¿Existe Dios?
(Cómo ser testigos del Dios vivo en nuestro tiempo)
Conferencia de D. Fernando Sebastián Aguilar en la Jornada Diocesana de Juventud
Pamplona, 7 de noviembre de 1999
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La pregunta es escalofriante. Si la podemos oír y repetir con tranquilidad es porque nos estamos acostumbrando a lo monstruoso. Como si me dicen ¿de verdad eres hijo de tu padre? ¿de verdad hay un "padre" del mundo? o ¿estamos todos metidos en una nave espacial que va sin rumbo a la deriva? Nos acostumbramos porque vemos gente que está convencida de que Dios no existe, otros que viven como si no existiera, como si fuera una realidad indiferente, sin ninguna relación nosotros. Alguna vez he pensado que la normalidad del ateísmo o del olvido de Dios y de lo religioso es una nueva forma de la barbarie, de la incultura, de la irresponsabilidad. Puede ser que alguno nos pregunte, ¿tú crees de verdad que hay Dios? Puede ser incluso que esta pregunta se levante en nuestro corazón contra nosotros mismos? ¿Estás seguro de que existe Dios? ¿Crees tú que la relación con Dios es un factor importante en tu vida? Nuestra vida ¿depende de hecho de que Dios exista o no? ¿Tiene Dios alguna influencia en la configuración de mi vida? Nuestro tiempo es el primero en el cual la negación o el olvido de Dios se ha convertido en una convicción pacíficamente extendida y aceptada en la práctica por grandes masas de gente. Por lo menos en Occidente. Yo no creo que crezca mucho el número de personas que afirman claramente que Dios no existe. No hay mucho número de ateos convencidos. Lo que sí crece es el número de la gente que no ve con claridad si existe o no, que no se lo plantea directamente, pero que en la práctica vive como si no existiera, sin complicarse la vida, sin hacerse demasiado problema, por lo menos en largos períodos de su vida. Aveces oímos decir que el mundo se divide en ricos y pobres. Yo creo que hay una división más profunda entre los hombres que creen en Dios de manera consecuente y los que no creen en Él y de hecho viven como si no existiera. *** Es dificil meterse en la cabeza de una de estas personas para ver por qué vive de esa manera, en virtud de qué razones y de qué ventajas ha llegado a la conclusión de que lo mejor es desvincularse de la Iglesia, abandonar las prácticas religiosas y vivir de hecho como si Dios no existiera.
Las razones posibles de la falta de religiosidad:
Como cristianos necesitamos consolidar nuestras convicciones de que Dios es un Ser real, personal, viviente, cercano, influyente, coexistente, con el cual podemos y debemos comunicamos, creer en El, confiar en El, hablar con El, convivir. Podríamos comenzar por el testimonio de Jesús. Pero es mejor preparar la mente con el acogimiento del Dios de la Creación. Nosotros somos como los hijos que llegan a casa y se encuentran la calefacción encendida, la cama hecha, la nevera bien surtida y la mesa preparada para sentamos a comer. Uno dice espontáneamente: mi madre está en casa. Llegamos a esta casa del mundo, y está todo a punto para que podamos vivir, el sol y la tierra, los montes y el mar, las plantas y los animales, la maravilla de nuestro cuerpo, de nuestras relaciones personales, la verdad y la bondad de las cosas, tan a nuestra medida. Es obligado reconocer: Hay Alguien en casa infinitamente más poderoso que yo que ha puesto todo esto a punto con un gran deseo de hacerme la vida posible y amable. No lo vemos por ninguna parte, pero el mundo está lleno de sus huellas. Yno se trata de alguien que ha dispuesto con un poco de armonía unas cuantas cosas preexistentes, sino de Alguien que las ha sacado de la nada, que las ha pensado antes de que existieran y las ha sacado de la nada poniéndolas y manteniéndolas en la existencia para nosotros. Alguien que nos está sosteniendo en la existencia a también a nosotros ahora mismo. Todos los que piensan un poco tienen que reconocer la existencia de un primer punto de partida cargado de energía del cual han ido formándose todas las demás cosas. Pero ¿quién ha puesto en el terreno de la existencia a ese primer principio energético? Hay que llegar a reconocer la preexistencia de un Ser Primero y Supremo, Eterno, Infinito, Inteligente y Bondadoso, de cuya inteligencia y por cuyo amor han salido al aire libre de la existencia todas las cosas de la fonna que sea. Da igual que las ciencias lo expliquen de una forma o de otra, el problema está antes de cualquier movimiento interior al mundo. Desde fuera del mundo, desde antes del mundo, Alguien lo ha pensado, lo ha querido y lo ha puesto todo en marcha. El hombre siempre lo ha barruntado así. Porque es cuestión para sí mismo. Porque es consciente de sí mismo y del mundo en que vive. No puede prescindir de preguntarse el de dónde y el para dónde de todo lo que existe y especialmente de sí mismo. Cuando alguien te pregunte, cuando te surja la duda, tienes que tener una ,referencia intelectual clara. Como el jardinero invisible. Si las plantas están cuidadas alguien las ha sembrado, alguien las cuida, aunque no lo veamos. De esta primera percepción de Dios nacen las religiones, los grandes sistemas extrabíblicos, *** -,. En este mundo, a partir de la Creación, purificando y ahondando la experiencia otiginal de Dios comienza a desarrollarse la revelación bíblica. Abrahán, el padre de los creyente s, sale huyendo del politeísmo, de la corrupción, para poder adorar al Dios vivo y verdadero. Las grandes etapas, Abrahán, Jacob, Moisés, los Profetas, JESÚS. Somos cristianos porque reconocemos a Jesús como el Hijo de Dios, hecho hombre, nacido de María Virgen, para salvamos. Jesús nos salva, en un primer momento, siendo TESTIGO DEL DIOS VIVO. Jesús es la imagen visible del Dios invisible. El mantiene una relación interior filial con Dios gracias a la cual le conoce mejor que nadie, convive más intensamente que nadie, se encarga de realizar sus obras, son como una misma cosa. Y Jesús nos habla de Dios a partir de su propia experiencia de Hijo. La experiencia religiosa y el lenguaje de Jesús sobre Dios resume y supera todo lo que los hombres pueden alcanzar por sí mismos, lo que habían alcanzado en la historia de la revelación. Jesús es el final, lo más alto, lo más integrador de la humanidad entera.
Hay muchos lugares del Evangelio en los que podemos percibir el testimonio de Jesús sobre nuestro Padre Dios.
La justicia, la bondad y el poder de Dios se manifiestan en la resurrección de Jesús y en la glorificación de los justos (Mt 26, 27, 28); Jesús habla de lo que sabe, porque ha venido del Cielo (Jn 3, 11-14); Jesús juzga, salva, vivifica en nombre del Padre y con el poder del Padre (Jn 5); Jesíis viene de Dios y por eso puede dar vida a quien cree en El (Jn 6); Jesús puede atraer sobre nosotros el mismo amor y la misma vida que El recibe de su Padre (Jn 6, 57; 8, 27) Jesús está en el Padre y el Padre está en El salvando a los que creen y se acogen a (Jn 14, 11. 20). Desde ahora, por la fe y el amor, en esperanza, podemos vivir realmente unidos a la Trinidad de Dios y disfrutando de la plenitud de su vida (Jn 14, 23);
Vivir todo esto tiene un primer momento de dificultad, de aparentes estrechuras, pero en realidad es un camino de vida, de alegría y de gozo que tiene que hacemos vivir a gusto y con alegría ya desde ahora (Jn 16, 20-22). *** Volviendo al ejemplo de la casa, nosotros ahora, no sólo encontramos la casa preparada, sino que encontramos al Hermano mayor, que nos dice: nuestro Padre está arriba, El ha preparado todo, yo he estado ya con El y os digo que al final de la tarde nos abrirá la puerta y entraremos todos en su morada. Por eso podemos decir que los cristianos somos los que, por medio de la fe en Jesucristo, podemos vivir en este mundo conociendo a Dios, sabiendo el principio y el fin de nuestra vida, conviviendo ya con El, gracias al Hijo mayor que está con nosotros, en gratitud y alabanza, en confianza y obediencia, en amor y esperanza. Toda la vida es un tiempo de aprendizaje para creer en Dios. Hay que crecer en la claridad de la fe, hasta que Dios sea una presencia clara, una presencia evidente, porque vemos por todas partes las huellas de su presencia y los frutos de su amor. Crecer hasta que la fe sea una adhesión firme al Dios presente, sin dudas, sin olvidos, sin temores, con un gran amor y una gran confianza. Crecer hasta que Dios sea la primera presencia en nuestra vida y todo lo demás quede valorado, iluminado, resplandeciente, tefíido de la bondad y del amor de Dios. Vivir así cerca de Dios no nos aleja del mundo, ni nos aleja de los demás. Al revés, Dios nos ensena y nos ayuda a sentir el mundo como una obra nuestra, hecha con amor, aceptada con responsabilidad, como la casa de todos. Nos hace ver a los demás, como hermanas, aunque haya diferencias de edad, de ideas, de razas. Todos somos los hijos queridos de Dios, los hermanos de la familia de Dios, los moradores del mundo que es nuestra casa de hermanos. Entendidas las cosas así el reconocimiento de Dios cambia la vida. Vivimos en compañía, sabemos quién es nuestro Padre, sabemos que todo es don, fruto de un amor personal, sabemos que contamos con la ayuda de nuestro Hermano que cuenta a su vez con la ayuda del Padre, sabemos que lo que hay aquí es don de Dios, que lo vamos a tener solo por un tiempo, y que a la tarde podremos encontrarnos con El y estar mucho mejor todavía. No hay miedos, no hay temores, no hay que pagar tributo a nadie, podemos vivir con seguridad y confianza. En cambio el ateísmo teórico o práctico hace que tomemos las cosas de este segundo piso como si fueran definitivas, como si fueran la fuente de nuestra felicidad y nuestra vida, fuente de angustias, errores, esclavitudes, frustraciones, desesperanzas y desesperaciones. En cambio estar con Dios, contar con El, es asumir un nuevo punto de vista universal, definitivo, verdadero, santo. El justo vive por la fe. La fe es principio de la vida verdadera. Si la fe no informa y transfigura la vida es que no es fe verdadera en el Dios verdadero con el Hijo verdadero. El día 9 de noviembre hará 10 años que cayó el muro de Berlín. Aquello fue un acontecimiento político, pero fue también un acontecimiento religioso. Las dictaduras comunistas se habían construido con la esperanza de que la negación de Dios, el ateísmo de Estado, permitiera llegar a construir un paraíso socialista, felicidad para todos en el mundo. El resultado fue todo lo contrario. El hombre construido en la sociedad socialista fue un hombre sin libertad, sin horizontes de vida, sin experiencia del amor universal como fuente, esperanza de la vida. Un hombre socializado por fuera, pero terriblemente solitario e individualista por dentro, un hombre triste, abandonado, inhibido, un hombre interiormente desolado. Algunos pensaron que a la caída de los regímenes socialistas iba a venir rápidamente el paraíso capitalista. Lo que está viniendo es la DICTADURA BLANCA Y SILENCIOSA DEL AGNOSTICISMO LIBERAL Y CAPITALISTA. Esta dictadura de la cultura sin Dios está dando sus frutos en Europa, en EEUU, en todo el mundo, influenciado por la cultura de Occidente, el hombre enamorado de sí mismo, el hombre expoliador del mundo, ambicioso, insaciable, que hace ley del propio bienestar y no se detiene ante la explotación ni la destrucción de los demás: aborto, eutanasia, explotación del Tercer Mundo, narcotráfico, prostitución, insolidaridad, promiscuidad, negación de la familia. La exaltación de uno mismo como cnetro del mundo nos lleva a la cultura de la soledad, de la insolidaridad, del triunfo de los fuertes, de la destrucción y de la muerte. En este mundo tenemos que ser TESTIGOS DEL DIOS VIVO, innovadores, creadores de un mundo nuevo presidido: por la presencia de Dios, pensado, hecho y vivido desde el reconocimiento de la paternidad de Dios, de la primacía del amor, de la solidaridad y fraternidad universal efectivamente reconocida a favor de los más necesitados, con la esperanza segura y consoladora de la vida eterna. Nos quedamos con el Dios universal del PRÓLOGO DE SAN JUAN, el Dios de la creación, de la Encarnación, de la Salvación ofrecida a todos los hombres de buena voluntad; Con el Dios razonable, providente, humano del libro de la Sabiduría, un Dios amigo de la vida y de los hombres, que acompaña y enseña a vivir con paz y serenidad; Con el Dios del amor apasionado hacia nosotros, el Dios del perdón y de la redención, el Dios de las promesas, el Dios que nos espera en la vida eterna, en una palabra el Dios de San Pablo, el Dios de la Carta a los Romanos; Con el Dios Padre de Jesús que sostiene por dentro, que nos guía en la vida, que parece que nos abandona en la cruz de los sufrimientos, pero que nos llena de vida en la Victoria de la resurrección final; Con el Dios de la renovación interior de Pentecostés, que nos manda el Espíritu Santo, que nos perdona los pecados, nos transforma interiormente, nos hace capaces de vivir como hermanos hijos de Dios en camino hacia la vida eterna; Con el Dios de la Misión universal, el Dios del mundo nuevo que hay que anunciar y construir. El Dios de Jesús, de la Iglesia, de la nueva sociedad, de la esperanza histórica y de la esperanza de la vida eterna. Terminamos con unas palabras inspiradas en san Pablo:
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