Homilía de D. Fernando Sebastián en la fiesta de la Epifanía
Compromisos diocesanos en la clausura del Jubileo
Pamplona, 6 de enero de 2001
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FIESTA DE EPIFANÍA CLAUSURA
DEL AÑO JUBILAR Homilía Después de haber recordado el nacimiento del Hijo de Dios en Belén, la liturgia, siguiendo la sugerencia de los mismos Evangelios, nos invita a considerar la significación de Jesús para el mundo, para la historia de la humanidad, para nuestra vida personal y colectiva ahora mismo. Hoy celebramos la Epifanía del Señor, su manifestación como salvador de la humanidad entera. Mañana, primer domingo después de la octava de la Navidad, celebraremos el Bautismo de Jesús, y al domingo siguiente recordaremos el primer milagro de Jesús en Caná. Las tres conmemoraciones están en la línea de la presentación de Jesús al mundo como Salvador universal, lleno de poder y de misericordia. El relato de la adoración de los magos venidos de Oriente, tal como nos lo presenta San Mateo, está lleno de sobriedad y solemnidad. Unos Magos que venían de Oriente han visto la estrella del Mesías y quieren adorarlo. Son paganos que aceptan con docilidad los signos de Dios. Cuando encontraron al Niño Jesús, sintieron una inmensa alegría, lo adoraron, le ofrecieron sus dones y se marcharon sin ver a Herodes. En el marco de esta manifestación de Cristo como Salvador universal, nosotros, en unión con el Papa, concluimos hoy el Año Jubilar. Al fin y al cabo, el año Jubilar ha sido un año en el cual hemos querido descubrir más de cerca la grandeza y la belleza de Jesucristo nuestro Salvador. La Iglesia entera, en todos los lugares del mundo, ha vivido durante este año las maravillas del Año Jubilar. “Queremos ver a Jesús” esta ha sido nuestra oración y nuestro deseo. Como los pastores de Belén, como los magos de Oriente, como María y José, nos hemos acercado a la santa humanidad de Jesús. Tal como nos la recuerdan amorosamente las narraciones de los Evangelistas y de los Apóstoles. Aquí en Navarra, nosotros somos la presencia de la Iglesia católica. En unión con el santo Padre y con nuestros hermanos del mundo entero, hemos intentado fortalecer nuestra fe acercándonos a la historia de Jesús, a sus gestos, sus palabras, sus milagros y sus interpelaciones. Jesús nos ha enseñado a vivir en la presencia y en la casa del Padre, con el amor y la intimidad del Espíritu Santo, como verdaderos hijos arraigados en la piedad y en el amor del Hijo único Salvador nuestro. En estos meses hemos dado gracias a Dios por la fe recibida, hemos pedido perdón por nuestros pecados y omisiones, hemos intentado animar y renovar nuestra vida cristiana personal y comunitaria. Y hemos tratado de fortalecer nuestro servicio de caridad y nuestras ayudas a los necesitados. Ahora mismo estamos completando los cien millones de pesetas que queremos ofrecer como donativo diocesano a la Iglesia perseguida de Timor Oriental. Nunca podremos olvidar la emoción de las celebraciones del año Jubilar, las peregrinaciones de los Arciprestazgos a la Catedral, las peregrinaciones a los santuarios de la Virgen María, de San Miguel o de. Javier, el Jubileo de los jóvenes en Roma, la peregrinación a Tierra Santa, las celebraciones del sacramento de la penitencia durante la Santa Cuaresma, el jubileo de los enfermos, el de los presos, el de las familias, el de la tercera edad, la consagración de la Iglesia de Navarra a Sta. María, Madre del salvador y Madre de la Iglesia. Siguiendo la recomendación del Santo Padre, en la Encíclica NOVO MILLENNIO INEUNTE, firmada esta misma mañana en la plaza de San Pedro, queremos que este Año Jubilar deje frutos permanentes, frutos de santidad y frutos de apostolado. Si nuestra oración ha sido “queremos ver a Jesús”, ahora la tenemos que ampliar diciendo “Queremos que nuestros hermanos vean a Jesús”. Queremos que lo vean los jóvenes, que lo vean los ancianos, los sanos y los enfermos, los pobres y necesitados, los profesionales, los cristianos olvidadizos, los ateos o los agnósticos engañados por la autosuficiencia. Y ¿quién va a ayudarles a ver a Jesús si no tenemos comunidades de cristianos fervorosos que vivan intensamente el seguimiento de Jesús y la perfección de la vida cristiana?. Cada uno en su sitio, cada uno según su vocación, todos estamos llamados a ser santos. El Papa dice estas hermosas palabras, Cuando en la Iglesia preguntamos a los neófitos ¿quieres ser bautizado? Eso quiere decir ¿quieres ser discípulo de Cristo, quieres ser santo, quieres ser apóstol? En la Iglesia moderna no puede haber lugar para la mediocridad ni para los minimalismos espirituales o pastorales. Todos estamos llamados a seguir a Jesús fervorosamente, en la vida, en el apostolado, en el amor a Dios y a los hombres, en la oración y en el servicio a los más necesitados. Como aquellos oyentes en el día de Pentecostés, nosotros también tenemos que preguntarnos “qué tenemos que hacer”? Muy sencillo. Tenemos que ser santos. Cada uno según su vocación, cada uno a su manera, cada uno según los dones que ha recibido. Para ser santos hay algunos pasos esenciales y necesarios que todos hemos de cumplir. El primero es la oración. La oración personal diaria, la oración conjunta en la familia, en los grupos de formación, en la comunidad. El momento culminante de nuestra oración es la Misa dominical, rezada por todos, vivida intensamente por todos, asumida como principio de nuestra vida en comunión espiritual con Cristo y con la Iglesia. Con la oración tenemos que intentar renovar el vigor espiritual de nuestras comunidades. Pero hemos de tener en cuenta que el vigor espiritual de la comunidad parroquial, del grupo de formación o de acción, depende directamente del vigor y de la fuerza espiritual de cada uno de nosotros. No hay Iglesia vigorosa sin cristianos vigorosos, convertidos, desprendidos, fuertes en el amor y en la abnegación, dispuestos a vivir y a morir por Jesucristo y por el servicio de su Reino. El Papa quiere que sean las Iglesias locales las que encuentren su propio camino, las prioridades de sus necesidades espirituales y de su servicio. No hay que perder mucho tiempo en inventar programas nuevos. El programa está ya escrito en el Evangelio, en la tradición de la Iglesia, en la experiencia de los santos. Oración, abnegación, penitencia, amor, servicio. Tenemos que ser en nuestro mundo TESTIGOS DEL AMOR. Testigos del amor de Dios hacia nosotros, testigos del amor nuestro a Dios, testigos del amor nuestro a los hermanos en el nombre y con el espíritu de Dios. Aquí en Navarra tenemos que comenzar por superar una situación de abatimiento y de desconfianza que nos paraliza. Necesitamos recuperar la convicción y el sentimiento de que el evangelio de Jesucristo, anunciado y vivido en su Iglesia, es un verdadero mensaje de salvación para la vida actual y futura. Tenemos que sentirnos favorecidos y responsables de poseer en nuestro mensaje cristiano, doctrinal y moral, teórico y práctico, un verdadero mensaje de salvación para nuestra sociedad actual, con su mentalidad nueva y con sus problemas actuales. Hay demasiado escepticismo, demasiadas divisiones, demasiada resignación. En todos, en los sacerdotes, en los religiosos, en los padre de familia cristianos, en los educadores cristianos y catequistas. Esto nos lleva al miedo, a los minimalismos, a las condescendencias, a la falta de claridad y de entereza en nuestros planteamientos y actuaciones. En segundo lugar necesitamos responder con generosidad a las exigencias de este momento. Todos nuestros conciudadanos, especialmente los jóvenes, tienen que recibir el anuncio del evangelio como un anuncio de salvación, de vida verdadera, de superación de los problemas reales, hecho con sinceridad y con entusiasmo, un anuncio capaz de atraer y de convencer, capaz de transformar la vida y configurar de nuevo nuestros ambientes y nuestra convivencia social. La esencia del cristianismo es la proclamación del amor de Dios y del prójimo como norma suprema de vida. El amor de Dios en esta Iglesia de Navarra tiene que verse en el amor y la fidelidad de los esposos, en la generosa acogida de los hijos dentro de la familia, en la defensa de la vida, en la atención a los ancianos, en la acogida y en el buen trato a los inmigrantes, en el rechazo efectivo de la violencia, en la atención a las víctimas del terrorismo y la compasión hacia los que padecen los estragos de la violencia en su propio corazón, en el esfuerzo generalizado para construir un mundo menos materialista y egoísta, más abierto a las necesidades del prójimo y a la esperanza de la vida eterna. |
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CLAUSURA DEL AÑO JUBILAR COMPROMISOS DIOCESANOS PARA EL NUEVO AÑO Esta Eucaristía que clausura el Año Santo, en que hemos celebrado a Jesucristo, Señor del tiempo y de la historia, es también compromiso para poner en práctica las decisiones pastorales maduradas durante el Año Jubilar para una vida cristiana y eclesial nueva, más intensa y más comunitaria.
- Necesitamos y queremos seguir construyendo sobre la herencia conciliar. En el Jubileo de los laicos en Roma el Papa les acaba de decir: "Os entrego este texto del Concilio como el testigo que tenéis que transmitir a las nuevas generaciones de laicos comprometidos, para que siga siendo también en el Tercer Milenio, el paso del Espíritu Santo en su Iglesia".
- Nos urge la evangelización, salir en misión a ofrecer el Evangelio de N. Se_or Jesucristo, con imaginación y sin complejos. "Queremos conseguir que esta Iglesia nuestra de Navarra adquiera poco a poco las características y el vigor de una Iglesia en misión, de una Iglesia entusiasta... Una Iglesia espiritualmente joven, ilusionada, que no se resigna a ser una Iglesia en retirada, sino que quiere ser servidora generosa y abnegada de la difusión del evangelio en nuestra propia tierra"(D. Fernando).
- Para fortalecer la fe y el testimonio, es preciso intensificar: + la formación de los cristianos en la familia, en la catequesis parroquial -catecumenal y de conversión-; en las clases de religión, la pastoral juvenil -acentuando la pastoral vocacional para el Ministerio y la Vida Consagrada-, el catecumenado de adultos, la predicación de la Palabra de Dios en todas sus formas. Formación cristiana y fundamentación espiritual. + la preparación de los jóvenes cristianos al sacramento del Matrimonio. + la atención pastoral a las familias cristianas
- Fomentar la unidad en la Iglesia Diocesana y la comunión apostólica en torno al Obispo, sucesor de los apóstoles, y con el Papa. Así lo hemos resaltado durante todo el A_o, al peregrinar a la Catedral. "Tenemos que fomentar y fortalecer la comunión eclesial, vivida con claridad y con alegría..., con más espíritu sobrenatural [...]. Requisito indispensable para que tengamos el vigor y el dinamismo que se requieren en un planteamiento evangelizador y misionero de la vida espiritual y pastoral, personal y eclesial" (D. Fernando Sebastián) .En buena y creciente colaboración entre sacerdotes, religiosos y laicos. - Cultivar la celebración del Domingo, Pascua de la semana, haciendo que la Eucaristía sea su corazón, momento central de la vida cristiana personal y comunitaria. Junto a la recuperación del sacramento de la Penitencia. Y la Liturgia de las Horas, oración de la Iglesia Local y de todo el pueblo de Dios, santificación de la jornada (CL 1). Porque necesitamos un enraizamiento espiritual y evangélico más profundo, que suscite un verdadero anhelo de santidad. - Multiplicar nuestro servicio de caridad: "Porque el compromiso por la justicia y por la paz ..., es un aspecto sobresaliente de la celebración del Jubileo"(TMA 51). Es la urgencia de la caridad propia de los discípulos de Cristo. Jubileo solidario, cuyo fruto son esos 100 millones de pesetas que podemos enviar a la Diócesis de Timor Oriental y a los misioneros españoles.Y vamos a rezar y trabajar por la paz, por el final de la violencia terrorista: que "cese la violencia de los sentimientos y de las armas" y se llegue a una paz justa y duradera.- Todo bajo el amparo y la protección de santa María la Virgen y de nuestros santos patronos. Para que este Jubileo sea para todos como quería el Papa: "Una experiencia particularmente profunda de gracia y misericordia divina" (IM 6). "Duc in altum. Rema mar adentro. Caminemos con esperanza. Jesucristo es el mismo ayer hoy y siempre". (Juan Pablo II) |
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