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Cartas desde la Fe

 

Bienaventurados los pacíficos

Vigilia de Oración por la paz

(Pamplona, 9 de abril de 2003)

El contraste de la guerra nos hace comprender mejor y valorar más las palabras de Jesús: Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán reconocidos como hijos de Dios (Mt 5, 9).

Llevamos ya veinte días de guerra y estamos conmovidos por las trágicas imágenes que nos ofrecen los medios de comunicación. Ciertamente, como ha dicho el Papa Juan Pablo II, “La guerra es siempre un fracaso de la humanidad” Fracasa la confianza de unos hombres con otros, fracasa el diálogo y el entendimiento de unos pueblos con otros, fracasan el respeto y  la solidaridad. La guerra niega y rompe la unidad y la fraternidad entre todos los hombres.

Ahora nos sentimos todos muy sensibilizados ante la guerra de Irak, los partidos políticos movilizan a la gente y organizan manifestaciones multitudinarias.  Nosotros, como cristianos, queremos también expresar nuestros sentimientos ante esta tragedia de la guerra. Pero intentaremos hacerlo desde la mentalidad y el espíritu de Jesús, no al dictado de ninguna organización política sin intereses ni segundas intenciones de ninguna clase.

A nosotros nos interesa ver la guerra con los ojos de Jesús, sentir ante este huracán de violencia que son las guerras, con los mismos sentimientos de Jesús. Por eso nuestro juicio no puede circunscribirse a la guerra de Irak. Ahora mismo hay otras guerras en el mundo igualmente crueles, las ha habido en estos años recientes, en Africa, Sudamérica, Asia. Ahí está esa guerra ya crónica entre judíos y palestinos en la misma Tierra de Jesús. Todas son igualmente malas, todas son guerras entre hermanos, todas son guerras evitables.

Es verdad que la Iglesia reconoce el derecho de los pueblos a la legítima defensa. Pero también es cierto que la guerra es siempre el último recurso y que en los tiempos actuales siempre existen posibilidades de otro orden para evitar las agresiones o para restablecer el orden de la justicia.

Con Jesús, con la Iglesia, con el Papa decimos NO a la guerra, a todas las guerras, de todo corazón. No a la guerra y a todas sus causas. No  al odio, no a la violencia, no a las agresiones, no a las muertes y mutilaciones, no a la destrucción de las viviendas, no a los exilios, a los incontables sufrimientos que una guerra produce.

Tenemos que caer en la cuenta de que rechazar la guerra sinceramente, con sentimientos verdaderamente cristianos,  supone decir un gran sí a la paz, un sí sincero,  coherente y activo. Por eso desde una conciencia cristiana tenemos que decir SI a un orden diferente, a un sistema de vida diferente que evite las causas y las raíces de los conflictos y de las agresiones. SI al reconocimiento de la dignidad, de la igualdad, del valor supremo de todas las personas, por encima de todas las diferencias de raza, de lengua, cultura o religión; SÍ a la fraternidad de todos los hombres; SÍ a la justicia entre los pueblos, SI a la misericordia y a la ayuda desinteresada a las personas y a los pueblos más pobres de la tierra.

Este sí a la paz es un sí a las personas, un sí a la vida y en definitiva un si a Dios que nace del corazón y que nos viene del Espíritu de Dios presente en nuestros corazones. Juan XXIII, el Papa de la paz, escribía así: “La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios” (Pacem in terris, intr.). El orden de Dios es muy sencillo y está al alcance de todos. Sed misericordiosos, sed bondadosos, sed generosos unos con otros, como Dios es bueno y misericordioso con todos. Y esto vale para todos, para las personas como para los pueblos, para los ciudadanos de a pie como para los dirigentes más altos y poderosos de la tierra.

De esta bondad interior tienen que nacer la ayuda a los necesitados, el respeto a las personas, la igualdad de oportunidades para todos, la hospitalidad y la acogida para los extranjeros,  la verdad de la aceptación mutua y de la convivencia, el ejercicio justo y medido de la autoridad, las leyes justas y el orden internacional justo, que respete y armonice los derechos y los intereses de todos los pueblos en un orden de verdadera colaboración internacional.  “La paz y el progreso solo pueden alcanzarse a través del respeto a la ley moral universal inscrita por Dios en el corazón de los hombres (Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea de las Naciones Unidas,  5 de octubre de 1995).

No podemos dejar de pensar que el enfriamiento de la religión, el olvido de Dios en la vida privada y pública, debilita las convicciones morales de las personas y de los pueblos, y de este modo favorece las injusticias, aumenta las diferencias y alimenta resentimientos que están en el origen de los conflictos y de las guerras. No son clarividentes ni consecuentes los que excluyen la influencia del reconocimiento de Dios y de la verdadera religión en la vida de las personas y de los pueblos y luego se lamentan de las consecuencias de este debilitamiento moral en las pequeñas y en las grandes decisiones de los hombres.

 Por eso hoy pedimos a Dios de todo corazón, con humildad y confianza, que cambie nuestros corazones, que ilumine la mente y purifique los sentimientos de todos los dirigentes de la tierra para que sea posible una vida tranquila y pacífica entre todos los pueblos del mundo. Así se lo vamos a pedir insistentemente a N.S. Jesucristo, cimiento de esta humanidad nueva, con el apoyo de la oración de la Virgen María, la Madre bondadosa de todos los hombres.

Además de rezar podemos colaborar a mitigar los sufrimientos de las víctimas de la guerra. Cuando la guerra de Irak termine habrá mucho que hacer en favor de los heridos, los desplazados, la reconstrucción de las instituciones más necesarias para la atención normal del pueblo. Podremos ofrecer nuestra ayuda económica por medio de Caritas y ojalá podamos ofrecer también el trabajo directo de muchos voluntarios cristianos, religiosos y sacerdotes, que vayan allí a atender hospitales, dispensarios, cocinas populares.

Terminamos pidiendo al Señor y a la Virgen María que nos concedan el don de la paz. Que ellos con su gracia hagan que termine pronto la guerra de Irak, que terminen todas las guerras actualmente abiertas en el mundo y que se aceleren los tiempos en los que los hombres seamos capaces de vivir como hermanos al amparo de nuestro Padre común.

9 de abril de 2003

+ Fernando Sebastián Aguilar

Arzpo. Pamplona, Obpo. Tudela

 
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