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Homilía en el Funeral de D. Francisco Casanova

Aizoain, 10 de agosto de 2000

 

FUNERAL D. FRANCISCO CASANOVA

Pamplona, 10 agosto 2000

Homilía

 

Queridos amigos, esposa, hijos, padres, familiares, amigos y compañeros de D. Francisco Casanova,

Excmas. Autoridades nacionales y militares, forales y municipales,

Hermanos y hermanas, muy queridos en el Señor Jesucristo:

Celebramos esta Eucaristía con un gran dolor, dolor por una vida humana truncada de manera injusta y criminal, dolor por una familia sencilla y honrada cruelmente herida en sus sentimientos más profundos, dolor por una sociedad y unas instituciones agredidas, dolor también por la presencia desconcertante del odio y del crimen incrustados de manera alarmante en el tejido de nuestra sociedad y de nuestra convivencia.

Ante hechos como éste, ante la furiosa acometida del terrorismo surgen en nosotros consideraciones de distinta naturaleza. Ahora es el momento de vivir religiosamente, en la presencia de Dios, en unión con Cristo nuestro Redentor, esta experiencia tremenda del asesinato de un ser inocente, de la muerte friamente premeditada de un hombre sencillo y pacífico.

Con la ayuda de Dios no nos vamos a hundir. Ni nos vamos a dejar intoxicar por el veneno del odio o de la venganza. Estos golpes terribles del terrorismo, no pueden ocultarnos el mensaje central de nuestra fe. Dios está con nosotros en la vida y en la muerte, Dios nos ama en toda circunstancia, Dios con su gracia es capaz de sacar bienes de las mismas desgracias e injusticias que tenemos que soportar en este mundo.

En estos momentos el recuerdo de este amor de Dios que nos acompaña en la vida y en la muerte, nos ayuda a esperar confiadamente la gloria del Cielo para Francisco, él que era amigo de las buenas obras y que colaboraba gustosamente en las celebraciones de la Iglesia y en las fiestas de sus vecinos.

Este amor de Dios, afirmado y creído de verdad, será sin duda fuente de consuelo, de fortaleza y de esperanza para vosotros, los familiares que ahora lloráis amargamente la muerte inesperada de un ser tan cercano y querido.

Y este mismo amor de Dios, adorado y reconocido como principio y centro de la vida, nos tiene que mover a todos, ciudadanos, compañeros de profesión de la víctima, autoridades y responsables de la vida pública, a encajar con serenidad el golpe terrible de estos atentados y trabajar con efectividad y sin descanso para lograr cuanto antes la desaparición de estos crímenes y el establecimiento sólido y definitivo de la paz y de la convivencia.

Es cierto que las autoridades y las diferentes instituciones del Estado tienen que actuar del mejor modo posible para garantizar la seguridad y la tranquilidad de todos los ciudadanos. Como es también cierto que la sociedad entera tenemos que manifestar nuestra más firme repulsa contra los que ejercen la violencia como instrumento de presión y de intimidación.

Pero en definitiva tienen que ser ellos, los que utilizan la amenaza y la muerte para imponer sus pretensiones políticas contra la libertad y el respeto a los derechos de los demás, los que renuncien a estos métodos inhumanos y degradantes. La autoridad del Estado nace y se justifica en función de la necesidad de garantizar la seguridad y los derechos básicos de los ciudadanos. No perdamos la esperanza de que algún día la luz de Dios llegue también a iluminar las mentes y los corazones de quienes ahora están cegados por el odio y el fanatismo.

El dolor y la conmoción de estos atentados nos tienen que llevar a buscar sinceramente en Dios la fuente y el modelo de nuestros comportamientos personales y sociales. En España crece el bienestar material en todas partes, pero no crece igualmente el reconocimiento de Dios ni la rectitud moral, ni aumenta en nuestra sociedad el respeto sagrado a la vida humana desde la concepción hasta la muerte como norma de nuestra libertad y nuestro comportamiento.

Necesitamos apoyarnos más en la enseñanza de Jesucristo, necesitamos apoyarnos más en el reconocimiento sincero y cordial de los mandamientos de la ley de Dios, necesitamos apoyarnos más en una visión religiosa y moral de la vida, para encontrar social y colectivamente los caminos de la paz.

Los terroristas y cuantos apoyan o toleran o justifican falsamente los métodos del crimen tendrán que renunciar a estos procedimientos inhumanos. Las instituciones políticas que quieran servir lealmente a la extirpación del terrorismo, tendrán que condenar claramente estos atentados y colaborar positivamente para consolidar y perfeccionar las bases de una convivencia sosegada y pacífica, los responsables religiosos, los educadores y los hombres o mujeres de la opinión pública tendremos que educar para la convivencia a partir del respeto a la verdad histórica y a unos principios éticos justos y firmes, los ciudadanos que quieran construir la paz tendrán que tener el valor y la libertad de negar cualquier apoyo social y político a cuantos se resisten todavía a condenar claramente estos métodos de amenaza y de muerte.

Unidos a la gran oración universal y permanente de Cristo en la Cruz, pedimos a Dios consuelo para los que sufren más vivamente el dolor terrible de esta muerte injusta, pedimos clarividencia y fortaleza para los que tienen que actuar en defensa de la justicia, de la paz y de la convivencia, serenidad y disciplina para los miembros de las Fuerzas Armadas, respeto al bien común de los ciudadanos y rectitud en sus decisiones para las instituciones políticas que tienen que actuar en defensa de la libertad y de la paz, y pedimos también serenidad, rectitud moral y firmeza para la sociedad entera , para los padres y educadores, para los jóvenes y los adultos, para cuantos tenemos alguna responsabilidad en la vida social, familiar, moral y religiosa de la sociedad navarra, de la sociedad vasca y de toda la sociedad española. Así será con la gracia y la bendición de Dios nuestro Padre.

 

 

 
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