Fortalecer la fe
En estos tiempos tan mudables, en los que cambian tantas cosas, y parece que no puede haber nada estable, a muchas personas de buena voluntad, les viene la tentación de relativizar las convicciones religiosas y morales. El día menos pensado salta la pregunta impertinente, estas cosas tan antiguas que creo, y a las que trato de acomodar mi vida, son de verdad verdaderas? Es posible que una fe tan antigua siga siendo válida hoy día? No me ha llegado ya el momento de olvidarme de todo esto para ser del todo de mi tiempo, para ponerme día, para vivir al mismo ritmo que los demás? Cuando esta duda se nos ha colado en el corazón hay que saber darle una respuesta clara, firme y seria, una respuesta que nos convenza y nos permita seguir apoyando nuestra vida en unas convicciones firmes de fe, con unos modelos de vida y de comportamiento bien arraigados y del todo justificados en nuestro corazón. No se puede vivir sin una base de convicciones firmes que iluminen nuestra conciencia y orienten los pasos y las decisiones de nuestra libertad. Sin una fe clara y firme arraigada en lo más hondo de nuestro corazón seríamos como veletas agitadas por los vientos dominantes en cada momento, por las opiniones de los demás, por las conveniencias o los oportunismos de cada momento y de cada situación. Para ser persona, para ser uno mismo, tenemos que ser capaces de vivir de acuerdo con nuestra fe y nuestras convicciones. Una fe, debilitada por la duda, ya no es capaz de dirigir ni de dignificar la vida. En la Misa de este domingo leemos el principio del evangelio de san Lucas y en estos primeros versículos podemos encontrar la clave para superar estos posibles peligros de nuestra fe. En primer lugar tenemos que tener la tranquilidad de pensar que el que sintamos alguna vez estas tentaciones no tiene nada de particular. La fe es siempre de cosas invisibles y tenemos alrededor muchos malos ejemplos. Es normal que alguna vez sintamos alguna duda. Nos viene bien. Porque estas dudas nos ofrecen la posibilidad de fortalecer nuestra fe. Para ello tenemos que dirigir nuestra atención en dos direcciones. Una primera racional e interior. El mundo nos habla de la existencia y del poder de Dios. De la nada nunca sale nada. De la oscuridad absoluta nunca surge la luz, del vacío total no hubiera podido surgir la maravilla del mundo y de la vida. Todo es un don sorprendente. Al principio de todo tiene que haber un Alguien, inteligente, bueno, omnipotente que ha puesto en marcha la maravilla del mundo en el cual nos movemos nosotros sin saber muy bien por qué. Esta es una convicción firme y segura que nadie nos puede quitar de la cabeza. Esta primera convicción se aclara y se completa con el testimonio de Jesús. Los evangelios nos hablan de un Jesús real, histórico, verificable, cuya vida es un testimonio conmovedor de la cercanía y de la bondad de este Dios Creador. El Dios creador del mundo es vuestro Padre, os ama personalmente, cuida de vosotros como el padre y la madre cuidan de sus hijos, perdona vuestros pecados, ilumina y fortalece vuestro corazón para que seais justos y misericordiosos en la vida, os ha dado una vida inmortal y quiere que viváis eternamente en su presencia. Creed en El, confiad en El, cumplid sus mandamientos de salvación y vivid desde ahora en comunión con El como hijos queridos. Esta es la esencia de la fe cristiana a la cual nos invita continuamente la Iglesia en nombre y por encargo del mismo Jesucristo. Por la fe en este Dios misterioso que se nos hace cercano y familiar en la vida de Jesús, llega hasta nosotros la verdadera sabiduría que ilumina nuestra vida, nos libra de los pecados y nos permite vivir en la verdad del amor y en el camino de la salvación eterna. Si crees da gracias a Dios y déjate guiar por la luz de tu fe; si tu fe está enferma u olvidada levanta los ojos al Cielo y pide como un niño la visita de Dios que te ilumine y te devuelva la alegría y la seguridad de la salvación. No pierdas la esperanza. No te resignes a vivir a oscuras. Vuelve al evangelio de Jesús. El es la luz que brilla en nuestro mundo, la luz que ilumina a todos los que le invocan de corazón.
|
|||