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CONFERENCIAS

Por Mons. Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela


Jornadas Pastorales del Pueblo de Dios 2007
Pamplona, 13 de noviembre - Tudela, 16 de noviembre

 

Vivir en Cristo hoy. Espiritualidad cristiana para el camino de la vida

 

Queridos hermanos y amigos:

Mi labor como obispo no es otra que animar a todos los navarros para que caminemos juntos desde Cristo. No he venido a hacer otra tarea. Por eso, en este momento, yo sólo puedo referir aquello que dijo Cristo a los suyos: "He aquí que estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo". Esta certeza ha acompañado a la Iglesia durante dos milenios, y se aviva ahora en nuestros corazones en este tiempo de Gracia. Por eso, debemos sacar un renovado impulso en la vida cristiana, haciendo que sea además la fuerza inspiradora de nuestro camino. Conscientes de esta presencia del Resucitado entre nosotros nos planteamos hoy la pregunta dirigida a Pedro, inmediatamente después de su discurso en Jerusalén: "¿Qué hemos de hacer, hermanos?" Jesús está presente en medio de nosotros, Jesús habita en medio de nosotros, nos lo preguntamos con confiado optimismo, aunque sin minusvalorar los problemas, diría Juan Pablo ll.

No nos satisface la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una persona y la certeza que ella nos infunde, su espíritu, y nos dice: "Yo estoy con vosotros". Recuerdo que en una ocasión estaba con el papa Juan Pablo II, con quien tenía una profunda amistad, y me dijo, regalándome esta cruz pectoral: "Señor obispo, usted es un obispo joven, no olvide que en su vida muchas veces tendrá que abrazar la cruz, pero no tenga miedo, él estará siempre con usted. Y lleve esta cruz siempre con Cristo, no desnuda de Cristo". Efectivamente ha sido el programa de mi vida. Hace doce años que soy obispo de la Iglesia Católica, ordenado por el mismo papa Juan Pablo II, en la basílica de San Pedro, el 6 de enero de 1996. Él siempre me infundía un coraje especial, todos lo conocemos, y muchos han descubierto en este gran hombre y en este gran Papa y gran santo, el impulso evangelizador.

No se trata de inventar un nuevo programa, el programa ya existe. Es el de siempre, recogido en el Evangelio y la Tradición viva. Se centra en definitiva en Cristo vivo, al que hay que conocer, amar e imitar para vivir con él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celestial. Conocer, amar e imitar. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz.

Jesucristo está presente en medio de nosotros. Nos lo decía muy bien el Concilio Vaticano II. La presencia de Jesús en la comunidad es cierta, él está en medio de nosotros, no es un fantasma, es una persona que ha querido permanecer en nuestra vida. Los Padres de la Iglesia dicen que hay tres sagrarios: el sagrario de la conciencia, el sagrario de la comunidad y el sagrario de la eucaristía.

 El sagrario de la conciencia es donde Dios habla, donde Dios nos habla, donde Dios se nos comunica, donde Dios se nos desvela. Claro está, la conciencia no es como en muchos momentos se ha dicho, la autoafirmación del yo y de mis propios gustos. Eso no es la conciencia, eso es egoísmo. La conciencia es escuchar dentro la voz de Dios, dirá San Basilio, porque Dios vive en aquel que ama. A quien me ame y cumpla mi palabra, vendremos a él y haremos morada en él, dice Jesús. Somos morada de Dios. Luego el templo fundamental somos nosotros, más que los templos, mucho más, porque es donde Dios quiere estar y quiere habitar. S. Agustín decía: yo te buscaba por todas partes y tú estabas en lo más íntimo de mí mismo y yo no te había descubierto.

Por eso seguirán diciendo los Padres de la Iglesia que Jesús está presente en medio de la comunidad, que es el sagrario social. Está en el sagrario de la conciencia, está en el sagrario social porque donde dos o más están unidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos. Y él está en medio de nosotros ahora, con una condición, que nos pone Jesús: si nos amamos como él nos ama. Por eso dirá también la Iglesia que hemos de fomentar entre nosotros el Espíritu de caridad, porque es la forma de abrir las puertas a Cristo.

El tercer sagrario es el sagrario de la Eucaristía, porque es el centro y el culmen de la vida cristiana. Sin la eucaristía no nos podríamos alimentar, no podríamos recibir esa savia, la savia de Dios. Él lo compara con la vid y los sarmientos: si la vid está unida a los sarmientos entonces produce fruto; es el símbolo de la eucaristía. Pues lo mismo, si estamos unidos a Cristo produciremos frutos.

Pero quiero pararme en un pasaje que hemos escuchado muchas veces: los discípulos de Emaús. Figuraos aquellos discípulos que iban discutiendo por el camino, "nosotros que esperábamos que Jesús resucitara ... que había prometido que iba a resucitar ... " Iban racionalizando todo lo que había dicho Jesús. Y de pronto se acerca un peregrino, era Jesús. Pero estaban tan obcecados en su racionalismo, en su increencia y demás, que no lo reconocen; y estaba a su lado. Con vosotros está y no lo conocéis. Está la vida ante ellos y sus ojos no podían reconocerle. ¡Hombres sin inteligencia y tardos de corazón!, les reprocha Jesús. Él es el camino y fingió seguir adelante. En el momento en que comparten, se abren, le aceptan en su casa, porque él quería marchar, pero le dicen: "no, quédate con nosotros que atardece". Cuando va a partir el pan Jesús, lo reconocen. Y es que reconocemos a Dios cuando nos amamos porque en esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros. Donde dos o más están unidos en mi nombre, es decir unidos en la caridad de Cristo, estoy yo en medio de ellos. Cuentan de S. Francisco de Asís que un día reunió a todos sus hermanos y entonces fue preguntando a cada uno, cómo estaban viviendo la fe, qué testificaban cuando iban de pueblo en pueblo, cómo se comportaban. Y era tal la densidad de amistad que había entre ellos, de caridad, que se les apareció un joven luminoso: era Cristo en medio de ellos, cuentan las florecillas.

Pues sí, lo esencial de la vida comunitaria y de la comunidad y el protagonista fundamental es Jesucristo. Por eso los discípulos de Emaús lo descubren en el momento que comparten en caridad. Él, simbólicamente en aquel momento, partiendo el pan, expresa lo que es la eucaristía: compartir la vida de Cristo, cuerpo de Cristo, sangre de Cristo, como hermano, fraternalmente. Porque para ir a la eucaristía hay que ir preparado, tenemos que ir en gracia, tenemos que recibir a Cristo, huésped de nuestra vida, con el corazón limpio, y limpio quiere decir que si vas a presentar tu ofrenda y te acuerdas que alguien tiene algo contra a ti, deja tu ofrenda, vete a reconciliarte y luego vuelve, porque no sería agradable la ofrenda cuando mi corazón no perdona. Donde dos o más están reunidos en mi nombre, por tanto, allí estoy yo en medio de ellos. Es el sagrario social, la comunidad donde Cristo está, y plasmado y sellado en el vínculo de la caridad y en el signo de la unidad que es la eucaristía. Cuanto me alegraré si un día lográramos, además de todo lo que hay en las parroquias y demás que hubiera un lugar en Pamplona que estuviera abierto día y noche para poder adorar al Señor. Una capilla pequeña donde pudiéramos ir, y pudiera pasar todo el mundo que quisiera para estar al lado de Cristo, en adoración a Cristo, en amor a Cristo, para que él vaya cambiando nuestros corazones. Porque quién puede cambiarlos si no es Él. Ojala un día podamos tener esta capilla, así lo deseo y así se lo explicaba esta mañana a los sacerdotes, para que Él sea el centro de nuestra vida cristiana y de nuestra vida humana. Ahora bien, hay unas condiciones para merecer esta presencia de Cristo en medio de nosotros. La primera es estar unidos en su nombre: donde hay Caridad y Amor allí está Dios. Por eso, porque hay esa consonancia. El mismo papa Benedicto XVI nos lo ha dicho en esta encíclica tan bonita Deus Caritas est, Dios es caridad.

Por otra parte amar con los mismos sentimientos de Jesucristo. Cuentan del beato Juan XXIII, al que sin duda muchos hemos conocido, que siempre transmitía algo especial, con aquella sonrisa, con aquel corazón tan grande como su pequeño cuerpo, un hombre que infundía paz, que infundía alegría. Era patriarca de Venecia y un día oyó que uno de sus sacerdotes estaba un poco dejado y que había abandonado la parroquia y se dedicaba a la diversión, a las noches largas, en lugares no muy sanos. Cuentan que él inmediatamente se puso a rezar: ¿qué puedo hacer para que este sacerdote vuelva al redil? Y entonces preguntó a su vicario dónde podía estar este sacerdote. Y de noche, aun cuando llevaba la teja y su sotana fue a aquellos lugares más marginales de la ciudad de Venecia. Todo el mundo se reía, muchos le insultaban y le despreciaban. Allí, al pie de aquel club donde sabía que estaba su sacerdote se quedó esperando a que saliera. Y cuentan que aquel sacerdote se quedó de piedra, vaya reprimenda que me va a dar. Entonces le llevó aparte, a un lugar menos transitado, allí solos, el obispo se puso de rodillas y le dijo, "quiero que me confieses, Giovanni". El sacerdote se quedó impresionado y, ante aquel gesto de su obispo, no pudo por menos que decir: "Me ha vencido". El papa Juan Pablo II tuvo también otra experiencia parecida, en Roma.

Son los gestos de aquéllos que tienen los mismos sentimientos de Cristo. Esto no lo puede hacer uno por pura voluntad, ni por puro formalismo, si no nace de un corazón lleno de fuego de amor de Dios. Y así podríamos contar otros, tantísimos detalles de tantísimas personas que han sabido ponerse también en el lugar del otro. Que es otra de las condiciones necesarias para merecer que este Cristo que ha prometido estar entre nosotros lo podamos glorificar en medio de nosotros. ¿No ocurrió también lo mismo con que gentileza Jesús ante aquella mujer que había cometido un pecado público? Los judíos le llevan a Jesús y le dicen: Esta mujer ha cometido pecado público, debe ser apedreada. Era la ley judía, a aquel que cometía pecado público le sacaban fuera de la ciudad, a pedradas lo mataban y con piedras lo recubrían y allí se quedaba con ignominia. ¿Qué hace Jesús? Jesús lo primero que hace es abrir las puertas de la misericordia y decir la verdad: "Yo tampoco te condeno, pero vete y no peques más". Es la actitud de Dios, es una actitud de ponerse en el lugar del otro. Aquella mujer necesitaba que alguien conociera el drama por el que estaba pasando. Ponerse en el lugar del otro ¿no lo ha hecho así el mismo Cristo? Se anonadó a sí mismo, tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Otro punto importante es vivir en esa fraternidad: "En eso conocerán que sois mis discípulos, si os amáis como yo os he amado". Merecer la presencia de Jesús en medio de nosotros, que ha prometido permanecer hasta el final de los tiempos, es importantísimo.

Por eso, nos espera una apasionante tarea de renacimiento espiritual. Los cristianos no podemos bajar la guardia, ni menos que nos pueda reprochar, como reprochó en una ocasión Pío XII a los cristianos: "cuidado, no caigáis en el cansancio de los buenos. El cansancio de los buenos es aquel que dice: ya no se puede hacer nada, esto es imposible, esto no hay quien lo cambie, yo ya he hecho lo que tenía que hacer, yo ya estoy cansado. No. No podemos caer en esta tentación del cansancio de los buenos. Se requiere este apasionante renacimiento espiritual. Una obra que implica a todos.

Por eso, lo primero de todo: plantearnos seriamente que queremos ser santos, el verdadero camino espiritual es buscar en todo momento la santidad. Conviene descubrir en todo su valor programático, que nos ha dado el Concilio Vaticano II, en esta Constitución tan hermosa sobre la Luz de las Gentes, cuando dice que la vocación universal es la vocación a la santidad. ¿Qué importa ser arzobispo, ser vicario general, ser religioso o religiosa, ser casado, ser joven, ser niño? ¿Qué importa? Nuestra vocación fundamental es ser santos. No hay otra. Esa es la vocación fundamental. Es un compromiso por tanto que no sólo afecta a algunos cristianos. Todos los cristianos de cualquier clase o condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor, todos. No hemos de cansarnos. Podrán decir de nosotros que no damos la talla, y tendremos que ser humildes y decir es verdad. Pero esto no me puede impedir el luchar cada día por ser mucho más perfecto en la caridad, con la gracia de Dios. Es el momento de proponer de nuevo, a todos con convicción este alto grado de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección.

Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Dios no pide más allá de nuestras fuerzas, pero sí nos pide que nos lo planteemos seriamente. Muchas veces me he encontrado con jóvenes. En una ocasión una chica que trabajaba, me dijo una cosa que me impresionó: "yo quiero seguir a Cristo, pero de verdad". Entonces le dije, tienes que pedirle insistentemente por esto "Señor, yo quiero ser santa". Hoy es una buena esposa de familia. Otro ejemplo: me encontraba en un barrio muy pobre de Madrid con una familia muy desestructurada. Los hijos estaban dispersos. Uno de los hijos venía detrás de mí, porque no encontraba en nadie una palabra de cariño, cuando iba a rezar, a confesar, a comer. Este joven vino también conmigo a Santiago de Compostela. Allí le oyó al Papa la experiencia del beato Rafael, y entonces me dice un día: "Yo quiero ser como él". Ahora es cisterciense que ha estado en Palencia y ahora está en América; él me decía: "No sé qué será de mi vida, pero yo quiero ser santo". Ese deseo nos hace vivir con mucha más ilusión, nos hace vivir con mucha más inmersión en aquellas circunstancias en las que estamos. En los momentos de crisis y dificultades, ¿qué importa? Tú me importas, Señor, porque yo sé que para ti soy lo mejor y cada uno de nosotros es lo mejor para Dios. Nadie puede sentirse infravalorado por él. Por eso, ¿cómo no le voy a decir: Señor yo quiero realizar en mí lo que tú quieres realizar en mi vida?

Otro punto importante ante ese deseo de la santidad es la oración. Un cristiano que no reza es un cristiano que convierte su vida en un riesgo. Un cristiano mediocre nunca podrá ejercer con verdadero dinamismo su experiencia cristiana. El Papa Juan Pablo II decía esto, especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, unos cristianos que no oran no solamente serían cristianos mediocres sino cristianos con riesgo: "En efecto, correrían el riesgo de que su fe se debilitara progresivamente y quizá acabarían por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición". Esto es lo que está pasando: observamos que cristianos buenos se han puesto en el riesgo, o han vivido en la mediocridad y se han pasado a la superchería, a la quiromancia, y a todas esas cosas.

Hace falta por tanto que la educación en la oración se convierta en un punto determinante de toda programación espiritual. Sí. Por eso dice que las parroquias deben ser escuelas de oración. Porque la oración es encontramos con aquel que yo sé que me ama y me quiere. Y al mismo tiempo es encuentro con aquel que dice permaneced en mí, porque sin mí no podéis hacer nada. La oración es el secreto de un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en ellas, y la fuente de vida. "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré", dice el Señor.

Otro punto importante en esta experiencia de fe es vivir el sentido de la eucaristía dominical. Decimos que creemos que Cristo está entre nosotros, entonces la eucaristía no es un acto devocional, es la fuente de donde mana y corre el amor de Dios. Por tanto, cuando yo quiero encontrarme con él, no puedo por menos que ir a esa fuente, a beber. Y la eucaristía, también nos dirá Juan Pablo II, es el centro del domingo porque el domingo es el día del Señor y el día de la Iglesia. Haced la experiencia del encuentro con Dios y del encuentro con la Iglesia, por eso lo celebramos todos en comunidad.

Para hacer posible que brille en nosotros Jesucristo hay que dar importancia al sacramento de la reconciliación. Esta mañana les decía a los sacerdotes que debemos tener un deseo de pedir cada día más a Dios, una renovada valentía pastoral para que la pedagogía cotidiana de la comunidad cristiana sepa proponer de manera convincente y eficaz la práctica del sacramento de la reconciliación. Es muy importante encontramos con los brazos abiertos del Dios misericordioso que nos da el abrazo de la paz.

Os contaré otra experiencia: uno de mis sobrinos me dijo, quiero que vayas a ver a un amigo que se está muriendo. Tenía un cáncer que le estaba comiendo la cara, maloliente, con una fealdad tremenda. Él no creía, no tenía percepción de creer. El primer día estuve con él dos minutos, otro día tres, otro, cinco. Así todo un mes. Al final, el enfermo me dijo: "enséñame a rezar" y yo le enseñé. Después recibió los sacramentos, se confesó, recibió la unción de enfermos y a los pocos días murió. Me llamaron a las dos de la madrugada y me dijeron: ha muerto. Y rápidamente me fui a la casa. Aquel rostro era horrible, pero el más bello que he visto en mi vida. Había muerto en paz. Al día siguiente fue sepultado, fuimos al cementerio y. después saludé a la familia y demás, me fui a una capilla cercana, me puse de rodillas ante Cristo eucaristía y le dije: por este día y por este mes, bien merece la pena ser sacerdote.

¡Qué importante es esto para nosotros los sacerdotes! Que vengáis a nosotros para que recibáis esa gracia de Dios, esa cercanía de Dios. Hay muchos dramas internos, hay muchas situaciones anómalas, hay muchos momentos en los que uno se siente pesado, angustiado. Necesitamos este misterio de piedad del amor de Dios. Por eso es fundamental esta renovada valentía pastoral, dice Juan Pablo II, para que en la comunidad cristiana siempre estén las manos abiertas del Padre que espera al hijo. Es el camino ordinario para encontrarnos con el perdón de Dios. Por eso, no hemos de rendimos, sobre todo nosotros estar siempre con esa atención. Porque solamente desde Dios podremos caminar con ilusión, con esperanza.

Bien, y ante todo esto, ante la presencia de Cristo en medio de nosotros, que se hace visible y que se hace palpable, ante el encuentro con su persona, no puedo por menos que decir que ¡bendito sea Aquél que ha prometido permanecer siempre entre nosotros! Porque hay una tentación, una tentación insidiosa, de creer que con nuestra propia voluntad podemos conseguir muchas cosas. Pero, o está presente la gracia de Dios o esto es imposible. Porque mis programas, por muy hermosos que sean, no pueden hacer posible que cambie el corazón. Sólo poniendo la primacía de la gracia, podemos sentir nosotros que no podemos hacer nada sin Él. Es importante mostrar este deseo de Cristo: "Sin mí no podéis hacer nada". Aunque luego tengamos que poner todo nuestro ímpetu, nuestra voluntad, nuestras manos, todo lo que queráis... pero con Él. En muchos momentos hemos pensado que vamos a cambiar el mundo o que vamos a cambiar los corazones con muchas palabras, o incluso escribiendo muchas cosas, o haciendo unas programaciones. Sin embargo tenemos al que es siempre permanente y no cambia y a veces lo dejamos un poco marginado.

Para terminar, quiero decir que hemos de buscar siempre la unidad entre todos. El mismo papa Juan Pablo II decía que la Iglesia debe ser la casa y la escuela de la comunión. Y este es el gran desafío que tenemos ante nosotros en este nuevo milenio que ha comenzado. Y promover esta espiritualidad de comunión quiere decir tener un corazón puesto en Dios, en la Trinidad. Esto es lo primero. Después tener la capacidad de sentir al hermano de fe, en la unidad profunda del cuerpo místico de Cristo, como uno que me pertenece, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecer una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de comunión es capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios. Es un don para mí, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, "espiritualidad de la comunión es saber dar espacio al hermano llevando mutuamente la carga de los otros y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias". Muy concreto lo expresa así Juan Pablo II cuando nos habla de esta espiritualidad y este sentimiento de comunión de unidad. Esto es para mí un deseo, un ansia de poder llevaros a todos. Creo que aquí es donde se juega la belleza de la Iglesia, la belleza de esta familia. Una familia unida es lo más bello que puede existir, una Iglesia unida es lo más bello que puede existir.

Por eso hemos de estar muy en comunión con aquellos que son sucesores de los apóstoles, con el Papa, con los obispos. Sabiendo siempre que Aquel que debe brillar en medio de nosotros es Cristo el Señor. Esta espiritualidad de la comunión, concluirá el Papa, "nos hace poner a todos en una camino nuevo y nos impulsa a confluir continuamente haciendo opciones ponderadas y compartidas". Hemos de estar atentos a escuchar a compartir y a solidarizarnos para que en definitiva sea Él quien brille en medio de nosotros.