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Despedida de los religiosos
Catedral de Pamplona
2 de septiembre de 2007
Habeis organizado este encuentro de
oración con una gran amabilidad para darme la ocasión de despedirme de
todos vosotros. Termina el tiempo de mi ministerio como Obispo de
Pamplona y Tudela. 14 años. La etapa más larga de mi vida desde que soy
Obispo. Con ella termina mi ministerio como Obispo residencial. Han sido
en total 28 años de ministerio episcopal. En distintos lugares y de
distintas maneras.
Es ésta la primera despedida pública y
abierta que hago. En estos días pasados me he despedido de unos cuantos
monasterios. Hoy me despido oficialmente de vosotros los religiosos y
religiosas de vida activa que formáis parte de la Iglesia particular de
Navarra.
Al estar con vosotros mi primera palabra
tiene que ser obligatoriamente GRACIAS. Un agradecimiento que me nace de
lo más profundo de mi corazón. Gracias por vuestra colaboración, gracias
por vuestras actividades, siempre en la primera línea de la abnegación y
del amor, gracias por vuestra vida, gracias por vuestras oraciones y por
vuestro afecto.
Sin duda durante estos años habrá habido
de todo. Unas veces me habréis sentido cercano y otras quizás demasiado
lejano o demasiado silencioso. Sí os puedo decir que siempre he contado
con vosotros como una parte significativa y especialmente de nuestra
Iglesia. Al hablaros a vosotros, pienso también en los muchos religiosos
y religiosas navarros que están dispersos por el mundo entero trabajando
por el Reino de Dios y que en estos momentos se sienten profundamente
unidos con nosotros. Gracias a Dios por todos vosotros, por los que
habéis venido desde otras diócesis, desde otras tierras, y por los que
han salido de nuestras parroquias y de nuestros pueblos para ir a
anunciar el Evangelio de palabra y de obra por todos los países de la
tierra.
Doy gracias a Dios por todos vosotros, que
habéis trabajado y seguiréis trabajando silenciosamente en las múltiples
obras y servicios de esta Iglesia. Son muy importantes vuestras
actividades, la enseñanza, el servicio a los enfermos, la atención
a los pobres, el anuncio y la predicación del evangelio. Pero es mucho
más importante vuestra vida. Con vuestras renuncias, con vuestro estilo
de vida centrado en el seguimiento de Cristo y en el ejercicio de la
caridad, estáis haciendo visible ante los ojos, unas veces
sorprendidos y otras veces incrédulos de nuestros conciudadanos. Las
bienaventuranzas proclamadas por Jesús como patrimonio espiritual y
programa de vida de quienes han sido liberados de las tinieblas del
mundo y viven en el paraíso recobrado del Reino de Dios.
Os doy gracias a vosotros, por vuestra
presencia hoy aquí, por vuestro afecto tantas veces manifestado, que
tanto me ha ayudado a soportar el peso de cada día. Durante estos años
habéis sido presencia operante del amor del Señor en los barrios de
Pamplona y de Tudela y en otros muchos lugares de Navarra. Gracias por
todo. Sois buenos y no os costará mucho perdonarme por lo que no haya
hecho bien, por las veces que os haya podido defraudar en mis
actuaciones como Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela.
El amor me lleva a deciros una última
palabra de exhortación y de aliento. Los cristianos vivimos en Navarra y
en España entera una situación especialmente dura que es una verdadera
prueba, pero que es también una llamada y una gracia de Dios. Gracia y
llamada de Dios para nos purifiquemos de todo lo que no es una vida
plenamente hondamente identificada con el Señor, Dios quiere que vivamos
limpiamente y generosamente la vida del evangelio de Jesús, en la
adoración filial de Dios nuestro Padre, en la comunión sacramental y
vital con el Señor muerto y resucitado, en la franca comunión interna y
externa con la Iglesia real y concreta, en el servicio de amor santo y
desinteresado a nuestros hermanos.
Nuestra hora es una hora de purificación y
de creatividad evangélica. No os dejéis llevar por la desconfianza que
crea distancias y críticas dentro de la Iglesia, no os aisleis en la
pequeñez de vuestros propios intereses, abrid vuestros corazones,
ensanchad las puertas y las paredes de vuestras casas, no para que
entren en ellas las costumbres del mundo, sino para hacer vuestra la
misión de la Iglesia, para que el Espíritu Santo haga de vosotros
testigos elocuentes de la verdad, de la belleza y del gozo de la vida
nueva que Dios nos da a sus hijos cuando dejamos que su Hijo Jesucristo
sea realmente el Señor de nuestra vida.
La Virgen María, la toda santa, la primera
discípula, la llena de gracia, la consagrada a Dios por la presencia en
ella del Hijo de Dios, sea vuestra Madre y Maestra. Que Ella nos ayude a
todos a vivir en Cristo para gloria de la gracia de Dios, esplendor de
su Iglesia y salvación de nuestros hermanos.
+ Fernando Sebastián Aguilar,
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela
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