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27 de mayo de 2007
El Espíritu de Dios
La fiesta de Pentecostés es la fiesta culminante del calendario cristiano.
En ella conmemoramos el cumplimiento de las promesas de Dios, el
coronamiento de la obra de Jesús, la adquisición más alta posible del
hombre sobre la tierra.
El Espíritu Santo es la tercera
persona de la Trinidad Santa, el Amor infinito de Dios, por el que Dios
sale de Sí mismo, levanta de la nada la creación entera, nos da la vida y
quiere asociarnos al gozo de su vida eterna.
El Espíritu de Dios, que es amor
infinito y omnipotente, es el autor de la misteriosa encarnación del Hijo
de Dios hecho hombre en el seno de la Virgen María. El Espíritu de Dios,
el amor de Dios actuante en su corazón de hombre, guiaba a Jesús en su
vida, para anunciar la presencia y los dones de Dios. Y el Espíritu de
Dios, como síntesis de la vida divina y de la comunión espiritual y vital
con Dios, fue la gran promesa de Jesús a sus discípulos: Os conviene que
yo me vaya, cuando creáis de verdad en Mí recibiréis el Espíritu Santo de
Dios, El os hará comprender lo que ahora no podéis entender, El os dará
fortaleza para vivir santamente, El os sostendrá en las dificultades y os
ayudará a ser mis testigos, El será el lazo de unión con Dios y con los
hermanos, que os vivificará y glorificará para siempre en la gloria de
Dios, Padre mío y Padre vuestro.
Este don universal de Dios hace que
los hombres, venidos de mil puntos distintos y lejanos, podamos
participar de una misma vida, que todos nos encontramos en ese punto de
encuentro universal que es la vida de Jesús. El Espíritu de Dios, presente
y operante en nuestros corazones, hace que todos los pueblos sean un solo
pueblo, que todos podamos entendernos y vivir en paz y unidad, a pesar de
las diferentes lenguas, razas y culturas. Dios nos ama a todos y con el
abrazo universal de su amor nos acerca, nos reúne, y nos hace
verdaderamente hermanos en la medida en que recibimos un mismo Don y una
misma Vida.
Esto es lo que creemos y lo que
tenemos que vivir como cristianos. Contra esta maravilla de la revelación
y la donación de Dios, pueden muy poco las insidias y las calumnias y los
menosprecios que tengamos que soportar. Aquí está el origen y la fuente
inagotable de nuestra alegría y de nuestra fortaleza. Con San Pablo, los
cristianos podemos decir "Quién podrá quitarnos el amor de Dios?" Y si
nadie nos puede quitar este don precioso del Espíritu de Dios ¿qué importa
lo que digan o lo que no digan de nosotros? En El y por El somos fuertes y
estamos felices. Esta es la verdad y la grandeza de nuestra esperanza y de
nuestra vida.
+ Fernando Sebastián Aguilar,
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela
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