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Jueves Santo de 2007

Homilía en la Misa in Coena Domini

 

Con razón el pueblo cristiano dice que el Jueves santo relumbra más que el sol. Lo que relumbra, lo que brilla como un sol en el mundo de los espíritus es el amor de Jesús, ese amor que quedó patente en la Ultima Cena. 

Apenas podemos rastrear los sentimientos de Jesús en aquella noche. Nos ayuda pensar que, en aquellos momentos, Jesús estaba celebrando la pascua judía, recordando las maravillas que Dios había hecho para liberar a su pueblo de la esclavitud egipcia. 

La mirada de Jesús iba mucho más lejos. Había llegado el momento de desvelar y establecer para siempre la Nueva Alianza de amor entre su Padre y todos los hombres. Su Padre es un Dios de amor y de vida, un Dios Padre de todos que quiere la libertad y el gozo de una existencia plena y verdadera para todos sus hijos. El ha venido a este mundo para anunciar y establecer en su propia carne esta Nueva Alianza, universal y definitiva.

El es el Cordero con cuya sangre fuimos marcados en el bautismo. Nosotros somos el pueblo liberado de las tinieblas más peligrosas, las que nos ocultan la verdad de nuestra vida; liberado de la peor esclavitud, que es la esclavitud de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo, de nuestros pecados. Como el pueblo de Israel, podemos y debemos apoyar nuestra identidad personal y la identidad de nuestra cultura sobre la memoria de esta Alianza de Dios establecida por medio de N.S. Jesucristo de una vez para siempre.  

En la noche del Cenáculo Jesús vive anticipadamente la entrega de su muerte. Se entrega al Padre cumpliendo fielmente su voluntad hasta la muerte, y se entrega por nosotros, dándonos la facultad de recordar y de revivir realmente este misterio inagotable de su muerte, este amor más fuerte que todas las tentaciones y todos los egoísmos de este mundo. Nunca agradeceremos bastante este invento admirable de Jesús que nos permite acercarnos hasta físicamente a la verdad permanente de su amor y de su entrega por nosotros. Ese amor que El expresó también lavando los pies de sus discípulos para enseñarnos a vencer la vanidad de nuestro orgullo en la verdad conmovedora y creativa del amor y del servicio.  

La Eucaristía cambia el mundo. Es la revelación contundente del amor de Dios y de Cristo como verdad suprema de la vida, como vida verdadera, gozosa y eterna, más fuerte que el pecado y que la muerte. De la Eucaristía vivida y participada con fe y amor nace la única renovación posible de nuestra vida. Este Jesús del Cenáculo y de la Cruz, que es el Jesús de nuestras Eucaristías y de nuestros sagrarios es el único que puede cambiar nuestros corazones, el único que puede librarnos de nuestros egoísmos y hacer crecer en nuestro corazón el amor limpio, el amor bueno, generoso y fiel capaz de vencer el poder del Mal que nos oprime y hacernos vivir con la dignidad y el gozo de los santos.  

¡Qué emoción y cuánta gratitud al pensar que nuestro mundo vive edificado sobre este amor de Dios, realizado históricamente en Jesucristo, de una vez para siempre, mantenido y multiplicado por la Iglesia santa de Dios en estos fuegos de amor que son los sagrarios del mundo, que iluminan y caldean nuestra vida! Es verdad que este mundo nuestro, a veces tan oscuro y egoísta, tan duro y tan injusto, está siendo iluminado y rescatado por el amor de Dios traído hasta nuestra tierra por su Hijo Jesucristo y multiplicado por todas partes por la fe y el ministerio de la santa Iglesia. Todos buscamos el amor como la verdadera substancia de la vida. Pero no todos sabemos en qué consiste y dónde está el verdadero amor. El amor viene de Dios y Jesús es el amor de Dios presente y operante en nuestro mundo. La Eucaristía es la presencia permanente y la multiplicación indefinida de este amor salvador que nos envuelve y nos vivifica. Con todo nuestro corazón pedimos para todos nuestros hermanos esta fe y esta esperanza.  

Hoy la Iglesia nos pide que acompañemos al Señor en esta silenciosa presencia junto a nosotros. Estar un rato junto al Sagrario es como estar con El en Getsemaní, como estar en el Cenáculo, o estar con María y con el Apóstol Juan junto a la Cruz, acompañándole en el gran momento de la reconciliación del mundo con el Padre bueno del Cielo fuente de perdón y de vida. 

En esta oración damos gracias a Jesús de todo corazón por haber cumplido hasta el final la misión recibida del Padre para nuestra salvación. Pedimos con El por todos nuestros hermanos, por los que creen y por los que no creen, por los que se fueron de la Iglesia y por los que nunca llegaron. Que a todos les conceda el gozo de la vida verdadera. Nos abrazamos a El para formar parte de su Cuerpo que es la Iglesia. Le ofrecemos nuestra vida para que nos guarde y nos renueve con su amor, para que haga de nosotros servidores fieles de su Reino y testigos valientes de su Amor en medio de nuestro mundo.

 

+ Fernando Sebastián Aguilar,
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela