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Encuentro de Oración por la paz 

Mensaje de S.S. Juan Pablo II 

Compromisos de los cristianos por la paz

Vitoria, 13 de enero de 2001

 

Mensaje de S.S. Juan Pablo II

He sabido que los fieles de las diócesis de San Sebastián, Bilbao y Vitoria, así como de las Archidiócesis de Pamplona, presididos por sus Pastores, se van a reunir, junto con otros hombres y mujeres de buena voluntad, el sábado día 13 de enero para un Encuentro de oración en las Campas de San Prudencio (Vitoria) para implorar de Dios la paz y el fin del terrorismo. Con esa ocasión me uno espiritualmente a todos los congregados en ese lugar, elevando mi plegaria por la radical y sincera conversión de todos a la ley santa de Dios, fundamento de la convivencia pacífica y del respeto de los derechos de toda persona, para que así se restablezca el entendimiento justo y concorde entre los hombres, las familias y pueblos en el País Vasco, en Navarra y en toda la querida Nación española, profundamente afectados por la crudeza de la situación presente a causa de la violencia terrorista que se prolonga desde hace años.

La tan deseada paz social es, ante todo, un don del Salvador, cuya venida acabamos de celebrar especialmente en la Navidad: la Navidad del Año del Gran Jubileo de su Encarnación. En esos días, retomando el anuncio de los ángeles en Belén (cf. Lc 2, 14), los creyentes hemos expresado nuestro convencimiento de que sólo Cristo es “nuestra paz” (Ef 2, 14), reafirmando así que Él mismo es un don de paz el Padre a toda la humanidad. Destruyendo el pecado y el odio, y llamando a todos a la concordia y a la fraternidad, vino a unir lo que estaba dividido; por eso, Él es el “principio y el ejemplo de la humanidad renovada, llena de amor fraterno, de sinceridad y de espíritu de paz, a la que todos aspiran” (Ad gentes, 8).

En esta circunstancia deseo alentar a las comunidades cristianas, que con su vida y su acción hacen presente a Jesucristo, a que acrecienten su unión con Él, intensificando la oración confiada y perseverante por la paz. Nuestras súplicas harán de cada uno de nosotros instrumentos de paz, sembradores de concordia, artífices del perdón. En una sociedad marcada por fuertes tensiones, las iglesias particulares de los territorios que desgraciadamente padecen con tanta frecuencia la herida del terrorismo, tienen la misión de promover la unidad y la reconciliación, rechazando todo tipo de violencia, de terror y de chantaje, pues con esas triste situaciones es toda la sociedad la que sufre.

Por encima de todo es necesario levantar, una vez más, la voz en favor del valor de la vida, de la seguridad, de la integridad física, de la libertad. En efecto, la vida humana no puede ser considerada como un objeto del cual disponer arbitrariamente, sino como la realidad más sagrada e intangible que está presente en el escenario del mundo. No puede haber paz cuando falta la defensa de este bien fundamental. No se puede invocar la paz y despreciar la vida” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2001, 19).

Las comunidades cristianas han de ser lugares privilegiados de acogida y de compromiso generoso con la paz auténtica, contribuyendo a remover obstáculos, a derribar muros, a favorecer iniciativas y proyectos en colaboración y diálogo social con tantas personas y grupos interesados en alcanzarla.

En esta tarea, es menester tener presentes a los jóvenes, a los que hay que educar siempre y en todas partes: en las escuelas y universidades, en los ambientes de trabajo, en el tiempo libre y en el deporte, en la cultura de la paz. Paz dentro y fuera de ellos, paz siempre, paz con todos, paz para todos. A ellos, y a toda la sociedad quiero decir: Indarkeria ukatuz, pake zale, pake eskale ta pake egile izan zaitezte. (Rechazando la violencia sed amigos de la paz, orantes por la paz y constructores de la paz).

¡Que Dios misericordioso conceda la paz social al País vasco, a Navarra, a toda España! ¡Que con un renovado estilo de vida seamos merecedores de ese don divino! Mi bendición y mi afecto acompaña siempre a todos los que se comprometen en esta extraordinaria y necesaria tarea de alcanzar la paz, del cese del terrorismo y la violencia, del fomento del desarrollo y la convivencia en justicia y verdad.

Vaticano, 6 de enero de 2001, Solemnidad de la Epifanía del Señor y clausura del Gran Jubileo.

Joannes Paulus II

 

Compromisos de los cristianos por la paz

1.- Dios quiere que vivamos en paz. La paz es posible también entre nosotros. La queremos ya ahora. Una paz hecha entre todos y para todos. No queremos que nadie la impida o la retrase. Nosotros nos comprometemos a trabajar por la paz en la verdad, en la justicia y en el amor.

¡Señor, que donde haya injusticia nosotros pongamos paz!

2.- Amamos la vida como don sagrado de Dios y primer derecho del hombre, sea quien sea y esté donde esté. No queremos que nadie mate a nadie. Pedimos a ETA que deje definitivamente las armas. Nosotros nos comprometemos a defender la vida de toda persona.

¡Señor, que donde haya muerte nosotros pongamos vida!

3.- Recordamos ante Dios, Padre de todos, a cuantos han muerto víctimas de la violencia, aquí entre nosotros o lejos de este pueblo. Son para nosotros seres muy queridos. Nos comprometemos a estar cerca de cuantos lloran su muerte. También de quienes viven hoy acosados por el miedo, las amenazas o la extorsión.

¡Señor, que donde haya sufrimiento nosotros pongamos amor!

4.- Pedimos también a Dios por quienes, provocando muertes, terror y destrucción, están causando tanto daño. No han dejado de ser hijos de Dios y hermanos nuestros. Los queremos tener entre nosotros construyendo una sociedad mejor, liberados del sufrimiento que generan y padecen.

¡Señor, que donde haya un ser humano nosotros pongamos fraternidad!

5.- Creemos en la capacidad de las personas y de los pueblos para buscar solución a sus conflictos por caminos de paz. No queremos imposiciones violentas, contrarias al libre sentir de la sociedad. Nosotros nos comprometemos a promover comportamientos y cauces democráticos en libertad.

¡Señor, que donde haya violencia nosotros pongamos libertad!

6.- Respetamos la diversidad legítima de opciones para la construcción de nuestra sociedad. No queremos que nadie se arrogue el derecho de ser su único representante. No queremos que nadie excluya a nadie. Nosotros nos comprometemos a buscar una paz que sea verdadera y sea para todos.

¡Señor, que donde haya exclusión nosotros pongamos participación!

7.- Creemos en la fuerza pacificadora de la verdad. Rechazamos la mentira como estrategia, y la manipulación de la verdad al servicio de los intereses políticos. Nosotros apostamos por la virtud liberadora de la verdad.

¡Señor, que donde haya mentira nosotros pongamos verdad!

8.- Creemos en la necesidad del diálogo para buscar vías de entendimiento y de paz estable. Necesitamos y queremos que los representantes políticos dialoguen y busquen juntos el bien de todos. Nosotros nos comprometemos a promover un clima social de diálogo, que nazca del respeto y de la escucha mutua.

¡Señor que, donde haya enfrentamiento nosotros pongamos diálogo!

9.- Reivindicamos la fuerza social del perdón para edificar nuestra convivencia. No queremos que el resentimiento y los odios nos encadenen al pasado. Nosotros nos comprometemos a promover una experiencia colectiva de mutuo perdón y de reconciliación.

¡Señor, que donde haya odio nosotros pongamos perdón!

10.- Todos necesitamos el perdón de Dios. Todos necesitamos perdonar y ser perdonados. Pedimos el perdón de Dios por nuestros pecados. Pedimos perdón por no haber trabajado lo suficiente por la paz y en contra de las injusticias. Pedimos perdón a quienes no hemos sabido defender o ayudar desde el espíritu del Evangelio.

¡Señor, que donde haya pecado Tú pongas perdón!

11.- Creemos en la paz, logro de los hombres y don de Dios. Nos comprometemos a trabajar y a orar sin descanso por la paz. El encuentro con Dios da paz y ayuda a construirla.

¡Señor, convierte nuestros corazones, danos Tú la paz! 

 

 

 
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