la vida de los cristianos. Es Dios mismo, quien por la obra redentora de Cristo y la comunicación del Espíritu, nos hace ser hijos y nos da la capacidad de vivir como tales.

La invitación del Señor a una vida nueva y santa se apoya en la experiencia de la filiación y de la santidad reconocida de Dios nuestro Padre: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5, 48). Esta misma es la exhortación de Jesús y de los Apóstoles: "Os he dado ejemplo para que hagáis vosotros lo mismo" (Juan, 13, 13-17); "Amáos unos a otros como yo os he amado.... Vosotros seréis mis amigos si hacéis lo que yo os digo" (Juan 15, 12-15). "Tened los mismos sentimientos que Cristo....Sed imitadores míos, dejad atrás todas las cosas de este mundo por amor de Cristo y buscad sinceramente los bienes verdaderos del Reino y de la vida eterna" (Cf Fil 2, 5 y 3, 7-20).

Como venimos diciendo, la vida cristiana no es fruto de una imposición legalista ni de un esfuerzo voluntarista, sino que es el desarrollo y la manifestación de una vida interior nueva, de una libertad purificada, fortalecida y santificada por la presencia del Espíritu de Dios en nuestro corazón, gracias a la mediación de Cristo y al acogimiento sincero de la fe y del amor del cristiano. "No tengáis otras deudas que las del amor, porque el que cumple con el mandato del amor cumple la ley entera" (Cf Rom 13, 8); "Sed imitadores de Dios y de Cristo viviendo en la caridad, esa caridad que es a la vez pureza, fidelidad, sinceridad, sobriedad, misericordia, laboriosidad y justicia" (Cf Efesios, 5 y 6).

Los que por la fe y por el amor están unidos espiritualmente con Cristo resucitado, saben que pueden vivir en este mundo libres del poder del mal, iniciando ya una vida justa y santa, con la misma santidad con que viven los santos en el Cielo (Cf Colosenses 2, 20 y 3, 1-24).

Pasadas las celebraciones jubilares, la vida seguirá y los cristianos tendremos que seguir respondiendo con amor y confianza a los dones de Dios, tendremos creer de todo corazón en su amor y en la vida nueva y eterna que El nos ofrece, tendremos que situarnos en ella y vivir a pleno pulmón los dones y las promesas del Reino de Dios en un mundo indiferente y a veces hostil. Tendremos que dar razón de nuestra fe ante nuestros vecinos, amigos y parientes que muchas veces ni comparten ni valoran nuestra fe, aunque estén ellos también bautizados, y tendremos que intentar ayudarles a renovar su fe, aceptando los dones de Dios y trabajando con humildad y perseverancia para que venga su Reino y se cumpla su voluntad santa en este mundo nuestro, "en la tierra como en el cielo".

La renovación interior, el arrepentimiento de nuestros pecados y la santidad de nuestra vida nos permitirán cumplir el encargo recibido del Señor de ser sus testigos en el mundo. Testigos de Jesús muerto y resucitado, quien a su vez es en el mundo el único testigo cabal de la santidad de Dios y de la grandeza de su gracia hacia todos los hombres y hacia la creación entera (Cf Lc 24, 48; Hch 1, 8).

Si vivimos con un poco de intensidad los diversos momentos del mensaje jubilar, él mismo nos ayudará a entrar en un tiempo jubiloso de renovación y de misión. La experiencia del arrepentimiento y del perdón, si es verdadera, desemboca en un deseo renovado de vivir intensamente, con gratitud y con gozo, los dones de Dios. Y esta vida renovada y alegre nos moverá a anunciar a los demás con sencillez y claridad lo que hemos recibido y está siendo para nosotros fuente de consuelo, esperanza y gozo profundo.

Los bienes de la vida cristiana no son sólo para unos pocos elegidos. En realidad todos hemos sido elegidos por Dios desde el momento de nuestro bautismo y aun desde la misma creación para la felicidad plena de la vida eterna. Dios quiere que todos conozcan su gloria, que todos alcancen el gozo de saber que son hijos de Dios, que todos se salven y entren en su gloria por la puerta, a la vez amplia y estrecha, de su Hijo Jesucristo.

Cuantos creemos en El y nos acogemos con humildad a su ministerio de salvación, hemos sido santificados por el don del Espíritu Santo y estamos llamados a desarrollar enteramente, ya en este mundo, las posibilidades de esta vida nueva y eterna que Dios nos da. Todos estamos llamados a ser santos y a testimoniar con nuestra vida la bondad de Dios ante nuestros hermanos, en el decurso de la vida ordinaria y en las diferentes circunstancias de nuestra vida, según nuestra propia vocación y las posibilidades o exigencias concretas de nuestra vida.

En el centro de esta vocación está la llamada a vivir eternamente compartiendo la vida inmortal de Dios, asociados a la vida gloriosa de la Trinidad, como hijos del Padre, adoptados en el Hijo unigénito, y santificados por el abrazo santo y feliz del Espíritu Santo. Este es el centro de la vocación cristiana, el centro de las promesas de Dios y nuestra fe arraigada en la palabra y la resurrección de Cristo. La vida entera del cristiano es aprendizaje y preparación para este encuentro dichoso y definitivo con las fuentes de la vida, en la comunión gloriosa de los santos, cuando se hayan consumado los designios misericordiosos de Dios en cada uno de nosotros (Juan 17, 2-26; Rom 8, 18-30; Ef 2, 19-22; Col 2, 20-3, 1-15).

Todos sentimos la dificultad de vivir con fidelidad y coherencia la vida cristiana en este mundo nuestro. Se trata de vivir bien metidos en la verdad del mundo, amada y compartida, pero tratando de desarrollar en ella los sentimientos y las actividades de Dios y de Cristo, a semejanza de como viven los santos en el Cielo. Esta es la forma propia de estar los cristianos en el mundo: estar de verdad en el mundo, pero sin ser del mundo; vivir en la tierra, pero actuando ya como los santos en el Cielo.

Por eso mismo los cristianos tenemos que vivir alerta, sin dejarnos configurar por los gustos y tendencias de este mundo, aprendiendo constantemente en la Iglesia y de la Iglesia a programar y desplegar nuestra vida según la voluntad de Dios, las enseñanzas de Cristo y de su Iglesia, bajo la inspiración y los impulsos del Espíritu Santo. "No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo agradable, lo perfecto" (Rom 12, 2ss).

Aunque no sea tarea fácil, ni podamos alargar ya demasiado esta carta, nos vendrá bien a todos recordar los rasgos fundamentales del verdadero discípulo de Jesucristo. Más de una vez se nos presenta la cuestión de saber o explicar cómo tienen que ser hoy los cristianos. He aquí unas cuantas sugerencias sencillas y prácticas:

 

  1. Nadie debe conformarse con tibiezas y medianías. Dios nos ha creado personalmente, nos ama uno a uno, como personas que viven en su presencia, y quiere lo mejor para cada uno de nosotros. Nos llama a todos a la santidad y nos da los medios necesarios para que la alcancemos. Nos quiere y nos necesita santos. Por eso todos debemos aspirar a una vida santa y perfecta según las características y las exigencias de la vocación a la que hemos sido llamados. Esto vale, por supuesto, para los Obispos, para los sacerdotes, religiosos y religiosas, y vale también para los fieles cristianos que estáis en la vida ordinaria y tratáis de vivir la fe, la esperanza y la caridad en vuestra situación de esposos y padres de familia, de jóvenes o ancianos, de sanos y enfermos, de personajes famosos o de personas sencillas que creen pasar desapercibidas. Todos somos importantes para Dios, por todos ha muerto el Señor Jesucristo, a todos se nos ha dado el Espíritu Santo, todos tenemos cosas grandes que hacer en la Casa del Señor.
  2. Para ello tendremos que intentar vivir sinceramente de acuerdo con las enseñanzas y los ejemplos de Jesucristo, adorador filial del Dios verdadero, orante, intransigente con el mal, humilde, misericordioso, pobre, paciente, compasivo, alegre, lleno de esperanza; de acuerdo con los ejemplos de los santos y las enseñanzas actuales de la Iglesia. Tendremos que buscar personas que nos ayuden a conocer la voluntad de Dios sobre nosotros, dedicar tiempos concretos a cultivar nuestro espíritu con la lectura de la Palabra de Dios, con la oración personal, celebrando fervorosamente los sacramentos de la Eucaristía y del perdón. Necesitaremos también dedicar algún tiempo a ejercer el amor misericordioso con los necesitados, los que Dios ponga a nuestro alcance, haciendo hueco en nuestras ocupaciones y en nuestros ratos de descanso para detenernos junto a los hermanos necesitados, como Jesús el Buen Samaritano.
  3. Es necesario que intentemos vivir efectivamente estas actitudes y valores con total sencillez y entero realismo, en la realidad de la vida actual y propia, en la vida personal, en la organización y desarrollo de nuestra vida familiar, tanto en casa como en la calle, en el trabajo y en los días de descanso, en los ambientes de estudio, trabajo o diversiones, en la organización del tiempo y en el empleo del dinero, en las actitudes con las personas y en las reacciones ante los acontecimientos de la vida.

 

Os señalamos algunos aspectos concretos de nuestra vida que conviene especialmente revisar y renovar en este tiempo del jubileo.

 

1. La formación doctrinal y espiritual.

A medida que aumenta el nivel de formación y de conocimientos en todos nosotros, es indispensable que los cristianos tengamos un conocimiento de las verdades de nuestra fe y de la vida de la Iglesia, que esté al mismo nivel que los conocimientos que tenemos en otros sectores de la vida. El silencio o la tergiversación de los asuntos de la religión y de la Iglesia es muy frecuente en la mayoría de los medios de comunicación y esto no nos ayuda a conseguir ni formación ni información sobre todo lo que tiene relación con la Iglesia y con la vida cristiana. .

Es preciso que cada uno y cada familia se preocupe de buscar los medios necesarios para estar bien informados y una buena formación religiosa. Esto se consigue acudiendo a algunas conferencias bien orientadas, comprando buenos libros, recibiendo en casa alguna revista de garantía que nos ponga al día en la doctrina, en las enseñanzas de la Iglesia y en los acontecimientos más importantes de orden religioso que ocurren en el mundo entero. En Navarra publicamos una modesta revista, titulada "La Verdad", mediante la cual queremos facilitar a los fieles una buena formación y una información directa de lo que ocurre en nuestra Iglesia. Es una realidad modesta pero capaz de cumplir una función importante. Os la recomendamos a todos.

Es también muy importante que las clases de religión en los Centros públicos, de la Iglesia o de cualquier otra naturaleza, cumplan con su fin ofreciendo la posibilidad de una buena formación religiosa de naturaleza intelectual, bien integrada con los demás conocimientos a los jóvenes cristianos. Las parroquias tienen que integrar estas clases en sus organigramas pastorales como una actividad pastoral importante que debe estar estrechamente relacionada con la catequesis y con las demás actividades formativas.

Al mismo tiempo, las parroquias, y de manera proporcional los colegios y cualquier otro centro de formación católica, tienen que desarrollarse otras actividades formativas para jóvenes y adultos, muy especialmente catecumenados y cursos de catequesis, que sean capaces de conducir a los cristianos hasta experiencias profundas de conversión, sin las cuales nadie puede considerarse iniciado a la vida cristiana ni es normalmente posible superar las presiones antirreligiosas de nuestros ambientes.

 

 

2. Vida de oración.

Los cristianos que en este año jubilar quieran intensificar y renovar su vida cristiana personal han de cuidar de asegurar un tiempo de oración personal que les permita relacionarse directamente con el Señor, fortalecer y situar su corazón en la verdadera perspectiva de la vida teologal. Para conseguirlo pueden servirse de las enseñanzas y exhortaciones contenidas en la Carta Pastoral Colectiva del año pasado.

En la vida de oración del cristiano tiene una importancia de primer orden la participación activa y habitual en la Misa dominical junto con los demás miembros de la comunidad cristiana. Dentro de la celebración del Domingo como Día del Señor, la Misa comunitaria nos reúne en la escucha de la Palabra del Señor, refuerza nuestros vínculos eclesiales visibles e invisibles y nos permite entrar espiritualmente y sacramentalmente en la oblación salvadora de Jesucristo en la Cruz que nos abre el camino para vivir en comunión con la Trinidad y con los santos del Cielo. La Misa del Domingo fortalece la vida de la comunidad entera y vigoriza la vida teologal del cristiano. En ella se apoya la presencia y la acción santificadora y transformadora de los cristianos en el mundo.

 

 

3. Clarificar y reforzar la vida moral.

Una vida cristiana que quiera ser algo más que apariencia, aunque comience por ser una vida teologal que se desarrolla en el interior de cada cristiano, tiene que desplegarse en un comportamiento coherente, movido libremente, desde dentro, según las convicciones de fe, por el amor a Dios y al prójimo y dirigido en toda circunstancia por la ley de Dios y de la Iglesia.

Creer es en primer lugar adorar, pero también es amar y obedecer. La fe verdadera tiene que ser capaz de dirigir y regular nuestro comportamiento, de orientar y configurar nuestra vida entera. Una fe que no dirige la vida no es una fe viva ni operante. No es una fe vigorosa ni coherente. No es una fe del todo sincera.

Me atrevo a señalar como especialmente importantes y urgentes las obligaciones morales de la vida matrimonial y familiar, las exigencias de los mandamientos de Dios en la vida económica y profesional, la participación honesta y desinteresada en la vida pública, la solidaridad efectiva con los pobres y necesitados. Sin tener claros estos puntos, aceptando dócilmente las enseñanzas de la Iglesia y tratando de ponerlas en práctica en la vida verdadera, no es posible una vida cristiana vigorosa ni habrá nunca una verdadera influencia de los cristianos en la humanización y santificación del mundo.

 

4. Participar en la vida y en la misión de la Iglesia.

Gracias a las enseñanzas del Concilio Vaticano II y a las exhortaciones apostólicas de Pablo VI y de Juan Pablo II, ha crecido la conciencia de que la Iglesia es Pueblo de Dios en el que nadie puede estar pasivo. Todos tenemos en la Iglesia un lugar propio y algo específico que hacer.

Antes que nada hemos de reforzar la conciencia y el hecho de la unidad, visible e invisible, puesto que la comunión eclesial es la única garantía de la autenticidad de nuestra vida teologal. Sólo en la Iglesia y por la Iglesia podemos alcanzar cada uno de nosotros la posesión personal de la fe apostólica y católica. Quien se excluye culpablemente de la comunión católica, se excluye también de la plena comunión espiritual con Cristo y con el Dios de la salvación. Esta unidad vivida religiosamente nos permitirá desarrollar una presencia apostólica y misionera en el mundo capaz de extender el conocimiento y la aceptación del Evangelio de Jesús.

La responsabilidad de la misión evangelizadora en el mundo recae sobre todos los cristianos. En nuestra tierra nos está pidiendo el esfuerzo de reforzar nuestra unidad, superando reticencias, sospechas y clasificaciones excluyentes. Es preciso también que afirmemos la unidad eclesial por encima de las legítimas diferencias espirituales y jurídicas. Ninguna persona ni ninguna organización debería vivir al margen de las instituciones y orientaciones comunes a toda la Iglesia y a todos los fieles cristianos. Nuestros hermanos necesitan el testimonio de nuestra unidad, en la doctrina y en el amor, para recibir en toda su fuerza y claridad el anuncio del evangelio y el testimonio del amor de Dios, de forma que les sea más fácil reconocerlo y aceptarlo como un camino de salvación y de vida, verdadero y necesario.

En la actuación pastoral y misionera de los próximos años, los sacerdotes tendremos que aprender una doble lección, limitarnos a las actividades propias de nuestro ministerio, y compartir la responsabilidad y el trabajo con los religiosos y seglares. Unos y otros tendremos que ocupar, con el respaldo de una buena formación y el testimonio de una vida santa, los lugares que nos correspondan como testigos del Reino de Dios y de la presencia salvadora de Cristo.

La intervención de los seglares es cada vez más necesaria en el campo de la vida secular, fuera de los ámbitos sagrados del templo y de las celebraciones litúrgicas, con una fuerza expresamente evangelizadora y misionera, allí donde vive la gente, en la familia, en los colegios y universidades, en los medios de comunicación, en los focos de la cultura contemporánea, en las organizaciones sociales y laborales, en los Ayuntamientos, en los partidos políticos y en todos los puntos importantes de la vida pública.

Los seglares son la presencia viva de la Iglesia en el mundo. A ellos les corresponde de manera especial hacer presente la palabra de Jesús y el testimonio del amor y de las promesas de Dios en los ambientes de la vida real, ante las personas que no tienen otros contactos con la Iglesia. Sin ellos no podrá haber nueva evangelización ni crecimiento de la fe en nuestra sociedad.

Todo esto significa una fuerte novedad en la vida actual de nuestra Iglesia de Navarra. Es mi deber decirlo así y pedir a los sacerdotes, a los catequistas y educadores cristianos, a los padres de familia, a cuantos viven y crecen en nuestras comunidades y asociaciones que mediten estas cosas en su corazón y traten de ponerlas en práctica con entusiasmo y diligencia, dejando a un lado las reticencias y entregándose con generosidad y confianza a la renovación de nuestra Iglesia, al rejuvenecimiento de nuestras instituciones y nuestros métodos, al crecimiento intensivo y cuantitativo de nuestra Iglesia y de la vida cristiana de nuestro pueblo.

 

5. Presentar colectivamente una alternativa de vida.

Poco a poco, si los cristianos nos renovamos espiritualmente, si vivimos con fuerza la unidad y la fraternidad dentro de la Iglesia, si tratamos de cumplir lealmente los mandamientos de Dios y de la Iglesia en los diversos órdenes de la vida, si nos aplicamos con ilusión y generosidad a las obras de misericordia, en una palabra, si vivimos con autenticidad nuestra vida común cristiana, cada uno en su sitio, cada uno según su propia vocación y sus propios dones, llegaremos a formar dentro de la sociedad común una y muchas comunidades significativas, verdaderamente proféticas, que llamen la atención de nuestros conciudadanos, y sin hacer ni decir cosas extraordinarias, les hagamos ver que se puede vivir de manera distinta de cómo viven los que se han alejado de Dios, o los que nunca le han llegado a conocer, que se puede vivir como cristianos en medio de un mundo que se nos está paganizando aceleradamente y que es capaz de paganizarnos a todos si no reaccionamos con sinceridad y con decisión.

Es indispensable que los cristianos de Navarra, poco a poco vayamos configurando una comunidad real, que intenta vivir de acuerdo con la ley de Dios y las enseñanzas del evangelio de Jesucristo, tal como las entiende y enseña la Iglesia católica. Sin hacer cosas extraordinarias ni meternos con nadie, tenemos que mostrar ante la sociedad entera que ahora, en esta nueva sociedad que está naciendo, con los nuevos estilos de vida y de cultura y de trabajo, se puede vivir según la ley de Dios en el matrimonio y en la vida familiar, en la juventud y en la vida madura, en los momentos duros y en los tiempos de prosperidad.

Con nuestras obras, los cristianos tenemos que demostrar que se puede vivir el amor, la fidelidad y la fecundidad en el matrimonio y en la familia, que se puede ser feliz sin dejarse envolver en el frenesí del consumismo, que la felicidad está más en el ser que en el tener, más en la calidad moral de nuestra vida que en el acumulamiento de cosas y de sensaciones, que la justicia, la reconciliación y la paz son posibles por encima de todas las diferencias y dificultades, que esta vida se hace más amable y más hermosa cuando la vivimos serenamente, en comunión con Dios y a la espera de sus promesas de vida eterna.

Todos tenemos que tener la fuerza y la libertad interior necesarias para romper con usos y costumbres que se van imponiendo en la vida de nuestras ciudades y pueblos sin que haya apenas fronteras ni diferencias entre cristianos y no cristianos, entre practicantes y no practicantes. Especialmente los jóvenes cristianos que quieran serlo de verdad, tienen que tener la fuerza y el valor de organizar su vida de acuerdo con el estilo de Jesús y de los auténticos modelos cristianos, que son los mártires y los santos de todos los tiempos, nuestros santos de ahora mismo, llevando a la práctica en sus vidas el espíritu y el estilo de Jesús.

Esto es especialmente necesario en la comprensión y ejercicio de la libertad, en la interpretación de la sexualidad dentro de una perspectiva personal de amor y fidelidad, en la libertad y sobriedad frente a la fiebre de las diversiones y la presión de las propagandas, en la dedicación de tiempo y esfuerzo al servicio y solidaridad con los necesitados concretos que están cerca de nosotros. Tiene que quedar claro que hay una manera hermosa y alegre de ser joven y de vivir la juventud a partir de la fe cristiana y del seguimiento sincero y entusiasta de Jesucristo. Si no lográramos algo de esto, los padres cristianos, los sacerdotes y los educadores cristianos de nuestra generación habríamos fracasado tristemente como testigos de Jesús y servidores de la fe.

No podemos desconocer que muchos cristianos van entrando poco a poco en una forma de vivir poco clara, intentando compaginar la fe y hasta la práctica sacramental con actuaciones y costumbres que no están de acuerdo con la moral anunciada por la Iglesia y exigida por la norma suprema del amor de Dios y del prójimo, ya sea en la vida familiar, en la vida profesional o en las manifestaciones y colaboraciones de tipo social y político.

Es verdad que hay razones de diferente naturaleza que explican esta situación y esta tentación. Pero no podemos asistir tranquilos a este proceso de creciente deserción y callada apostasía. Los cristianos que queramos ser fieles al señor en este momento de crisis tenemos que reaccionar y ofrecernos al Señor para que haga de nosotros precisamente en estos momentos verdaderos testigos de la fe y de los bienes de su Reino. No perdamos la confianza. Escuchemos la palabra del Señor: "¡Animo!, yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33). Este es el momento de demostrar la fe y el amor.

Cuanto os he dicho no es un sueño ni una evasión de la realidad. Podemos llegar hasta aquí si aprovechamos el Año Jubilar para descubrir mejor las riquezas de los dones de Dios y nos decidimos a vivirlos con más diligencia, con más decisión, con más alegría y generosidad.

Nuestra debilidad y nuestras caídas no nos tienen que desanimar. Todo lo que ocurre en la Iglesia y en el mundo es también y ante todo obra de Dios. Si nosotros, siendo débiles, reconocemos nuestra debilidad y nos acogemos sinceramente al poder del amor y de la gracia de Dios que actúa en nosotros, podremos hacer estas maravillas de Dios a pesar de nosotros mismos.

San Pablo tuvo esta misma sensación y las reflexiones que él se hacía para sí mismo nos animan ahora a nosotros: "También yo tengo mis debilidades para que no me deje llevar por el orgullo. Tres veces he pedido a Dios que me libre de ellas, y tres veces me ha respondido: "Te basta mi gracia. Mi poder se manifiesta en tu debilidad". De manera que ahora me vanaglorio en mis debilidades, para que se manifieste más el poder de la gracia de Dios y de la Cruz de Cristo" (Cf II Cor 12, 7-10).

A todos nos tiene que animar la experiencia de la Iglesia de Corinto, tal como la refiere y la interpreta San Pablo: Somos pocos y no somos personas importantes ni especialmente capaces para nada. Hay entre nosotros pocos sabios, pocos poderosos, pocos personajes influyentes. No importa. Vivamos unidos en la fe y en el amor. Pongamos nuestra confianza en la acción de Dios y en el poder de la Cruz de Jesucristo. Dejémonos conducir por el Espíritu Santo. Tenemos una sabiduría que es muy superior a la sabiduría del mundo. Nuestras obras, si las hacemos con el amor del Espíritu Santo, son más sólidas que las obras de los más poderosos. Nadie podrá con nosotros. La gloria de Dios que brilla en nuestra vida iluminará los corazones de los hombres de buena voluntad y los traerá a la fe y a la conversión para alabanza de Dios y salvación de nuestros hermanos (Cf II Cor 1, 10ss; 1, 18ss; 1, 26ss; 2, 4-5; 2, 10-12; 3, 18; 4, 8ss; 13, 1ss; 14, 1ss; 15, 3-15).

 

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CONCLUSIÓN

 

María es la Madre del Señor, madre, modelo y maestra de la Iglesia y de todos los cristianos en la peregrinación de la fe y en la colaboración eficaz a la obra grandiosa de la redención.

Al hacer memoria en este Año Jubilar del nacimiento de Jesucristo es inevitable recordar también a María, quien con su obediencia confiada a la palabra de Dios hizo posible el principio de la nueva humanidad inaugurada en su hijo Jesucristo.

María es la principal colaboradora de Dios en la obra de la salvación, entre las puras creaturas. Ella se puso en sus manos para que Dios pudiera hacer por medio de su pequeñez las obras grandes que El quería hacer a favor de todos sus hijos. La verdadera grandeza de María está en su fe, en su fidelidad, en su completa entrega a ciegas como instrumento de las obras de Dios, en su fidelísimo amor a su Hijo Jesucristo, amor a la vez de madre y de discípula, hecho de infinita ternura y de una admirable fortaleza, desde Belén hasta el Calvario.

Ella es el icono de la Iglesia, la madre de todos los creyentes que se reúnen junto a la Cruz de Jesús y esperan con confianza la venida del Espíritu Santo, el modelo de nuestra vida cristiana, en la fidelidad, en la obediencia de la fe, en el seguimiento cercano y amoroso de Jesucristo, en el amor al prójimo y en la firme esperanza de la vida eterna.

En estos meses del Año Jubilar, los santuarios marianos han de ser un lugar privilegiado para la oración, la reconciliación y la renovación espiritual y apostólica de nuestra vida con la intercesión y el ejemplo de la Virgen María.

Con la mirada puesta en Jesús y en nuestra Madre del Cielo, nos animamos a comenzar una nueva época en nuestra vida, más fiel, más generosa, más servicial y apostólica, en una palabra, más cristiana.

Desde este esfuerzo de renovación eclesial y personal, podemos mirar a la vez con realismo y esperanza el futuro de la humanidad. Habrá riesgos, catástrofes, desviaciones, pero siempre será verdad que el corazón del hombre está hecho para el bien y para la vida; siempre será verdad que el amor de Dios cuida de nosotros y nos acompaña con su gracia en el camino de la vida, siempre será verdad que el Espíritu de Dios ilumina y guía los corazones de los hombres y mujeres de buena voluntad; siempre será verdad que la memoria de Jesucristo actualizada por la Iglesia acompaña los pasos de la humanidad y de los hombres concretos hacia la verdad plena y la felicidad consumada.

La humanidad seguirá su camino de desarrollo y crecimiento hacia metas que nosotros no podemos barruntar. En Navarra, nuestra sociedad y nuestra vida, la vida de las nuevas generaciones, cambiarán más de lo que ahora podemos pensar. Pero las afirmaciones fundamentales de nuestra fe seguirán siendo verdaderas y les seguirán ofreciendo un fundamento firme donde apoyarse, un ideal de vida hacia el que caminar con los pasos del deseo y de las buenas obras. Con rasgos nuevos y diferentes que ahora nosotros no podemos adivinar, la fe cristiana y la vida de la Iglesia seguirá enriqueciendo y santificando la vida de nuestro pueblo, Navarra seguirá siendo cristiana y católica, los navarros y navarras seguirán encontrando en la fe la fuente de su fortaleza, de su honestidad y de su esperanza. Las familias y las personas vivirán arraigadas en el amor de Dios y guiadas por la luz de la esperanza cristiana, hasta que, una vez acabada su vida en este mundo, lleguen a la casa del Padre para vivir con El y con los seres queridos de siempre la vida que no tiene fin.

Cristo, Cabeza vivificante de la nueva humanidad, con la fuerza del Espíritu Santo, seguirá actuando en nuestra Iglesia y en nuestra tierra como un fermento de salvación. Las mentes y los corazones de los hombres y mujeres encontrarán en El el verdadero sentido de su vida y el camino abierto por Dios para su salvación. Poco a poco las dificultades que ahora nos agobian y torturan quedarán atrás y se irán afirmando los dones del Señor. Vendrán otros tiempos, con otras preocupaciones y otras posibilidades. La gracia del señor no faltará nunca. Los cristianos seguirán siendo signo de salvación y primicias de la nueva humanidad. No hay nada más progresista que el amor de Dios y la fidelidad generosa al Evangelio de Jesucristo.

En las anchas extensiones del mundo, las diversas culturas, las grandes religiones, las mejores adquisiciones de la sabiduría y de la creatividad humana, recibirán de Dios, por medio de Jesucristo y de la Iglesia, la iluminación y la purificación necesaria para avanzar hacia la plenitud, una plenitud en la cual todas las realidades humanas acabarán encontrándose unidas y plenificadas en Cristo, en quien Dios quiso poner la plenitud y la perfección del universo entero (Cf Ef 1, 10; Col 1, 18-20; TMA nn. 56-59). Cuando la Iglesia se opone a ciertos usos que se nos presentan como nuevos pasos del progreso, lo hace en nombre de Dios y en nombre de la verdadera humanidad que El ama y protege hasta la consumación final. No somos cobardes ni reaccionarios, somos progresistas con el progreso de Dios, hacia el futuro de Dios que es el futuro verdadero y posible para todos los hijos de Dios.

En este Año Jubilar, los cristianos de Navarra, con la Iglesia entera, en nombre de todos nuestros hermanos, gritamos: VEN SEÑOR JESÚS. Con El está segura nuestra salvación, en la tierra y en el Cielo. Amén.

Pamplona, 1 de marzo de 2000

Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
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