www.iglesianavarra.org > Arzobispo > Homilías > El triungo de la Vida. Domingo de Resurrección 2007

8 de abril de 2007, Domingo de resurrección 2007

El triunfo de la Vida.

 

Es sin duda la noticia más imprevisible, la más desconcertante, la más innovadora. Este sí que es un cambio radical. Con la resurrección de Jesús, todo es diferente. El mundo es distinto. Nosotros somos distintos. Y hasta Dios parece ante nosotros con un rostro diferente. El rostro del amor fiel y de la vida victoriosa. Algunos no se atreven a creer tanta novedad. No se atreven a cambiar. Pero ahí están los argumentos y los signos: el sepulcro vacía, la incredulidad de los discípulos vencida y convencida, las apariciones de Jesús resucitado, los frutos increíbles, conversiones, cambios de vida, martirios... 

La resurrección de Jesús es el triunfo de la fidelidad sobre la desconfianza, el triunfo del amor sobre la indiferencia, el triunfo de la vida sobre la muerte. En definitiva, es el triunfo del poder y del amor de Dios sobre la soberbia del Demonio y el pecado de los hombres.

Gracias a este amor generoso y perseverante de Dios nuestro Padre, podemos vivir con esperanza. Si Jesús no hubiera resucitado no tendríamos más horizonte de vida que lo que nos pueden dar las cosas de este mundo. Y no podríamos tener otro proyecto de vida que el fatalista “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Entonces tendrían razón los que ponen el ideal de su vida en las cosas de este mundo. No hay lugar para el amor, no hay lugar para la generosidad, que cada uno vea cómo se arregla para pasarlo lo mejor posible durante los cuatro días que vamos a estar en este mundo.  

Pero las cosas no son así. Esta no es la verdad. La verdad de nuestra vida es la resurrección de Jesús. La verdad del amor de Dios que nos quiere vivos y felices para siempre. La verdad de Jesús, primicia de una humanidad nueva; la verdad de nuestra vida, que por la fe y la caridad comienza a ser ya en este mundo vida eterna y gloriosa.  

La vida sin Dios, la vida encerrada en este mundo, que también es posible cuando no se aceptan las propuestas de Dios, para nosotros, queda atrás como una vida vieja, una vida frustrada que se destruye a sí misma en concupiscencias y amarguras. Que no nos hablen de la vida sin Dios como una vida de libertad y de progreso. Jesús, en el momento glorioso de su resurrección, inauguró la vida humana en el esplendor de su entera verdad, como vida en comunión de amor con el Dios que nos ama, y por eso mismo vida iluminada sostenida por la esperanza de la vida eterna que nos permite vivir ya desde ahora en el gozo de la verdad y en la santidad del amor bueno y generoso, que el Espíritu de Dios hace crecer en nuestros corazones.  

La fe en la resurrección de Jesús nos permite esperar con confianza nuestra propia resurrección y esta esperanza nos da la fuerza espiritual para romper las ataduras del pecado. Nada es comparable con lo que Dios nos tiene prometido. Nada es del todo bueno si no nos acerca a Dios. Nada es del todo humano si no es camino para la resurrección y la vida eterna.  

Esta fe nos descubre la verdad de nuestra vida humana y cristiana.  

> La recibimos como un DON. El Dios del Cielo por su Hijo Jesucristo nos ha dado esta gran esperanza de la resurrección que nos libra de las oscuridades y de las estrecheces de este mundo.  

> La vemos también como una URGENCIA. Debemos purificarnos de nuestras pequeñas o grandes ambiciones y vivir ya “en la tierra como en el cielo”, en la verdad y en el amor, siempre pendientes de la voluntad de Dios y del bien de nuestros hermanos.  

> Y debemos, por último, vivirla como MISIÓN. Con sencillez, con humildad, pero con toda verdad y libertad, tenemos que decir a quien nos quiera escuchar que la vida es hermosa, que vale la pena vivirla a fondo, pero tomándola como es, sin limitarla ni reducirla, viéndola y viviéndola como una vida con Dios y no contra Dios. La vida con Dios es la vida verdadera y hermosa,  la vida con sentido, abierta hasta la vida eterna, en la que todas las preguntas tienen respuesta y todos los dolores consuelo. Así es porque así Dios lo ha querido. Bendito sea por los siglos de los siglos.   

Nuestro mayor pecado sería la desconfianza. Es verdad que tenemos que soportar dificultades, es verdad que vemos con tristeza cómo muchos de nuestros hermanos abandonan la Iglesia o viven en las tinieblas del paganismo. ¡Están esperando que les llegue de nosotros el anuncio alegre de la salvación de Dios! ¡Necesitan que nosotros les ayudemos a descubrir las maravillas de Dios! ¡Qué maravilla sería si los que somos cristianos nos decidiéramos a vivir este mundo como antesala del Cielo! 

Con toda la fuerza de nuestro corazón, contando con la intercesión de la Virgen María y de toda la Iglesia, pedimos hoy al Señor que nos haga testigos y pregoneros de la vida verdadera que El rescató con su muerte y ha inaugurado con su resurrección. Así sea.

 

+ Fernando Sebastián Aguilar,
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela