INTRODUCCIÓN
Esta ponencia tiene como misión el encuadrar el Congreso que ahora
iniciamos "en el contexto de nuestra andadura". La idea suena bien, pero a la
hora de comenzar a pensar se levantan. no pocos interrogantes.
"Andadura", ¿de quién? ¿De los que estamos aquí? ¿De la
Conferencia Episcopal? ¿De la Iglesia española entera?
Y "andadura", ¿desde cuándo? ¿Es que podemos delimitar un
tramo de nuestra vida común, como algo del todo separado del resto de nuestra historia?
¿Dónde ponemos el límite? ¿En el concilio Vaticano II? ¿En la transición política?
¿En los 14 años del gobierno socialista con sus ingenuos fervores laicistas?
Dejemos para más adelante la respuesta a estas incertidumbres. Nos
conviene ahora comenzar afirmando las actitudes correctas con las que debemos iniciar
estas Jornadas.
Es indudable que tenemos el peligro del escepticismo. Hoy el
escepticismo tiene el prestigio de actitud culta y elegante. También puede ser una manera
cómoda de eludir los grandes problemas teóricos o prácticos. O simplemente una manera
frívola de vivir dejándose llevar por la corriente.
Y a la vez, porque en la mente humana hay sitio para las cosas más
contradictorias, a la vez, digo, tenemos también el peligro de esperar demasiadas cosas
del Congreso.
Para no terminar desilusionados no nos dejemos llevar ahora de
ilusiones excesivas o poco realistas. No pretendemos cambiar automáticamente la
situación, ni podemos esperar que las dificultades pastorales con que nos encontramos
desaparezcan a golpe de una varita mágica.
Después del congreso tendremos que enfrentarnos, cada uno en su sitio,
con las mismas dificultades que dejamos. Esperamos que podamos hacerlo con un poco más
claridad en la cabeza y un mayor ardor en el corazón. Todos a una, sin divisiones ni
reticencias, con el gozo de la presencia del Señor y la fuerte esperanza de su venida.
1. FRUTO DE UNA LARGA BÚSQUEDA
Hay un momento de especial importancia en la vida de la Iglesia
española que podemos situar simbólicamente en el año 1982, fecha de la Visita
Apostólica del Papa Juan Pablo II a España.
Desde 1980 estaba constituida una pequeña Comisión de Estudio con el
fin de presentar a la Asamblea Plenaria unos puntos preferenciales de atención y de
estudio. Los Obispos habían percibido que las tareas y los pronunciamientos de la
Conferencia habían estado en los años anteriores excesivamente condicionados por los
acontecimientos de la historia del país, en concreto y de manera especial por la defensa
de las libertades civiles, sociales y políticas durante el régimen de Franco, y la
obligada colaboración eclesial a la transición política y el establecimiento de la
democracia en España.
Pasados en lo fundamental aquellos acontecimientos, les pareció que
era necesario inaugurar una etapa más original, en la que la Conferencia Episcopal
iniciase un trabajo menos condicionado por las apreturas del momento, programado con más
libertad desde dentro de sí misma atendiendo a las necesidades más profundas y de más
largo alcance, tanto del interior de la Iglesia como de la situación espiritual y moral
de la sociedad en general.
Para conseguirlo, a finales de 1980 la Conferencia Episcopal decidió
iniciar un trabajo en orden a establecer un objetivo preferencial que pudiera constituir
el núcleo en torno al cual se unificasen y rganizasen sus múltiples actividades.
Esta preocupación se había manifestado ya anteriormente y estaba en
el origen de documentos tan importantes como "Líneas de acción sobre la educación
en la fe del pueblo cristiano" de 1973, "Líneas fundamentales de acción
pastoral de la Conferencia Episcopal Española", de 1976.
En 1981 la Asamblea Plenaria de 1981 escogió como objetivo
preferencial de sus actividades EL SERVICIO A LA FE DE NUESTRO PUEBLO. Es cierto que el
servicio a la fe es objetivo central y permanente de todas las actividades de la Iglesia.
Pero también es verdad que en algunos momentos de la Iglesia este objetivo se hace más
explícito y urgente que en otros.
En junio de 1982 la Asamblea Plenaria aprobó los cinco puntos en los
que la Comisión ad hoc había concretado este compromiso fundamental:
1. Promover un proceso permanente de educación en la fe y de
evangelización;
2. Acentuar en la educación en la fe el compromiso con Cristo y el
compromiso a favor del hombre
3. Atender especialmente a la formación permanente de las personas
responsables del ministerio de la evangelización (Sacerdotes, Religiosos, Catequistas,
etc.).
4. Apoyar el trabajo y la buena orientación de las instituciones de
las que depende la formación cristiana (Seminarios, Facultades teológicas,
Universidades, Centros catequéticos, Medios de comunicación social, etc.) 1.
5. Clarificar los contenidos de la fe para asegurar la identidad del
mensaje cristiano y su adaptación al hombre de hoy.
Algunas de las expresiones utilizadas en estos puntos nos pueden
parecer hoy demasiado genéricas. Entonces eran un paso adelante importante en la
orientación decidida del esfuerzo hacia una actitud claramente evangelizadora y el
reconocimiento todavía no bien conocido de la existencia de una serie de dificultades
internas que era preciso superar para llegar a una situación de salud y vigor espiritual
indispensables para desarrollar una acción misionera convincente.
Era el principio de etapa nueva en la Iglesia española, el intento de
independizarse de las circunstancias coyunturales de la sociedad española, para asumir en
profundidad las enseñanzas y directrices del Concilio Vaticano II, superando así las
características más superficiales de nuestra situación histórica y tratando de
responder a las necesidades profundas de la sociedad afectada por la secularización y las
seducciones antirreligiosas del área cultural europea y occidental.
Es sorprendente y agradable comprobar cómo desde los años 80 la
Iglesia española, con titubeos, pero con decisión y firmeza, guiada sin duda por el
Espíritu de Dios, y asistida por la estrecha comunión con el Papa y con la Iglesia
universal, fue entrando en un tiempo de servicio a la fe, un tiempo nuevo de
evangelización, para emplear la expresión de Pablo VI en Evangelii Nuntiandi.
"Ha llegado para nosotros la hora de la evangelización",
decíamos en la presentación del Documento "La visita del Papa y el servicio a la fe
de nuestro pueblo". En 1983, al inaugurar la novena de años preparatoria para la
celebración del Quinto centenario de la evangelización de América, comenzó el Papa
Juan Pablo II a hablar de "nueva evangelización".
Es un gozo ver ahora cómo nuestra Iglesia, llevada por su deseo de
fidelidad al Concilio y a las necesidades espirituales de nuestro pueblo fiel y de la
sociedad española entera, está entrando ya por este camino duro y prometedor de una
nueva evangelización. Es evidende que no se puede decir sin muchos matices que la
sociedad española de nuestro tiempo no estuviera evangelizada. Los grandes momentos de la
historia de España muestran, junto a los muchos y grandes pecados de la condición
humana, infinidad de gestos y de personas engrandecidas por la fe y el amor de Jesucristo.
La Iglesia más cercana, de la que muchos de nosotros somos directos
herederos, fue una Iglesia de mártires, también de verdugos, tristemente, pero de muy
pocos apóstatas. Si en otros tiempos los pecados fueron el resentimiento, el odio, la
violencia, la explotación y la falta de respeto por la libertad de los demás; hoy
vivimos asediados por las tentaciones que nacen del bienestar, la soberbia, la comodidad,
la molicie, la infidelidad y la hipocresía, la pereza, la mentira y el narcisismo
materialista en todas sus formas, espirituales y materiales.
En nuestra Iglesia actual, esta búsqueda de una actuación
directamente evangelizadora se fue afianzando y clarificando en los años siguientes. El
plan de los años 87-90 se titulaba "Anunciar a Jesucristo en nuestro mundo con obras
y palabras"
El siguiente plan de trabajo de la Conferencia abarcaba los años 90-93
y se centraba en torno a la idea de "impulsar una nueva evangelización. El que acaba
de concluir en 1997 pretendía orientar las actividades de la conferencia Episcopal
Española en esta misma línea evangelizadora, como expresa su título "PARA QUE EL
MUNDO CREA".
En el desarrollo de estos programas se promulgaron documentos tan
importantes como:
"Testigos del Dios vivo" (junio de 1985); "Los
católicos en la vida pública" (abril de 1986); "Constructores de la paz"
(febrero 1986); "La verdad os hará libres" (noviembre de 1990); "Moral y
Sociedad democrática" (febrero de 1996).
A la vez se han celebrado importantes congresos de estudio en torno a
la idea y las exigencias de la pastoral evangelizadora. Ahí están el Congreso sobre
"Evangelización y hombre de hoy" y "Parroquia evangelizadora" (1988).
Al mismo tiempo las comisiones Episcopales iban cumpliendo su tarea
unificadas por este objetivo común y central de la evangelización estimulando el trabajo
pastoral sobre:
- la formación espiritual y doctrina de los sacerdotes para la
evangelización,
- la catequesis de tipo catecumenal, expresamente dirigida a favorecer
la evangelización y la conversión de los jóvenes o de los adultos a Cristo y a la vida
cristiana intensa;
- la promoción de un laicado bien formado doctrinal y pastoralmente,
incorporado activamente a la misión y al apostolado eclesial, como se manifiesta en el
documento Cristianos laicos, Iglesia en el mundo (1991) y la renovación de los Estatutos
de la Acción Católica, fruto de muchas experiencias y de un largo itinerario de
reflexión y purificación.
- el servicio a los pobres ejercido humilde y tenazmente como
componente esencial de la evangelización y del anuncio de lo esencial cristiano, ahí
están el Congreso sobre la pobreza y los importantes documentos sobre, la Iglesia y los
pobres, y la caridad en la vida de la Iglesia (1994).
Finalmente el Plan de trabajo actual, PROCLAMAR EL AÑO DE GRACIA DEL
SEÑOR, abarca desde el año 97 hasta el 2000. Todo él se centra decididamente en la
aplicación de la Exhortación apostólica "Tertio Millennio Adveniente a las
necesidades de la Iglesia española en la medida en que pueden ser abordadas
colectivamente desde las iniciativas de la Conferencia Episcopal Española".
En este Plan se recoge la idea ya anteriormente estudiada de celebrar
este Congreso, entendido como un gran acto de anuncio y de proclamación de Jesucristo en
nuestra sociedad, una renovación de nuestra fe en la vitalidad y vigencia de su mensaje,
de su espíritu y de su gracia para los hombres de hoy y para los que van a vivir en el
siglo XXI, los que van a construir con su vida o que tenga que ser el siglo XXI en la
historia de nuestro pueblo.
Con la Conferencia Episcopal, por un proceso espontáneo de
comunicación y de convergencia, las Diócesis españolas, cada una a su manera y por sus
propios pasos han ido poniendo en un primer plano de sus preocupaciones la idea de la
evangelización.
Esto ha significado una simplificación del panorama, frente a muchas
iniciativas aisladas y a veces hasta contradictorias ha ido emergiendo esta preocupación
dominante como una idea central, en función de la cual se valoran, organizan y
seleccionan todas las demás.
En todas partes estamos dedicando grandes esfuerzos a la implantación
de una catequesis continuada de tipo catecumenal que responda a las exigencias de una
INICIACIÓN CRISTIANA seria y sólida capaz de garantizar humanamente la continuidad de
una vida cristiana auténtica en la movilidad e inseguridad de los tiempos actuales.
Las diócesis se centran cada vez más en mejorar la preparación para
el matrimonio y el acompañamiento pastoral de las familias jóvenes.
Se busca y se desea la presencia de un laicado que desde dentro de la
sociedad y por medio de sus estructuras y medios de comunicación anuncie la presencia del
Dios salvador y haga sentir los efectos de su gracia redentora y santificadora.
Trabajamos con ahínco en la creación de ambientes juveniles en los
que puedan manifestarse las vocaciones para la vida de especial consagración, ya sea para
el ministerio presbíteral, como para la vida religiosa en sus diferentes formas, o la
vida de consagración en los Institutos seculares y sociedades de vida común.
En todas partes nos preguntamos cómo vivir y cómo actuar para dar con
eso que algunos llamamos gráficamente PASTORAL DE CARAS NUEVAS, pastoral de
evangelización de los que todavía no han venido a la vida cristiana, o de los que se
fueron en los años de la euforia agnóstica del racionalismo y del socialismo.
II. EL NUEVO HORIZONTE
El devenir de las tareas y de las preocupaciones de la Iglesia
española en estos últimos años lo podemos organizar en torno a estos cuatro momentos.
1. Hay una primera época, simbolizada en la Asamblea Conjunta, de
1971, que podríamos llamar "Los años de la liquidación de la guerra civil".
Comprende los primeros años del posconcilio, desde 1965 hasta 1975. Son los años en los
que la Iglesia española sale del enfeudamiento en que se había visto metida como
consecuencia de la persecución religiosa y de la guerra civil.
Son años difíciles y dolorosos en los que Obispos, sacerdotes,
religiosos y laicos van descubriendo la necesidad de liberarse de la identificación con
los vencedores de la guerra civil, necesidad de defender los derechos de los vencidos y
los presupuestos de una verdadera reconciliación nacional.
2. El segundo período va desde 1975 hasta 1982, ano en que por primera
vez en la historia de España se establece un gobierno de signo socialista. Son los años
de la transición, de las grandes llamadas a la reconciliación, de la renuncia a los
privilegios respaldados por la confesionalidad del Estado, la aceptación de una
constitución democrática, el inicio de la vida de la Iglesia en el mar abierto de los
derechos democráticos, sin andaderas ni privilegios jurídicos.
3.º El tercer período es el tiempo de la prueba y de la
consolidación. Va de 1980 hasta 1990, y se corresponde, poco más o menos, con los
catorce años del gobierno socialista. En estos años la Iglesia española vive con duras
dificultades internas y externas su verdadera transición. Pasa de una situación
protegida a tener que vivir casi en régimen de pura tolerancia y bajo sospecha
permanente.
A la vez la influencia de la cultura ambiental favorece el desarrollo
de un fácil progresismo dentro de la Iglesia, que espera ingenuamente una benigna
aceptación del Evangelio haciendo concesiones a la secularidad imperante en el modo de
interpretar la doctrina y la moral cristiana, a veces en clara tensión con el propio
magisterio y las sanas tradiciones de la Iglesia.
En pocos años la Iglesia española tiene que aprender a vivir y actuar
no sólo en una sociedad democrática, sino en una sociedad democrática con un clima
cultural decididamente laicista, que quiere compensar los largos años de favor social
vivido por la Iglesia con una situación de humillación e irrelevancia.
4. Desde 1990 estamos entrando en un tiempo que podríamos llamar de
normalización social y pastoral. No porque todo lo que hay sea correcto y aceptable, sino
porque poco a poco nos vamos liberando de las anomalías históricas y políticas de los
años pasados y nos vamos situando con objetividad y libertad de espíritu en la dura
situación social, cultural y pastoral de las sociedades occidentales del momento.
Esta situación se caracteriza, en primer lugar, por algo tan ambiguo
como el pluralismo y el relativismo cultural, consecuencia inevitable del establecimiento
de la libertad individual, en sus dimensiones subjetivas aisladas de la realidad objetiva
y transcendente como valor cultural central y objetivo político número uno.
Todo sería muy bueno si tuviéramos claro cómo y para qué somos
libres. Las cosas se complican cuando se hace de la libertad un valor último en sí, de
manera que cualquier acto o experiencia pueda ser legitimable con tal de que el interesado
lo haga libremente.
Una pretendida "cultura de la libertad" nos empuja hacia la
desconfianza y el olvido de Dios, al subjetivismo moral, a la desintegración
institucional y comunitaria.
En poco tiempo hemos tenido que aprender a vivir en una sociedad
culturalmente variada, rota, contradictoria, inmersos en una cultura absorbida por el
espesor y la complejidad de la vida mundana y temporal, tentados de secularismo y
mundanización integral, al menos en ciertas fases y momentos de la vida.
Y de unas alianzas superficiales y engañosas con ciertos movimientos
que se presentaban como democráticos, hemos tenido que pasar a enfrentarnos con un mal
disimulado menosprecio de la religión, con una fuerte desconfianza ante la
transcendencia, con el temor ante las afirmaciones o compromisos absolutos; con el claro
rechazo de una moral anterior o superior al propio juicio.
En este contexto nada fácil para anunciar y escuchar la Palabra de
Dios, viven nuestras Iglesias su propia voación cristiana, teologal, escatológico, y
tienen que desempeñar su servicio misionero y humanizador.
Sin embargo, esta es nuestra situación religiosa y Pastoral en esto
que llamamos el occidente cristiano. De alguna manera, por lo menos en algunas cosas, se
parece bastante al panorama que nos dibuja San Pablo como condición y situación del
mundo pecador:
un mundo que "Aprisiona la verdad con la injusticia";
ofuscado "Por sus vanos razonamlentos" y de corazón entenebrecido, que cambia
"la verdad de Dios por la mentira" y sirve a la Criatura en vez de al
Creador" lleno de toda injusticia, que "no solamente practica tales cosas sino
que aprueba a los que las cometen" (Cf. Rom. cap. l). Un mundo, en fin, encerrado en
la rebeldía y en el pecado en el que se pueda anunciar la misericordia (Rom. 11, 32). Un
mundo donde abunda el pecado y tiene que ser anunciada y vivida la gracia sobreabundante y
salvadora de Dios (Cf. Rom. 5, 20).
Por primera vez después de muchos años la Iglesia española vive en
plena libertad, en una sociedad suficientemente libre y democrática, sin apoyos
privilegiados, pero también sin especiales presiones ni restricciones, sin falsas
protecciones que le impidan sentir cerca de sí el dolor de un mundo que sufre en las
tinieblas de la incredulidad o de la incertidumbre, tentado de idolatría, olvidadizo de
Dios y de sus promesas de vida eterna, un poco narcotizado y complacido por la dulce
apariencia de unas formas refinadamente humanistas y solidarias combinadas sin embargo con
comportamientos injustos, soberbios, deshonestos y hasta criminales.
Estas son las condiciones básicas de nuestra Iglesia y probablemente
estas son unas condiciones adecuadas para desarrollar de verdad, una pastoral
decididamente y radicalmente evangelizadora hacia dentro y hacia fuera de la Iglesia, en
la medida en que este hablar de "dentro" y "fuera" sea un lenguaje
legítimo.
Para completar el cuadro hay que tener en cuenta las diferencias y
divisiones que se crean dentro de la Iglesia por las distintas sensibilidades y diferentes
influencias de las distintas tendencias culturales o políticas.
Por lo visto es difícil para no pocas personas ir caminando
espiritualmente a la vez que cambian las circunstancias. Hay quienes siguen viviendo en
las mismas actitudes y con los mismos criterios que en los años setenta u ochenta. Siguen
llamándose progresistas, pero viven bloqueados en épocas ya pasadas y repitiendo hasta
el aburrimiento las mismas consignas de hace veinte años como si fueran un descubrimiento
de ahora mismo. Está claro que el tiempo humano, y más todavía el tiempo colectivo, es
mucho más complicado que el tiempo material y biológico.
A los que vemos las cosas de otra manera nos llaman restauracionistas,
sin darse cuenta de que hay una manera de preparar el futuro y de responder a las nuevas
situaciones que aunque se separe de los planteamientos de hace unos años no pretende
repetir el pasado sino más bien ir caminando a la vez que los cambios que no cesan.
III. NOVEDAD Y CARACTERÍSTICAS DEL CONGRESO
Si algo de lo dicho es verdad, justifica explica la novedad y favorece
unas características especiales. El congreso está concebido de una manera muy coherente
y unitaria. Todo él está encuadrado en la conmemoración del Gran Jubileo de la
Redención, Diríamos con lenguaje de la tierra navarra que es el cohete inaugurador de
estas jubilosas fiestas del Segundo Milenio de la Redención de la Humanidad.
Descansa sobre seis ponencias cuyos argumentos se suceden estrechamente
unidos y vinculados entre sí:
1. Jesucristo, nuestro Evangelio, la Buena Noticia para nuestro mundo.
Esta primera proclamación se abre en las cinco siguientes:
2. Jesucristo revelación de Dios al mundo, Y por eso mismo,
3. Jesucristo revelador de la verdad del hombre,
4. Jesucristo fuente y modelo de vida cristiana,
5. Jesucristo redentor del mundo,
6. Jesucristo fuente del Espíritu Santo.
Con estas ponencias habrá Comunicaciones y talleres. Es la manera de
recibir noticia de diferentes experiencias evangelizadoras que están ya en marcha en
muchos lugares, y de entrar nosotros mismos en los diferentes momentos de la
evangelización.
No queremos limitarnos a hablar, a exponer, a decir cómo se tienen que
hacer las cosas, queremos vivirlas, ponernos nosotros mismos en trance de recibir y
proclamar la palabra de Dios.
Por eso mismo en este Congreso van a tener una importancia singular las
celebraciones, celebraciones de la Palabra, celebraciones de la penitencia y celebraciones
del amor redentor de Cristo en una Eucaristía final vivida como "Exaltación de la
santa Cruz".
2. En resumidas cuentas: No queremos que sea un congreso SOBRE
evangelización, sino un Congreso evangelizador. Que sea él mismo un acto de
evangelización, un intento de presentación de Jesucristo, aupado sobre la fe y la
fidelidad de una Iglesia.
Se trataría de repetir, aquí y ahora, la escena del Apocalipsis. Me
refiero a la escena con que San Juan inicia la exhortación de su Apocalipsis,
exhortación a la fe, a la fidelidad y a la esperanza, en tiempos difíciles (Cf. Ap. cc.
4 y 5).
Queremos que en todas nuestras Iglesias, en todos los ambientes
humanos, en las familias y en las calles, en las ciudades y en los pueblos, en las
Universidades y en las fábricas, en los lugares de recreo y en los hospitales, se oiga
potente el grito de la fe:
"Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor,
gloria y potencia, por los siglos de los siglos" (5, 13). Conciudadanos y vecinos
ancianos y jóvenes, sanos y enfermos, cercanos y lejanos, hermanos y amigos, escuchad
nuestra palabra dicha con amor y humildad:
Desde la ventana abierta de nuestra fe vemos la gloria de Dios, vemos
el esplendor de Jesucristo resucitado, como Hijo de Dios e Hijo del hombre, como SALVADOR
de todos nosotros, siempre vivo, siempre despierto, siempre con los brazos abiertos como
una esperanza de vida para todos nosotros.
Os invitamos a vivir lo que nosotros vemos y vivimos para que tengáis
también la paz y la esperanza que nosotros tenemos, por la bondad y la gracia de Dios
nuestro Padre que os ama a vosotros como nos ama a nosotros, por Jesucristo Nuestro
Señor. Amén.
Es verdad que en un sentido genérico todo lo que hace la Iglesia, o al
menos todo lo que debemos hacer, queda dentro del concepto y la urgencia de la
evangelización.
Por eso alguien, no sin una pizca de acritud, ante la designación de
este mismo congreso ha podido escribir: "La verdadera pastoral es siempre
evangelizadora. Y si no es evangelizadora no es pastoral".
Bien está. Pero también es cierto que no todas las actividades de la
Iglesia son igualmente evangelizadoras, ni están ordenadas de la misma manera al servicio
directo de la fe. Cuando hablamos aquí de evangelización y de evangelizar queremos
entender esta expresión en sentido estricto. De esta manera podemos decir que
EVANGELIZACIÓN ES AQUELLA ACTIVIDAD PASTORAL QUE SE DIRIGE
DIRECTA Y EXPRESAMENTE A SUSCITAR LA FE EN LOS QUE NO CREEN O A REAVIVARLA Y FORTALECERLA
EN LOS QUE CREEN DÉBILMENTE EXHORTÁNDOLES Y AYUDÁNDOLES A CONVERTIRSE DE CORAZÓN A LA
LLAMADA DE DIOS A LA VIDA ETERNA.
Esta intención evangelizadora selecciona y dinamiza las
características, los contendidos, los momentos y las actitudes propios de este apostolado
de conversión y renovación radical.
Una actividad evangelizadora tiene un primer momento de anuncio de la
salvación de Dios operada y ofrecida en Jesucristo. Se parece mucho a la predicación
kerigmática de los apóstoles y debe inspirarse en los ejemplos de los grandes santos
evangelizadores.
Digamos sin ambages que nuestros maestros de evangelización son el
mismo Jesucristo, los Apóstoles y los grandes misioneros que han abierto campos nuevos al
evangelio en la historia de la Iglesia y de la humanidad.
La pastoral evangelizadora apunta siempre a un objetivo central que es
la conversión del hombre a Dios, la obediencia de la fe, y con eso el arrepentimiento de
los pecados, la instauración de la vida nueva de la piedad y la caridad, y la
multiplicación de las buenas obras de la justicia, el servicio y la misericordia.
En tiempos de evangelización, querer insistir en la vida santa de las
familias o en el mantenimiento de la vida sacramental, sin dedicarse expresa y
preferentemente a reanimar la llama de la fe y el fuego de la conversión, es tanto como
comenzar la casa por el tejado, o poner el carro delante de los bueyes, o querer recoger
el fruto sin advenir que el árbol se secó ya y quedó estéril en años pasados.
Creo sinceramente que éste es uno de los flancos más débiles de
nuestra pastoral, cuando queremos mantener los estilos tradicionales de la vida cristiana
de nuestro pueblo, en la práctica de los sacramentos o en la vida moral, personal,
familiar y pública, sin dedicarnos intensamente a animar y reavivar su fe, la sinceridad
de su conversión personal, la intensidad de su piedad y el fervor de sus deseos
espirituales.
Entiendo que la actividad evangelizadora tiene unas exigencias
objetivas previas que son indispensables:
a) Sólo anuncia y transmite la fe el que la vive intensamente. Se
trata de la fe teologal en Dios. Evangelizar no es aliviar los sufrimientos de los demás,
ni es poner en marcha grandes movimientos de solidaridad con el Tercer Mundo, ni es
tampoco por sí misma la repetida OPCIÓN POR LOS POBRES. Nada de esto es la fe en su
radical teologalidad.
Evangelizar es ayudar a creer gozosamente en Dios, ayudar a descubrirle
como una luz reconfortante en la noche del mundo, en la propia noche interior. Ayudar a
poner la vida eterna y la salvación personal en el centro del deseo y de la esperanza
como ideal y norma operante de los demás deseos y del conjunto de la propia vida. Ayudar
a vivir con el corazón puesto en Dios y en el amor sobrenatural como norma suprema de la
vida.
Comenzamos a estar evangelizados cuando adoramos a Dios como Creador y
Salvador, cuandoesperamos con gratitud la salvación eterna, cuando comenzamos a vivir
según el orden de la caridad sobrenatural en las relaciones y actividades propias de
nuestra vida de cada día.
A partir de ahí el que ha sido evangelizado alcanza la paz, una paz
comunicada por Dios, no por nosotros; a partir de ahí se puede consolar y transmitir
esperanza; a partir de ahí la opción por los pobres y el servicio a los que sufren puede
ser real, efectivo, con tiempos y lugares concretos, con caras conocidas y nombres
propios, sin declamaciones, sin retóricas, sin esnobismos.
Pero ayudar a creer sólo lo puede hacer el que puede transmitir de
verdad la experiencia el gozo y la paz de vivir con Cristo en las cercanías de Dios, de
su palabra, de su mirada, de su amor misericordioso, salvador, pacificador, santificador,
planificador.
b) Esta experiencia del amor y de la gracia de Dios sólo se puede
tener en la Iglesia de Jesucristo, en la comunidad viviente con Cristo, lo más cercana
posible a la comunidad apostólica original, presidida físicamente por el Señor, cuya
continuidad y extensión en la tierra es la Santa Iglesia Jerárquica, Católica,
Apostólica y romana, por su palabra, por los.sacramentos, con la fuerza creadora del
Espíritu Santo.
Para evangelizar, los sacerdotes, los religiosos, los fieles cristianos
todos, tenemos que olvidarnos de nosotros mismos, vivir de verdad arraigados en el Señor,
en la tierra fértil de la Iglesia, en comunión explícita de amor y obediencia con el
Papa y los Obispos, y desde ahí poder decir a los demás la verdad de nuestra única
salvación posible que es la comunicación y la comunión con Dios. Sin cansancios, sin
rutinas, sin envidias ni ambiciones ni personales ni institucionales.
Esto requiere que seamos capaces de recuperar una visión mística de
la Iglesia, sin las escamas de las visiones sociológicas ni los miméticos modelos
secularistas, sin las construcciones historicistas y racionalistas, sin las exaltaciones y
narcisismos personalistas.
Solo quien vive situado sinceramente en la experiencia gozosa de la
unidad de la Iglesia, vivida como hogar de la fe y del Espíritu, como Cuerpo de Cristo y
Morada de Dios, puede en verdad evangelizar, sentir la urgencia de anunciar de verdad a
Jesucristo y encontrar el tono y las palabras justas para hacerlo de manera convincente.
Las presentaciones dubitativas de la fe, la sustitución de la doctrina
de la fe por los teologúmenos más atrevidos, el culturalismo, el populismo asambleísta,
la sospecha permanente contra la jerarquía, la crítica sistemática, la desobediencia,
los protagonismos de personas o de grupitos personalistas, del signo que sean, NO
EVANGELIZAN.
La experiencia nos lo demuestra duramente. Y algunos todavía no se han
dado cuenta de ello. Las Iglesias, las instituciones, los grupos, donde predomina el
secularismo y no se vive la mística religiosa y eciesial de la fe católica, languidecen
en una esterilidad misionera sobrecogedora. Quienes no viven intensamente estas
dimensiones místicas de la fe y de la vida cristiana no transmiten íntegramente la
verdad del evangelio, un Evangelio que consiste en anunciar con fuerza y claridad el
amor salvador de un Dios cercano que se manifiesta en Jesucristo muerto y resucitado y
opera eficazmente por la comunicación del espíritu santo en la Iglesia y por la iglesia
al servicio del Reino de Dios para gloria suya y salvación de los hombres.
c) Para evangelizar hace falta vivir con entusiasmo la necesidad y la
verdad de este Evangelio, de este hermoso anuncio, de esta noticia sorprendente.
Para esto los católicos españoles de hoy tendríamos que volver a
sentir la sorpresa original de los primeros cristianos ante el anuncio y la experiencia de
la salvación de Dios.
¿No tenéis la sensación de que nos entretenemos demasiado en
discutir sobre cuestiones secundarias de organización o de métodos, mientras estamos
dejando perder las convicciones fundamentales y el aliento espiritual de quien las vive
con autenticidad y las anuncia con entusiasmo y confianza?
Resulta también indispensable alimentar una firme confianza, una
confianza absoluta en la necesidad y en la validez de este Evangelio para el momento
presente. La gente de hoy, los adultos y los jóvenes, para vivir necesitan conocer la
gracia de Dios, su amor salvador, tienen necesidad de verlo aparecer y actuar en su vida,
lo necesitan para rehacer su vida a partir de este amor salvador de Dios, conocido,
aceptado, vivido y revivido en cada palmo y en cada recoveco de su entera vida personal.
Esto no es posible si el evangelio anunciado no se percibe muy
claramente como obra y acción de Dios. No es lo mismo la salvación de Dios que nuestras
pequeñas teorías sobre la salvación de Dios.
Este era el secreto de la fortaleza y de la seguridad de San Pablo:
"Mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la
sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del Poder de Dios, para que
vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios" (IC 2,
45).
Sólo Dios salva, no nosotros, ni menos nuestras teorías sobre Dios o
nuestras disgresiones pretenciosas sobre la naturaleza de su salvación. Ni la vida de la
comunidad ni el prestigio personal de nadie puede sostener sólidamente la fe de nadie.
Sólo el amor de Dios que está en Cristo y actúa por el Espíritu
santo es digno de fe y roca firme de la fe.
No hace falta hablar mucho de la Iglesia, mucho menos de nosotros
mismos, no es preciso complicar la cabeza de la gente con cuestiones disputadas, basta que
se refleje en nuestro rostro y brille en nuestras palabras la gloria de la gracia del
Señor (Mc 3, 18).
d) No se suele decir que el evangelizador necesita fortaleza ante las
persecuciones y perseverancia frente a la lentitud del crecimiento del Reino. El apóstol
tiene que estar desprendido de sí mismo, libre de los lazos del amor propio y ha de ser
capaz de trabajar con alegría durante años en el mismo lugar y en las mismas tareas sin
éxitos ni compensaciones humanas.
Más de una vez se sentirá atribulado, perseguido, perplejo,
abandonado, pero nunca desanimado ni vencido. La condición del evangelizador es vivir
entregado a la muerte para que la vida y la gracia triunfen en los demás. La fe firme, la
esperanza segura y el amor ardiente son la verdadera fuerza y la íntima compensación de
su vida (Cf. 11 C 4, 716).
Cuando estas condiciones fundamentales están claras y resuenan de
verdad en nuestras palabras, el anuncio, el lenguaje y los instrumentos de la
evangelización son sencillos, se encuentran con facilidad y resultan de verdad
convincentes:
San Francisco Javier evangelizaba en condiciones dificilísimas
simplemente exponiendo los puntos básicos del credo de los Apóstoles, los mandamientos
de la ley de Dios y enseñando a rezar de verdad el Padre nuestro y el Ave María.
¿Podemos nosotros inventar otras síntesis mejores de nuestra fe?
IV. CENTROS DE INTERÉS
No podemos ahora ni siquiera aludir a todas las sugerencias que nos van
a presentar en las ponencias, comunicaciones o talleres.
Pienso, sin embargo, que esta ponencia introductoria, debe arriesgarse
a señalar cuáles han de ser los puntos en los que la pastoral evangelizadora nos obliga
a poner una especial atención.
Renovación espiritual
Nuestras Iglesias no tendrán fuerza evangelizadora si no logramos
desarrollar un movimiento de fuerte renovación espiritual entre nuestros sacerdotes,
religiosos y algunos grupos de seglares más participantes y activos.
La autocrítica, el acomodo espiritual en la cultura secularista, la
ruptura de unidad dentro de la Iglesia y la desconfianza de tantos cristianos respecto de
la Jerarquía, de la institución eciesial y del magisterio de la Iglesia, debilitan más
de lo que pensamos la fuerza de nuestro testimonio, la credibilidad de nuestras palabras y
de nuestra vida, el vigor y la eficacia de nuestras iniciativas apostólicas.
Debemos caer en la cuenta de cómo Juan Pablo II sitúa en el centro
del Gran Jubileo del Año 2000 "el fortalecimiento de la fe y del testimonio" de
los cristianos, el desarrollo del deseo de santidad en la vida, de los cristianos. Sin
este vigor eclesial vivido sinceramente por los cristianos no llegará nunca esa deseada
nueva evangelización.
Las rupturas y los ofuscamientos de nuestra cultura acumulan tales
dificultades para la fe en Dios del hombre moderno y posmoderno que solamente una
generación de cristianos santos encontrará las palabras y los acentos necesarios para
ayudarles a creer de verdad en el Dios vivo y en sus promesas de vida eterna.
La Iniciación cristiana de los jóvenes
Para mí es muy claro que en una sociedad como la nuestra, donde la
Iglesia está ampliamente presente, la principal tarea evangelizadora se da en la
educación religiosa de los niños y jóvenes.
Esta es una tarea que debe ser realizada conjuntamente por las familias
cristianas, los colegios católicos, las clases de religión en los colegios públicos,
las parroquias y los posibles movimientos o asociaciones de jóvenes.
Señalo únicamente que esta educación religiosa de la juventud debe
tener las notas de una verdadera iniciación cristiana, que conduce al ingreso externo e
interno en la comunidad de la Iglesia mediante la instrucción, la conversión personal y
las celebraciones sacramentales.
Difícilmente podremos exagerar la importancia de la catequesis
entendida como una iniciación continuada a la conversión personal y a la vida cristiana
integral, a modo de catecumenado, tanto para los jóvenes como para los adultos que no
hayan tenido ocasión de vivir anteriormente un verdadero proceso de conversión personal.
Hemos avanzado mucho en este campo, pero todavía nos queda mucho por hacer en la
preparación y estabilidad de los catequistas, en la autenticidad de los contenidos, en la
plenitud integradora y existencial de los métodos.
Si esta iniciación cristiana de los jóvenes no se hace adecuadamente,
todo el resto de la vida y de la acción de la Iglesia queda debilitada en su componente
esencial que es la existencia de una comunidad cristiana compuesta por miembros creyentes
convencidos, convertidos y participantes.
Las nuevas familias cristianas
Tanto la educación de los jóvenes como la consistencia de la
comunidad eclesial depende de la existencia de familias cristianas que tengan un verdadero
programa de vida espiritual y apostólico, que vivan su vida familiar con una fuerte
impregnación y orientación cristiana.
Esto requiere que cuidemos más y mejor la formación de los jóvenes,
que encuentren en el momento oportuno una oportunidad para preparar cristianamente su
matrimonio. Los cursillos preparatorios son un gran paso, pero la experiencia demuestra
que resultan insuficientens. Los novios cristianos necesitan preparar espiritualmente su
matrimonio durante un año o dos de catequesis específica.
Es también indispensable que las parroquias o los arciprestazgos
desarrollen una pastoral de acompañamiento a los nuevos matrimonios, ayudándoles a
adquirir una buena formación espiritual y moral, de todo conforme con la doctrina de la
Iglesia, acerca del ejercicio responsable de la paternidad y maternidad, de la educación
cristiana de los hijos, de la vida espiritual vivida conjuntamente, etc.
La mala conciencia que padecen muchos matrimonios los aleja de la
Iglesia y los incapacita para transmitir la fe y educar cristianamente a sus hijos.
La frialdad religiosa de muchos matrimonios jóvenes entre los treinta
y cincuenta años, la desintegración de la familia moderna por razones económicas y
culturales, el cambio de valores y de modelos en la vida de la mujer, menos religiosa y
menos dedicada educadora que antes, son problemas y dificultades Ipastorales que debilitan
extraordinariamente la vida y la acción evangelizadora de la Iglesia.
El asociacionismo seglar
Tanto la promoción cristiana de los jóvenes como el crecimiento
cristiano de las familias requiere que unos y otros crezcan en el seno de grupos y
asociaciones que les ayuden y a la vez no los alejen de la Iglesia parroquias e
institucional.
No podremos tener un laicado activo, apostólico, participativo, si
nuestras parroquias no están sustentadas por grupos de cristianos asociados que crecen en
su vida espiritual y apostólica, conforme a su vocación, sin alejarse de la vida y de
las actividades parroquiales.
La influencia de los católicos en la vida pública puede hacerse y se
hace sin duda de manera capilar y personal. Pero los grandes objetivos evangelizadores de
la vida secular requieren la acción amplia y continuada de muchos cristianos seglares
bien formados y encuadrados en asociaciones y organizaciones cercanas a los objetivos de
la Iglesia y las directrices de los Obispos.
La evangelización de la cultura
En repetidas ocasiones Juan Pablo II ha incluido la evangelización de
la cultura como un objetivo necesario de la nueva evangelización de Europa, de la
sociedad occidental, del nuevo mundo de la técnica y de la libertad.
Para algunos esta pretensión es sinónimo de regresión, de
confesionalismo, de vuelta a los modelos pasados de culturas no ilustradas,
precientíficas y predemocráticas, teocráticas e intransigentes.
Estos timoratos guardianes del progreso no comprenden que la reflexión
teológico y pastoral acerca de las relaciones entre la fe y la cultura, la Iglesia y la
sociedad han cambiado el cuadro general de las cosas.
La Iglesia toma muy en serio el respeto a la libertad de la fe. Sólo
este dato cambios profundamente el modo de considerar las relaciones entre la Iglesia y la
sociedad. Quienes rechazan el magisterio del Papa como intolerante y predemocrático no
han entendido nada ni del Vaticano II ni de las verdaderas líneas de fondo del magisterio
de Juan Pablo II.
Para nosotros hay dos afirmaciones fundamentales que en un momento
evangelizador no podemos olvidar.
1. La visión religiosa del hombre y del mundo impregna y cualifica
todas las manifestaciones de la conciencia humana. No es posible que una sociedad en la
que la mayoría de sus miembros sean creyentes, no exprese espontáneamente los contenidos
de su fe en las manifestaciones culturales.
Si los hombres y mujeres de una sociedad son creyentes, esto se tiene
que manifestar en las expresiones culturales de la vida y de la muerte, del trabajo y del
ocio, de las fiestas familia res y de las celebraciones periódicas de la vida social y
comunitaria. La fe pasa espontáneamente a la cultura. Y si no lo hace es porque no es una
fe viva ni vivida.
2. Por otra parte, las personas y las sociedades necesitan armonizar y
unificar los contenidos de su conciencia. No es normal que las personas creyentes vivan en
una cultura atea, ni sería tampoco normal que una cultura con impregnaciones religiosas
fuera mantenida por personas ateas. Las personas creyentes viven normalmente en culturas
impregnadas de signos religiosos. Las actitudes personales tienden a armonizarse con los
contenidos de la cultura en que vivimos.
El servicio a los pobres del mundo
La perspectiva de la evangelización nos ayuda a comprender mejor el
servicio de la Iglesia a los pobres.
Por lo pronto nos hace integrar el servicio a los pobres en el arco
integral y original de la misión de la Iglesia. La Iglesia tiene que promover ante todo
la conversión personal a Dios y a la vida eterna, el cambio de criterios morales y a
partir de ahí el cambio de comportamiento en las actividades sociales, profesionales,
económicas y políticas.
Aunque algunos nos acusen de un lenguaje evasivo tenemos que decir que
la Iglesia trabaja al servicio de los pobres y lucha contra la pobreza principalmente
fomentando la conversión del corazón, el cambio de mente y de criterios de quienes
formamos la sociedad y creamos poco a poco las condiciones de vida que nos envuelven y
condicionan a todos. Sólo los hombres justos de corazón pueden luchar de verdad contra
la injusticia, causa principal de la pobreza.
El amor y el servicio a los pobres tiene que encontrar su verdadero
sentido cristiano en el conjunto de la espiritualidad y la moral auténticamente
cristiana, situando la pobreza material en el contexto de la pobreza humana más amplia y
profunda, pobreza espiritual y cultural, pobreza religiosa y moral, pobreza humana, en
definitiva.
Sin concesiones a las ideologías ni a los análisis de tipo
sociológio o político, los católicos españoles tenemos que ver quiénes son aquí y
ahora nuestros pobres más pobres, quienes son los más débiles y los más necesitados de
ayuda en esta sociedad de las seguridades y del despilfarro. ¿Cómo respondemos ante los
niños no nacidos, ante los niños sin familia, los enfermos crónicos y críticos, los
ancianos, los inmigrantes, los sin trabajo, etc., etc.? ¿No es acaso una tarea urgente y
difícil de nuestra Iglesia convencer a los ricos y a los que viven holgadamente que
están siendo cada vez más pobres de humanidad, de esperanza y de calidad moral? Sólo
entonces serían capaces de vivir sobriamente y compartir con los necesitados sus bienes
materiales, su tiempo y su vida. Cada vez más, tenemos el peligro de practicar unas
generosidades materiales que pueden esconder un refinado egoísmo vital en nuestros
proyectos de vida.
No hay duda de que el amor y el servicio a los pobres y la
implantación de la justicia y de la solidaridad en el mundo forman parte de la
evangelización que es la misión de la Iglesia.
Precisamente para que esto se pueda aceptar y cumplir sin reservas es
preciso que esta hermosa tarea sea presentada de manera auténticamente cristiana, sin
impregnaciones ideológicas, sin absolutismos reduccionistas y sin confusión de las
diferentes vocaciones cristianas.
Los evangelizadores
Todo lo que podamos decir depende de la existencia de equipos
responsables de la vida parroquial, formados por el sacerdote o los sacerdotes, algunos
religiosos y los seglares más responsabilizados.
Más importante que las ideas, las líneas y los métodos es la vida
espiritual de estos primeros agentes. Tienen que ser personas de oración, estrechamente
unidos a sus Obispos, animados por un claro espíritu de comunión eciesial, en lo
doctrinal, en lo litúrgico y disciplinar, sin amarguras, sin protagonismos personalistas,
son concesiones a las ideologías o a las tendencias secularistas y hedonistas de la
cultura dominantes.
Sin estos grupos de evangelizadores sinceramente entregados al servicio
del Señor, claramente alineados con la Iglesia institucional, fieles en todo a la
doctrina del Evangelio tal como viene siendo interpretada y expresada por la Iglesia
católica, no tendremos nunca una acción pastoral evangelizadora auténtica, creativa y
fecunda.
CONCLUSIÓN
Dejadme que a manera de epílogo me ponga yo también en actitud de
evangelización y os transmita mi propio testimonio:
Después de muchos años de estudiar, enseñar, escribir y dar
conferencias; después de muchos años de análisis y síntesis, exposiciones y
polémicas, os tengo que decir que he llegado a la convicción de que un evangelizador...
- Se hace en la oración viva y sostenida
- Tiene que hablar de la gracia de Dios y de Cristo desde su propia
experiencia vivida de primera mano, penitente, con humildad y misericordia,
- De manera directa, pacifica y entusiasta,
- Mostrando con la palabra y con la vida,
- De la manera mas sencilla posible,
- La presencia cercana del amor y de la gracia de dios que acoge,
perdona, salva y recrea el corazón de quien le invoca,
- Recibida en la comunión con cristo
- Vivida en la iglesia de Dios, apostólica y católica,
- Por la acción vigorosa del Espíritu Santo,
- Preparando los caminos del Reino de Dios,
- La consumación de la salvación final,
- para gloria de Dios
- y felicidad de todos los hombres de buena voluntad.
Este testimonio no se hace con complicadas teorías ni con discusiones
interminables, ni se consigue presentando con satisfacción las propias ideas o
desacreditando a quienes piensan de otra manera o son de otra línea, se consigue
solamente con esa palabra sobria y verdadera que nace de la realidad invisible de la que
se alimenta nuestra vida visible, enriquecida con la verdad del amor que se fortalece y
purifica en el sufrimiento, se multiplica en la misericordia, con la perseverante
fortaleza de la esperanza, sin desalientos ni amarguras.
Termino esta ponencia introductoria dejando en el aire la esperanza de
un deseo, las luces iniciales de una aurora:
Ojalá este Congreso, situado en los albores del Gran Jubileo del Año
2000, se convierta en el inicio de una época nueva en nuestras Iglesias, la época del
silencio sobre nostros mismos, y de una palabra firme y concorde anunciando la presencia
de la gracia de Dios que viene a nosotros como un sol de vida, para recrear y salvar a
quienes creen en Él por Jesucristo el Señor presente en su Iglesia y operante por la
fuerza de su Espíritu.
Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela |