| INTRODUCCION
1 La preocupación que nos ha movido en
diversas Cartas Pastorales de estos últimos años ha sido animaros a vivir la fe de
manera renovada precisamente en estos tiempos de crisis religiosa. Concretamente, os
escribíamos hace dos años una Carta con este título: «Al servicio de una fe más
viva.» En ella nos proponíamos un objetivo concreto: ayudar a reconstruir la fe
descubriendo los caminos que podemos seguir hoy para encontrarnos con Dios.
2 Este año queremos dar un paso más.
Todos sabemos que la fe se puede debilitar y hasta apagar de muchas maneras, pero sólo se
reaviva volviendo al encuentro sincero con Dios. Por eso, no es posible despertar y
fortalecer la fe sin reavivar nuestra oración. Os hemos hablado en diversas ocasiones de
la importancia que tienen hoy para renovar nuestra fe, la búsqueda sincera de Dios, la
purificación de nuestra relación con él, la atención interior o la escucha de su
Palabra en el fondo del corazón. Nada de esto es posible sin recuperar y purificar
nuestra oración.
3 Estamos convencidos de que la
revitalización de nuestras Iglesias y comunidades cristianas depende, en buena parte, de
la revitalización de la oración. Por eso os escribimos esta Carta. No es nuestra
intención ofreceros un tratado teológico, pero sí ayudaros a descubrir mejor qué es
la oración cristiana. No pretendemos enseñaros métodos y técnicas de oración,
pero sí queremos sugeriros cómo podemos orar hoy de manera auténtica.
Pretendemos hablaros con realismo, teniendo en cuenta las dificultades tanto individuales
como ambientales. Queremos proponeros pasos reales que podemos dar en nuestra vida
personal, en el hogar y en la comunidad cristiana. Queremos, en definitiva, escuchar
también en nuestros días la invitación de Jesús: «Vigilad y orad» (Mt
26, 41).
No podremos en esta Carta extendernos a tratar de la Eucaristía o de
otras celebraciones litúrgicas. Sabemos, sin embargo, que una oración personal más viva
y auténtica puede ser el mejor camino para reavivar las celebraciones de la comunidad
cristiana.
4 Entre nosotros se ora a Dios. Desde las
comunidades contemplativas de nuestras diócesis se alaba y se da gracias al Dios santo y
bueno, recordándonos a todos hacia dónde hemos de dirigir nuestro corazón creyente. En
bastantes hogares se reza a Dios. No pocos cristianos lo invocan con fe. En todos ellos
pensamos también al escribir esta Carta. La crisis no ha apagado en sus corazones el
aliento de la oración.
Nuestra atención se dirige, sin embargo, de manera preferente, hacia
quienes, debilitada su fe, han ido descuidando y abandonando su oración; es el momento de
recuperarla de manera renovada. También queremos llegar hasta quienes siguen rezando pero
de manera rutinaria y casi mecánica; siempre es posible un encuentro más vivo y sincero
con Dios.
Nuestra Carta quiere ser, por otra parte, una palabra de aliento para
todos los que sienten el deseo de Dios y lo buscan con sincero corazón. En medio de la
crisis, creemos intuir entre nosotros una inquietud nueva por encontrar a Dios. Es ésta
la inquietud que queremos avivar con la oración. Nos unimos así al deseo de Juan Pablo
II que nos propone como objetivo prioritario del Jubileo «el fortalecimiento de la fe
y del testimonio de los cristianos», invitándonos a suscitar «un fuerte deseo de
conversión y de renovación personal en un clima de oración siempre más intensa».
5 Comenzamos nuestra Carta Pastoral
tratando de acercarnos a la realidad: ¿cómo rezamos hoy?, ¿está en crisis la
oración?, ¿hay signos de renovación? (capítulo 1). Para comenzar a hacer luz, lo
primero es ver en qué consiste la oración cristiana y cuáles son sus rasgos esenciales:
¿cómo es la oración de los cristianos a Dios? (capítulo 2). Es necesario,
además responder a las críticas y dificultades que encuentra hoy quien desea rezar: ¿cómo
orar hoy de manera auténtica? (capítulo 3).
Sólo entonces podremos sugerir algunas orientaciones que ayuden a
recuperar la oración a quienes la han podido abandonar: ¿cómo volver a encontrarnos
con Dios? (capítulo 4), y que contribuyan a reavivar la oración de quienes siguen
rezando de manera rutinaria: ¿cómo orar mejor y con más verdad? (capítulo 5).
Por último nos preguntamos cómo cuidar mejor la oración en nuestra vida personal, en
los hogares y en las comunidades cristianas (capítulo 6).
I.- LA ORACION EN EL MOMENTO ACTUAL
6 Quien cree sinceramente
en Dios se comunica con él. La oración es la expresión de la fe, su aliento. Por eso,
cuando la fe entra en crisis, entra también en crisis la oración. Y cuando la oración
enmudece en una sociedad o en la vida de una persona, es señal de que la vida religiosa
se está apagando.
¿Qué lugar ocupa la oración en la vida de los
cristianos?
Nada caracteriza mejor la religiosidad de una época que la forma de
orar. Si se quiere conocer la religión de un pueblo, lo más iluminador no es examinar lo
que dice creer, sino observar cómo ora. ¿Cómo se reza entre nosotros?
· La trayectoria de no pocos
7 Sin duda, son muchas las personas que
oran, y oran de verdad. La crisis religiosa, lejos de arruinar su oración, ha purificado
sus rezos y prácticas, despertando en ellas un deseo sincero de Dios. No es difícil, sin
embargo, detectar entre nosotros una grave crisis de oración, no sólo en quienes se han
alejado de la práctica religiosa, sino en el conjunto del pueblo cristiano y hasta en
grupos de vida consagrada, que habían hecho de su cultivo parte decisiva de su
compromiso.
Las manifestaciones de estas crisis son diversas. Hay cristianos a los
que sencillamente se les está olvidando lo que es rezar. A lo largo de estos años, han
ido abandonando oraciones que alimentaron en otros tiempos su fe, pero que hoy no les
dicen nada. La piedad tradicional se les hace inviable, pero no la han sustituido con nada
mejor. Hoy su relación con Dios está como bloqueada. Se han quedado sin saber cómo
comunicarse con él.
Para algunos, Dios se ha convertido en algo demasiado irreal para
llamarlo Padre; no es fácil invocar con confianza a un ser lejano y difuso al que se
considera ajeno e indiferente a nuestros problemas y sufrimientos. A otros, la oración
les parece algo falso; una práctica superada que hay que abandonar; una persona
responsable no debería necesitar de esos «juegos religiosos» para organizar su vida.
Hay quienes, ganados por el deseo de vivir del modo más intenso y
placentero, sienten la oración como algo extraño y triste; puede ser, tal vez, recurso
para momentos difíciles o angustiosos, pero no fuente de vida liberada y dichosa. Hay
también quienes han ido abandonando la oración para rehuir el encuentro con Dios; su
desorden moral o su mediocridad los ha ido empujando a eludirlo; no han aprendido a
encontrarse con Dios desde su pecado o infidelidad.
El hecho es que, por diversos motivos y desde experiencias diferentes,
no son pocos los que han eliminado de su vida la oración o la han reducido a algo
insignificante. Bastantes no saben, no pueden o no quieren orar a Dios.
· En el hogar
8 En no pocos hogares se sigue rezando en
familia; pero en otros muchos la oración se ha apagado. Se vive, más bien, una fe débil
y poco convencida, con un trasfondo de indiferencia y despreocupación donde la presencia
de Dios parece diluirse.
Ha desaparecido, en buena parte, aquella oración doméstica que
moldeaba la fe de los hijos: las oraciones de la mañana y de la noche, la bendición de
la mesa, el rosario en familia al atardecer. Han desaparecido también no pocos signos e
imágenes de carácter religioso. Muchos padres ya no enseñan a sus hijos a rezar, no
saben o no les preocupa. En no pocas familias, sólo se transmite silencio e indiferencia
religiosa.
· En la comunidad cristiana
9 Es también significativo lo sucedido en
no pocas comunidades cristianas. A lo largo de estos años, se han ido suprimiendo formas
de piedad tradicional que respondían a un contexto religioso, hoy desaparecido, sin que
hayamos sido capaces de dar con formas nuevas que respondan a nuestros tiempos. Se han
abandonado novenas, triduos y ejercicios piadosos, y se han descuidado prácticas tan
arraigadas como el rosario, la bendición del Santísimo o el víacrucis sin que hayan
sido debidamente sustituidas. En muchos lugares, casi todo ha quedado reducido a la
celebración de la Eucaristía. Por otra parte, bastantes iglesias permanecen cerradas a
lo largo del día sin que los creyentes puedan encontrar una «casa de oración».
Es muy valioso, sin duda, el esfuerzo realizado en la predicación,
celebración o catequesis, pero no siempre se ha cuidado de manera semejante la
iniciación a la oración. A muchos cristianos nadie les ha enseñado a rezar. Hemos de
reconocer que, por lo general, es poco e insuficiente lo que se hace en las parroquias
para iniciar a la oración.
Por otra parte, no es difícil constatar que a veces no se cuida
debidamente la vida interior de quienes colaboran más activamente en la comunidad
cristiana. Desbordados por una actividad excesiva y privados de alimento interior, corren
el riesgo de convertirse en «funcionarios» más que en testigos de la fe y animadores de
la tarea pastoral.
En el trasfondo de la crisis
10 También en otras épocas ha tenido la
oración sus crisis y dificultades. Nunca ha sido fácil relacionarse con ese Dios oculto
cuyo rostro nadie ha visto jamás: Dios es invisible, y nosotros queremos ver y comprobar;
Dios es incomprensible, y nosotros queremos captar y comprender. Sin embargo, en el
trasfondo de la crisis actual hay dificultades que son vividas hoy de forma nueva o con
sensibilidad diferente.
· ¿Para qué sirve rezar?
11 Es la pregunta de no pocos. En una
cultura en la que se acepta como criterio preferente y casi único de valoración la
eficacia y el rendimiento, no es extraño que surja la pregunta por la utilidad de la
oración. Lo importante es la acción, el esfuerzo y el trabajo; lo decisivo son los
resultados. Desde este pragmatismo, la oración parece pertenecer al mundo de «lo
inútil». Orar cuando hay tanto que hacer, ¿no será perder el tiempo?
La experiencia del mismo orante no parece muchas veces decir algo
diferente. Así se queja el salmista: «De día te grito, y no respondes; de noche, y
no me haces caso» (Sal 22 [21], 3). ¿De qué sirve invocar a Dios? No parece
preocuparse mucho por quienes acuden a él; no se le ve intervenir para resolver las
injusticias o detener las desgracias. ¿No le importa nuestra vida? No hemos de soslayar
la cuestión. La dificultad sentida tan vivamente hoy por muchos nos puede ayudar a
descubrir mejor dónde está la verdadera eficacia y el valor de la oración cristiana.
· ¿No es el compromiso la mejor
oración?
12 Así se ha dicho más de una vez entre
nosotros: «la mejor oración es el compromiso», «hay que orar con la vida», «todo
puede ser oración». Afirmaciones que pueden encerrar parte de verdad cuando critican una
oración intimista y ajena a la vida, pero que resultan erróneas y dañosas cuando
pretenden justificar el abandono o la supresión de la oración. El mismo Jesús que dijo:
«No todo el que me diga: ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de los cielos, sino el
que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7, 21), dijo también que
«es preciso orar siempre sin desanimarse» (Lc 18, 1).
· Rezar, ¿no es hablar con uno mismo?
13 Tal vez la cuestión que, de forma más
insidiosa, está socavando hoy la oración de bastantes se puede formular así: ¿Con
quién estamos hablando realmente cuando decimos hablar con Dios? La divulgación de una
mentalidad freudiana, unida a un debilitamiento de la experiencia religiosa, ha
cuestionado de manera nueva la oración. La sospecha ha invadido la piedad de no pocos:
¿Qué hace el que reza cuando se dirige a alguien a quien no ve y que no le contesta? Por
mucho que hable con Dios, ¿no está encerrado en su propio yo? Ese Dios al que pretende
dirigirse, ¿no será la prolongación de sí mismo, el espejo en que se reflejan sus
ilusiones y fantasías?
Para algunos, la interiorización de esta sospecha ha supuesto el
derrumbe de su religión. Ya no aciertan a rezar. Les parece engaño y patología. Sin
embargo, este temor a la posible inautenticidad de la oración puede ser depurador y
saludable. Es cierto que la oración aparentemente más sincera puede encerrar y alimentar
graves trampas, autoengaños y ambigüedades, pero es precisamente ahora cuando, alertados
por un mejor conocimiento del ser humano, podemos sanar y purificar mejor nuestra
comunicación con el Dios vivo.
Búsqueda de una oración renovada
14 Sería una equivocación hablar sólo
de crisis de oración. Más aún. Tal vez, en estos momentos, lo que se percibe en no
pocos es la necesidad y el deseo de avivarla. No es verdad que nuestra época sea menos
propicia que otras para elevar el corazón hacia Dios. Lo que necesitamos es encontrar la
oración que puede brotar sinceramente de los hombres y mujeres de hoy.
· Necesidad de purificación
15 La oración sigue viva en muchas
personas. Una oración muchas veces «interesada» y hasta contaminada de actitudes poco
religiosas. Oración hecha de fórmulas repetidas casi siempre de forma distraída, sin
gran hondura. Una oración modesta y deslucida. El rezo de quienes se conocen mal y no
saben hablar con Dios porque tampoco saben hablar consigo mismos ni con los demás si no
es torpemente y con trabajo.
No hemos de subestimar esta oración. Personas alejadas de la práctica
siguen rezando así en el fondo de su corazón. Esta es la oración de la mayoría en
todas las religiones del mundo. Y Dios que ha modelado el corazón humano, no tiene
problemas para entenderla y acogerla. Todo ello no impide, sin embargo, una pregunta. ¿No
tienen estas personas derecho a conocer caminos renovados para encontrarse con Dios de
manera más viva, cálida y gozosa?, ¿no han de conocer también la alabanza, la acción
de gracias y la adoración?, ¿no hemos de hacer un esfuerzo por purificar y reavivar esta
oración que, muchas veces, es nuestra oración, la oración de todos?
· Celebración litúrgica más viva
16 Durante estos años se ha hecho un gran
esfuerzo por devolver a la celebración litúrgica el lugar central que ha de ocupar en la
vida cristiana. En concreto, la Eucaristía ha de ser «centro y culminación de toda
la vida de la comunidad cristiana» (Christus Dominus, n. 30). Pero no siempre
reparamos en que, si falta el hábito de la oración personal y la comunicación con Dios,
no es tan fácil tomar parte «activa, plena y consciente» en la celebración. Por
el contrario, cuando el creyente conoce por experiencia la súplica sincera, la acción de
gracias o la alabanza a Dios, siempre está más capacitado para participar en la
celebración litúrgica.
De ahí que veamos con satisfacción cómo las parroquias comienzan a
abrir las puertas de sus templos tantas veces cerradas, para permitir a los fieles la
oración callada y recogida ante el Señor; cómo promueven experiencias de oración no
litúrgica y convocan encuentros para escuchar juntos la Palabra de Dios. Es ahí donde no
pocos pueden aprender a orar, meditar y hacer silencio para escuchar su voz.
· Signos nuevos
17 Vemos también con gozo signos nuevos
de búsqueda de Dios. Pensamos en esos creyentes que, tanto en su propio hogar como en
monasterios y lugares de oración, buscan un clima de silencio y recogimiento que les
permita un encuentro más vivo con el misterio de Dios. Vemos también surgir entre
nosotros grupos de oración, movimientos de espiritualidad, talleres de oración,
encuentros bíblicos que pueden ser para no pocos verdaderas escuelas de oración donde se
despierta su deseo de Dios y se alimenta una relación nueva con él. Nuestra Carta quiere
ser una palabra de aliento y de orientación para ellos.
II.- LA ORACION CRISTIANA
18 La oración ocupa un lugar central en
toda religión. Ella es la primera manifestación de la actitud religiosa, la respuesta
que despierta en la persona la presencia del Misterio. Por eso está tan arraigada en el
corazón humano. En todas las religiones se ora a Dios. Vamos a describir brevemente cómo
hemos de orar los cristianos, es decir, qué respuesta provoca en el creyente el misterio
de Dios, encarnado y revelado en Jesucristo. No hemos de olvidar que hay una oración
propia de los discípulos de Jesús, que también hoy hemos de aprender los cristianos con
la misma actitud de aquel discípulo que, viendo orar a su Maestro, le pidió: «Maestro,
enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos» (Lc 11, 1).
Orar en nombre de Jesucristo
19 Los cristianos oramos siempre «en
el nombre de Jesús». No nos dirigimos hacia Dios a solas. No buscamos un acceso
directo hasta él. Nuestro camino pasa siempre por Jesús, el Hijo, en el que Dios se nos
ha revelado como Padre bueno y cercano. Nuestra primera tarea es aprender a rezar «en
el nombre de Jesús».
· Orar como discípulos de Jesús
20 Orar en nombre de Jesús es, antes de
nada, orar como discípulos de Jesús. La oración cristiana nace del seguimiento fiel a
Jesús. El cristiano no ora a Dios de cualquier manera, siguiendo arbitrariamente sus
impulsos. Su modelo para dirigirse a Dios es Jesús. Por eso, se esfuerza por orar según
el espíritu y el estilo de Jesús, animado por los mismos sentimientos y la misma actitud
de Jesús ante el Padre. Hay algo que no deberíamos olvidar; a través de todas las
fórmulas, métodos y estilos de oración, los cristianos no hacemos más que una
oración: la oración que nos enseñó Jesús, el «Padre nuestro», la oración de
los que, siguiendo a Jesús, buscan con fe el Reino de Dios.
· Orar en comunión con Cristo
21 Podemos dar un paso más. La oración
en nombre de Cristo es una oración suscitada, movida y animada por el Espíritu de Cristo
que habita en nosotros. Cada uno podemos decir lo mismo que san Pablo: «Ya no vivo yo,
es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). Es Cristo quien alienta y sostiene
nuestra oración: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros,
pedid lo que queráis, y lo conseguiréis... Como el Padre me amó, yo también os he
amado a vosotros; permaneced en mi amor» (Jn 15, 7. 9). En cualquier
situación, en el momento de la súplica o del agradecimiento, a la hora de pedir perdón
o de alabar a Dios, nuestra oración nace de nuestra comunión con Cristo. La fuente de
nuestra oración es ese Cristo a quien amamos sin haberle visto, y en quien creemos aunque
de momento no lo veamos (cfr. 1 Pe 1, 8).
· Orar
como miembros del Cuerpo de Cristo
22 Precisamente por esto, orar en nombre
de Cristo es orar como miembros de su Cuerpo que es la Iglesia. Esta es la promesa de
Jesús: «Yo os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para
pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque
donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt
18, 19-20). Los cristianos oramos siempre en comunión con todos los que viven animados
por el Espíritu de Cristo. Incluso, la oración más personal, la que hacemos a solas,
ante el Padre que está en lo secreto (cfr. Mt 6, 6), es una oración que llega
hasta el Padre por medio de Cristo y, por ello mismo, una oración unida a cuantos forman
su Cuerpo. Por eso, un cristiano no puede orar si no es abriéndose fraternalmente a los
demás. La oración en nombre de Jesús exige abrirse al perdón y a la reconciliación:
«Cuando os pongáis de pie para orar, perdonad si tenéis algo contra alguno, para que
también vuestro Padre que está en los cielos perdone vuestras ofensas» (Mc
11, 25).
· Orar por mediación de Cristo
23 Lo que venimos diciendo tiene su raíz
última en que Cristo es nuestro único Mediador ante el Padre. El es el gran orante, el
único y verdadero orante. Resucitado, «está siempre vivo intercediendo» por
toda la humanidad (Hb 7, 25). En medio de nuestra mediocridad y a pesar de nuestra
fe débil y pequeña, sabemos que «tenemos a uno que intercede por nosotros ante el
Padre, Jesús, el justo» (1 Jn 2, 1). Al rezar no hacemos sino participar en
esa oración que Cristo eleva al Padre por la creación entera. De esa oración reciben
todo su valor, significado y hondura nuestras oraciones y súplicas. Por eso, la oración
en nombre de Cristo es una oración universal, abierta a todos los hombres y mujeres del
mundo, incluso a los que podemos sentir como enemigos. Esa fórmula con que terminamos
siempre las oraciones litúrgicas, «por nuestro Señor Jesucristo», no son
palabras vacías que hemos de repetir de manera rutinaria. Las hemos de pronunciar
despacio porque expresan el verdadero contenido de nuestra oración cristiana.
Invocar a un Dios Padre
24 El rasgo más original y gozoso de la
oración cristiana proviene del mismo Jesús que nos ha enseñado a invocar a Dios como
Padre, con la confianza de hijos e hijas, pues realmente lo somos: «Vosotros, cuando
oréis, decid: Padre» (Lc 11, 2). Sería un error desfigurar esta oración o
sustituirla con elementos extraños, debilitando nuestro encuentro gozoso con el Padre del
cielo.
· El diálogo con un Dios personal
25 La oración del cristiano es un
diálogo con un Dios personal que está atento a los deseos del corazón humano y escucha
su oración. Una meditación que desembocara sólo en un estado de quietud o en una
«inmersión en el abismo de la divinidad», no sería todavía encuentro cristiano con
Dios, nuestro Padre. Aún reconociendo todo su valor sanante, no hemos de confundir
tampoco el sosiego y la distensión que generan ciertos ejercicios físico-síquicos, con
la comunicación cristiana con Dios. Por otra parte, el «vacío mental» que se consigue
por medio de ciertas técnicas no tienen en sí mismo un valor religioso cristiano, si no
conduce a la persona hacia el misterio personal de un Dios Padre.
La oración de los salmos, hecha de súplicas ardientes, invocaciones
confiadas y deseo de Dios, nos orienta bien hacia el clima propio de la oración
cristiana: «Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido» (Sal
25 [24], 16); «Tu rostro busco, Señor; no me escondas tu rostro» (Sal 27
[26], 8-9); «Te daré siempre gracias... ¡Tú sí que eres bueno!» (Sal
52 [51], 11).
· Con la confianza de hijos
26 Orar teniendo como horizonte a un Dios
Padre es invocarle siempre con confianza filial. Jesús siempre se dirigió a Dios
llamándolo «¡Abba!», «¡Padre!», y, fieles a ese espíritu, también
nosotros, sintiéndonos «hijos en el Hijo», nos atrevemos a decir lo mismo. Nos lo
recuerda san Pablo: «Mirad, no habéis recibido un espíritu que os haga esclavos para
recaer en el temor; habéis recibido un Espíritu que os hace hijos y que nos permite
gritar: "¡Abba!", ¡Padre! Ese mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu
que somos hijos de Dios» (Rm 8, 15-16). Por eso, el cristiano no reza a un
Dios lejano al que hay que decirle muchas palabras para informarle y convencerle. Esa
oración, según Jesús, no es propia de sus discípulos. Nosotros oramos a un Padre que
«sabe lo que necesitamos antes de pedírselo» (Mt 6, 8). Un Padre bueno que
nos ama sin fin: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros
hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que se las pidan!»
(Mt 7, 11). Los que sois padres y madres entendéis mejor que nadie las palabras de
Jesús.
Por eso, la oración cristiana nunca es fácil, pero siempre es
sencilla. Basta invocar a Dios sinceramente, con corazón de niño. No jugar ante Dios a
«ser mayores». Despojarnos de nuestras máscaras y confiar en su amor misericordioso. El
se revela, no tanto a los sabios y entendidos, sino a «la gente sencilla» (cfr. Mt
11, 25).
· Desde el ser de hijos
27. Orar a un Dios Padre no infantiliza.
Al contrario, nos hace más responsables de nuestra vida. No rezamos a Dios para que nos
resuelva nuestros problemas. Oramos y vigilamos para fortalecer nuestra «carne
débil» y disponernos mejor a cumplir la voluntad del Padre (cfr. Mt 26, 41).
No se trata de seducir a Dios y convencerle para que cambie y cumpla nuestros deseos. Si
oramos es precisamente para cambiar nosotros escuchando los deseos de Dios. No le pedimos
que cambie su voluntad para hacer la nuestra. Pedimos que «se haga su voluntad»,
que es, en definitiva, nuestro verdadero bien. Rezamos para escuchar y cumplir con más
fidelidad la voluntad del Padre. Así oraba Jesús: «Padre,... no se haga mi voluntad,
sino la tuya» (Lc 22, 42).
Movido por ese espíritu de fidelidad al Padre, el discípulo de Jesús
se abre al amor universal. No es posible invocar a Dios como Padre sin sentirse hermano de
todos. La filiación fundamenta la fraternidad. No le reza cada uno solo a «su Padre».
Oramos a «nuestro Padre», el Padre de todos sin excluir a nadie. Así lo quería
Jesús: «Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis
hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace
llover sobre justos e injustos» (Mt 5, 44-45).
Movidos por el Espíritu
28 Esta oración cristiana no es una
obligación ni un logro humano. Antes que nada es una gracia, un don. La iniciativa es de
Dios. El mueve nuestros corazones. Su Espíritu alienta toda oración verdadera. Sólo
podemos orar movidos por su Espíritu.
· Dóciles al Espíritu
29 El Espíritu de Dios habita en cada uno
de nosotros. Podemos estar atentos a su presencia o no prestarle atención alguna, podemos
libremente acoger su acción o rechazarla, pero el Espíritu de Dios está siempre ahí,
como «dador de vida» en cada persona. «El amor que Dios nos tiene inunda
nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).
Para orar bien hemos de escuchar dentro de nosotros mismos al Espíritu de Jesús orando
al Padre: «Dios envió a vuestro interior el Espíritu de su Hijo, que grita Abba,
Padre» (Ga 4, 6). La oración no es tanto cuestión de conocimiento y
técnicas como de escucha y de atención interior a este Espíritu que nos atrae hacia
Dios. Esto es lo primero que hemos de aprender: «Orad movidos por el Espíritu Santo y
manteneos así en el amor de Dios» (Jds 20-21).
· La ayuda del Espíritu
30 Nosotros no sabemos rezar bien. Nos
falta experiencia, caemos en la rutina. No sabemos qué hacer para orar como conviene. Es
el Espíritu el que puede orientar y transformar nuestra oración. «El Espíritu acude
en auxilio de nuestra debilidad: nosotros no sabemos, a ciencia cierta, lo que debemos
pedir, pero el Espíritu en persona intercede por nosotros con gemidos, sin palabras»
(Rm 8, 26). El nos ayuda a descubrir que Dios está en nosotros. «Gracias al
Espíritu que nos dio, conocemos que Dios está con nosotros» (1 Jn 3, 24). El
nos enseña poco a poco la verdad de Dios. Nos permite acoger e interiorizar su Palabra.
«El Espíritu de la verdad os irá guiando en la verdad toda» (Jn 16, 13).
· Los frutos del Espíritu
31 El cristiano «ora en toda ocasión
en el Espíritu» (cfr. Ef 6, 18). Esta oración no es fórmula, no son
palabras o recitación. No es «letra que mata, sino Espíritu que da vida» (2
Co 3, 6). Lo que verdaderamente da vida a la oración no es la búsqueda de nuevos
métodos y caminos. Todo ello es importante si nos ayuda a «orar en espíritu y en
verdad» (Jn 4, 23). Sólo esta oración nos va haciendo cristianos. Hace
crecer en nosotros los frutos del Espíritu: «Amor, alegría, paz, tolerancia, agrado,
generosidad, lealtad, sencillez» (Ga 5, 22). Por eso, lo primero que hemos de
pedir a Dios es «el Espíritu» (cfr. Lc 11, 13). El transformará nuestra
oración.
Al servicio del Reino
32 El cristiano no reza a cualquier
divinidad. Eleva su corazón a un Dios Padre que quiere hacer reinar entre los hombres su
amor y su justicia. El Dios a quien invoca es inseparable del Reino. Por eso, la oración
cristiana se resume en esta súplica: «Venga a nosotros tu Reino.»
· Buscando el Reino de Dios
33 El cristiano ora siempre buscando como
última realidad el Reinado de Dios entre los hombres. «Ya sabe vuestro Padre del
cielo que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas
esas cosas se os darán por añadidura» (Mt 6, 32-33). Todo ha de quedar
subordinado a la acogida del Reino de Dios en nosotros y en el mundo entero. Por eso, nos
hemos de preguntar a qué Dios oramos: ¿a un Dios apático e indiferente ante las
injusticias y el dolor humano, o a un Dios que quiere la justicia y el bien de todos? ¿En
quién «pensamos» cuando nombramos a Dios? ¿De dónde arranca y hacia dónde nos
conduce la oración? ¿Brota de nuestro egoísmo y nos encierra todavía más en él?
¿Nace de la búsqueda del Reino de Dios y nos compromete más en su realización?
· Orar al Dios de los pobres
34 La oración es cristiana si es acogida del Dios de Jesús, y no un contacto
con la divinidad en general. Pero el Dios de Jesús es el «Dios de los pobres», el
defensor de los desvalidos, el que se ha encarnado en él para «buscar y salvar lo que
estaba perdido» (Lc 19, 10). No cualquier contemplación es cristiana. No
cualquier búsqueda de Dios es fiel a Cristo, sino aquella en la que se busca al Dios de
los últimos. En la oración cristiana se bendice a Dios porque revela su Reino a los
pequeños (cfr. Mt 11, 25), se busca la voluntad de Dios sobre el Reino, se da
gracias por su crecimiento, se pide perdón por su ausencia. En el centro de esta oración
está siempre el Dios de los pobres. En su interior resuena siempre la llamada de Cristo a
encontrarlo entre ellos (cfr. Mt 25, 40).
Desde la vida real
35 La oración del creyente brota de la
misma vida. Su contenido es la misma existencia vivida día a día. No hay que hacer
grandes elucubraciones para dirigirse a Dios. Basta presentarnos ante él con nuestro ser.
Todo lo que es parte de nuestra vida puede ser punto de partida de una oración de
súplica, de acción de gracias, alabanza, queja o petición de perdón.
· De la necesidad a la comunión
36 Cuando se siente necesitado, el ser humano grita y su grito se hace llamada. No
nos bastamos a nosotros mismos y buscamos la ayuda de alguien que nos pueda responder.
Pero el hombre no necesita sólo soluciones para sus diversos problemas. En el fondo de su
ser y detrás de esas necesidades se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar. El
hombre necesita salvación. Es entonces cuando el grito humano se hace súplica a Dios:
«Desde lo hondo a ti grito, Señor: Señor, escucha mi voz» (Sal 130 [129],
1).
El creyente no hace de esta oración un instrumento mágico para ir
satisfaciendo sus necesidades de forma más fácil. Su oración es expresión de su
confianza total en Dios como último Salvador. «El Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación» (Sal 118 [117], 14). Poco a poco, su oración se hace
confianza y comunión con Dios. Sus peticiones no se centran tanto en las cosas que
necesita cuanto en ese Dios que acompaña siempre. Su corazón tiende hacia Dios por sí
mismo y busca, en medio de las necesidades, su presencia callada y amistosa. Pedimos a
Dios lo que necesitamos, pero nuestra oración es un confiado «dejar hacer» a Dios en
cuyas manos está nuestra salvación.
· De la alegría de vivir a la alabanza
37 La vida no es sólo necesidad. Es
también gozo, expansión y disfrute. Ese sentimiento indefinible que es la «alegría de
vivir» no se cierra sobre sí mismo. El ser humano necesita decir y agradecer su alegría
a alguien. Pero, ¿hacia dónde o hacia quién dirigir el agradecimiento por ser y por
vivir? Del corazón creyente sube una gratitud inmensa, no hacia la vida en abstracto,
sino hacia Dios, fuente y origen de todo bien: «Tú eres mi Dios. Te doy gracias»
(Sal 118 [117], 28). No es sólo la acción de gracias por dones concretos. El
creyente percibe que todo es gracia, todo es recibido. De su corazón brota la alabanza a
Dios, el reconocimiento de su grandeza y de su bondad salvadora: «¡Dios mío, qué
grande eres!» (Sal 104 [103], 1). «Alabaré al Señor mientras viva»
(Sal 146 [145], 2).
· Del sufrimiento a la confianza
38 La vida es muchas veces dolor y
sufrimiento. El ser humano se siente desgarrado por la enfermedad, la desgracia o las
injusticias. Nuestro anhelo de felicidad queda roto en mil pedazos por la tribulación.
Nace entonces de nuestro interior la queja: ¿por qué a mí?, ¿por qué ahora?, ¿por
qué tanto? El creyente se queja a Dios: «¿Por qué te quedas lejos, Señor, y te
escondes en las horas de angustia?» (Sal 10 [9B], 1);. «¿Hasta cuándo he de
quedar con el corazón apenado todo el día?» (Sal 13 [12], 3). Si la queja se
dirige hasta ese Dios que es sólo Amor, el creyente va descubriendo que no es Dios el que
envía aquel mal o quiere nuestro daño. El quiere siempre nuestro bien a pesar y a partir
de nuestros inevitables sufrimientos; en ellos y por ellos, Dios nos ofrece la posibilidad
de conseguir bienes más importantes y valiosos. La queja se transforma entonces en
confianza: "Tú, Señor, estás cerca" (Sal 119 [118], 151). "Yo
soy pobre y desgraciado, pero el Señor cuida de mí" (Sal 40 [39], 18).
· De la culpa a la acogida del perdón
39 El ser humano se siente con frecuencia
culpable. Es inútil ignorarlo. La vida es también culpabilidad, contradicción interior,
descontento de sí mismo, temor e indignidad, reproche, necesidad de ser diferente. La
persona puede entonces huir de sí misma, pero puede también escuchar el anhelo más
hondo de su ser y buscar el perdón y la reconciliación. Es lo que hace el creyente
cuando implora la misericordia de Dios: «Por tu inmensa compasión, borra mi culpa»
(Sal 51 [50], 30). No es sólo pedir perdón por pecados concretos. La persona sabe
que necesita vivir constantemente del perdón de Dios. Este apoyarse en la misericordia de
Dios no es una sutil huida de sí mismo y de su responsabilidad, sino el mejor modo de
enfrentarse a ella con lucidez: «Tu misericordia, Señor, me sostiene» (Sal
94 [93], 18). «Oh Dios, crea en mí un corazón puro» (Sal 51 [50], 12).
· De la finitud a la adoración
40 El ser humano percibe de muchas maneras
su inconsistencia y finitud. La muerte, siempre presente en el interior de la vida, no es
sino el recuerdo permanente de nuestra caducidad. El individuo puede vivir distraído,
ocupando su conciencia con toda clase de impresiones, actividades o información. Pero no
logra acallar del todo los interrogantes más hondos del ser humano: ¿quién soy yo?,
¿qué era antes de nacer?, ¿qué me espera? Puede entonces caer en la desesperación del
nihilismo o en la resignación del pragmatismo. El creyente, desde su finitud radical, se
abre confiadamente al misterio de Dios. Su corazón se postra ante el Dios santo, no como
ante una fuerza exterior a sí mismo, sino como ante el Creador que lo reafirma en su
propio ser. Al adorar a Dios, se siente sostenido por aquel fuera del cual no es nada. Al
mismo tiempo que proclama: «Desde siempre y por siempre tú eres Dios» (Sal
90 [89], 2), de su corazón brota la confianza: «El Señor sostiene mi vida» (Sal
54 [53], 6).
III.- HACIA UNA ORACION RENOVADA
41 No basta describir la oración
cristiana para aprender a rezar. Necesitamos, además, purificar nuestra oración de
adherencias extrañas y descubrir de manera renovada nuestro itinerario hacia Dios,
respondiendo a las críticas y a las dificultades con que se encuentra hoy quien desea
sinceramente dirigirse a él.
La eficacia de la oración
42 ¿Para qué sirve rezar? Esta es una de
las primeras cuestiones del hombre de hoy. ¿Es un recurso útil para hacer más cómoda
la vida? ¿Sirve para resolver los problemas? Hemos de detenernos para comprender
correctamente dónde está la verdadera eficacia de la oración.
· Los frutos de la oración
43. Pocas cosas se alejan tanto de la verdadera oración como esas
burdas plegarias al Espíritu Santo o a la Virgen, que, repetidas un determinado número
de veces o publicadas en la prensa, pretenden asegurar de manera casi automática toda
clase de venturas. Pero hay modos más sutiles de manipular la oración, «negociando»
con Dios la obtención de un favor o buscando en ella un ejercicio para asegurar el
equilibrio emocional o síquico.
La oración no es un recurso para resolver problemas ni un remedio para
fines terapéuticos. La oración es «eficaz», no porque logra que se cumplan nuestros
deseos, sino porque nos hace más humanos y más cristianos. El encuentro con Dios abre
nuestro corazón a la escucha sincera de su Palabra. Nos centra en él. Nos libera de ese
egoísmo desordenado que nos lleva a acaparar las cosas y las personas para someterlas a
nuestro propio yo como a su destino último. Nos ayuda a vivir en la verdad manteniendo
una actitud lúcida y vigilante en un entorno a veces superficial y frívolo. Nos permite
integrar la vida desde una esperanza última. La eficacia de la oración se concreta,
sobre todo, en nuestra conversión.
· El sentido de la oración de petición
44 Por eso, hemos de entender bien el sentido de la oración de
petición. Nuestras súplicas concretas expresan nuestra necesidad de salvación y nuestra
confianza radical en Dios. Pero no le rezamos para que nos ame más y se preocupe con más
atención de nosotros o de las personas por las que le pedimos. Dios no puede amarnos más
de lo que nos ama. Si oramos es para dejarnos transformar por su gracia y su voluntad
salvadora. No es Dios el que tiene que cambiar, sino nosotros. Por eso, no le pedimos una
ayuda que supla nuestra actuación. No buscamos que nos sustituya en la solución de
nuestros problemas. Lo que le pedimos es saber actuar y vivir desde su gracia, su bondad y
verdad. Por eso, el verdadero orante experimenta la cercanía amistosa de Dios de muchas
maneras, independientemente de cómo se resuelvan los problemas. Es de san Agustín esta
sabia advertencia: «Dios escucha tu llamada, si le buscas a él. No te escucha, si a
través de él buscas otra cosa.»
· La confianza en la Providencia
45 Por eso, hemos de entender bien la confianza en la
Providencia. El cristiano cree en el amor providente de Dios. El Padre no abandona ni se
desentiende de aquellos a quienes crea, sino que sostiene su vida con amor fiel, vigilante
y creador. No estamos a merced del azar o la fatalidad, sino sostenidos por el amor de un
Padre que quiere y busca nuestro bien. Así nos exhorta san Pedro: «Descargad en Dios
todo agobio, que a él le interesa vuestro bien» (1 Pe 5, 7). Pero esto no
significa que Dios «intervenga» en nuestra vida como intervienen otras personas o
factores. Dios no es uno más. Es el Creador del que nos está llegando el ser y la gracia
para que orientemos nuestra existencia hacia el bien. Con esa acción Dios no se entromete
en nuestra vida forzando los acontecimientos o eliminando nuestra libertad, sino que
respeta nuestras decisiones y la marcha del mundo. Por otra parte, si bien podemos cada
uno captar signos del amor providente de Dios en experiencias concretas, su acción
permanece siempre inescrutable. Lo que a nosotros hoy nos parece malo, puede ser mañana
fuente de bien. Nosotros no somos capaces de abarcar la totalidad de la existencia; se nos
escapa el sentido final de las cosas; no podemos comprender el menor acontecimiento en sus
últimas consecuencias. Todo queda bajo el signo del amor de Dios que no olvida a ninguna
de sus criaturas. El es el dueño de la vida y el señor del Universo y sus leyes. "En
él vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 28). Aunque a nosotros nos
resulten inescrutables, él siempre encuentra sus caminos para atender las peticiones de
sus hijos e hijas, orientándolo todo hacia el bien concreto y real de cada uno.
Oración y vida
46 No siempre parece fácil armonizar vida
y oración. Se debe probablemente a que tenemos una idea falsa tanto de la vida como de la
oración. Pensamos que la vida consiste en estar agitados realizando muchas actividades y
que la oración consiste en retirarnos de la vida y olvidar lo que se refiere a nuestro
prójimo y a su situación humana. Nada más lejos de la realidad.
· La oración conduce a la acción
47 Comencemos por decir que no oramos para cumplir una
obligación entre otras, ni para ofrecer a Dios una gloria que falta en el resto de
nuestra vida. Nuestra oración es expresión y fuente de vida cristiana. Nace de la vida y
nos conduce a ella. Es falso oponer oración y vida como si la oración no perteneciera a
la vida. Al contrario, la oración es uno de los momentos fuertes de nuestra vida, un
momento culminante de nuestra acción, porque desde la oración alentamos y sostenemos
nuestro vivir. El encuentro sincero con Dios centra nuestra vida en «lo único
necesario» liberándonos del egoísmo y del poder acaparador de las cosas. Al mismo
tiempo, suscita en nosotros energías que difícilmente se despertarían si todo se
redujera a lo finito. Por otra parte, nos permite descubrir las raíces profundas de los
conflictos y del sufrimiento humano, y nos impide contentarnos con cualquier componenda o
justificación evasiva. Al abrirnos al amor del Padre encontramos en él el mejor
fundamento para reconocer, amar y servir a los hermanos. Se entiende bien la exhortación
de san Pablo: Vivid «perseverantes en la oración, compartiendo las necesidades de los
santos, practicando la acogida» (Rm 12, 12-13).
· La prueba de toda oración
48 El que de verdad se comunica con Dios nunca es un «yo»
aislado. No puede encontrarse con Dios Padre sin encontrar en él la razón, la fuerza y
el fundamento de la fraternidad humana. El aislamiento, la despreocupación de los demás,
la competitividad como forma de vida, la indiferencia al dolor humano, hacen imposible la
verdadera oración. Por eso, la prueba de toda oración es el amor. La mejor oración es
aquella que nos hace amar más. Es impensable el encuentro con el Amor sin que genere una
vida de amor. Aunque crea hacer mucha oración, «quien no ama no ha conocido a Dios,
porque Dios es Amor» (1 Jn 4, 8). La oración necesita el espacio de la vida
entera para expresarse como amor. No se ama a ratos y de manera intermitente. Se ama en la
oración y en la vida.
¿Con quién hablamos en la oración?
49 Mucho antes del psicoanálisis, los maestros de la vida espiritual habían
advertido de las trampas y autoengaños en que puede caer la persona que ora. Si queremos
orar a Dios con verdad hemos de hacernos la pregunta: ¿qué estamos haciendo realmente
cuando rezamos?, ¿con quién estamos hablando cuando pretendemos hablar con Dios en la
oración?
· No identificar a Dios con nuestros
sentimientos
50 Ciertamente, el Dios a quien nos dirigimos puede ser una
prolongación narcisista de nuestro propio yo, una creación de nuestra fantasía que nos
permite alimentar diversas ilusiones, un espejo en que reflejamos nuestros autoengaños,
una coartada que aligera el peso de la culpa, y muchas cosas más. De ahí la necesidad de
purificar la oración buscando el verdadero rostro de Dios.
Lo primero es no confundir a Dios con cualquier cosa. Dios escapa a
toda verificación y experiencia inmediata. Nunca entramos en contacto directo con él,
sino con nuestras mediaciones. Por ello, no hemos de confundirlo con las representaciones,
símbolos o ritos creados por los humanos. Tampoco hemos de identificarlo con nuestros
sentimientos y experiencias. Dios no es la paz o el gozo que experimentamos en nuestro
interior. Dios «siempre es mayor», está más allá. Siempre caminamos «a
tientas» hacia él, iluminados por la Palabra y siguiendo a Jesucristo, «camino
que lleva al Padre» (cfr. Jn 14, 6). No hemos de caer en la trampa de
«fabricarnos» un Dios a nuestro gusto y para uso particular.
· Dios no se deja manejar
51 A Dios se le busca con humildad, sabiendo que en la oración
es él quien tiene la iniciativa del encuentro. Iniciativa que exige renunciar a toda
actitud en que los importantes seamos nosotros, nuestros deseos y necesidades. Dios no se
deja poseer ni manejar a nuestro antojo. Es una equivocación alimentar la «fantasía»
de un Dios que está ahí, siempre a mano, como un «seguro» fácil que protege de la
dureza y contingencias de la vida. No es así. Un Dios evidente y obvio, confundido con
nuestros propios sentimientos y sometido a nuestras necesidades es una ilusión. La
actitud del verdadero orante es otra: «Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu
rostro» (Sal 27 [26], 8-9). «Mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed
de Dios, del Dios vivo» (Sal 42 [41], 2-3).
· ¿Hacia dónde nos conduce la
oración?
52 Desde una perspectiva psicológica, la oración puede parecer
un acto arriesgado: ¿qué hace una persona hablando a alguien a quien no se ve y que no
sabemos si oye y, ni siquiera, si existe?, ¿qué es lo que diferencia esa oración, de la
fantasía del que delira? Lo decisivo es averiguar hacia dónde conduce la experiencia de
la oración. Quien alimenta su propia fantasía, vive al margen de la realidad, no se
enfrenta a ella; se crea su propia realidad porque la otra no le gusta. La oración
verdadera, por el contrario, lleva a afrontar la dureza de la vida y, lo que es más
importante, a empeñarse en su transformación. Rezar al Dios del Evangelio conduce a
vivir evangélicamente incluso asumiendo la cruz.
Esta oración no tiene por qué temer vivenciar a Dios simbólicamente
como padre o madre. No tiene por qué quedar despojada de sentimientos y afectos para ser
«psicoanalíticamente válida». Porque ama, el orante ensalza a Dios; porque recibe,
canta su agradecimiento; porque sufre, grita su queja; porque peca, implora perdón;
porque quiere creer, busca su rostro.
Encontrarse con Dios mismo
53 No hemos de olvidar que orar es decir
«sí» a Dios. No es fácil. La dificultad para decir este «sí» a Dios no se disimula
ni diluye tras expresiones de confianza. Este asentimiento a Dios exige, antes que nada,
encontrarse en la oración con el mismo Dios, el Dios vivo.
· En la presencia de Dios
54 Toda oración verdadera comienza con un «héme aquí,
Señor». Los maestros de la vida espiritual lo llamaban «ponerse en presencia de
Dios». Se trata de «cambiar de nivel», dejar el mundo de la utilidad y de los
intereses para abrirse a la presencia de ese Misterio que llamamos Dios. Son muchas las
actitudes que pueden obstaculizarnos el encuentro, pero ninguna tanto como la actitud
posesiva y el permanecer centrados en nosotros mismos. Cuando la persona es el centro de
su relación con Dios, todo lo reduce y degrada a objeto, todo lo subordina a su provecho
inmediato. ¿Cómo encontrarse con Dios desde esta actitud? Para entrar en relación con
él, la persona tiene que adoptar una postura de disponibilidad y desprendimiento. Con
frecuencia, la oración está tan llena de nuestras peticiones, necesidades e intereses
que no permitimos entrar a Dios en nuestra existencia. Sólo escuchamos nuestras palabras
y nuestro ruido; no escuchamos la voz callada de Dios. Orar exige descentrarnos y abrirnos
a su amor.
· Con nuestra verdad
55 La oración exige limpieza de corazón, sinceridad y
transparencia. Ninguna relación verdadera puede establecerse entre un yo falso y Dios.
Mucho menos, si también nuestra imagen de Dios es falsa. Para adentrarse en la oración
es necesario quitarnos las máscaras. ¿Cómo vamos a ir disfrazados al encuentro con
Dios? Ante él no necesitamos ocultar nuestras heridas o nuestro desorden. Tampoco tenemos
por qué disculparnos de nuestros pecados ni justificar nuestra mediocridad. «El sabe
de qué estamos hechos, se acuerda de que somos barro» (Sal 103 [102], 14).
Desde esa verdad nos abrimos a él: «Señor, tú me sondeas y me conoces» (Sal
139 [138], 1).
· Buscar a Dios
56 Esta sinceridad exige buscar a Dios más allá de métodos,
libros, oraciones y fórmulas. Exige, además, buscar a Dios antes que buscar nuestra paz
y consuelo. No buscar cosas, sino buscarle a él. Es también esa sinceridad la que nos
puede conducir a decir interiormente un «sí» a Dios. Un «sí» pequeño, humilde, tal
vez minúsculo, que aparentemente no cambia todavía en nada nuestra vida, pero que nos
adentra por el camino de la docilidad a Dios: «Indícame el camino que he de seguir,
pues levanto mi alma hacia ti» (Sal 143 [142], 8).
Orar en tiempos de increencia
57 Hay que hacer oración. No sólo hablar
de oración. Hay que hacer oración con convicción y deseos renovados de buscar a Dios en
estos tiempos en que su presencia parece ocultarse más que nunca. Es precisamente en la
oración donde puede crecer y reafirmarse nuestra fe tratando con Dios de nuestros miedos,
dudas e inseguridades.
· Cuando Dios se oculta
58 El clima de secularización e indiferencia parece eclipsar
hoy la presencia de Dios. El creyente siente hoy el desafío inquietante e interpelador:
«¿Dónde está tu Dios?» (Sal 42 [41], 4). La falta de eco social de lo
religioso parece debilitar la firmeza de la fe en el interior de las conciencias. El clima
social de increencia afecta o condiciona con frecuencia la forma de creer de no pocos,
erosionando la seguridad de su adhesión o haciendo vacilar su aprecio de la presencia de
Dios en sus vidas.
¿Cómo orar cuando todo parece imponer un «denso silencio de Dios»?
Este silencio puede ser escuchado como una invitación a buscarlo con más deseo y verdad.
«¿Adónde te escondiste?» es el grito del creyente. Es el momento de revisar
imágenes falsas de Dios, purificando nuestra pretensión de entenderlo, explicarlo y
dominarlo. Es la hora de perseverar en la oración sufriendo su ausencia, echando en falta
su presencia viva, despertando la fe desnuda: «¡Qué bien sé yo la fonte que mana y
corre, aunque es de noche!» (san Juan de la Cruz).
· Una oración para nuestros tiempos
59 La ausencia social de Dios puede hacer florecer en nosotros
una oración más probada. Hoy resulta más difícil rezar con palabras superficiales o
repitiendo fórmulas de manera mecánica. Difícilmente puede ser entendida la oración
sólo como una obligación. Es más fácil que se disipen gustos engañosos y falsas
autocomplacencias de quien rezaba pensando «yo no soy como los demás». Es la hora de
aprender a orar desde la espera, la paciencia y el deseo de Dios. El desposeimiento de
nosotros mismos y el desprendimiento de falsas seguridades puede abrir un espacio nuevo
para la visita de la salvación de Dios.
· En comunión fraterna con los no
creyentes
60 La oración del cristiano no puede desentenderse de nadie.
Tampoco de quienes, víctimas de la indiferencia generalizada, no aciertan a creer. Es
Dios mismo quien le impide mirar como desde fuera y a distancia a sus hermanos
incrédulos. Por otra parte, no es posible trazar fronteras claras entre creyentes y no
creyentes. En todo creyente hay un no creyente, y viceversa. Nadie posee a Dios con
seguridad; ante él, nadie se ha de colocar por encima de nadie. Santa Teresa de Lisieux
es un ejemplo vivo de esta comunión fraterna con los incrédulos. Cuando en su «noche
oscura», su fe queda reducida a un humilde «quiero creer», Teresa comprende a
los que no aciertan a creer, los considera y llama con toda naturalidad «hermanos»,
se dirige a Dios «en plural», le reza en su nombre y pide por ellos con estas palabras:
«Tu hija, Señor, ha comprendido tu divina luz y te pide perdón para sus hermanos...
¿No podrá también decir en nombre de ellos, en nombre de sus hermanos: Ten piedad de
nosotros, Señor, porque somos pecadores...?» Desde su propia prueba de fe, Teresa se
siente hermana de los increyentes. Hace causa común con ellos. Su oración es compasión,
cercanía e intercesión por ellos.
Orar desde la experiencia moderna
61 La vida moderna parece imponer unas
condiciones poco favorables para la oración. Sin embargo, Dios está también hoy entre
nosotros. Hoy, como siempre, es posible encontrarnos con él. Nos hacemos dos preguntas:
¿Cómo alabar a Dios en un mundo donde la ciencia y la técnica parecen borrar sus
huellas? ¿Cómo orar desde la vida agitada y dispersa de la sociedad actual que parece
impedir el silencio necesario para escuchar el rumor de la trascendencia?
· Orar en el mundo moderno
62 El cosmos, obra del Creador, siempre ha sido para el creyente
signo, rumor y reflejo de la presencia de Dios. Una invitación a la alabanza:
«Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!» (Sal
8, 2). Por eso, san Buenaventura invitaba así al creyente: «Aplica tu corazón para
en todas las cosas ver, oír, alabar, amar y reverenciar, ensalzar y honrar a tu Dios.»
La ciencia y la técnica modernas han modificado nuestra relación con
la naturaleza, pero no tienen por qué impedir la alabanza al Creador, sino más bien
ahondarla y enriquecerla. De hecho, la ciencia ha ensanchado nuestra percepción de la
naturaleza en dirección de lo inmensamente grande y de lo inmensamente pequeño, más
allá de lo que podemos observar inmediatamente con nuestros sentidos. Hoy se nos ofrece
de manera más admirable aún el orden y la armonía misteriosa del Universo. La técnica,
por su parte, está prolongando de modo prodigioso las capacidades del ser humano, creado
a imagen de Dios. A medida que conocemos mejor los secretos del mundo y somos más capaces
de utilizar sus posibilidades, tendríamos que ser más religiosos, admirar más la
sabiduría y la bondad de Dios, y sentir más gratitud por la confianza y generosidad que
ha tenido con nosotros.
La alabanza a Dios exige, sin embargo, un aprendizaje. Es necesario
abrirse a la realidad superando el espíritu de observación puramente instrumental y
científica para escuchar los mensajes más hondos que emite la naturaleza. Hemos de
limpiar la mirada para ver más allá del dato y de lo útil. Abrir nuestros ojos para
captar de nuevo la tierra como un don que hemos de acoger con agradecimiento y compartir
de manera justa: «Suyo es el mar, porque él lo hizo; la tierra firme que modelaron
sus manos» (Sal 95 [94], 5); nadie ha de acapararlos egoístamente. También
el creyente de hoy puede cantar en su corazón: «Aclame al Señor la tierra entera»
(Sal 98 [97], 4). «Todo ser que alienta, alabe al Señor» (Sal 150,
6).
· Orar desde la ciudad moderna
63 El ruido, la presión de los medios de comunicación, la
movilidad, la forma competitiva de vivir, la publicidad, la invasión del hogar, las
prisas y tensiones hacen casi imposible el sosiego que parece indispensable para rezar. No
es extraño que más de uno huya de la ciudad buscando un «lugar retirado para orar»
(cfr. Mc 1, 35). Pero la solución no puede estar sólo en esas salidas
periódicas. Dios está donde están los hombres; está en medio de la ciudad. Además,
hemos de «orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18, 1).
La vida moderna refleja la grandeza y la mediocridad del hombre de hoy,
sus deseos de libertad y su pecado. En ese combate entre el pecado y la gracia es posible
descubrir destellos de la presencia de Dios atrayendo a hombres y mujeres hacia la bondad,
la justicia y la fraternidad. Ahí están también los pobres, los excluidos, los
desvalidos, los ancianos, las personas solas, los jóvenes desorientados, con su dolor, su
tragedia o su desesperación. Son una invitación a descubrir en ellos el rostro de
Cristo.
Orar en la ciudad requiere asegurar y cuidar unas condiciones.
Hablaremos de ello más tarde. Ahora queremos recordar que esta vida moderna puede y debe
alimentar nuestra oración. Oración de súplica e intercesión por quienes sufren, aunque
sean gentes desconocidas que cruzamos en nuestro camino. Oración de alabanza y acción de
gracias por todo cuanto significa dignificación de la vida y servicio a los más
necesitados. Oración de petición de perdón. Oración que conduce al compromiso concreto
por una vida más justa y humana para todos.
Orar en un mundo injusto
64 Los admirables logros de la humanidad
quedan hoy en buena parte empañados por la presencia de graves injusticias. Mientras unos
viven en el bienestar y hasta en el derroche, otros sufren pobreza, miseria y hambre.
¿Cómo elevar nuestro corazón hacia Dios desde este mundo injusto?
· Orar por y con los pobres
65 No podemos orar al Padre volviendo las espaldas a los que
sufren. Hemos de aprender a orar no sólo por los pobres y desgraciados, sino
también a orar con ellos. La oración ha de ayudarnos a combatir nuestra tendencia
a huir, casi como por instinto, de la compañía de los que sufren. Nos ha de despertar de
la apatía e indiferencia ante el dolor ajeno. Nos ha de acercar a ellos. Es necesario que
nos preguntemos si nuestras oraciones personales y comunitarias son encuentro con el
«Padre de los pobres» o palabras con las que tratamos de escapar del riesgo de
nuestras responsabilidades. El Dios a quien oramos «no olvida jamás al pobre» (Sal
9, 19).
· Oración iluminada por la justicia
66 Nunca insistiremos demasiado en la advertencia de san Juan:
«Si decimos que amamos a Dios a quien no vemos y no amamos a los hermanos que tenemos a
nuestro lado, somos mentirosos» (cfr. 1 Jn 3, 11-18; 4, 11-21). La oración
nos ha de ayudar a descubrir nuestro pecado y complicidad. Ha de fortalecer nuestra
resistencia a colaborar con la injusticia. Más aún. Nos ha de sensibilizar y comprometer
a dar pasos, por pequeños que sean, para hacer un mundo más justo. Aunque no siempre sea
la experiencia más gratificante, la lucha por la justicia en sus diferentes formas puede
ser hoy el gesto más necesario de amor al ser humano. Desde esa acción puede nuestra
oración quedar iluminada de manera nueva. Esa es la promesa de Isaías: si sabes dejar
libres a los oprimidos, romper cadenas injustas, hospedar a los pobres sin techo, vestir
al desnudo... «entonces clamarás al Señor, y él te responderá; pedirás auxilio, y
te dirá: Aquí estoy» (Is 58, 9).
Orar en una sociedad necesitada de reconciliación
67 Nuestra sociedad vive hoy de manera
más imperiosa la necesidad de promover un proceso de reconciliación, dejando atrás una
etapa dominada por la violencia y los enfrentamientos. ¿Qué significa en estos momentos
orar por la paz?
La oración no debe ser nunca un ejercicio religioso para quienes no
saben o no se atreven a hacer nada más eficaz por la pacificación. Menos aún, un
tranquilizante que nos alivie de nuestra pasividad o inhibición. No rezamos a Dios para
que nos resuelva los conflictos que nosotros hemos generado. Al contrario, oramos para
escuchar los deseos de paz que él abriga para nosotros, con el fin de descubrir mejor
nuestras resistencias y obstáculos.
Si la oración es encuentro verdadero con Dios, no lleva a la
pasividad, sino que urge a buscar la paz y a trabajar incansablemente por ella. Esa
construcción de la paz comienza en el corazón de cada uno. Porque en el corazón se
genera la violencia y de él brotan el resentimiento, la agresividad, el fanatismo o la
intolerancia. La oración purifica nuestra actitud interior y nos dispone para la
reconciliación. Nos hace más sensibles a cualquier injusticia. Más cercanos al
sufrimiento de las víctimas. Más libres para defender la verdad. Más capaces para el
perdón.
IV.- RECUPERAR LA ORACION
68 Hay quienes llevan mucho tiempo sin
relacionarse con Dios. No saben cómo hacerlo. Han olvidado casi por completo las
oraciones que aprendieron de niños y tampoco aciertan a dirigirse a Dios de forma
espontánea. Sin embargo, han sentido tal vez en más de una ocasión deseos de gritarle a
Dios su pena y sus miedos, o de expresarle su alegría y agradecimiento. ¿Qué puede
hacer uno cuando lleva muchos años sin rezar y desea volver a encontrarse con Dios?
Despertar el deseo de
Dios
69 Hay quienes no sienten necesidad alguna
de Dios. Se bastan a sí mismos. No necesitan ninguna otra luz o esperanza. Desde esta
actitud no es posible caminar al encuentro con Dios. Para recuperar la oración, lo
primero es despertar el deseo de Dios.
· Escuchar el deseo
70 «Mi alma te busca a ti, Dios mío;
tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 42 [41], 2-3). El primer paso hacia la
oración es el deseo de Dios. Un deseo a veces confuso, oculto tal vez tras otro tipo de
experiencias: vacío interior, existencia superficial, inutilidad de una vida agitada. Un
deseo débil quizá o poderoso. Poco importa. Ese deseo es ya una oración en germen. Si
se despierta, la persona está ya orando. Mejor dicho, está orando en ella el Espíritu.
Orar no es más que prestar atención a ese «gemido del Espíritu»
que habita en nosotros. No apagarlo, sino acogerlo. Algunos días, parecerá que el deseo
está muerto para siempre. Otros, parecerá brotar de nuevo. Es importante acoger esa
llamada: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la
puerta, entraré en su casa» (Ap 3, 20). Abrir la puerta significa no caminar
solo por la vida, sino dejarse acompañar por esa presencia misteriosa; no encerrarse en
la propia autosuficiencia, sino abrirse confiadamente a Dios.
· La importancia del corazón
71 Siempre se ha considerado el «corazón», en su
sentido bíblico, como el lugar de la oración. El corazón es lo más íntimo de la
persona, la raíz de nuestro ser, la sede de la libertad. No se ora con la inteligencia ni
con la memoria o la sensibilidad. La persona ora a Dios con el corazón, y Dios «le
habla al corazón» (Os 2, 16). Para orar es necesario despertar el corazón,
si es que está dormido, porque vivimos en la periferia de nuestro ser, movidos sólo por
lo exterior u ocupados siempre por actividades, razonamientos e impresiones superficiales.
Estas han de ser nuestras primeras palabras a Dios: «Oh Dios, crea en mí un corazón
puro» (Sal 51 [50], 12). «Te busco de todo corazón» (Sal 119
{118], 10).
Reconocer la presencia de Dios
72 Para recuperar la oración no se
necesita hablar mucho a Dios. Bastan unas pocas palabras repetidas una y otra vez,
despacio y con fe. Lo importante y decisivo es escuchar y reconocer su presencia
inconfundible.
· Reconocer la presencia
73 Para abrirse a Dios en la oración es necesario reconocer su
presencia. Una presencia que reclama nuestra libertad, despierta en nosotros la confianza
y nos invita a la adhesión. Lo importante no es el razonamiento o la explicación, sino
el reconocimiento y la acogida. Aceptar a Dios como raíz y sentido de nuestra existencia.
Cuando la persona ha vivido mucho tiempo alejada de Dios y su presencia
parece haberse apagado para siempre, la visita de Dios puede producirse de forma muy tenue
y débil, pero muy real. Incluso cuando la palabra «Dios» ya no dice apenas nada a la
persona porque se ha hecho irreconocible o poco significativa, Dios puede hacerse presente
en el corazón humano. Echar de menos un sentido último, preguntarse por el misterio de
la existencia, anhelar vida eterna, son formas germinales de oración que pueden
desembocar en esa conocida invocación de Carlos de Foucauld: «Si existes, haz que yo
te conozca.»
· Acoger a Dios
74 La presencia de Dios no es una más entre otras. Su llamada
no puede ser captada como una más. Exige escuchar a Alguien que viene de más allá que
nosotros mismos, que supera nuestros deseos, que desborda nuestros planteamientos. Podemos
acogerlo o rechazarlo. Dejarlo resbalar una vez más o abrirnos a él.
Acoger a Dios nos lleva inevitablemente a descubrirnos a nosotros
mismos con nuestra grandeza y nuestra pequeñez, con nuestro anhelo de infinito y nuestra
miseria. Nos lleva también a descubrir nuestra propia interioridad, al comienzo con
temor, luego con una confianza grande en quien nos ama sin fin. La acogida se concreta en
retirar obstáculos, resistencias y miedos: «Tú no abandonas a los que te buscan»
(Sal 9, 11).
Algunas disposiciones
75 De muchas maneras venimos subrayando la
necesidad de pasar del alejamiento de Dios al encuentro con él, de la autosuficiencia a
la adhesión sincera. Junto a estas actitudes de fondo, se requieren además algunas
disposiciones para reavivar la oración.
· De la dispersión al recogimiento
76 Todo aquel que quiera orar ha de recogerse. Sólo la
atención interior hace posible el encuentro con Dios. Ni siquiera Dios puede comunicarse
con un hombre interiormente distraído. Las cosas tiran de nosotros y las actividades
reclaman sin cesar nuestra atención. Atraídos por mil impresiones y dispersos por tanto
hacer, podemos terminar viviendo separados de nuestro «centro», sin capacidad de dejar a
Dios hacerse presente a nosotros. Sin embargo, nada de todo eso responde plenamente a
nuestras aspiraciones ni acalla nuestras preguntas últimas. Nada enciende en nosotros una
esperanza definitiva. La oración nos puede ir descubriendo aquello que sentía san
Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón no hallará sosiego hasta
que descanse en ti.»
· De la superficialidad a la autenticidad
77 Pocas veces dice la persona «yo» tan de verdad como cuando
habla con Dios. La oración exige presentarme ante Dios tal como soy en realidad. Por eso,
es necesario dejar a un lado el «personaje» que trato de ser ante los demás. Liberarme
de la superficialidad en la que me he instalado. Ahondar en mi propia verdad. Buscar lo
esencial. Así ora el que busca a Dios: «Envía tu luz y tu verdad; que ellas me
guíen» (Sal 43 [42], 3).
· De la evasión a la disponibilidad
78 Desde todas las situaciones y en cualquier momento es posible orar. Pero
nuestras mejores intenciones se vienen abajo cuando nuestra vida está totalmente
desorganizada o es poco auténtica. Hay una manera de vivir en la que Dios no puede entrar
por ningún resquicio; faltan momentos de sosiego para pararse ante Dios. Otras veces, la
vida está inerte y como vacía. Falta el contacto con las personas, interés por lo que
sucede en la vida, solicitud por los demás. Tampoco ahí puede nacer y, sobre todo,
crecer una auténtica oración.
El acto de dirigirse a Dios
79 Si no empezara alguna vez a balbucear
algunas palabras, el niño no llegaría a hablar. Así sucede también en la oración. A
rezar se aprende rezando. Un día hay que comenzar a hablar con Dios. Hay que ponerse a
orar.
· La invocación dirigida a Dios
80 El deseo de orar sólo se hace realidad cuando la persona
reserva unos minutos para recogerse ante Dios e invocarlo desde el fondo del corazón, a
solas, en la intimidad de la propia conciencia. Es ahí donde se abre al misterio de Dios.
Esa invocación humilde y sincera, en medio de la inexperiencia, es el mejor camino para
hacerse sensible a él.
No se trata sólo de reconocer una presencia, sino de dirigirse a Dios
personalmente. Dios ya no es aquel de quien se habla en tercera persona, sino un
«Tú» a quien invoco confiado: «A ti, Señor, levanto mi alma, Dios mío, en ti
confío» (Sal 25 [24], 1-2). Al principio, es posible sentirse incómodo y
extraño. La persona había perdido la costumbre de dirigirse a Dios directamente y ahora
no acierta a hablar con él. Es el momento de actuar con la sencillez y la confianza del
niño. Siempre se cumplen, de alguna manera, las palabras de Jesús: «Todo el que pide
recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren» (Mt 7, 8).
· Primeros pasos
81 Cada uno ha de seguir su propio camino. A alguno le puede
ayudar recitar una oración conocida y amada, como el «Padre nuestro» o el «Ave,
María», deteniéndose en cada expresión. Hay que ir muy despacio, sin prisas. Sólo
así se descubre su sentido y se comienza a saborear la oración. Esto es lo que nutre
interiormente. Otro puede acudir a los salmos para rezarlos lentamente, deteniéndose en
las frases que encuentran más eco en su corazón. Pronto descubrirá que reflejan sus
propios sentimientos, miedos, anhelos y búsqueda de Dios.
Habrá quien se dirija a Dios con expresiones tomadas de los
evangelios: «Creo, Señor. Ayuda a mi poca fe» (Mc 9, 24). «Señor,
tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero» (Jn 21, 17). «Señor, si
quieres, puedes limpiarme» (Mt 8, 2). «Dios mío, ten compasión de mí,
que soy pecador» (Lc 18, 13). Pronto empezará la persona a hablar a Dios con
expresiones propias: «Dios mío, te necesito». «Te doy gracias porque me amas». «Tu
fuerza me sostendrá siempre». «Enséñame a vivir». Es conveniente repetir las mismas
palabras. Así oraba Jesús y así oran sus discípulos, tanto el principiante como el
experimentado.
Orar desde la oscuridad
82 Dios sigue siendo siempre misterio que
nos desborda. La presencia de Alguien que, de alguna manera, sigue ausente. Por eso,
aprender a rezar es aprender a vivir ante el Misterio que nos trasciende.
· El momento de la duda
83 La verdadera oración introduce siempre algo «nuevo» en la
existencia. La vida adquiere una orientación nueva. Todo puede ser dirigido hacia un
sentido último. El orante no se siente solo. Una luz nueva le permite descubrir lo
esencial, lo que da a la vida su dignidad. Por decirlo en una palabra, el mundo de la fe
se hace más vivo y real.
Pero, puede llegar también la duda y la inseguridad: ¿no será todo
una ilusión?, ¿no será un hablar en el vacío? Muchos han vivido esta experiencia de la
duda y la oscuridad. Jeremías, el profeta que en algún momento expresaba así su
confianza total en Dios: «¡Bendito quien confía en el Señor y busca en él su
apoyo! Será como un árbol plantado junto al agua, arraigado junto a la corriente; cuando
llegue el calor no temerá» (Jr 17, 7-8), en otro momento grita así a Dios:
«¡Ay!, ¿serás tú para mí un espejismo, aguas no verdaderas?» (Jr 15,
18).
· Gritar desde la oscuridad
84 ¿Se puede seguir orando a Dios cuando uno no se siente seguro de nada, ni
siquiera de si cree o no en él? Se puede. Más aún, esa oración en medio de la
oscuridad y las dudas es probablemente uno de los mejores caminos para crecer en la
verdadera fe. No hemos de olvidar que la fe no está en nuestras seguridades ni en
nuestras dudas. Está más allá, en el fondo del corazón humano que nadie conoce, si no
es Dios. Lo importante es seguir anhelando su presencia. Como decía santa Teresa de
Lisieux: «Seguir allí, a pesar de todo, mirando fijamente a la luz invisible que se
oculta a la fe». A Dios se le puede decir todo sin excluir nada. Podemos expresarle
nuestras dudas y protesta, nuestro dolor y desesperación, con tal de que sigamos
dirigiéndonos a él. Podemos gritarle: «Soy tuyo, sálvame» (Sal 119
[118], 94), sin saber siquiera exactamente qué es lo que queremos decir.
V.- REAVIVAR LA ORACION
85 Hay personas que no han abandonado la
oración. Siguen rezando las oraciones que aprendieron de niños. El «Padre nuestro»
está con frecuencia en sus labios. Rezan a la Virgen, incluso se encomiendan a algún
santo. Rezan en horas de apuro y dificultad. También en momentos de alegría y fiesta. Su
oración es a veces viva y sentida. Otras, rutinaria y mecánica. ¿Cómo reavivar esta
oración?
Un hecho frecuente
86 Antes que nada, hemos de tomar
conciencia de una situación bastante generalizada de la que hemos de salir reaccionando
con fe y generosidad.
· La situación de no pocos
87 Una vida cristiana vivida fielmente y de manera responsable
aviva y alimenta la oración. Pero cuando la oración no acaba de ganar nuestra vida ni
logra sacarla de la mediocridad, es fácil rebajar las exigencias de la fe y convertir la
oración en práctica mecánica y rutinaria. Es lo que nos sucede con frecuencia: seguimos
rezando, pero nuestra oración sigue un camino paralelo a la vida. Y nuestra vida, por su
parte, discurre sin escuchar nunca de verdad las llamadas de Dios.
· Una decisión necesaria
88 No hemos de engañarnos. Esa oración no es «el trato con
Dios» del que habla santa Teresa de Avila; esa vida no es seguimiento gozoso de
Cristo. Hemos de tomar una decisión. El camino acertado no es recortar la oración,
reducirla aún más e incluso eliminarla. Según santa Teresa, sería «el más
terrible engaño», pues «dejar la oración es perder el camino». Lo que
puede transformar nuestra vida es reavivar nuestra oración, aprender a rezar bien incluso
desde nuestras incoherencias, confiando en la misericordia de Dios y en la acción de su
Espíritu.
La oración, experiencia de amistad
89 Por mucho que
multipliquemos oraciones y rezos, nuestra oración permanece bloqueada si no es expresión
y fuente de una amistad con Dios. Orar, en definitiva, es amar a Dios y sabernos amados
por él.
· Trato de amistad
90 La oración es trato de amistad con Dios. Así la llama santa
Teresa, pues orar no es otra cosa sino «tratar de amistad, estando muchas veces
tratando a solas con quien sabemos nos ama». Conocer y amar cada vez más a Dios
revelado en Cristo, y acoger cada vez con más fe y fidelidad ese amor. En la oración la
primacía absoluta la tiene el amor. «No está la cosa en pensar mucho, sino en amar
mucho». Recordar el amor de Dios, disfrutarlo y agradecerlo. Vivir de ese amor y
responder a sus exigencias. Carlos de Foucauld lo dice de forma breve y precisa: «Orar
es pensar en Dios amándolo.»
· Aprendizaje de la amistad con Dios
91 Esta oración no es algo complicado. No se trata de hacer
arduos ejercicios mentales. Sólo dejarse amar. Según santa Teresa, está al alcance de
todos. «No todos son hábiles para pensar, todos lo son para amar.» Esta oración
se hace con el corazón. Las palabras sólo sirven de soporte para «estar» amando
a Dios. Lo importante es aprender a «mirar» a Dios con amor y sabernos
«mirados» por él con amor. Rezar cualquier oración o rezo sintiéndonos bajo esa
mirada de Dios. No una mirada inquisitoria, sino de Padre; mirada que crea confianza y
amor: «Eres de gran precio a mis ojos, eres valioso y yo te amo» (Is 43,
4). Entonces cualquier oración, aunque no estemos pensando exactamente lo que decimos, es
«estar» con Dios. Un «estar» que une, crea comunión, vivifica y hace
crecer la fe. No pensemos en experiencias sublimes. Santa Teresa nos advierte con todo
realismo que a veces sólo se trata de «querer estar en tan buena compañía».
La oración vocal
92 La oración de la mayoría de las
personas es la que llamamos «oración vocal». Una oración hecha con los labios,
repitiendo fórmulas casi siempre antiguas y venerables. Una oración que, recitada a
veces de forma distraída y aprisa, es, sin embargo, la oración más frecuente y
habitual. ¿Cómo rezar estas oraciones?
· Importancia de la oración vocal
93 Se piensa a veces que esta forma de rezar es
la oración de los que no son capaces de una oración más elevada. La oración de la
gente a la que falta preparación o conocimientos más profundos. Es un error pensar así.
La oración vocal no excluye la atención de la mente y el afecto. Al contrario, santa
Teresa dice que esta oración requiere «advertencia», darnos cuenta de lo que
estamos diciendo, y exige, sobre todo, esa actitud básica de amor a Dios. Por otra parte,
es impensable una oración puramente mental o callada, sin que se encarne alguna vez en
palabras. Lo que hay en nuestro corazón termina resonando en nuestros labios. Y son
precisamente las palabras dichas, susurradas, gritadas o cantadas con la voz y la
tonalidad de cada uno, las que nos permiten comunicarnos con Dios de verdad, en cuerpo y
alma.
· Reavivar nuestros rezos
94 Todos utilizamos fórmulas heredadas de generaciones
anteriores para dirigirnos a Dios. Repetimos los salmos y las plegarias que rezaron
creyentes de otros tiempos. Repetimos, sobre todo, el «Padre nuestro», la
oración que nos enseñó Jesús. Es bueno ayudarnos con esas palabras para dirigirnos a
Dios. Pero no hemos de olvidar que la oración es algo personal. Ningún otro puede orar
en mi nombre. Esas palabras las he de hacer mías si quiero elevar mi corazón a Dios.
Detrás de esas fórmulas he de estar yo, con mi súplica o mi alabanza, mi agradecimiento
o mi queja.
La mejor manera de «hacer mías» esas oraciones es detenerme alguna
vez a recitarlas lentamente, frase a frase, tomando conciencia de lo que digo y saboreando
su contenido. No se trata de multiplicar «padrenuestros» y «avemarías» de cualquier
manera, sino de comunicarnos con Dios. En otra Carta os explicábamos la oración del
«Padre nuestro» que Jesús nos dejó a sus discípulos para recitarla cada día. Es,
sobre todo, esa oración la que hemos de hacer propia. Primero, esos tres grandes deseos
de todo discípulo de Jesús: ¡Que «sea santificado tu Nombre», no el mío!
¡Que «venga tu Reino», no el nuestro! ¡Que «se haga tu voluntad», no
la mía! Y luego, las cuatro grandes peticiones del cristiano: «Danos nuestro pan de
cada día», a todos. «Perdónanos nuestras deudas», y ayúdanos a perdonar.
«No nos dejes caer en la tentación». «Líbranos del mal», de todo mal.
Quien desee ahondar más en el contenido de esta oración esencial para el cristiano,
encontrará un rico comentario en el Catecismo de la Iglesia Católica.
· El signo de la cruz
95. Desde niños hemos aprendido a trazar sobre nosotros el
signo de la cruz. Esa cruz nos recuerda a un Dios cercano, entregado por nosotros. Nos
infunde esperanza, nos enseña el camino, nos asegura la victoria final en Cristo
resucitado. Pero ese gesto tiene un significado más hondo. Al hacer la cruz desde la
frente hasta el pecho y desde el hombro izquierdo hasta el derecho, consagramos nuestra
frente, boca y pecho, expresando así el deseo de acoger el misterio de Dios Trinidad en
nosotros, de manera que los pensamientos de nuestra mente, las palabras que pronuncie
nuestra boca y los sentimientos y deseos que nazcan de nuestro pecho sean los de un
creyente que vive desde la confianza total en el Padre, siguiendo fielmente al Hijo
encarnado en Jesús, y dejándose inspirar por la acción del Espíritu.
Orar desde la vida
96. Todo lo que es parte de nuestra vida
puede ser ocasión de oración. Una alegría o una preocupación, un momento feliz o una
desgracia, un éxito o un temor. A Dios nos dirigimos desde lo que estamos viviendo en ese
momento. Y es eso precisamente lo que mejor reaviva nuestra oración vocal.
· La oración, reflejo de la vida
97 Orar desde la vida significa hacer de nuestro vivir
diario «materia» de oración. Quien reza de manera abstracta o ajena a su vida corre el
riesgo de caer en una oración mecánica o rutinaria. Quien, por el contrario, está
atento a lo que vive va transformando permanentemente su oración. Todo hombre o mujer ha
de orar desde su vida, tal vez llena de preocupaciones, tareas, prisas, cansancios y
problemas. No es necesario esperar a que pasen esas dificultades para encontrar un momento
más propicio para ponerse en presencia de Dios. La oración que no refleja nuestra vida
real es una «oración muerta».
· Desde las diversas situaciones
98 Hay una oración para cada etapa de la vida: para la
infancia, para el despertar de la juventud, para la plenitud de la madurez o para el
declinar del anciano. Y hay una oración para cada situación y momento. Si nuestra
oración se vuelve a veces insustancial y anodina es porque pretendemos rezar siempre de
la misma forma aunque nuestra vida vaya pasando por situaciones diferentes. Si prestamos
atención a la presencia de Dios en nosotros, pronto captaremos que tiene un carácter
peculiar en cada situación: en la nostalgia o la depresión, en la alegría y la paz, en
el miedo y la preocupación. No se reza de la misma manera con el corazón triste o con el
ánimo sereno, cuando pesa la vida o cuando uno se siente bien, cuando se pide perdón o
se implora una gracia. La persona aprende a orar cuando acierta a expresar a Dios su
estado de ánimo y comparte con él su vida, incluso si todo va mal. Así lo hacía Job:
«Estoy hastiado de la vida: me voy a entregar a las quejas, desahogando la amargura de mi
alma. Pediré a Dios: no me condenes, hazme saber qué tienes contra mí» (Jb
10, 1-2).
Este rezar a Dios desde nuestro propio estado de ánimo no es aislarse
de los demás, pues en nuestro corazón es donde han de resonar las alegrías y
sufrimientos de nuestros hermanos.
Lectura del Evangelio
99 Bastantes cristianos tienen en su casa
la Biblia, pero no son muchos los que la abren y leen con cierta frecuencia. Les falta
costumbre y preparación. Sin embargo, no hay mejor método para escuchar a Dios y dejarse
trabajar por el Espíritu de Cristo que leer la Biblia y, sobre todo, los evangelios.
¿Qué puede hacer un creyente sin preparación, que desea escuchar a Dios a través de la
Biblia?
· Orientaciones prácticas
100 Lo primero es detenerse y hacer un poco de silencio antes de
abrir el libro. Nos distanciamos de otras voces, impresiones y mensajes, y tomamos
conciencia de lo que vamos a hacer: «No voy a leer un libro cualquiera. Voy a escuchar a
Dios, voy a acoger el mensaje de Cristo.»
Luego se escoge un trozo (conviene empezar por los evangelios) y se lee
muy despacio, mucho más que lo habitual. Ya esto nos ayudará a ir captando mejor lo que
dice el texto. Las notas e indicaciones de la Biblia nos pueden aclarar el sentido de
algunas expresiones. Las frases oscuras o difíciles de interpretar podemos pasarlas por
alto para detenernos sólo en aquello que nos resulta claro. Lo importante no es
entenderlo todo, sino escuchar a Dios. Puede ser un método práctico leer durante la
semana el trozo del Evangelio que se proclamará en la Eucaristía del domingo siguiente.
· Escuchar la Palabra de Dios
101 Leído el pequeño trozo por entero (una parábola, una
episodio, unas palabras de Jesús), volvemos a leerlo despacio. Pero ahora sólo con un
objetivo: escuchar qué me dice a mí Dios. Para ello, nos podemos hacer tres tipos de
preguntas: «Señor, ¿qué me quieres enseñar a través de este texto?, ¿qué verdades
me quieres recordar?, ¿qué aspectos de la vida me iluminas?» Podemos también decir:
«Señor, ¿a qué me llamas?, ¿a qué me quieres invitar con este mensaje?, ¿en qué ha
de cambiar mi vida?» Por último, podemos decir: «Señor, ¿qué confianza quieres
despertar en mi corazón?, ¿qué esperanza quieres despertar en mí con tu Palabra?» La
vida de quien lee así el Evangelio, poco a poco se transforma.
Oración sobre la vida
102 El examen de conciencia está hoy
bastante desacreditado. Tal vez porque ha sido practicado a veces como un ejercicio
culpabilizador que no ayudaba a la persona a crecer en su vida de fe. Sin embargo, se le
llame «examen de conciencia», «oración sobre la vida» o «evaluación de la
jornada», nadie puede negar que es uno de los medios mejores para vivir en actitud de
conversión permanente.
Cada uno ha de encontrar el momento más oportuno (al volver del
trabajo, al concluir la jornada, al retirarse a descansar). La actitud no ha de ser la de
replegarse sobre sí mismo, sino la de recorrer brevemente el día ante Dios. Lo primero
es darle gracias, reconocer lo que recibimos de él diariamente; Dios está muy presente
en nuestra vida y es bueno tomar conciencia de cuánto hay de positivo y alentador en
nuestro vivir diario. A la luz de ese Dios que nos acompaña, tomamos luego conciencia de
nuestra inconsciencia, mediocridad o falta de fe. No se trata de un análisis minucioso y
exhaustivo. Basta captar nuestra infidelidad, sabernos perdonados por Dios y escuchar su
llamada a una mayor conversión.
Meditación cristiana
103 Cuando se habla de meditación, muchos piensan en algo
complicado, sólo al alcance de quienes dominan métodos y técnicas exigentes.
Naturalmente, hay muchos caminos y grados en la meditación. Pero básicamente es una
actividad sencilla y no hay nadie que no pueda practicarla de alguna manera.
· Meditar desde la fe
104 La meditación cristiana consiste en reflexionar desde la fe
con el fin de encontrar luz y fuerza para vivir más de acuerdo con el Evangelio. Dedicar
un tiempo a pensar o considerar algún aspecto de la fe, de Jesucristo o de Dios. No es un
ejercicio puramente mental. No se trata sólo de pensar, sino de pensar en Alguien a quien
se ama. Si todo queda en ideas y pensamientos nuestros, no elevamos nuestro ser hasta
Dios. Por eso, aconseja así santa Teresa: «No está la cosa en pensar mucho, sino en
amar mucho; y así lo que más os despertare a amar, eso haced». San Ignacio, por su
parte, nos advierte que «no el mucho saber harta y satisface el ánima, mas el sentir
y gustar de las cosas internamente.»
· Cómo meditar
105 Cada uno puede encontrar el modo más adecuado para meditar.
No hay un método único. Todo puede servir de apoyo a la meditación: la naturaleza
contemplada con admiración y agradecimiento; los acontecimientos que se van sucediendo en
el mundo; experiencias gozosas o dolorosas que nos «hacen pensar» porque han tocado algo
dentro de nosotros; las frases de alguna oración conocida; la lectura reposada de algún
libro. Y, sobre todo, la lectura de algún texto bíblico: una parábola, alguna frase de
Jesús, algún salmo. Lo importante es salir de nuestra superficialidad habitual y de
nuestra dispersión, para acoger alguna luz, escuchar alguna llamada y, sobre todo, tratar
«con quien sabemos nos ama».
Oraciones diversas
106 Queremos también decir alguna palabra
sobre otras formas de oración que, para no pocos, pueden ser camino para elevar su alma
hasta Dios.
· Oración mariana
107 Siempre ha habido en nuestro pueblo una devoción grande y
sincera a María. Son bastantes los que, en momentos de especial importancia o dificultad,
acuden a ella casi de forma espontánea.
María, antes que nada, ha de ser para nosotros modelo de oración
cristiana. Ella nos puede enseñar a buscar y aceptar en la oración la voluntad de Dios
incluso cuando no entendemos nada de lo que nos está ocurriendo: «He aquí la esclava
del Señor, hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1, 38). Ella nos puede
iniciar a descubrir en nuestra vida motivos para la alabanza a Dios: «Proclama mi alma
la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador» (Lc 1,
46-47). De ella aprendemos también a quejarnos al Señor en momentos de oscuridad y
búsqueda: «Hijo, ¿por qué hiciste esto con nosotros?» (Lc 2, 48).
María nos enseña a orar intercediendo por los necesitados: «Dijo a Jesús: No tienen
vino... Haced lo que él os diga» (Jn 2, 3. 5). Ella es modelo de meditación
e interiorización del misterio cristiano: «María conservaba todas estas cosas
meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19).
108 También acudimos a María para
encontrarnos con Dios. Propiamente, nuestra oración sólo puede dirigirse directamente a
Dios o a Jesucristo. Pero la Encarnación de Dios en Jesús realizada en María le
confiere a nuestra relación con ella un carácter propio. María, la Madre de Jesús, es
también Madre de quienes somos «hermanos» de Cristo. Por eso, aunque nuestra oración
se dirige sólo a Dios y aunque Jesucristo es n |