Jesús está en nuestro mundo
El pequeño relato de las bodas de Caná es una construcción literaria maravillosa. Con su estilo peculiar, a la vez narrativo y simbólico, San Juan nos da una lección sobre cómo hemos de comprender los cristianos la realidad concreta de nuestra vida. Los vecinos de Caná celebran una boda. Es un acontecimiento muy significativo en el conjunto de la vida social. Allí está María. Jesús y sus discípulos estaban como invitados. Da la impresión de que María esta más metida en el secreto de las cosas. En el evangelio de Juan, María es siempre la Mujer de la fe, la Iglesia naciente, la humanidad santificada por el amor de Dios y el acogimiento de su presencia. Al cabo de un tiempo los asistentes se van dando cuenta de que algo extraño ocurre. Se ha acabado el vino. Pero sólo María ve la solución en el recurso a Jesús. María, la Iglesia, los cristianos, mezclados con la gente en la vida corriente, sabemos que Jesús está siempre presente junto a nosotros, aunque El no se dé a conocer, y nosotros no caigamos en la cuenta. María, la Iglesia, los santos, saben muy bien que en El está la solución a nuestras necesidades y a nuestras carencias. Por eso María, con la confianza y la autoridad de la mas madres acude a Jesús: “No tienen vino”. La respuesta de Jesús es desconcertante. Como si no quisiera darse a conocer. A Dios le gusta estar presente en nuestra vida de una manera discreta, sin hacerse notar, sin violentar nuestra libertad. Pero responde siempre que le invocamos con fe. María lo sabe y cuenta con la misericordia y el poder de su Hijo. Nuestra fe facilita, atrae, abre caminos a la intervención de Dios en nuestra vida. La intervención de María resume su mensaje permanente a todos nosotros: “Haced lo que El os diga”. Este es el mensaje de María a los cristianos, la recomendación de la Iglesia, el consejo de los santos. No hay otra sabiduría mejor. Los criados presentan lo que tienen, seis tinajas llenas de agua. Esta agua de las tinajas significa la realidad corriente de nuestra vida, lo que tenemos, lo que podemos ofrecer por nuestra parte, afecto, trabajo, servicio, solicitud de unos por otros, perseverancia, el agua común de la vida corriente, cosas sencillas que parece que no resuelven nada. Pero Jesús es capaz de transformar el agua en vino. El vino es símbolo de convivencia, de fuerza y de alegría, en el evangelio de Juan es símbolo del banquete y de la alegría de la vida eterna. Jesús transforma nuestra vida común de cada día en obras santas y valiosas de amor, de piedad, llenas de generosidad y de esperanza. Este milagro, en el fondo, significa que ofreciendo a Dios nuestra vida terrena con buena voluntad, El nos da a cambia la riqueza impensable de la vida eterna. Y todo por la intercesión de María, de la Iglesia, de los Santos que nos acompañan y nos enseñan a vivir en comunión filial con Dios por medio de la fe, del amor y de la obediencia. El mayordomo no sabía lo que había ocurrido. Se encontraba con un vino excepcional sin saber de donde había salido. Así ocurre con mucha gente. No se dan cuenta de que lo mejor que hay en nuestro mundo nos viene de la presencia de Jesús y de su intervención salvadora llena de poder y de misericordia. Los buenos sentimientos, el amor al prójimo, la compasión por los que sufren, la fortaleza y la fidelidad ante las dificultades, la lucha constante de tantos hombres y mujeres por el bien de su familia, a favor de la verdad y de la justicia, tantas cosas buenas como hay en nuestro mundo, son fruto del amor de Dios que hace crecer estos sentimientos en nuestro corazón para que caminemos con buenas obras hacia el mundo justo y feliz de la Patria celestial. El mayordomo no lo sabía, pero los criados sí. Los humildes, los que sirven de verdad a los demás, con frecuencia saben bastante más que los poderosos sobre las cosas de Dios, y la verdad profunda de nuestra vida. En estos momentos, cuando padecemos tanta confusión, tanta inseguridad, tanta incomodidad espiritual, muchos de nosotros nos preguntamos qué podemos hacer para que cambien las cosas y podamos vivir en una sociedad más tranquila, con más claridad y estabilidad moral, con menos corrupciones y más justicia, con menos tensiones y más solidaridad, con menos palabrería, más verdad y más amor. El relato de Caná nos da unas pistas muy prácticas y actuales. No esperemos a que cambien los demás. Comencemos a cambiar nosotros. Cumplamos el consejo de María, la Madre de Jesús, hagamos caso de lo que la Iglesia nos recomienda constantemente: “Haced lo que El os diga”. A todos nos dice algo Jesús. Hagamos un poco de silencio en nuestro corazón hasta que resuene dentro de nosotros la voz de nuestra conciencia y nos diga en qué y cómo podemos ser mejores. Dejemos que Jesús entre en nuestra vida y cambie el agua de nuestra vida corriente por el vino de la vida santa, la vida purificada y santificada por el Espíritu de Jesús. Así brillará en nuestro mundo la “gloria de Jesús”. La gente se dará cuenta de que el camino de la felicidad está en el conocimiento de Dios y en el seguimiento de Jesús, en la piedad y en la misericordia, en la confianza y en la generosidad, en la pobreza de espíritu y en el amor verdadero hacia los demás, en la libertad interior y en la esperanza firme y segura de la vida eterna. Cuando conozcan la verdad y la fuerza de Jesús, ellos también creerán en El. Si nosotros somos mejores ayudaremos a los demás a serlo también. Así es como cambiaremos el mundo de verdad, sin aspavientos, sin grandes espectáculos, sin violencias ni sufrimientos añadidos, sin derroches innecesarios, con la fuerza de la verdad y del amor que nacen del contacto espiritual con el Jesús presente y actuante en medio de nosotros.
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