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4 de febrero de 2007

Elogio del asombro

 

Ahora nos parece muy natural que aquellos primeros discípulos de Jesús, hombres rudos y sencillos como los demás, dejaran todas sus cosas para irse con un Maestro bastante más joven que ellos que no tenía dónde caerse muerto. Aquella decisión no llegó sin un tiempo de preparación.

En el relato de la pesca milagrosa, Lucas nos da una pista que nos permite imaginar cómo fueron las cosas. Simón, Santiago y Juan habían pasado la noche pescando sin recoger nada. Cuando volvieron a la playa, Jesús les invitó a intentarlo de nuevo. Y salieron con El, de mala gana, sólo por respeto al joven Rabí. “Echaremos las redes en tu nombre”. Lo hicieron así, y las barcas se les hundían de tanto pescado como habían recogido.

San Lucas nos dice que el asombro se apoderó de todos ellos. Entonces vieron que Jesús no era un hombre cualquiera, pues tenía unos poderes que no eran normales. El asombro no es una mera sorpresa, ni mucho menos es temor o sobresalto. El asombro es admiración, si se quiere una admiración sorprendente por lo inesperada, por lo extraordinario de lo que tenemos delante. Nos asombran las cosas grandes, los grandes acontecimientos, los grandes fenómenos de la naturaleza, la grandeza moral de algunas personas. El asombro produce admiración, confianza, gratitud, acercamiento. Nos pone al borde de la adoración. El asombro es el umbral de la religión y de la fe. A veces llega a ser adoración, una adoración verdadera que nace del corazón, que es reconocimiento de la cercanía del misterio, de lo sagrado.

El reflejo inmediato del asombro es la humildad, la sensación de la propia pequeñez. La humildad es condición y consecuencia del asombro. Esta fue la reacción de Pedro al descubrir la grandeza de Jesús: “Apártate de mí, que soy un pecador”. Pedro se dio cuenta de que aquel Rabí estaba ungido por la presencia de Dios. En las palabras y en las obras de Jesús se manifestaba la presencia y el poder de Dios con mucha más fuerza y claridad que en la zarza ardiente de Moisés. El asombro es la antesala de la fe.

 Aquellos pescadores de Galilea dejaron todo y siguieron a Jesús porque el asombro les había hecho comprender que Dios estaba con El, que su mensaje era un mensaje decisivo para la salvación de su pueblo y del mundo entero. Eso es creer. Así hay que creer. Seguros de que estar con Jesucristo es estar con la Verdad decisiva del mundo, sin paliativos, sin concesiones de ninguna clase.

El peor enemigo del asombro es el orgullo. Quien no está dispuesto a sentirse pequeño y reconocer la grandeza de quien tiene delante no sentirá nunca la emoción del asombro. Quien se siente centro del mundo no reconoce nunca nada grande ni extraordinario a su lado, no tiene ojos para ver el esplendor de Dios en la oscuridad de la noche. Vemos a nuestro alrededor lo que amamos en el fondo de nuestro corazón.

Siempre me ha extrañado que cuanto mejor conocemos el mundo y más podemos disfrutar de los bienes que Dios ha puesto en él, parece que somos menos religiosos y menos agradecidos. No sabemos pasar de la religiosidad del temor a la religiosidad de la gratitud y del amor. Nos falta asombro. ¿No será éste uno de los problemas profundos de nuestro mundo? 

El problema no es la ciencia, ni el desarrollo ni siquiera la abundancia. El problema es el orgullo, este estúpido orgullo que nos hace pensar que el mundo es obra nuestra y podemos jugar con él a nuestro antojo. Vemos el mundo como mercancía. Nos falta la sabiduría del asombro, que es sentido del misterio, capacidad para vislumbrar el rostro de Dios que está detrás de todas las cosas. Por eso creemos en Jesús con demasiada frivolidad, sin hondura, sin descubrir en El el misterio y la grandeza de Dios. Si fuéramos más humildes y más sensatos, podríamos sentir el asombro religioso y el temblor ante la grandeza de Dios ante un amanecer o una puesta de sol. Lo podemos sentir mejor que nuestros padres ante las maravillas de la vida, del organismo humano, o la maravillosa estructura del universo que hoy conocemos algo mejor que antes. Ocurre que la ciencia a muchos los aparta de Dios. ¿Tan difícil es reconocer que todo lo que nosotros encontramos en el mundo es obra de la sabiduría, del poder y de la bondad del Creador que lo puso ahí para nosotros? Difícil sólo para el orgullo. Pero el orgullo es necedad, ilusión.

La historia de Jesús, la vida de los santos, la vida de muchas personas buenas son lugares privilegiados donde se nos manifiesta la cercanía, la bondad y la belleza de Dios. La humildad abrirá nuestros ojos para ver en ellos la presencia de Jesús, resplandor de Dios, de este Dios bueno  que nos salva del pecado y nos infunde la vida eterna del amor y de la bondad que sólo pueden venir de El. Dios se manifiesta en la vida de un niño que crece y se abre a la belleza del mundo, en la ternura y fidelidad de un matrimonio, en la fortaleza y la paz de un enfermo, en la generosidad de un amigo, o en las obras de misericordia de cualquier persona buena. En nuestro mundo está Jesús presente y actuante, por eso sigue habiendo pescas milagrosas, tormentas calmadas, enfermos curados, corazones pacificados. Muchas oportunidades para el asombro.  

Este asombro, aceptado y vivido en humildad, nos ayudará a creer más y mejor en Jesús, a dejarlo todo para poner nuestra vida entera en su Palabra, a sentir la presencia y la cercanía de Dios en nuestro mundo, a creer en sus Promesas, en la Vida eterna que El da a quienes creen en El con todo el corazón.

+ Fernando Sebastián Aguilar,
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela