Homilía de D. Fernando Sebastián en la Jornada por la Vida
(pronunciada en la Catedral de Pamplona el día 6 de febrero de 2000)
| INTRODUCCIÓN. La falta de fonnación y la, crítica antirreligioso han hecho creer a algunos que Dios es enemigo de la vida, de la libertad y de la felicidad. Olvidar a Dios y menospreciar sus mandamientos es para ellos tanto como entrar en el reino de la libertad y del progreso. Nuestra celebración de hoy se apoya en la convicción contraria, Dios es amigo y defensor de la vida humana. Queremos proclamar ante el mundo esta buena noticia, la buena noticia del Evangelio de la Vida. La vida humana está enriquecida y protegida por el amor y la gracia de Dios, desde su concepción hasta la plenitud de la vida eterna. La vida humana ha estado siempre amenazada por los riesgos y dificultades naturales: la enfermedad, la ignorancia, la pobreza. Hoy, a estas amenazas naturales, se añaden las inventadas por nosotros mismos, violencia, terrorismo, torturas, deportaciones, aborto, eutanasia, explotación de las mujeres y de los niños, condiciones ignominiosas del trabajo y de la vida de los pobres, de los inmigrantes, de los que viven Lsin. casa, sin familia y sin patria. La cultura de la abundancia.nos lleva fácilmente a la cultura del bienestar y del egoísmo y de aquí es fácil pasar a lo que el Papa ha llamado "cultura de la muerte". Un sistema de vida en el que la felicidad de unos necesita y pretende justificar la muerte de otros, que poco a poco se va admitiendo como una cosa normal y lógica. Contra esta manera de pensar y de vivir, nosotros afirmamos y proclamamos la enseñanza de la Iglesia católica que es la enseñanza del sentido común, la convicción básica de la convivencia humana. "Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, con la luz de la razón y ayudado de la gracia de Dios, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su razón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término y afirmar el derecho de todo ser humano a ver respetado este bien primario suyo" (EV 2).
1. DENUNCIAR LAS CAUSAS DE ESTAS PERVERSIONES. En nuestro mundo nos encontramos frecuentemente con algunas
contradicciones llamativas. Los mismos grupos, las mismas personas que son capaces de
movilizar la opinión pública para salvar la vida de un niño enfermo o accidentado, o
incluso de un animal herido, favorecen como un adelanto y un progreso la legalización y
hasta el A esta contradicción se llega por la exaltación de una libertad mal entendida, como el derecho a hacer cada uno lo que nos parezca mejor, como si nosotros fuéramos creadores del bien y del mal. Se justifica el ejercicio de la sexualidad como consecuencia del ejercicio de la libertad soberana, sin leyes ni restricciones de ninguna clase. Y a continuación se pretende justificar el aborto como defensa contra los embarazos no queridos. No se quiere tener en cuenta que cuando hay un embarazo, hay ya por medio un nuevo ser humano cuya vida es tan respetable como la nuestra. La legitimación de la muerte de los inocentes es consecuencia de la exaltación idolátrica de la propia libertad y del derecho casi la necesidad de ser felices como sea, a costa de lo que sea. La cultura hedonista degenera fácilmente en una cultura discriminatoria y cultura asesina, que legitima la crueldad de los poderosos contra los débiles. Hay todavía otra causa más profunda de estas perversiones de nuestra cultura, y es la falta de confianza en nosotros mismos, el relativismo, el temor a las afirmaciones claras y firmes en el terreno de la moralidad y de la conciencia. A muchos les gusta presumir de inseguridad, nada les parece seguro ni firme, lo que hoy es bueno mañana puede ser malo. Esta es una manera de justificarlo todo y de eludir cualquier responsabilidad: no vale la pena renunciar a nada porque no hay nada claro ni seguro. A veces nosotros, desde la Iglesia, somos demasiado condescendientes con estos modos de pensar, poniéndonos en la actitud de rebajar nuestras exigencias y debilitar nuestras convicciones para disminuir las distancias o facilitar la condescendencia con estas formas de pensar y de vivir. Ahora nos prometen desde las nuevas plataformas políticas más permisividad sexual, más promiscuidad juvenil, y por eso mismo más aborto, más muertes, más degradación moral y más perversión de las conciencias. Es necesario preguntarnos cómo una sociedad que ha sido cristiana hasta hace muy poco y que ha disfrutado de un admirable patrimonio espiritual ha podido llegar en pocos años a una situación de tan grave deterioro moral. Sin duda hay muchas razones de orden cultural, social, económico y político. En el fondo, como causa y efecto al mismo tiempo de esta situación, está el olvido de Dios como fuente de la vida, el olvido de la soberanía suprema de Dios Creador, Redentor y Salvador, garante de la dignidad del hombre, principio y norma de nuestra libertad, hecha para vivir en la verdad y en el bien, principio, camino y fin de nuestra vida. Muchas personas se preguntan, nos preguntamos, ¿qué puede suceder en nuestro mundo si aumentan nuestras posibilidades para actuar y perdemos el verdadero sentido de la ley moral? Una persona culta, rica y con posibilidades técnicas, pero sin conciencia moral, es un verdadero peligro público.
Contra estas tendencias de nuestra cultura y de nuestro mundo, la Iglesia católica ha formulado con entera claridad el Evangelio de la vida, que el Papa ha expuesto en su Carta Encíclica de ese mismo título y nosotros tenemos que proclamar con valentía. La vida humana es una realidad sagrada, que recibimos directamente de Dios, El nos hace ser personas en su presencia, a su imagen y semejanza, capaces de relacionarnos con El y de compartir eternamente el gozo y la felicidad de su vida espiritual y gloriosa. Por eso mismo, nos sentimos como invitados en este banquete de la vida, administradores agradecidos de los dones de Dios, dispuestos a ayudamos entre nosotros, pero no capacitados para disponer de nuestra vida ni de la vida de nadie. En contra de los fundamentos de la cultura de la muerte que hemos denunciado, hay también una verdadera cultura de la vida, que tiene unos fundamentos firmes, sólidamente establecidos, confirmados por la experiencias religiosa de todos los pueblos y las mejores conclusiones de las ciencias humanas, El primer fundamento del respeto a la vida es el reconocimiento intelectual y religioso de Dios como Creador de todo lo que existe, como principio generoso de la vida, como principio directo e inmediato del ser espiritual y personal de cada uno de nosotros. Este reconocimiento de Dios queda fortalecido por la revelación de Jesús que nos ha enseñando a reconocer y a amar a Dios como Padre, lleno de amor y misericordia, amigo de los niños y de los pobres, promesa de vida eterna para todos los que le invocan con humildad y confianza. Jesucristo, Hijo de Dios encarnado y Salvador de todos los hombres, nos enseñó a vivir "haciendo el bien" (Hch l0,38), y nos dejó el mandamiento del amor formulado de diversas formas "no queráis para los demás lo que no querríais para vosotros mismos", "amaos los unos a los otros como yo os he amado". Jesús nos invita a buscar la perfección de nuestra propia vida en el amor a Dios y en el amor sincero y generoso hacia todos nuestros semejantes, especialmente hacia los más débiles y necesitados. No hay fonna de compaginar el mandamiento del amor del fratemo con la justificación del aborto en ningún supuesto ni en ninguna circunstancia. De estos principios básicos que detenninan nuestra manera de entender la realidad y de situamos en el mundo, brota espontáneamente la doctrina de la Iglesia acerca del respeto omnímodo a la vida de los no nacidos y de todos los que están en dificultad y debilidad. El ser humano debe ser tratado como persona desde el mismo momento de su concepción. La misma calificación merece cualquier manipulación de embriones humanos. "Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo" (EV 57). Ahora, ante la inminencia de las próximas elecciones, nos prometen ampliar la legalización del aborto sin límites. Es un dolor y una vergüenza que aquellos partidos que se presentan como defensores de la justicia y de los derechos de los débiles presenten la muerte de los inocentes como un logro de la libertad y una liberación de la mujer.
III. COMPROMISOS DE LOS CRISTIANOS Es evidente que los cristianos no podemos conformarnos con denunciar la falta de fundamento y de ética en las campañas a favor del aborto, ni nos conformamos tampoco con denunciar la injusticia de las leyes abortistas. Hay otras muchas cosas que podemos y debemos hacer. Los padres, los educadores cristianos, los sacerdotes y catequistas deberíamos insistir más para educar mejor a nuestros jóvenes en la comprensión humana y cristiana de la sexualidad, en los fundamentos profundos de la moral cristiana en relación con el ejercicio de la sexualidad y la vida matrimonial y familiar. Es indispensable que los jóvenes cristianos tengan una idea clara de las exigencias humanas y cristianas en este campo tan importante de la vida, que recuperen la estima de la castidad y de la virginidad. El verdadero respeto por la vida requiere una buena formación y una vida limpia en este campo de las relaciones humanas, de la sexualidad, del matrimonio y de la familia. Tendremos que multiplicar también nuestros esfuerzos para ayudar a las madres en dificultades, y para ayudar a las personas e instituciones que se dedican a esta misión tan humana y tan propia de la Iglesia. De una u otra manera, la Iglesia siempre ha tenido las puertas abiertas y los brazos extendidos para acoger y ayudar a las madres gestantes que se veían en dificultades para recibir a sus hijos, y más todavía para acoger a los pinos que no podían ser atendidos en sus propias familias. Tendremos que desarrollar en los jóvenes cristianos y en las nuevas familias cristianas una mentalidad positiva hacia la aceptación generosa de los hijos, saliendo al paso de la mentalidad calculadora y materialista que prefiere el bienestar material al gozo de los hijos y de la comunicación de la vida a nuevas personas. Sin desconocer las dificultades que la vida actual puede presentar, los cristianos tienen que tener una mentalidad favorable a la multiplicación de la vida y tienen que acoger con gratitud y alegría tantos hijos como buenamente puedan criar y educar. Lo demás es egoísmo y engendra tristeza y hastío de la vida. Adopción o acogimiento de los niños sin familia Ayuda a los enfermos terminales Acompañamiento a los ancianos La ley civil tiene que someterse y adecuarse a las exigencias de la ley natural inscrita en la conciencia de los hombres. Objeción de conciencia.
Oh María, aurora del mundo nuevo de la gracia y del amor, A ti te
confiamos la causa de la vida, La vida de los enfermos y de los ancianos, La vida de todas las personas que sufren y están hoy en peligro, Ayúdanos a vivir y anunciar en nuestra sociedad navarra El evangelio de la vida, El reconocimiento de Dios como autor de la vida, El respeto a la vida como un don sagrado que recibimos de Dios, El amor a la vida,y el apoyo a las familias numerosas, La atención a los enfermos, a los ancianos Con amor respetuoso y sacrificado, Danos sabiduría para entenderlo, Generosidad para vivirlo y valor para anunciarlo En contra de todas las arrogancias de los partidarios De la cultura del egoísmo y de la muerte. Capaces de promover el cambio Hacia una civilización de la verdad y del amor, Para alabanza de Dios Creador Y felicidad de todos los vivientes. Amén
+ Fernando Sebastián Aguilar Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela |
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