Catequesis a los peregrinos navarros en Santiago de Compostela el 6 de agosto de 1999
Mensaje a los jóvenes en Santiago de Compostela el 7 de agosto de 1999
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1. SITUARNOS Estamos aquí después de una larga travesía. Para unos desde aquel lejano 8 de julio. Pasaron los Sanfermines, el Carmen, Santiago. En nuestras conversaciones habéis recordado anécdotas, pueblos, ciudades. Unos lo habéis vivido con más amplitud y con mayor sacrificio que otros. Pero todos vivimos ahora bajo el embrujo del Camino. Crea en nosotros unas disposiciones especiales. La distancia, la soledad, unas cosas quedan lejos, pero por eso mismo nosotros estamos más cerca de nosotros mismos. Estar junto al sepulcro de Santiago refuerza en nosotros la experiencia de la verdad histórica Y de la cercanía de Jesús. Nos ayuda a percibir el realismo y la fuerza de la tradición apostólica, de la tradición eciesial como medio de cOmunicación con la verdad histórica de Jesús y garantía de la autenticidad de nuestra fe cristiana. Por eso hoy nos resulta más fácil hacer una reflexión sobre nuestra propia vida vista desde la iluminación de la fe en Jesucristo, de la fe en Dios. ¿Cómo nos ayuda la fe cristiana a comprender mejor la verdad de nuestra vida, a vivir esta vida nuestra de cada día con más autenticidad y con más plenitud?
2. LA VIDA COMO CAMINO La vida es también camino, peregrinación. Lo es en el aspecto biológico y humano, lo es en el aspecto personal y sociológico. Al decir que la vida es camino, queremos decir que la vida es un proceso de crecimiento, de descubrimiento, de reacción permanente a unas realidades cada vez mejor conocidas. Como una amistad, como un gran amor. La vida es una peregrinación hacia la verdad de nosotros mismos, más profundamente todavía, camino hacia el conocimiento de Dios, hacia y hasta el encuentro y el abrazo con Dios. Dios es la verdad última de nosotros mismos, Él es origen, meta, plenitud, energía, amanecer y deslumbramiento de nuestra vida. Cada uno de nosotros somos verdaderos en la medida en que vivimos sostenidos y movidos por el conocimiento y el amor de Dios. Él es para nosotros como el sol para las plantas, como la luz para el 'ojo, como la vida y la energía para nuestro corazón. Dios es el gran interlocutor de cada uno de nosotros. Si pensáis un poco veréis que no nos sentimos del todo personas hasta que no nos encontramos hablando seriamente con alguna otra persona. Esto es verdad de forma singular con Dios nuestro Señor. Sólo cuando estamos ante Él con entera seriedad, hablando con Él y viviendo en su presencia, podemos desplegar todo lo que somos y podemos vivir en plenitud de nosotros mismos, de nuestra propia y completa verdad. Y Jesús es el único CAMINO que nos puede llevar del todo hasta este encuentro vivificante, hasta esta presencia real, cercana y multiplicadora. Sólo desde esta convicción podremos descubrir la gran llamada de Santiago. Él puede hablar de Dios como nadie, porque viene de Dios, vive cerca de Dios, es el Hijo que vive amorosamente unido a su Padre de Cielo, de Él aprende lo que dice, de Él recibe el encargo de hacer lo que hace. Jesús, por ser Hijo de Dios y vivir unido a Él, inventa en su vida otra forma de ser hombre, de vivir en el mundo, de desarrollar nuestra humanidad. Una forma de ser hombre que Él mismo practica y que nos dejó descrita en el Sermón de la Montaña, en las parábolas, en sus propias actuaciones.
3. EL VALOR DE NUESTRA PEREGRINACIÓN ¿Qué es lo que podemos esperar de estos días? ¿Qué podemos pedirnos a nosotros mismos? ¿Para qué nos puede servir el esfuerzo del camino, el viaje a Santiago? No hay milagros, no hay transformaciones milagrosas. Sí hay ayudas, empujones fuertes, invitaciones fuertes de Dios desde dentro de nuestro corazón. 1 Estar ahora aquí, junto al sepulcro de Santiago, nos ayuda a sentir vivamente la verdad de Jesús. Santiago dejó la barca, dejó su familia, su vida ordinaria, y se marchó con Jesús. Quedó cautivo, prendado. Vivió cerca de Él. Recibió de Él el encargo, la misión, a fuerza de anunciar el evangelio al mundo entero como una gran novedad de salvación. Y dio la vida en este empeño. LO MAS IMPORTANTE PARA ÉL FUE VIVIR CERCA DE JESÚS, SEGUIRLE. SERVIRLE. Este recuerdo nos llama a intensificar nuestra fe en Jesús, a sen,,;,r su presencia cerca de nosotros. Ahora mismo es como si estuviéramos en Galilea, como si Él nos llamara también a nosotros. No es fantasía. Pensemos en el Cristo resucitado, nos habla por el Evangelio, desde la Iglesia, desde las necesidades de nuestros hermanos. 2 Y esta experiencia no la vivimos solos, desalentados, sino que ahora mismo nos sentimos confortados por el ejemplo de los demás, chicos y chicas, seminaristas y no seminaristas, jóvenes y mayores, del norte y del sur. Todos creemos, reconocemos, queremos seguir y servir. Ahora no somos una minoría perdida, no nos sentimos dominados ni arrastrados por el poder del ambiente, de lo que hacen la mayoría. 3 Nos sentimos contentos de ser discípulos de Jesús, sin miedo a ser diferentes, porque tenemos a Jesucristo, Diferentes a la hora de pensar y sentir, de pensar en los demás, de entender y vivir el amor, la sexualidad, el dinero, las obligaciones y las diversiones. Esto es más verdadero, más sólido, nos da más felicidad, vivimos el gozo de un descubrimiento, de una gran posibilidad al alcance de la mano, de un gran encuentro. Hoy puede ser un gran día. 4 Responsables de que los demás conozcan, quieran, se enteren, de que no pierdan el tiempo de su vida, que puedan edificar una vida bonita para ellos mismos, para los demás, su familia, sus amistades, su vida adulta, la vida de amigos, de relaciones, la sociedad entera, dirigida por el Espíritu de Jesús.
4. EL ENCUENTRO PERSONAL CON JESÚS La vida cristiana crece a partir de nuestra relación personal con Jesucristo. Esa relación que en el lenguaje cristiano se entiende como fe. La fe es la respuesta que damos a la manifestación y la llamada de Jesús, cuando le respondemos adecuadamente. Para saber lo que es la te hay que ver cómo le responden los Apóstoles, cómo le responden los santos. Jesús llama, "tú deja lo que estás haciendo y vente conmigo". Ese dejar lo que estás haciendo es sinónimo del cambio de vida, deja tus criterios, tus objetivos, tu forma de entender y programar y realizar la vida. Deja de ser lo que eres y ven conmigo. Yo te enseñaré a ser y vivir de otra manera. Responder a esta llamada supone reconocer a Jesús como Señor y Maestro, en definitiva, reconocerlo como Hijo de Dios y Salvador nuestro. Dejo todo lo demás y me apunto a vivir con Jesucristo porque estoy convencido de que Él es el verdadero Maetro y salvador de mi vida, esto es CREER en Él. Esta forma de creer implica adoración, reconocimiento, confianza, entrega, obediencia, confianza sin límites. Y todo esto SIN MIEDO, con una infinita confianza, para siempre, a pesar de nuestras debilidades, seguro de su ayuda y de su misericordia. Creer es entregarse definitivamente, aquí no valen los amores de fin de semana ni las medias tintas. Creer en Jesús es apostar por Él en todo y para siempre, sin reservas de ninguna clase. Hay que dejar "las barcas". hay que estar dispuesto a dejarlo todo y seguirle en lo que el Señor diga. La mayor parte de las veces los cristianos organizamos nuestra vida según nuestras propias conveniencias y luego tratamos de barnizarlo un poco con sentimientos cristianos o con algunas prácticas religiosas. Eso no es creer de verdad. Lo correcto es ponerse ante Jesús con las manos limpias y decirle "Señor, qué quieres que haga", qué carrera quieres que estudie, qué forma de vida quieres que escoja, dónde quieres que esté, qué es lo que quieres que haga por Ti y contigo. Eso es entender la vida como seguimiento, como respuesta, como vida de fe. A partir de aquí crecen y se desarrollan muchas cosas, muchas iniciativas, muchos proyectos, muchas aventuras. Pero todo como respuesta en amor y obediencia a la llamada de Jesús. RESPONDER A JESÚS SIN MIEDO Si leemos los evangelios con atención veremos que Jesús repite muchas veces a sus discípulos estas palabras de aliento: "No tengáis miedo". Sabe de sobra que el demonio hace brotar en nuestros corazones la desconfianza hacia Dios, el miedo a la llamada y a la verdad de Dios. Tenemos miedo a tener que renunciar a cosas, tenemos miedo a lo que Dios nos pueda decir, tenemos miedo a lo que puedan decir los demás, tenemos miedo a tener que separarnos de los que amamos. En definitiva tenemos miedo a dejar nuestra vida en manos de Dios, miedo a perder el control de nosotros mismos. No queremos que Dios entre de verdad en nuestra vida, queremos controlarla nosotros, a nuestro gusto, a nuestra medida, con nuestra prudencia y nuestros cálculos, con nuestros intereses. No queremos romper con Dios, pero tampoco queremos que sea Él el que mande en nosotros. Y sin embargo sólo si le dejamos el timón de nuestra vida lo reconocemos verdaderamente como Dios. Nuestro "dios" es siempre aquello que tiene la última palabra, aquello que verdaderamente "manda" en nuestras decisiones. Si no es el Dios de Jesucristo, ¿qué es lo que de verdad buscamos y aquello a lo que de verdad obedecemos? O Dios o nosotros. Esa es la batalla entre el bien y el mal, entre la fe y el orgullo de nuestro egoísmo. MIREMOS UN POCO LO QUE OCURRE EN NUESTRA NAVARRA Desde aquí quiero que pensemos en nuestros jóvenes de Navarra, en nuestros amigos de la Universidad, del Colegio, de la pandilla. Cómo son los jóvenes, cómo viven, cuánto tiempo dedican a su formación religiosa y moral, qué es lo que valoran, cómo viven de hecho, cómo gastan el dinero, en qué emplean el tiempo, cuántas cosas bon'itas dejan de ver, de hacer, de vivir. Después de estas reflexiones podemos preguntarnos cómo viven, qué proyectos tienen, hasta dónde es Jesús el CAMINO VERDADERO de sus vidas, qué espacio y qué tiempo ocupa en su vida la relación con Dios. Es su Padre pero no hablan con Él. Tenemos el dolor de la poca juventud que vive de verdad en la Iglesia, de los pocos jóvenes para los que Jesús es realmente Dios en su vida. ¿Un 5 %? Aunque vayan a clase de religión no lo conocen ni lo quieren de verdad, ni siquiera los que van a la catequesis, ni siquiera los que se confirman. Les interesan otras cosas, pero no vivir como discípulos de Jesucristo. El problema no está en que seamos pocos. La gravedad de la situación está en estas dos cosas: 2.1 En que la mayoría de los cristianos, a la hora de la verdad, vivimos igual o casi igual que los que no son cristianos. Nos da vergüenza ser diferentes. No tenemos valor para dejar nada ni renunciar a nada ni distinguirnos en nada. 2.2 La gran mayoría de los jóvenes viven alejados de Dios, de Jesucristo, de la Iglesia, esclavos de sí mismos, del dinero, del pasarlo bien, del bienestar inmediato, del fin de semana, sin pararse a pensar en el valor de su vida, ni en el valor de lo que hacen para la vida eterna. Como si fueran paganos de solemnidad. Muchos se dejan devorar por el trinomio dinero-sexo-droga o cosas parecidas. CONCLUSIÓN Como Obispo, sucesor de los Apóstoles, en el nombre de Jesús, yo os llamo para que asumáis alguna responsabilidad, la que podáis, en la evangelización de vuestros compañeros. ¿Cómo podemos hacer que vuestros compañeros de estudios, de catequesis, de diversiones, conozcan de verdad a Jesucristo y le hagan un sitio importante en su vida? ¿Puedo contar con vosotros? Queremos promover en todas las parroquias grupos de jóvenes cristianos que sean capaces de dedicar tiempo a su formación, que quieran de verdad vivir como cristianos, abrirse al mundo de hoy y de mañana, preparar su vida en unas actitudes verdaderamente cristianas. No podremos hacerlo sin vosotros. No importa que seamos pocos, no importa que tengamos que comenzar por grupitos muy pequeños, comencemos a vivir como discípulos de Jesús, en torno a su memoria, en el corazón de la Iglesia, con su Palabra, con la Eucaristía, con la oración, con el arrepentimiento constante en el sacramento de la penitencia, con un proyecto de vida en el que dediquemos tiempo al servicio gratuito de los demás, de los necesitados. Comencemos a vivir y luego les podremos decir, "hemos encontrado un Camino, ven con nosotros, serás feliz". Digamos dentro de nosotros con entera sinceridad y plena convicción: CON TU AYUDA, ¡PODEMOS! Para eso: SEÑOR, QUÉ QUIERES DE MÍ. RESPONDER CON UN PROYECTO DE VIDA. CONCRETADO EN UN PLAN DE VIDA. VINCULADO A ALGUNA REALIDAD DE IGLESIA, UNA PARROQUIA, UN MOVIMIENTO, UN GRUPO, UNA PERSONA, UNOS PROYECTOS CONCRETOS.
Fernando Sebastián Aguilar |
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Resulta inevitable comenzar a hablar con vosotros teniendo en cuenta dónde estamos. Estos días estamos en Santiago de Compostela. Hemos venido aquí para estar cerca del sepulcro de Santiago. Él fue uno de los principales Apóstoles de Jesús. Jesús lo llamó al principio de su predicación mesiánica. Estaba en la playa ocupado con su padre y sus hermanos en las faenas de la pesca. Jesús los llamó, a él y a su hermano Juan. Ellos, dejando a su padre y a los jornaleros en la barca, se fueron con Jesús. Para toda la vida. A la muerte de Jesús, Santiago quedó como responsable de las comunidades cristianas de Jerusalén, murió martirizado hacia el año 60. Fue el primer Apóstol que fecundó con su martirio el encargo y la misión que recibieron de Jesús. Una antigua tradición, confirmada por muchos estudios arqueológicos, indica que los restos de Santiago fueron traídos por sus discípulos hasta el "FINIS TERRAE", repitiendo así el viaje que había hecho el Apóstol para difundir el evangelio de la gracia de Dios. De esta forma quisieron expresar y consolidar la difusión y la vigencia del Evangelio de Jesús por el mundo entero. Los cristianos de la península ibérica, de los reinos hermanos de las Españas, cuando quedaron libres de la dominación musulmana, comenzaron a peregrinar a Santiago, para afirmar y fortalecer su fe cristiana. Estando junto al sepulcro del Apóstol evangelizador de estas tierras, se sentían cercanos a Cristo y cercanos a sus antepasados que habían recibido del Apóstol el anuncio de Jesucristo. Más tarde, los cristianos de Europa entera, cuando no pudieron peregrinar al sepulcro de Jesús por la ocupación turca de Tierra Santa, peregrinaron hasta aquí, para acercarse al sepulcro del "hermano del Señor". La peregrinación al sepulcro de Santiago fue una verdadera institución cristiana en la Alta Edad Media. Una institución de primera importancia en el desarrollo de la conciencia y de la cultura propiamente europeas, creando unidad verdadera entre los diferentes pueblos de Europa. Nosotros continuamos hoy esta misma tradición. Para nosotros peregrinar hasta el sepulcro del Apóstol Santiago es peregrinar hasta alguien muy cercano al Señor, es una manera de acercarnos materialmente al tiempo y al entorno humano de Jesús, a la verdad de su vida y de su palabra, al inicio histórico de la Iglesia, a la predicación, a la vida santa y al testimonio martirial de este amigo del Señor. Ahora mismo es como si estuviéramos con Jesús y con sus discípulos junto al mar de Galilea, o en una de las reuniones de los primeros cristianos en el corazón de Jerusalén. De este Apóstol conservamos una carta que es una exhortación a la perseverancia, a la firmeza de la fe y al ejercicio de las buenas obras. De esta carta de Santiago he querido tomar las tres ideas centrales que quiero desarrollar ahora y ofrecemos a vosotros como contenido de esta catequesis.
1) IMPORTANCIA DE LA FE, DE LA PIEDAD, DE LA OBEDIENCIA A DIOS En nuestro mundo la importancia de las cosas se mide por el dinero que cuestan, por el tiempo o el esfuerzo que les dedicamos. Damos importancia a los estudios, a la carrera, a la profesión. Dedicamos mucho tiempo a estas cosas, muchos esfuerzos, incluso mucho dinero. Damos importancia al coche, a tener un piso, a las diversiones. Hay cosas sin las cuales no podríamos o por lo menos no queremos vivir. Sin dinero, sin familia, sin amigos, sin diversiones, sin salud. ¿Qué importancia práctica y real damos a Dios en nuestra vida? ¿Cuánto tiempo le dedicamos, a conocerlo, a sentir su presencia y cercanía, tenemos en cuenta su palabra a la hora de programar y vivir nuestra vida? En la vida real de la mayoría de nuestra gente la importancia efectiva de Dios es escasa. Muchos no van a Misa, ni dedican ningún otro tiempo a sentirse cerca de Dios, a escuchar su silenciosa presencia, a oír y obedecer su palabra. El tiempo y la vida se nos van en otras cosas, estudios, trabajo, diversiones, proyectos, aspiraciones. Más grave todavía. En nuestra sociedad y en nuestra tierra están vigentes muchas ideas que tienden a configurar una cultura y una forma de vivir en las cuales no se tenga en cuenta para nada ni la existencia ni mucho menos la importancia de Dios. Este abandono y olvido de Dios viene favorecido desde frentes distintos: ideas filosóficas, centros de enseñanza, medios de comunicación, programas políticos de ciertos partidos, primacía absoluta de lo económico y del bienestar material, etc. El ateísmo se vive y se difunde como un inmanentismo materialista. No interesa más que este mundo. Vivir bien y disfrutar cuanto podamos. Luego morimos y vaya Vd. a saber. Todo esto se hace de forma tranquila, casi siempre implícita, nada agresiva. Por la vía del silencio y del ladeamiento. Se comienza diciendo que la religión es algo privado. Se termina dejándola en el rincón de las cosas sobrantes y olvidadas. Tratando de acercarnos más a la realidad pura y dura, tenemos que decir que la fe y la religión de muchos cristianos, incluso de algunos practicantes, es una fe débil, insegura, llena de dudas, o una fe naturalista, elegida, sin el elemento básico de la recepción y de la obediencia a la revelación de Dios custodiada y anunciada por la Iglesia. Entre los creyentes hay muchas formas de fe débil, enferma, poco operante, incapaz de informar y dirigir la vida y las actuaciones personales, y por todo ello sin fuerza testimoniante ni misionera. Muchos cristianos tienen la fe como un recurso de última hora, por si acaso. Como esa linterna que se tiene en el cajón de la mesilla por si alguna vez nos hace falta y que luego, cuando queremos usarla, ya no funciona. Al ver este panorama podemos preguntarnos si tenemos claro nosotros cómo podemos relacionarnos con Dios, en qué consiste una fe verdadera y viva. En la Iglesia nos han dicho muchas veces que tenemos que creer en Dios, pero no está de más que nos preguntemos ahora si tenemos claro lo que es la fe en Dios. ¿Qué es realmente creer en Dios? Creer en una persona es reconocerle valer, confiar en él, tener confianza con él, valorar la amistad y la convivencia con esa persona como un valor y como una parte importante de nuestra vida. Creemos en los amigos, los novios, los matrimonios se dan fe uno a otro, se aceptan como participantes en la propia vida, Según esto, creer en Dios es mantener con Él una relación viva, convivir con Él como un Ser real y verdadero, viviente y cercano; es reconocerlo y aceptarlo como Dios en nuestra propia vida, como un Ser personal que me ha dado la vida, que me mantiene en ella, que me ama y cuida de mí, que me ayuda a vivir personalmente, que me ha prometido la vida eterna, cuyo juicio es el criterio supremo sobre el valor y la autenticidad de mi vida. Un Dios infinito, con sus Tres Personas, que ha dicho "aunque una madre pueda olvidarse de su hijo, yo nunca me olvidaré de ti". Tener fe en Dios o no tenerla modifica profundamente la vida entera. El mundo es diferente si lo consideramos fruto de la casualidad, o lo vemos como una obra nacida del corazón de Dios, de su Sabiduría, de su amor. Es como comparar una casa deshabitada en la que nos refugiamos para pasar una noche, o llegar a la casa familiar, donde están nuestros padres y encontramos la presencia y el amor de nuestra familia. Dios es el Padre que da calor y sentido a todos los rincones de la casa, a todas las creaturas del mundo. Porque hay un Dios que nos ama, podemos vivir a gusto en el mundo como en nuestra propia casa, en la casa de nuestro Padre. Creer en Dios es vivir sabiendo que este Ser infinito, inteligente, bondadoso, misericordioso, está a nuestro lado como un Padre, saber que nacemos a cada momento de su corazón, que nos espera al fin de nuestra vida, que nos acompaña con su amor y con sus dones a lo largo de nuestra vida. Saberlo y tenerlo en cuenta en todas las circunstancias de nuestra vida. Vivir ya desde ahora la esperanza del encuentro con Él después de la muerte y la vida eterna. La fe en Dios nos permite vivir en nuestro mundo con la mirada levantada hasta más allá de nosotros mismos, de nuestro mundo, es vivir teniendo a Dios como referencia permanente, origen y esperanza de vida, de antes y más allá del mundo, cogidos de su mano, sostenidos, guiados, fortalecidos por su Espíritu, hechos para la vida eterna. En cambio, vivir sin creer en Dios es vivir encerrados en los límites de nosotros mismos, encerrados en este nuestro mundo material, más allá del cual no hay nada ni nadie a quien acogerse ni en quien esperar. Podemos vivir entretenidos con las ocupaciones personales y sociales, pero estamos condenados a desaparecer a corto plazo. Flotando en la incertidumbre, sin referencias personales definitivas, en un mundo sin Padre, huérfano, donde en definitiva todo depende de la casualidad y del absurdo, sin alma, sin calor, sin normas ni esperanza. Todo esto no son imaginaciones de nadie sino enseñanzas de Jesús. Él nos enseñó a vivir en el mundo como hijos de Dios, a considerar al Dios misterioso como un Padre cercano, que cuida de nosotros, que nos da su Espíritu y nos abre las puertas de su vida eterna. Él es el iniciador y consumador de nuestra fe (Cf. Hebreos, 12). En realidad son dos formas de vida completamente distintas. Tener fe tiene la importancia de elegir una forma de vida u otra, vivir de acuerdo con la realidad eterna y absoluta de Dios o cerrarme en mí mismo y vivir como me venga en gana. Cuando hablamos de la LIBERTAD RELIGIOSA, o nos presentan la fe en Dios como una opcion posible que depende de nosotros, tenemos que tener cuidado para no entender mal las cosas. Creer o no creer no son dos opciones posibles y de alguna manera intercambiables o equivalentes. Una cosa es respetar la libertad del que no quiere o no sabe o no puede creer, y otra cosa es pensar o decir que "con tal de ser sincero, da igual creer o no". Hay mucha gente que vive en este convencimiento aunque no lo diga tan claramente. La verdad es que necesitamos creer en Dios para vivir de acuerdo con nuestra realidad, para vivir en la verdad y alcanzar la salvación. La salvación de nuestra vida nos viene de la gracia de Dios acogida con fe en humildad, obediencia y gratitud. Si somos fieles a nosotros mismos, a los signos, a los datos de la historia y de la razón, tenemos que llegar a creer en Dios. Sólo a partir de la fe en Dios podremos vivir en la verdadera libertad, en la verdad y plenitud de nuestra vida.
2) PERSEVERANCIA EN LA TRIBULACIÓN, PACIENCIA, FORTALEZA Creer en Dios nunca ha sido una tarea fácil. A muchos cristianos les ha costado la vida. El primero a N.S. Jesucristo. Los judíos tenían su propia idea de Dios y de la religión. Cuando Jesús explicó cómo era la verdadera religión y cómo había que adorar a Dios, los judíos sintieron amenazados sus privilegios y lo entregaron a los romanos para que lo mataran. Por dos razones: 1. Por presentar a un Dios misericordioso que es Dios de buenos y malos, que ama a los pecadores, perdona los pecados y hace salir el sol para buenos y malos. 2. Por presentarse Él mismo como Hijo de Dios y salvador de los hombres. Jesús padeció la tentación de callarse, de no complicarse la vida. Pero Él quiso seguir hasta el final, por amor a Dios y por amor hacia nosotros. "Yo he venido para dar testimonio de la verdad". Nos amó hasta el fin, quiso dejarnos un testimonio pleno acerca de Dios que nos ayudara a creer y a vivir, a esperar con confianza la vida eterna apoyados en la misericordia y el amor de Dios. Como Jesús, también los Apóstoles y muchos cristianos tuvieron que perder la vida como precio de su fidelidad y de su fe. Los cristianos somos herederos de los mártires. Ellos son nuestros mejores modelos de fe y de vida, Nosotros, los católicos españoles somos herederos cercanos de muchos mártires, hombres y mujeres, sacerdotes y segiares, que dieron su vida por el único delito de ser cristianos, de ir a Misa o de ser sacerdotes y religiosos. No lo debemos olvidar. Porque estas cosas ayudan a comprender la verdad de la fe y de la condición humana. Lo que ocurrió una vez puede repetirse. No está de más preguntarse, ¿seríamos nosotros capaces de dar la vida por mantener viva nuestra fe en Jesucristo y en el Dios de la salvación? Juan Pablo II ha querido que se recogiera el martirologio del siglo XX. Mártires en España, mártires en Africa, en América Latina, misioneros. Los mártires de Barbastro, el P. Kolbe, Edith Stein, infinidad de hombres y mujeres admirables. Todos hermanos y modelos. Nosotros ahora no padecemos persecución. Nadie nos persigue o nos mete en la cárcel o nos fusila por ser cristianos. Es más, algunos están empeñados en "inventar" un cristianismo complaciente, sin aristas, sin confrontaciones con nadie, que caiga bien a todos, que nos permita vivir a buenas con todos, aceptando todo lo que las modas liberales ponen en circulación, para aue todos puedan ser cristianos, y para que los cristianos podamos serlo sin renunciar a nada ni enfrentarnos con nadie. Son los cristianos liberales, progresistas (en el mal sentido de la palabra) que entienden el evangelio y las enseñanzas de la Iglesia a través de los gustos de la época y del sometimiento a la cultura dominante, que es muchas veces de origen ateo y anticristiano. La verdad es que el cristianismo verdadero siempre padece estrecheces y dificultades en este mundo. Así ha sido y seguirá siendo siempre. Así lo vivió y nos lo dejó anunciado el propio Jesús. Y así lo han vivido siempre los santos. No olvidemos que los mártires son los mejores modelos para todos los cristianos. También para nosotros. No nos llevan a la cárcel ni al martirio por ser cristianos. Pero los verdaderos cristianos sí tienen que superar serias dificultades. 1) La dificultad del menosprecio, de la marginación, de las risitas o de las críticas en la Universidad, en los Colegios, en algunas clases, en muchos ambientes de peñas o de diversiones. 2) La dificultad de ser pocos, la mayoría van por otro lado, hacen otras cosas, no van a Misa, no aceptan la moral cristiana, no viven religiosamente, se permiten libertades (en el sexo, en la vida profesional, en asuntos de dinero) que los cristianos no podemos aceptar. 3) La dificultad de tener que renunciar a algunas cosas que nos parecen atrayentes, los fines de semana, o ciertas fiestas o juergas, o ganancias inmorales. 4) Y la dificultad de asumir obligaciones, de acudir a la Iglesia, de pensar en los demás, de dedicar mi tiempo a los demás gratuitamente, en hospitales o residencias, en las misiones, en lo que el Señor me pida. En estas condiciones es natural que más de una vez nos surjan en lo más hondo y sincero de nuestro corazón preguntas que nos hacen sufrir y nos dejan temblando. Nacen espontáneamente como consecuencia de la variedad y de los contrastes que vemos a nuestro alrededor. Y así hay muchos chicos y chicas de familias cristianas, que han ido a clase de religión y a catequesis, que se han confirmado, y que de repente se ven envueltos en dudas y complicaciones interiores. ¿Vale la pena creer? ¿Vale la pena vivir con Jesucristo? ¿Vale la pena ser discípulo de Jesucristo? ¿No será todo una ilusión o una rutina o una servidumbre cultural? Así la fe se queda reducida a una opinión por la que no conviene sacrificar mucho. Ni tiene fuerza tampoco para justificar ninguna renuncia o decidir un determinado comportamiento. Muchos querrían creer, pero sin molestarse, sin tener que cambiar de vida, sin tener que aceptar las enseñanzas de la Iglesia, sin tener que dedicar tiempo a la propia formación, a las reuniones, a las tareas de la Iglesia, sin apuntarse a nada, sin tener que dejar otras cosas que les gustan más. Pero esto no vale. Para creer hay que estar dispuesto a dejar todas las demás cosas que son TESOROS APARENTES. Santiago y Juan dejaron la barca y se fueron con Jesús. Hay que librarse de otras cuadrillas y apuntarse al seguimiento de Jesús. Puede parecer duro, pero esto es lo que Jesús dice: El Reino de Dios es como un tesoro, o una piedra preciosa, que uno encuentra. En estos casos, se vende todo lo que uno tiene para hacerse con este tesoro, no se puede perder la oportunidad, ni puede uno andar a medias, se deja todo y se dedica uno a esto, a vivir en el segui. miento de Cristo. EL QUE QUIERA SER MI DISCÍPULO QUE DEJE LO QUE TIENE, COJA SU CRUZ Y ME SIGA. Creer es reconocer de verdad a Dios como Dios en nuestra vida, es la única respuesta correcta al Dios verdadero tal como Él se nos ha manifestado por medio de su Hijo Jesucristo. Nuestro Dios es el principio de nuestra vida, es el horizonte de nuestra plenitud y de nuestra felicidad. Él nos acoge y nos salva por puro amor, por su misma bondad que le hacen ser un Dios clemente, misericordioso, con entrañas de padre y de madre. Y Dios sólo puede haber uno, sólo podemos reconocer de verdad a uno, si andamos a medias es que no lo reconocemos, no acabamos de creer en él como nuestro verdadero Dios. Creer es poner toda la vida en relación y en función de nuestro Dios, de Jesucristo que es la revelación humana de Dios en su propio Hijo. Al entregarse así a Dios podemos sentir un vértigo profundo, como si perdiéramos pie en nuestra tierra, en nosotros mismos. Eso es lo que Jesús dice "perder la vida". El que la pierde la gana, y el que cree ganarla la pierde. Ganar la vida contra Jesús es perderla. Perderla por seguirle a Él es el único modo de ganarla de verdad. Esto es el Evangelio a palo seco, y lo demás son "mandangas". Vistos desde aquí, ¿qué podemos pensar de esos cristianismos "a la carta", de esas mentalidades que se llaman progresistas y que quieren una interpretación del Evangelio al gusto de los no cristianos, al gusto de las corrientes paganas de nuestro mundo. Los cristianos tenemos que aprender lo que es la doctrina de Jesús desde dentro de la experiencia cristiana, dentro de la vida de los santos, de los mártires, dentro de la Iglesia, de su doctrina y de sus más auténticas tradiciones. Padecemos lo que Jesús preveía: muchos, ante el contraste con la cultura dominante, "se avergúenzan" de Jesús. Santiago lo dice de una manera tajante: los que buscan la amistad con el mundo se enemistan con Dios. Los amigos de Dios no pueden ser amigos de este mundo.
3) LA FE HAY QUE MANIFESTARLA EN LAS OBRAS. SOBRE TODO EN LAS OBRAS DE MISERICORDIA. LA MISERICORDIA ES SUPERIOR AL JUICIO. LA VERDADERA SABIDURÍA CONSISTE EN LA RECTITUD Y EN LA BONDAD. SABER HACER EL BIEN Y NO HACERLO ES PECADO. Hay una tendencia a vivir cada uno la fe como le conviene. La cultura actual nos lleva a considerarnos centro del mundo, medida de la verdad y del bien, todo lo contrario de una actitud de fe que comienza por reconocer que el centro y la fuente del ser y de la vida, principio del bien y de la justicia, es Dios y no nosotros. Nosotros tenemos que aceptar humildemente la realidad tal como Dios la ha hecho. Por ahí hay que empezar. El hombre moderno no entra por ahí, por eso no acepta la ley natural, ni admite que haya una moral objetiva a la cual haya que someterse para vivir en la verdad y en el bien. Por eso hay una tendencia a que cada uno crea lo que le venga bien, se discute la moral de la Iglesia, se critica al Papa por no escribir las encíclicas a gusto de los "modernos", aunque sean increyentes. En las encuestas se ve que hay muchos cristianos que quieren creer en Dios, pero no en la Iglesia, dicen que creen en Jesucristo pero no creen en la vida eterna, o en la resurrección de los muertos. Hay que decir que sin la fe en la vida eterna no hay fuerza para renunciar a nada ni para empeñarse a fondo en nada. Una vida humana o cristiana sin fe en la vida eterna es como un camino que no lleva a ninguna parte. Si al comenzar el camino de Santiago no tuviéramos interés en llegar al final no pasaríamos de los primeros 10 kilómetros. Eso pasa con los cristianos de ahora. Viven un cristianismo convertido en una especia de humanismo horizontal que es casi un narcisismo y poco más que una fuente de autosatisfacción. Algo parecido pasa con la moral. Algunos están muy contra la pena de muerte, pero no les importa defender el derecho al aborto. Critican el egoísmo y la falta de solidaridad en la vida económica y laboral, pero no les importa aceptar el egoísmo en la sexualidad permisivo, o en el divorcio y los segundos o terceros matrimonios, o en el control egoísta y pecaminoso de la natalidad.
¿COMO VIVIR HOY LA VERDAD DE NUESTRA FE? Tenemos que convencernos de una cosa: la verdad de nuestra vida es la que Jesús tiene en su Cabeza, no la que se nos ocurra a nosotros. Y esta visión de Jesús se nos presenta aceptando su doctrina por medio de la Iglesia y aplicándola a nuestras circunstancias. LA PREGUNTA DEL MILLÓN ES: QUÉ QUIERE DIOS DE Mí, QUÉ ESPERA JESUCRISTO DE Mí. Hay que tener el valor de planteársela y de responderia sin miedos, sin reservas, sin ataduras ni sometimientos. Yo os propongo dos líneas de veracidad y de eficacia de la fe. Una hacia Dios, que es la PIEDAD Y LA ADORACIÓN. Otra hacia los hermanos, que es la FRATERNIDAD Y EL SERVICIO.
A) PIEDAD Y ADORACIÓN Piedad es la inclinación a expresar a Dios nuestra gratitud, nuestro reconocimiento, nuestra alabanza. La piedad ha de ser efectiva, práctica, concreta. Lo cual requiere dedicar tiempo a formular y manifestar ante Dios nuestros sentimientos de gratitud, de amor, de confianza. Necesitamos dedicar un tiempo para sosegar nuestros sentidos, sentir con fuerza la presencia y la cercanía de Dios, hasta ser capaces de convivir con Él como se convive con una persona querida, que nos quiere mucho, a la que debemos muchas cosas y de la que tenemos mucha necesidad en todos los momentos de nuestra vida. Como un niño, como un hijo agradecido y fiel. Cada uno tiene que hacer su propio plan de vida, asignando tiempos y lugares concretos para la oración diaria, precisando cómo, dónde. Cada uno tiene que pensarlo y preverlo. Para vivir cristianamente tenemos que tener la costumbre de la oración diaria, un tiempo de silencio, de encuentro con Dios, para expresarle humanamente nuestro amor, nuestra confianza, nuestra obediencia, nuestros arrepentimientos. Sin eso no hay fe que resista. Y con la oración personal, tenemos que asumir y practicar la oración de la Iglesia, participando personalmente en las celebraciones litúrgicas y en las preces de la comunidad cristiana. La Eucaristía, tenemos que vivirla como oración personal y como internamiento personal en el gran acontecimiento que se celebra y se hace presente, la ofrenda de Jesús en la Cruz para el perdón de nuestros pecados y la salvación de nuestras almas.
B) FRATERNIDAD Y SERVICIO En nuestros ambientes hay muchos discursos de solidaridad. Pero podemos preguntarnos si hay tanta solidaridad real como se dice. Podemos ver qué es lo que pasa. El mundo está lleno de conflictos. En la vida social y familiar hay muchos egoísmos, muchas pequeñas y grandes faenas por comisión o por omisión. ¿Cuántas veces renunciamos a nuestro tiempo o nuestro dinero o nuestras aficiones por atender a alguien que nos necesita y del cual no esperamos nada? Pensemos qué sentimientos y qué intereses dominan en la vida profesional de la mayoría, en las grandes estrategias de la economía y de la política, en la formación de la Unión Europea. Y pensemos lo que hacemos nosotros en nuestra vida. en nuestros proyectos, en la distribución de nuestro tiempo, en la manera de gastar nuestro poco o mucho dinero, en la forma de emplear nuestro tiempo libre, nuestros fines de semana. En este mundo nuestro se cultiva mucho el propio interés, se estudia lo que a uno le gusta, o le que a uno le conviene, se sale y se entra con quien uno está a gusto, se va a los sitios donde estamos mejor, todo lo escogemos y lo hacemos EN FUNCIÓN DE NUESTRO PROPIO INTERÉS. Pensamos que hacemos mucho porque organizamos una recogida de botellas o de ropa o de medicina. Pero luego nosotros vivimos nuestra vida y los pobres tienen que seguir con su pobreza, o los enfermos siguen con su enfermedad, o los viejos se quedan en su soledad, y los infieles se quedan en su ignorancia de Dios. Hacemos como máximo servicios temporales, unas horas, unos días, unos meses. Jesús nos pide la vida entera. No podemos decirle: voy a creer en Ti, voy a seguirte como discípulo, pero sólo unas semanas, sólo hasta cierto punto, sin exagerar. Ser cristiano de verdad es vivir como Jesús, aceptando el amor y la bondad de Dios como norma suprema, permanente, efectiva en la vida. De forma operante y decisorio. Con los cercanos, en la propia familia, con los compañeros de estudios o de trabajo, como obra del amor renovado y fiel. Los cristianos no tenemos que aprender esta forma de vivir de los partidos políticos, ni de derechas ni de izquierdas, lo aprendemos de Dios, de Jesucristo, en su Iglesia, en la experiencia de la oración y de la vida espiritual, en el testimonio de los mártirtes y de los santos. Así lo están viviendo ahora mismo muchos cristianos, en el matrimonio, junto a los enfermos, en las misiones, en las parroquias, en la atención a los niños sin familia. Y no por una temporada, sino como proyecto total de vida. Ahora mismo a lo mejor nos parece imposible. Pero todo es posible para Dios. Él con su gracia nos pone en condiciones de verlo y de vivirlo con toda naturalidad y con una gran alegría. El Espíritu Santo nos hace vivir a gusto en la familiaridad con Dios, nos hace ser hijos de Dios, suscitando en nosotros la vida de Dios que consiste en amar, en servir, en hacer el bien. Hay que empezar por reconocer a Dios como centro de la vida. Tenemos que tener el valor de dejar de ser el centro de nosotros mismos, no querer ser la regla de nuestra vida, sino dejar que sea Jesucristo. Que Él sea nuestra norma, nuestro modelo profundo, nuestro verdadero Dios. Vivir cerca de Dios es vivir en el amor, es vivir como Jesús desprendido de uno mismo y entregado a servir a las necesidades de los demás. El don de Dios es el Espíritu Santo y el Espíritu Santo es el gran amor del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, el gran amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. A cada uno de nosotros, de cada uno de nosotros a Dios y a todos los demás hermanos. El Espíritu Santo es el abrazo de Dios que nos reúne a todos con Él, que nos acerca a Él . ha siéndonos vivir contentos en su casa, todos juntos como hermanos. Hace falta un largo camino de desprendimiento, de olvido de sí y de entrega total al servicio de los demás. Pero éste es el verdadero camino de la vida cristiana, del seguimiento de Cristo, del conocimiento y del amor de Dios.
APLICACIONES CONCRETAS Yo quiero poner ante vosotros tres campos o tres formas de vivir esta primacía de la piedad y del amor fraterno en la vida. 1 . En la vida familiar Curiosamente no quiero poner en primer lugar la vocación sacerdotal o religiosa. Os pongo como primera aplicación de esta vida sobrenatural la vida matrimonial y familiar tal como la entiende y la anuncia la Iglesia siguiendo las enseñanzas de Jesús. Desde muchos puntos os invitan a vivir el amor y la vida sexual frívolamente, sin aplicaciones personales profundas, sometidos a los vaivenes de la biología y de los humores de cada día. Hay miedo y hasta aversión a los sentimientos y decisiones profundas y decisivas. Yo os digo que Jesús ha venido a manifestar y defender la verdadera hondura y grandeza del amor humano, y nos ha dicho que para amar de verdad y gozar de la grandeza del amor como coronamiento de la vida hay que amar hasta la muerte y más allá de la muerte. Lo que no sea amar definitivamente no es amar del todo ni de verdad. Los amores repulsivos, los amores provisionales, los amores efímeros, son amores ficticios, falsos, inmaduros, desgraciados. Amor entre los esposos, amor a los hijos nacidos o por nacer, apertura ante los hijos posibles, fidelidad, abnegación, sobriedad, generosidad para compartir la vida y ayudar a vivir. ¿Cómo vamos a ser generosos con los pobres o con los pueblos del Tercer Mundo si estamos edificando la vida desde los nacimientos sobre una concepción egoísta de la riqueza y de la felicidad? Nos engañamos. ¿Son más felices los padres egoístas con su parejita, o son más felices los padres generosos que tienen que vivir con más sobriedad y más sacrificio pero tienen la alegría de los hijos que buenamente han podido acoger, criar y educar? 2. La vída profesional y económica. Si queremos cambiar la sociedad hay que cambiar la manera de ejercer la vida profesional. Hay muchas formas de ejercer una misma profesión, muchas formas de ser comerciante, o abogado, o médico, o constructor o delineante. Todo se puede hacer en actitud egoísta, para ganar más, aunque sea engañando o desconociendo las necesidades de los demás. O se puede vivir y actuar con actitudes de fraternidad y de servicio, aunque sea ganando menos, dedicando más tiempo, queriendo de verdad ayudar al que tenemos delante viéndolo como un hermano verdadero en la presencia del Dios vivo. 3. Las vocaciones de especial consagración Si vivimos estrechamente unidos con Jesucristo comprenderemos la posibilidad y la grandeza de una vida dedicada entera y totalmente a servir directamente los intereses del Reino Dios, en la consagración total, en el celibato o en la virginidad, para expresar la totalidad del amor y estar plenamente disponibles para el servicio de su Reino, en el ministerio sacerdotal, o en la vida religiosa, ya sea de contemplación o de acción, en la atención a los pobres y enfermos, en el ministerio misionero, en lo que Dios quiera y la Iglesia nos pida a favor de los necesitados.
CONCLUSIÓN VOLVAMOS AHORA AL PRINCIPIO Estamos junto al sepulcro del amigo de Jesús. Esta proximidad nos ayuda a sentirnos cerca de Jesús. Hagamos un acto de fe en su presencia. Escuchemos su voz. ¿Quieres venir a vivir conmigo? ¿Quieres ser mi discípulo? Deja lo que tienes y sígueme. Quiere decir, deja de vivir para ti mismo, centra tu corazón en Dios y aprende a vivir enteramente al servicio de los demás. ¿De quién?¿Dónde? ¿Cómo? Esas son las respuestas que de cada uno tiene que buscar en un clima de oración, bien cerca de Jesús, por los caminos de la sen cillez, del desprendimiento y de la generosidad Recordemos las palabras valientes de Santiago y de su hermano Juan, en tu nombre, con tu ayuda ¡PODEMOS! Y pudieron. Lo dejaron todo. Se dedicaron a la obra de Jesús. Hasta la muerte. Esta fidelidad los hizo grandes y felices. Y nosotros a ¿por qué no? Con la ayuda de Dios y de Santa María.
Fernando Sebastián Aguilar |