|
Historia del Archivo diocesano de Pamplona
Introducción
El patrimonio documental de la Iglesia diocesana de Navarra, está
constituido fundamentalmente por los archivos catedralicios de Pamplona
y Tudela, el colegial de Roncesvalles, el Archivo Diocesano y los
archivos parroquiales. Todos ellos dependen de la jurisdicción
episcopal.
Dejamos aparte los archivos monacales que no pertenecen a esta
juridicción y que siguieron una suerte muy diversa, sobre todo a raíz de
las leyes desamortizadoras del siglo XIX.
El Archivo Diocesano de Pamplona (ADP), recoge la memoria de la
actividad y funcionamiento de la Diócesis de Pamplona a través de los
siglos. Actualmente, desde el año 1955, podría llamarse Archivo
Diocesano de Navarra, pues los límites diocesanos coinciden con el
territorio civil de esta provincia, pero históricamente no ha sido así:
La diócesis de Pamplona comprendía el territorio del antiguo Reino de
Navarra, menos el arciprestazgo de Viana, perteneciente a Calahorra; las
ciudades y villas de la Ribera, propias de la diócesis de Tarazona y la
villa de Cortes, que perteneció a Zaragoza. En cambio, la diócesis
pamplonesa comprendía los arciprestazgos de Tolosa y Fuenterrabía, en
Guipúzcoa, el de la Valdonsella (48 parroquias) en el Reino de Aragón y
la villa de Oyón.
El Archivo diocesano tiene su sede central en el palacio arzobispal y
está ubicado en un pabellón del siglo XVIII que comunica la casa
episcopal con la Catedral. El edificio tiene dos plantas de 77 x 4
metros cada una, entre la huerta del Palacio y el Paseo de Ronda, de las
murallas.
1.- El Archivo diocesano en la Edad Media
Hay noticias de un archivo episcopal en la Edad Media; probablemente
guardaba sus fondos, junto con los del archivo catedralicio y el de los
Reyes
de Navarra y todos ellos sufrieron devastaciones y desgracias: Garibay
afirma que en el saqueo e incendio de la Navarrería, en 1276 “se quemó
la Cámara de Comptos y perecieron muchas escrituras antiguas del Reyno”.
En el minucioso inventario que Martín Periz de Cáseda hizo en 1329 de
los archivos del Reino, al describir los fondos del castillo de Tiebas,
dice que “Modo lo de suso que está en el dicho arcaz es del obispo de la
eglesia de Pamplona, el quoal arcaz fue desçarraillado por saber lo que
estaba dentro et de sifué cerrado con su cerrailla et non ha clau...”
El castillo y archivo de Tiebas fue quemado por los castellanos en 1378.
Esta mezcla de los fondos de los archivos episcopal y catedralicio en la
antigüedad, explica que, cuando más tarde se diferenciaron y separaron,
el deslinde no fue completo y así en el catedralicio hay seis arcas con
documentos de Domino Espiscopo, mientras que en el diocesano contamos
con un fondo de unos 700 documentos titulado Catedral, más una colección
de pergaminos totalmente civiles, que comienzan en el siglo XIII (1245)
y debieron de pertenecer al Archivo Real.
Lo cierto es que “a mediados del siglo XVI, el Archivo episcopal se
hallaba instalado en la primitiva torre y cárcel episcopal, inclusa en
el costado izquierdo del frontispicio de la Iglesia Catedral, elevado
casi al igual de la torre de las campanas, que está al costado derecho;
tan reducido que sólo consiste en los tres últimos suelos sumamente
altos de a veinte y cuatro pies en quadro cada uno; con algunos endebles
y desproporcionados estantes, arrimados a sus paredes, teniendo además
el primer suelo algunos atravesados por el centro, por no coger todos
los procesos en los de las paredes; y con una porción de desechos en
cada piso; y de tan difícil acceso, que la escalera hasta el primer
piso, aunque de piedra, es un caracol angosto, propio de una torre
campanario; y para subir al segundo y tercer piso la escalera es de palo
muy vieja, endeble y peligrosa” (ADP, caja 298 - N° 1).
El sitio, extraviado y frío, no reunía las mínimas condiciones para
archivo; allí se guardaban los procesos, bastante numerosos, actuados en
la Curia episcopal desde finales del siglo XV, los papeles del cardenal
Cesarini, documentos del Obispo Alvaro de Moscoso y más tarde los de
Sedeño de Fuenleal, papeles de la secretaría de Cámara y la
documentación producida por el Sínodo diocesano. No había archivero; los
documentos eran depositados, guardados y sacados por los notarios de la
Curia.
2.- Los archivos diocesanos a raíz de Trento: el Sínodo de 1590
El Archivo diocesano, en su forma actual, nace a raíz de las
disposiciones de Trento que promovió y organizó la vida diocesana,
destacando la función y responsabilidad pastoral de los obispos.
Clausurado el Concilio, los obispos se apresuraron a promover los
sínodos diocesanos, que concretaron en sus constituciones las
directrices generales de Trento. La primera vez que se lanza la
propuesta de creación de un archivo diocesano es en las constituciones
formadas por el Obispo Pedro de la Fuente, para el sínodo que había
convocado en octubre de 1586.
En lo referente a la organización de la Audiencia episcopal, la
constitución dice así: “ítem para que con más facilidad se guarden y se
puedan hallar todos los autos por buen orden, teniendo juntos a una
parte los de cada año, con título que declare el año que son… y así se
guarde hasta que se haga Archivo”.
La obligación de crear un archivo se extiende también a las parroquias.
En el Libro 2° (de judiciis), cap. 5°, se establece lo siguiente:
“Otrosí, por quanto los bienes y rentas, derechos y actiones de las
iglesias están más conservados, estatuimos y ordenamos que en cada
yglesia de nuestro obispado se haga un archivo en el qual mandamos se
pongan las scripturas tocantes a la dicha yglesia y beneficiados, el
qual tenga dos llaves, la una tenga el Rector y la otra el primiciero
clérigo”.
El Sínodo fue clausurado en 1590 por Bernardo de Rojas y Sandoval. Entre
sus constituciones aprobadas, hay una que se puede considerar como la
carta fundacional del Archivo diocesano: “Otrosí ordenamos y mandamos
que de aquí adelante haya un archivo donde entren todos los procesos y
escripturas acabadas al fin de cada un año. Y asimismo todos los
procesos y escripturas que dexare el Secretario o Notario al fin de sus
días o quando dexare el oficio o se lo quitaren: y todo esté puesto en
su orden en poder del archivista, el qual sea notario aprobado: y quando
fuere menester una escriptura, la busque y dé un tanto de ella el
archivista: y si fuere la escriptura de secretario que vive y haze el
oficio, que el darla y trasladarla se haga por el dicho secretario; y
quando se den los oficios de secretarios, sea con estas condiciones".
(Libro 2° de las Constituciones, cap. 13, fol. 57v).
3.- Archiveros diocesanos
Cumpliendo las disposiciones del sínodo de 1590, aunque con cierto
retraso, el Obispo Fray Mateo de Burgos, sucesor de Rojas y Sandoval,
nombró archivista perpetuo del archivo eclesiástico a Alonso del Mazo,
el año 1602. Era hijo del secretario del Tribunal eclesiástico, Alonso
del Mazo; se había formado en Roma, donde obtuvo el título de notario o
"tabellianotus", previo informe favorable de las autoridades del Archivo
de la Curia romana.
A los dos años de su nombramiento, el Fiscal acusó criminalmente al
archivista de negarse a exhibir los inventarios de los procesos
existentes en el archivo; el Fiscal pedía que fuese destituido de su
cargo. Finalmente Alonso del Mazo se avino a mostrar los inventarios:
ocupaban 326 hojas y gracias a ellos conocemos los procesos actuados por
los secretarios Garro, Zunzarren, Aguinaga, Barbo, Ibarrola, Ciordia,
Treviño, Araiz, Moreno, Sojo, Ollacarizqueta y Cascante, que se
guardaban en el archivo desde finales del siglo XV. (ADP C/ 116-N° 11).
El archivista Mazo se muestra siempre muy celoso de sus derechos y
obligaciones: En 1615 pleitea con el secretario Miguel de Ollo, sobre la
entrega al archivo, de los procesos y papeles del difunto secretario
Marichalar. (ADP C/ 671-N°25). En 1627 reclama al notario y receptor
Juan de Vallexos la entrega de papeles de la secretaría de Cámara, cosa
que no estaba prevista en las sinodales de 1590 (ADP c/ 689 - N° 6). En
1651, cuando llevaba 50 años de archivero, mantiene un nuevo pleito con
el secretario Dionisio de Ollo, reclamándole, conforme lo dispone la
sinodal, la entrega de los procesos sentenciados de Miguel de Ollo,
padre de Dionisio, fallecido recientemente (ADP C/ 413 - N° 11)
El segundo archivero que conocemos fue Juan Crisóstomo Ochoa. El año
1686, se suscita de nuevo el problema de si los documentos y papeles de
la secretaría de Cámara de los Obispos, deben pasar al archivo
diocesano, al final de cada año, o cuando cesan o fallecen los
secretarios de cámara. Ochoa sostiene que así se ha cumplido
inviolablemente, mientras Miguel Galindo, notario y receptor del
Tribunal, retiene en su poder la documentación de los tres secretarios
que fueron del Obispo Fray Pedro Roche. El Provisor manda que el
secretario Echalecu haga visita ocular al archivo e informe de la
documentación que existe en él, además de los procesos. El secretario
presenta un informe minucioso de la documentación perteneciente a los
diversos secretarios de Cámara de todos los Obispos desde el año 1601,
que existe en el archivo. La sentencia manda que se continúe haciendo
así en adelante. (ADP C/ 1.318 - N° 5).
4.- La Concordia de 1731
Las disposiciones del sínodo de 1590 se habían cumplido en lo tocante a
nombramiento de archivero, pero fueron ignoradas en la segunda parte que
mandaba “que de aquí adelante haya un archivo donde entren los procesos
y escripturas”
La gran masa de los documentos continuaba amontonada en losares últimos
planos de la torre izquierda de la Catedral, en muy malas condiciones de
seguridad y de acceso a ellos; los archiveros guardaron en sus casas
gran número de procesos, “otros fueron sacados de sus estantes y no
fueron restituidos, de manera que serán muchos los que falten del
archivo; y los que en él existen se hallan tan confundidos y
trastornados y que no es posible sacarse luz alguna de las muchas que
puede prestar a todas clases y estados del territorio del Obispado”. Así
lo hace constar en un informe, el secretario Navarro.
El año 1731 el Obispo Gutiérrez Vallejo y el clero diocesano, otorgaron
una concordia que fue confirmada al año siguiente por el Papa Clemente
XII: El Cabildo Catedral y el clero de la Diócesis, se obligaron a dar
un subsidio de 14.000 pesos por una sola vez, y el Obispo, por sí y sus
sucesores, se comprometió a construir el nuevo palacio episcopal, la
torre o cárcel de corona y el archivo; una condición era que el Obispo
no pudiese pedir más cantidad al cabildo y clero, aunque la ya
establecida no bastase para completar dichas obras, repararlas y
mantenerlas en buen estado. Todo lo que pudiera faltar, así como
cualquier otro gasto que ocurriere en dichos edificios y lo referente al
estado del archivo, debía correr a cargo de los Obispos.
El palacio episcopal fue construido entre los años 1734 y 1740 y también
la cárcel. Al Obispo Gutiérrez Vallejo no le bastó la cantidad concedida
por el clero diocesano y tuvo que pedir a la Santa Sede autorización
para enajenar algunas fincas de la Dignidad episcopal y sufragar así los
gastos de construcción.
El archivo esperó pacientemente su turno, pero éste no llegó, a pesar de
la buena voluntad y del interés que Gutiérrez Vallejo y varios de sus
sucesores pusieron en remediarlo. El Obispo Uriz y Lasaga (1815-1829)
resumió esta situación al final de su pontificado: El archivo de la
Curia eclesiástica está casi abandonado; por concordia de 1731, se
obligó el limo. Gutiérrez por sí y sus sucesores a sufrir esa carga. Ha
transcurrido cerca de un siglo en inacción. Pienso que no ha sido bien y
que por otra parte con las notables cargas impuestas a las rentas de la
Mitra y los gastos de ingreso, no es llana la ejecución para los Sres.
Obispos, si la fábrica se ha de poner cumplida, en que interesa la causa
pública (ADP, Caja 298 - N° 2).
5.- Proyectos y traslados
El año 1779 fue nombrado archivista del Tribunal eclesiástico Juan
Francisco Vidaurre. Había fallecido su antecesor, Juan Ventura de
Trigueros, del que sabemos que, a causa de la incomodidad del archivo,
que continuaba en la torre de la Catedral, había guardado en su casa una
gran cantidad de documentos.
Vidaurre tomó muy en serio la responsabilidad de su cargo: comenzó por
rescatar los procesos que estaban en la casa de su antecesor y formó con
ellos 12 fajos, que colocó en los estantes del archivo; también encontró
en los suelos del propio archivo muchos pleitos tirados, sacados de sus
correspondientes fajos, algunos con su nota de año y número de fajo y
otros sin ella; estaban tan llenos de polvo y humedad, que parecían
montones de fiemo o paja.
En un memorial dirigido al Obispo Lezo y Palomeque, Vidaurre le expone
sus proyectos y le pide ayuda económica para remediar el caos. Entre sus
intenciones hay una muy curiosa: “respecto de que hasta el año 1590 se
actuaba en latín, como lo demuestran los procesos que hay escritos desde
1499, se podía pensar en hacerlos traducir al idioma castellano o a lo
menos las letras antiguas, a las que ahora se usan, para saberse el
contenido de los documentos” (ADP, Caja 298 - N° 2)
Vidaurre aprovecha el memorial para recordar a su Obispo la concordia de
1731: “se podrá pensar desde luego en providenciar lo necesario y
conveniente para la fábrica del nuevo archivo general, procurando sea
éste en buen paraje, a pie firme y en todo lo posible separado de las
casas, poniendo la portalada haciendo frente a la calle que tira a la
Plaza del castillo para su mayor hermosura, haciéndose tan espacioso que
sea suficiente para colocar todo lo que debe archivarse, conforme a lo
dispuesto por la Sinodal, ejecutando en la misma fábrica, habitación
para el archivista a fin de servir al público con la mayor puntualidad”.
El Obispo encargó al secretario Ignacio Navarro, la formación de un plan
completo para la creación del nuevo archivo. En menos de un año, el
secretario redactó un extenso y minucioso proyecto, que es un verdadero
tratado de archivística; en él se contempla la estructura y ubicación
del nuevo edificio (con su portada a la calle de Zugarrondo),
distribución de los fondos y un reglamento de personal, horarios,
material, etc., estableciéndose incluso la prohibición de usar luces
artificiales, fuego y fumar. Acompañan al memorial dos planos o trazas
del edificio, confeccionadas por el maestro de obras Joseph de Olóriz.
El archivista Juan Francisco de Vidaurre falleció en mayo de 1795,
después de una larga enfermedad, que él atribuyó al polvo del archivo.
Le sucedió su hijo Luis Juan de Vidaurre, que desempeñó su cargo durante
treinta años. Se han conservado numerosos memoriales, en los que padre e
hijo exponen a los Obispos, Cabildo Catedral y Cortes del Reino, el
estado y necesidades del archivo, sus proyectos de ordenarlo e
inventariarlo, ayudas económicas, etcétera.
6.- Nueva ubicación del Archivo
El año 1783, el Cabildo Catedral acordó modificar el frontispicio de la
Catedral, sustituyendo la fachada románica por la neoclásica actual. La
ubicación del archivo episcopal en una de las torres era un
inconveniente para la magna obra proyectada y el cabildo pidió al Obispo
Lezo y Palomeque autorización para trasladar el archivo a una
dependencia de la propia Catedral, llamada "la librería vieja" y la
cesión de los locales que aquél ocupaba, para proceder a su derribo.
El Obispo concedió de buen grado ambas peticiones y el traslado del
archivo a su nueva sede se verificó a partir de 1784; aún tuvo tiempo el
archivista Vidaurre, padre, para trabajar en la ordenación de
documentos, recogida de otros que se hallaban dispersos y principiar a
inventariarlos, “para cuando se puedan colocar en el archivo nuevo que
se piensa fabricar”.
Pero la situación del archivo no mejoró, ni interna ni externamente, en
la nueva sede. Luis Juan de Vidaurre se preocupó de presentar, uno tras
otro, varios memoriales ante el Obispo y Cabildo Catedral, solicitando
atención y ayuda para empezar siquiera a solucionar las graves
necesidades del mismo. El memorial de 24 de noviembre de 1804, es
especialmente significativo: “El exponente, luego que se posesionó en el
oficio que tiene, hizo presente el mal estado del archivo al Cabildo de
la S. I. Catedral, en la sede vacante del Sr. Obispo Aguado y Rojas y
continuó con repetición de solicitudes al Ilmo. Sr. Ygual y Soria,
antecesor de V.S. Y, quien habiendo sido inculcado por este Ylmo, Rey no
reunido en Cortes, aunque mandó reunir todos los papeles que estaban en
las tres secretarías de justicia y se verificó esta diligencia y se
señaló el Seminario Episcopal como sitio provisional, no tuvo más
progreso el asunto. No es fácil ponderar lo mucho que han desmerecido y
aun perdido los papeles que están en el suelo, por las aguas que han
recibido de las goteras que se han formado en los puestos o celdas en
que están y cada día va en aumento el daño con los graves perjuicios que
se dejan entender y para cortarlos con la posible brevedad, mediante las
insinuaciones que V.S. Y. se ha servido hacerle al exponente, para que
exponga su dictamen, considera que por ahora podrán practicarse las
medidas siguientes: Lo primero señalar un sitio competente, precavido en
lo posible, de incendios. Lo segundo colocar los fajos en estantes con
la distancia suficiente de una tabla a otra, para que se entren y saquen
sin rozarse. Lo tercero, reunir todos los papeles que hasta ahora están
fuera, como son los procesos pendientes, los Planes beneficíales
concluidos y todo lo actuado en las sedes vacantes últimas de la Mitra,
que paran a cargo del secretario capitular del M. Y. Cabildo, y ponerlo
todo en sus tiempos y orden. Lo cuarto poner en el archivo todos los
inventarios o índices que están en poder de los secretarios, para, en su
vista, dar principio a la coordinación y arreglo, aprovechando tales
índices o inventarios. Lo quinto, empezar a reconocer los procesos, sea
por los últimos o por los que se conocen más antiguos en el archivo,
hacer separación de siglos, de años y de secretarios y formar faxos
iguales a proporción de pleitos que haya en cada año, poniendo a cada
faxo su rótulo bien suplido”.
Movido por las incesantes súplicas del archivero, el Obispo Arias y
Texeiro dispuso el traslado del archivo desde las dependencias
catedralicias al Seminario Episcopal, el antiguo colegio de la Compañía
de Jesús. El traslado se hizo entre los años 1805-1808, a expensas del
Obispo, quien costeó también algunos estantes.
Al poco tiempo, en 1808, el edificio fue requisado por las tropas
francesas y lo sería también varias veces en el siglo XIX, cada vez que
el Ayuntamiento de la ciudad o el Virrey necesitaban alojamiento para
enfermos o para las tropas.
Después de la guerra de la Independencia, el estado de conservación del
archivo seguía siendo malo. El archivista Vidaurre volvió a la carga en
1819,
con uno de sus acostumbrados memoriales:
“El archivista del Tribunal eclesiástico de este Obispado, con todo
respeto, expone, que aunque en marzo de 1816 representó a V. S. Y. el
mal estado y urgentísima necesidad que tiene de arreglarse los procesos
y demás papeles del archivo público del Obispado y el de asignar un
edificio bueno para su bienestar, con todo, observando el exponente que
los papeles, en el puesto que existen, van desmereciendo bastante porque
se nota alguna humedad cerca de las paredes y su suelo, donde están
muchos faxos, por falta de puesto y estantes y por otra parte, a causa
de haberse hecho cierto edificio próximo al archivo, está éste tan
obscuro que no se pueden ver los rótulos de los faxos (...) de que
resulta deberse acudir con pronto remedio a un mal tan grande por el
perjuicio que irroga en su actual estado a todo el público (...) En la
concordia establecida en 1 de septiembre de 1731, acerca de la
construcción del nuevo Palacio Episcopal, Tribunal, Torre y Archivo de
papeles, aunque los tres primeros edificios se construyeron, sólo se ha
dejado por desgracia de hacer el en que tanto interesa el público. Por
ello suplica a V.S. Y. se digne admitir esta nueva exposición que le
hace el suplicante, no por molestarle, sino nacida de la compasión que
le causa el ver a muchísimos interesados que buscan sus papeles con
razones fixas y que casi nada encuentran y también que por la obscuridad
de dicho Archivo no se puede registrar sino con mucho trabajo”.
Vidaurre presentó su último memorial al Obispo el día 9 de agosto de
1828; en él aparece decepcionado y desilusionado: “Sin embargo del
deplorable estado en que se halla dicho Archivo Eclesiástico y las quasi
infinitas representaciones que ha hecho para su arreglo en estos 33 años
que hace es tal archivista el exponente y en los 15 que lo fue su padre,
no ha podido conseguir otra cosa que la traslación de los papeles a un
sitio bajo del Seminario Episcopal, con unos pocos estantes que colocó
el último Sr. Obispo Texeiro y el actual, que ha dado mil pesos en
dinero.. .con cuyos socorros bien se deja conocer que nada se puede
hacer que remedie tamaños males como lo experimenta al público”.
7.- Traslado al Palacio Episcopal
El día 6 de marzo de 1856, el Ayuntamiento constitucional de Pamplona,
se dirigió al Sr. Obispo Andriani, reclamándole la entrega del antiguo
colegio de la Compañía con su huerta, para destinarlo a cuartel de la
Milicia Nacional. La petición se amparaba en la ley de Desamortización
del año anterior. El Prelado elevó una exposición a S. M. la Reina,
pidiendo que el edificio de la Compañía, destinado hoy a Seminario
episcopal, se exceptúe de la desamortización. Entre otras razones,
expresa la siguiente: "Desea el Obispo que V. M. fije su atención sobre
que en el edificio que fue de los Jesuítas, no solamente existen las
Cátedras de enseñanza, sino también el Archivo general del Clero de esta
dilatada Diócesis, objeto muy respetable, así por lo que contiene,
cuanto porque es bien sabido que el archivero tiene que extraer de él
continuamente noticias pedidas por los interesados y que tanto el
exponente, como su Provisor, necesitan sacar con frecuencia para la
decisión de asuntos pendientes, siendo para ello más que conveniente la
proximidad del edificio; este archivo da una constante y pública prueba
de la escasez o carencia absoluta de terrenos y edificios acomodados a
estos objetos en esta pequeña ciudad. Muchísimos años hace que se desea
un local adecuado para estoy ya se habría trasladado si hubieran hallado
paraje a propósito donde colocarlo.
Quizás por miedo de verse desposeído del edificio de la Compañía; el
Obispo Andriani decidió trasladar el archivo a su propia casa, al
palacio episcopal. El traslado, cada vez más costoso por el enorme
volumen de la documentación, se hizo en los cuatro últimos años de su
episcopado (1857-
61).
Su sucesor, Uriz y Labayru, contestó así, cuando le entregaron unos
documentos sobre el tema del archivo: Nota sobre estos papeles
pertenecientes al Archivo episcopal que se me entregaron al ingreso en
mi Obispado. Para cuando yo vine (año 1861), el archivo se había
trasladado desde el Seminario episcopal al Palacio y se colocó en el
sitio que servía de audiencia, llamado el Tribunal, la parte que cabía,
en estantes que se hicieron al intento y lo restante en dos ángulos de
la solana o corredor encima del Palacio. Al parecer está bien allí,
donde el archivista tendrá cuidado de examinar frecuentemente si se
hacen goteras en los aguaceros, pues no están los papeles colocados en
el nuevo local expuestos a otro peligro próximo, que el de las goteras.
Después de mi ingreso se dio más extensión al archivo de la solana y se
pusieron en estantes nuevos muchos legajos de papeles que se veían en el
suelo y han quedado estantes para los que se vayan acumulando. Pamplona
16 de noviembre de 1864. Pedro Cirilo, Obispo de Pamplona.
8.- El Archivo en el siglo XX
El archivo había quedado bien resguardado en la casa episcopal, pero lo
cierto es que durante medio siglo permaneció allí en el más completo
olvido. No sabemos si hubo archiveros, por lo menos desconocemos sus
nombramientos y sus nombres; no fueron consultados sus fondos para la
investigación, ni siquiera es citado en los minuciosos informes que los
obispos enviaban a Roma sobre el estado de la Diócesis antes de la
Visita ad Límina.
Esta situación cambió con la promulgación del Código de Derecho Canónico
en 1917, con acertadas disposiciones sobre la creación y funcionamiento
del archivo diocesano (c. 375 y ss.).
El obispo López de Mendoza, nombró archivero en 1920, al presbítero
Juan Sarrasín, profesor del Seminario “deseando reorganizar el Archivo
diocesano, en cumplimiento de lo que dispone el c. 375 — 1, le nombramos
auxiliar del Canciller del Obispado con el cargo de prestarle ayuda en
la custodia, orden y catálogo de la documentación del Archivo”. Juan
Sarrasín fue un benemérito archivero durante 20 años; revisó
sistemáticamente el copioso fondo de procesos y proporcionó alguna ayuda
a los investigadores. ¡Lástima que sus apuntes y notas no quedaron en el
propio archivo, donde hubieran sido muy útiles!
9.- Nuevos traslados de los fondos
Sin embargo, aún le aguardaban al Archivo nuevos traslados: El año 1942
“para evitar la posible amenaza de hundimiento que significaba tener
instalado en el cuarto piso de este Palacio Episcopal, el copioso
archivo histórico de este Obispado” Monseñor Olaechea decidió
trasladarlo al nuevo Seminario de Argaray, donde estrenó estanterías
metálicas que aún subsisten.
El traslado y la estancia en el Seminario no fueron beneficiosas para la
documentación: se soltaron muchos fajos, dispersándose los documentos y
algunos fondos se perdieron definitivamente.
Además, el archivo causaba estorbos en su ubicación, por lo que Monseñor
Delgado Gómez, se dirigió al Cabildo Catedral, exponiéndole “ser de gran
necesidad emplear para dormitorios de gramáticos los locales en que está
instalado el Archivo Histórico del Obispado. Por todo ello hemos
determinado trasladarlo de nuevo a lugar más próximo a la Curia
diocesana (…) y creemos que sería local muy a propósito el situado entre
la capilla románica donde tiene sus pinturas Basiano…”.
El Cabildo aprobó por unanimidad la propuesta del Prelado, pero ésta no
se llevó a cabo en los citados locales. En camiones militares y actuando
de porteadores los seminaristas filósofos, el Archivo fue trasladado al
Palacio Episcopal y distribuido entre las dos últimas plantas del mismo
y un sótano húmedo pegante a la muralla. Allí estaría un cuarto de siglo
en precarias condiciones.
10.- Última etapa
En los años 1974-75 comienza la última etapa del peregrinaje
multisecular del Archivo Diocesano de Pamplona. Los responsables de la
Diócesis, con el Arzobispo José Méndez al frente, decidieron solucionar
a fondo los problemas de inseguridad, desorden y precariedad, que el
Archivo padecía desde antiguo. Designaron para sede del mismo, el
pabellón de dos plantas que comunica el palacio episcopal con la
Catedral; el edificio fue reformado completamente, dotándolo de unas
cubiertas seguras y aislamiento de las paredes contra la humedad.
Se acondicionó el interior para contener la documentación presente y
futura, con despacho de los archiveros y sala de investigadores; se
colocaron 2.800 metros de estanterías metálicas que permitieron colocar
en ellas la gran masa de fajos de procesos y cajas de documentos, en
óptimas condiciones de temperatura y humedad.
Más tarde, en 1982 se realizó la microfilmación de todos los archivos
parroquiales de la Diócesis, poniendo a disposición de los genealogistas
este rico fondo documental; para ello se ampliaron las instalaciones del
archivo, ocupando estancias del interior del Arzobispado y dotándolas
del correspondiente material. Solucionado el problema de la seguridad y
ubicación de los fondos documentales, los archiveros comenzaron la
catalogación de los mismos. Esta labor, la más propia y gratificante de
un archivero, ha durado 28 años. En ellos se han elaborado
aproximadamente 210.000 fichas, que sacan a la luz la gran riqueza
documental del archivo.
La Institución Príncipe de Viana acordó la publicación del Catálogo de
procesos, del que han aparecido 26 volúmenes. Todo ello contribuye a
que, después de una historia tan azarosa y dura, al comienzo del tercer
milenio el Archivo Diocesano de Pamplona, cumpla satisfactoriamente sus
dos objetivos: conservar fielmente la herencia recibida de nuestros
antepasados y ponerla al servicio del pueblo cristiano y de la propia
sociedad.
José Luis Sales Tirapu
Director del Archivo diocesano de Pamplona
|