Catequesis |
Jesucristo, camino de esperanza
6 de agosto de 2004
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A
los que estáis aquí, peregrinos de Compostela,
no hay que explicaros mucho lo que es la esperanza. Acabáis de
vivirla en vuestra peregrinación. La peregrinación es una experiencia
fuerte de esperanza. Salisteis de vuestras ciudades respectivas, dejasteis
vuestras ocupaciones ordinarias, con la ilusión de llegar hasta aquí, de
encontrar en Santiago, junto al sepulcro del Apóstol, algo nuevo,
diferente, algo mejor de lo que estabais viviendo. Eso justamente es la
esperanza. Vamos a analizarlo un poco, vamos a ahondar en esta hermosa
experiencia. 1.
LOS HOMBRES SOMOS PEREGRINOS Existe
una profunda afinidad entre la existencia humana y la peregrinación. Los
hombres somos todos peregrinos. A lo largo de la historia el hombre ha
vivido siempre yendo de un lugar para otro. Unas veces por huir de
enemigos poderosos y amenazantes, otras para buscar mejores condiciones de
vida, lugares más fértiles, más seguros. El caso es que ese modo de
vivir, de
un lugar para otro,
es un fenómeno constante en la vida de los hombres. Las ciudades y
los campos de España son ahora término de muchas peregrinaciones. Al fin
y al cabo, el emigrante es un peregrino de la necesidad y de la lucha por
la vida. Los
hombres peregrinan por muchas razones. En muchos casos son las necesidades
materiales las que empujan a una familia, o a un pueblo entero, a dejar su
tierra y marchar en busca de otros lugares mejores. En ocasiones los
hombres cambian de lugar para librarse de las amenazas o peligros que
encuentran en un lugar determinado. Sin duda, las más de las veces, los
hombres emigran buscando mejores condiciones de vida. Sin
embargo, si analizamos un poco las cosas, veremos que por debajo de estas
necesidades materiales, se esconden casi siempre otras necesidades y otras
aspiraciones más hondas. Los hombres se mueven de un sitio para otro
porque quieren vivir mejor, porque aspiran a tener un trabajo mejor, a
educar mejor a sus hijos, a alcanzar niveles más altos de seguridad, de
cultura o bienestar. Y
es que nuestra condición humana es así. Tenemos una apertura a la
realidad que es ilimitada, de manera que cuando alcanzamos una cosa, desde
eso mismo, estamos ya viendo otras posibilidades, otras metas nuevas que
nos mueven a seguir avanzando, a continuar en ese esfuerzo permanente de
abrir nuevos caminos y conseguir metas nuevas. Nuestros
pensamientos despiertan en nosotros continuamente nuevos deseos. La
consideración de lo que tenemos y de lo que somos, nos hace ver la
posibilidad de tener otras cosas, de ser más y mejor de lo que estamos
siendo. La experiencia del bien conseguido despierta en nosotros el deseo
de alcanzar otros bienes que nos parecen deseables y verdaderamente
posibles. Difícilmente podemos vivir en un marco definitivo y cerrado de
posibilidades. Nos asfixiamos. Nuestra mente, nuestra imaginación,
nuestros deseos, saltan por encima de la experiencia inmediata y van mucho
más allá buscando cosas nuevas y mejores. Cuando
nos ponemos materialmente en camino hacia algún lugar nuevo, es porque en
nuestro interior nos estamos movilizando en busca de metas nuevas y
mejores. Del temor a la seguridad, de la dependencia a la libertad, de
la ignorancia al saber, de la debilidad a la fortaleza, de la
pobreza a la riqueza, de la mediocridad al éxito, de la incertidumbre a
la fe. Vivir es aspirar a cosas nuevas, desear nuevas cosas y nuevas
experiencias más allá de lo que somos y tenemos. Quien se resigna y se
conforma interiormente con lo que tiene, sin desear ni buscar nada nuevo y
mejor, comienza
a decaer en el vigor y la intensidad de su existencia. Este
vivir deseando y procurando alcanzar nuevas metas es precisamente la
esperanza. Podemos decir que la existencia humana es una continua
peregrinación movida por la fuerza de esperanza. Esta esperanza se
alimenta del amor a la vida, del deseo de vivir. Ella es como el viento
que impulsa al barco para que navegue mar adentro, es el impulso y el
rumbo de la vida, el alimento
de la libertad, la fuerza creadora
del futuro. Decimos “la esperanza es lo último que se pierde”.
Porque quien pierde la esperanza deja ya de vivir espiritualmente.
Este vivir deseando, dejando atrás lo que tenemos para alcanzar
nuevas metas es la esencia de la juventud, y si me apuráis la esencia de
la vida misma, por lo menos de la vida humana, temporal, histórica,
siempre en camino hacia realidades nuevas, hacia la realidad definitiva.
Vivir es crecer, navegar mar adentro,
para defender, dilatar y engrandecer nuestra vida, para llegar a lo
más auténtico, a lo más verdadero, a lo y más profundo de nuestro ser
y nuestra vida. 2.
UN POCO DE ANALISIS Hagamos
ahora un poco de análisis para clarificar estas ideas. Podemos comenzar
preguntándonos
¿esperar es
lo mismo que desear? ¿Cualquier deseo es ya una verdadera
esperanza? Los deseos son de muchas clases. Hay deseos que son puras
divagaciones, puras evasiones de la realidad. El chico o la chica que
cuando está ante un libro, o cuando tiene un rato de tranquilidad, se
deja llevar de la imaginación y comienza a pensar lo feliz que sería
viviendo con éste o con aquel, viajando a un lugar o a otro, pasando unas
buenas vacaciones de una u otra manera, ¿esos vagos deseos son ya
esperanzas? Si
nos fijamos atentamente, veremos que esperar añade un matiz importante
sobre el simple deseo, añade la nota del realismo y de la eficacia.
Esperar una cosa es ciertamente desearla, pero desearla como posible, y
poniendo los medios para llegar a alcanzarla. No sé si conocéis el
cuento de aquel muchacho que pedía a la Virgen que le tocara la lotería.
Y la Virgen le dijo, bueno, ya te ayudaré, pero por lo menos compra algún
número. Esta es la diferencia. Para pasar del simple deseo a la esperanza
hay que comprar números. Es
decir, hay que poner los medios. Esperar
es desear cosas buenas posibles poniendo los medios necesarios para
conseguirlas. El mal estudiante puede tener muchos deseos de acabar bien
su carrera, pero no tiene verdadera
esperanza. Quien espera de verdad acabar la carrera es el buen
estudiante que pone los medios y se esfuerza cada día para conseguir su
objetivo. Para
que un deseo llegue a ser esperanza hace falta dar estos pasos: 1º,
hay que fijarse un objetivo, ¿qué es lo que realmente quiero conseguir? 2º,
Hay que poner los medios necesarios para conseguir realmente ese objetivo
que me he propuesto. Hay que comenzar por moverse, dejar lo que tengo para
buscar lo que quiero conseguir. Preocuparme de qué medidas tengo que
adoptar, qué tengo que hacer para ir a un lugar determinado, para
alcanzar esos bienes que me interesan. Y hay que saber prescindir de todos
lo demás, o por lo menos dejarlo para más tarde, ponerlo en segundo
lugar. Si quiero aprobar unas oposiciones tendré que estuarme los temas
señalados, y para eso tendré que renunciar a otras cosas y dedicar mi
tiempo y mi trabajo a estudiar esos temas indispensables para llegar a lo
que quiero conseguir. Desear algo y no poner los medios necesarios para
conseguirlo no es desearlo seriamente. Esos deseos no pasan a ser
esperanza mientras no me ponga yo en condiciones de conseguir lo que
realmente me interesa. 3º,
Y según vea qué medios necesito, tengo que medir mis fuerzas y ver si de
verdad me puedo empeñar en una cosa, si eso que deseo está realmente a
mi alcance.
¿Puedo de verdad conseguir eso que me interesa? Para ello es
evidente que puedo contar con la ayuda de otras personas. En realidad
siempre contamos con la ayuda de otros, aunque no lo pensemos.
Hay esperanzas pequeñas que podemos alcanzar sólo con nuestras
fuerzas. Pero en cuanto queremos conseguir algo importante necesitamos la
ayuda de otra o de otras personas. Nuestros
deseos, para ser posibles y realistas, es decir para llegar a ser
verdaderas esperanzas, necesitan normalmente la colaboración de otras
personas, y todavía más, necesitan la colaboración de otras personas
que quieran ayudarnos, que trabajen a favor nuestro y nos ofrezcan el
fruto de sus trabajos bien hechos. Cuanto más grandes y más íntimas son
las cosas que deseamos, más necesitamos la ayuda de otras personas,
que quieran realmente ayudarnos y de las cuales nos podemos fiar en
asuntos importantes. Hay
gente distraída
que no se da cuenta de esta dependencia, viven muy centrados en sí
mismos sin darse cuenta de que está recibiendo el apoyo de otros muchos,
de que están viviendo gracias al trabajo de otras muchas personas. Son
los tipos egoístas que no agradecen nada a nadie, que piensan que no
deben nada a nadie, que buscan sólo su interés y creen que los demás
tienen obligación de facilitarle a él la vida. Y hay gente desconfiada
que cree que no puede contar con la ayuda de nadie, y por eso mismo vive
metido en sí mismo, desesperanzado. Para quien vive sólo hay muy pocas
cosas que sean realmente posibles. Vivir sin contar con la buena voluntad
de nadie es como vivir sólo en un desierto. La soledad hace que nuestra
vida sea imposible. En
la vida somos profundamente dependientes unos de otros. Lo somos en el
hecho mismo de existir, en las primeras fases de nuestro crecimiento. Sin
el amor de otras personas ninguno de nosotros habríamos llegado a la
vida, ni habríamos podido subsistir, ni hubiéramos sido capaces de
desarrollar nuestra conciencia y nuestra humanidad. Las
ayudas más importantes no se compran con dinero, hace falta ese
sentimiento gratuito que es el amor, el interés por nuestro bien, el
deseo sincero de ayudarnos y de hacernos el bien. La esperanza se apoya en
la fe que nos merecen y en la confianza que concedemos a las personas que
nos quieren y son capaces de ayudarnos. Ahora
mucha gente piensa que esto de la fe, es algo añadido, algo sin
importancia de lo que podemos prescindir. Más todavía algunos hablan y
actúan como si la fe en Dios fuera un estorbo para vivir a gusto. No se
dan cuenta de que la fe es un ingrediente esencial en la vida de las
personas. Toda nuestra vida personal está apoyada en la fe que concedemos
a ciertas personas. Para vivir necesitamos apoyarnos en otras muchas
personas que nos quieran bien, que nos ayuden, de las cuales podamos
fiarnos y con las que podamos contar en el desarrollo de nuestra vida para
la consecución de nuestros deseos. Los
niños necesitan creer en sus padres y en sus hermanos, los clientes
necesitan creer en los profesionales, los alumnos tienen que creer en el
profesor. Y así sucesivamente cada en vez círculos más amplios. Para
vivir necesitamos creer unos en otros y dejarnos ayudar por quienes nos
quieren bien. Un
grupo, una sociedad en la que no haya lugar para la confianza, en la que
no puedan creer unos en otros es una sociedad inhóspita, en la que no se
puede vivir a gusto, en la que literalmente no se puede vivir. Todos nos
refugiamos en los reductos de confianza, porque solamente en ellos podemos
mantener y alimentar nuestra esperanza. Esta
es exactamente la estructura de la esperanza. Esperar es desear
eficazmente alguna cosa buena que nos aparece como posible gracias a la
ayuda de las personas que nos quieren y están dispuestas a ayudarnos.
Espera el niño apoyado en el amor de sus padres. Esperan los alumnos
apoyados en la sabiduría y la entrega de sus maestros. Esperan los
ciudadanos confiando en su trabajo y en la lealtad de sus conciudadanos.
Esperamos poder vivir confiando en la ayuda de Dios que nos crea y nos
salva. 3.
JESÚS CAMINO DE ESPERANZA Ahora
podemos entender mejor lo que queremos decir al afirmar que Jesús es
camino de esperanza En la vida hay esperanzas concretas, secundarias, que
nos interesan, por las que luchamos y trabajamos, pero de las cuales
podemos prescindir y sin las cuales podemos vivir perfectamente, como de
hecho hay mucha gente que vive sin ellas. Pero
hay otras esperanzas que afectan al ser mismo de nuestra vida y sin la
cuales no podemos vivir, ni podemos llegar a ser nosotros mismos de manera
satisfactoria. Porque no es que “tengamos” esperanzas, es que
“somos” esperanza. Nosotros, a lo largo de nuestra vida, somos siempre
seres en camino, siempre estamos por hacer. Cada uno somos proyecto de
nosotros mismos. En esto consiste precisamente el ser libre. Nuestra
libertad es la facultad de ir ampliando y dilatando nuestra existencia,
asomándonos a cosas nuevas, entrando en relación realidades nuevas,
asimilando e incorporando riquezas nuevas de las que descubrimos a nuestro
alcance. Para
llegar a ser lo que quiero ser, ante todo tengo que saber qué es lo que
quiero ser, dónde lo voy a encontrar, quién me va a ayudar. Necesito un
proyecto de mí mismo, no creado por mí, que sería siempre algo pequeño,
sino presentado por alguien que me conozca mejor que yo, que me quiera
definitivamente, del cual me pueda fiar a muerte, pues voy a poner en sus
manos la realidad de mi vida presente y futura. En
la vida social los MCS me están ofreciendo modelos de vida por todos
lados, me presentan hombres y mujeres famosos, gente que opina, que
pretende ser maestros de vida para los demás. Son realmente dignos de fe?
Puedo poner mi vida en sus manos? De verdad vienen a decirme lo que yo
puedo ser, la verdad profunda de mis deseos y aspiraciones? Necesito
alguien que me presente la verdad de mí mismo, a quien yo pueda
considerar como referencia de mi propio futuro. Mientras tanto vivo a
oscuras, no sé hacia dónde dirigir los pasos de mis deseos y de mis
aspiraciones. No sé qué futuro elegir. Y
luego ocurre que nosotros no somos dueños de nosotros mismos, no somos
capaces de conseguir lo que querríamos. Para vivir en conformidad con
nuestros propios deseos, con nuestro más profundo amor a la vida, a
nosotros mismos, necesitamos librarnos de nuestras propias debilidades, de
la injusticia interior, del dominio del
pecado, de la malicia y hasta de la perversidad moral que crece
espontáneamente en nosotros. Siendo débiles no podemos librarnos de
nuestra propia debilidad. Alguien nos tiene que ayudar. Hablando
más en concreto. En nuestras aspiraciones de ser hay dos debilidades que
nosotros solos nunca podremos superar: el pecado y la muerte. Para vivir
de acuerdo con nosotros mismos necesitamos alcanzar una cierta justicia
interior. Para vivir a gusto necesitamos también ser capaces de hacer el
bien a los que queremos, a quienes nos rodean, tener buenos sentimientos,
buenos y acertados conocimientos, fortaleza, diligencia, generosidad,
perseverancia. En una palabra, necesitamos ser interiormente justos,
interiormente buenos. Y
además, para vivir a gusto, necesitamos quitar de delante de nosotros el
fantasma, la amenaza de la muerte, que hace imposible todo lo que somos y
deseamos. No
podemos conformarnos con lo que somos, si no ¿por qué pedimos “venga a
nosotros tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo”?
Cada uno es a la medida de sus deseos.
La oración es un ejercicio de esperanza. Jesús quiere que seamos
hombres de esperanza, Buscad el Reino de Dios y todo lo bueno que hay en
él, todo lo demás os lo dará Dios por añadidura (Mt 6 33) Tendréis
gran recompensa y seréis hijos del Altísimo (Lc 6, 36). Buscad el Reino
de Dios, buscad bienes que no se destruyan,
Donde está vuestra riqueza allí está vuestro corazón. (Lc 12,
14)
Ante
la muerte nadie está tranquilo, unos se desentienden de ella mirando para
otro lado. Pretenden disfrutar de la vida como si no fueran a morir nunca.
Otros viven amargados, rebelados. Consideran que la muerte es una
injusticia.
Y viven rebelados contra dios y contra la vida misma. Por la muerte
es fruto que nace de dentro de nuestra vida. Es como un veneno escondido
dentro de todos los frutos de este mundo. ¿Es posible ESPERAR una vida más
allá de la muerte? Cuando se levantan estas preguntas y estas inquietudes
en nuestro corazón es cuando estamos en condiciones de entender lo que
significa tener a Jesús con nosotros como fuente de esperanza. Quien
descubre estas limitaciones interiores y trata de superarlas, lo primero
que hace es preguntarse ¿“quién puede ayudarme a ser más justo? ¿Quién
puede quitarme el peso de mis pecados? ¿Quién puede ayudarme a ser bueno
de verdad? ¿Y quién podrá ayudarme para salvarme de la muerte y
alcanzar la vida eterna?” Esta fue la pregunta del joven rico, “¿Maestro
bueno qué he de hacer para salvarme? (Mc 110, 17). Y éste es el sentido
de la apasionada exclamación de San Pablo: “Quién me librará de este
cuerpo de muerte”? (Rom 7, 24).
La respuesta es contundente: Dios hará lo que nosotros no podemos
alcanzar solos si por la fe vivimos en comunión espiritual con Cristo Jesús.
Si el Espíritu del que resucitó a Jesús vive en vosotros, El os dará
vida nueva por medio del Espíritu que habita en vosotros. Jesús nos
alcanza el don del Espíritu de Dios, y este Espíritu, que es el Amor y
la Vida de Dios operante en nosotros nos perdona los pecados, nos hace
justos y nos da una vida nueva que salta por encima de la muerte hasta la
vida eterna.
Cuando hablamos de la esperanza cristiana, no hablamos de una
esperanza cualquiera, sino que estamos hablando de una esperanza, es
decir, de un deseo eficaz y efectivo de alcanzar el perdón de los
pecados, la justicia interior, la comunión filial con Dios, la esperanza
de la vida eterna y la capacidad de anunciar y realizar en torno nuestro
el Reino de Dios por medio de la caridad y del amor.
La virtud cristiana de la esperanza consiste en vivir deseando
eficazmente alcanzar la vida eterna con Jesucristo resucitado, con la
Virgen María y con todos los santos. Y para eso necesitamos poner los
medios necesarios. Se trata de vivir unido a Cristo por la fe y por el
amor, aceptar su intervención en nuestra vida, recibir sus dones y
colaborar libremente con su acción santificadora, luchando contra la
fuerza del pecado en nosotros, y viviendo la justicia interior que
recibimos amando a Dios y a los hermanos en el contexto real de nuestra
vida.
Esta vida es hermosa, deseable y posible. Está a nuestro alcance.
Nace espontáneamente de la fe en Jesucristo. Creer en El con una fe viva,
entrañable, adorante, amorosa., efectiva. Creer en Jesús, con la fe de
los Apóstoles, creer en El como creyeron Pedro y Pablo, Andrés y Juan,
como creyó la Virgen María, es sentirlo cerca de nosotros, reconocer su
valor soberano, su bondad y su inmenso poder, sentirse seguro de su amor y
por tanto saber que podemos confiar en El, que podemos dejarnos guiar por
El, poner nuestra vida en sus manos, dejarnos llevar por El de la mano y
compartir en nuestra vida su propio destino. Ese destino de Jesús que fue
la admiración y el afecto de la gente sencilla y limpia de corazón, el
odio de los grandes y de los ambiciosos, el amor vivificante del Padre
celestial. Podemos enumerar más detenidamente los caracteres de esta
relación con Jesús que es la fe y que hace que nazca de El nuestra
esperanza de vida. 1º,
Jesús es un hombre verdadero, un hombre justo y santo, viviente,
Hijo de Dios y hermano nuestro, venido de Dios y ahora glorificado
en su humanidad con la gloria de Dios,
resucitado de entre los muertos, vencedor de la muerte, que está
cerca de mí, me conoce, me quiere, quiere ayudarme a llegar a ser lo que
tengo que ser. El es
el centro del mundo. El es mi Salvador y mi Verdad.
2º,
Jesús quiere y puede ayudarnos. Dios le ha dado todo poder, ha ido a
prepararnos nuestra morada, quiere darnos vida abundante, vida eterna, ha
vencido al mundo. Quiere darnos la vida abundante y hermosa que El mismo
recibe del Padre del Cielo.
Vuestro Padre es bueno y os dará lo que le pidáis en mi nombre.
Venid a mi los que estáis cansados y agobiados, yo os aliviaré (Mt 11,
28). “Todo lo que me pidáis os lo concederé, para que el Padre sea
glorificado en el Hijo” (Jn 14,12).
Tiene todo poder y está con nosotros. (Mt 28, 16-19). Cristo
al resucitar triunfó de la muerte y es ya inmortal, El puede liberarnos
del poder del pecado y ayudarnos a vivir una vida nueva, verdadera, justa,
una vida que viene de Dios y es más fuerte que la muerte. Gracias al amor
de Dios podemos esperar mucho más allá de lo que vemos, hasta ser con
Cristo herederos de su gloria y de su vida eterna.
3º,
Jesús nos ayuda a conseguir el perdón, a alcanzar la justicia, a vivir
en comunión con el Dios de la vida, a alcanzar la vida eterna, a vivir
haciendo el bien y ayudando a los demás. ¿Quién no se siente atraído
con las características del justo descrito en las bienaventuranzas? Ese
es el retrato interior de Jesús, y es también el retrato de lo que
nosotros podemos llegar a ser si le elegimos como esperanza nuestra, como
centro e ideal de nuestra vida. La moral cristiana no es una moral
impositiva, sino una moral de libertad, de amor y de esperanza. ¿Qué
hijo considera una carga ir aprendiendo a vivir con la sabiduría, la
rectitud y la madurez de su Padre?. Ese es el mandato de Jesús, sed
perfectos, sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es
misericordioso. Aprended a vivir de vuestro Padre, como yo aprendo cada día
de mi Padre. Y San Pablo dice, “Tened los mismos sentimientos de Cristo,
imitad la bondad de vuestro Padre celestial”. 4º,
La fe en Jesús agranda nuestros deseos y fortalece nuestra esperanza.
Agranda los deseos porque nos permite ver una existencia humana
distinta, admirable y apetecible, la belleza de la vida de los santos. El
cristianismo no es una religión de leyes y de imposiciones. Es el camino
de la vida verdadera. Como San Ignacio todos podemos preguntarnos ¿si
ellos lo hicieron por qué no lo voy a hacer yo? Es posible, ser como Sta.
María Goretti, como Santa Benedicta de la Cruz, como el P. Kolbe o como
Carlos de Foucauld, como la M. Teresa o como cualquier otro de los muchos
misioneros mártires, de los cristianos santos de nuestro siglo, vivos o
muertos, canonizados o perfectamente desconocidos
Cada uno puede buscar su propio modelo. Jesús es el modelo y el
camino de todos, pero junto con El podemos encontrar modelos más
cercanos, amigos santos que nos ayuden a seguir e imitar a Jesucristo en
nuestra vida. Con
frecuencia nos presentan el cristianismo como una vida reprimida, cargada
con el peso de unas leyes irracionales que oprimen nuestra libertad.
Nosotros lo entendemos y lo
vivimos exactamente al contrario, Jesús nos libera de la
esclavitud del miedo, de la ignorancia, del egoísmo y de la debilidad
moral, del temor a la muerte y por eso mismo del temor a la vida, Jesús
nos libera de nosotros mismos para que podemos llegar a la plenitud de
nuestra vida. Los cristianos tenemos que vivir la vida, en unión con
Cristo, como una vida liberada que se despliega en la verdad y en el bien,
con una absoluta confianza y una paz inalterable. Esta
vida nueva que podemos alcanzar centrándonos en Jesús se reduce a dos
actitudes fundamentales que enriquecen el corazón de los cristianos y
transforman nuestra vida: amor filial al Padre del Cielo, y amor de
hermano a los que viven con nosotros. Dios es Amor y la vida del cristiano
también es amor, pero de verdad, generoso, constante, operante.
4.
APLICACIONES PARA EL DIA DE HOY 1ª,
Ser hombres de esperanza. Nuestra cultura es una cultura poco amiga de la
esperanza. Es una cultura de pocas aspiraciones. Nos hablan mucho de
progresismo, pero la verdad es que nuestra cultura es una cultura de poco
futuro. No hay futuro porque no hay Dios que nos lo garantice. La cultura
actual es más bien una cultura de “ser feliz ahora mismo”, es una
cultura de satisfacciones inmediatas. No podemos esperar porque el futuro
es irreal, imposible. Nuestro mundo no se siente capaz de superar la
amenaza de la muerte. No espera la resurrección ni la vida eterna, y por
eso se vuelca en las cosas de este mundo como única aspiración, como
aspiración última. De este modo las cosas de este mundo llegan a ocupar
el lugar de Dios, actúan sobre nosotros como dioses falsos, como ídolos,
en los que ponemos el corazón y no son capaces de satisfacerlo, ni de
darnos lo que esperamos de ellas. Tenemos sensación de ser ricos, o por
lo menos queremos serlo. Y no contamos con la ayuda de nadie, mucho menos
la ayuda de Dios ni la asistencia de Jesucristo. Estamos llenos de bienes
inmediatos y más allá de eso tenemos muy pocas aspiraciones. Hace falta
ser un poco torpe para vivir así a gusto. Frente
a esta cultura, los cristianos tenemos que ser hombres de esperanza.
Sabemos que hay un futuro real, posible, que viene hacia nosotros. Ese
futuro es Jesús, es Dios que nos da su vida, que nos resucita como a Jesús
para que vivamos eternamente en su presencia. Esta esperanza nos permite
poner las cosas de este mundo en su sitio, no someternos a ellas, ser
libres en nuestro mundo para amar a Dios, para confiar en El y hacer el
bien queriendo a nuestros hermanos. Sin ser esclavos de nada ni de nadie. Hay
quienes viven en la esclavitud, y se creen libres; hay quienes viven en la
pobreza y se creen ricos, viven sometidos a sus propios bienes, y sin
darse cuenta renuncian a la esperanza de la vida verdadera. Estas
pobrezas, estas esclavitudes, las podemos precisar en tres: -
la pobreza del sexo sin amor, sin encuentro personal entre hombre y
mujer, sin proyecto común de vida. La pobre Ministra de salud decía hace
poco: que los jóvenes se diviertan en verano, que lo pasen lo mejor que
puedan, con tal de que no corran riesgos y sepan utilizar el preservativo.
Era una forma de deciros que la máximo aspiración de vuestra vida era
conseguir unos minutos de sexo. Era una forma de deciros que no aspiréis
a nada más allá de vuestros propios cuerpos, de vuestros instintos, que
os conforméis con ser esclavos de vuestro cuerpo y tiranos devoradores
del cuerpo de los demás, porque no es posible nada mejor. Jesús nos dice
que podemos ser castos, que podemos dominar nuestros instintos y conseguir
que la relación sexual sea instrumento y signo de un amor interpersonal
entre hombre y mujer que dura toda la vida, que es fuente de vida y que se
parece cada vez más al amor grande con que Dios nos ama. Quien cae en la
trampa de la cultura de la desesperanza puede sentirse a gusto una
temporada, ¿y después? Estos falsos maestros se presentan como maestros
de libertad, en el fondo son maestros de esclavitud y de desesperanza, de
egoísmo y de soledad. -
La pobreza del egoísmo. Porque egoísmo es defender la propia vida
a costa de la vida de los demás, de la vida de los más débiles, como
los niños no nacidos, los enfermos terminales, los embriones indefensos.
Quien ama la vida de verdad, ama la vida de todos, no solamente la propia.
En cambio estos usos tratan de defender la propia vida y la propia
comodidad a costa de la vida de los demás. Si un hijo trae problemas lo
eliminamos, si un enfermo da trabajo lo matamos, si necesitamos los
tejidos de los demás para prolongar nuestra vida los deshacemos y nos
aprovechamos nosotros de las células de estos seres humanos indefensos.
La cultura de las satisfacciones inmediatas se convierte en la cultura del
egoísmo. Es una cultura egoísta y cruel. -
La pobreza del ateísmo. El mal radical de nuestra cultura es que
pretende ser una cultura sin Dios. Muchos de nuestros conciudadanos se han
dejado convencer de que Dios estorba para la felicidad del hombre. Dios es
una idea falsa que aparece en la mente del hombre y que le impide ser
libre y vivir feliz. Por eso intentan difundir y casi imponer una visión
del hombre sin Dios, sin religión. Toleran la religión porque de hecho
hay “todavía” hombres y mujeres religiosos, pero la religión tiene
que quedar relegada a la vida privada de la gente, no merece ser
reconocida ni tenida en cuenta ni respetada ni ayudada en la vida pública.
Nos quieren quitar a Dios. Quieren que dejemos de creer en El, que dejemos
de creer en Jesucristo como Hijo de dios y Salvador de la humanidad. Si
existió hay que verlo como uno más, un buen líder religioso, como Buda,
como Mahoma, como el Che Guevara. No se dan cuenta de que un hombre sin
Dios es un hombre encerrado en sí mismo, condenado a la pequeñez y la
malicia de sus propios deseos, un hombre sin esperanza, sin futuro, sin
referencias morales que le ayuden a ser cada día mejor. Y una sociedad
sin Dios es un sociedad desarraigada, sin raíces, sin rumbo, sin
criterios firmes de convivencia, expuesta siempre al poder y a las
ambiciones de los más astutos, de los más fuertes y de los más crueles. Contra
estos modelos de vida los cristianos tenemos que ser profetas de la
esperanza. Podemos ser mejores. Tenemos ante nosotros un futuro real que
es el hombre Jesús. El nos llama. Nos ayuda, con conduce hacia el futuro,
un futuro de justicia, de reconciliación, de hermandad universal y de
vida eterna. ¿Es que alguien puede presentar algo mejor? ¿Es que podemos
avergonzarnos de una visión de la vida tan hermosa como la nuestra? No
podemos ocultarla, no podemos callarla, tenemos que ofrecérsela a los demás,
con sencillez y claridad.
2ª,
No os quedéis en puros deseos. Para que estos deseos y estas visiones de
vida sean una verdadera esperanza hay que desearlas de verdad y poner los
medios necesarios. ¿Cuáles son los medios para liberarme de la fuerza
del pecado, para conseguir la justicia interior, para llegar a ser
generoso, veraz, para vivir con la categoría moral de los hijos de Dios?
Sólo hay una respuesta: “deja lo que tienes y sígueme”. Es decir pon
tu esperanza en Jesús, haz de Jesús tu verdadera esperanza, tu verdadero
ideal, tu punto referencia primera en la vida. ¿Cómo
se sigue a Jesús? Hay
que preguntarle a El, en oración, ¿Dónde estás? Tenemos
que preguntarnos, ¿En qué ambientes, con qué personas puedo encontrar a
Jesús? ¿Qué
rasgos de Jesús quiero yo imitar? Lee
el evangelio, verás que Jesús es -
el Hijo orante y obediente del Padre -
es el profeta del Reino, de la presencia, la bondad y el amor de
Dios, -
el buen samaritano, que se compadece de los que sufren y les ayuda
dedicándoles tiempo, esfuerzo, su vida. En
esos aspectos de Jesús encontrarás tres vocaciones fundamentales para
ti, tres maneras de seguirle, de imitarle, de obedecerle y de acercarte
cada vez más a El. Y eso tanto en vida de consagración, en vida de
ministerio sacerdotal, como en vida de seglar, casado y con tu profesión
civil. Todos somos bautizados, todos estamos consagrados a dios, todos
hemos recibido su Espíritu, a todos nos llama Jesús, El es la esperanza
central para todos.
No podemos olvidar que necesitamos la ayuda de otros, en primer
lugar la ayuda fundamental del propio Jesús, también la ayuda de sus
amigos, en la Iglesia, en un grupo, en un movimiento, 3º,
Perded el miedo a ser diferentes. Y perded el miedo a ser pocos. ¿Qué
veis en torno vuestro? -
Un pequeño % de gente perdida, violenta, sometida, vida dominada y rota.
Es fácil separarse de ellos. No presentan un modelo atractivo. -
Minorías
activas por ideales falsos, políticas extremosas, movimientos utópicos.
Lo mismo. -
Una ancha mayoría de gente conformista, que vive dejándose llevar
por el ambiente, por la publicidad, por las pautas de la sociedad y
de la cultura dominante, que no tienen convicciones propias, ni saben
salirse de lo “políticamente correcto”. Son la masa de los clientes,
de los votantes, de los dirigidos y sometidos, adormecidos con los falsos
dioses del consumismo, del pasarlo bien a corto plazo, del sexo efímero y
seguro, de la nube de las ideas y los modelos que cada día nos reparten
los MCS, a gusto de sus dueños. Muchos de ellos reaccionarían si
encuentran alguien que les pueda decir “Hemos encontrado al Mesías,
hemos encontrado lo que buscamos y esperamos de verdad. Es Jesús. Ven con
nosotros.” -
Los pocos que descubren a Jesús como hombre verdadero, como meta, como
ideal de vida. Y rompiendo amarras le siguen. Un gran ejemplo es Pablo. Un
judío extremoso. Guardaba los mantos de quienes apedreaban a Esteban. Iba
de pueblo en pueblo persiguiendo a los cristianos. Hasta que le llegó la
hora de su iluminación. Nosotros estamos, tenemos que estar en este
grupo. Hemos tenido la suerte de conocer a Jesús, tenemos la obligación
de seguirle, podemos tener el honor y el gozo de darlo a conocer. Sin
miedos. Con seguridad en nosotros mismos. Sin dejarnos apabullar por
nadie. CONCLUSIÓN
Para
terminar os resumo los sentimientos de Pablo, el gran discípulo de Jesús.
“yo
considero todo como basura con
tal de alcanzar a Jesucristo. De
conseguir la justicia interior, No
la que viene de fuera, Sino
la que viene de Dios, Mediante
la fe en Cristo, Por
obra del Espíritu de Jesús dentro de nosotros.
No
es que ya lo haya conseguido, sino
que dejando atrás todas las cosas, me
lanzo hacia delante, y
corro hacia la meta de mi vida que
es Cristo resucitado en
la gloria de Dios” (Cf Filipenses, 3) Yo
tampoco lo he conseguido. Pero os puedo decir que no es imposible, no es
difícil, no es aburrido. Esta opción nos trae el gozo de la vida
verdadera. Probadlo. Solo hace falta el valor de dar el paso, de romper,
de buscar el ambiente adecuado y comenzar. Terminamos
recordando la parábola de las diez jóvenes, tal como nos la explica Jesús.
Cinco de ellas
esperaban y cinco no, las que no esperaban son las que se entretenían
con sus amigos, salían, entraban, se lo pasaban muy bien. Y creían que
iba a ser así toda la vida. Crecieron, perdieron la salud, les llegó el
aburrimiento, la soledad, la desesperanza. Vivieron pero se quedaron con
un palmo de narices. (Mt 25). El que no espera no consigue ni recibe. Las
otras sabían que había algo mejor, algo que tenía que llegar, estaban
atentas, buscaban, y encontraron porque el Señor salió a su encuentro.
Supieron vivir de la esperanza. Buscando las cosas futuras, las que no se
veían pero eran más verdaderas que las que se veían. Sabían que el
futuro verdadero era Jesús resucitado, entrevisto desde ahora y esperado
con decisión y confianza. Con El entraron en la vida verdadera. La vida
de la fe, del amor, de la generosidad, en el matrimonio, en la familia, en
la consagración, en la vida sacerdotal o misionera. Siempre con Jesús
por delante. Supieron vivir atentas a lo que viene, supieron escoger bien
lo que querían, y fueron capaces de esperarlo con diligencia. Para
vivir de verdad tenemos que ser hombres de esperanza, que es tanto como
ser hombres realistas, humildes, llenos de grandes deseos, mantenidos y
perseguidos con realismo y perseverancia. El secreto de la vida con
esperanza es caminar hombro con hombro con Jesús, vivir con El, crecer
arraigado en El. La esperanza es la puerta siempre abierta, es vivir en un
permanente amanecer, es disfrutar de una vida siempre posible, siempre en
crecimiento, más fuerte que cualquier amenaza, más hermosa que cualquier
sombra. Es vivir teniendo siempre por delante la vida de Jesús como
posibilidad de vida para cada uno de nosotros, para la Iglesia, para el
mundo. Cada
uno tiene que pedir al Señor conocer la verdad y la plenitud de su vida,
desearla, buscarla, por encima de todo. Tenéis que ser perfectos como es
perfecto vuestro Padre que está en el cielo (Cf Mt 5, 47). La vocación
es una vida emprendida con esperanza, es una vida esperanzada, querida,
conseguida, mantenida. Con esfuerzo, con renuncias, con perseverancia. La
vocación de todos nosotros es Jesús, El nos llama, El nos ayuda, El nos
espera. Cada uno a su manera. Como Dios quiera, como mejor podamos
hacerlo. Como hicieron los apóstoles y los santos, lo vieron, los llamó,
dejaron lo que tenían y le siguieron (Cf Mt 4, 118-22).
Mons. Fernando Sebastián Aguilar Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela. |