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Sábado
Santo de 2007
Homilía en la Vigilia Pascual
Getsemaní, el Cenáculo, el Calvario fueron
el escenario de la agonía, pasión y muerte de N. S. Jesucristo. Pero la
vida de Jesús no podía terminar en el silencio del sepulcro. Dios nos lo
dio para que fuera semilla de vida, manantial de vida eterna, principio y
garantía de la resurrección universal.
Dios no nos hizo para la muerte, El es un
Dios de vida y nos creó a su imagen y semejanza para que pudiéramos vivir
con El eternamente. Fue el demonio y fueron nuestros pecados los que
bloquearon los planes de Dios. El primer hombre desconfió de Dios y todos
perdimos el rumbo de la vida verdadera. Pero Dios no se resignó, no quiso
nunca dejarnos abandonados bajo el dominio del demonio y de la muerte. Su
amor fue más fuerte que nuestra debilidad, más fuerte que nuestros
pecados, más fuerte que todos los poderes del Mal.
Para rescatarnos de nuestras tinieblas envió
a su Hijo nacido de la Virgen María. El, con su fidelidad hasta la muerte,
rompió los poderes del Mal, superó las barreras de la muerte y de esta
manera restauró, en su carne, para el mundo entero, la Alianza con Dios y
la esperanza segura de la vida eterna.
En esta Vigilia santa celebramos el triunfo
del poder y del amor de Dios creador que por medio de N.S. Jesucristo ha
coronado su obra abriéndonos definitivamente las puertas de la
resurrección y de la vida eterna.
La resurrección de Jesús es el momento de la
verdad. Esta es la verdad del amor de Dios que nos quiere vivos y felices
para siempre. Esta es la verdad de Jesús, primicia de una humanidad nueva;
esta es la verdad de nuestra vida, que por la fe y la caridad comienza a
ser ya en este mundo vida eterna y gloriosa.
La vida sin Dios, la vida encerrada en este
mundo, queda atrás como una vida vieja, equivocada, una vida frustrada que
se destruye a sí misma en concupiscencias y amarguras. Jesús, en su
combate con el Demonio y con la Muerte, en el momento glorioso de su
resurrección inaugura la vida humana en el esplendor de su verdad, vida
confiada y abierta, en comunión de amor con el Dios que nos ama, sostenida
por la esperanza de la vida eterna para poder vivir ya desde ahora en el
gozo de la verdad y en la santidad del amor bueno y generoso que el
Espíritu de Dios hace crecer en nuestros corazones.
Estos hermanos catecúmenos, uniendo su
corazón con la fe de la Iglesia, van a hacer suya la muerte de Jesús, van
a dejar atrás la vida encerrada en este mundo, la vida vieja y caduca de
los que no confían en Dios, y van a recibir por medio del Espíritu de
Cristo resucitado las primicias de esta vida santa y eterna, la vida de
los hijos de Dios, la vida de los discípulos de Jesús, la vida que todos
nosotros vivimos en esta familia de Dios que es la Iglesia santa.
La fe en la resurrección de Jesús nos
permite esperar con confianza nuestra propia resurrección y esta esperanza
nos da la fuerza espiritual para romper las ataduras del pecado. Nada es
comparable con lo que Dios nos tiene prometido. Nada es del todo bueno si
no nos acerca a Dios. Nada es del todo humano si no es camino para la
resurrección y la vida eterna. Desde ahora podemos vivir ya lo que será
para siempre nuestra vida, alabar a Dios, cumplir su voluntad y disfrutar
de su hermosura, vivir en la verdad y en el amor, haciendo el bien a
nuestros hermanos en todos los momentos y en todas las circunstancias de
la vida.
La celebración de esta noche es el punto de
vista adecuado para comprender la verdad de nuestra vida humana y
cristiana. La podemos comprender como DON. El Dios del Cielo por su Hijo
Jesucristo nos ha dado esta gran esperanza de la resurrección que nos
libra de las oscuridades y de las estrecheces de este mundo. La vemos
también como URGENCIA. Debemos purificarnos de nuestras pequeñas o grandes
ambiciones y vivir ya “en la tierra como en el cielo”, en la verdad y en
el amor, siempre pendientes de la voluntad de Dios. Y debemos, por último,
vivirla como MISIÓN. Con sencillez, con humildad, pero con toda verdad y
libertad, tenemos que decir a quien nos quiera escuchar que la vida es
hermosa, que vale la pena vivirla a fondo, pero tomándola como es, sin
limitarla ni reducirla, viéndola y viviéndola como una vida con Dios y no
contra Dios. La vida con Dios es la vida verdadera y hermosa, la vida con
sentido, abierta hasta la vida eterna, en la que todas las preguntas
tienen respuesta y todos los dolores consuelo. Así es porque así Dios lo
ha querido. Bendito sea por los siglos de los siglos.
+ Fernando Sebastián Aguilar,
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela
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