www.iglesianavarra.org > Arzobispo > Homilías > Domingo, 15 de julio de 2007. Misa solemne. Acto de desagravio al Crucificado.


Acto penitencial

 

         Este año, las fiestas de San Fermín han sido algo singulares para nosotros los cristianos. No hemos podido compartir con espontaneidad la general alegría. Hemos tenido que soportar como un dardo clavado en el costado un recuerdo doloroso. Una de las peñas ha ido paseando por las calles de Pamplona una caricatura irreverente de Nuestro Señor Jesucristo. 

         No queremos juzgar a nadie. Cada uno sabrá la parte que ha tenido en este hecho, por acción o por omisión, y las intenciones que le han movido en sus actuaciones. Nosotros hablamos del hecho en sí, de un hecho público e innegable, la representación de Nuestro Señor Jesucristo de manera irrespetuosa y ofensiva, vinculando la imagen de Jesucristo Crucificado a un movimiento político muy distante de las enseñanzas del Evangelio y de la Iglesia. 

         No podíamos dejar pasar esta irreverencia sin proclamar con nuestro testimonio la soberana  grandeza de Jesucristo Redentor y Salvador de la Humanidad. El es el Hijo de Dios hecho hombre que vino para mostrarnos la bondad de Dios y llamarnos a la fraternidad universal. Con su Cruz venció los poderes del mal y restauró nuestra libertad como hijos de Dios y ciudadanos del Cielo. 

         A pesar de todas las negaciones y profanaciones, a pesar de los pecados y de los innegables malos ejemplos de los cristianos, Jesucristo es y será siempre el Señor de la Creación y de la Historia, la Esperanza de nuestra vida, el Principio de una humanidad nueva, reconciliada,  capaz de alcanzar los más grandes ideales de nuestros corazones. Una humanidad nueva que está a nuestro alcance, que podemos hacer entre todos, con fe, con amor y con buenas obras.  

         Es un error y un dolor, un pecado de orgullo y de ingratitud querer alcanzar las metas más altas de nuestra humanidad despreciando o simplemente ignorando a Jesucristo. En El y por El hemos sido creados y solamente con El podremos entender y vivir la verdad de nuestra vida. Lo ocurrido en estas fiestas es simplemente un hecho revelador, que nos hace caer en la cuenta de que vivimos en una sociedad donde la fe en Dios y en Jesucristo ya no es reconocida públicamente como un valor que merezca respeto ni protección de ninguna clase.  

         Por eso nuestra reparación tiene que mirar más adentro y más lejos de lo ocurrido en estos días de los sanfermines. Queremos desagraviar a Jesucristo, queremos desagraviar a la Trinidad Santa, por tantas personas como viven y actúan sin tener en cuenta a Dios Creador de todas las cosas, por tantos bautizados que se alejan vitalmente de Cristo y de su Iglesia, por la pretensión generalizada de construir un orden social cerrado a la influencia de la Sabiduría y del Amor de Dios.  

En estas circunstancias, nos miramos a nosotros mismos y reconocemos con dolor que también tenemos que desagraviar a Jesucristo por nuestra propia frialdad, por el poco fervor de muchos de nosotros, por la pobreza espiritual de muchas familias y comunidades cristianas, por la falta de convencimiento y de militancia en la vida de muchos cristianos.

 Con sinceridad y humildad nos preguntamos  qué clase de reparación nos pide el Señor. Nuestra reparación no puede consistir en otra cosa que en un esfuerzo de renovación espiritual y apostólica de cada uno de nosotros y de la Iglesia entera de Navarra. Desagraviar a Jesús no significa señalar los pecados o los errores de los demás, sino hacer que en nuestras palabras y en nuestras obras brille más y mejor el esplendor de la vida y de las enseñanzas de Jesús, que quede más clara ante los ojos de nuestros conciudadanos la bondad y la grandeza de Jesús, la fuerza salvadora y humanizadora de su Iglesia.

 Reparar, desagraviar, es orar más y vivir mejor. Desagraviamos a Jesús, sacerdotes, religiosos y seglares, creyendo en El con más fuerza, situándolo en el centro de nuestro corazón, ofreciéndole las mejores energías de nuestra vida, siendo más abnegados y emprendedores en el anuncio del Evangelio y en el servicio de los necesitados. Entre todos, por ejemplo, tendríamos que conseguir que la Eucaristía dominical vuelva a ser el gran momento, la gran convocatoria de todos los cristianos, que marque y transforme nuestra vida, que llame la atención y despierte el interés de quienes no la conocen o dejaron de considerarla como un acto central de su vida en los años de la juventud.

 Desagraviamos a Jesús siendo verdaderos samaritanos con tantos hermanos dolientes como viven a nuestro lado, enfermos, marginados, personas solitarias y abandonadas, pobres con necesidades materiales y pobres con necesidades espirituales, hombres y mujeres, jóvenes y adultos que viven con una amarga añoranza de la fe perdida, que necesitan, a veces sin querer reconocerlo, el calor y la paz del amor firme y cercano de Dios, personas de buena voluntad que necesitan alguien que les ayude a superar las falsas ideas que les llevaron a alejarse de Cristo y de la Iglesia, para sentir quizás por primera vez el gozo de la cercanía del Dios verdadero, el Dios de Jesús, el Dios del perdón, del amor y de la vida.

 Nadie debería entender mal nuestra llamada. Cuando nos disponemos a renovar y dar un nuevo vigor a nuestra vida cristiana no amenazamos la libertad de nadie. Aunque pudiéramos nunca trataríamos de imponer nada por la fuerza. No buscamos el poder, ni pretendemos alcanzar privilegios de ninguna clase. Simplemente queremos ser mejores cristianos y sólo pedimos el respeto necesario para poder vivir juntos, sin agravios de nadie contra nadie, sin agresiones materiales ni tampoco agresiones espirituales o morales. Respeto, tolerancia y paz para todos. En la verdad, en la justicia, en el amor. 

 Queremos vivir en paz con todos y colaborar sinceramente en el bien general. Tenemos muchas cosas en común, sobre esta base común del respeto a la dignidad de las personas,  desde el inicio de la vida hasta el final natural cuando Dios nos llame a su presencia, podemos vivir en paz, ayudándonos unos a otros. Somos discípulos de un Maestro predicó el perdón y la misericordia, un Maestro que vivió haciendo el bien a todos, un Maestro que dio la vida por la reconciliación de todos. El es la paz y la unidad para todos los pueblos de la tierra.

 Ojalá los tristes acontecimientos que hemos vivido en estos días nos sirvan a todos para hacer revisión de nuestras fiestas y más hondamente para hacer revisión de los objetivos y valores de vida que en ellas se manifiestan. Ojalá nos sirvan para superar lo que nos divide y poner por delante tantas cosas importantes como tenemos en común y nos permiten llegar a ser un pueblo libre y pacífico, una sociedad tranquila, justa, culta y desarrollada. No hace falta alejarse de Dios para crecer humanamente. Al contrario, Dios es el verdadero horizonte de nuestra humanidad. Cristo es el camino y la fuerza para avanzar evitando riesgos y sufrimientos innecesarios.  

Sólo es preciso que nos dejemos ayudar por el Buen Samaritano,  que recibamos su palabra y aceptemos su presencia en nuestra vida como Luz que nos ilumina y nos convoca a todos para una vida de hermanos en la verdad, en la justicia y en el amor. Dejemos que El nos cure de nuestros miedos, de nuestras incertidumbres, de nuestras intolerancias…. Dejemos que El haga de nosotros testigos claros, sencillos, convincentes de la bondad de Dios y de la hermosura de la vida cristiana.

 Esta Eucaristía de hoy tiene que ser para nosotros de manera especial la verdad del Calvario. Con la Virgen María, como Juan, el discípulo fiel, nos acercamos a la Cruz santa de Jesús para sentir el gozo del perdón, del perdón que damos pero sobre todo del perdón que recibimos, ese perdón de Dios que borra nuestros pecados y nos devuelve la inocencia perdida, que nos permite sentir el gozo de la unidad y de la paz como un don del Espíritu.

 Con este espíritu y con esta esperanza seguiremos viviendo hermanados en la Iglesia de Dios, guiados y sostenidos por el Señor presente y victorioso. Que El nos ayude a construir con nuestros hermanos un mundo de justicia y de paz en el que todos podamos vivir con libertad según nuestra conciencia, un mundo diferente, en el que resplandezca y sea reconocida la Sabiduría y la Bondad de Dios, Creador del mundo y Padre de todos los hombres.   

+ Fernando Sebastián Aguilar,
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela