Jornadas pastorales 2002 |
El matrimonio cristiano, profecía del amor de Dios en nuestro mundo
Soy consciente de que este título no es muy propagandístico. Estoy seguro de que expresa una gran verdad y una buena noticia para nuestra sociedad, no estoy tan seguro de que todos los cristianos bautizados lo entiendan así, y mucho menos de que esta proclamación atraiga el interés de nuestros medios de comunicación y de los comentarios dominantes en nuestra sociedad. El matrimonio cristiano es hoy rechazado por muchos como una cautividad. Muchos cristianos lo recortan y lo entienden a su manera, privándole de sus rasgos más propios, los más diferenciantes, los más atractivos y sanadores. En nuestro lenguaje común no se habla mucho de los profetas, ni se sabe muy bien qué es lo que son ni qué utilidad podrían tener las profecías en nuestra vida actual. Si se les concede algún interés es asimilándolas a las informaciones esotéricas o pintorescas. Aunque nuestra época pretenda ser muy sensible al amor y a toda la gama de los sentimientos humanos, el amor de Dios despierta poco interés, resulta demasiado lejano, demasiado vaporoso, poco placentero y por eso de muy poco interés. Y sin embargo, he querido mantener este título porque me parece una buena manera de expresar la novedad, la grandeza, la riqueza humana del matrimonio cristiano, las muchas posibilidades de realización y de felicidad que encierra y que promete para quienes lo acogen y tratan de vivirlo según los planes de Dios y las enseñanzas de la Santa Iglesia. Qué son los profetas. En el paganismo son sobre todo "adivinos", hombres que tienen poderes extraordinarios para percibir los mensajes secretos de los dioses y de los espíritus sobre los acontecimientos y las necesidades de los hombres. En el AT hay una intensa presencia de los profetas y del profetismo. Son también de alguna manera anunciadores de cosas ocultas, pero entendidas como los planes de Dios acerca de su pueblo. El profeta en el AT es ante todo un hombre de Dios, llamado por El para iluminar y dirigir a su pueblo. Ahí tenemos los ejemplos de los grandes profetas Elías y Eliseo, los textos de las grandes profecías de Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel. Los profetas son hombres temerosos de Dios, celosos de su honor, obedientes a su palabra y a su voluntad, llamados e inspirados por Dios para proclamar el juicio y la voluntad de Dios en unos acontecimientos determinados. De este modo los profetas son guías suscitados por Dios para que dirijan a su pueblo según sus designios, guiados por la fidelidad permanente a la Alianza con El. Ellos hablan en nombre de Dios, obedeciendo sus inspiraciones, desde una suprema libertad respecto de los poderes de este mundo, a veces en contra de todos, sumidos en una gran soledad, y con riesgo de su vida. .Los profetas forman una verdadera estirpe, que va creando una tradición profética permanente, unas veces más activa que otras. Todos tienen una enseñanza convergente porque todos están inspirados por el mismo Espíritu y expresan la Palabra de Dios. Anuncian los planes de Dios que tienen un cumplimiento inmediato y alcanzan su plena realización en Jesucristo. Todas las profecías del A.T. anuncian y preparan la gran palabra de Dios que es Jesucristo y tienen en El su último cumplimiento. . El Rey, los Sacerdotes y los Profetas son los tres ejes de la Comunidad judía. A diferencia de los otros dos, el Profetismo no se institucionaliza, es puro don, vive en perfecta gratuidad y libertad. Más que institución es una vocación personal e instranferible, suscitada solamente por Dios y dirigida a una persona concreta,. (Moisés, Samuel, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Elías, Eliseo). Hablan en nombre de Dios, a veces en contra suya, sin ver el resultado de sus esfuerzos. Se va haciendo normal que los profetas mueran rechazados y hasta asesinados. "Jerusalén, que matas a los profetas" (Mt 23, 37). Denuncian las transgresiones de la Ley y las hipocresías del falso culto que sólo es externo. EL NUEVO TESTAMENTO, cumple la substancia de todas las profecías. Todo el AT se puede considerar como una gran profecía de Cristo, de la Nueva Alianza, de la nueva era. (Emaús, en Lc 24). Juan Bautista recoge toda la palabra profética del Antiguo Testamente señalando a Jesús. Jesús mismo tiene muchos rasgos de Profeta, anuncia, reprende, interpela en nombre de Dios, es rechazado y muerto. Con una particularidad El es enviado y Enviador, El se siente enviado, habla de lo que ve y recibe del Padre, pero a la vez habla en nombre propio, como quien tiene autoridad, "Se os ha dicho, pero yo os digo EN LA IGLESIA. Se cumple el deseo de Moisés "Ojalá todos fueran profetas" (Num 11, 29). Pablo los reconoce en la comunidad cristiana, "edifican, exhortan, consuelan," (I Cor 14, 3). Pablo enuncia unas reglas que ayudan a conocer la autenticidad de los profetas y de las profecías, humildad, unidad, caridad, paciencia, generosidad, respeto y tolerancia, (I Cor 13-15). ¿Qué anuncian los profetas del NT? Cómo siempre la voluntad de Dios, el ser de Dios, su providencia, sus llamadas. Sobre todo la gran novedad, el gran secreto, el gran misterio que se anuncia y se desvela en el NT es la paternidad universal de Dios, su amor misericordioso y gratuito hacia cada uno de nosotros, la nueva humanidad y la nueva manera de ser hombres que se manifiesta y se hace posible en N.S. Jesucristo y a partir de El en todos aquellos que viven arraigados en El y vivificados por su Espíritu. Muchos creen que se ha cerrado el tiempo de los profetas. La Iglesia de Jesús es una comunidad profética. Con sus palabras y con su vida tiene que anunciar en el mundo los contenidos fundamentales de los designios de Dios, su amor fiel y misericordioso, los bienes de su gracia, los muchos males del pecado, la gran promesa de salvación que debe sostener y guiar nuestra vida, el verdadero sentido y valor de cada acontecimiento de nuestra vida en el marco del mundo de la fe, de acuerdo con los designios de salvación que dios pone ante nosotros. Los profetas, en el Nuevo como en el Antiguo Testamento, no son maestros teóricos, sino creyentes apasionados, que son capaces de descubrir y de proclamar en cada momento de la historia y en cada encrucijada de nuestra vida, la verdadera voluntad de dios, sin temores, sin acomodaciones, sin recortes ni condescendencias de ninguna clase. Nuestra Iglesia no podría vivir ni ser fiel sin la guía de los profetas. Y la verdad es que no nos faltan profetas. Unos con sus enseñanzas y otros con sus obras, todos con su fidelidad y obediencia a Dios, nos dicen en cada momento de la vida cuál es verdaderamente el camino de la justicia, de la fidelidad y del amor. Los profetas son maestros, centinelas y guías espirituales de los cristianos en este mundo de tinieblas. En el marco de estas consideraciones ya podemos comprender más fácilmente lo que queremos decir cuando afirmamos que el matrimonio cristiano es una profecía viviente la de la bondad y del amor de Dios en nuestro mundo. La familia cristiana Antes de continuar conviene ponernos de acuerdo en lo que entendemos por matrimonio cristiano. No cualquier forma de convivencia entre varón y mujer puede llamarse matrimonio. El matrimonio cristiano tiene una naturaleza, unas exigencias y unos objetivos asignados por Dios y manifestados por N.S. Jesucristo y por la doctrina de los Apóstoles, que tiene su propia consistencia y configura la existencia de los que se sienten llamados por Dios a crecer en la caridad y a santificarse en ese estado y en esa forma de vida. Podemos decir que en lo esencial el matrimonio, tal como lo entendemos los cristianos, es
Un compromiso entre varón y mujer movido por el amor mutuo, para vivir juntos, asistirse, ayudarse y transmitir la vida Jesucristo, al revelar y comunicarnos el amor de Dios como principio de nuestra vida personal, asume el matrimonio natural y lo sitúa dentro del orden de la Alianza y de la santificación. A partir de la revelación cristiana, podemos ver con claridad que el amor es la única forma de relacionarse adecuadamente entre personas. Dios es amor y nos ha hecho a todos a su imagen y semejanza para que vivamos libremente en el amor y nos ayudemos a vivir unos a otros desde el amor y gracias al amor. "El amor es la vocación fundamental e innata de todo ser humano" (Juan Pablo II, Familiares Consortio, n. 11). Desde esta perspectiva la sexualidad queda levantado y dignificada como signo, vehículo y expresión del amor entre el varón y la mujer. En la visión cristiana de la persona, la sexualidad no es algo meramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de las personas. El encuentro sexual entre varón y mujer no es el encuentro accidental entre dos cuerpos que se utilizan mutuamente para su propia satisfacción pasajera, sino el encuentro entre dos personas que se comunican y se funden en el seno de un amor integral, permanente y transcendente (Juan Pablo II. Ib.) Cuando la Iglesia denuncia todo lo que es ejercicio deficiente y pecaminoso de la sexualidad, no es por miedo o por rechazo de la sexualidad, sino por manifestar y defender la dignidad de la sexualidad humana como signo e instrumento de relación entre personas. Esto requiere que la fuerza instintiva de la sexualidad sea dominada por el hombre y la mujer para situarla en la esfera de las relaciones personales, de la libertad y del amor. Este es el contenido y el sentido de la virtud de la castidad. Sin castidad, es decir, sin el dominio personal y el ejercicio amoroso y verdaderamente espiritual de la sexualidad no hay sexualidad verdaderamente humana. Si el instinto arrastra a la persona, en vez de ser la persona la que domina y dirige la fuerza del instinto, no podemos hablar de ejercicio humano de la sexualidad. Pero la visión cristiana de la sexualidad no queda aquí. Cuando la sexualidad es signo y vehículo de una relación interpersonal amorosa, este amor no nace sólo ni principalmente del instinto sexual, sino que es un amor, marcado ciertamente por la condición sexuada de la persona, pero asumido, purificado, fortalecido y santificado por el amor de Dios que ha sido derramado por el Espíritu Santo en nuestros corazones. Cuando la sexualidad esta vivida de una manera amorosa y personal, y además este amor está transformado por el amor de Dios y de Cristo que habitan en nosotros, la relación amorosa entre hombre y mujer tiene las características de un amor sexuado, pero tiene también las cualidades del amor sobrenatural de Cristo a su Iglesia, del amor gratuito, fiel y misericordioso con que Dios ama a su Iglesia y nos ama a cada uno de nosotros, en Cristo y por Cristo. La vida cristiana está toda ella atravesada por el amor esponsal de Cristo a su Iglesia, a la humanidad, a cada uno de nosotros. El Señor nos ama con un amor gratuito, fiel, irrevocable, más fuerte que todas las adversidades, un amor que nos recoge y nos acoge y nos acompaña hasta la vida eterna. El amor entre marido y mujer realiza y expresa este amor oculto de cristo que fecunda a su Iglesia y sostiene nuestra vida. Cristo es origen y maestro del amor del varón a la mujer, la Iglesia, los cristianos santos transformados por el amor de cristo, son origen y signo del amor fiel de la esposa hacia su esposo. De este modo el matrimonio cristiano es como una pequeña encarnación, una realización doméstica del amor infinito con que Cristo ama a su Iglesia, del amor con que la Iglesia responde fielmente a Cristo, del amor secreto y eterno con el que dios nos envuelve y nos mantiene en el océano de la vida. La palabra central de nuestra fe y la convicción más profunda y más sanadora de los creyentes "Dios nos ama con un amor gratuito, fiel y misericordioso es vivida y proclamada de forma convincente e indiscutible por la palabra verdadera del amor fiel y oneroso de los esposos entre sí, y de los padres con los hijos y de los hijos con los padres. (Juan Pablo II. F.C. n.12). La familia cristiana es el punto de partida de una sociedad fundada y vivificada por el amor y no por el egoísmo ni por los intereses individuales. Es cierto que muchos cristianos se casan sacramentalmente sin barruntar siquiera estas honduras de su compromiso y de su biografía matrimonial. Es cierto, y lamentable, que muchos matrimonios sacramentales, son vividos y celebrados por sus protagonistas como acontecimientos meramente humanos y casi tal laicos como los celebrados en el Ayuntamiento, pero esto no es más una prueba de la pobreza espiritual de muchos cristianos que, por desgracia, son cristianos de nombre y de costumbre, más que de mente y de corazón. Cuando varón y mujer se aceptan ante la Iglesia y ante Dios como marido y mujer, comienza para ellos una nueva forma de vida caracterizada por el compromiso y el deseo de vivir juntos y unidos por una relación de amor, un amor que les viene de Dios y que tiene que ir adoptando las formas adecuadas en cada momento y en cada circunstancia de la vida. En un tiempo es sobre todo amor de donación y de acogimiento, para ir acentuando sus caracteres de generosidad y fidelidad, más tarde se manifiesta sobre todo como un amor de plenitud y de sosiego, a la vez es amor de fecundidad y multiplicación de la vida, amor de ayuda a las nuevas vidas nacidas de ellos y recibidas como dones de Dios, y se va haciendo amor de compañía y de ayuda en la debilidad, amor lleno de ternura y generosidad que acompaña hasta los umbrales de la gloria y hasta las manos de Dios. Nos ayudará a valorar el poder significativo y profético del amor esponsal de los matrimonios cristianos, el compararlo con la virginidad consagrada a Dios y aceptada por amor de su Reino. También la virginidad es signo del amor de Dios escogido por la virgen y por el célibe como referencia primera y directa de su amor. La virgen manifiesta con su virginidad el amor de Dios que llena el corazón y la vida, lo manifiesta en la consagración de su persona, y lo manifiesta en la generosidad y la libertad con la que se entrega al amor al prójimo en el cuidado de los enfermos, de los niños sin familia, de los más pobres y abandonados. Así el matrimonio cristiano, por su fidelidad, su fecundidad, su permanencia, su proyección eclesial y social es signo y manifestación del amor de Dios que nos envuelve, nos acompaña, entra en la realidad de nuestra humanidad hasta las regiones más hondas de nuestro espíritu y de nuestra carne, nos regenera, nos ayuda a vivir como personas e hijos en su presencia, nos ayuda a caminar por el amor hasta la vida eterna y nos hace capaces de colaborar con El en el crecimiento de la humanidad y en el establecimiento de su Reino. "El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con el amor, si no experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente" (Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 10). Estas hermosas palabras de Juan Pablo II que iluminan y traspasan la comprensión cristiana del hombre y de la vida humana, son verdaderas referidas a la dimensión interpersonal estrictamente humana y son también verdaderas respecto de las relaciones del hombre con Dios. Vivimos en el amor, del amor y por el amor. Tanto con Dios como con los hombres. El matrimonio y la familia cristiana sólo son comprensibles y realizables en el marco de este amor universal que nos envuelve, nos sostiene, nos vivifica y nos lleva hasta la plenitud en la libertad, y la felicidad.de la comunión.
La elocuente profecía de las mil caras. La elocuencia significativa y reveladora del matrimonio cristiano no se agota en una sola dimensión o enseñanza. Tiene ante todo la fuerza de las realidades concretas, indiscutibles, familiares, que nos entran por los ojos y nos llegan fácilmente al corazón. Y es como un faro brillante del que se desprenden rayos iluminadores en todas las direcciones. 1, El matrimonio cristiano nos demuestra que en este mundo es posible el amor fiel y generoso. En nuestro mundo aparecen muchas formas de convivencia insuficientes y espiritualmente raquíticas, no desarrolladas, como enanificadas. Parejas provisionales, incapaces de llegar a la plenitud amorosa de un compromiso definitivo, parejas de hecho que no saben asumir la dimensión social y pública de su amor y de su convivencia, parejas rotas que no lograron mantener la continuidad creativa de un amor fiel y generoso. Muchos se sienten tentados de reconocer que estas formas deficientes de manifestarse son la verdadera realización del amor humano. Por encima del verdadero amor, y en contra de la dinámica interna del amor que requiere estabilidad y perpetuidad, generosidad y fecundidad, ensalzan la libertad de dejar de amar, ponen el amor de uno mismo en solitario por encima de la fusión de los dos sujetos en un sujeto común y compartido como fruto de un amor ilimitado, que sea de verdad imagen y fruto del amor irrevocable de Dios, y ponen el bienestar individual compartido como más valioso y más gratificante que el amor generoso que se abre a la existencia de los hijos dados y encomendados por Dios. En realidad estas formas de convivir sin las pretensiones de unidad y perpetuidad que reclama el matrimonio cristiano, más que fruto de un verdadero amor son fruto de dos "egoísmos coincidentes", fruto de "intereses convergentes", capaces de aparecer como amor verdadero sólo durante un cierto tiempo y en condiciones muy favorables. Se desvanecen cuando se desvanecen las posibilidades de explotación del otro como fuente de places y de bienestar y de ventajas materiales. Este es el evangelio de la cultura dominante, de los medios de comunicación, de los progresistas de izquierdas y de derechas. No es ésta la buena nueva del evangelio de Jesús ni la buena nueva del matrimonio y del amor redimido que la Iglesia anuncia en nombre de Dios. De esta cultura del egoísmo nacen mil problemas que nuestra sociedad sin an fe y sin amor quiere resolver por medio del Estado del bienestar, personas solitarias y frustradas, hijos sin familia interiormente rotos y decepcionados, envejecimiento de las sociedades, disolución de la felicidad profunda a cambio de las muchas comodidades exteriores y el vaciamiento interior de las personas. El matrimonio cristiano, mantenido a través del tiempo, el amor fiel que se recrea y se reafirma cada día por encima de todas las vicisitudes, está diciendo de forma irrefutable, primero que en este mundo es posible este amor fiel; segundo, que el amor verdadero tiene vocación de perpetuidad y tercero que solamente este amor con voluntad de totalidad y perpetuidad es capaz de ayudarnos a realizarnos plenamente como personas y a disfrutar de la belleza de la existencia humana compartida. Todo lo demás son amores abortivos, insuficientes, frustrantes, decepcionantes. 2. En su apertura a los hijos posibles y queridos, el matrimonio cristiano es también profecía, manifestación, proclamación, recomendación y apología del amor generoso que multiplica la vida, que llama a la existencia a nuevas personas para compartir con ellas la alegría de vivir en la casa de nuestro Dios por toda la eternidad. La cultura de eso que llamamos el bienestar, y que es muchas veces cultura del egoísmo y adoración de nuestra propia comodidad, nos lleva a rechazar y temer los hijos posibles como una fuente de trabajos, como una amenaza para nuestro bienestar, como una verdadera calamidad. Luego resulta que la mayoría de los casos el hijo no querido que llega por sorpresa y casi por descuido, es fuente de alegría y de enriquecimiento espiritual para sus padres. En el matrimonio cristiano, se manifiesta y se cumple la fuerza del amor que nos lleva más allá de nosotros mismos. Los esposos si se aman de verdad y viven conducidos por la fuerza del amor de Dios, no pueden cerrarse en el círculo estrecho de su propio amor y su propia felicidad. Ellos se saben llamados a colaborar con Dios en la creación de nuevas personas, el amor creador, el amor vivificador, a semejanza del amor de dios que nos ha hecho ser a nosotros, es fuente de plenitud y felicidad para los padres, el mejor clima para el crecimiento sano y feliz de los hijos, fundamento y clima de la vida compartida y alegre de la familia entera. El gozo de promover y sostener y favorecer la vida de otras personas desde un amor generoso recibido y aprendido del amor de Dios y del amor generoso y vivificante de Cristo por sus hermanos menores, proporciona una felicidad mucho más honda, más estable y más satisfactoria que todas las alegrías pasajeras que puede proporcionar el bienestar material del coche, de las vacaciones, o de la casa de fin de semana. Una vez más, la familia cristiana, fiel y fecunda, proclama ante el mundo que la verdadera felicidad viene del amor generoso y gratuito, que la convivencia con los hijos y los hermanos no es un tormento sino el primer círculo del crecimiento en el amor, en la comunicación y en la humanidad abierta y generosa. No se me escapa que muchas veces los matrimonios cristianos querrían tener más hijos y son las circunstancias económicas, las necesidades del trabajo o las estrecheces y los precios de las casas los que imponen una reducción de los hijos. Una mentalidad verdaderamente cristiana por lo menos tiene que saber juzgar estas circunstancias como una presión injusta y perjudicial, para la familia, para la sociedad, para la alegría y el triunfo de la vida. Dios no quiere eso, esta situación puede llamarse de bienestar, las familias tienen derecho a disponer de una casa que les permita acoger los hijos que nazcan razonablemente de su amor y de su generosidad. Ahora como en la antigüedad, los hijos son una bendición de dios, la mejor riqueza de una familia, la más firme esperanza de una sociedad. Pensar de otra manera esconde un juicio peyorativo sobre la vida, una actitud egoísta y pervertida, un pesimismo existencial que destila tristeza y desesperanza. 3 Todavía se puede señalar una tercera dimensión profética del matrimonio cristiano, en lo que podríamos llamar la capacidad de la familia cristiana para ser refugio y amparo de los ancianos, de los enfermos, y en general de los familiares necesitados. El dinamismo de nuestra cultura nos lleva a transmitir a la administración o a solucionar con dinero lo que únicamente se resuelve de verdad con amor y con generosidad. Las casas son pequeñas, los padres tienen que salir al trabajo, queremos estar libres para poder salir los fines de semana o las vacaciones de verano. En consecuencia no hay lugar en la casa para los ancianos, ni para los enfermos, ni para cualquier persona que necesite atención y cuidados. La invalidez se está convirtiendo en otra fuente de negocio y en una oportunidad para ganar dinero, la Administración trata de multiplicar las casas de acogida tratando de ser la familia de todos los necesitados, la institución benéfica omnipresente y todopoderosa. Pero la verdad es que nadie ni nada pueden suplir el calor y la compañía de los hijos y de los nietos, las atenciones de la esposa o del esposo, la paz y la tranquilidad de poder envejecer y morir en el seno de una familia acogedora, generosa, sacrificada. Es evidente que hay cuidados y atenciones que no pueden ser ofrecidas por la familia, ni el enfermo puede recibir en casa. Pero también es verdad que hay muchas otras cosas y muchos otros momentos que sólo se pueden recibir en casa, de unos padres o de unos hijos llenos de amor cristiano, capaces de anteponer la atención a los familiares ancianos y enfermos a cualquier otra posibilidad de trabajo o de ocio. Da más felicidad la atención generosa y sacrificada a los necesitados de la familia, que cualquier otra actividad exterior. Las familias cristianas tenemos que demostrar ante el mundo que es posible amar, atender, cuidar a los ancianos y a los enfermos, que el amor desinteresado y sacrificado es fuente de felicidad para el que lo da y para el que lo recibe. Lo contrario puede llevarnos a una sociedad completamente deshumanizada, a una situación de mucha abundancia material pero de profundas y dolorosas carencias afectivas y espirituales. Una vez más, la familia cristiana tiene que ser en este mundo la reveladora y la defensora de la posibilidad y de la fuerza humana del amor verdadero como fuente de vida y fuente también de consuelo y de felicidad en la debilidad y en el mismo trance de la muerte. Ante la inminencia de la muerte, ¿qué forma más digna de morir que pasar del amor de los hijos al amor de Dios, de la familia terrena a la familia celestial, de la Iglesia terrestre a la Iglesia celestial? Esta es la verdadera eutanasia, la verdadera ayuda para morir dignamente, para morir con paz y esperanza, pasando del amor que nos despide al amor que nos recibe, de las manos de nuestros seres queridos, de los seres que nos quieren en este mundo y nos atienden hasta el ultimo momento de nuestra vida terrestre al amor de Dios, de cristo, de la Virgen María y de los santos que nos acogen en los umbrales del Cielo.
CONCLUSION En esta exposición he intentado comentar las palabras de Juan Pablo II en Familiares Consortio, La familia recibe de Dios la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de dios por la humanidad, y del amor de Cristo por la Iglesia su Esposa. En esta misión participan todos los miembros de la familia, cada uno a su manera y según las características de su propia persona y su personal vocación. La familia cristiana es así profecía, anuncio y defensa del amor de Dios, en Si mismo y en la verdad de la encarnación y de la nueva humanidad, y lo es en cuanto se presenta como comunidad de personas, promotora y defensora de la vida integral, material y espiritual, como impulsora de una sociedad fundada en el amor más que en el egoísmo o en la fuerza de los más fuertes, abierta a la plenitud sobrenatural que la Iglesia anuncia y vive en el nombre de Cristo para todos los hombres. Puede ser que a más de uno todo esto le parezca música celestial, nostalgias de un pasado irremediablemente perdido, residuos de un mundo preindustrial y superado. Las familias cristianas se encargan de demostrar que todo es posible cuando los cristianos se unen de verdad en matrimonio en el nombre del señor, cimentados en un amor santo y santificado por la intervención del Espíritu Santo. No ignoro que hoy muchos de los cristianos que se casan sacramentalmente vienen al matrimonio sin unos planteamientos de fe claros y operantes. Los hay que se casan por la Iglesia movidos solamente o al menos predominantemente por razones externas, de apariencia o de conveniencia. Los hay que quieren casarse por la Iglesia porque tienen una cierta sensibilidad religiosa aunque no sea muy claramente cristiana y eclesial. Son minoría los que celebran su matrimonio dispuestos a vivirlo como una verdadera vocación, como un camino hacia la perfección en la humanidad y en la vida sobrenatural movidos y guiados por el amor sobrenatural. De todos ellos son muy pocos los que de verdad están dispuestos a vivir su vida esponsal y familiar de acuerdo con las enseñanzas del Evangelio tal como las entiende y las propone la santa Madre Iglesia, en el terreno de la espiritualidad y de la moral conyugal. Los signos de los tiempos nos están pidiendo, mejor dicho, Dios mismo, a través de estos signos elocuentes de los tiempos, nos está pidiendo a los cristianos actuales, pastorales y fieles que seamos capaces de hacer normal en la Iglesia lo que ahora es excesivamente minoritario y extraordinario. Ahora es normal la frialdad espiritual, son normales las parejas que llegan al matrimonio cristiano con un mínimo de disposiciones religiosas, es normal que en las bodas se cuide más la celebración social que la religiosa, el esplendor externo que las disposiciones interiores, el boato del cortejo que el fervor de las oraciones, la abundancia del banquete que el fervor espiritual y la intensidad de los sentimientos religiosos. Pues bien, nosotros tenemos que trabajar con toda el alma para conseguir que en nuestra Iglesia sea lo normal el casarse de verdad en la presencia de Dios, que los esposos se quieran y se acepten mutuamente con un amor santificado y transformado por el amor de Jesucristo, un amor fiel, sacrificado, generoso, más fuerte que la muerte, capaz de multiplicar la vida y de guiar a los hijos por el camino de la fe y de la vida justa, honesta, santa y feliz de los hijos de Dios. Todo lo demás es decadencia, infidelidad, tristeza, desesperanza y sufrimiento. Toda la vida de la Iglesia y toda la riqueza de la vida cristiana esté presente en la Virgen María, Ella es también modelo de esposa y de madre, Ella supo vivir como nadie el amor humano, esponsal y maternal, como don del amor de dios y como camino de purificación y santificación, hasta ser en Cristo y por Cristo, esposa del Espíritu de Dios y Madre espiritual de todos los hombres. Que Ella cuide de todas nuestras familias, que Ella acompañe a nuestros jóvenes hasta el descubrimiento del verdadero amor, en la virginidad o en el celibato consagrados, o en el matrimonio y la familia, que Ella sea siempre estrella de la mañana para nuestra Iglesia de Navarra, madre solicita de todos los cristianos y las familias de Navarra.
Pamplona, 03 de octubre de 2002 Fiesta de los santos ángeles Miguel, Rafael y Gabriel Aniversario de la Ordenación Episcopal
+ Fernando Sebastián Aguilar Arzpo. de Pamplona, Obpo. de Tudela |