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Jesucristo, la buena noticia

Ponencia introductoria del Congreso de Evangelización

Madrid, 11 de septiembre de 1999

 

 

ÍNDICE

O. Introducción

I. Fruto de una larga búsqueda

- El objetivo prioritario de la Conferencia Episcopal Española en 1980. Lentos comienzos hacia una pastoral de evangelización.

- La Visita apostólica de Juan Pablo II en 1982:

- El momento de la evangelización e la Iglesia de España.

 

II. El nuevo horizonte

- Desde la Asamblea Conjunta en 1971 hasta la larga convivencia con el primer gobierno Socialista.

- Iglesia libre en una sociedad libre.

- Una situación a la vez normal y contradictoria, como en el resto de Occidente, como lo describe San Pablo en Romanos.

 

 III. Novedad y características del Congreso.

- No sólo un congreso sobre evangelización, sino un Congreso evangelizador.

- Proclamación de Jesucristo como Buena Noticia de salvación para todos, ayer, hoy y siempre.

- ¿Toda pastoral es igualmente evangelizadora?

- El objetivo central explícito de la pastoral de evangelización;

- Exigencias objetivas de la pastoral evangelizadora;

* experiencia personal de fe y de fidelidad;

* vivida en comunión eclesial viva;

* sentir la necesidad de la salvación;

* fortaleza, paciencia, perseverancia;

 

IV. Principales centros de interés de la pastoral de evangelización.

- La renovación espiritual de las personas.

- La iniciación cristiana de los jóvenes.

- Las nuevas familias cristianas.

- El asociacionismo seglar.

- La evangelización de la cultura.

- El servicio a los pobres del mundo

 

Conclusiones

 

 

INTRODUCCIÓN

Esta ponencia tiene como misión el encuadrar el Congreso que ahora iniciamos "en el contexto de nuestra andadura". La idea suena bien, pero a la hora de comenzar a pensar se levantan. no pocos interrogantes.

"Andadura", ¿de quién? ¿De los que estamos aquí? ¿De la Conferencia Episcopal? ¿De la Iglesia española entera?

Y "andadura", ¿desde cuándo? ¿Es que podemos delimitar un tramo de nuestra vida común, como algo del todo separado del resto de nuestra historia? ¿Dónde ponemos el límite? ¿En el concilio Vaticano II? ¿En la transición política? ¿En los 14 años del gobierno socialista con sus ingenuos fervores laicistas?

Dejemos para más adelante la respuesta a estas incertidumbres. Nos conviene ahora comenzar afirmando las actitudes correctas con las que debemos iniciar estas Jornadas.

Es indudable que tenemos el peligro del escepticismo. Hoy el escepticismo tiene el prestigio de actitud culta y elegante. También puede ser una manera cómoda de eludir los grandes problemas teóricos o prácticos. O simplemente una manera frívola de vivir dejándose llevar por la corriente.

Y a la vez, porque en la mente humana hay sitio para las cosas más contradictorias, a la vez, digo, tenemos también el peligro de esperar demasiadas cosas del Congreso.

Para no terminar desilusionados no nos dejemos llevar ahora de ilusiones excesivas o poco realistas. No pretendemos cambiar automáticamente la situación, ni podemos esperar que las dificultades pastorales con que nos encontramos desaparezcan a golpe de una varita mágica.

Después del congreso tendremos que enfrentarnos, cada uno en su sitio, con las mismas dificultades que dejamos. Esperamos que podamos hacerlo con un poco más claridad en la cabeza y un mayor ardor en el corazón. Todos a una, sin divisiones ni reticencias, con el gozo de la presencia del Señor y la fuerte esperanza de su venida.

 

 1. FRUTO DE UNA LARGA BÚSQUEDA

Hay un momento de especial importancia en la vida de la Iglesia española que podemos situar simbólicamente en el año 1982, fecha de la Visita Apostólica del Papa Juan Pablo II a España.

Desde 1980 estaba constituida una pequeña Comisión de Estudio con el fin de presentar a la Asamblea Plenaria unos puntos preferenciales de atención y de estudio. Los Obispos habían percibido que las tareas y los pronunciamientos de la Conferencia habían estado en los años anteriores excesivamente condicionados por los acontecimientos de la historia del país, en concreto y de manera especial por la defensa de las libertades civiles, sociales y políticas durante el régimen de Franco, y la obligada colaboración eclesial a la transición política y el establecimiento de la democracia en España.

Pasados en lo fundamental aquellos acontecimientos, les pareció que era necesario inaugurar una etapa más original, en la que la Conferencia Episcopal iniciase un trabajo menos condicionado por las apreturas del momento, programado con más libertad desde dentro de sí misma atendiendo a las necesidades más profundas y de más largo alcance, tanto del interior de la Iglesia como de la situación espiritual y moral de la sociedad en general.

Para conseguirlo, a finales de 1980 la Conferencia Episcopal decidió iniciar un trabajo en orden a establecer un objetivo preferencial que pudiera constituir el núcleo en torno al cual se unificasen y rganizasen sus múltiples actividades.

Esta preocupación se había manifestado ya anteriormente y estaba en el origen de documentos tan importantes como "Líneas de acción sobre la educación en la fe del pueblo cristiano" de 1973, "Líneas fundamentales de acción pastoral de la Conferencia Episcopal Española", de 1976.

En 1981 la Asamblea Plenaria de 1981 escogió como objetivo preferencial de sus actividades EL SERVICIO A LA FE DE NUESTRO PUEBLO. Es cierto que el servicio a la fe es objetivo central y permanente de todas las actividades de la Iglesia. Pero también es verdad que en algunos momentos de la Iglesia este objetivo se hace más explícito y urgente que en otros.

En junio de 1982 la Asamblea Plenaria aprobó los cinco puntos en los que la Comisión ad hoc había concretado este compromiso fundamental:

1. Promover un proceso permanente de educación en la fe y de evangelización;

2. Acentuar en la educación en la fe el compromiso con Cristo y el compromiso a favor del hombre

3. Atender especialmente a la formación permanente de las personas responsables del ministerio de la evangelización (Sacerdotes, Religiosos, Catequistas, etc.).

4. Apoyar el trabajo y la buena orientación de las instituciones de las que depende la formación cristiana (Seminarios, Facultades teológicas, Universidades, Centros catequéticos, Medios de comunicación social, etc.) 1.

5. Clarificar los contenidos de la fe para asegurar la identidad del mensaje cristiano y su adaptación al hombre de hoy.

 

Algunas de las expresiones utilizadas en estos puntos nos pueden parecer hoy demasiado genéricas. Entonces eran un paso adelante importante en la orientación decidida del esfuerzo hacia una actitud claramente evangelizadora y el reconocimiento todavía no bien conocido de la existencia de una serie de dificultades internas que era preciso superar para llegar a una situación de salud y vigor espiritual indispensables para desarrollar una acción misionera convincente.

Era el principio de etapa nueva en la Iglesia española, el intento de independizarse de las circunstancias coyunturales de la sociedad española, para asumir en profundidad las enseñanzas y directrices del Concilio Vaticano II, superando así las características más superficiales de nuestra situación histórica y tratando de responder a las necesidades profundas de la sociedad afectada por la secularización y las seducciones antirreligiosas del área cultural europea y occidental.

Es sorprendente y agradable comprobar cómo desde los años 80 la Iglesia española, con titubeos, pero con decisión y firmeza, guiada sin duda por el Espíritu de Dios, y asistida por la estrecha comunión con el Papa y con la Iglesia universal, fue entrando en un tiempo de servicio a la fe, un tiempo nuevo de evangelización, para emplear la expresión de Pablo VI en Evangelii Nuntiandi.

"Ha llegado para nosotros la hora de la evangelización", decíamos en la presentación del Documento "La visita del Papa y el servicio a la fe de nuestro pueblo". En 1983, al inaugurar la novena de años preparatoria para la celebración del Quinto centenario de la evangelización de América, comenzó el Papa Juan Pablo II a hablar de "nueva evangelización".

Es un gozo ver ahora cómo nuestra Iglesia, llevada por su deseo de fidelidad al Concilio y a las necesidades espirituales de nuestro pueblo fiel y de la sociedad española entera, está entrando ya por este camino duro y prometedor de una nueva evangelización. Es evidende que no se puede decir sin muchos matices que la sociedad española de nuestro tiempo no estuviera evangelizada. Los grandes momentos de la historia de España muestran, junto a los muchos y grandes pecados de la condición humana, infinidad de gestos y de personas engrandecidas por la fe y el amor de Jesucristo.

La Iglesia más cercana, de la que muchos de nosotros somos directos herederos, fue una Iglesia de mártires, también de verdugos, tristemente, pero de muy pocos apóstatas. Si en otros tiempos los pecados fueron el resentimiento, el odio, la violencia, la explotación y la falta de respeto por la libertad de los demás; hoy vivimos asediados por las tentaciones que nacen del bienestar, la soberbia, la comodidad, la molicie, la infidelidad y la hipocresía, la pereza, la mentira y el narcisismo materialista en todas sus formas, espirituales y materiales.

En nuestra Iglesia actual, esta búsqueda de una actuación directamente evangelizadora se fue afianzando y clarificando en los años siguientes. El plan de los años 87-90 se titulaba "Anunciar a Jesucristo en nuestro mundo con obras y palabras"

El siguiente plan de trabajo de la Conferencia abarcaba los años 90-93 y se centraba en torno a la idea de "impulsar una nueva evangelización. El que acaba de concluir en 1997 pretendía orientar las actividades de la conferencia Episcopal Española en esta misma línea evangelizadora, como expresa su título "PARA QUE EL MUNDO CREA".

 

En el desarrollo de estos programas se promulgaron documentos tan importantes como:

"Testigos del Dios vivo" (junio de 1985); "Los católicos en la vida pública" (abril de 1986); "Constructores de la paz" (febrero 1986); "La verdad os hará libres" (noviembre de 1990); "Moral y Sociedad democrática" (febrero de 1996).

A la vez se han celebrado importantes congresos de estudio en torno a la idea y las exigencias de la pastoral evangelizadora. Ahí están el Congreso sobre "Evangelización y hombre de hoy" y "Parroquia evangelizadora" (1988).

Al mismo tiempo las comisiones Episcopales iban cumpliendo su tarea unificadas por este objetivo común y central de la evangelización estimulando el trabajo pastoral sobre:

- la formación espiritual y doctrina de los sacerdotes para la evangelización,

- la catequesis de tipo catecumenal, expresamente dirigida a favorecer la evangelización y la conversión de los jóvenes o de los adultos a Cristo y a la vida cristiana intensa;

- la promoción de un laicado bien formado doctrinal y pastoralmente, incorporado activamente a la misión y al apostolado eclesial, como se manifiesta en el documento Cristianos laicos, Iglesia en el mundo (1991) y la renovación de los Estatutos de la Acción Católica, fruto de muchas experiencias y de un largo itinerario de reflexión y purificación.

- el servicio a los pobres ejercido humilde y tenazmente como componente esencial de la evangelización y del anuncio de lo esencial cristiano, ahí están el Congreso sobre la pobreza y los importantes documentos sobre, la Iglesia y los pobres, y la caridad en la vida de la Iglesia (1994).

Finalmente el Plan de trabajo actual, PROCLAMAR EL AÑO DE GRACIA DEL SEÑOR, abarca desde el año 97 hasta el 2000. Todo él se centra decididamente en la aplicación de la Exhortación apostólica "Tertio Millennio Adveniente a las necesidades de la Iglesia española en la medida en que pueden ser abordadas colectivamente desde las iniciativas de la Conferencia Episcopal Española".

En este Plan se recoge la idea ya anteriormente estudiada de celebrar este Congreso, entendido como un gran acto de anuncio y de proclamación de Jesucristo en nuestra sociedad, una renovación de nuestra fe en la vitalidad y vigencia de su mensaje, de su espíritu y de su gracia para los hombres de hoy y para los que van a vivir en el siglo XXI, los que van a construir con su vida o que tenga que ser el siglo XXI en la historia de nuestro pueblo.

Con la Conferencia Episcopal, por un proceso espontáneo de comunicación y de convergencia, las Diócesis españolas, cada una a su manera y por sus propios pasos han ido poniendo en un primer plano de sus preocupaciones la idea de la evangelización.

Esto ha significado una simplificación del panorama, frente a muchas iniciativas aisladas y a veces hasta contradictorias ha ido emergiendo esta preocupación dominante como una idea central, en función de la cual se valoran, organizan y seleccionan todas las demás.

En todas partes estamos dedicando grandes esfuerzos a la implantación de una catequesis continuada de tipo catecumenal que responda a las exigencias de una INICIACIÓN CRISTIANA seria y sólida capaz de garantizar humanamente la continuidad de una vida cristiana auténtica en la movilidad e inseguridad de los tiempos actuales.

Las diócesis se centran cada vez más en mejorar la preparación para el matrimonio y el acompañamiento pastoral de las familias jóvenes.

Se busca y se desea la presencia de un laicado que desde dentro de la sociedad y por medio de sus estructuras y medios de comunicación anuncie la presencia del Dios salvador y haga sentir los efectos de su gracia redentora y santificadora.

Trabajamos con ahínco en la creación de ambientes juveniles en los que puedan manifestarse las vocaciones para la vida de especial consagración, ya sea para el ministerio presbíteral, como para la vida religiosa en sus diferentes formas, o la vida de consagración en los Institutos seculares y sociedades de vida común.

En todas partes nos preguntamos cómo vivir y cómo actuar para dar con eso que algunos llamamos gráficamente PASTORAL DE CARAS NUEVAS, pastoral de evangelización de los que todavía no han venido a la vida cristiana, o de los que se fueron en los años de la euforia agnóstica del racionalismo y del socialismo.

 

II. EL NUEVO HORIZONTE

El devenir de las tareas y de las preocupaciones de la Iglesia española en estos últimos años lo podemos organizar en torno a estos cuatro momentos.

1. Hay una primera época, simbolizada en la Asamblea Conjunta, de 1971, que podríamos llamar "Los años de la liquidación de la guerra civil". Comprende los primeros años del posconcilio, desde 1965 hasta 1975. Son los años en los que la Iglesia española sale del enfeudamiento en que se había visto metida como consecuencia de la persecución religiosa y de la guerra civil.

Son años difíciles y dolorosos en los que Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos van descubriendo la necesidad de liberarse de la identificación con los vencedores de la guerra civil, necesidad de defender los derechos de los vencidos y los presupuestos de una verdadera reconciliación nacional.

 

2. El segundo período va desde 1975 hasta 1982, ano en que por primera vez en la historia de España se establece un gobierno de signo socialista. Son los años de la transición, de las grandes llamadas a la reconciliación, de la renuncia a los privilegios respaldados por la confesionalidad del Estado, la aceptación de una constitución democrática, el inicio de la vida de la Iglesia en el mar abierto de los derechos democráticos, sin andaderas ni privilegios jurídicos.

 

3.º El tercer período es el tiempo de la prueba y de la consolidación. Va de 1980 hasta 1990, y se corresponde, poco más o menos, con los catorce años del gobierno socialista. En estos años la Iglesia española vive con duras dificultades internas y externas su verdadera transición. Pasa de una situación protegida a tener que vivir casi en régimen de pura tolerancia y bajo sospecha permanente.

A la vez la influencia de la cultura ambiental favorece el desarrollo de un fácil progresismo dentro de la Iglesia, que espera ingenuamente una benigna aceptación del Evangelio haciendo concesiones a la secularidad imperante en el modo de interpretar la doctrina y la moral cristiana, a veces en clara tensión con el propio magisterio y las sanas tradiciones de la Iglesia.

 

En pocos años la Iglesia española tiene que aprender a vivir y actuar no sólo en una sociedad democrática, sino en una sociedad democrática con un clima cultural decididamente laicista, que quiere compensar los largos años de favor social vivido por la Iglesia con una situación de humillación e irrelevancia.

 

4. Desde 1990 estamos entrando en un tiempo que podríamos llamar de normalización social y pastoral. No porque todo lo que hay sea correcto y aceptable, sino porque poco a poco nos vamos liberando de las anomalías históricas y políticas de los años pasados y nos vamos situando con objetividad y libertad de espíritu en la dura situación social, cultural y pastoral de las sociedades occidentales del momento.

Esta situación se caracteriza, en primer lugar, por algo tan ambiguo como el pluralismo y el relativismo cultural, consecuencia inevitable del establecimiento de la libertad individual, en sus dimensiones subjetivas aisladas de la realidad objetiva y transcendente como valor cultural central y objetivo político número uno.

Todo sería muy bueno si tuviéramos claro cómo y para qué somos libres. Las cosas se complican cuando se hace de la libertad un valor último en sí, de manera que cualquier acto o experiencia pueda ser legitimable con tal de que el interesado lo haga libremente.

Una pretendida "cultura de la libertad" nos empuja hacia la desconfianza y el olvido de Dios, al subjetivismo moral, a la desintegración institucional y comunitaria.

En poco tiempo hemos tenido que aprender a vivir en una sociedad culturalmente variada, rota, contradictoria, inmersos en una cultura absorbida por el espesor y la complejidad de la vida mundana y temporal, tentados de secularismo y mundanización integral, al menos en ciertas fases y momentos de la vida.

Y de unas alianzas superficiales y engañosas con ciertos movimientos que se presentaban como democráticos, hemos tenido que pasar a enfrentarnos con un mal disimulado menosprecio de la religión, con una fuerte desconfianza ante la transcendencia, con el temor ante las afirmaciones o compromisos absolutos; con el claro rechazo de una moral anterior o superior al propio juicio.

En este contexto nada fácil para anunciar y escuchar la Palabra de Dios, viven nuestras Iglesias su propia voación cristiana, teologal, escatológico, y tienen que desempeñar su servicio misionero y humanizador.

Sin embargo, esta es nuestra situación religiosa y Pastoral en esto que llamamos el occidente cristiano. De alguna manera, por lo menos en algunas cosas, se parece bastante al panorama que nos dibuja San Pablo como condición y situación del mundo pecador:

un mundo que "Aprisiona la verdad con la injusticia"; ofuscado "Por sus vanos razonamlentos" y de corazón entenebrecido, que cambia "la verdad de Dios por la mentira" y sirve a la Criatura en vez de al Creador" lleno de toda injusticia, que "no solamente practica tales cosas sino que aprueba a los que las cometen" (Cf. Rom. cap. l). Un mundo, en fin, encerrado en la rebeldía y en el pecado en el que se pueda anunciar la misericordia (Rom. 11, 32). Un mundo donde abunda el pecado y tiene que ser anunciada y vivida la gracia sobreabundante y salvadora de Dios (Cf. Rom. 5, 20).

 

Por primera vez después de muchos años la Iglesia española vive en plena libertad, en una sociedad suficientemente libre y democrática, sin apoyos privilegiados, pero también sin especiales presiones ni restricciones, sin falsas protecciones que le impidan sentir cerca de sí el dolor de un mundo que sufre en las tinieblas de la incredulidad o de la incertidumbre, tentado de idolatría, olvidadizo de Dios y de sus promesas de vida eterna, un poco narcotizado y complacido por la dulce apariencia de unas formas refinadamente humanistas y solidarias combinadas sin embargo con comportamientos injustos, soberbios, deshonestos y hasta criminales.

Estas son las condiciones básicas de nuestra Iglesia y probablemente estas son unas condiciones adecuadas para desarrollar de verdad, una pastoral decididamente y radicalmente evangelizadora hacia dentro y hacia fuera de la Iglesia, en la medida en que este hablar de "dentro" y "fuera" sea un lenguaje legítimo.

Para completar el cuadro hay que tener en cuenta las diferencias y divisiones que se crean dentro de la Iglesia por las distintas sensibilidades y diferentes influencias de las distintas tendencias culturales o políticas.

Por lo visto es difícil para no pocas personas ir caminando espiritualmente a la vez que cambian las circunstancias. Hay quienes siguen viviendo en las mismas actitudes y con los mismos criterios que en los años setenta u ochenta. Siguen llamándose progresistas, pero viven bloqueados en épocas ya pasadas y repitiendo hasta el aburrimiento las mismas consignas de hace veinte años como si fueran un descubrimiento de ahora mismo. Está claro que el tiempo humano, y más todavía el tiempo colectivo, es mucho más complicado que el tiempo material y biológico.

A los que vemos las cosas de otra manera nos llaman restauracionistas, sin darse cuenta de que hay una manera de preparar el futuro y de responder a las nuevas situaciones que aunque se separe de los planteamientos de hace unos años no pretende repetir el pasado sino más bien ir caminando a la vez que los cambios que no cesan.

 

III. NOVEDAD Y CARACTERÍSTICAS DEL CONGRESO

 

Si algo de lo dicho es verdad, justifica explica la novedad y favorece unas características especiales. El congreso está concebido de una manera muy coherente y unitaria. Todo él está encuadrado en la conmemoración del Gran Jubileo de la Redención, Diríamos con lenguaje de la tierra navarra que es el cohete inaugurador de estas jubilosas fiestas del Segundo Milenio de la Redención de la Humanidad.

Descansa sobre seis ponencias cuyos argumentos se suceden estrechamente unidos y vinculados entre sí:

 

1. Jesucristo, nuestro Evangelio, la Buena Noticia para nuestro mundo.

 

Esta primera proclamación se abre en las cinco siguientes:

2. Jesucristo revelación de Dios al mundo, Y por eso mismo,

3. Jesucristo revelador de la verdad del hombre,

4. Jesucristo fuente y modelo de vida cristiana,

5. Jesucristo redentor del mundo,

6. Jesucristo fuente del Espíritu Santo.

 

Con estas ponencias habrá Comunicaciones y talleres. Es la manera de recibir noticia de diferentes experiencias evangelizadoras que están ya en marcha en muchos lugares, y de entrar nosotros mismos en los diferentes momentos de la evangelización.

No queremos limitarnos a hablar, a exponer, a decir cómo se tienen que hacer las cosas, queremos vivirlas, ponernos nosotros mismos en trance de recibir y proclamar la palabra de Dios.

Por eso mismo en este Congreso van a tener una importancia singular las celebraciones, celebraciones de la Palabra, celebraciones de la penitencia y celebraciones del amor redentor de Cristo en una Eucaristía final vivida como "Exaltación de la santa Cruz".

 

2. En resumidas cuentas: No queremos que sea un congreso SOBRE evangelización, sino un Congreso evangelizador. Que sea él mismo un acto de evangelización, un intento de presentación de Jesucristo, aupado sobre la fe y la fidelidad de una Iglesia.

Se trataría de repetir, aquí y ahora, la escena del Apocalipsis. Me refiero a la escena con que San Juan inicia la exhortación de su Apocalipsis, exhortación a la fe, a la fidelidad y a la esperanza, en tiempos difíciles (Cf. Ap. cc. 4 y 5).

Queremos que en todas nuestras Iglesias, en todos los ambientes humanos, en las familias y en las calles, en las ciudades y en los pueblos, en las Universidades y en las fábricas, en los lugares de recreo y en los hospitales, se oiga potente el grito de la fe:

"Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia, por los siglos de los siglos" (5, 13). Conciudadanos y vecinos ancianos y jóvenes, sanos y enfermos, cercanos y lejanos, hermanos y amigos, escuchad nuestra palabra dicha con amor y humildad:

Desde la ventana abierta de nuestra fe vemos la gloria de Dios, vemos el esplendor de Jesucristo resucitado, como Hijo de Dios e Hijo del hombre, como SALVADOR de todos nosotros, siempre vivo, siempre despierto, siempre con los brazos abiertos como una esperanza de vida para todos nosotros.

Os invitamos a vivir lo que nosotros vemos y vivimos para que tengáis también la paz y la esperanza que nosotros tenemos, por la bondad y la gracia de Dios nuestro Padre que os ama a vosotros como nos ama a nosotros, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Es verdad que en un sentido genérico todo lo que hace la Iglesia, o al menos todo lo que debemos hacer, queda dentro del concepto y la urgencia de la evangelización.

Por eso alguien, no sin una pizca de acritud, ante la designación de este mismo congreso ha podido escribir: "La verdadera pastoral es siempre evangelizadora. Y si no es evangelizadora no es pastoral".

Bien está. Pero también es cierto que no todas las actividades de la Iglesia son igualmente evangelizadoras, ni están ordenadas de la misma manera al servicio directo de la fe. Cuando hablamos aquí de evangelización y de evangelizar queremos entender esta expresión en sentido estricto. De esta manera podemos decir que

 

EVANGELIZACIÓN ES AQUELLA ACTIVIDAD PASTORAL QUE SE DIRIGE DIRECTA Y EXPRESAMENTE A SUSCITAR LA FE EN LOS QUE NO CREEN O A REAVIVARLA Y FORTALECERLA EN LOS QUE CREEN DÉBILMENTE EXHORTÁNDOLES Y AYUDÁNDOLES A CONVERTIRSE DE CORAZÓN A LA LLAMADA DE DIOS A LA VIDA ETERNA.

 

Esta intención evangelizadora selecciona y dinamiza las características, los contendidos, los momentos y las actitudes propios de este apostolado de conversión y renovación radical.

Una actividad evangelizadora tiene un primer momento de anuncio de la salvación de Dios operada y ofrecida en Jesucristo. Se parece mucho a la predicación kerigmática de los apóstoles y debe inspirarse en los ejemplos de los grandes santos evangelizadores.

Digamos sin ambages que nuestros maestros de evangelización son el mismo Jesucristo, los Apóstoles y los grandes misioneros que han abierto campos nuevos al evangelio en la historia de la Iglesia y de la humanidad.

La pastoral evangelizadora apunta siempre a un objetivo central que es la conversión del hombre a Dios, la obediencia de la fe, y con eso el arrepentimiento de los pecados, la instauración de la vida nueva de la piedad y la caridad, y la multiplicación de las buenas obras de la justicia, el servicio y la misericordia.

En tiempos de evangelización, querer insistir en la vida santa de las familias o en el mantenimiento de la vida sacramental, sin dedicarse expresa y preferentemente a reanimar la llama de la fe y el fuego de la conversión, es tanto como comenzar la casa por el tejado, o poner el carro delante de los bueyes, o querer recoger el fruto sin advenir que el árbol se secó ya y quedó estéril en años pasados.

Creo sinceramente que éste es uno de los flancos más débiles de nuestra pastoral, cuando queremos mantener los estilos tradicionales de la vida cristiana de nuestro pueblo, en la práctica de los sacramentos o en la vida moral, personal, familiar y pública, sin dedicarnos intensamente a animar y reavivar su fe, la sinceridad de su conversión personal, la intensidad de su piedad y el fervor de sus deseos espirituales.

Entiendo que la actividad evangelizadora tiene unas exigencias objetivas previas que son indispensables:

a) Sólo anuncia y transmite la fe el que la vive intensamente. Se trata de la fe teologal en Dios. Evangelizar no es aliviar los sufrimientos de los demás, ni es poner en marcha grandes movimientos de solidaridad con el Tercer Mundo, ni es tampoco por sí misma la repetida OPCIÓN POR LOS POBRES. Nada de esto es la fe en su radical teologalidad.

Evangelizar es ayudar a creer gozosamente en Dios, ayudar a descubrirle como una luz reconfortante en la noche del mundo, en la propia noche interior. Ayudar a poner la vida eterna y la salvación personal en el centro del deseo y de la esperanza como ideal y norma operante de los demás deseos y del conjunto de la propia vida. Ayudar a vivir con el corazón puesto en Dios y en el amor sobrenatural como norma suprema de la vida.

Comenzamos a estar evangelizados cuando adoramos a Dios como Creador y Salvador, cuandoesperamos con gratitud la salvación eterna, cuando comenzamos a vivir según el orden de la caridad sobrenatural en las relaciones y actividades propias de nuestra vida de cada día.

A partir de ahí el que ha sido evangelizado alcanza la paz, una paz comunicada por Dios, no por nosotros; a partir de ahí se puede consolar y transmitir esperanza; a partir de ahí la opción por los pobres y el servicio a los que sufren puede ser real, efectivo, con tiempos y lugares concretos, con caras conocidas y nombres propios, sin declamaciones, sin retóricas, sin esnobismos.

Pero ayudar a creer sólo lo puede hacer el que puede transmitir de verdad la experiencia el gozo y la paz de vivir con Cristo en las cercanías de Dios, de su palabra, de su mirada, de su amor misericordioso, salvador, pacificador, santificador, planificador.

 

b) Esta experiencia del amor y de la gracia de Dios sólo se puede tener en la Iglesia de Jesucristo, en la comunidad viviente con Cristo, lo más cercana posible a la comunidad apostólica original, presidida físicamente por el Señor, cuya continuidad y extensión en la tierra es la Santa Iglesia Jerárquica, Católica, Apostólica y romana, por su palabra, por los.sacramentos, con la fuerza creadora del Espíritu Santo.

Para evangelizar, los sacerdotes, los religiosos, los fieles cristianos todos, tenemos que olvidarnos de nosotros mismos, vivir de verdad arraigados en el Señor, en la tierra fértil de la Iglesia, en comunión explícita de amor y obediencia con el Papa y los Obispos, y desde ahí poder decir a los demás la verdad de nuestra única salvación posible que es la comunicación y la comunión con Dios. Sin cansancios, sin rutinas, sin envidias ni ambiciones ni personales ni institucionales.

Esto requiere que seamos capaces de recuperar una visión mística de la Iglesia, sin las escamas de las visiones sociológicas ni los miméticos modelos secularistas, sin las construcciones historicistas y racionalistas, sin las exaltaciones y narcisismos personalistas.

Solo quien vive situado sinceramente en la experiencia gozosa de la unidad de la Iglesia, vivida como hogar de la fe y del Espíritu, como Cuerpo de Cristo y Morada de Dios, puede en verdad evangelizar, sentir la urgencia de anunciar de verdad a Jesucristo y encontrar el tono y las palabras justas para hacerlo de manera convincente.

Las presentaciones dubitativas de la fe, la sustitución de la doctrina de la fe por los teologúmenos más atrevidos, el culturalismo, el populismo asambleísta, la sospecha permanente contra la jerarquía, la crítica sistemática, la desobediencia, los protagonismos de personas o de grupitos personalistas, del signo que sean, NO EVANGELIZAN.

La experiencia nos lo demuestra duramente. Y algunos todavía no se han dado cuenta de ello. Las Iglesias, las instituciones, los grupos, donde predomina el secularismo y no se vive la mística religiosa y eciesial de la fe católica, languidecen en una esterilidad misionera sobrecogedora. Quienes no viven intensamente estas dimensiones místicas de la fe y de la vida cristiana no transmiten íntegramente la verdad del evangelio, un Evangelio que consiste en anunciar con fuerza y claridad el amor salvador de un Dios cercano que se manifiesta en Jesucristo muerto y resucitado y opera eficazmente por la comunicación del espíritu santo en la Iglesia y por la iglesia al servicio del Reino de Dios para gloria suya y salvación de los hombres.

 

c) Para evangelizar hace falta vivir con entusiasmo la necesidad y la verdad de este Evangelio, de este hermoso anuncio, de esta noticia sorprendente.

Para esto los católicos españoles de hoy tendríamos que volver a sentir la sorpresa original de los primeros cristianos ante el anuncio y la experiencia de la salvación de Dios.

¿No tenéis la sensación de que nos entretenemos demasiado en discutir sobre cuestiones secundarias de organización o de métodos, mientras estamos dejando perder las convicciones fundamentales y el aliento espiritual de quien las vive con autenticidad y las anuncia con entusiasmo y confianza?

Resulta también indispensable alimentar una firme confianza, una confianza absoluta en la necesidad y en la validez de este Evangelio para el momento presente. La gente de hoy, los adultos y los jóvenes, para vivir necesitan conocer la gracia de Dios, su amor salvador, tienen necesidad de verlo aparecer y actuar en su vida, lo necesitan para rehacer su vida a partir de este amor salvador de Dios, conocido, aceptado, vivido y revivido en cada palmo y en cada recoveco de su entera vida personal.

Esto no es posible si el evangelio anunciado no se percibe muy claramente como obra y acción de Dios. No es lo mismo la salvación de Dios que nuestras pequeñas teorías sobre la salvación de Dios.

Este era el secreto de la fortaleza y de la seguridad de San Pablo: "Mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del Poder de Dios, para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios" (IC 2, 45).

Sólo Dios salva, no nosotros, ni menos nuestras teorías sobre Dios o nuestras disgresiones pretenciosas sobre la naturaleza de su salvación. Ni la vida de la comunidad ni el prestigio personal de nadie puede sostener sólidamente la fe de nadie.

Sólo el amor de Dios que está en Cristo y actúa por el Espíritu santo es digno de fe y roca firme de la fe.

No hace falta hablar mucho de la Iglesia, mucho menos de nosotros mismos, no es preciso complicar la cabeza de la gente con cuestiones disputadas, basta que se refleje en nuestro rostro y brille en nuestras palabras la gloria de la gracia del Señor (Mc 3, 18).

 

d) No se suele decir que el evangelizador necesita fortaleza ante las persecuciones y perseverancia frente a la lentitud del crecimiento del Reino. El apóstol tiene que estar desprendido de sí mismo, libre de los lazos del amor propio y ha de ser capaz de trabajar con alegría durante años en el mismo lugar y en las mismas tareas sin éxitos ni compensaciones humanas.

Más de una vez se sentirá atribulado, perseguido, perplejo, abandonado, pero nunca desanimado ni vencido. La condición del evangelizador es vivir entregado a la muerte para que la vida y la gracia triunfen en los demás. La fe firme, la esperanza segura y el amor ardiente son la verdadera fuerza y la íntima compensación de su vida (Cf. 11 C 4, 716).

Cuando estas condiciones fundamentales están claras y resuenan de verdad en nuestras palabras, el anuncio, el lenguaje y los instrumentos de la evangelización son sencillos, se encuentran con facilidad y resultan de verdad convincentes:

San Francisco Javier evangelizaba en condiciones dificilísimas simplemente exponiendo los puntos básicos del credo de los Apóstoles, los mandamientos de la ley de Dios y enseñando a rezar de verdad el Padre nuestro y el Ave María. ¿Podemos nosotros inventar otras síntesis mejores de nuestra fe?

 

IV. CENTROS DE INTERÉS

 

No podemos ahora ni siquiera aludir a todas las sugerencias que nos van a presentar en las ponencias, comunicaciones o talleres.

Pienso, sin embargo, que esta ponencia introductoria, debe arriesgarse a señalar cuáles han de ser los puntos en los que la pastoral evangelizadora nos obliga a poner una especial atención.

 

Renovación espiritual

Nuestras Iglesias no tendrán fuerza evangelizadora si no logramos desarrollar un movimiento de fuerte renovación espiritual entre nuestros sacerdotes, religiosos y algunos grupos de seglares más participantes y activos.

La autocrítica, el acomodo espiritual en la cultura secularista, la ruptura de unidad dentro de la Iglesia y la desconfianza de tantos cristianos respecto de la Jerarquía, de la institución eciesial y del magisterio de la Iglesia, debilitan más de lo que pensamos la fuerza de nuestro testimonio, la credibilidad de nuestras palabras y de nuestra vida, el vigor y la eficacia de nuestras iniciativas apostólicas.

Debemos caer en la cuenta de cómo Juan Pablo II sitúa en el centro del Gran Jubileo del Año 2000 "el fortalecimiento de la fe y del testimonio" de los cristianos, el desarrollo del deseo de santidad en la vida, de los cristianos. Sin este vigor eclesial vivido sinceramente por los cristianos no llegará nunca esa deseada nueva evangelización.

Las rupturas y los ofuscamientos de nuestra cultura acumulan tales dificultades para la fe en Dios del hombre moderno y posmoderno que solamente una generación de cristianos santos encontrará las palabras y los acentos necesarios para ayudarles a creer de verdad en el Dios vivo y en sus promesas de vida eterna.

 

La Iniciación cristiana de los jóvenes

Para mí es muy claro que en una sociedad como la nuestra, donde la Iglesia está ampliamente presente, la principal tarea evangelizadora se da en la educación religiosa de los niños y jóvenes.

Esta es una tarea que debe ser realizada conjuntamente por las familias cristianas, los colegios católicos, las clases de religión en los colegios públicos, las parroquias y los posibles movimientos o asociaciones de jóvenes.

Señalo únicamente que esta educación religiosa de la juventud debe tener las notas de una verdadera iniciación cristiana, que conduce al ingreso externo e interno en la comunidad de la Iglesia mediante la instrucción, la conversión personal y las celebraciones sacramentales.

Difícilmente podremos exagerar la importancia de la catequesis entendida como una iniciación continuada a la conversión personal y a la vida cristiana integral, a modo de catecumenado, tanto para los jóvenes como para los adultos que no hayan tenido ocasión de vivir anteriormente un verdadero proceso de conversión personal. Hemos avanzado mucho en este campo, pero todavía nos queda mucho por hacer en la preparación y estabilidad de los catequistas, en la autenticidad de los contenidos, en la plenitud integradora y existencial de los métodos.

Si esta iniciación cristiana de los jóvenes no se hace adecuadamente, todo el resto de la vida y de la acción de la Iglesia queda debilitada en su componente esencial que es la existencia de una comunidad cristiana compuesta por miembros creyentes convencidos, convertidos y participantes.

 

Las nuevas familias cristianas

Tanto la educación de los jóvenes como la consistencia de la comunidad eclesial depende de la existencia de familias cristianas que tengan un verdadero programa de vida espiritual y apostólico, que vivan su vida familiar con una fuerte impregnación y orientación cristiana.

Esto requiere que cuidemos más y mejor la formación de los jóvenes, que encuentren en el momento oportuno una oportunidad para preparar cristianamente su matrimonio. Los cursillos preparatorios son un gran paso, pero la experiencia demuestra que resultan insuficientens. Los novios cristianos necesitan preparar espiritualmente su matrimonio durante un año o dos de catequesis específica.

Es también indispensable que las parroquias o los arciprestazgos desarrollen una pastoral de acompañamiento a los nuevos matrimonios, ayudándoles a adquirir una buena formación espiritual y moral, de todo conforme con la doctrina de la Iglesia, acerca del ejercicio responsable de la paternidad y maternidad, de la educación cristiana de los hijos, de la vida espiritual vivida conjuntamente, etc.

La mala conciencia que padecen muchos matrimonios los aleja de la Iglesia y los incapacita para transmitir la fe y educar cristianamente a sus hijos.

La frialdad religiosa de muchos matrimonios jóvenes entre los treinta y cincuenta años, la desintegración de la familia moderna por razones económicas y culturales, el cambio de valores y de modelos en la vida de la mujer, menos religiosa y menos dedicada educadora que antes, son problemas y dificultades Ipastorales que debilitan extraordinariamente la vida y la acción evangelizadora de la Iglesia.

 

El asociacionismo seglar

Tanto la promoción cristiana de los jóvenes como el crecimiento cristiano de las familias requiere que unos y otros crezcan en el seno de grupos y asociaciones que les ayuden y a la vez no los alejen de la Iglesia parroquias e institucional.

No podremos tener un laicado activo, apostólico, participativo, si nuestras parroquias no están sustentadas por grupos de cristianos asociados que crecen en su vida espiritual y apostólica, conforme a su vocación, sin alejarse de la vida y de las actividades parroquiales.

La influencia de los católicos en la vida pública puede hacerse y se hace sin duda de manera capilar y personal. Pero los grandes objetivos evangelizadores de la vida secular requieren la acción amplia y continuada de muchos cristianos seglares bien formados y encuadrados en asociaciones y organizaciones cercanas a los objetivos de la Iglesia y las directrices de los Obispos.

 

La evangelización de la cultura

En repetidas ocasiones Juan Pablo II ha incluido la evangelización de la cultura como un objetivo necesario de la nueva evangelización de Europa, de la sociedad occidental, del nuevo mundo de la técnica y de la libertad.

Para algunos esta pretensión es sinónimo de regresión, de confesionalismo, de vuelta a los modelos pasados de culturas no ilustradas, precientíficas y predemocráticas, teocráticas e intransigentes.

Estos timoratos guardianes del progreso no comprenden que la reflexión teológico y pastoral acerca de las relaciones entre la fe y la cultura, la Iglesia y la sociedad han cambiado el cuadro general de las cosas.

La Iglesia toma muy en serio el respeto a la libertad de la fe. Sólo este dato cambios profundamente el modo de considerar las relaciones entre la Iglesia y la sociedad. Quienes rechazan el magisterio del Papa como intolerante y predemocrático no han entendido nada ni del Vaticano II ni de las verdaderas líneas de fondo del magisterio de Juan Pablo II.

Para nosotros hay dos afirmaciones fundamentales que en un momento evangelizador no podemos olvidar.

1. La visión religiosa del hombre y del mundo impregna y cualifica todas las manifestaciones de la conciencia humana. No es posible que una sociedad en la que la mayoría de sus miembros sean creyentes, no exprese espontáneamente los contenidos de su fe en las manifestaciones culturales.

Si los hombres y mujeres de una sociedad son creyentes, esto se tiene que manifestar en las expresiones culturales de la vida y de la muerte, del trabajo y del ocio, de las fiestas familia res y de las celebraciones periódicas de la vida social y comunitaria. La fe pasa espontáneamente a la cultura. Y si no lo hace es porque no es una fe viva ni vivida.

 

2. Por otra parte, las personas y las sociedades necesitan armonizar y unificar los contenidos de su conciencia. No es normal que las personas creyentes vivan en una cultura atea, ni sería tampoco normal que una cultura con impregnaciones religiosas fuera mantenida por personas ateas. Las personas creyentes viven normalmente en culturas impregnadas de signos religiosos. Las actitudes personales tienden a armonizarse con los contenidos de la cultura en que vivimos.

 

El servicio a los pobres del mundo

La perspectiva de la evangelización nos ayuda a comprender mejor el servicio de la Iglesia a los pobres.

Por lo pronto nos hace integrar el servicio a los pobres en el arco integral y original de la misión de la Iglesia. La Iglesia tiene que promover ante todo la conversión personal a Dios y a la vida eterna, el cambio de criterios morales y a partir de ahí el cambio de comportamiento en las actividades sociales, profesionales, económicas y políticas.

Aunque algunos nos acusen de un lenguaje evasivo tenemos que decir que la Iglesia trabaja al servicio de los pobres y lucha contra la pobreza principalmente fomentando la conversión del corazón, el cambio de mente y de criterios de quienes formamos la sociedad y creamos poco a poco las condiciones de vida que nos envuelven y condicionan a todos. Sólo los hombres justos de corazón pueden luchar de verdad contra la injusticia, causa principal de la pobreza.

El amor y el servicio a los pobres tiene que encontrar su verdadero sentido cristiano en el conjunto de la espiritualidad y la moral auténticamente cristiana, situando la pobreza material en el contexto de la pobreza humana más amplia y profunda, pobreza espiritual y cultural, pobreza religiosa y moral, pobreza humana, en definitiva.

Sin concesiones a las ideologías ni a los análisis de tipo sociológio o político, los católicos españoles tenemos que ver quiénes son aquí y ahora nuestros pobres más pobres, quienes son los más débiles y los más necesitados de ayuda en esta sociedad de las seguridades y del despilfarro. ¿Cómo respondemos ante los niños no nacidos, ante los niños sin familia, los enfermos crónicos y críticos, los ancianos, los inmigrantes, los sin trabajo, etc., etc.? ¿No es acaso una tarea urgente y difícil de nuestra Iglesia convencer a los ricos y a los que viven holgadamente que están siendo cada vez más pobres de humanidad, de esperanza y de calidad moral? Sólo entonces serían capaces de vivir sobriamente y compartir con los necesitados sus bienes materiales, su tiempo y su vida. Cada vez más, tenemos el peligro de practicar unas generosidades materiales que pueden esconder un refinado egoísmo vital en nuestros proyectos de vida.

No hay duda de que el amor y el servicio a los pobres y la implantación de la justicia y de la solidaridad en el mundo forman parte de la evangelización que es la misión de la Iglesia.

Precisamente para que esto se pueda aceptar y cumplir sin reservas es preciso que esta hermosa tarea sea presentada de manera auténticamente cristiana, sin impregnaciones ideológicas, sin absolutismos reduccionistas y sin confusión de las diferentes vocaciones cristianas.

 

Los evangelizadores

Todo lo que podamos decir depende de la existencia de equipos responsables de la vida parroquial, formados por el sacerdote o los sacerdotes, algunos religiosos y los seglares más responsabilizados.

Más importante que las ideas, las líneas y los métodos es la vida espiritual de estos primeros agentes. Tienen que ser personas de oración, estrechamente unidos a sus Obispos, animados por un claro espíritu de comunión eciesial, en lo doctrinal, en lo litúrgico y disciplinar, sin amarguras, sin protagonismos personalistas, son concesiones a las ideologías o a las tendencias secularistas y hedonistas de la cultura dominantes.

Sin estos grupos de evangelizadores sinceramente entregados al servicio del Señor, claramente alineados con la Iglesia institucional, fieles en todo a la doctrina del Evangelio tal como viene siendo interpretada y expresada por la Iglesia católica, no tendremos nunca una acción pastoral evangelizadora auténtica, creativa y fecunda.

 

CONCLUSIÓN

Dejadme que a manera de epílogo me ponga yo también en actitud de evangelización y os transmita mi propio testimonio:

Después de muchos años de estudiar, enseñar, escribir y dar conferencias; después de muchos años de análisis y síntesis, exposiciones y polémicas, os tengo que decir que he llegado a la convicción de que un evangelizador...

- Se hace en la oración viva y sostenida

- Tiene que hablar de la gracia de Dios y de Cristo desde su propia experiencia vivida de primera mano, penitente, con humildad y misericordia,

- De manera directa, pacifica y entusiasta,

- Mostrando con la palabra y con la vida,

- De la manera mas sencilla posible,

- La presencia cercana del amor y de la gracia de dios que acoge, perdona, salva y recrea el corazón de quien le invoca,

- Recibida en la comunión con cristo

- Vivida en la iglesia de Dios, apostólica y católica,

- Por la acción vigorosa del Espíritu Santo,

- Preparando los caminos del Reino de Dios,

- La consumación de la salvación final,

- para gloria de Dios

- y felicidad de todos los hombres de buena voluntad.

 

Este testimonio no se hace con complicadas teorías ni con discusiones interminables, ni se consigue presentando con satisfacción las propias ideas o desacreditando a quienes piensan de otra manera o son de otra línea, se consigue solamente con esa palabra sobria y verdadera que nace de la realidad invisible de la que se alimenta nuestra vida visible, enriquecida con la verdad del amor que se fortalece y purifica en el sufrimiento, se multiplica en la misericordia, con la perseverante fortaleza de la esperanza, sin desalientos ni amarguras.

Termino esta ponencia introductoria dejando en el aire la esperanza de un deseo, las luces iniciales de una aurora:

Ojalá este Congreso, situado en los albores del Gran Jubileo del Año 2000, se convierta en el inicio de una época nueva en nuestras Iglesias, la época del silencio sobre nostros mismos, y de una palabra firme y concorde anunciando la presencia de la gracia de Dios que viene a nosotros como un sol de vida, para recrear y salvar a quienes creen en Él por Jesucristo el Señor presente en su Iglesia y operante por la fuerza de su Espíritu.

 

Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
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