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Martes-Miércoles Santo de 2007

Homilía en la Misa Crismal. La grandeza del sacerdocio.

 

Lecturas: Isaías 61; Apocalipsis 1,5-8; Lucas 4,16-21

Esta Eucaristía está centrada de manera especial en el sacerdocio de Jesús, un sacerdocio mesiánico, un sacerdocio salvador.  Nadie puede llegar al Padre sino el que viene del Padre. Jesús nos puede llevar a Dios porque viene de Dios. El es el único verdadero sacerdote por derecho propio, el sacerdote único, universal, definitivo. La puerta abierta para llegar hasta la Casa de Dios.

Por eso esta celebración tiene que ser, ante todo,  una Misa de Acción de Gracias. Damos gracias a Dios por habernos enviado a su Hijo como Mediador, como Sacerdote, como Mesías y Salvador del mundo. Con su palabra y con sus obras, con su muerte y su resurrección, Jesús ilumina nuestra humanidad, la purifica y la recrea en la comunión filial con Dios. Ungido por el Espíritu de Dios, El vino a anunciarnos la gracia, la bondad y el amor irrevocable de Dios. El nos ha dejado definitivamente abierto el camino del perdón y del abrazo de vida con nuestro Dios. Estos son los hechos que se cumplen hoy entre nosotros, como se cumplieron en Nazaret, como se cumplieron en el Calvario de una vez para siempre. Con una presencia y una eficacia universal y permanente.

Todos los cristianos, miembros de su Cuerpo, quedamos dentro de este sacerdocio universal y permanente  de Jesús, por El y con El todos podemos llegarnos hasta el misterio escondido de Dios, todos podemos ofrecerle el culto viviente de nuestra oración, de nuestra vida, purificada y santificada por el don y la influencia del Espíritu Santo.

Dentro de este sacerdocio universal que todos los cristianos hemos recibido de Jesucristo por el bautismo y la confirmación, nosotros hemos sido elegidos para representar entre nuestros hermanos este sacerdocio eterno de Jesucristo. En su nombre anunciamos el amor de Dios a los pobres, en su nombre anunciamos el año de gracia y de perdón que Dios ha concedido para siempre a los que creen en Jesús. Nuestras palabras son sus palabras, nuestro perdón es su perdón, nuestra caridad pastoral tiene que ser humildemente la sombra y la presencia de la solicitud pastoral del Buen Pastor, del Pastor universal de nuestras almas que es Jesucristo.

El signo de esta gracia perdonante y santificante que Dios derramó plenamente sobre su Hijo Jesucristo y que Jesucristo quiere que esté capilarmente presente en todos los tiempos y lugares de la tierra por medio de nosotros, es lo que representan estos santos óleos y este santo crisma que vamos a bendecir. Desde aquí los llevaréis a todas las parroquias y llegarán a todas las casas, a todas las personas que se acojan al amor de Dios que está en los brazos abiertos de nuestro Señor Jesucristo. Esta es la humilde y admirable grandeza de la Iglesia de Jesús. No somos más que la humilde tribuna desde la cual Jesús sigue diciendo a los hombres y mujeres de buena voluntad, “he venido a anunciaros el amor misericordioso de Dios, mi Padre y vuestro Padre, a traeros el consuelo y la esperanza de su gracia”.

La grandeza de nuestro ministerio radica en que no es algo que nazca de nosotros. Somos ministros, servidores, sacramentos vivientes de la presencia y de la acción salvadora del único sacerdote que es Jesús. Como la calidad de un buen cristal, como la perfección de un buen instrumento, nuestra perfección consiste en transmitir hoy a nuestros hermanos del mejor posible la palabra viva de Jesús, de hacerles sentir su presencia de Buen Pastor, un Pastor que les guía, que les corrige cuando es necesario, que les acompaña y les marca el camino, que les descubre el verdadero rostro del Padre celestial y les ayuda a vivir en el mundo con el espíritu y las buenas obras del Reino de Dios. Un Pastor bueno y fiel que ha dado su vida por cada uno de nosotros.

Esta tarea nunca ha sido fácil. Para ser ministros de Jesús hay que sintonizar profundamente con la mente, los afectos y sentimientos, los juicios y actitudes de Jesús. Si somos humildes y veraces tenemos que reconocer que esta tarea nos resulta hoy especialmente difícil. Muchas de las prácticas tradicionales han quedado inadecuadas, las ocupaciones y exigencias de la vida temporal, tal como están organizadas en nuestra sociedad son absorbentes y seductoras. Nuestros fieles y nuestros conciudadanos en general tienen poco tiempo disponible, e incluso, en no pocos casos, y salvo en momentos especiales, hasta poco interés por las cosas de Dios.

El conocimiento y la aceptación de la Iglesia y de nuestro ministerio como enlace con la acción salvadora de Jesús, ya sea por nuestra mediocridad, ya sea por las dificultades de la época o por la escasa y a veces deformada información sobre la vida verdadera de la Iglesia, nos crea muchas dificultades en el ejercicio del ministerio. No sabemos cómo despertar el interés de nuestros jóvenes, encontramos poco eco en nuestras propuestas de formación o de conversión. A veces podemos sentirnos solos y hasta derrotados, inútiles.

Estas dificultades no son insuperables. Son más bien una llamada a más humildad y mayor fidelidad. A más amor. El fruto de nuestro ministerio no está en nosotros, sino en la fuerza de la palabra y del Espíritu de Jesús. Como Jesús encontraba la fuerza para cumplir su misión  en su comunión de vida con el Padre, así nosotros tenemos que buscar la nuestra intensificando nuestra unión espiritual con El, unión de mentalidad y de deseos, unión de conocimiento y de amor, unión de obediencia y de confianza. El es el Alfa y  la Omega, el Principio y el Fin, el Rey de reyes, la fuerza de la Verdad y del Bien, capaz de cautivar los corazones de los hombres de hoy, de ayer y de mañana.

Al renovar nuestros compromisos sacerdotales, renovamos con todo nuestro corazón el deseo sincero y eficaz de vivir y actuar en su nombre, de actuar en todo momento de acuerdo con sus inspiraciones, entendidas y vividas en comunión con la Santa Madre Iglesia.

La verdadera respuesta a las dificultades de los tiempos no está en el desaliento ni en la dispersión, sino en la intensidad de nuestra oración y de nuestro amor, en la renovación de nuestra ofrenda, con más realismo pero no con menos entusiasmo que el primer día, en la sinceridad y en la fuerza de nuestra unidad con los Obispos y con el Sucesor de Pedro, en el amor y el respeto a nuestros fieles y conciudadanos, hijos queridos de Dios, redimidos por Cristo y visitados por el Espíritu Santo.

Vivamos las dificultades del momento como una gracia que nos impulsa a la purificación de nuestras faltas y al recrecimiento de nuestra fidelidad y de nuestro amor. Busquemos en la oración y en la unidad con nuestros hermanos nuevas y constantes iniciativas para ejercer nuestro ministerio sin cansancio, buscando en los tesoros inagotables de la palabra del Señor la verdadera novedad capaz de  llamar la atención y mover los corazones de nuestros hermanos. Estamos seguros de que el Señor puede hacer brotar muchos renuevos en este viejo tronco de la Iglesia si encuentra nuestra colaboración. No nos desanimemos, nada de lo que se hace en el nombre del Señor queda sin fruto. Abramos nuestro corazón a las sugerencias del Espíritu del Señor que no dejará a la Iglesia sin la savia fecunda del amor de Dios. Aprendamos a vivir la oscuridad del viernes y la soledad del sábado santo tocando ya con los brazos del alma la alegría de la Pascua. Siempre están naciendo cosas y vidas nuevas en la Iglesia del Señor. Sacudamos la tristeza, no caigamos en la tentación del conformismo. Aprendamos a vivir saludando la aurora que llega. El Señor es la aurora del mundo nuevo, la Iglesia es el amanecer grandioso de esta humanidad nueva que Cristo ha conseguido irrevocablemente para gloria de Dios y bien nuestro. Pongamos en nuestro corazón las palabras del Apocalipsis: No temas, soy Yo, el Primero y el último, el que vive. Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos. Mira que hago un mundo nuevo. Pronto vendré. ¡Ven, Señor Jesús!

Esta es, hermanos,  nuestra fe, que sea ésta también nuestra oración. Esta ha de ser con Jesús, con su Iglesia, la aspiración central de nuestra vida. Así sea.

 

+ Fernando Sebastián Aguilar,
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela