|
DESTELLOS DE LUZ DEL SEÑOR RESUCITADO
Uno de los
destellos de Luz del Señor Resucitado es la oración y si tuviera que
decir lo que es la oración para mi tendría que remontarme a la niñez, en
la que aprendí a amar a Jesucristo. Nunca olvidaré las enseñanzas, de
modo especial, de mi querida madre. Su labor fundamental fue la de
infundirme dos cosas: el amor a Dios a través de la Virgen María y el
amor a la Iglesia. Los momentos claves de estos dos amores, fundidos en
uno, eran la novena que hacíamos junto a nuestra madre sus hijos en el
mes de junio y en el período de vacaciones. Por la mañana salíamos hacia
la Ermita de la Virgen de Viyuela, que es la advocación de la Virgen de
mi pueblo, y por el camino rezábamos el rosario. Durante el trayecto, no
más de dos kilómetros, recogíamos espigas de trigo o cebada que habían
caído de las galeras de los carros que iban hacia el lugar de la trilla;
estas espigas servían para poder alimentar a las gallinas y animales de
nuestra pequeña granja. Cuando llegábamos a la Ermita nos poníamos a los
pies de la imagen de la Virgen y rezábamos la Salve y estoy seguro de
que a sus pies nació mi vocación.
A los once años
fui al Seminario. Un día, tímidamente, dije a la madre (mi padre
escuchaba en silencio): “Quiero ser sacerdote”. Ella me respondió: “Me
parece muy bien, pero no olvides que es una vocación, es decir, que
tienes que sentir que Dios te llama. Si eres trabajador y un buen amigo
de Jesús, serás feliz. La mejor herencia que os podemos dejar (mis
padres eran pobres) es una buena formación y que seáis buenos
cristianos”. Así nació mi vocación, mejor dicho, así me sentí llamado
por Dios. Desde pequeño iba con mi padre a tocar las campanas de la
torre de la iglesia de mi pueblo, (él era el ‘campanero’ del pueblo) y
como había que pasar a través del Templo siempre me entretenía a hablar
con Jesús ante el Sagrario. Desde entonces no he dejado ni un día de
estar a su lado. En el Seminario nos infundían mucho el sentido y
espíritu de la oración y mi modo de rezar era estar tiempo hablando con
Jesús delante del Sagrario. No me hablaba pero sentía su calor de amigo;
no jugaba pero me entretenía; no comía pero me sentía saciado… Eran
momentos intensos de amistad con el mejor Amigo.
A medida que he
ido creciendo en edad, más he necesitado de su fuerza amorosa y en cada
momento el encuentro con Él ha sido un mayor empeño y compromiso para
entregarme a los demás. Sin Cristo me es imposible amar al hermano o
perdonar. Ahora comprendo el drama que debe sufrir quien no tiene el don
de la fe; sin amor de Dios mi vida sería un desierto vacío y seco, con
Él me siento realizado. Tanto en mi vida sacerdotal como ahora siendo
Obispo no hallo mejor consuelo que cuando estoy con mi Amigo del alma.
Nada hay comparable a este amor. Muchas noches encuentro el descanso al
lado de Él y nadie puede arrebatarme lo que me alivia y enseña como
Maestro. Su amor mostrado en la Cruz hace una mella especial en mi vida.
Ya no puedo prescindir, a pesar de mi fragilidad, de su amor; es más que
el aire en mis pulmones, más cercano que mi misma persona y más fuerte
que mis propios impulsos. Cuando celebro la Eucaristía no sólo me siento
regenerado sino renovado y cuando le recibo siento la misma sensación
que el día de mi primera comunión. Aquel día encontré el único sentido
en mi vida, fue tan grande el Amor que invadió mi interior que le pedí
que nunca me abandonara y lo ha cumplido.
He pasado por
momentos gozosos, los más, pero también dolorosos y siempre le he tenido
a mi lado y me ha mostrado que su amor es más fuerte que el sufrimiento
y la enfermedad. La oración se ha convertido en un arranque para vivir
embelesado en Él. En cada paso, cada momento y cada circunstancia no
puedo prescindir de Él. Nunca me deja en la estacada y siempre me anima
con su voz imperceptible y suave, una voz más fuerte que mis propios
gritos. Y si alguna vez me dejo llevar por las consolaciones, Él me saca
de mí para entregarme a los demás. Recuerdo que un día estaba aplanado y
dolorido por una circunstancia adversa; me fui a la oración delante del
Sagrario buscando consolación pero sentí que el Señor me invitaba a
mirar los sufrimientos de mis feligreses y a que dedicara un tiempo a
consolar a una familia que estaba sufriendo mucho; visité a la familia y
procuré ocuparme de sus necesidades; después, cuando volví a la oración
encontré la consolación. Comprendí que la oración no es una
autocomplacencia sino una dinámica de amor a Dios y al prójimo.
Ahora, como
Obispo, comprendo mejor que debo ser el primero en amar y no ir
buscando, como un mendigo, la complacencia, el aplauso y la gloria
personal sino el amor a los demás como expresión de la búsqueda
constante del amor de Dios y para que Él sea glorificado, amado y
adorado. La oración es el alimento de mi vida que me lleva a ser más
propiedad de Dios que pertenencia de mi mismo. Sólo desde aquí encuentro
la auténtica libertad y felicidad.
+ Francisco Pérez González,
Arzobispo de Pamplona-Tudela
y Director de OMP en España

|