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Mirando al futuro.
Comentario
Domingo XXXIII Tiempo Ordinario
Hablar hoy del
final de la historia y del mundo parece algo anacrónico. No hay
percepción de tal evento puesto que las esperanzas humanas tienen puesta
sólo la mirada en lo tangible, en lo que se ve y en lo que el ser humano
domina por sí mismo. La ciencia se ha convertido en la única fuente
interpretativa de la historia y de las diversos recorridos que existen
en la humanidad, el sentido de lo trascendente se percibe como algo que
ya no tiene carta de ciudadanía en la actualidad. Por eso se llega a
ridiculizar y hasta despreciar al que piense que la vida tiene un 'fin
de eternidad' y se sustentan las ideas de que la realidad única que
existe es aquella que muestran las filosofías replegadas en si mismas y
de que nada, comentan, hay más real que lo inmanente. Es como si el
hombre se hubiera hecho a sí mismo.
No obstante, ante
tales planteamientos, que se reducen a ver las cosas recortadas y
deformadas, parece que se está despertando una mayor búsqueda de lo
misterioso y lo oculto. La razón es muy sencilla, las exigencias de la
interioridad se asocian a una realidad superior que discurre por los
caminos de plenitud. La fuerza de la vida es mucho mayor que las
cortapisas de la falsa razón. Está implícito el deseo de eternidad y
esto no se puede sofocar. Para no caer en el error de tantas corrientes
que exponen lo misterioso desde falsos presupuestos, la fe nos lleva al
equilibrio de lo que es y será el fin del género humano. La victoria de
Cristo ha hecho posible que la humanidad vaya por caminos de alegría,
puesto que la segunda venida de Cristo es una promesa de felicidad.
Me impresiona y me
alienta constatar en la vida de los santos que ellos tuvieron como
motivación fundamental este horizonte de vida. No eran extraños a la
realidad de la historia terrena, más bien se hacían cargo de ella con
una entrega generosa y sin límites y ahí tenemos sus inmensas obras
benéficas y caritativas. Construyeron pisando la tierra con los pies y
con la mirada dirigida hacia lo alto. No se desentendieron de la tierra
porque la exigencia que les llevaba a construir un mundo mejor era
estímulo preparatorio de un mundo en plenitud, asegurado por quien ha
hecho posible, en su segunda venida, la realización completa de todo.
Por eso urge
mentalizarnos todos para que las realidades visibles evoquen siempre las
realidades invisibles. Que no todo está realizado aquí sino que hay un
final al que todo tiende. Vivimos instalados en el hoy, en los trabajos
diarios, con sus emociones y sus cansancios, con la vida organizada e
ilusionada, pero nos puede suceder que nos olvidemos del final del
camino. Al final, nos recuerda la liturgia, se realizará la venida de
Cristo que acogerá a todos y se harán nuevas todas las cosas. Ésta es la
razón fundamental de nuestra vida: pertenecer para siempre y en plenitud
a Dios. El Reino de Dios se inaugurará de una forma definitiva cuando
pasen esta tierra y este cielo para dar lugar a una tierra nueva y a
unos cielos nuevos en donde el día no tendrá fin.
16 de noviembre de 2007

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