Homilía de D. Fernando Sebastián en Fiesta de la Presentación del Señor
(Celebración del Jubileo de la Vida consagrada. 2 de febrero de 2000)
La presentación del Señor expresa bien la substancia profunda de nuestra vocación de consagrados. Por el bautismo fuimos consagrados a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, mediante la fe y el renacimiento en Jesucristo. La consagración religiosa consiste en el reconocimiento efectivo de la plena soberanía de Dios. de su suficiencia y totalidad, como referente central de nuestra vida. Somos de Dios, si vivimos o morimos, somos de Dios. Y queremos vivir para Él y ante Él, enteramente, hagamos lo que hagamos, queremos que nuestra vida se centre toda en Dios, anticipando ya el encuentro gozoso del final, cuando nuestra vida desembocará en Dios, origen y plenitud, como en un océano de vida y felicidad sin fin. Jesús vivió plenamente esta total pertenencia a Dios, "no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado" (Jn 5, 30). "He bajado no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió" (Jn 6, 38). "Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo" (Jn 8, 22). "El que me ha enviado está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a El" (Jn 8, 29) El Padre y yo somos una misma cosa" (Jn 10, 30). "No se haca mi voluntad sino la tuya" (Lc 22, 49-) Padre, en tus manos pongo mi espíritu (Lc 2j, 46). Nosotros injertados en Cristo, con Él y en Él, movidos por el Espíritu Santo, queremos ser totalmente de Dios. Este es el sentido de nuestra consagración, por medio de la cual queremos vivir intensamente la verdad profunda de nuestro bautismo. Este deseo de ser enteramente de Dios y para Dios nos sitúa en la Iglesia y en el mundo como consagrados, propiedad de Dios, separados ya del mundo, sellados por el Espíritu, liberados de las ataduras del mundo para vivir y servir las maravillas anticipadas del Reino de los Cielos. Esta consagración y esta voluntad de vivir liberados del mundo y metidos en cuerpo y alma en las realidades definitivas del Reino de dios, es el denominador común de todos los consagrados, monjes y monjas, contemplativos y contemplativas, religiosos y religiosas, miembros de sociedades de vida común, institutos seculares, vírgenes consagradas. Todos estamos en la Iglesia con el sello común de imitar y seguir a Jesucristo en esta voluntad de vivir enteramente para el Reino de Dios, de distintas maneras, con vocaciones y carismas distintos, con ocupaciones y obligaciones diferentes. El ejemplo y la enseñanza de Jesús, transmitida por la tradición
viviente de la Iglesia, por las vidas de los santos y de nuestros propios fundadores, nos
ha concretado En esta manera de vivir, encerradas en los monasterios o presentes en los barrios y en. los mil puntos de apostolado y de trabajo, en asilos, hospitales, colegios, residencias o parroquias, en comunidades visibles o perdidos en la vida y el trasiego del mundo secular, sois fruto y semilla del Reino de Dios, presencia testimoniante y anunciante de la Iglesia, otros tantos fermentos de humanidad, de consuelo, de evangelio y de esperanza para el mundo y para la Iglesia. Con toda verdad quiero deciros que allí donde estais sois, tenéis que ser, presencia fuerte de Iglesia, Iglesia viva y operante, realidad y presencia de la Iglesia de Navarra. No puedo deciros que la Iglesia está con vosotros, porque vosotros y vosotras sois de un modo muy singular parte excelsa de esta Iglesia de Navarra, que sin vosotros y sin sus muchos hijos e hijas que viven su consagración y realizan su apostolado en otros lugares, muchos de ellos en puestos insignes de misión, no sería lo que es ni tendría el vigor y la fuerza que tienen en el concierto glorioso de la Iglesia universal y católica. Esta tarde vosotros representáis a los quinientos contemplativos y contemplativas que forman parte de nuestra Iglesia, a los casi tres mil religiosos, religiosas y miembros de diversas formas de vida consagrada que enriquecéis a esta probada Iglesia de Navarra, representáis también a los más de dos mil religiosas y religiosos navarros que viven y trabajan en otras Iglesias de España y del mundo entero. Por esta riqueza extraordinaria de nuestra Iglesia damos aracias a Dios con el corazón lleno de gozo. Vosotros sois ahora mismo un anuncio viviente de la verdad y de la fuerza del Evangelio, de la cercanía y la bondad de Dios, de la verdad de la vida eterna, cuya esperanza nos sostiene e ilumina en esta vida de consagración. La fuerza del Espíritu presente en nosotros nos empuja para vivir cerca de Dios y cerca del mundo, en el corazón de la Iglesia y en el corazón de nuestra sociedad, cerca de las personas, compartiendo sus angustias y suffimientos, ayudándoles a encontrar a Dios y a encontrarse a sí mismos en las circunstancias más diversas, en la pobreza y en la soledad, en la juventud y en la vejez, en la salud y en la enfermedad, en el dolor y en la alegría. La grandeza de los dones que hemos recibido es también fuente de responsabilidades y de exigencia. Por eso acosemos el jubileo con alegría y con gratitud. No somos ángeles, no llenamos las exigencias de nuestra vocación. Hemos podido flaquear en la oración, en el desprendimiento de las cosas de este mundo y de nosotros mismos, en la abnegación y en el fervor de la entreca, de la obediencia y de la disponibilidad. No vivimos suficientemente como propias las cargas de la Iglesia, las necesidades materiales y espirituales de nuestros hermanos. A lo mejor hemos puesto nuestras esperanzas en formas o actividades que no respondían a nuestra vocación o no tenían suficientemente en cuenta las orientaciones de la Sta. Madre Iglesia. Necesitamos purificación y perdón, necesitamos sentimos libres de nosotros mismos, de nuestros criterios, de nuestras vanidades, de nuestras falsas suficiencias, de las discutibles teorías que debilitan nuestra vida espiritual y el vigor religioso de nuestras actividades pastorales y apostólicas. El Jubileo de los consagrados, nuestro jubileo tiene que ser especialmente "un tiempo dedicado a Dios" (TMA n.8), un tiempo de oración y de encuentro, un tiempo de revisión- y de libertad, un tiempo de arrepentimiento y de docilidad, un tiempo especialmente para recuperar esa religión profunda que consiste en permanecer en la intimidad de Dios" (ib.), un tiempo que nos haga sentir con fuerza los apremios de Dios y las impaciencias de Jesucristo. La llamada del Jubileo se asienta sobre una visión realista del mundo y de la Iglesia. Sabemos bien que "La vida espiritual de muchos cristianos atraviesa un momento de incertidumbre, que afecta no -sólo a la vida moral, sino también a la oración, y a la misma rectitud teologal de la fe. La fe y la vida de los cristianos de hoy, está probada por el careo con la cultura de nuestro tiempo, y está a veces desorientada por posturas teológicas erróneas, que se difunden a causa de la crisis de obediencia al Magisterio" (TMA 36). El fruto del Jubileo tiene que comenzar por nosotros mismos, por la revisión de nuestra vida, por el sincero deseo de ser totalmente fieles y transparentes a la gracia y a las llamadas de Dios, a poner en El la primacía de nuestro amor, sin sometimientos a las cosas ni a los gustos de este mundo, en una exigente libertad v en una plena dedicación de amor y de servicio, y todo ello en una sincera, sencilla y dócil comunión con las enseñanzas y orientaciones de la Iglesia, del Papa, de los Obispos, de los Superiores de vuestras Congregaciones respectivas. Sólo así, sólo desde una plena y sencilla docilidad al Espíritu de Dios, tal como se nos manifiesta en la voz de la Iglesia y en las necesidades de nuestros hermanos, sólo así alcanzaremos la fecundidad apostólica que la Iglesia espera y necesita de vosotros. Me atrevo a concretaros en pocas palabras lo que la Iglesia de Navarra os pide, lo que la buena gente de Navarra espera de vosotros en estos momentos:
* Una forma de vivir que manifieste la importancia de Dios en nuestra vida; * Una manera de ser y de actuar que demuestre ante los hombres la importancia de la religión y de la vida cristiana para purificar y dianificar la humanidad en todas sus manifestaciones y circunstancias. * Una forma de actuar en todas vuestras actividades pastorales que les ayude a conocer a Jesucristo, a amarle y a escogerle como punto central de referencia y de inspiración en todas las circunstancias de su vida. * Un estilo de trabajar apostólicamente que despierte entusiasmo por la persona de Jesús, por la vida espiritual y por las obras del Reino.
La urgencia y la radicalidad de la misión que se necesita en estos momentos nos tiene que llevar a la plenitud y la autenticidad de nuestro ser de consagrados; seguros de que la autenticidad de nuestro ser, encontrada y vivida con sinceridad, nos empujará a la misión en sus diferentes variedades con autenticidad y fecundidad. Así se lo pedimos a la Virgen María, modelo de consagrados, madre de los discípulos de Jesús, corazón de la Iglesia orante, de la Iglesia redentora y de la Iglesia misionera. Que Ella interceda por nosotros y nos ayude a conseguir la plenitud de nuestra purificación, la totalidad del perdón y el renovado dinamismo de nuestra vida y nuestras actividades apostólicas. + Fernando Sebastián Aguilar Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela |
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