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Episcopologio

Reflexión sobre la "Nota Doctrinal sobre algunos aspectos de la Evangelización"

de la Congregación para la Doctrina de la Fe

Por Mons. Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Director Nacional de Obras Misionales Pontificias

                      

No tengamos miedo de anunciar a Jesucristo

 

 

La Congregación para la Doctrina de la Fe ha publicado recientemente (14 de diciembre 2007) una “Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la Evangelización”. Se puede consultar en L’Osservatore Romano del 15-XII-2007, y está accesible en el lugar correspondiente de la página web de la Santa Sede (http://www.vatican.va).

 

El texto ofrece un gran interés para todos, especialmente porque toca de cerca la vocación misionera y el anuncio del Evangelio. No se trata de reiterar ahora el contenido y la argumentación de la Nota. Sólo quiero señalar algunos aspectos que me parecen verdaderamente esenciales para la evangelización. Las claves del texto podrían ser las siguientes palabras: “anuncio, conversión, libertad, Reino, Iglesia”. Es un documento dirigido, por tanto, a iluminar la tarea misionera en la que estamos todos implicados. Os animo a su lectura detenida.

 

Como es habitual, estos breves textos salen al paso de problemas que tienen una real incidencia práctica. En este caso, la preocupación central de la Nota es –según sus palabras- la “confusión creciente que induce a muchos a desatender y dejar inoperante el mandato misionero del Señor (cf. Mt 28, 19)” (n. 3).

 

La afirmación resulta grave. La tarea evangelizadora gracias a Dios es enormemente fecunda en numerosos lugares, como bien sabe la Congregación. Pero el problema que la Congregación constata también es real y afecta –se dice- a no pocos agentes evangelizadores. En realidad, lo decisivo es que semejante “confusión” tiene, por así decir, una enorme relevancia cualitativa, ya que hiere hondamente en el corazón mismo de la existencia y misión cristianas.

 

No es fácil comprender, desde la lógica de la fe, ese fenómeno. Bastaría recordar con san Pablo que la evangelización “es más bien un deber que me incumbe. Y ¡hay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Co 9, 16). Por su parte, el Concilio Vaticano II invitó con gran énfasis a la Iglesia entera a tomar conciencia de su misión evangelizadora. Se trata, en consecuencia, de una situación totalmente contraria al sentir y al decir del Concilio, y sus causas habrá que buscarlas en otro lugar.

 

Hay dos circunstancias -señala la Nota- que han llevado en bastantes casos a esa confusión. Primeramente, existe una equívoca interpretación del respeto debido a la conciencia personal. Para algunos, presentar el Evangelio y la oferta cristiana -y la eventual conversión al Señor- parecería lesionar la libertad de los individuos. Ciertamente, a nadie se le oculta que ese riesgo ha sido más que evidente a lo largo de la historia. Sin embargo, con mayor evidencia debe reconocerse honestamente que hoy los creyentes estamos persuadidos de que toda verdadera evangelización presupone la libertad de las conciencias. Nada hay más contradictorio con el Evangelio que acompañar el anuncio cristiano con presiones indebidas de cualquier tipo. Esto es tan claro que no hace falta insistir en ello.

 

Ahora bien, respetar la conciencia de los no creyentes es a todas luces algo bien diverso de guardar un extraño silencio sobre la propia fe. En realidad, esa actitud sólo aparentemente mostraría respeto. De entrada, supone una imagen muy pobre de las personas y de su conciencia pensar que el anuncio sencillo del Evangelio coarta su libertad. Por lo demás, la mejor expresión de respeto a las personas es precisamente darles la posibilidad de conocer y vivir según el designio de Dios. Cabría dar la vuelta al argumento y preguntarse: ¿quién soy yo para negar a otros el Evangelio? Tiene aquí plena vigencia aquella fuerte advertencia de Juan Pablo II: “Toda persona tiene derecho a escuchar la ‘Buena Nueva’ de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación” (cf. Redemptoris missio, n. 46).

 

No tengamos falsos temores. El anuncio del Evangelio amplía la libertad del hombre, aun cuando solo fuera –que no es poco- porque con esa oferta cada persona tiene la oportunidad de discernir el plan de Dios y descubrir su existencia de manera totalmente nueva. Justamente la Nota dedica buena parte del texto (nn. 4-9) a las “implicaciones antropológicas” que tiene para los hombres la plenitud de la vocación humana revelada en Cristo; la plenitud de lo bueno y de lo verdadero que permite iluminar el sentido auténtico de la vida y destino del hombre. Son unas consideraciones dignas de meditar atentamente, de modo especial las que hacen referencia a la recta búsqueda de la verdad religiosa (nn. 4-5).

 

La Nota señala a continuación un segundo motivo que también ha influido en “dejar inoperante el mandato misionero”. Se refiere la Congregación a quienes afirman que no se debe anunciar explícitamente el Evangelio ni favorecer la conversión a Cristo y la adhesión a la Iglesia con el argumento de que todos los caminos humanos, religiosos o no, son caminos de salvación, sobre todo en la medida en que se promueva la justicia, la paz, la libertad, la solidaridad (n. 3).

 

Es probable que esta segunda idea –expuesta muchas veces de manera precipitada y acrítica en folletos, libros, conferencias pastorales, etc.- haya influido de hecho más negativamente que la anterior. Estamos ciertamente persuadidos de que la verdad “no se impone de otra manera, sino por la fuerza de  la misma verdad” (Concilio Vaticano II, Decl. Dignitatis humanae, n. 1). No hay otro camino para la misión que la aceptación libre y auténtica del Evangelio. Por eso, habría que interrogarse si la desatención al anuncio explícito del Evangelio por un presunto respeto a las conciencias no está, en realidad, mayormente motivada por una debilidad de nuestras convicciones sobre la verdad y la bondad del Evangelio y de la existencia cristiana.

 

Si es ese el caso, ¿no cabría hablar de una dolorosa crisis de fe personal? No deberíamos extrañarnos. El actual ambiente relativista propicia perplejidades letales para el creyente: ¿es Cristo realmente el Camino, la Verdad y la Vida? ¿son todas las religiones y experiencias humanas al menos parcialmente verdaderas e igualmente válidas? ¿acaso no resulta hoy presuntuoso presentarse como portador de la verdad y sustituir el “anuncio” cristiano por el “diálogo”? ¿qué sentido tiene decir que la Iglesia es necesaria para la salvación? Estos interrogantes, y otros similares, “han ido creando –dice la Nota- una situación en la cual, para muchos fieles, no está clara la razón de ser de la evangelización. Hasta se llega a afirmar que la pretensión de haber recibido como don la plenitud de la revelación de Dios, esconde una actitud de intolerancia y un peligro para la paz” (n. 10).

 

A nadie se le escapa la trascendencia de estas cuestiones -os decía al principio- para el sentido mismo de la evangelización. Se comprende que ante esa confusión de que habla la Nota aparezcan las dudas y la parálisis en el anuncio misionero, o bien se busquen otros significados para la misión, que siempre serán necesariamente parciales: porque “si damos a los hombres sólo conocimientos, habilidades, capacidades técnicas e instrumentos, les damos demasiado poco” (Benedicto XVI, cit. en n. 2). Tampoco puede contentarnos el solo testimonio porque “incluso el testimonio más hermoso se revelará a la larga impotente si no es esclarecido, justificado –lo que Pedro llamada dar ‘razón de vuestra esperanza’ (1 Pe 3, 15)-, explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús” (Pablo VI, Exh. Apost. Evangelii nuntiandi, n. 22).

 

El contenido de la Nota recoge otros aspectos que no podemos mencionar ahora. Estoy convencido de que su consideración será muy iluminadora para la reflexión personal. El alcance de las cuestiones planteadas requerirá, además, el estudio de los muchos y buenos materiales que ya existen en relación con ellas. Os recomiendo, por ejemplo, releer la Decl. Dominus Iesus de la Congregación para la Doctrina de la Fe (16-VI-2000). Con esas y otras reflexiones podremos alcanzar, con la luz del Espíritu, convicciones sólidamente fundadas que pacifiquen la inteligencia y nos confirmen en el entusiasmo gozoso por la misión.  

 

La Nota concluye con una significativa evocación del gran número de cristianos que movidos por el amor a Jesús han emprendido, a lo largo de la historia, iniciativas y obras de todo tipo para anunciar el Evangelio a todo el mundo. “El anuncio y el testimonio del Evangelio son el primer servicio que los cristianos pueden dar a cada persona y a todos el género humano, por estar llamados a comunicar a todos el amor de Dios, que se manifestó plenamente en el único Redentor del mundo, Jesucristo” (Benedicto XVI, cit. en n. 13). Ese es también nuestro auténtico deseo, que justifica todos los afanes y desvelos que la misión requiere. Como Pablo, quiera el Señor que también nosotros podamos sentir y decir: “La caridad de Cristo nos urge” (2 Co 5, 14).

 

Espero que esta reflexión nos haga actuar convencidos del don de la fe que hemos recibido y que la presentemos gozosamente sin prevenciones de que el interlocutor se pueda sentir acosado, al revés, sentirá que la nobleza del corazón del creyente no se doblega y menos se oculta de manifestar en lo que cree. Dar el regalo que hemos recibido de la fe es a la postre no sólo muy bien aceptado sino hasta agradecido. Los complejos provocan desconfianza y animan a la cobardía.

 

16 de diciembre de 2007