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Creer en Dios en el mundo actual

(Conferencia pronunciada el día 2 de septiembre de 1998)

Gracias por la confianza que supone esta invitación. La dificultad de aceptar, no estaba tanto en el trabajo como en la conciencia sincera de la falta de tiempo para hacer una preparación adecuada. Esto que digo no es una excusa retórica, sino un reconocimiento de la verdad, de la situación a veces un poco desbordada en la que vivimos los obispos entrados ya en años, y teniendo que llevar un ritmo de trabajo excesivo para nuestras posibilidades y para la necesidad de meditación y de reposo espiritual que este ministerio requiere. Por otra parte, tampoco me parecía aceptable venir aquí para no decir más que lugares comunes, tratándose de una asamblea, una reunión de gente experta, muy cercana a la labor real de la catequesis en todas las diócesis, y donde yo mismo podría aprender muchas cosas escuchando, quizás más que vosotros escuchándome a mí.

Se me pidió esta colaboración y yo la he aceptado gustosamente. Consciente de mis limitaciones, os voy a ofrecer, bueno o malo, lo que en este momento veo y percibo también en el trabajo de catequesis de nuestras parroquias. Os ofrezco mi colaboración con la mejor voluntad. Me alegra poder hacerlo porque es una oportunidad de colaborar directamente a una actividad de la Iglesia que cada día valoro más, y cuya importancia y extremada delicadeza, cada día percibo con más intensidad. Por tanto, percibido así, como un intento de colaboración, consciente de sus limitaciones, es como un testimonio de mi estima por la catequesis y por los que os dedicáis a este trabajo en las diócesis.

Mi colaboración, por fuerza, ha de ser un poco crítica. Crítica de nuestra situación, de nuestra adaptación; pero una crítica amigable, nada amarga, ni desconsiderada, ni agresiva, ni faltona, ni con infravaloración del esfuerzo que todos estamos haciendo; sino que, reconociendo nuestras limitaciones y las complejidades de las situaciones nuevas en donde hemos tenido que desenvolvernos, creo que necesitamos también el valor y la humildad de ver en qué cosas hemos acertado y en qué otras nos hemos equivocado. Necesitamos también la suficiente libertad y humildad para rectificar cuando veamos que algo no va bien.

En esta exposición hay una serie de cosas que yo tengo que dar por supuestas, de las cuales sin duda os hablarán, o en torno a las cuales os entretendréis más expresamente en otros momentos de estas Jornadas, donde se hable más directamente de la calidad de la catequesis o de la calidad de la fe. No podemos, por ejemplo, hacer ahora una reflexión directa sobre la fe que queremos promover, alimentar y robustecer con la catequesis. Por tanto, no tenemos más remedio que dar por supuestas algunas cosas referentes a la fe misma. Cuando hablamos de la fe, tenemos que tener la mirada puesta no en cualquier actitud religiosa, respetable pero insuficiente; no me refiero a una actitud genéricamente religiosa, sino que hablamos de la fe cristiana, como actitud filial ante Dios, vivida, regulada y ofrecida por Jesús y por la Iglesia como continuadora de la acción apostólica.

Siempre que me refiera a la fe cristiana, estoy pensando en la fe tal como nos viene descrita en los diferentes escritos del Nuevo Testamento, en cada uno a su manera, según los diferentes géneros literarios, ya sea en los evangelios sinópticos, en los escritos de san Juan, en las cartas de Pablo, etc, tal como nos ha sido conservada, vivida y anunciada en la Tradición de la Iglesia, en la Tradición espiritual y viva de los mártires y de los santos antes que en la tradición teológica, en la vida cristiana de los mejores creyentes, de los testigos de la fe, de los mártires, de los confesores, etc.

Me refiero también a las descripciones y análisis de la mejor teología, teniendo en cuenta que en la renovación teológica de los últimos años, quizás uno de los temas mejor recuperados haya sido el del concepto de la fe en el conjunto de la Revelación. Hablamos, por tanto, de una fe que es la respuesta cristiana al Dios de la gracia, al Dios de la salvación, y el punto de partida de todo el despliegue de la vida espiritual.

Nos hace falta tener en cuenta estos supuestos para justificar y comprender el tono de mis reflexiones, que a algunos podrá parecerles demasiado exigente. Con estas consideraciones previas podemos entrar ya en el cuerpo de la exposición. Tal como yo he percibido la distribución de los temas que se ha hecho, me parece que los organizadores quisieron que yo me dedicara en estas Jornadas a exponer ante vosotros las dificultades que encontramos en el mundo actual, en la cultura dominante, para anunciar y vivir la fe cristiana.

Reconozco que este aspecto de la cuestión no me resulta demasiado estimulante, porque creo que a este asunto del análisis de la cultura y el secularismo, le hemos dedicado demasiado tiempo, y podemos acabar por entretenernos demasiado en un "ver" que no acaba nunca. Nos podría ocurrir lo que en mi tierra dicen "amanecer templando", queriendo señalar que "se nos pasa la noche templando la guitarra y cuando amanece todavía no hemos empezado la ronda", ya se nos ha pasado el momento propicio para hacer una cosa o tomar una decisión oportuna. Por otra parte, estos análisis adolecen de una excesiva generalidad: el análisis de la realidad, de la organización, del antropocentrismo valen igual para España que para el Canadá. Hablamos de Occidente en un sentido muy genérico; todo esto a mi me suena ya un poco a tópico, cosa recocida, sabida, poco original.

Como segundo riesgo ocurre que podemos quedarnos también en una definición del mundo, de la cultura, de las situaciones espirituales de la gente, sin explorar suficientemente aquello que más directamente está condicionando la recepción del mensaje cristiano; y todas aquellas situaciones espirituales, vitales que más de cerca influyen en la dificultad para comprender, para incorporar a la vida el anuncio cristiano. Por esto, en lugar de adentrarme en un análisis teórico, quizás más científico o intelectual, prefiero subrayar algunos momentos y algunas situaciones cercanas, que me parecen más directamente influyentes en la dificultad concreta de nuestra gente para recibir ahora mismo el mensaje cristiano.

Un poco convencionalmente podemos poner un punto de referencia básico en el año 1968, con la revolución de París y la ruptura definitiva de la sociedad franquista. En torno al año 68 hay una innovación espiritual, una magna ruptura cultural en la universidad española que nos marca profundamente; los universitarios de entonces son los que ahora ocupan los cargos influyentes del país, los que elaboran la opinión pública, los jóvenes de aquel 68 son hoy los adultos jóvenes más vigorosos, más influyentes de nuestra sociedad. Aquella ruptura marcó una inflexión espiritual; no quiero decir que el cambio empezara entonces, posiblemente había comenzado ya unos cuantos años antes, pero entonces se manifestó con fuerza y alcanzó una extensión que antes no tenía. La gestación de cambios espirituales es muy lenta; tal vez ésta empezara hacia 1950, cuando empiezan a abrirse las relaciones internacionales, y empiezan a salir los primeros profesionales al extranjero….

No digo que desde el punto de vista religioso esta ruptura fuera del todo negativa ni mucho menos. En el fondo fue un descubrimiento de Europa, con todos los pros y los contras, con una cierta fascinación un tanto ingenua, adolescente, frente a la cultura de la libertad, de la democracia, vivido todo muy a la española, de forma un poco simplista, apasionada, con poco análisis y muchas ilusiones. Como consecuencia de este cambio cultural, se produjo en nuestra Iglesia lo que podemos llamar la gran deserción, y aunque sea una palabra un poco fuerte, la apostasía generalizada de muchos cristianos, la gran ruptura y el gran alejamiento de la fe, especialmente en el mundo de los universitarios y de los jóvenes profesionales. La religiosidad espontánea y tranquila de los españoles, fue sustituida por una pretendida madurez intelectual que se concretaba en la profesión de agnosticismo.

Yo creo que aquello fue un ajuste de cuentas, lo está siendo todavía, venganza de la España laicista contra una sociedad en la que se venía dando una cierta imposición sociológica del catolicismo como forma de vida. De un modo más cercano diremos que fue el resurgimiento del laicismo de la República, sometido y perseguido durante el franquismo por sus connotaciones políticas. Aquel viejo laicismo represaliado resurgió con una fuerza enorme en la izquierda política del PSOE y del PCE. En rasgos generales, esa referencia es una especie de reivindicación, de dignificación cultural del laicismo. Sus partidarios la viven como una vistoria cultural y moral. "Hemos ganado con los votos lo que perdimos con las armas", me decía a mí el año 82 un dirigente socialista. Esto es lo se produce en España en la década de los 70. Se trata de un proceso muy complejo, donde hay muchas cosas positivas y valiosas, que la misma Iglesia favoreció, como el advenimiento de la democaracia, el reconocimiento de la libertad religiosa y de pensamiento.

En la práctica este proceso se vivió de forma muy confusa y con muchas ambigüedades. Esta reivindicación del laicismo, aceptada confusamente por muchos cristianos, fue sin duda uno de los componentes del cambio, aquella palabra mágica –y ambigua- con la que el PSOE ganó las elecciones. El cambio era también la sustitución del catolicismo oficial por el laicismo oficial. Y esto es lo que condiciona en gran parte todavía actualmente la receptividad actual del Evangelio.

Ocurren entonces otras cosas. En aquellos años 70, a la vez que se está haciendo el cambio cultural, que como digo lleva consigo muchos elementos positivos, se lleva a cabo también el relevo del catolicismo oficial por el laicismo oficial. Se quería pasar de una situación religiosa vivida en el contexto de un Estado confesional y de una sociedad homogénea, o casi, a una forma nueva de vivir la misma fe religiosa, en el contecto de una sociedad libre y plural. En realidad, y dicho un poco crudamente, se pasó de la profesión homogénea y sociológica de catolicismo a la promoción oficial de laicismo y agnosticismo. En ese mismo momento see produce también la transición conciliar. Son los años de la aplicación del Concilio Vaticano II. Para bien y para mal, la recepción del Concilio en España está profundamente condicionada por la transición política, que entonces estábamos viviendo.

En ningún otro país, al menos de Occidente, la recepción del Concilio se centró tanto como en España en el decreto de libertad religiosa. Absorbió muchas energías y preocupaciones. Y no digo que lo que se hizo estuviera mal hecho; pero lo que tuvimos que hacer probablemente nos impidió descubrir otras dimensiones teóricamente más importantes y más profundas del propio Concilio. Nos tuvimos que ocupar demasiado de los aspectos sociológicos y políticos de la reforma conciliar. La situación especial que estaba viviendo la sociedad española, hizo que la recepción del Concilio se redujera demasiado a lo exterior, a lo sociológico. Y no me refiero al cambio de estatuto sociológico de la Iglesia en España o al replanteamiento de tal estatuto, que por cierto era algo que había que hacer y que otros habían hecho ya hacía 100 años; hablo de la reforma estructural, y en gran parte sociológica de las propias instituciones de la Iglesia. Por eso mismo atendimos menos de lo necesario a lo que podríamos llamar "mística interior" del Concilio. Y quede claro que esto no es acusar a nadie, sino reconocer nuestras propias limitaciones.

Hay un tercer factor que ejerce también influencia en estos años y que condiciona profundamente la situación de la Iglesia, la propia situación pastoral y misionera de la Iglesia misma. Es consecuencia de la situación que estábamos viviendo, la transición política, la apertura a la cultura de la Ilustración, la transición conciliar a nuestra manera. Fuimos sin duda demasiado incautos al asimilar demasiado fácilmente lo que podemos llamar el "cristianismo secular" o la secularización del cristianismo, donde se dan muchas cosas distintas: desde las posturas más drásticas del sentido secular del Evangelio. Recordemos aquellos libros de "Honest to God", "Sentido secular del evangelio", y movimientos como "Cristianos por el Socialismo" "Teología de la liberación", en sus primeras versiones.

Todo aqeullo queda muy lejano. Pero ha tenido una influencia profunda en la vida y en la actuación pastoral en nuestras Iglesias de españa, comunidades cristianas, libros y revistas, formación de catequistas, abandono de muchas prácticas, deformaciones doctrinales, debilitación de muchas prácticas religiosas, etc.  Son cosas complejas que requieren distinta valoración, aunque todas ellas tienen unos caracteres comunes, que son el reforzamiento de las perspectivas y mediaciones seculares, la relativización de la comunión eclesial institucional, con un debilitamiento muy grande de las perspectivas sobrenaturales, teologales y escatológicas de la fe y de la vida cristiana en general.

Como símbolo de todo esto nos aparece un perfil nuevo de cristiano, tanto más netamente marcado, cuanto más promovidos y más adultos se llaman y se creen algunos cristianos. Se trata de un cristiano que empieza a sentirse liberado de las formas clásicas de entender y vivir el cristianismo, formas que él considera anacrónicas y superadas. En estos ambientes el cristianismo se vive con una fuerte pretensión de hacerlo compatible con un progresismo social y cultural, donde hay fuertes influencias marxistas, con críticas antiinstitucionales, antiautoridad, y antirreligiosos, que muchas veces se aceptan incautamente, sin el suficiente discernimiento, sin el suficiente análisis incorporando conceptos, análisis y vocabulario en los libros teológicos y en el mismo lenguaje popular cristiano.

Y así vemos ese fenómeno extraño de cristianos cuya madurez y adultez consiste sobre todo en su distanciamiento frente a la Iglesia institucional, y en un sorprendente sometimiento a la cultura vigente, que entendida a fondo resulta del todo incompatible con la misma fe cristiana. Es la época en que no se podía ser cristiano "fetén" sino votando al PSOE, que luego era abortista, contrario al Papa y a la enseñanza religiosa, fuertemente partidario de la escuela única, pública y laica. Yo recuerdo que, con motivo de la visita del papa del año 1982, estando en el aeropuerto, Alfonso Guerra me dijo: "Todos estos que aplauden al Papa son los que han votado al PSOE". Si no hubiera habido muchos cristianos, entonces practicantes, que solapaban la eucaristía con el voto al PSOE, no hubieran tenido 10 millones de votos.

De esta esta mezcla, no suficientemente clarificada, entre renovación cristiana y colonización cultural, se fue desencadenando, poco a poco, casi inevitablemente una tensión entre esos cristianos y la institución eclesial. La Iglesia tuvo que condenar el aborto, tuvo que defender la libertad de enseñanza, tuvo que marcar sus distancias respecto de la moral social y familiar del PSOE, por ejemplo. Estas intervenciones eran consideradas por los cristianos progresistas como un retroceso de la Iglesia, como una deslealtad de los Obispos con el Socialismo mesiánico al cual estaban ellos entregados.

Yo fui Secretario de la Conferencia Episcopal Española los doce años que gobernó el PSOE; y mucha gente muy significada decía: "¿Qué le pasa a Fernando que cada día está más anti-gobierno?"Y yo decía "¿Y qué le pasa al gobierno que cada día está más anti-Iglesia?". Pero esto los cristianos "progresistas" no lo veían, porque de entrada se habían entregado al PSOE como el legítimo y moderno intérprete del Evangelio de Jesús. Luego vinieron las grandes decepciones. Pero ya era tarde para remediar muchas cosas.  Como consecuencia de esta situación aparece actualmente una figura de cristiano que podemos calificar de dos maneras: desconcertado y sin firmeza. Desconcertado porque va por libre, cordialmente alejado de la Iglesia, y camina como quien va por el campo solo y de noche, sin camino, y por eso mismo dominado por el miedo.

En esta situación, la fe pierde algo que le es esencial: la firmeza. Santo Tomás dice que la fe en lo intelectual se parece un poco a la duda, no vemos con claridad; pero en lo afectivo se parece a la evidencia, porque es una adhesión firme e irrevocable, y si no, no es fe. Nuestra adoración de Dios es adhesión a Dios. Muchos de nuestros cristianos viven una fe insegura; es una fe que no es a muerte; es una fe que no dirige la vida, que no la configura y que es compatible con otras ideas y actitudes diferentes. Por tanto no es ya una fe verdadera en el Dios único; es una fe un poco idolizada. Idolos puede haber muchos, éste es sólo uno de ellos.  La fe de muchos cristianos, actualmente, es una fe no absoluta, que, por tanto no marca fronteras entre la Iglesia y el mundo, porque todos caben allí, todos podemos ser al mismo tiempo Iglesia y no-Iglesia; unos ratos Iglesia y otros no-Iglesia; en unas materias somos Iglesia y en otras somos no-Iglesia. Todo es relativo. Son relativos los dogmas, los mandamientos, los sacramentos. Todo es opinable. En definitiva, la fe de cada uno se la hace uno mismo. No hay verdadera referencia al dios vivo en una tradición histórica concreta. No hay una verdadera fe católica. Una fe así no es una fe convincente, no es una fe misionera. Insistiremos sobre ello enseguida.

Tengamos en cuenta que los cristianos que vivieron esta crisis a partir de los años setenta u ochenta, hoy son los jóvenes profesionales y los jóvenes padres y madres de familia. Ahora bien, estos cristianos no son capaces de transmitir a sus hijos la fe porque se les ha vaciado por dentro. Este es uno de los puntos oscuros más graves con que podemos encontrarnos en la Iglesia española. Hemos perdido la colaboración de los padres y de las madres para la educación y la catequesis de nuestros niños y adolescentes. Hablo en sentido global, porque ya sé que la catequesis no es exactamente igual que el anuncio misionero de la fe--, pero valga para nuestro caso.  Yo creo que la actividad evangelizadora que más importa y que está más a nuestro alcance es la evangelización de los jóvenes, y la más urgente también. Aunque la catequesis no es exactamente lo mismo que la evangelizción, hoy el ejercicio de evangelización más importante que podemos y tenemos que hacer en nuestras Iglesias tien lugar en la catequesis de nuestros niños, adolescentes y jóvenes.

En esta tarea de evangelización de los jóvenes hemos perdido algo esencial, que es la colaboración de los padres, porque ya no son capaces de transmitir la fe como tal fe. Puede decirse de muchos padres que son todavía culturalmente cristianos; les gustan las romerías, les gusta que sus hijos asistan a colegio de religiosos o religiosas porque nada malo van a aprender allí; les gusta que se apunten a alguna cofradía, pero ni ellos ni mucho menos sus hijos viven ya en un ambiente seriamente cristiano, no tienen una fe capaz de organizar y configurar su vida, ni personal, ni matrimonial, ni familiar.

Los padres son "postcristianos", pero con un "post" muy corto, porque tienen el cristianismo muy cerca. Les queda aún el olor del buen vino en el cual crecieron y vivieron. Pero sus hijos ya no tan tenido que perder la fe; no saben lo que es ser de verdad cristianos, son tranquilamente paganos, sosegadamente paganos.

¿Es éste un panorama un tanto sombrío? La verdad es que creo que se ajusta bastante a la realidad. Yo estoy ahora ejerciendo mi ministerio en Navarra que es una de las regiones de España donde esta crisis está ocurriendo más intensamente. Hemos recorrido el camino desde el carlismo a HB. Pero la crisis, con unos matices o con otros, abarca a toda España, y la estamos viviendo en todas partes.

En este proceso nosotros también hemos puesto nuestro granito de arena. No todas las reacciones con las que hemos querido responder, las considero --dicho sea humildemente--, acertadas. Hemos querido todos hacer lo que nos parecía mejor, pero no siempre hemos acertado. Creo que hemos cometido el error, la equivocación, de adoptar una pedagogía excesivamente complaciente. Cuando leíamos aquello de san Pablo: "Os di a beber leche, no alimentos sólidos" me hace pensar que ya quisiera yo que en todas nuestras predicaciones les diéramos a beber la leche que les daba San Pablo a los Corintios por ejemplo. Si lo de San Pablo es leche, lo nuestro es "aguachirle".

En vez de transmitir pura y simplemente la fe de la Iglesia, muchas veces hemos transmitido la teología de ciertos teólogos. Una concepción o una presentación de la fe excesivamente influenciada por las interpretaciones teológicas" que nos parecían más comprensibles, más cercanas a la sensibilidad cultural dominante. En concreto, hemos admitido en la transmisión de la fe de la Iglesia una presentación excesivamente temporalista, poco religiosa, en la que el amor al prójimo oscurece el amor a Dios, y en la que el servicio al mundo y la transformación de la realidad oscurecen y sustituyen al Reino de Dios. No digo que ésta sea la mentalidad o la intención de los catecismos oficiales, pero en muchos casos sí es la mentalidad de los catequistas.

Con cierto temor digo, pero he de decíroslo a vosotros que sois expertos y responsables de la catequesis, por pura nobleza y sinceridad, que creo que seguimos siendo excesivamente crédulos en el uso del método inductivo en la catequesis. Y añado: de los análisis de la vida nunca sale nuestro Señor Jesucristo, ni la vida eterna. El Evangelio no nace del corazón del hombre. Perdemos mucho tiempo en antropologías y ahí nos quedamos, atrapados en nosotros mismos. Tal vez los libros que hacéis son perfectos; pero entre los catequistas y los curas que los preparan para la catequesis hay filtros. Algunos asuntos pasan por la puerta ancha y se repiten constantemente: la solidaridad, el Tercer mundo, la amistad, etc,Todo lo que suena a humanidad, a relación con los otros, con el mundo, con la historia, va muy bien. Pero los temas donde haya que hablar expresamente de Dios, de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo a las claras, o de la vida eterna, o del juicio o de la salvación personal, --tema por cierto casi desaparecido de la predicación— de la gracia, del pecado, etc apenas se tocan explícitamente.

A esto llamo yo pedagogía concordista, la pedagogía de la condescendencia. Damos mucha importancia a los temas que encuentran fácil receptividad en los chicos, y damos menos lugar a los que no encuentran fácil receptividad. En el fondo, estamos acomodando el contenido de la revelación a las preferencias culturales y extraeclesiales del momento. No nos engañemos: esa receptividad es de orden cultural, no religiosa. Ahí precisamente está la ambigüedad. La aceptación de una serie de valores humanos auténticos no les viene de la adoración de Dios, ni de la acogida de la palabra de Jesús; viene del ambiente cultural en el que viven. Todo aquello que no les viene facilitado por el ambiente cultural, les molesta; y nosotros muchas veces tampoco se lo damos. Tanto en el orden de la doctrina como en el de la moral.

Con el agravante de que algunos de los elementos omitidos son los más centrales del cristianismo y de la fe. Puesto que la fe cristiana o es una adoración personal del Dios revelado por Jesucristo o no es nada. La fe cristiana no es una moral social; la fe cristiana no es solidaridad, por mal que pueda esto sonar; sino que es el reconocimiento filial de la soberanía de Dios, y a partir de ahí, lo que se quiera.

 

Desde el punto de vista humano, la fe cristiana implica una soteriología escatológicamente que se vive anticipadamente. La dimensión escatológica y personal de la salvación tampoco ocupa en nuestra catequesis el lugar que le corresponde. Creo que algo de esto tiene que ser revisado; yo me atrevo a hacer una crítica amigable. No entiendo mucho de pedagogía. No soy catequeta, pero como pastor y algo también como amigo del saber teológico, creo sinceramente que tenemos que hacer una revisión humilde y clara. Cuando pedimos una fe eclesial, no pedimos una fe en la Iglesia, ni siquiera a veces una fe cristocéntrica. Lo que pedimos una presentación de la fe más directamente apoyada en la fe tradicional de la Iglesia, menos influenciada por las percepciones o interpretaciones personales, con menos personalismo y menos protagonismo de personas y corrientes.

A veces en vez de fe eclesiocéntrica o cristocéntrica, lo que se encuentra por las parroquias puede ser una fe "fulanocéntrica", una fe que se apoya en un "fulano", Pepe, Antonio o Juan. Una fe a imagen y semejanza de un sacerdote o de un catequista. Y cuando él se va, se viene todo abajo. Algunos cristianos nos dicen: "Este sacerdote nos ha enseñado a ser cristianos maduros" "¿Cómo maduros?" Maduro es el cristiano que no necesita de ningún cura para creer. Vivir pendientes de Pablo o de Apolo no es madurez cristiana, sino a veces puede ser una dependencia infantil. Quizás estoy demasiado influenciado por algunas tristes situaciones que he tenido que vivir recientemente. Pero no hablo de memoria. Entiendo que tenemos que hacer una presentación de la fe mucho más claramente eclesial, crística y teologal. Creo con la Iglesia y desde la Iglesia, creo en Jesucristo el testigo de Dios. Jesús nos habla de la paternidad de Dios y nos enseña a estar en su presencia filialmente. Esta es la fe cristiana. Estoy convencido de que un niño de seis u ocho años puede creer y vivir esta fe. Nosotros fuimos capaces de creer así. Yo no sé si ahora lo presentamos así.

Que sea teologal no significa que nuestra fe no sea cristiana. Desde Jesús y con Jesús sabemos estar ante el Padre. Y para que sea verdadera fe de Jesús ha de ser fe eclesial. Esta fe es una fe gratuita; es éste otro elemento que la cultura nos hace perder, porque nuestra gente no está predispuesta a esta actitud gratuita. Se eligen los contenidos de la fe como se eligen las mermeladas en un supermercado: "ésta me gusta, esta no…"  Esta actitud selectiva de la fe es en el fondo una negación de la fe. La fe, os obediencia y recepción, o no es fe. Tiene que ser una respuesta a alguien que entra en relación con nosotros. Pero es que hasta la misma respuesta la estamos recibiendo de Cristo y por Cristo, en la Iglesia y por la Iglesia. Si no se tiene esta actitud de receptividad, de humildad, de gratitud, ni se tiene fe teologal ni se pueda tampoco amar a la Iglesia, porque no se percibe lo más profundo que recibimos de la Iglesia, esa configuración de nuestra propia alma creyente. Una fe así te sitúa espontáneamente ante el juicio de Dios, es mucho más interpelante, juzgadora, y, por eso mismo, sanante y transformadora de la vida. Este es el origen de la moral.

¿Se puede empezar por la moral para llegar a la actitud religiosa? ¿o hay que empezar con la actitud religiosa para llegar a la actitud moral?. En cualquier caso para mi está claro que la verdadera actitud moral cristiana sólo se sustenta en la fe en el Señor Jesús. Jesús es el que nos hace amar a los enemigos, el que nos permite, nos capacita. Podríamos añadir una nota más, que –como dice el papa en la "Fides et Ratio"—la fe no puede ser voluntarista, fideista. La fe necesita estar encajada en una estructura filosófica (aunque no sea necesario estar doctorado en filosofía para tener una experiencia de la contingencia, de la gratuidad de la vida, del contenido de la creación).

Este contenido de la creación significa claridad en la fundamentación de la existencia de Dios,  claridad intelectual, claridad en la donación de la existencia, claridad en los elementos básicos de la Providencia, del Dios Padre que nos acompaña. Esto último quizás no sea tan exclusivamente filosófico, pero necesita también una fundamentación filosófica. Vuelvo a la preocupación por el carácter dominante del método inductivo. Jesús es un "susto", una verdadera sorpresa para el mundo entero, no nace de nuestras expectativas; y el que no tiene o siente esa sorpresa, ese "susto", nunca llegará a sentir la verdadera llamada al seguimiento. La transmisión de la fe cristiana no puede hacerse sin una punta de escándalo; nuestra fe es una fe adveniente, de alguna manera inesperada. Responde ciertamente a las ansias más profundas del corazón, pero esto no se descubre hasta después de haberla vivido, no antes. Esta experiencia es ya un don de la fe y de la vida cristiana. Dios responde a nuestras inquietudes, pero estas inquietudes no siempre se manifiestan antes de recibir la fe. Y menos en este mundo nuestro. No vivimos ahora en el mundo de San Agustín, si somos todos agustines.

Otra observación que habría que hacer es a propósito de la preocupación por presentar una fe "crítica". En muchos casos quiere decir una fe envuelta en una filosofía y visión del mundo que sea de izquierdas. La fe es crítica, ciertamente, pero desde la experiencia de Dios y el seguimiento real de Cristo, no desde ninguna ideología. Nuestra fe tiene que ser crítica, pero crítica ante todo con el sujeto, con nosotros mismos, con nuestros propios pecados. La fe cristiana es una fe que llama primordialmente a la conversión personal, no a ala transformación del mundo. Llama a una conversión de orden religioso, interior, escatológico. Las transformaciones vitales y reales, personales y sociales, vienen lógica y dinámicamente después. Este momento de conversión personal se omite muchas veces, en la exposición y en la vivencia personal. De momento, transfórmate tú; luego ya hablaremos del compromiso.

La fe es el juicio, dice san Juan, el juicio de nuestra vida personal. De hecho, el resultado entre la gente del discurso de san Pedro en Hechos de los Apóstoles, es la pregunta: "¿Qué tenemos que hacer?". Esa es precisamente la reacción de quien escucha la palabra: ¿Qué tengo que hacer?. Dando por supuesto que tiene que cambiar. Hay que recuperar la fuerza del monoteísmo véterotestamentario, la fuerza de la revelación de la paternidad de Dios, que es el centro de la predicación de Jesús. Una fe configurante; que redefina los perfiles de la Iglesia en contraste con la no-Iglesia, sin miedo a que seamos muchos ni pocos, que ese no es nuestro asunto.

Nuestro empeño es ser auténticos—seamos muchos o pocos,--,que eso depende de la libertad de cada cual. Una fe claramente filial, amorosa, entregada, operante por amor; una fe alegre y victoriosa. Vayamos, por último, a las sugerencias pastorales.

  1. Afortunadamente el cultivo de la fe está comenzando a ser objetivo explícito de nuestra pastoral. Creo que profundizar en eso es precisamente la nueva evangelización: tener la fe como objetivo directo y explícito en todas las edades.
  2. De una manera o de otra, el catecumenado ha de ser un modo de pastoral central en nuestras parroquias. Entiendo que debemos ir a un modelo de parroquia cuya actividad e institución pastoral central y primaria sea el catecumenado, es decir, el proceso institucionalizado de iniciación a la vida cristiana. Hemos de ser cristianizadores, porque los chicos ya no nos llegan cristianizados de sus casas. Hay que resaltar más en nuestras predicaciones, en nuestras celebraciones ese punto central de la gracia, la cercanía, la bondad, la llamada al don de Dios, ese alimento verdadero de la fe: el Dios que viene a nosotros.
  3. Ser conscientes de las dificultades, y es éste un elemento necesario de la inculturación. Hemos de saber dónde estamos, qué terreno pisamos. Tenemos dificultades exteriores: de un lado el desentrañamiento, la falta de intimidad que produce la cultura de los medios, de las imágenes. Da la impresión de que los hombres de nuestro tiempo flotamos en un mundo artificial que nos hemos creado nosotros mismos, vivimos dentro de nuestra propia creación, como astronautas en la cápsula espacial, sin tener apenas la experiencia de la creación básica, detrás de la cual está la experiencia de la contingencia y la experiencia de Dios como origen y sustento de la vida. Por eso mismo no somos capaces de apoyarnos en terreno firme, en una realidad firme y definitiva. Vivimos flotando en el consumo, en la TV, en el coche, en los fines de semana. El hombre vive casi exclusivamente en su propia creación. Y no se da cuenta de que hay un Creador previo.

 

Hay también dificultades internas en la Iglesia. Las excesivas divisiones, las improvisaciones, la falta de comunión, el empobrecimiento de nuestro mensaje que debilita nuestro testimonio nuestra proclamación de la Palabra. Tenemos que perder el miedo. No hay que apostar por una Iglesia minoritaria. Pero sí hay que apostar decididamente por la autenticidad. La fuerza misionera para el futuro radica en la autenticidad, en la fuerza martirial de nuestro cristianismo. Si luego esto trae consigo el ser más o menos en número, eso escapa a nuestras programaciones, Dios dirá. Pero tenemos que perder el miedo a ser un poco el resto, con tal de que seamos verdadero sacramento de la verdadera salvación.

Y para terminar, recordemos aquellas palabras tan hermosas de san Pablo: "Cuando soy débil, entonces soy fuerte, porque se revela la fuerza de Jesús en mi propia debilidad" (Cf. II Cor 12, 9).

 

Resumen de las respuestas a las preguntas formuladas tras la conferencia

A) La pregunta versaba sobre el método inductivo en la catequesis; si había que seguir contando con él o descartarlo definitivamente. En ese caso, ¿qué hacer?

Es difícil juzgar situaciones y realidades. Nos podemos olvidar de la realidad misma, aunque creo que es difícil. No es fácil olvidar los chicos que tenemos delante. Pero creo que nos hemos olvidado demasiado de la primacía de Dios. Esa realidad que tienen que descubrir nuestros chicos, y que tanto les cuesta. Solemos usar una fórmula: "Iluminar la realidad desde la fe". Pero es que muchos no la tienen. Andamos aún dando por supuesta la fe, cuando nuestras gentes, si hablamos seriamente, no creen. ¿O es que podemos afirmar que creen esos muchachos que reciben la Confirmación con el ánimo de no volver a la iglesia hasta el día en que se casen?.

Yo creo sinceramente que en la propuesta y transmisión de la fe tiene que haber un momento que sea claramente oferente, descendente, por encima y más allá de las experiencias o de las expectativas de los oyentes. Luego habrá que hacer toda clase de conexiones y refrencias para que esa propuesta se entienda y se acpete. Pero el acceso a la fe supone una transcendencia y una cierta ruptura con el modo espontáneo y cultural de vivir, de percibir la realidad y de instalarse en ella. Es la novedad de la revelación, de la gracia y de las promesas de Dios en la novedad de Jesucristo.

Suelen decir los curas: "Es que estos chicos no perseveran". Y yo les suelo contestar: "Sí que perseveran; perseveran en lo que son; no han cambiado en nada, no han cambiado de vida". ¿En qué queremos que perseveren?. Vienen, cumplen un trámite, se largan y vuelven a vivir como han vivido siempre, porque no han tenido el "revolcón" de la conversión .¿Qué eso es muy difícil de hacer? Ya lo sé; pero seamos conscientes de que hay algo básico, esencial, que nos falta; y que es tan real como lo demás.

Como opción, no podemos optar por una Iglesia minoritaria. El Evangelio es para todos. Pero tampoco podemos intentar conservar la amplitud numérica a costa de la autenticidad. Eso, si, que lo hagamos de manera que seamos los más posibles. Todos necesitan el Evangelio; todos tienen derecho a que les llevemos la Palabra de Dios; pero no a costa de la autenticidad.

 

  1. La segunda pregunta trataba sobre el descubrimiento de Dios por parte de los chicos en su propia vida.
  2. Me habían pedido dificultades; y creo que las líneas de renovación eran materia de otras conferencias.

    Eso de descubrir a Dios en la propia vida me suena a retórica. ¿Desde dónde se descubre?. Cualquiera que empieza a atisbar la realidad de Dios, automáticamente se siente cuestionado. Eso hay que tener en cuenta esa dialéctica interpelante de la Palabra. Un anuncio de la Palabra que no "descomponga" un poco al sujeto, que no lo "descoloque" en su planteamiento existencial, suena a vacío. Se trata de que descubra su pecado desde el lenguaje bíblico, y que se sienta llamado a una "metanoia", a una revisión de sus valores, de su comportamiento, de su tiempo, de sus objetivos en la vida. Nuestros chicos tienen que llegar a descubrir a Dios como centro de su vida, un Dios no teórico sino un Dios que es Jesucristo con categoría de Dios, en Sí mismo y en relación con nosotros. Es decir, un Jesucristo que es referencia última de vida y de salvación. Cuya fe obliga por tanto a romper con el mundo y a iniciarse en otra forma de vida. Sin nuestros chicos no viven ese proceso interior no hay catequesis que valga. A lo mejor en el concepto de catequesis no ha intervenido suficientemente su finalidad religiosa que es la conversión personal a una determinada forma de vida que se vive en comunidad litúrgica y martirial.

  3. Por qué no damos la importancia debida a la dimensión teologal en la presentación de Dios?

 

Si mi afirmación es verdadera, el problema es muy grave, porque la presentación de la paternidad de Dios y todo lo que lleva consigo en la revelación neotestamentaria y de la promesa de salvación escatológica, la Resurrección de Jesús, etc, todo eso es lo más original del cristianismo. Sin eso no hay cristianismo. Lo contrario sería comparable a la sacarina, que endulza, pero no es azúcar. Hay modos de cristianismo que sirven para muchas "cositas", pero no es el cristianismo de Jesús. Y todo esto es muy grave. No digo que sea una afirmación absoluta, pero sí que es algo que debemos tener seriamente en cuenta.

Por parte de los agentes pastorales, hay un intento de síntesis, no del todo acertado, del cristianismo con la cultura occidentaldominante, una cultura muy antropocéntrica, muy actualista y hasta narcisista, muy mundana. Hemos hecho un pacto y hemos de algún modo asimilado la crítica a la religión hecha en el siglo XIX. Hemos querido demostrar que el cristianismo y la fe en Dios son eficaces también para vivir bien en este mundo. Pero nos hemos olvidado de lo no-verificable que es la soberanía de Dios, la centralidad de Dios, la gracia de Dios y la vida eterna.

En esa metodología condescendiente, donde hemos querido utilizar la cultura dominante como viento favorable para nuestra acción pastoral, hemos de darnos cuenta de que esta cultura no facilita ni invita a hablar de Dios ni de vida eterna. Un cristianismo más recomendable, más valorable, es aquel que justifica a Dios, diciendo que Dios sirve para arreglar las cosas de este mundo; que con Dios es más fácil arreglar este mundo y vivir mejor; cosa que no siempre es verdad.

Estas son las razones y verdades fundamentales. Los obispos lo hemos puesto en ese documento que nos ha costado tanto tiempo. Y es que es muy difícil hablar de Dios en este momento. Hablar de Dios en sí, no de la utilidad de Dios, sino de Dios en sí mismo, del encuentro con Dios en la vida escatológica. Pero un cristianismo donde esos dos pilares no ocupan su lugar, ya no es el cristianismo de Jesús y no tiene de pie porque se hace ideología y puede sustituirse por cualquier otra idelogía.

 

Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
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