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No tengamos miedo de
anunciar a Jesucristo
La Congregación para la Doctrina de la Fe
ha publicado recientemente (14 de diciembre 2007) una “Nota doctrinal
acerca de algunos aspectos de la Evangelización”. Se puede consultar en
L’Osservatore Romano del 15-XII-2007, y está accesible en el lugar
correspondiente de la página web de la Santa Sede (http://www.vatican.va).
El texto ofrece un gran interés para
todos, especialmente porque toca de cerca la vocación misionera y el
anuncio del Evangelio. No se trata de reiterar ahora el contenido y la
argumentación de la Nota. Sólo quiero señalar algunos aspectos que me
parecen verdaderamente esenciales para la evangelización. Las claves del
texto podrían ser las siguientes palabras: “anuncio, conversión,
libertad, Reino, Iglesia”. Es un documento dirigido, por tanto, a
iluminar la tarea misionera en la que estamos todos implicados. Os animo
a su lectura detenida.
Como es habitual, estos breves textos
salen al paso de problemas que tienen una real incidencia práctica. En
este caso, la preocupación central de la Nota es –según sus palabras- la
“confusión creciente que induce a muchos a desatender y dejar inoperante
el mandato misionero del Señor (cf. Mt 28, 19)” (n. 3).
La afirmación resulta grave. La tarea
evangelizadora gracias a Dios es enormemente fecunda en numerosos
lugares, como bien sabe la Congregación. Pero el problema que la
Congregación constata también es real y afecta –se dice- a no pocos
agentes evangelizadores. En realidad, lo decisivo es que semejante
“confusión” tiene, por así decir, una enorme relevancia cualitativa, ya
que hiere hondamente en el corazón mismo de la existencia y misión
cristianas.
No es fácil comprender, desde la lógica de
la fe, ese fenómeno. Bastaría recordar con san Pablo que la
evangelización “es más bien un deber que me incumbe. Y ¡hay de mí si no
predicara el Evangelio!” (1 Co 9, 16). Por su parte, el Concilio
Vaticano II invitó con gran énfasis a la Iglesia entera a tomar
conciencia de su misión evangelizadora. Se trata, en consecuencia, de
una situación totalmente contraria al sentir y al decir del Concilio, y
sus causas habrá que buscarlas en otro lugar.
Hay dos circunstancias -señala la Nota-
que han llevado en bastantes casos a esa confusión. Primeramente, existe
una equívoca interpretación del respeto debido a la conciencia personal.
Para algunos, presentar el Evangelio y la oferta cristiana -y la
eventual conversión al Señor- parecería lesionar la libertad de los
individuos. Ciertamente, a nadie se le oculta que ese riesgo ha sido más
que evidente a lo largo de la historia. Sin embargo, con mayor evidencia
debe reconocerse honestamente que hoy los creyentes estamos persuadidos
de que toda verdadera evangelización presupone la libertad de las
conciencias. Nada hay más contradictorio con el Evangelio que acompañar
el anuncio cristiano con presiones indebidas de cualquier tipo. Esto es
tan claro que no hace falta insistir en ello.
Ahora bien, respetar la conciencia de los
no creyentes es a todas luces algo bien diverso de guardar un extraño
silencio sobre la propia fe. En realidad, esa actitud sólo aparentemente
mostraría respeto. De entrada, supone una imagen muy pobre de las
personas y de su conciencia pensar que el anuncio sencillo del Evangelio
coarta su libertad. Por lo demás, la mejor expresión de respeto a las
personas es precisamente darles la posibilidad de conocer y vivir según
el designio de Dios. Cabría dar la vuelta al argumento y preguntarse:
¿quién soy yo para negar a otros el Evangelio? Tiene aquí plena vigencia
aquella fuerte advertencia de Juan Pablo II: “Toda persona tiene derecho
a escuchar la ‘Buena Nueva’ de Dios que se revela y se da en Cristo,
para realizar en plenitud la propia vocación” (cf. Redemptoris missio,
n. 46).
No tengamos falsos temores. El anuncio del
Evangelio amplía la libertad del hombre, aun cuando solo fuera –que no
es poco- porque con esa oferta cada persona tiene la oportunidad de
discernir el plan de Dios y descubrir su existencia de manera totalmente
nueva. Justamente la Nota dedica buena parte del texto (nn. 4-9) a las
“implicaciones antropológicas” que tiene para los hombres la plenitud de
la vocación humana revelada en Cristo; la plenitud de lo bueno y de lo
verdadero que permite iluminar el sentido auténtico de la vida y destino
del hombre. Son unas consideraciones dignas de meditar atentamente, de
modo especial las que hacen referencia a la recta búsqueda de la verdad
religiosa (nn. 4-5).
La Nota señala a continuación un segundo
motivo que también ha influido en “dejar inoperante el mandato
misionero”. Se refiere la Congregación a quienes afirman que no se debe
anunciar explícitamente el Evangelio ni favorecer la conversión a Cristo
y la adhesión a la Iglesia con el argumento de que todos los caminos
humanos, religiosos o no, son caminos de salvación, sobre todo en la
medida en que se promueva la justicia, la paz, la libertad, la
solidaridad (n. 3).
Es probable que esta segunda idea
–expuesta muchas veces de manera precipitada y acrítica en folletos,
libros, conferencias pastorales, etc.- haya influido de hecho más
negativamente que la anterior. Estamos ciertamente persuadidos de que la
verdad “no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma
verdad” (Concilio Vaticano II, Decl. Dignitatis humanae, n. 1). No hay
otro camino para la misión que la aceptación libre y auténtica del
Evangelio. Por eso, habría que interrogarse si la desatención al anuncio
explícito del Evangelio por un presunto respeto a las conciencias no
está, en realidad, mayormente motivada por una debilidad de nuestras
convicciones sobre la verdad y la bondad del Evangelio y de la
existencia cristiana.
Si es ese el caso, ¿no
cabría hablar de una dolorosa crisis de fe personal? No deberíamos
extrañarnos. El actual ambiente relativista propicia perplejidades
letales para el creyente: ¿es Cristo realmente el Camino, la Verdad y la
Vida? ¿son todas las religiones y experiencias humanas al menos
parcialmente verdaderas e igualmente válidas? ¿acaso no resulta hoy
presuntuoso presentarse como portador de la verdad y sustituir el
“anuncio” cristiano por el “diálogo”? ¿qué sentido tiene decir que la
Iglesia es necesaria para la salvación? Estos interrogantes, y otros
similares, “han ido creando –dice la Nota- una situación en la cual,
para muchos fieles, no está clara la razón de ser de la evangelización.
Hasta se llega a afirmar que la pretensión de haber recibido como don la
plenitud de la revelación de Dios, esconde una actitud de intolerancia y
un peligro para la paz” (n. 10).
A nadie se le escapa la
trascendencia de estas cuestiones -os decía al principio- para el
sentido mismo de la evangelización. Se comprende que ante esa confusión
de que habla la Nota aparezcan las dudas y la parálisis en el anuncio
misionero, o bien se busquen otros significados para la misión, que
siempre serán necesariamente parciales: porque “si damos a los hombres
sólo conocimientos, habilidades, capacidades técnicas e instrumentos,
les damos demasiado poco” (Benedicto XVI, cit. en n. 2). Tampoco puede
contentarnos el solo testimonio porque “incluso el testimonio más
hermoso se revelará a la larga impotente si no es esclarecido,
justificado –lo que Pedro llamada dar ‘razón de vuestra esperanza’ (1 Pe
3, 15)-, explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús”
(Pablo VI, Exh. Apost. Evangelii nuntiandi, n. 22).
El contenido de la Nota
recoge otros aspectos que no podemos mencionar ahora. Estoy convencido
de que su consideración será muy iluminadora para la reflexión personal.
El alcance de las cuestiones planteadas requerirá, además, el estudio de
los muchos y buenos materiales que ya existen en relación con ellas. Os
recomiendo, por ejemplo, releer la Decl. Dominus Iesus de la
Congregación para la Doctrina de la Fe (16-VI-2000). Con esas y otras
reflexiones podremos alcanzar, con la luz del Espíritu, convicciones
sólidamente fundadas que pacifiquen la inteligencia y nos confirmen en
el entusiasmo gozoso por la misión.
La Nota concluye con una
significativa evocación del gran número de cristianos que movidos por el
amor a Jesús han emprendido, a lo largo de la historia, iniciativas y
obras de todo tipo para anunciar el Evangelio a todo el mundo. “El
anuncio y el testimonio del Evangelio son el primer servicio que los
cristianos pueden dar a cada persona y a todos el género humano, por
estar llamados a comunicar a todos el amor de Dios, que se manifestó
plenamente en el único Redentor del mundo, Jesucristo” (Benedicto XVI,
cit. en n. 13). Ese es también nuestro auténtico deseo, que justifica
todos los afanes y desvelos que la misión requiere. Como Pablo, quiera
el Señor que también nosotros podamos sentir y decir: “La caridad de
Cristo nos urge” (2 Co 5, 14).
Espero que esta reflexión nos haga actuar
convencidos del don de la fe que hemos recibido y que la presentemos
gozosamente sin prevenciones de que el interlocutor se pueda sentir
acosado, al revés, sentirá que la nobleza del corazón del creyente no se
doblega y menos
se oculta de manifestar en lo que cree. Dar el regalo que hemos recibido
de la fe es a la postre no sólo muy bien aceptado sino hasta agradecido.
Los complejos provocan desconfianza y animan a la cobardía.
16 de diciembre de 2007

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