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Médicos del
espíritu
He tenido siempre la
impresión de que ser sacerdote es algo sencillo y grande al mismo
tiempo, me produce tanta felicidad que yo mismo me siento maravillado
por lo que me ha sucedido en la vida; desde pequeño sentí que el Señor
me llamaba al sacerdocio y de modo especial el día de mi Primera
Comunión fue tan luminosa y gratificante la presencia de Jesucristo que
nunca lo olvidaré. Fue la primera llamada. Dios no llama de forma
extraña y difícil, lo hace de manera muy sencilla. Las cosas de Dios no
son complicadas sino tan palpables como la naturaleza misma o la amistad
o la vida que va hacia adelante sin miedos o la familia que es la
expresión del amor o la visión de una flor. Muchas veces me han
preguntado qué es lo que sentí cuando Dios me llamó y siempre respondo
que fue tan fácil como comunicar a mi madre que quería ser sacerdote
puesto que dentro de mí había un gozo particular y especial muy parecido
parecido al amor que sintieron mis padres el día que se conocieron o el
amor de esos novios que desean fundar una familia. Es una experiencia de
amor de Dios.
¡Cuánto deseo que en
la Diócesis se haga conocer este don de Dios y cuánto hemos de pedir y
rezar para que haya preadolescentes y jóvenes que sientan esta llamada
de amor de Dios! Tenemos esta responsabilidad. Si desde la familia se
sustenta la oración, la participación en los Sacramentos y la vida de fe
estoy seguro que muchos seguirán sintiendo esta llamada a la vida
sacerdotal. La familia es el mejor campo de cultivo y si ésta falla
resulta más difícil alimentar la vida de fe en los hijos. Quien sustenta
los auténticos valores y virtudes en la sociedad es la familia, no hay
mejor ambiente que ella y por ella hemos de apostar en estos tiempos de
fuertes convulsiones sociales donde la familia no adquiere el lugar
fundamental que se merece. Nadie puede sustituirla y menos nadie la
puede cambiar puesto que si así sucediera la misma sociedad pedirá
cuentas a quienes la quieran trastocar.
Dentro de esta
responsabilidad estamos los sacerdotes. Los jóvenes quieren vernos
convencidos, orantes, alegres y dispuestos a servir a la Iglesia donde
ella nos pida. Un día un joven me confesaba que se estaba preparando
para ser médico, le aplaudí tal decisión, era buen cristiano y quería
seguir a Cristo. Al acabar la conversación le dije que también existen
“médicos del espíritu” no sólo del cuerpo, le expliqué las
satisfacciones que yo había sentido en mi vida y cómo muchas personas se
habían sentido confortadas en su alma o incluso habían cambiado su vida
totalmente gracias a la presencia del sacerdote. Después he sabido que
se fue al Seminario y ya es sacerdote. Estoy seguro que hará un gran
bien. Hemos de creer en el servicio importantísimo del sacerdote que
desde su entrega muestra el amor de Dios al género humano y esto hoy es
muy necesario y saludable. Dentro de pocos días se van a ordenar cuatro
jóvenes, de Navarra, como sacerdotes. Que muchos jóvenes se vean
reflejados en ellos y sigan su misma suerte.
+ Francisco Pérez González,
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela
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