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No confundamos el
progreso
Se ha
puesto de moda, y de modo especial en los ambientes más diversos, que la
forma de regir hoy nuestra vida debe estar en consonancia con el
progreso. No existe ni tiene relevancia social quien se salga de esta
palabra mágica. El ser progresista, “estar al día” y “ser modernos”
magnifica las relaciones y hace que las admiraciones vayan hacia
aquellos que, con rostro liberado, promueven con tantos matices un
estilo de vida que, mirándolo bien nada, tiene que ver con la promoción
y la dignificación humana. La enumeración es tan amplia que se podrían
escribir libros y libros sobre tal forma de actuar. Pero me voy a fijar
en ciertas formas de modernismo o progresismo que, simplemente con
enumerarlas y analizarlas un poco harán sentir el contrasentido que hoy
se va proclamando y además con aires de grandeza.
El
respeto a la vida es fundamental y nadie se opone en principio, pero el
mal llamado progreso ha inculcado una filosofía tan fuera de la lógica
que provoca la confusión. Si la vida tiene sentido desde los inicios
hasta el final ¿por qué se justifica la interrupción de la misma?
Progreso verdadero será quien promueve la vida en sus distintos
estadios, lo otro será regreso e interferencia. Lo malo de este modo de
pensar es el de que todo viene justificado por los parámetros egoístas y
por una falsa concepción de lo que el ser humano está llamado a vivir.
Esto que parece lo más normal se ha convertido en extraño y se promueven
hasta campañas o se inculcan estas ideas falsas en los ámbitos de la
misma educación y formación de los niños y jóvenes. ¿Se puede decir que
es progreso las leyes que promueven la “cultura de la muerte”?. No me
cabe en la cabeza que a esto se le llame progreso.
La
libertad de conciencia, aun cuando se admita en sus principios más
básicos, en el momento en que la ideología de turno quiera imponerse, no
permite que se pueda ejercer la propia conciencia como camino de
libertad. Es contradictorio que se hable de libre disposición en un
ámbito democrático y se recorte la propia opción. No tiene sentido
hablar de progreso si se acalla la conciencia de los ciudadanos y se
permite, en todo caso, si concuerda con los parámetros de la ideología
idolatrada de quien conduce al pueblo. Si en otras épocas esto no tenía
sentido, mucho menos ahora que nos jactamos de mayor diálogo y de mayor
ámbito democrático. No llego a comprender que esto suceda y que sea
incluso admitido. La libertad de conciencia es un derecho que tiene toda
persona y toda familia.
Con estos
dos ejemplos ilustramos la concepción equivocada que existe sobre la
palabra que hoy se ha convertido en casi mágica como es la del progreso.
Hay mucha más expresiones de este mal llamado progreso que convendría
recordar, pero estos dos botones de muestra nos dan a entender con el
falso énfasis que se utiliza la palabra de progreso.
+ Francisco Pérez González,
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela
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