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Jornadas Pastorales del Pueblo de Dios 2007
Pamplona, 13 de noviembre - Tudela, 16 de noviembre
Vivir en Cristo hoy. Espiritualidad cristiana para el camino de
la vida
Queridos
hermanos y amigos:
Mi labor
como obispo no es otra que animar a todos los navarros para que
caminemos juntos desde Cristo. No he venido a hacer otra tarea. Por eso,
en este momento, yo sólo puedo referir aquello que dijo Cristo a los
suyos: "He aquí que estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin
del mundo". Esta certeza ha acompañado a la Iglesia durante dos
milenios, y se aviva ahora en nuestros corazones en este tiempo de
Gracia. Por eso, debemos sacar un renovado impulso en la vida cristiana,
haciendo que sea además la fuerza inspiradora de nuestro camino.
Conscientes de esta presencia del Resucitado entre nosotros nos
planteamos hoy la pregunta dirigida a Pedro, inmediatamente
después de su discurso en Jerusalén: "¿Qué hemos de hacer, hermanos?"
Jesús está presente en medio de nosotros, Jesús habita en medio de
nosotros, nos lo preguntamos con confiado optimismo, aunque sin
minusvalorar los problemas, diría Juan Pablo ll.
No nos
satisface la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los
grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos
salve, pero sí una persona y la certeza que ella nos infunde, su
espíritu, y nos dice: "Yo estoy con vosotros". Recuerdo que en
una ocasión estaba con el papa Juan Pablo II, con quien tenía una
profunda amistad, y me dijo, regalándome esta cruz pectoral: "Señor
obispo, usted es un obispo joven, no olvide que en su vida muchas veces
tendrá que abrazar la cruz, pero no tenga miedo, él estará siempre con
usted. Y lleve esta cruz siempre con Cristo, no desnuda de Cristo".
Efectivamente ha sido el programa de mi vida. Hace doce años que soy
obispo de la Iglesia Católica, ordenado por el mismo papa Juan Pablo II,
en la basílica de San Pedro, el 6 de enero de 1996. Él siempre me
infundía un coraje especial, todos lo conocemos, y muchos han
descubierto en este gran hombre y en este gran Papa y gran santo, el
impulso evangelizador.
No se
trata de inventar un nuevo programa, el programa ya existe. Es el de
siempre, recogido en el Evangelio y la Tradición viva. Se centra en
definitiva en Cristo vivo, al que hay que conocer, amar e imitar para
vivir con él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta
su perfeccionamiento en la Jerusalén celestial. Conocer, amar e imitar.
Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas,
aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo
y una comunicación eficaz.
Jesucristo está presente en medio de nosotros. Nos lo decía muy bien el
Concilio Vaticano II. La presencia de Jesús en la comunidad es cierta,
él está en medio de nosotros, no es un fantasma, es una persona que ha
querido permanecer en nuestra vida. Los Padres de la Iglesia dicen que
hay tres sagrarios: el sagrario de la conciencia, el sagrario de la
comunidad y el sagrario de la eucaristía.
El
sagrario de la conciencia es donde Dios habla, donde Dios nos habla,
donde Dios se nos comunica, donde Dios se nos desvela. Claro está, la
conciencia no es como en muchos momentos se ha dicho, la autoafirmación
del yo y de mis propios gustos. Eso no es la conciencia, eso es egoísmo.
La conciencia es escuchar dentro la voz de Dios, dirá San Basilio,
porque Dios vive en aquel que ama. A quien me ame y cumpla mi palabra,
vendremos a él y haremos morada en él, dice Jesús. Somos morada de Dios.
Luego el templo fundamental somos nosotros, más que los templos, mucho
más, porque es donde Dios quiere estar y quiere habitar. S. Agustín
decía: yo te buscaba por todas partes y tú estabas en lo más íntimo
de mí mismo y yo no te había descubierto.
Por eso
seguirán diciendo los Padres de la Iglesia que Jesús está presente en
medio de la comunidad, que es el sagrario social. Está en el sagrario de la
conciencia, está en el sagrario social porque donde dos o más están unidos
en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos. Y él está en medio de
nosotros ahora, con una condición, que nos pone Jesús: si nos amamos
como él nos ama. Por eso dirá también la Iglesia que hemos de fomentar
entre nosotros el Espíritu de caridad, porque es la forma de abrir las
puertas a Cristo.
El tercer
sagrario es el sagrario de la Eucaristía, porque es el centro y el
culmen de la vida cristiana. Sin la eucaristía no nos podríamos
alimentar, no podríamos recibir esa savia, la savia de Dios. Él lo
compara con la vid y los sarmientos: si la vid está unida a los
sarmientos entonces produce fruto; es el símbolo de la eucaristía. Pues
lo mismo, si estamos unidos a Cristo produciremos frutos.
Pero
quiero pararme en un pasaje que hemos escuchado muchas veces: los
discípulos de Emaús. Figuraos aquellos discípulos que iban discutiendo
por el camino, "nosotros que esperábamos que Jesús resucitara ... que
había prometido que iba a resucitar ... " Iban racionalizando todo
lo que había dicho Jesús. Y de pronto se acerca un peregrino, era Jesús.
Pero estaban tan obcecados en su racionalismo, en su increencia y demás, que
no lo reconocen; y estaba a su lado. Con vosotros está y no lo conocéis.
Está la vida ante ellos y sus ojos no podían reconocerle. ¡Hombres
sin inteligencia y tardos de corazón!, les reprocha Jesús. Él es
el camino y fingió seguir adelante. En el momento en que comparten, se
abren, le aceptan en su casa, porque él quería marchar, pero le dicen:
"no, quédate con nosotros que atardece". Cuando va a partir el
pan Jesús, lo reconocen. Y es que reconocemos a Dios cuando nos amamos
porque en esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a
los otros. Donde dos o más están unidos en mi nombre, es decir unidos en
la caridad de Cristo, estoy yo en medio de ellos. Cuentan de S.
Francisco de Asís que un día reunió a todos sus hermanos y entonces fue
preguntando a cada uno, cómo estaban viviendo la fe, qué testificaban
cuando iban de pueblo en pueblo, cómo se comportaban. Y era tal la
densidad de amistad que había entre ellos, de caridad, que se les
apareció un joven luminoso: era Cristo en medio de ellos, cuentan las florecillas.
Pues sí,
lo esencial de la vida comunitaria y de la comunidad y el protagonista
fundamental es Jesucristo. Por eso los discípulos de Emaús lo descubren
en el momento que comparten en caridad. Él, simbólicamente en aquel
momento, partiendo el pan, expresa lo que es la eucaristía: compartir la
vida de Cristo, cuerpo de Cristo, sangre de Cristo, como hermano,
fraternalmente. Porque para ir a la eucaristía hay que ir preparado,
tenemos que ir en gracia, tenemos que recibir a Cristo, huésped de
nuestra vida, con el corazón limpio, y limpio quiere decir que si vas a
presentar tu ofrenda y te acuerdas que alguien tiene algo contra a ti,
deja tu ofrenda, vete a reconciliarte y luego vuelve, porque no sería
agradable la ofrenda cuando mi corazón no perdona. Donde dos o más están
reunidos en mi nombre, por tanto, allí estoy yo en medio de ellos. Es el
sagrario social, la comunidad donde Cristo está, y plasmado y sellado en
el vínculo de la caridad y en el signo de la unidad que es la
eucaristía. Cuanto me alegraré si un día lográramos, además de todo lo
que hay en las parroquias y demás que hubiera un lugar en Pamplona que
estuviera abierto día y noche para poder adorar al Señor. Una capilla
pequeña donde pudiéramos ir, y pudiera pasar todo el mundo que quisiera
para estar al lado de Cristo, en adoración a Cristo, en amor a Cristo,
para que él vaya cambiando nuestros corazones. Porque quién puede
cambiarlos si no es Él. Ojala un día podamos tener esta capilla, así lo
deseo y así se lo explicaba esta mañana a los sacerdotes, para que Él
sea el centro de nuestra vida cristiana y de nuestra vida humana. Ahora
bien, hay unas condiciones para merecer esta presencia de Cristo en
medio de nosotros. La primera es estar unidos en su nombre: donde hay
Caridad y Amor allí está Dios. Por eso, porque hay esa consonancia. El
mismo papa Benedicto XVI nos lo ha dicho en esta encíclica tan bonita
Deus Caritas est, Dios es caridad.
Por otra
parte amar con los mismos sentimientos de Jesucristo. Cuentan del beato
Juan XXIII, al que sin duda muchos hemos conocido, que siempre
transmitía algo especial, con aquella sonrisa, con aquel corazón tan
grande como su pequeño cuerpo, un hombre que infundía paz, que infundía
alegría. Era patriarca de Venecia y un día oyó que uno de sus sacerdotes
estaba un poco dejado y que había abandonado la parroquia y se dedicaba
a la diversión, a las noches largas, en lugares no muy sanos. Cuentan
que él inmediatamente se puso a rezar: ¿qué puedo hacer para que este
sacerdote vuelva al redil? Y entonces preguntó a su vicario dónde podía
estar este sacerdote. Y de noche, aun cuando llevaba la teja y su sotana
fue a aquellos lugares más marginales de la ciudad de Venecia. Todo el
mundo se reía, muchos le insultaban y le despreciaban. Allí, al pie de
aquel club donde sabía que estaba su sacerdote se quedó esperando a que
saliera. Y cuentan que aquel sacerdote se quedó de piedra, vaya
reprimenda que me va a dar. Entonces le llevó aparte, a un lugar menos
transitado, allí solos, el obispo se puso de rodillas y le dijo,
"quiero que me confieses, Giovanni". El sacerdote se quedó
impresionado y, ante aquel gesto de su obispo, no pudo por menos que
decir: "Me ha vencido". El papa Juan Pablo II tuvo también otra
experiencia parecida, en Roma.
Son los
gestos de aquéllos que tienen los mismos sentimientos de Cristo. Esto no
lo puede hacer uno por pura voluntad, ni por puro formalismo, si no nace
de un corazón lleno de fuego de amor de Dios. Y así podríamos contar
otros, tantísimos detalles de tantísimas personas que han sabido ponerse
también en el lugar del otro. Que es otra de las condiciones necesarias
para merecer que este Cristo que ha prometido estar entre nosotros lo
podamos glorificar en medio de nosotros. ¿No ocurrió también lo mismo
con que gentileza Jesús ante aquella mujer que había cometido un pecado
público? Los judíos le llevan a Jesús y le dicen: Esta mujer ha
cometido pecado público, debe ser apedreada. Era la ley judía, a
aquel que cometía pecado público le sacaban fuera de la ciudad, a
pedradas lo mataban y con piedras lo recubrían y allí se quedaba con
ignominia. ¿Qué hace Jesús? Jesús lo primero que hace es abrir las
puertas de la misericordia y decir la verdad: "Yo tampoco te condeno,
pero vete y no peques más". Es la actitud de Dios, es una actitud de
ponerse en el lugar del otro. Aquella mujer necesitaba que alguien
conociera el drama por el que estaba pasando. Ponerse en el lugar del
otro ¿no lo ha hecho así el mismo Cristo? Se anonadó a sí mismo, tomando
la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Otro punto
importante es vivir en esa fraternidad: "En eso conocerán que sois
mis discípulos, si os amáis como yo os he amado". Merecer la
presencia de Jesús en medio de nosotros, que ha prometido permanecer
hasta el final de los tiempos, es importantísimo.
Por eso,
nos espera una apasionante tarea de renacimiento espiritual. Los
cristianos no podemos bajar la guardia, ni menos que nos pueda
reprochar, como reprochó en una ocasión Pío XII a los cristianos:
"cuidado, no caigáis en el cansancio de los buenos. El cansancio de
los buenos es aquel que dice: ya no se puede hacer nada, esto es
imposible, esto no hay quien lo cambie, yo ya he hecho lo que tenía que
hacer, yo ya estoy cansado. No. No podemos caer en esta tentación
del cansancio de los buenos. Se requiere este apasionante renacimiento
espiritual. Una obra que implica a todos.
Por eso,
lo primero de todo: plantearnos seriamente que queremos ser santos, el
verdadero camino espiritual es buscar en todo momento la santidad.
Conviene descubrir en todo su valor programático, que nos ha dado el
Concilio Vaticano II, en esta Constitución tan hermosa sobre la Luz de
las Gentes, cuando dice que la vocación universal es la vocación a la
santidad. ¿Qué importa ser arzobispo, ser vicario general, ser religioso
o religiosa, ser casado, ser joven, ser niño? ¿Qué importa? Nuestra
vocación fundamental es ser santos. No hay otra. Esa es la vocación
fundamental. Es un compromiso por tanto que no sólo afecta a algunos
cristianos. Todos los cristianos de cualquier clase o condición están
llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor,
todos. No hemos de cansarnos. Podrán decir de nosotros que no damos la
talla, y tendremos que ser humildes y decir es verdad. Pero esto no me
puede impedir el luchar cada día por ser mucho más perfecto en la
caridad, con la gracia de Dios. Es el momento de proponer de nuevo, a
todos con convicción este alto grado de la vida cristiana ordinaria. La
vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe
ir en esta dirección.
Pero
también es evidente que los caminos de la santidad son personales y
exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de
adaptarse a los ritmos de cada persona. Dios no pide más allá de
nuestras fuerzas, pero sí nos pide que nos lo planteemos seriamente.
Muchas veces me he encontrado con jóvenes. En una ocasión una chica que
trabajaba, me dijo una cosa que me impresionó: "yo quiero seguir a
Cristo, pero de verdad". Entonces le dije, tienes que pedirle
insistentemente por esto "Señor, yo quiero ser santa". Hoy es una
buena esposa de familia. Otro ejemplo: me encontraba en un barrio muy
pobre de Madrid con una familia muy desestructurada. Los hijos estaban
dispersos. Uno de los hijos venía detrás de mí, porque no encontraba en
nadie una palabra de cariño, cuando iba a rezar, a confesar, a comer.
Este joven vino también conmigo a Santiago de Compostela. Allí le oyó al
Papa la experiencia del beato Rafael, y entonces me dice un día: "Yo
quiero ser como él". Ahora es cisterciense que ha estado en Palencia
y ahora está en América; él me decía: "No sé qué será de mi vida,
pero yo quiero ser santo". Ese deseo nos hace vivir con mucha más
ilusión, nos hace vivir con mucha más inmersión en aquellas
circunstancias en las que estamos. En los momentos de crisis y
dificultades, ¿qué importa? Tú me importas, Señor, porque yo sé que para
ti soy lo mejor y cada uno de nosotros es lo mejor para Dios. Nadie
puede sentirse infravalorado por él. Por eso, ¿cómo no le voy a decir:
Señor yo quiero realizar en mí lo que tú quieres realizar en mi vida?
Otro
punto importante ante ese deseo de la santidad es la oración. Un
cristiano que no reza es un cristiano que convierte su vida en un
riesgo. Un cristiano mediocre nunca podrá ejercer con verdadero
dinamismo su experiencia cristiana. El Papa Juan Pablo II decía esto,
especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la
fe, unos cristianos que no oran no solamente serían cristianos mediocres
sino cristianos con riesgo: "En efecto, correrían el riesgo de
que su fe se debilitara progresivamente y quizá acabarían por ceder a la
seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas
alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de
superstición". Esto es lo que está pasando: observamos que
cristianos buenos se han puesto en el riesgo, o han vivido en la
mediocridad y se han pasado a la superchería, a la quiromancia, y a
todas esas cosas.
Hace
falta por tanto que la educación en la oración se convierta en un punto
determinante de toda programación espiritual. Sí. Por eso dice que las
parroquias deben ser escuelas de oración. Porque la oración es
encontramos con aquel que yo sé que me ama y me quiere. Y al mismo
tiempo es encuentro con aquel que dice permaneced en mí, porque sin
mí no podéis hacer nada. La oración es el secreto de un cristianismo
realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque
vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en ellas, y la fuente
de vida. "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo
os aliviaré", dice el Señor.
Otro
punto importante en esta experiencia de fe es vivir el sentido de la
eucaristía dominical. Decimos que creemos que Cristo está entre
nosotros, entonces la eucaristía no es un acto devocional, es la fuente
de donde mana y corre el amor de Dios. Por tanto, cuando yo quiero
encontrarme con él, no puedo por menos que ir a esa fuente, a beber. Y
la eucaristía, también nos dirá Juan Pablo II, es el centro del domingo
porque el domingo es el día del Señor y el día de la Iglesia. Haced la
experiencia del encuentro con Dios y del encuentro con la Iglesia, por
eso lo celebramos todos en comunidad.
Para
hacer posible que brille en nosotros Jesucristo hay que dar importancia
al sacramento de la reconciliación. Esta mañana les decía a los
sacerdotes que debemos tener un deseo de pedir cada día más a Dios, una
renovada valentía pastoral para que la pedagogía cotidiana de la
comunidad cristiana sepa proponer de manera convincente y eficaz la
práctica del sacramento de la reconciliación. Es muy importante
encontramos con los brazos abiertos del Dios misericordioso que nos da
el abrazo de la paz.
Os
contaré otra experiencia: uno de mis sobrinos me dijo, quiero que
vayas a ver a un amigo que se está muriendo. Tenía un cáncer que le
estaba comiendo la cara, maloliente, con una fealdad tremenda. Él no
creía, no tenía percepción de creer. El primer día estuve con él dos
minutos, otro día tres, otro, cinco. Así todo un mes. Al final, el
enfermo me dijo: "enséñame a rezar" y yo le enseñé. Después
recibió los sacramentos, se confesó, recibió la unción de enfermos y a
los pocos días murió. Me llamaron a las dos de la madrugada y me
dijeron: ha muerto. Y rápidamente me fui a la casa. Aquel rostro era
horrible, pero el más bello que he visto en mi vida. Había muerto en
paz. Al día siguiente fue sepultado, fuimos al cementerio y. después
saludé a la familia y demás, me fui a una capilla cercana, me puse de
rodillas ante Cristo eucaristía y le dije: por este día y por este
mes, bien merece la pena ser sacerdote.
¡Qué
importante es esto para nosotros los sacerdotes! Que vengáis a nosotros
para que recibáis esa gracia de Dios, esa cercanía de Dios. Hay muchos
dramas internos, hay muchas situaciones anómalas, hay muchos momentos en
los que uno se siente pesado, angustiado. Necesitamos este misterio de
piedad del amor de Dios. Por eso es fundamental esta renovada valentía
pastoral, dice Juan Pablo II, para que en la comunidad cristiana
siempre estén las manos abiertas del Padre que espera al hijo. Es el
camino ordinario para encontrarnos con el perdón de Dios. Por eso, no
hemos de rendimos, sobre todo nosotros estar siempre con esa atención.
Porque solamente desde Dios podremos caminar con ilusión, con esperanza.
Bien, y
ante todo esto, ante la presencia de Cristo en medio de nosotros, que se
hace visible y que se hace palpable, ante el encuentro con su persona,
no puedo por menos que decir que ¡bendito sea Aquél que ha prometido
permanecer siempre entre nosotros! Porque hay una tentación, una
tentación insidiosa, de creer que con nuestra propia voluntad podemos
conseguir muchas cosas. Pero, o está presente la gracia de Dios o esto es
imposible. Porque mis programas, por muy hermosos que sean, no pueden
hacer posible que cambie el corazón. Sólo poniendo la primacía de la
gracia, podemos sentir nosotros que no podemos hacer nada sin Él. Es
importante mostrar este deseo de Cristo: "Sin mí no podéis hacer
nada". Aunque luego tengamos que poner todo nuestro ímpetu, nuestra
voluntad, nuestras manos, todo lo que queráis... pero con Él. En muchos
momentos hemos pensado que vamos a cambiar el mundo o que vamos a
cambiar los corazones con muchas palabras, o incluso escribiendo muchas
cosas, o haciendo unas programaciones. Sin embargo tenemos al que es
siempre permanente y no cambia y a veces lo dejamos un poco marginado.
Para
terminar, quiero decir que hemos de buscar siempre la unidad entre
todos. El mismo papa Juan Pablo II decía que la Iglesia debe ser la casa
y la escuela de la comunión. Y este es el gran desafío que tenemos ante
nosotros en este nuevo milenio que ha comenzado. Y promover esta
espiritualidad de comunión quiere decir tener un corazón puesto en Dios,
en la Trinidad. Esto es lo primero. Después tener la capacidad de sentir al
hermano de fe, en la unidad profunda del cuerpo místico de Cristo, como
uno que me pertenece, para saber compartir sus alegrías y sus
sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para
ofrecer una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de comunión es
capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro para
acogerlo y valorarlo como regalo de Dios. Es un don para mí, además de
ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin,
"espiritualidad de la comunión es saber dar espacio al hermano llevando
mutuamente la carga de los otros y rechazando las tentaciones egoístas
que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer
carrera, desconfianza y envidias". Muy concreto lo expresa así Juan
Pablo II cuando nos habla de esta espiritualidad y este sentimiento de
comunión de unidad. Esto es para mí un deseo, un ansia de poder llevaros
a todos. Creo que aquí es donde se juega la belleza de la Iglesia, la
belleza de esta familia. Una familia unida es lo más bello que puede
existir, una Iglesia unida es lo más bello que puede existir.
Por eso
hemos de estar muy en comunión con aquellos que son sucesores de los
apóstoles, con el Papa, con los obispos. Sabiendo siempre que Aquel que
debe brillar en medio de nosotros es Cristo el Señor. Esta
espiritualidad de la comunión, concluirá el Papa, "nos hace poner a
todos en una camino nuevo y nos impulsa a confluir continuamente
haciendo opciones ponderadas y compartidas". Hemos de estar atentos
a escuchar a compartir y a solidarizarnos para que en definitiva sea Él
quien brille en medio de nosotros.
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