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Javier, Navarra, 31 de mayo de 2007    

Fiesta de Cristo Sacerdote 

 

Cada año venimos con gusto y con fervor a celebrar la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, en esta venerable parroquia de Javier, donde fue bautizado nuestro santo Patrón modelo de sacerdotes, entendiendo el sacerdocio en una perspectiva de seguimiento y de entrega total al Señor, con un ministerio misionero, impaciente, abierto y universalista, luchador y militante contra toda clase de dificultades. Y lo hacemos en compañía de estas Hermanas, hijas de otro santo sacerdote y obispo, que ofrecen su vida por nosotros y por la santidad de la Iglesia y de los cristianos.  

 

La figura de Jesús es inagotable. Su vida, sus enseñanzas, sus hechos, la fuerza redentora y santificadora de su muerte y resurrección, son como un océano en el cual podemos sumergirnos con los impulsos de la fe y del amor sin llegar nunca hasta el final. La humanidad de Jesús participa singularmente de la infinidad de Dios, es la humanidad del Verbo de Dios, su mente, sus sentimientos, su piedad y oración, su amor y su misericordia son todo lo que cabe en una vida humana, todo lo que la Verdad y la Santidad de Dios puede poner y vivir en una naturaleza humana.  

 

Hoy consideramos su vida y su ser como Sacerdote, Sacerdote único, sacerdote universal, sacerdote definitivo. Vino a nuestra carne, entró en nuestras tinieblas para iluminarlas con la Luz de la Verdad de Dios, se sometió a la muerte para vencer en ella la fuerza del pecado y dejar abierto para siempre y para todos el camino hacia el Amor del Padre y la vida de su gloria eterna. Su sacerdocio único y universal no invalida ningún valor ni ninguna adquisición humana. Todo se apoya en El y todo tiene en El su cumplimiento.  

 

Nosotros tenemos el honor y la responsabilidad de haber sido escogidos para ser signos y eco de su presencia y de la  permanente de su sacerdocio, en todo momento, para todas las personas, manteniendo viva su palabra, multiplicando su perdón, distribuyendo su Cuerpo y su Sangre como fuente de vida, de amor y de esperanza. Nunca podremos dar suficientes gracias a Dios por esta vocación que nos permite y nos obliga a vivir continuamente en comunión con El. Nunca seremos suficiente diligentes, suficientemente santos para poder desempeñar de manera satisfactoria este altísimo ministerio.  

 

En el atardecer de la vida resulta obligado pedir perdón y acogerse humildemente a su gratuita misericordia por las muchas deficiencias con que hemos respondido a su amor y a la confianza que puso en nosotros. Con toda la verdad de mi corazón os digo, seamos santos hermanos para que el Señor puede iluminar, consolar, santificar y salvar a todos sus hermanos por medio de nosotros. Si fuéramos más santos, seguro que nuestra palabra y nuestras obras tendrían la fuerza y el atractivo que tenían las palabras y las obras de Jesús en los corazones de las multitudes de su tiempo.  

 

Pidamos por lo menos desde lo más hondo de nuestro corazón que surjan en nuestras familias y en nuestras parroquias jóvenes enamorados de Jesús que quieran ofrecer su vida para continuar en nuestro mundo su obra de salvación. Tengo la impresión de que no hemos percibido todavía la fuerte interpelación que significa la falta de vocaciones para el ministerio y la vida consagrada en nuestras comunidades y parroquias. El Señor sigue llamando, El sigue necesitando discípulos que dejen todo para poner su vida entera al servicio del Reino, en comunión de vida con El y con su Iglesia.  

 

Quiero dar gracias a las Hermanas por sus continuas oraciones, por su vida ofrecida, que nos anima y sostiene en el duro servicio del Evangelio.
 

+ Fernando Sebastián Aguilar,
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela