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Acto penitencial
Este año, las fiestas de San Fermín
han sido algo singulares para nosotros los cristianos. No hemos podido
compartir con espontaneidad la general alegría. Hemos tenido que soportar
como un dardo clavado en el costado un recuerdo doloroso. Una de las peñas
ha ido paseando por las calles de Pamplona una caricatura irreverente de
Nuestro Señor Jesucristo.
No queremos juzgar a nadie. Cada
uno sabrá la parte que ha tenido en este hecho, por acción o por omisión,
y las intenciones que le han movido en sus actuaciones. Nosotros hablamos
del hecho en sí, de un hecho público e innegable, la representación de
Nuestro Señor Jesucristo de manera irrespetuosa y ofensiva, vinculando la
imagen de Jesucristo Crucificado a un movimiento político muy distante de
las enseñanzas del Evangelio y de la Iglesia.
No podíamos dejar pasar esta
irreverencia sin proclamar con nuestro testimonio la soberana grandeza de
Jesucristo Redentor y Salvador de la Humanidad. El es el Hijo de Dios
hecho hombre que vino para mostrarnos la bondad de Dios y llamarnos a la
fraternidad universal. Con su Cruz venció los poderes del mal y restauró
nuestra libertad como hijos de Dios y ciudadanos del Cielo.
A pesar de todas las negaciones y
profanaciones, a pesar de los pecados y de los innegables malos ejemplos
de los cristianos, Jesucristo es y será siempre el Señor de la Creación y
de la Historia, la Esperanza de nuestra vida, el Principio de una
humanidad nueva, reconciliada, capaz de alcanzar los más grandes ideales
de nuestros corazones. Una humanidad nueva que está a nuestro alcance, que
podemos hacer entre todos, con fe, con amor y con buenas obras.
Es un error y un dolor, un pecado
de orgullo y de ingratitud querer alcanzar las metas más altas de nuestra
humanidad despreciando o simplemente ignorando a Jesucristo. En El y por
El hemos sido creados y solamente con El podremos entender y vivir la
verdad de nuestra vida. Lo ocurrido en estas fiestas es simplemente un
hecho revelador, que nos hace caer en la cuenta de que vivimos en una
sociedad donde la fe en Dios y en Jesucristo ya no es reconocida
públicamente como un valor que merezca respeto ni protección de ninguna
clase.
Por eso nuestra reparación tiene
que mirar más adentro y más lejos de lo ocurrido en estos días de los
sanfermines. Queremos desagraviar a Jesucristo, queremos desagraviar a la
Trinidad Santa, por tantas personas como viven y actúan sin tener en
cuenta a Dios Creador de todas las cosas, por tantos bautizados que se
alejan vitalmente de Cristo y de su Iglesia, por la pretensión
generalizada de construir un orden social cerrado a la influencia de la
Sabiduría y del Amor de Dios.
En estas circunstancias, nos miramos a
nosotros mismos y reconocemos con dolor que también tenemos que
desagraviar a Jesucristo por nuestra propia frialdad, por el poco fervor
de muchos de nosotros, por la pobreza espiritual de muchas familias y
comunidades cristianas, por la falta de convencimiento y de militancia en
la vida de muchos cristianos.
Con sinceridad y humildad nos preguntamos
qué clase de reparación nos pide el Señor. Nuestra reparación no puede
consistir en otra cosa que en un esfuerzo de renovación espiritual y
apostólica de cada uno de nosotros y de la Iglesia entera de Navarra.
Desagraviar a Jesús no significa señalar los pecados o los errores de los
demás, sino hacer que en nuestras palabras y en nuestras obras brille más
y mejor el esplendor de la vida y de las enseñanzas de Jesús, que quede
más clara ante los ojos de nuestros conciudadanos la bondad y la grandeza
de Jesús, la fuerza salvadora y humanizadora de su Iglesia.
Reparar, desagraviar, es orar más y vivir
mejor. Desagraviamos a Jesús, sacerdotes, religiosos y seglares, creyendo
en El con más fuerza, situándolo en el centro de nuestro corazón,
ofreciéndole las mejores energías de nuestra vida, siendo más abnegados y
emprendedores en el anuncio del Evangelio y en el servicio de los
necesitados. Entre todos, por ejemplo, tendríamos que conseguir que la
Eucaristía dominical vuelva a ser el gran momento, la gran convocatoria de
todos los cristianos, que marque y transforme nuestra vida, que llame la
atención y despierte el interés de quienes no la conocen o dejaron de
considerarla como un acto central de su vida en los años de la juventud.
Desagraviamos a Jesús siendo verdaderos
samaritanos con tantos hermanos dolientes como viven a nuestro lado,
enfermos, marginados, personas solitarias y abandonadas, pobres con
necesidades materiales y pobres con necesidades espirituales, hombres y
mujeres, jóvenes y adultos que viven con una amarga añoranza de la fe
perdida, que necesitan, a veces sin querer reconocerlo, el calor y la paz
del amor firme y cercano de Dios, personas de buena voluntad que necesitan
alguien que les ayude a superar las falsas ideas que les llevaron a
alejarse de Cristo y de la Iglesia, para sentir quizás por primera vez el
gozo de la cercanía del Dios verdadero, el Dios de Jesús, el Dios del
perdón, del amor y de la vida.
Nadie debería entender mal nuestra llamada.
Cuando nos disponemos a renovar y dar un nuevo vigor a nuestra vida
cristiana no amenazamos la libertad de nadie. Aunque pudiéramos nunca
trataríamos de imponer nada por la fuerza. No buscamos el poder, ni
pretendemos alcanzar privilegios de ninguna clase. Simplemente queremos
ser mejores cristianos y sólo pedimos el respeto necesario para poder
vivir juntos, sin agravios de nadie contra nadie, sin agresiones
materiales ni tampoco agresiones espirituales o morales. Respeto,
tolerancia y paz para todos. En la verdad, en la justicia, en el amor.
Queremos vivir en paz con todos y colaborar
sinceramente en el bien general. Tenemos muchas cosas en común, sobre esta
base común del respeto a la dignidad de las personas, desde el inicio de
la vida hasta el final natural cuando Dios nos llame a su presencia,
podemos vivir en paz, ayudándonos unos a otros. Somos discípulos de un
Maestro predicó el perdón y la misericordia, un Maestro que vivió haciendo
el bien a todos, un Maestro que dio la vida por la reconciliación de
todos. El es la paz y la unidad para todos los pueblos de la tierra.
Ojalá los tristes acontecimientos que hemos
vivido en estos días nos sirvan a todos para hacer revisión de nuestras
fiestas y más hondamente para hacer revisión de los objetivos y valores de
vida que en ellas se manifiestan. Ojalá nos sirvan para superar lo que nos
divide y poner por delante tantas cosas importantes como tenemos en común
y nos permiten llegar a ser un pueblo libre y pacífico, una sociedad
tranquila, justa, culta y desarrollada. No hace falta alejarse de Dios
para crecer humanamente. Al contrario, Dios es el verdadero horizonte de
nuestra humanidad. Cristo es el camino y la fuerza para avanzar evitando
riesgos y sufrimientos innecesarios.
Sólo es preciso que nos dejemos ayudar por
el Buen Samaritano, que recibamos su palabra y aceptemos su presencia en
nuestra vida como Luz que nos ilumina y nos convoca a todos para una vida
de hermanos en la verdad, en la justicia y en el amor. Dejemos que El nos
cure de nuestros miedos, de nuestras incertidumbres, de nuestras
intolerancias…. Dejemos que El haga de nosotros testigos claros,
sencillos, convincentes de la bondad de Dios y de la hermosura de la vida
cristiana.
Esta Eucaristía de hoy tiene que ser para
nosotros de manera especial la verdad del Calvario. Con la Virgen María,
como Juan, el discípulo fiel, nos acercamos a la Cruz santa de Jesús para
sentir el gozo del perdón, del perdón que damos pero sobre todo del perdón
que recibimos, ese perdón de Dios que borra nuestros pecados y nos
devuelve la inocencia perdida, que nos permite sentir el gozo de la unidad
y de la paz como un don del Espíritu.
Con este espíritu y con esta esperanza
seguiremos viviendo hermanados en la Iglesia de Dios, guiados y sostenidos
por el Señor presente y victorioso. Que El nos ayude a construir con
nuestros hermanos un mundo de justicia y de paz en el que todos podamos
vivir con libertad según nuestra conciencia, un mundo diferente, en el que
resplandezca y sea reconocida la Sabiduría y la Bondad de Dios, Creador
del mundo y Padre de todos los hombres.
+ Fernando Sebastián Aguilar,
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela
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