Intervención de D. Fernando Sebastián en el Sínodo para Europa
Texto completo de la intervención
Beatísimo Padre, Eminentísimos y Reverendísimos Padres Sinodales Hermanos y Hermanas:
Hablo en nombre propio. Me refiero al texto del Instrumentum Laboris en su conjunto, especialmente a la III Parte. La situación de nuestras Iglesias europeas es muy diversa. Por eso no pretendo decir nada que valga para todas las Iglesias de Europa. Hablo desde la experiencia que tengo en el marco de la Iglesia de España, más concretamente en la de Navarra. Desde hace 40 ó 50 años la sociedad española ha vivido un proceso de transformación en virtud de cual se ha alejado mucho de la Iglesia y del reconocimiento explícito de los bienes del Reino de Dios. La secularización cultural y espiritual ha afectado a muchos miembros de la Iglesia. Consecuencia de ello es el debilitamiento de la adhesión de fe a la revelación de Dios, el cuestionamiento teórico y práctico de la moral cristiana, el abandono masivo de la asistencia a la Misa dominical, la no aceptación del magisterio de la Iglesia en aquellos puntos que chocan con las preferencias de la cultura donúnante. El secularismo cultural deteriora progresivamente la conciencia de los cristianos y este debilitamiento de la fe y de la vida de los cristianos favorece el fortalecimiento y la implantación de la cultura secularista. Es lo que podríamos llamar el círculo de la descristianización. Nuestras Iglesias están espiritualmente muy debilitadas. Muchos de sus hijos han apostatado calladamente, en el interior hay muchas reticencias y divisiones ideológicas, se abandona la vida sacramental y las prácticas religiosas, las convicciones culturales sobre las que se asentaba la vida de la sociedad están muy erosionadas y son ya más ateas que cristianas. Seguimos hablando de persona, familia, libertad, moralidad, pero aunque sigamos utilizando las mismas palabras, las realidades significadas son muy diferentes de como eran en una cultura verdaderamente cristiana. El olvido de Dios cambia profundamente la comprensión y la interpretación de la vida humana y de la misma naturaleza del hombre. No ha aumentado mucho el número de ateos o de personas no religiosas. Pero en la mente, y en la vida de muchos que siguen considerándose cristianos, el Dios de Jesucristo ya no es el Dios verdadero, la fe cristiana ya no es la decisión fundamental que configura la mente y rige el comportamiento. El Dios de Jesucristo comparte soberanía con otros dioses no confesados pero realmente adorados, como el dinero, la libertad omnímoda, el bienestar a corto plazo. Ante esta situación no es posible compartir el optimismo que se manifiesta en algunos pasajes de nuestro Instrumentum Laboris (cf. p.e. nº 7). No podemos confiar demasiado en nuestro antiguo patrimonio espiritual, ni podemos tampoco valorar excesivamente los pequeños islotes de renovación espiritual que significan algunos Movimientos eclesiales por muy valiosos que sean. a) No aparece una reacción espiritual suficientemente generalizada dentro de nuestras Iglesias; b) Hay entre nosotros demasiadas divisiones, demasiada ideologización, demasiadas concesiones al antropocentrismo materialista, demasiada frialdad espiritual; c) No estamos siendo capaces de poner en marcha una acción evangelizadora y misionera que actúe como verdadera "fuerza de Dios" y que sea capaz de suscitar la "obediencia de la fe" entre nuestros hermanos y conciudadanos (Cf Rom 1, 5. 16).
Todos estamos de acuerdo en afinuar la necesidad y la urgencia de una acción evangelizadora. Pero no sé si hemos descubierto las exigencias y las características de esta movilización evangelizadora que necesitamos. Presento unas sugerencias en tomo a la acción evangelizadora tal como yo creo que es necesaria hoy en Europa.
A) ¿QUIÉN DEBE EVANGELIZAR?
La respuesta es evidente. Toda la Iglesia. Pero ¿qué Iglesia?. Sólo una Iglesia previamente evangelizada y convertida de verdad al Dios vivo, libre del poder de las ideologías, formada por personas que vivan de verdad como discípulos de Jesús, capaz de ofrecer ante el mundo una alternativa de vida diferente, en lo personal, en lo familiar, en lo social y hasta en lo político, podrá atraer la atención de nuestros conciudadanos y convencerles de que es preciso volver a adorar al Dios de Jesucristo y volver a creer en El de verdad. Hoy la mayoría de los bautizados viven más o menos como los paganos, no aceptan el magisterio moral de la Iglesia, no creen ni esperan en la vida eterna, no están dispuestos a renunciar a nada para vivir como verdaderos discípulos de Jesucristo. Una Iglesia tan ambigua, tan carente de claridad, con tan mala conciencia no tiene fuerza interior para anunciar el evangelio de manera convincente ni tiene tam oco la autoridad moral de un p verdadero testigo.
B) ¿CÓMO EVANGELIZAR?
a) Con el testimonio de las obras. La Iglesia tendría que aparecer ante la sociedad como una Comunidad orante, desprendida de los bienes materiales, centrada en los bienes espirituales y eternos, justa y defensora de la justicia, testigo del amor gratuito y misericordioso de Dios a favor de los pobres y necesitados, formada mayoritariamente por fieles cristianos presentes en los lugares de influencia pero dando testimonio de la fe en Dios vivo y de la esperanza en la vida eterna, en vez de someterse a los dioses seculares, con unos sacerdotes y religiosos dedicados a sus ministerios y tareas específicas, sosteniendo desde dentro de la comunidad la presencia, el testimonio y la acción de los fieles cristianos en el mundo.
b) Mediante una predicación centrada en el anuncio del Dios de Jesucristo, el Dios de la gracia, el de las promesas de la vida eterna, el don del Espíritu Santo, en la vida nueva de adoración, fraternidad y esperanza. Una predicación que responda en directo a las pretensiones de la cultura materialista y atea que intenta configurar la nueva sociedad desde los centros de poder y ofrezca la posibilidad de una vida nueva y diferente por el camino de la Cruz de Cristo, de la conversión del corazón. Y del cambio real de vida.
c) Aceptando nuestra pequeñez y poniendo nuestra fuerza en la gracia de Dios siempre operante, en el poder de Cristo crucificado y resucitado, en la acción incesante del Espíritu Santo. Vivir tiempos de evangelización es lo mismo que vivir tiempos de refundación de la Iglesia. Dios nos llama a la radicalidad, a la pequeñez, a la autenticidad de los orígenes. Esta es la grandeza del tiempo que vivimos. Dios nos pide ser una Iglesia evangelizadora. Y eso es tanto como decir una Iglesia con el vigor inicial de los Apóstoles y de los mártires. Pero ¿cómo llegar hasta ahí desde nuestras Iglesias cansadas, envejecidas, acomodadas, mundanizadas? Este es nuestro verdadero problema. No podemos pretender como decimos a veces con demasiada grandilocuencia construir una nueva Europa. La Europa actual la están construyendo los grandes banqueros, los partidos políticos, las Universidades, los sindicatos, casi todos ellos con programas filosóficos muy poco cristianos, antropocéntricos, materialistas, y en último término ateos. Pero aun así podemos mantener una finne esperanza. Nos viene muy bien el mensaje de San Pablo. "No somos fuertes, no somos sabios, no tenemos los resortes del poder, pero Dios sigue escogiendo a los débiles para confundir a los fuertes, Cristo es nuestra sabiduría y nuestra fuerza, porque en El está la salvación de Dios. No queramos competir con los sabios y los poderosos de este mundo. Confiemos en el valor de la Cruz, de la pobreza, la renuncia y la esperanza. Anunciemos a Cristo crucificado como camino verdadero de esperanza y de salvación. No tengamos miedo al poder de este mundo que es un poder más aparente que real. A la hora de la verdad sólo la palabra de Dios y la esperanza de la salvación eterna responden de verdad a las aspiraciones profundas del corazón humano. Tengamos paciencia, seamos perseverantes. Pongamos el único fundamento de la historia de salvación que es la fe en Cristo. Dios dará el incremento cuando El quiera y como El quiera (1 Cor 1-4).
d) Para caminar en esta dirección me parece de primera importancia centrar nuestra atención pastoral en la iniciación de los nuevos cristianos a la vida cristiana integral, una vida sobria y piadosa, teologal, fratema, penitencial y eucarística, testimoniante, sostenida espiritualmente por la esperanza de la vida eterna, capaz de presentar ante el conjunto de la sociedad una forma distinta de vivir que muestre con fuerza la centralidad de Dios y de su gracia, las verdaderas dimensiones de la salvación eterna que Dios nos ha prometido, el papel capital de Cristo, la verdadera naturaleza de la mediación religiosa y moral de la Iglesia, como marco de una vida humana verdadera y y serena. Si vivimos en una sociedad paganizada de hecho, nuestros esquemas pastorales básicos no pueden seguir siendo los de una sociedad homogéneamente cristiana, sino que tendrán que ir acercándose poco a poco a los que existían en la Iglesia de los Padres, poniendo nuestra atención principal en algo parecido a un proceso catecumenal de conversión, establecido en nuestras parroquias como institución pastoral central, con el fin de que las parroquias sean ellas mismas Agentes primarios de Evangelización y Conversión, de manera que se vayan acercando paulatinamente los bautismos y la conversión de los bautizados, la dimensión sacramental y las disposiciones o vivencias personales, hasta que logremos una proporción algo más normal que la actual entre el número de bautizados y el de convertidos. Frente a la fuerte influencia paganizante de la cultura ambiental, y teniendo en cuenta el enfriamiento religioso de muchas familias que las hace incapaces de educar cristianamente a sus hijos, seguir bautizando y confirmando masivamente en una sociedad descristianizada, sin ofrecer a los bautizados, en sus mismas parroquias, un verdadero proceso de conversión, antes o después del bautismo, es construir la Iglesia del futuro sobre unas bases poco firmes y demasiado ambiguas. Necesitaremos la fuerza de Pentecostés. Tendremos que comenzar a pedirla con humildad y perseverancia. Seguro que la Virgen María orará con nosotros.
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