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Fondos del Archivo para la historia menuda de los pueblos
A través de los medios de comunicación, vamos teniendo noticia de lo que
podríamos llamar la historia viva y actual de los pueblos y sus
habitantes; si nos servimos de una hemeroteca, podremos conocer también
la historia de un pasado no muy lejano y si nos adentramos en la
documentación de un archivo, encontraremos datos históricos que muestran
aspectos inéditos de la vida de quienes nos precedieron hace siglos.
Uno de estos archivos, de riquísimo contenido histórico es el Archivo
Diocesano, que en cientos de cajas y miles de legajos, guarda una muy
interesante documentación, relacionada con la vida de las parroquias, a
través de la actividad religiosa de las mismas y que deja traslucir en
buena medida, la propia historia de los pueblos.
A poco que alguien maneje los miles de fichas del ADP o repase los 22
tomos ya editados de su catálogo, puede darse cuenta de que los fondos
de dicho Archivo son una fuente inagotable para el estudio de muy
variadas materias referentes a la historia de nuestros pueblos, villas y
ciudades.
Sin duda la parte más importante del ADP la constituyen los más de 3.000
legajos, correspondientes al fondo de procesos instruidos ante el
Tribunal eclesiástico, para dirimir en su jurisdicción, todos los
pleitos suscitados por motivos relacionados con las parroquias, los
parroquianos y su clero.
Una buena parte de los procesos catalogados, corresponde a la provisión
de prebendas: abadías, beneficios, capellanías, etc. A través de ellos
nos ha quedado por ejemplo, la sucesión ininterrumpida de los rectores
de iglesias parroquiales desde el siglo XVI. En muchos casos, cuando los
vecinos $on patronos de su iglesia, se recogen las votaciones, bien de
manera concejil, con mención expresa de los asistentes al concejo, bien
de manera singular, vecino por vecino, en acta notarial, con alusión
incluso al nombre de la casa por la que emiten el voto.
Esto nos permite conocer con frecuencia las denominaciones de los
domicilios vecinales, a veces cambiantes en cada generación, a veces
mantenidos prolongadamente durante muchos años. En ocasiones el nombre
se tomaba del propio dueño de la casa (Simonena, Pedronecoa, Lorencena);
en otros casos era el apellido el que prevalecía (Elizalderena,
Munarricena); también se echaba mano de un apodo (Pedrolucea,
Beguichiquirena) o de la situación (Beiticoapezarena), o del oficio del
dueño (Arozarena, Surguincorena). Puede verse también la evolución de
estos vocablos, que al perderse el habla vascongada en lugares donde
estuvo vigente, se han ido simplificando hasta quedar irreconocibles.
1.- Elección de abad
La mayor parte de los pueblos eran "patronos de su iglesia" y a ellos,
es decir, a sus vecinos, correspondía elegir al que iba a ser su abad
(párroco), para presentarlo ante la autoridad eclesiástica, que lo
aceptaba y daba el nombramiento oficial y real. Por eso, uno de los
bazarres o concejos más importantes que tenían lugar en el pueblo era el
convocado para elegir al candidato aspirante a ocupar el cargo de rector
de su parroquia. El acta notarial de tal sesión, comenzaba con los
formalismos de rigor; tras citar el pueblo y la fecha, el escribano
continuaba: “reunidas en el lugar donde tienen por costumbre
ajuntarsepara expedir y librar los negocios tocantes a dicho concejo, se
hallaron presentes”, etc., y se mencionan con el nombre y apellido (a
veces también con el apodo) todos los asistentes, finalizando con la
fórmula habitual “todos vecinos concejantes, según dijeron de las tres
partes dellos las dos y más”, indicando luego que su iglesia parroquial
está vacante por muerte o cese de su último poseedor y presentan para
cubrir el puesto a X. X, clérigo de reconocida virtud y buenas
cualidades, para el que solicitan la adjudicación correspondiente.
Las mujeres también votan
A estas sesiones concejiles acudían a veces algunas dueñas de casa, que
por su condición de viudas, tenían derecho de voto y lo emitían mezclado
con el de los varones. Un caso distinto se puede ver en las votaciones
para elegir abad de Irurre el año 1589; el acta notarial recoge los
nombres de una treintena de vecinos asistentes al concejo y finalizado
el acto, comparecen ante el escribano seis mujeres, de ellas tres viudas
y otras tres como propietarias de sus casas, las cuales dan su voto a
uno de los aspirantes a la abadía.
(Catálogo ADP, Tomo n, n° 842)
El derecho de voto
No todos los habitantes del pueblo tenían derecho de voto, sino sólo los
vecinos, dueños y propietarios de una casa que cumpliera estos tres
requisitos: que tuviera una extensión de 10 codos en ancho por otros 10
en largo (esta condición quedó suprimida posteriormente); que dispusiera
de un fogón o lugar donde hacer fuego y que tuviera puerta a la calle.
Pero todo esto daba ocasión en la práctica a situaciones muy complejas,
sobre todo cuando eran varios los candidatos aspirantes al cargo y los
votos se dividían entre ellos. En este caso era precisa una minuciosa
verificación o comprobación de los votos emitidos, lo que se llevaba a
cabo por unos jueces imparciales, quienes dictaminaban la validez o no
de dichos votos.
Estos procesos que a veces duraban más de un año, son muy ricos en
escrituras de todo tipo: contratos matrimoniales, testamentos,
donaciones, etc., presentadas para probar la propiedad del votante sobre
el edificio y el reconocimiento de sus propietarios.
En tales casos aparece clara la habilidad de las personas para saltarse
las normas: si el propietario de una vivienda tenía varios hijos mayores
de edad y poseía algunas "bajeras" (corrales, pajares, etc.) se las
arreglaba para hacer algún día fuego en un rincón, dejando unos restos
de humo y ceniza que pudieran ver los verificadores, y mostrar así que
el tal cubierto cumplía las normas establecidas, emitiendo el voto por
él alguno de sus hijos. En otras ocasiones, los dueños viejos de la casa
y el matrimonio joven que con ellos habitaba, emitían votos
independientes por la misma vivienda.
Esto traía consigo que numerosos votos fueran impugnados y la labor de
los verificadores se hacía alargar. Pero a través de procesos de este
tipo, ha quedado buena parte de la historia menuda de muchos pueblos.
2.- El juego de los aspirantes
Generalmente los candidatos aspirantes al
cargo de abad o beneficiado de una parroquia, eran nacidos en el pueblo,
conocedores por tanto de las personas y sus casas. Cuando era uno solo
el pretendiente, la cosa se solucionaba con relativa prontitud, porque
recibía el voto de todos sus paisanos. La cosa se complicaba, si eran
dos o más los que aspiraban al cargo. Cada uno tenía su grupo favorable
de vecinos que le apoyaban, pero necesitaba ganarse el mayor número
posible de votos y tenía lugar lo que hoy llamaríamos "la campaña
electoral", en la que a las veces trataban los candidatos de sumar
votantes por medios no demasiado ortodoxos
El año 1624 había quedado vacante la parroquial de Muzqui, por muerte de
Sancho Martínez de Elizalde. Aspira a sucederle su sobrino Martín
Martínez de Elizalde, pero hay otro clérigo del pueblo, Juan de Arriba,
que tiene el mismo deseo y los votos de los vecinos se dividen entre
ambos. Cada uno de ellos trabaja el asunto como puede para ganarse
votantes y los dos tratan incluso de atraerse algunos, mediante pequeños
favores o dádivas. Las declaraciones testificales, ponen al descubierto
esas actuaciones un tanto incorrectas.
Una testigo partidaria de Juan de Arriba, manifiesta que en la casa del
contrincante, Martín de Elizalde, le habían dado una camisa a un vecino,
y a una vecina llamada Quiteria de Iruñela, le había dado la cuñada de
don Martín, María de Arteaga, una sábana para que el día de San
Sebastián, que es día en que concurre muy gran concurso de gente al
dicho lugar, por respecto de una capilla devota que hay en la iglesia,
de la vocación del glorioso San Sebastián, adornase y cubriese su cama,
como lo había hecho; y por lo mismo se acuerda esta testigo, que a pocos
días después de lo arriba dicho, estando asimismo esta testigo con
Gracia Sanzy otras a la puerta de Martín de Garísoain, como la dicha
Quiteria de Iruñela, su mujer, habiendo tenido noticia que el dicho
bachiller Elizalde estaba mudando vino, se fue con un jarro y volvió
diciendo que aunque llevara un cántaro le hubiera llenado el dicho
bachiller Elizalde, porque había mandado lo hiciese así, al hombre que
en ello trabajaba y del que así trajo, les dio de beber así a esta
testigo como a las demás que allí se hallaron, con que se despidieron.
Ingenua pero significativa declaración. Claro que también por la otra
parte hubo algunos detallicos: De Juan de Arriba dicen los testigos que
a dos vecinos les prestó varios robos de trigo y a otro le prometió que
a su hijo le haría beneficiado”
En esta ocasión fue Juan de Arriba el que ganó la abadía, pero a su
muerte, acaecida siete años más tarde, entró de abad su anterior
opositor, Martín de Elizalde, cargo que ocupó por veinte años. (Catálogo
ADP, Tomo 8 - n° 1.131)
Un caso similar en Viguria
El año 1683, había quedado vacante la parroquial de este lugar, por
muerte de Martín de Vergara Gabiria. Optan al cargo dos candidatos, uno
de Es-ténoz, Fernando Martínez de Elizalde y otro de Muzqui, Pedro
Martínez de Elizalde, que aunque poseían al mismo apellido no eran
parientes cercanos.
Del primero de ellos, dice una testigo, que había pagado algunas deudas
e invitaba a algunas mujeres que tenían voto en Viguria, para que
votasen por él; un día invitó a María de Arraiza a comer en su casa y
otra vez fue con ella y con Juana de Espoz a las viñas, con una empanada
de codornices. Gestos sencillamente ingenuos de aquellos clérigos que
buscaban granjearse la amistad de unas mujeres para lograr su voto o el
de sus maridos y poder obtener el cargo parroquial. (ADPC/1.328-n°18)
3.- Rivalidades por precedencias
Sin salimos del tema religioso o
parroquial, podemos ver otra página de historia menuda de nuestros
pueblos que aflora a través de múltiples procesos del ADP. Es el tema de
las precedencias.
Se puede decir que siempre ha existido en el ser humano el afán de
sobresalir, de ir o estar delante de los demás; el tener algún favor o
privilegio respecto de sus congéneres, el ocupar puestos destacados en
reuniones o actos públicos, etc. Conocida es la tradicional división
social de muchos pueblos, en hidalgos y labradores o pecheros.
También este aspecto ha perdurado durante siglos en la Iglesia, que no
ha fomentado en la práctica la plena igualdad y fraternidad entre los
hijos de Dios, consintiendo en que las diferencias sociales o económicas
se reflejaran incluso en el templo. Por esta causa no son pocos los
procesos entablados para poner las cosas en su orden, cuando alguien se
sentía postergado en sus preferencias.
Casos concretos Burguete, 1715
El resumen de un proceso llevado a cabo en Burguete por este motivo,
viene a decir que la casa llamada de Martín Royo en dicha localidad,
gozaba de ciertas preferencias sobre otras casas y esto se manifestaba
también en la colocación más adelantada a la hora de formar la procesión
litúrgica.
Un domingo en que se celebraba la Misa llamada de Minerva, acostumbrada
en todas las parroquias, en la que tenía lugar una procesión con la
custodia por el interior del templo, una mujer llamada Ana de Azanza,
trató de anticiparse en la fila procesional a su convecina Estefanía
Burges, mujer de Francisco de Landarte, que eran dueños de la arriba
citada casa de Martín Royo y debía llevar las precedencias.
En el pleito consiguiente por tal motivo, Estefanía Burges acusa a su
contrincante de haberle propinado un "puntillón" y decirle que le iba a
dar un "pescozón".
Parece que la quejante, al finalizar la procesión, advirtió severamente
a la entrometida, que antes de dejarle el sitio, le hubiera rompido los
monos.
Así se las traían aquellas mujeres por el simple hecho de situarse una
delante de la otra.
(Catálogo ADP, Tomo 22 - n° 519)
Ilúrdoz, 1656
Posiblemente eran mayoría los pueblos donde no había vecinos
privilegiados que tuviesen derecho a gozar los primeros puestos en la
iglesia, en las procesiones, o a la hora de hacer la ofrenda y recibir
la paz. En estos casos, por tradición y costumbre asentada, el orden se
establecía por "antecasados", dando ocasión a tumultos en la iglesia,
cuando tal costumbre no era respetada.
Así ocurrió en Ilúrdoz, en una fiesta de la Ascensión. Pocos días antes
había contraído matrimonio un hijo de la casa Paulorena, al que sus
padres le hicieron heredero; al entrar a la misa popular el joven
desposado, se quiso colocar en lugar preferente, respecto de los demás
vecinos, al parecer por indicación del propio párroco. A tal punto llegó
la indignación de los vecinos, que atrepellaron a su abad y se salieron
todos de la iglesia, obligando incluso a las mujeres a hacer lo mismo.
En el proceso que se entabla por esta causa, los vecinos defienden que
en Ilúrdoz, las preferencias son por antecasados y si en una casa hay
dos matrimonios, sólo tiene preferencia el más anciano.
Poco a poco las actitudes se sosiegan y llega la paz.
(Catálogo ADP, Tomo 16 - n° 314)
Subiza, 1660
El dueño de la casa Garchotena de Subiza, llamado Juanes de Añorbe,
pleitea contra su convecino Juanes de Yárnoz, porque el primero de ellos
y su casa, están desde tiempos antiguos en posesión de ocupar el primer
puesto al hacer la ofrenda en la misa y al organizarse las procesiones,
todo a continuación del palaciano, que es el que tiene las preferencias.
A pesar de ello, Yárnoz en alguna ocasión ha obstaculizado a Añorbe en
dicha posesión y lo ha hecho no sólo intencionadamente, sino hasta con
fuerza y violencia, pretendiendo además que él es hidalgo, como
descendiente del palacio de Yárnoz, cuyo escudo de armas tiene en su
casa mientras que la de Garchotena —dice- no tiene escudo, sino unas
rayas que hizo el cantero al construirla. También en este caso, después
de la discusión, vino la calma y el arreglo. (Catálogo ADP, Tomo 16 - n°
605)
4.- Precedencias clericales
No sólo los seglares peleaban por los primeros puestos y hacían valer
sus ventajas preferenciales; también los clérigos tenían idénticas
apetencias, especialmente cuando eran varios los que actuaban juntos en
celebraciones litúrgicas y discutían sobre quién debía presidir y en qué
orden se debían colocar.
El rector de Gollano
La parroquial de Gollano era desde antiguo una iglesia colegial, con
distinguidos privilegios en relación con las demás. Esto lo sabía muy
bien su rector Juan de Goñi, que pretendía recibir los honores, incluso
de sus colegas de otros lugares, aun en las parroquias de éstos. Así el
año 1665, se celebraba un cabodeaño en Baríndano y al tratar el rector
de ocupar el primer puesto, el sitio preferente en el coro, sus
compañeros no lo consintieron, por lo que ante la insistencia de Juan de
Goñi, le amenazaron con sacarle de la iglesia por la fuerza. Tanto
molestó esto al de Gollano, que promovió pleito en las Audiencias
eclesiásticas, contra todos los abades de la Améscoa Baja.
El largo proceso contiene abundantes declaraciones testificales y aporta
copia de pleitos anteriores sobre el mismo motivo, con las sentencias en
ellos pronunciadas, etc. El rector por su parte expone y enumera las
glorias y privilegios de su iglesia colegial, que acreditan las
preferencias que él debe gozar, en tanto que sus contrarios minusvaloran
tales prerrogativas.
(Catálogo ADP, Tomo 13 - n° 1.720)
Los conventos de Estella
Estos aires de orgullo mundano, llegaron a contagiar también a los
religiosos de los conventos y salían a relucir en ocasiones singulares.
En Estella tenían lugar en fechas señaladas, unas procesiones generales,
en las que participaban los religiosos de los tres conventos existentes
en la ciudad: La Merced, San Agustín y Santo Domingo.
Por causas que no se citan, los de la Merced habían dejado de asistir a
tales procesiones durante los últimos 70 años, cuando en 1657 pretenden
reanudar la antigua costumbre y participar en la que en ese año organizó
la Ciudad, pero quieren situarse en lugar preferente, a la derecha de
los Dominicos. No consienten en ello los de San Agustín, alegando su
mayor antigüedad y al llevarse pleito por tal motivo, la sentencia da la
razón a los Agustinos, que habían presentado escrituras de diversas
donaciones desde el siglo XIV.
Numerosos procesos han quedado en el Archivo Diocesano relacionados con
el uso y aplicación de las preferencias. (Catálogo ADP, Tomo 16 - n°
386)
5.- Temas de caza
Cambiando radicalmente de tema, diremos
que no son pocos los procesos en los que salen a relucir asuntos de
caza, relacionados generalmente con clérigos que a ella se dedicaban a
pesar de las prohibiciones que en las Constituciones sinodales se habían
promulgado.
Cuando en algún pueblo tenían quejas contra su abad, bien por falta de
atención a sus feligreses, bien porque su carácter y modo de comportarse
cho-
caba con los vecinos o dejaba que desear en su conducta, no acorde con
su estado sacerdotal, era acusado ante el fiscal del obispado, que
incoaba proceso contra el susodicho, presentando una exposición de los
hechos y un articulado, al que luego se aportaban las declaraciones de
los testigos.
Era en estas ocasiones, cuando aparecían expuestos los pecadillos del
procesado, al que se amonestaba o castigaba, si había motivos, o en caso
contrario era absuelto de las acusaciones y multado el denunciador.
En documentos de esta clase, se ven con cierta frecuencia, denuncias de
clérigos aficionados a la caza. Son un centenar largo de procesos, que
aportan abundantes datos sobre la materia: caza de perdices, codornices,
palomas, conejos; caza con trabucos, cepos, lazos; perros de caza,
accidentes, reyertas; caza en tiempos de veda, etc.
Algún caso significativo
Izalzu
Tal puede ser el de un clérigo vicario de la parroquial de Izalzu, Juan
Gorría, que allá por el año 1582, fue presentado para dicho cargo por
los propios vecinos y ratificado por el abad de Leire. Con el tiempo
parece que fue desatendiendo a la feligresía y distanciándose de sus
fieles, por lo que éstos tratan de removerlo de la parroquia para
nombrar a otro que les atienda mejor.
En las acusaciones que ponen contra su vicario, al incoar proceso contra
él, dicen que hace muchas faltas de la parroquia, que se le han muerto
algunas personas sin recibir los últimos sacramentos, que es muy
revoltoso, colérico y soberbio y trata mal a los vecinos. Dicen asimismo
que tiene costumbre de ir a la caza de perdices de día y de noche y con
frecuencia va camuflado, tapado con una manta colorada, con unos cuernos
y un cencerro, como si fuera un buey.
Así lo cuenta un testigo que declara en el proceso el día 7 de febrero,
Re-món de Joanet, vecino de Izalzu. Dice que “hace un mes poco más o
menos, andando este testigo a caza de perdices, de a distancia de cien
pasos, vio que también andaba a caza ¿ellas, en unas piezas que están
junto al vedado de Eguibe-rría, que son términos de la villa de
Ochagavia y de Izalzu, alguna persona, la cual andaba cubierta con una
manta colorada y puestos unos palos en la cabeza a manera de cuernos y
aunque no vio ni conoció quien fuese tal persona, pero tiene para sí y
por muy cierto, que era el dicho D. Miguel Corría, tanto por la fama que
hay en el dicho lugar de que fuera a andar en la dicha forma a caza de
perdices, como porque le ha visto ir a ella llevando consigo una manta
colorada”
Son varios los que testifican contra el vicario. Una mujer dice que
”varias veces le ha encontrado andando a caza de perdices por los montes
de la villa de Ochagavia y del lugar de Izalzu, llevando consigo un
perdigón y un perro” y en el monte de Ezcároz le encontró “andando a
caza de perdices cubierto con una manta colorada, llevando en la cabeza
unos bultos a manera de cuernos”
No deja de ser curioso el disfraz. En cualquier caso, el hecho denota la
existencia normal de perdices en una zona tan cercana a los Pirineos.
(Catálogo ADP, Tomo 2 - n° 191)
Perdices en Arrieta
También a tierras norteñas se refiere otro proceso llevado contra un
estudiante de Arrieta, Juan de Arrieta, el cual acusó a Juanes de
Abaurrea, resi
dente en el molino de Saragüeta, de haber robado una perdiz de los
lazos. Era el año 1636 y el caso muestra tanto la existencia de la roja
gallinácea por este paraje, como el sistema de cazarla con lazos.
(Catálogo ADP, Tomo 12 - n° 528)
Otro disfrazado de buey. Induráin
A semejanza del caso expuesto poco antes, también en Induráin acusan en
1614 a un clérigo de este lugar de “ir a caza de perdices, disfrazado de
buey, con una manta roja, cuernos y cencerro, lo cual está prohibido por
las leyes del Reino”.
Posiblemente, lo que hacían algunos clérigos, acostumbrarían también a
hacer los paisanos, sabedores de que las perdices no se asustaban de los
animales que estaban paciendo.
(Catálogo ADP, Tomo 7 - n° 1.718)
Choza-confesonario
Fernando Martínez de Elizalde, atendía el servicio pastoral de Viguria
en 1683; también él era aficionado a la caza, sobre todo a la caza de
palomas en su período de pasa. En un montecillo cercano al pueblo, había
preparado una choza construida con ramajes, donde él se ocultaba,
pasando sus buenos ratos a la espera de las aves. Como sus fieles lo
sabían y él lo aceptaba, a veces la choza hacía de confesonario.
Con la intención de dejar en ella sus pecados, se acercó un muchacho
llamado Lorenzo de Azanza y tuvo que esperar a que le dejase el sitio
otro mozo que había ido con la misma finalidad. Cuando el bueno de
Lorenzo estaba declarando sus faltas, he aquí que por la "tronera" vio
posarse una "charra" entre las ramas de un roble y el confesor, que
también se dio cuenta de ello, preguntó de qué ave se trataba; pero la
"charra" suspicaz, algo notó y se voló, con lo que siguió la confesión.
Así pues don Fernando, que era cazador de aves, resultó cazador de
pecadores.(Catálogo ADP, Tomo 20 - n° 294)
6.- Los juegos
En parroquias algo crecidas, solían ser varios los clérigos existentes:
el abad o el vicario con cura de almas, es decir con obligación de
atención pastoral, y dos o más clérigos llamados beneficiados, que no
necesariamente eran sacerdotes, sino ordenados de otras órdenes menores,
cuya tarea era la de participar y solemnizar los actos litúrgicos.
Es lógico que tras las celebraciones litúrgicas, les quedase tiempo para
sus ocios y entretenimientos. A veces se reunían en alguna casa
particular, otras lo hacían en lugares públicos o frecuentados por los
seglares y dado que esto último lo tenían prohibido los clérigos por las
normas eclesiásticas, solía ser motivo añadido de acusación ante el
Tribunal, cuando por otras razones, estaban descontentos los feligreses
de su ministro.
Son numerosos los procesos del Archivo Diocesano, casi un centenar, en
los que aparece el tema de los juegos, descubriendo un modo concreto de
diversión en tiempos pasados.
Un grupo especial y también numeroso de procesos, es el que se refiere
al juego de pelota; distintas modalidades, apuestas de dinero, reyertas
por inconformidad con los "jueces", etcétera.
Pero vamos aquí a destacar otra clase de juegos, en los que también se
ejercitaban los clérigos y por lo que eran objeto de denuncia ante el
Tribunal, por parte de sus fieles. Naturalmente eran diversiones en las
que la gente entretenía sus tiempos de ocio, especialmente en los días
festivos, pero que en los clérigos no estaba bien visto que los
practicasen al aire libre o en locales públicos y menos cruzándose
dinero en apuestas
A dos grandes grupos de juegos se podrían reducir los que se mencionan
en estos procesos: juegos al aire libre, como la calva, el tejo, la
barra, los bolos, el cosque, etc., y juegos en locales cerrados: entre
estos principalmente los juegos de naipes: la carteta y el parar, el
zacanete, la pinta, el mus, las quinólas, y otros de distinta clase,
como el villar o los trucos, las damas, el matacán. Todo lo cual podría
dar pie a profundizar en el costumbrismo y etnografía de nuestros
pueblos.
Unos casos concretos Puente la Reina
Allá por el año 1614, vivía en Puente la Reina un clérigo de epístola,
al que acusan de tener una afición desmedida al juego de naipes, en el
que gana dinero un tanto tramposamente, usando barajas marcadas, “con
naipes floreados y cercenados y otras señales muy prohibidas… también
juega a juegos prohibidos, como la carteta y el parar”.
La acusación viene directamente de Clara de Viguria, a cuyo marido, Juan
de Arraiza “le ha ganado en una o dos sentadas hasta setenta y tres
ducados... y ansí la suplicante como sus hijos y familia han de padecer
mucho trabajo y necesidad a falta de sustento y pasa mala vida con el
dicho su marido”
Manifiesta la acusadora que el juego había tenido lugar en una casa
particular, cuyo dueño, después del juego, se guardó parte de la baraja
floreada con que le había ganado el dinero y pide que el comisario, al
que se encargue de llevar el pleito, le obligue al dueño de la posada a
entregar la parte de dicha baraja que se quedó, para que se descubra la
verdad.
El acusado naturalmente niega los hechos y presenta algunos testigos a
su favor; pero el clérigo es puesto en la torre episcopal y obligado a
devolver el dinero.
(Catálogo ADP, Tomo 4 - N° 557) Otro caso en Valtierra
Por las mismas fechas, en 1613, un beneficiado de Valtierra, el Lie. Ar-mañanzas,
es también acusado de tener excesiva afición a los naipes y de que en
una ocasión “jugando a Primera, jugó ilícitamente con más naipes de los
que podía y ganó mucha suma de dinero... siendo ello fullería y debía
restituirla... y dio lugar a riñas y pendencias y mucho escándalo, y
porque se callase dijo a uno de los que jugaban con él que callase y le
volvería su dinero”
También juega a la carteta, a los dados y otros juegos, como las
quínolas y la polla y en ellos juega todo el dinero que puede.
En la declaración testifical figura como testigo un tal Joan de Azedo,
que describe la partida contenciosa, en la que él mismo intervenía. Dice
así: “jugando un día a Primera este testigo y Julián de Arana y Jaime de
Morales en casa de Bernardo de Miranda, echaron los restos-en una mano y
el Lie. Armañanzas, acusado, que era el cuarto, entró también en esta
mano y hizo primera y antes de enseñarla vio este testigo que tenía
cuatro naipes en la primera y otro puso callando con los descartados y
así con la dicha primera llevó el dinero del resto que iba en la dicha
mano y como vio este testigos que el dicho acusado, teniendo cinco
naipes había llevado la mano, se levantó y dijo que no quería jugar más
por no tener pesadumbres y que después oyó este testigo que el dicho Lie.
había dicho y confesado que con cinco naipes había ganado dicha mano y
que esto el dicho Lie. no lo pudo hacer y en conciencia lo debía
devolver”
El clérigo Armañanzas presenta también testigos a su favor; uno de
ellos, Francisco de Amátriain, declara que ha jugado en algunas
ocasiones con el beneficiado al juego de primera y al de la polla, pero
que “eljuego era muy corto y entretenido, porque se jugaba de nueve
tantos el real y de dos maravedís el tanto”
Dice también que en la jugada contenciosa, corrió la voz entre la gente,
que en efecto, el Lie. se había hallado con cinco naipes y que había
echado el naipe sobrante en la mesa; que no fue el acusado el que
“partía el naipe en esta mano, sino que se lo dieron a descuido y
después oyó decir a uno de los jugadores, que al dicho Morales le había
devuelto su parte de dinero”. El proceso parece que no llegó a
sentenciarse, pues no ha quedado la decisión final. (Catálogo ADP, Tomo
7 - n° 848) En Mendigorria
Otro clérigo, beneficiado de Mendigorria,
Juan de Ciordia, tenía también las mismas aficiones lúdicas, hasta el
punto que incluso dejaba de asistir a sus obligaciones beneficíales, por
no interrumpir el juego.
Así lo exponen sus acusadores en el proceso que se lleva contra él en el
Tribunal eclesiástico, el año 1616: dicen que acostumbra a jugar “a
juegos de naipes, como es alas quinólas y primera y otros juegos
prohibidos...y cantidad mayor que la permitida y también al chilindrón y
otros juegos” Los testigos de su contra ponen el caso concreto de que en
una ocasión, cuando estaba jugando, vinieron a llamarle para que fuera a
vísperas, diciendo que le aguardaban sus compañeros y él respondió que
no podía ir y que las dijeran ellos.
Esta vez la sentencia le conmina severamente a que en adelante no se
entretenga en tales juegos. (Catálogo ADP, Tomo 11 - n° 315)
Jugando al mus
El incumplimiento de algunas normas por parte de personas eclesiásticas
y su consiguiente denuncia ante los tribunales del Obispado, ha hecho
que nos queden datos concretos de interés para la etnografía y el
costumbrismo, relacionado con los tiempos pasados.
Siguiendo con el tema de los juegos de naipes, encontramos el caso de
una partida de mus, en la localidad de Barásoain, mediado el siglo XVIII,
en la que hubo una jugada conflictiva que dio origen a una pendencia. En
ella interviene el clérigo de epístola y sacristán de la parroquial de
Barásoain, D. Pedro Pagóla.
En la presentación del proceso, se expone que el día nueve de noviembre
de 1740, el citado clérigo estuvo jugando a naipes con unos vecinos, en
casa del cirujano Francisco de Arricibita y “sobre una jugada que llaman
mus, el acusado tuvo un altercado y sin motivo alguno, dieron una
bofetada a Pedro Abadía, residente en dicha villa y sin embargo de haber
mediado un vecino, no pudo contener al dicho Pagóla, pues luego cogió
una escopeta que estaba en el mismo cuarto y tomándole del cañón, quiso
maltratarle con ella, lo que hubiera ocurrido de no haber intervenido
algunos asistentes... y huyó de dicho cuarto dejando su capa”
El procurador encargado de llevar el pleito por parte del clérigo,
suaviza un tanto la escena, en lo referente a la actitud del acusado,
destacando en cambio los malos modos de su contrario.
Dice en efecto, que un día “D. Pedro Pagóla con unos vecinos de la
villa, se reunieron a jugar a naipes en casa de Francisco Arricibita,
cirujano y llegó a ella Pedro Abadía, cortador, con otro y dijo si
querían jugar dos pintas de vino y mi parte [el acusado Pagóla],
habiendo aceptado, jugó la una a Pedro Murillo, vecino, al juego que
llaman mus y luego del mismo prosiguió la otra con dicho Pedro Abadía, a
lo que serían las ocho de la noche poco más o menos y sobre haber sido
embidado al chiquito que llaman y haber de dar mi parte el naipe,
recogió a la baraja los suyos y dos de los cuatro del dicho Abadía, sin
acordarse mi parte de dicho embite y el expresado Abadía con los otros
dos naipes quiso jugar y jugó al dicho chiquito y tirar el embite, a que
mi parte le dijo que no era válida la jugada, pues con dos naipes solos
no se puede hacer jugada ninguna y que sobre todo lo determinasen los
encimeros y que si decían ganaba los tiraría, todo lo cual repitió mi
pane muchas veces... y sin embargo de lo expresado, dicho Pedro Abadía,
inquieto y airado, prorrumpió diciendo no había de salir mi pane con lo
que quería, demostrando su cólera con bufidos y diablos, con muchísima
repetición, a que mi parte con todo buen modo le dijo que los bufidos y
diablos los tuviese para él y su mujer, y levantándose el dicho Abadía,
con la misma y mayor cólera, dijo que también para mi parte los tendría”
Un poco largo el texto literal, pero recoge claramente la situación del
caso: el juego del mus, las pintas de vino, los embites al chiquito, los
encimeros, la discusión, etcétera.
Seguro que el clérigo no se quedó sin una seria amonestación, para no
enzarzarse en peleas vecinales por causa del juego a naipes. (Catálogo
ADP, C/ 1.574 - n° 7)
7.- Toros
Uno de los divertimentos tradicionales, al
menos en poblaciones de cierta consideración, han sido a lo largo de los
tiempos, las corridas de toros, en alguna de sus múltiples variantes; y
aunque pudiera parecer extraño, ha quedado de ello constancia en
numerosos procesos del Archivo Diocesano.
Unas veces las referencias son por celebrarse tales corridas en fiestas
religiosas: en Barásoain por san Bartolomé, en Peralta por san Juan, en
Azagra por san Esteban, en Valtierra por san Ireneo, en Falces por la
fiesta de la Ascensión, etc.. En otras ocasiones la mención llega por
denuncias a clérigos que tenían afición desmedida a esos espectáculos,
en los que algunos de ellos intervenían activamente.
De un clérigo beneficiado de Oteiza, Lázaro Ruiz, se dice en 1634, que
fiíe a una corrida de toros en Estella y él mismo estuvo toreando al
toro con capa, hasta que lo cogió y arrastró, rompiéndole la sotanilla.
En Sesma se acusa en 1701 a otro clérigo beneficiado llamado Joseph
Alonso, entre otras cosas, de que un día en que se corrían toros, salió
a la plaza con una montera de plumas.
En 1699, al abad de Beruete, Antonio Remírez de Metauten, que llevaba
una vida poco acorde con su profesión sacerdotal, entre otras cosas le
acusan de que en las mecetas de Jaunsaras, un día que se corrían
novillos, anduvo toreando a caballo, tocado con una monterilla vieja y
con medias de colores.
Toros en Aoiz
Ampliando un poco más el tema, recordamos un proceso llevado contra el
alcalde y jurados de Aoiz el año 1614, porque “estando prohibido por
leyes drechos y constituciones de este Obispado que no se puedan correr
toros en días de domingos y fiestas de guardar, los dichos acusados,
pospuesto el temor de Dios nuestro Señor y de la justicia... el domingo
último pasado que se contaron veinte y nueve de septiembre, corrieron
toros en la plaza pública de dicha villa, habiendo hecho para ello
barreras y corro en forma, de manera que el dicho día los estuvieron
corriendo desde después de comer hasta la tarde donde hubo heridos y
"escalabrados" de los dichos toros y por la dicha causa y por asistir a
ver los dichos toros, no quisieron ir los clérigos y beneficiados de la
dicha villa a vísperas, en grande nota y murmuración de los vecinos y
para que adelante se quiten y eviten semejantes inconvenientes, suplica
aV. M. mande recibir información de lo susodicho y prender y castigar a
los acusados conforme la gravedad del delito”..
Esta querella es presentada por el fiscal ante el procurador
eclesiástico.
La respuesta de los acusados, así como las declaraciones de los
testigos, completan la información sobre el tema.
Dicen los primeros en su defensa “que todos los años dicho día de san
Miguel es costumbre muy antigua en la dicha villa, correrse algunas
vacas o bueyes ensogados para solemnizar su fiesta, por ser la
advocación del lugar y fiesta que especialmente se señalan en celebrarla
los vecinos, sin que por ello entiendan incurrir en pena ni contravenir
a leyes ni constituciones, y continuando en dicha costumbre, se
corrieron unos bueyes y vacas dicho día, sin que fuese corrida de toros
de propósito”
Añaden que fueron los vecinos por su cuenta los que organizaron el
espectáculo, sin haber intervenido sus autoridades (alcalde y jurados),
quienes por tanto no han delinquido y “que el haber cenado el corro fue
para que con mayor quietud se corrieran y no anduvieran por todo el
lugar”
Algunos testigos dicen que se corrieron en “la plaza pública de la
villa, llamada Mendiburua y se hicieron para ello unas barreras
ordinarias en los cuatro portales que hay en la plaza, con unas puertas
viejas y otros maderos; los toros se corrieron desde la una después de
medio día hasta la tarde.”
Un testigo dice que se corrieron “los bueyes y vacas de las que tien'e
compradas el carnicero que provee la carnicería”, porque cuando
arriendan la carnicería, el rematante se obliga a dar al regimiento una
corrida de toros que se acostumbra a celebrar el día de san Miguel por
la tarde, hasta casi ponerse el sol. En la de este año salió herido el
teniente de almirante, Miguel de Alfaro, porque uno de los toros, “le
dio por debajo de las piernas de que dijeron le había sacado el dicho
toro o boyaron mucha sangre”. (Catálogo ADP, Tomo 11 - n° 99)
Toros y toreros en Estella
No sé si hay muchas o pocas noticias de toreros en activo a
principios del siglo XVII, pero por un proceso del AD, conocemos a dos
de ellos que actuaban en Estella por las fiestas de san Juan. Sus
nombres son Pedro de Cegama y Tomás Coronel, que parece eran feligreses
de la parroquia de san Juan y se quejaban de que los toros entraban en
la casa vicaria!, donde algunos clérigos los picaban con garrocha,
dejándolos muy maltratados.
Es largo y detallado el informe que presenta en la cabecera del proceso,
el escribano Fermín de Arellano, que a su vez era regidor de la ciudad,
para describir el estado de la cuestión, acusando a dos clérigos de
tener abierta la puerta de la casa del vicario de san Juan, a la que
entraban los toros y eran picados y maltratados por los acusados, que
eran dichos dos clérigos.
Era el año 1600 y dice el escribano que “el día veinte y seis de junio
pasado, en la parroquia de san Juan y plaza del mercado, se dio una
corrida de toros en honor y regocijo de la fiesta de san Juan, como se
acostumbra otros años y la dieron Pedro de Cegama y Tomás Coronel,
toreros de la dicha parroquia y a ver los toros concurrió mucha gente y
el alcalde y regimiento también fueron a verlos en cuerpo de ciudad, a
la casa de Joan de Ástizy estando en la dicha casa, antes que sacasen
ningún toro, acudieron los dichos toreros a pedir al alcalde y ciudad
para que nadie maltratase a los dichos toros y así el alcalde mandó a
Joan de Bo-na, nuncio y pregonero que pregonase como pregonó que nadie
fuese osado de maltratar a los toros ni echar mano de espada contra
ellos”.
A pesar de esto, sigue diciendo el cronista, que la casa del Licenciado
Muez, vicario de la parroquial de san Juan, tenía abierta la puerta de
la entrada y por ella entraban los toros, a los que varios clérigos
detenían y maltrataban por lo que “no gozaban los que estaban en la
plaza de los dichos toros”. En esta situación, “acudieron los toreros al
dicho alcalde y ciudad a pedir que mandase cerrar la dicha puerta” y fue
enviado el escribano Miguel de Falces con un recado de parte de la
ciudad al vicario, para que tuviese a bien cerrar la puerta contenciosa,
a lo que el vicario respondió que también el alcalde y regidores,
cerrasen la puerta de la casa en que estaban y entonces él cerraría la
suya.
Entre los clérigos se hallaba Remiro de Unzué, el cual “salía en cuerpo
con un palo largo a picar a los dichos toros juera de la casa y entrada
del vicario, a los cubiertos hasta los soportales, viendo todos los que
estaban en las ventanas y plaza de la ciudad y por haber picado uno de
los dichos toros con la dicha garrocha en los soportales, el dicho toro
arremetió tras el dicho D. Remiro y le fue forzoso huir de él corriendo
y así tras él entró dentro de la dicha entrada el dicho toro”
Uno de los testigos declarantes es precisamente el torero Tomás Coronel,
que dice ser de veintiocho años y afirma que él y Pedro de Cegama,
dieron una corrida en la plaza pública de san Juan, con asistencia del
alcatcíe y regimiento; narra lo expuesto anteriormente; luego añade que
un toro entró dentro de la entrada de la casa del vicario y a un
aposento que también para ello tenían abierto y allí “le picaron de
manera que salió muy perdido y maltratado, tanto que la gente que lo vio
dijeron que era muy gran bellaquería lo que se hizo en la dicha casa”
El proceso termina con una sentencia de severa amonestación a don Remiro
de Unzué para que viva honesta y recogidamente conforme a su hábito
sacerdotal “y no se atreva temerariamente y con poca consideración a
salir a picar los toros, por demás del peligro en que pone su vida,
causa mucha murmuración y escándalo”. Se le condena a tres meses de
intrusión, uno en la Catedral y dos en su iglesia parroquial. (Catálogo
ADP, Tomo 4 - n° 1.614)
7.- Temas médicos
En un centenar y medio largo de procesos, aparecen motivos relacionados
con la medicina. Hay en ellos numerosas listas de recetas médicas; se
hace mención de varias enfermedades (mal francés, epilepsia, úlceras,
lamparones, cáncer, melancolía exaltada, perlesía, bubas, etcétera). No
son pocos los informes, certificados y dictámenes médicos sobre ciertas
enfermedades. Materias pues de interés para la historia de la medicina.
Pero dadas las características de este trabajo, expondremos simplemente
algunos ejemplos de casos concretos.
Tratamiento de la depresión
No era éste el nombre que se daba antiguamente a esta enfermedad, hoy en
moda, consecuencia en muchos casos de la agitación y el estrés en que se
vive.
En 1696, un beneficiado de Sangüesa, Juan Simón Navarro, se queja de que
sus compañeros de ministerio no le reparten las distribuciones que le
tocan por su oficio, aunque él no asiste a los actos litúrgicos “por
hallarse enfermo de enfermedad tan penosa como es la que padezco de
hipocondría, pues aun estando en mi retiro, sabe Dios lo que padezco”.
Sus compañeros son ahora adversarios acusadores en el proceso que
entablan ante el Tribunal eclesiástico por tal motivo y manifiestan que
durante cinco o seis meses no ha asistido a las misas, vísperas y
aniversarios celebrados en su iglesia; dicen que como defensa presentó
un extenso informe del Dr. Anglada, médico de Sangüesa, pero añaden que
el Dr. le prescribió como remedio “que hiciera algún ejercicio corporal,
saliendo de casa, conversando y paseando con sus amigos” y el enfermo no
lo ha cumplido.
Al mismo tiempo se sienten intérpretes del dictamen médico y le dicen
que para ahuyentar la melancolía “el único y más sano remedio es el de
la sociedad de la iglesia, ver y conversar con sus combeneficiados y oír
cantar los divinos oficios”
Informe del Dr. Anglada
Extenso y minucioso el informe redactado en latín por el galeno 'Dr.
Anglada, cuya transcripción ocuparía al menos media docena de páginas y
que se conserva en el proceso a disposición de los estudiosos de la
materia.
Aquí nos limitamos a copiar otro informe posterior del mismo doctor,
tratando de explicar la evolución del paciente, cuando va ya adelante el
proceso del fiscal contra él.
Comienza el Dr. diciendo que el enfermo está peor que cuando le visitó
por primera vez y que “las palpitaciones y vértigos y demás accidentes
han de ser más continuos y más fuertes y asimismo dijo y sabe
ciertamente que la afección hipocondríaca que el dicho D. Juan Simón
padece, induce a los que de asiento comprende, a buscar soledades y huir
de la comunicación y consorcio de hombres, que les introduce en las
piernas lasitud y cansancio y un genio de debilidad que casi llega a
impotencia de andar, que frecuentemente padecen palpitaciones, vértigos,
temores, horrores y desesperación y esto la afección por sí sola, sin
que se le mezclen maleficios ni diabólicas artes y que todo esta lo
probará si fuere necesario con doctrinas aprobadas de autores doctos y
prácticos”.
Así pues, aunque no padecían en el siglo XVII el estrés de la vida
moderna, no vivían ajenos a situaciones depresivas. (Catálogo ADP, Tomo
15 - n° 1.156)
Curación de un tumor maligno
En 1697, ejercía como vicario en la parroquial de Ciordia, Juan Agustín
de Lana y Asiáin, cargo para el que había sido nombrado en 1691. Antes
de esta fecha residía en el lugar de Asiáin, donde le sobrevino un tumor
maligno en el anca, siendo asistido en su curación por el maestro
cirujano Juan García.
Al parecer nada había pagado el enfermo a su curador, que ya había
muerto y la viuda reclama los honorarios correspondientes a su marido;
ella dice que durante tres meses le hizo las curas dos veces al día
hasta que quedó libre de su achaqué”
Un testigo, Juan de Olmos, manifiesta que “de orden del cirujano, para
la curación del tumor en el espinazo o ingle, hizo dos cañuto”
Otro cirujano, Juan Martínez, que también había visitado al paciente,
hace una declaración jurada sobre la gravedad de la úlcera y la tasación
de los honorarios que se merecía el que la trató y curó. Habla de un
tumor supurado con una pequeña apertura y que él “la halló con una
caverna grande que llegaba al mismo hueso, con que fue necesario
manifestar o abrir, así para socorrer el daño que pudo haber en el
hueso, como evitar otros daños...que merece un día con otro de los tres
meses que dice le asistió, a tres reales que hacen doscientos setenta y
tres reales”.
El clérigo curado dice que quien debe pagar todo es su hermano Francisco
de Lana, residente en Asiáin, que fue el que llamó al cirujano; pero no
ha quedado la sentencia del Tribunal. (Catálogo ADP, Tomo 15 - n° 1.291)
Informes médicos
Los pueblos eran a veces exigentes con sus sacerdotes, a los que quería
tener siempre a mano y en las mejores condiciones de salud. En Esnoz,
valle de Erro, se reúnen los vecinos en concejo el día 15 de mayo de
1681 y manifiestan que D. Miguel de Espoz es su abad desde hace veinte
años, pero ahora, en los últimos seis, reside en Pamplona y rige la
parroquia un coadjutor; aunque le han pedido varias veces que venga a
residir al pueblo, se niega diciendo que cuenta con el permiso del
Obispo.
La razón de su ausencia es su falta de salud, principalmente a
consecuencia de una caída de caballo, que le produjo graves problemas en
su organismo, de los que no acaba de recuperarse.
En el proceso que contra él se incoa, don Miguel presenta tres extensos
informes de médicos que le han atendido, quienes describen con
minuciosidad sus padecimientos. Nos quedamos con el primero de ellos,
del Lie. médico Cristóbal de Amátriain, que aunque un poco oscuro en la
redacción, expresa llanamente la situación del enfermo.
Comienza diciendo que diversas veces ha asistido a don Miguel de Espoz y
le ha aplicado los remedios necesarios, sin haber logrado nunca
conseguir la curación “si bien en todas las ocasiones en que le ha
asistido, le ha aliviado los dolores”.
Dice después que “todos los accidentes que padece son causados de su
principio de una caída que tomó, habiéndole derribado el ganado que
traía en una jornada, en la que solicitaba la defensa de un pleito a
favor de la iglesia; fue tan grande el golpe, según el médico de
Roncesvalles me hizo relación, que estuvo de resulta treinta veces
sangrado y tres veces purgado, fue esto causa de haber contraído tan
suma debilidad en las oficinas principales, que después acá no
perficiona el alimento, por lo cual ha caído en una enfermedad que
llamamos melancolía hipocondríaca, accidente que obliga a vivir en el
resto de su vida con toda orden de enfermo, que le importan el removerse
de regiones frías y soledades, si bien tomar la contraria le importa,
frecuentando conversaciones que le diviertan de el intento que causa tal
enfermedad, distrayendo las potencias principales de aquello a que
impele dicho accidente y pide el dicho accidente que repetidamente caiga
sobre él algún remedio leve, para que no se enfurezca y para su radical
curación, entre otras cosas los baños con su necesaria prevención, con
mucha asistencia de médico que esté lo más de tiempo con él; dejando
apañe los muchos nocivos afectos que consigo trae dicha enfermedad, que
son casi sin número, voy a los que independientes son de ella, entre los
cuales es la mayor que se originó de dicha desgracia, una quebradura en
que bajan los estentinos al escroto o bolsa genital, lo cual pide la
remoción de andar a caballo, pues con tal ejercicio bajan dichos
estentinos a dichaparte, que obligan a que peligre la vida con
celeridad, ni le conviene predicar con el fervor y violencia que puede
hacer en poner el conato para dar sentido y sacar fruto de su
predicación, puede ser causa de que resulte lo mismo; los demás
accidentes que son muchos no refiere por no ser molesto, solo advierto
que los que padece son notables y esto siento y lo firmo ante el
escribano infrascrito en Pamplona a 5 de febrero de 1678”.
Probablemente, éste y los otros dos médicos que informan sobre la
enfermedad de don Miguel, eran amigos suyos y pretendían poner las cosas
negras, para que las autoridades eclesiásticas le concedieran residir en
Pamplona.
Por su parte el Lie. Amátriain, al que pertenece el dictamen transcrito,
sabe que éste va a ser leído por personas cultas y procura emplear un
lenguaje un tanto ampuloso, dando impresión de mayor gravedad.
Sin embargo sus superiores no ven causa suficiente para su ausencia del
servicio ministerial y se manda “que el dicho D. Miguel de Espoz, pena
de excomunión mayor, vaya luego incontinenti y sin dilación alguna a
servir su dicho curato de la parroquial de Esnoz, sin excusarle
cualquiera grave enfermedad que tenga”", aunque le abren la puerta para
poner un sustituto aprobado por el Sr. Obispo, “por cuanto peligrando la
salud espiritual de los fieles y feligreses suyos, no hay causa alguna
que le excuse de faltar a su residencia, estando obligado a poner su
vida temporal por la espiritual de sus feligreses” (Catálogo ADP, Tomo
17 - n° 823). No debía de ser tan grave la dolencia de Miguel de Espoz,
ya que veinte años después de este proceso, en 1701, fallece siendo abad
titular de la parroquial de Esnoz.
8.- Comidas
Uno de los temas relacionados con la
historia menuda de los pueblos, es el de las comidas, que en algún
aspecto es posible estudiar a través de los procesos del Archivo
Diocesano. Y no porque en éstos aparezcan datos sobre lo que podríamos
llamar la comida ordinaria, familiar, sino porque en numerosas ocasiones
se habla de comidas extraordinarias, que por acostumbradas, resultaban
normales. Tales eran por ejemplo, las comidas de las cofradías, de las
funerarias o entierros, de los entráticos del abad a una parroquia, de
la recogida de los diezmos, de las mecetas, etc. Un rango menor tenían
las colaciones, que en general solían consistir en pan, queso, castañas
y vino.
A éstas últimas pertenecían la del día de santa Águeda, acostumbrada en
casi todas las parroquias, la que se daba a los recogedores de diezmos,
la del día de Todos los Santos, en la víspera de Navidad, etcétera.
En Arzoz
El año 1606, los vecinos de Arzoz, reunidos en concejo, dicen que desde
tiempo inmemorial se hacen en el pueblo tres colaciones que les da el
abad: el día de San Cristóbal, por Todos los Santos y por Navidad. En la
de Todos los Santos, se invitaba a todos los feligreses, hombres,
mujeres y niños y consistía en pan (8 o 9 robos de trigo), vino (12
cántaros), queso y castañas.
Para cumplir con las tres colaciones, al recoger los diezmos, se
separaban 46 robos de trigo, 8 de cebada y 60 cántaros de vino; en ese
año, el abad había roto dicha costumbre y le acusan ante el Tribunal
eclesiástico.
Pedro García de Eulate, que era el abad de Arzoz, se defiende exponiendo
los abusos que hacían y diciendo que nunca quedaban contentos con lo que
les daba “y a más de lo que comen llevan algunos el pan que pueden a sus
casas, contra la voluntad del abad” (Catálogo ADP, Tomo 3 - n° 871). Se
ve que para muchos escaseaba el pan y esperaban como el agua de mayo la
llegada de las colaciones.
El apezardo en Artaza
En 1659, los vecinos de Artaza se quejan de que su abad, Joan de Goñi,
que es al tiempo rector de Gollano, no les da la comida de entrático,
que se
acostumbra, ni tampoco la colación anual llamada "apezardo". El abad res
ponde que tales comidas y colaciones están prohibidas por las leyes
eclesiás
ticas. La sentencia del Tribunal le absuelve de dar la comida del
entrático, pe
ro le manda cumplir con la del "apezardo". (Catálogo ADP, Tomo 13 - n°
1.020)
Comidas de cofradías
En todos los pueblos han estado vigentes durante siglos, las cofradías o
hermandades, una o dos en las parroquias pequeñas y varias en las
mayores; pueblos ha habido en la diócesis, en los que pasaban de 20 las
cofradías establecidas. Todas tenían sus constituciones o reglamento
para su buen gobierno: una serie de artículos, en los que destacan los
fines espirituales, como sufragios, obras de caridad, asistencia a
enfermos, etc. Se consignan asimismo las normas que se deberán cumplir,
cuotas de los hermanos, fiesta anual, comida de hermandad...
De muchas de ellas se han conservado tales constituciones, algunos de
cuyos artículos se refieren a la comida de la fiesta anual, incluso
detallando el menú.
Hermandad de sacerdotes
No sólo los seglares, sino también los sacerdotes, se constituían en
Hermandad, vigente en muchos casos hasta la actualidad. En sus
constituciones se reglamenta igualmente lo relativo a la comida anual.
En la Hermandad de sacerdotes de los 16 pueblos del valle de Guesálaz,
fundada a principios del siglo XVII, en el art. 4°, se dispone que el
prior que sea cada año “haga aderezar la comida para todos los cofrades
de la Hermandad en el lugar donde dicho prior residiere... la cual
comida queremos que sea honesta y moderada...y es nuestra voluntad que
no se dé otra cosa que principio y postre y todo servicio de carnero y
dos especies de aves en la dicha comida”. Se establece que dicha comida
sea a costa de la cofradía si tuviere hacienda y si no a costa de cada
uno de los cofrades.
Un siglo más tarde, en 1726, los hermanos reunidos en Irujo, acuerdan
modificar un poco la fecha de la fiesta anual, trasladándola de
septiembre a octubre y aprovechan la ocasión para concretar más lo
referente a la comida, en la que acaso se había excedido el personal, y
dicen ”queriendo que la comida sea moderada, se decretó y estableció
dicha Iltre. Hermandad, que [esta comida] sea con principios de
mantequilla y los que el carnero da, que son sangre, tripillas y
fricada, luego siga la escudilla de caldo y después capón o polla, uno
entre dos, palominos en cazuela, uno entre dos, espaldas asadas y jigote
[pierna o guiso de cordero] y de postre sólo queso y frutas, con la pena
al arbitrio del prior y consiliarios contra el que se excediere”. (ADPC/1.852-n°7).
No estaba mal el menú, pero para algunos aún parece que resultaba
escaso...
Comida de visita en Artajona
Tenían por costumbre de tiempo inmemorial en Artajona, que el mayordomo
más antiguo del cabildo, diese una comida anual, llamada de visita, al
resto de beneficiados y otras personas, posiblemente los encargados de
recoger los diezmos, aunque no sabemos el número de comensales.
El 26 de noviembre de 1624, había preparado la comida el mayordomo,
después de pasar el día anterior un aviso a los convidados, quienes
aceptaron con gusto la invitación. Pero cuando estaban ya dispuestos
para ir a la casa de don Carlos de Bayona, beneficiado y mayordomo más
antiguo, que ofrecía el ágape, les llegó un auto del Vicario General,
prohibiendo tal comida, bajo pena de excomunión y diez ducados de multa,
por lo que los invitados no concurrieron.
Con esto el anfitrión quedó desairado y para justificar que el gasto lo
tenía ya hecho y la comida preparada, hace que un escribano real levante
acta describiendo detalladamente el campo culinario, con las viandas ya
dispuestas; el actuante lo expone así: “hallé tenía la mesa puesta con
sus manteles, paños de mesa, servilletas, platos y naranjas y pan y por
atraparte un canasto de tortas y en una cocina había en un asador
asándose nueve perdices y una sin asar, dos ollas muy grandes llenas de
aves, carnero, tocino y otras cosas y cuatro fuentes de sopa y dos
piernas de carnero, cocidas con tres aves, una olla de mostaza, medio
queso y más un plato rallado y pimienta, azafrán, clavillos, canela y
dos papeles de azúcar molidos y en la otra cocina había en un asador
cinco capones asándose y otro para poner a asar y otro asador grande
lleno de tocinos adobados y entrambas cocinas, grandes fuegos con otras
menudencias que por prolijas dejo deponer y gente fuera de su casa que
estaba aderezando la dicha comida y para que de todo ello conste di este
testimonio cerca de las once horas del medio día, martes que se contaron
vente y seis de noviembre de mil y seiscientos y veinte y cuatro años”.
(Catálogo ADP, Tomo 11 - n° 934)
Como puede notarse, no era mal menú, con el que pudieran saciarse una
veintena de comensales, aunque no demasiado apto para estómagos
delicados.
Comida en Estella
Era costumbre inmemorial en la parroquia de San Juan de Estella, que el
lunes siguiente al día de San Sebastián (20 de enero), los mayordomos
“encargados de la percepción y cobranza de las rentas en el discurso de
todo el año... dieran primero y segundo almuerzo y comida, a los obreros
y demás sirvientes de la parroquia”, para lo que tenían asignada una
cantidad fija, a la que la propia iglesia añadía 20 ducados.
Pero la gran complicación y gasto que el cumplimiento de esta costumbre
suponía para los mayordomos, hacía difícil hallar quien aceptara dicho
cargo. Por eso, el día 10 de febrero de 1754, se reúnen en la casa que
llaman de san Lucas, propia de la parroquial de San Juan, los mayordomos
y diputados de la misma y acuerdan mantener el primer almuerzo que se da
a las siete de la mañana a los mayordomos y suprimir en cambio el
segundo almuerzo que se da a los convidados y amigos de los mayordomos.
A este segundo almuerzo, concurrían, según se expresa en el proceso, “el
vicario y el sacristán; el alcalde y los primeros hombres del pueblo a
los que convidan los mayordomos, además ocho cargos de la parroquia
(seis mayordomos y dos contadores), el organista, el secretario de la
parroquia y los convidados afectos que quieren los mayordomos, que todos
con poca diferencia serán treinta”.
Se especifica el menú que se da en este segundo almuerzo:
“Limones, mantequilla, orejones, lenguas, capones, perdices, costradas,
tonadas, magras y todo lo que da el tiempo, por ser un convite del mayor
emügño del pueblo y sin provecho alguno para la parroquia, por lo que se
ha quitado totalmente, pues por sus gastos se excusan los parroquianos
de ser mayordomos”.
Por lo visto, este suculento almuerzo, que tendría lugar a media mañana,
sólo servía para abrir el apetito, ya que la comida iba después en
consonancia y a ella asistían algunos de los que habían participado en
el almuerzo segundo: “el vicario y el sacristán, cuatro mayordomos y dos
contadores, el secretario, el organista, doce obreros (seis del año
presente y seis del pasado), cinco sirvientes de la parroquia (el que
cuida de la cera, el carpintero, elalbañil, el cerrajero y el sastre)”.
La variedad de viandas de la comida, corría pareja a la del almuerzo y
también se describe en el proceso correspondiente del Archivo Diocesano:
“limones, orejones, mantequilla, fricacea, capones, magras, sopa, lomo,
cabritos, tortadas, conejos, puchero, queso, grascay vino rancio”.
En la citada reunión de mayordomos y diputados, se refieren también a
esta comida, para modificarla en alguno de sus puntos, diciendo “en esta
comida se ha reformado que en lugar de la sopa, magras, lomo y capón,
que todo se sacaba de la casa donde se daba la comida y se enviaba a las
casas de los particulares concurrentes, se les envía a éstos a capón a
cada uno”. (ADPC/ 1.641-n° 2) Como se ve para nada se mencionan
ensaladas, verduras, legumbres... Menos mal que desconocían la tensión y
el colesterol.
9.- Costumbrismo
Danzas en la iglesia. Arróniz
No parece que tenía buen ambiente en Arróniz, el vicario de su
parroquia, Pedro Pérez, ya que el año 1605 es denunciado ante el
Tribunal eclesiástico por varios motivos: es incompetente a la hora de
celebrar los divinos oficios; viste con un ferreruelo verde encima de la
sotana; tuvo un altercado con un estudiante, al que dicen quiso matar,
etcétera.
Otra acusación concreta fue que el día de las Ascensión, cuando entraron
en la iglesia unos danzantes, según era costumbre tradicional, él bajó
del coro y los despachó con gruesas voces y palabras.
En el articulado de la acusación, se expone sobre este particular: “el
día delaAscesión del año mil seiscientos y cuatro estando en costumbre
la dicha villa de Arróniz de hacer fiesta por la solemnidad del día y
ser la advocación de la iglesia y solemnizar la dicha fiesta con danzas,
autos y otras cosas, habiendo entrado en ella ciertos danzantes con sus
máscaras y tomando algunas obladas de las mujeres que estaban asentadas
en sus asientos, como lo tienen de uso y costumbre y sin que por ello
haya habido jamas contravención alguna, ni por los vicarios que han
sido, ni los beneficiados, ni las dueñas de las dichas obladas, el dicho
vicario con mucha aceleración y menos prudencia, bajó corriendo del coro
dando voces, diciendo que era muy gran desvergüenza y bellaquería lo que
hacían y salió fuera de la iglesia tras los danzantes y si no se hubiera
puesto de por medio la justicia y los más principales del pueblo,
hubieran sucedido muertes y escándalos, por ser como eran los dichos
danzantes muy honrados hidalgos y haberles tratado mal de palabra”.
Entre los testigos declarantes figura Esteban de Mauleón, de 50 años de
edad, que era uno de los que “con otros mozos del pueblo”, iba en la
danza, en la mañana de la fiesta, en la procesión que con tal motivo se
organizaba, entrando luego a la iglesia, según era costumbre inmemorial,
lo mismo que el tomar una obladas de las que las mujeres habían llevado
para la misa. El testigo expone el caso de la manera como se declara en
el articulado del proceso.
La actuación arrebatada el vicario en esa ocasión, fue entre otros, un
motivo para acusarle ante los Tribunales y por ello conocemos esa
costumbre que existía en Arróniz, de celebrar la fiesta de la Ascensión,
con solemne procesión, en la que intervenían danzantes enmascarados.
(Catálogo ADP, Tomo 7 - n° 828)
Danzas en Uterga
Por motivo distinto que en el caso anterior, se llevó otro pleito en
Uterga el año 1708, en el que también se mencionan ciertas danzas que
tenían lugar en la iglesia en la fiesta de su titular, la Asunción de
Nuestra Señora. No se dan detalles que nos hubiera gustado conocer sobre
dichas danzas: número de danzantes, sus trajes, movimientos que
realizaban, etc.; simplemente se dice que en la gran fiesta de la
Asunción, se retiraban los primeros bancos del lado de la epístola,
hacia la capilla de San Juan Bautista “para hacer lugar y que lo hubiese
para dichas danzas”
Precisamente en ese lugar que ocupaba el primer banco, tenía su
sepultura el dueño de la casa Lacarra “en la primera hilera del lado de
la epístola, donde se han sentado las mujeres de su casa” En el citado
año 1708, parece que el sacristán no volvió a poner los bancos en el
estado en que se encontraban anteriormente, por indicación de los
vecinos; el dueño de la casa de Lacarra, que se siente perjudicado en
sus derechos, les demanda ante el Tribunal eclesiástico. En primera y
segunda instancia se da la razón al demandante y se ordena colocar los
bancos como antes se hallaban.
Nada en cambio tiene el Tribunal contra las danzas en la iglesia para
solemnizar la fiesta patronal, lo que estaría admitido por costumbre
inmemorial.
(Catálogo ADP, Tomo 18 - n° 1.252)
El cochinillo de las ánimas. Peralta (1699)
No de danzas, pero sí de otra costumbre mantenida desde tiempos lejanos,
trata el pleito que el cabildo eclesiástico de la parroquial de Peralta,
pone a dos vecinos de la villa, Diego de Marcilla, molinero y Francisco
Bassos.
Éstos en su alegación de defensa, exponen “que de tiempo inmemorial a
esta pane, ha sido costumbre observada y guardada sin cosa en contrario,
de tener en el molino de esta villa un saco o talega para que los fieles
que van a moler den limosna de harina que fuere de su devoción, la cual
en antiguo se entregaba a los religiosos Franciscanos y de treinta años
a esta pane, se da a los Padres Capuchinos del convento de la villa,
para que digan Misas por las ánimas del purgatorio” Más adelante dicen
que “el dicho Francisco Bassos ha comprado un cochinillo pequeño y ha
cuidado de él, el cual se anda por las calles y los fieles cuidan de
darle de comer y al cabo del año se da de limosna a los Padres
Capuchinos para el mismo efecto de decir las Misas... y por eso los
fieles que no tienen dinero para dar limosna, lo hacen por los medios
referidos” No dejan de ser unos medios ingeniosos para recabar fondos
con fines espirituales de sufragios.
El cabildo eclesiástico pretendía que las limosnas así conseguidas, no
tuvieran como destino los religiosos capuchinos, sino el propio cabildo,
quien se encargaría asimismo de cumplir con los sufragios. (Catálogo ADP,
Tomo 20 - n° 1.073)
Cencerrada en Yelz (1694)
Ejemplo de otra costumbre muy distinta encontramos en el proceso que dos
vecinos del pueblo de Yelz, promueven contra el abad de su parroquial,
que les trató de muy mala manera cuando ellos, cumplían con una práctica
usual de dar "la cencerrada" en la víspera de su boda, al ama del
presbítero, que se iba a casar con un viudo
Los dos vecinos protagonistas, Juan y Pedro de Jaureguiberri, lo exponen
detalladamente en el alegato que presentan contra el abad, diciendo que
“la noche del primer día de Pascua de Resurrección, con el motivo de que
Mariana X.X., ama del abad, había de casarse al día siguiente con un
molinero viudo de esta ciudad, le fueron a dar cencerrada o ladrillejo,
conforme a la costumbre que se usa en este país en las bodas de los
viudos o viudas y no pudiendo extrañar el dicho abad esta costumbre y
siendo así que se daba con mucha templanza, salió el abad de su casa con
un asador en la mano, con el cual empezó a dar golpes, en particular al
dicho Joan de Jaureguiberri, en cuya cabeza y hombros apuros golpes,
rompió el asador y a los demás compañeros los maltrató dándoles muchos
golpes y tratándoles de picaros desvergonzados... y a uno que salió
aponer paz, en lugar de estimarle la caridad, le tiró una pedrada que le
pegó en la cabeza y el no matarle fue porque la montera le defendió
algo, pero le hizo una herida con derramamiento de sangre”
Se ve que no agradó mucho al iracundo abad la cencerrada de sus
feligreses, pero no ha quedado sentencia de este proceso, que sin duda
hubiera sido de severa amonestación al abad, por su actitud poco
correcta, ante una costumbre picaruela, que ahora le tocaba más de
cerca. (Catálogo ADP, Tomo 17 - n° 766)
10.- Meteorología
En numerosos procesos llevados a cabo en el Tribunal eclesiástico, han
quedado datos de interés para un estudio de la meteorología, sobre todo
en sus aspectos más extremos, como pueden ser: períodos de sequía,
grandes nevadas, pedriscos, heladas, lluvias torrenciales, etcétera.
La razón es muy sencilla; hasta mediado el siglo XDC, ha estado en vigor
la aportación obligatoria de los diezmos, que todos los fieles hacían a
la iglesia para el mantenimiento de sus ministros y las primicias para
los gastos del templo.
Los diezmos se recogían en el hórreo o granero común para su posterior
reparto en tanto que las primicias, se ponían en subasta, normalmente
para un trienio. De esa manera la iglesia tenía asegurado un ingreso,
que debía recibir del rematante y éste se arriesgaba a obtener ganancia
si el año era bueno, o a no ganar o ganar menos, si las cosechas eran
menguadas.
Cuando las circunstancias climatológicas eran grandemente adversas y las
cosas resultaban en extremo mermadas, los rematantes en la subasta de
las primicias, se veían en la imposibilidad material de pagar el total
de la adjudicación y reclamaban alguna rebaja en la cantidad o una
demora en hacerla efectiva. Es en los procesos que se incoaban por este
motivo cuando salían a relucir, a modo de excusas, las inclemencias del
tiempo, que habían anulado o recortado ampliamente la recogida de las
cosechas.
Nevadas en Uztárroz
El año 1616 los hermanos Martín y Gabriel de Arriaga, tienen pendiente
el pago de las primicias que habían tomado en arriendo para los años
1612, 13 y 14 por un total de 190 ducados cada año. Ellos dicen que en
dichos tres años no se ha cogido casi nada y por ello “están fatigados y
endeudados” y solicitan que se mande recibir información de la
esterilidad de esos años y de la pérdida que han tenido “atendiendo a
Los años tan estériles como es notorio en este Reino y en particular en
las montañas que no se cogió nada y por eso acudían a San Sebastián y
otras partes a traer trigo de la mar”
Los testigos que presentan en su defensa, coinciden en afirmar que en
los años 1612 y 13 hubo media cogida de trigo y de avena muy poco y en
el 14 no se cogió casi nada “porque toda la cogida se perdió por causa
de las grandes nevadas que cayeron en el dicho año y así no se recogió
casi nada”
Solían ser frecuentes casos de este estilo y el fiscal salía siempre en
defensa de la primicia, diciendo que las arrendaciones se hacen teniendo
en cuenta “todos los casos fortuitos de piedra, nieve y otros semejantes
sucesos” y por ello se hacían los arrendamientos para tres años, con lo
que la cosa se podía nivelar un año con otro.
El Tribunal acepta las consideraciones del fiscal y la sentencia es
negativa para los arrendadores, a los que manifiesta “que si hubieran
ganado en dicha arrendación, no habrían devuelto la ganancia a la
iglesia y que como se pusieron a ganar, se pusieron a perder”
(Catálogo ADP, Tomo 6 - n° 658)
Queda pues el dato de las abundantes nieves en Uztárroz el año 1614.
Sequías y hielos en Artajona
Pocos años más tarde de esos calamitosos que acabamos de reseñar en
Uztárroz, valle de Roncal, vemos otras circunstancias meteorológicas
parecidas, en distinta zona de Navarra, como es Artajona.
En un proceso llevado contra un vecino de esta villa, Gracián de Bayona,
que no había cumplido en su momento con la piadosa obligación de hacer
las honras funerarias en sufragio de las almas de su madre y su mujer,
fallecidas algún tiempo atrás.
Tales celebraciones consistían en unas misas de entierro, funeral,
novenario, etc., por las que los fieles debían entregar al abad de la
parroquia las limosnas establecidas por las normas eclesiásticas para
esos casos. En esta ocasión el interesado Bayona, se hallaba en gran
penuria, por lo que iba retrasando el cumplimiento de su obligación
espiritual y es el llamado Cura de almas del Obispado, encargado de
velar por el cumplimiento de dicnos sufragios, el que promueve el
pleito.
Gradan de Bayona dice que él, como todos los vecinos de la villa, están
fatigados por los años estériles que han tenido ansí de fortunas y
piedras, como hielo y este presente año (1626) no se ha cogido en dicha
villa sino muy poco más de lo que se sembró y no se halla vino para la
mitad del año respecto de que por la grande seca y niebla que ha habido,
se han caído las uvas y no se cogerán ningunas olivas respecto de
haberse secado del hielo los olivos..,
(Catálogo ADP, Tomo 5 - n° 993)
Parece pues que estos fueron unos años dominados por extremas
inclemencias del tiempo.
11.- Temblores de la tierra
Zubieta
Con alguna frecuencia suelen ser noticia los fenómenos atmosféricos,
telúricos, etc. que imprevistamente, aquí y allá llegan a ocurrir. Más
difícilmente en cambio ha quedado constancia escrita de los acaecidos en
tiempos pasados, como no fueran de proporciones realmente
extraordinarias. A veces sólo de manera indirecta, por los daños
ocasionados, podemos tener conocimiento de tales sucesos.
El año 1817 tuvo lugar un temblor de tierra de cierta intensidad en la
zona norte de Navarra, que causó serios desperfectos en algunos
edificios, como ocurrió en la iglesia de Zubieta, en la que se
desprendió parte de la bóveda.
Así lo expone el correspondiente informe que redactan los maestros
Ignacio de Tellechea, albañil residente en Legasa y José Ignacio de
Saldías, carpintero de Zubieta, el día 26 de abril de 1817.
Con esta finalidad habían sido buscados y llamados por el rector de la
parroquial, don José Antonio de Garbisu, ambos oficiales “ el primero
para ver e inspeccionar una porción de bóveda de bastante extensión que
en la citada iglesia ha caído por la parte trasera y encima del coro de
la misma, causada sin duda dicha ruina por el terremoto que en estos
pueblos hubo el día diez y ocho de marzo último y el coste que pueda
tener su reedificación; y el segundo en idéntica forma para que se haga
cargo y tase el coste que puedan tener los desastres y daños que en
dicho coro y su carpintería ha causado el desplomarse la mencionada
porción de bóveda y habiéndose hecho cargo con la debida exactitud y
detención cada uno en su arte y oficio, declaran que el coste que puede
tener dichas obras, según su alcance y cálculo, podrá ser de la manera
siguiente”
Por parte del albañil, el presupuesto asciende a 240 reales de plata por
la reparación, el yeso, acarreto y manufactura, encareciendo la urgencia
de la obra para que no se produzcan daños mayores en la parte de la
bóveda contigua a la ya desplomada.
El carpintero entiende que la reparación del coro, el solivo, tablas y
lo demás necesario, puede costar otros 240 reales de plata. Así lo
declaran delante del alcalde, Francisco de Mariezcurrena y de los
regidores, Miguel Antonio de Irigoyen y Juan Bautista de Tellechea.
Con este informe, el rector de la iglesia hace la solicitud, pidiendo
licencia para realizar dichas obras, siéndole concedida el día 1 de mayo
de 1817. (ADP A/7-n° 154)
En San Adrián
No parece que se refiere al mismo movimiento de la tierra, la mención
que un par de años más tarde se hace en San Adrián, cuya iglesia también
había sufrido daños por causas semejantes a las del caso anterior.
La correspondiente exposición redactada al efecto, deja entrever, que no
una sino varias habían sido las sacudidas sísmicas padecidas en esta
parte de la Ribera, a consecuencia de las cuales se había resentido la
torre de la iglesia de San Adrián. Así lo expone el patronato de la
misma al redactar la instancia solicitando el permiso para llevar a cabo
las obras de reparación:
“el chapitel de la iglesia está amenazando ruina a causa de lo mucho que
padeció éste en los temblores últimos de tierra, por haber caído parte
del mismo chapitel, como también ocho bolas de piedra que tenía para
adorno, las que se hallan desunidas de sus correspondientes asientos,
por lo que están expuestas a caer y para atender a la composición de
esos reparos con la formalidad correspondiente, importará su coste total
mil y doscientos reales fuertes y respecto de que dicha iglesia tiene al
presente fondos suficientes para satisfacer y pagar, mediante la
declaración que presentan del maestro albañil, Pedro Monasterio, vecino
deAzagra, que es de toda pericia”, etc., solicitan y obtienen el
correspondiente permiso para realizar tales obras. Día 9 de febrero de
1819. (ADP A/7 - n° 136)
12.- El clero parroquial
Cualquiera que se adentre un poco en los
Fondos procesales del ADP, puede apreciar que hay en ellos bastantes
procesos actuados contra miembros del clero, por su actitud y
comportamiento no del todo acorde con su vocación y ministerio, lo que
parece dar la impresión de cierto relajamiento en quienes debieran ser
siempre ejemplo de virtud cristiana para las comunidades a las que
servían.
La verdad es que entre los miles de clérigos que a lo largo de cuatro
siglos han mantenido su fidelidad a las normas de la Iglesia y han sido
testigos de esa fidelidad ante los fieles que les fueron encomendados,
poco supone el corto número de los que dejaban algo que desear en su
vida clerical y aun entre éstos, no pocos fueron acusados
calumniosamente, por envidias o malos quereres, probándose luego su
rectitud ante el Tribunal.
Por otro lado, las circunstancias ambientales, familiares, sociales,
etc., de esos tiempos pasados, influían sin duda en la elección
vocacional, a la que en ocasiones llegaban los interesados sin la
adecuada libertad, sin la debida preparación cultural y sin una buena
formación personal.
En cualquier modo, siempre han sido las excepciones, el contraste y la
confirmación de una regla general, que en este caso es de ejemplaridad,
perseverancia y eficacia.
Algunas excepciones. El vicario de Esparza de Galar
En 1653 actuaba como vicario de la parroquial de Esparza, Matías de Ga-zólaz,
presbítero de Obanos, quien muy poco tiempo ocupó dicho cargo, ya que el
año anterior había sido nombrado Miguel de Irurzun y un año más arde,
fallece don Matías, quedando su madre como heredera, lo que indica que
él era muy joven. Lo cierto es que en el corto espacio de tiempo que
sirvió la vicaría de Esparza, se ganó la antipatía de sus feligreses,
quienes le acusan “de ser inquieto y amigo de pendencias y pesadumbres”
dando ocasión a pleitos; y no sólo eso, sino que su formación
humanística era sumamente escasa, hasta el punto de manifestar una total
ignorancia del latín, lengua en la que se realizaban todos los actos
litúrgicos de culto y sacramentos.
En la acusación que el fiscal promueve contra él, se expone que
“elacusado es tan ignorante de la lengua latina y de las obligaciones
del hábito sacerdotal y oficio de confesor que ejerce, que algunas veces
en vez de rezar la recomendación del alma, lela los exorcismos y
conjuros contra las tempestades y al contrario, yendo a conjurar leía la
fórmula del sacramento de la extremaunción”
Así lo expone alguno de los testigos declarantes en el proceso, diciendo
que en cierta ocasión, habiendo ido a ayudar a bien morir a una mujer de
Obanos, le leyó el exorcismo de conjurar las nubes, que dice “destruat
te Deus Pater, destruat te Deus Filius”, etc., y otro día que se le
ofreció conjurar las nubes, leyó las palabras de la unción “per istam
sanctam uncionem”
El que esto declara es el vicario de Calar, que ha tenido al acusado
algún tiempo en su casa para hacerlo capaz en latín “y habiendo hecho
todas las experiencias... le ha hallado totalmente incapaz respecto de
que en primer lugar no sabe leer latín ni entiende las rúbricas así del
breviario como de la gallofa”
La sentencia del Tribunal amonesta al mencionado Martín de Gazólaz a que
de aquí adelante como buen ministro y sacerdote de Dios, procure
aquietar los ánimos y no incite y provoque inquietudes “y estudie y sepa
latinidad, en que está tan corto en su inteligencia que apenas la
entiende... por cuya causa le hemos suspendido las licencias de confesar
y administrar sacramentos... y pase dentro de un mes a examinarse de
nuevo”
Pero el acusado, que no gozaba de muchas luces intelectuales, tampoco
poseía buena salud corporal y fallece poco después del pleito. (Catálogo
ADP, Tomo 9 - n° 1.572)
Un beneficiado de Arróniz
Un caso parecido al anterior vemos en Arróniz, de cuya parroquial era
beneficiado en 1600, Hernando Adán, que desde hacía 14 años estaba
ordenado de epístola y no pasaba a las órdenes del presbiterado por no
querer ir a estudiar para capacitarse.
Cuando pasó el Visitador del Obispado, enterado de la incapacidad del
beneficiado le quiso examinar y le dio un breviario para ver lo que él
sabía y por no haber dicho nada, le mandó que fuese a estudiar, bajo
ciertas penas que le impuso”, pero no lo ha cumplido y aunque varias
veces se ha presentado a las órdenes, no le han admitido.
Los testigos del proceso dicen “que el acusado a más de que no sabe
latín, no sabe rezar porque no entiende las reglas del breviario... y en
lo tocante a cantar sabe tan poco o menos que de latín” Por todo ello se
pide que le sean retirados los frutos beneficiales, que él percibe sin
realizar las prestaciones de dicho cargo beneficial.
La sentencia del Tribunal le amonesta a que dentro de tres meses se
aplique a aprender a cantar “para que pueda servir su beneficio bien y
cumplidamente” y que después vuelva a examinarse o se le privará del
beneficio, poniendo otro a su costa. El interesado acata la sentencia y
en el tiempo señalado se presenta a examen, siendo aprobado en el rezo y
en el canto. (Catálogo ADP, Tomo 3 - n° 1.436)
Clérigos ocupados en otros menesteres
Hijos como eran del pueblo y residiendo en él, nada tiene de extraño que
algunos clérigos se entregaran también a tareas propias de sus
convecinos, como podían ser el cultivo del campo, el cuidado de pequeños
rebaños, la compraventa de animales etc., labores éstas ajenas a su
ministerio, que no eran bien vistas por los feligreses, quienes los
denunciaban ante las autoridades eclesiásticas, sobre todo si a ello se
añadían otras actuaciones incorrectas de dichos clérigos.
Al abad de Auza y Elzaburu en 1613, Miguel de Alcoz, le acusan de que
“con indecencia de su hábito y oficio, trabaja en compraventa de bueyes,
vacas y lechones, asi como acarreando leña” (Catálogo ADP, Tomo 4 - n°
268)
De Martín de Sarasa, clérigo beneficiado de Ororbia, dice el fiscal el
año 1614, que acostumbra a ir por las ferias vendiendo rocines, como si
fuera un tratante y que luego se juega el dinero con los naipes, hasta
el punto de que a un comisario le ganó un día 20 ducados. (Catálogo ADP,
Tomo 4 - n° 454)
Un clérigo "manitas"
Barásoain, 1694. No deja de ser curioso el caso de Antonio de Rada,
presbítero beneficiado de la parroquial de Barásoain, el cual “se dedica
al ejercicio de la caza saliendo con traje indecente y haciendo
granjeria con ella; también se ejercita en fabricar relojes teniendo
fragua en su casa y trabajando por sus manos, causando grave nota y
escándalo”
A pesar de que fue amonestado por dicha causa y se le prohibió dedicarse
a tales trabajos, él “ha continuado en fabricar y hacer cerrajas y
ruedas de relojes limándolas con sus manos” por lo que a veces iba a la
misa -dicen- con las manos tiznadas. A su cargo corría también la
limpieza y cuidado de mosquetes y escopetas de la villa.
El acusado dice que después de que se le mandó retirarse de esos
oficios, entregó al cerrajero de la villa todos los instrumentos y no ha
trabajado más en ello “y lo más que ha hecho ha sido decir el modo y
forma como se debían trabajar algunas piezas de dicha profesión, dando
la traza para ello” En cuanto a la caza dice que “salía por consejo de
los médicos, para que hiciera ejercicio para alivio de algunos ajes que
padecía”
(Catálogo ADP, Tomo 15 - n° 1.382)
La gran labor del clero
Naturalmente entre los miles de clérigos que figuran en los fondos
procesales del ADP, hay algunos que dejaban bastante que desear en su
modo de vida y costumbres, por lo que eran denunciados ante los
tribunales eclesiásticos; pero en general puede decirse que el clero de
estos siglos (XVT-XDí), ha cumplido ejemplarmente con sus obligaciones
ministeriales, transmitiendo y manteniendo la fe cristiana, ejerciendo
dignamente el culto y conservando los templos en los que éste se
expresa. El clero ha estimulado el gusto artístico de los fieles,
dotando a sus iglesias de verdaderas obras de arte en sus edificios, en
sus retablos, en su orfebrería...
En muchas ocasiones los abades o beneficiados, han ejercido de maestros
de los niños, para instruirles en las primeras letras, enseñándoles a
leer y escribir; han actuado a veces de notarios, cuando faltaba el
titular, para recibir testamentos o últimas voluntades.
Un servicio impagable que la Iglesia ha prestado a la sociedad por medio
de sus párrocos, ha sido el registro de anotaciones sacramentales, desde
la segunda mitad del siglo XVI, a través de las cuales, donde no se han
perdido los libros, bien por calamidades bélicas, bien por incuria de
algunos responsables, es posible seguir las genealogías o historias
familiares de estos cuatro siglos. Los cinco libros obligatorios de
asientos o registros son: Bautizados, confirmados, casados, velados y
difuntos, que constituyen una inmejorable base para cualquier
investigación demográfica o de otra índole.
Igualmente el llamado libro de Fábrica, recoge todas las referencias
económicas habidas en una parroquia, como son los ingresos por las
rentas primiciales o de otro tipo y los gastos ocasionados por las obras
realizadas en el templo, con datos de gran interés para la vida e
historia de cada pueblo.
Todo ello ha sido consignado con diligencia y fidelidad por los cientos
de abades, vicarios o encargados parroquiales, cuyos nombres sólo
figuran en los procesos llevados a cabo para su nombramiento ministerial
y conservados en los fondos del ADP, donde se van recogiendo también,
para su mejor custodia, todo ese conjunto de libros parroquiales, que
constituyen una gran riqueza diocesana.
Estos sacerdotes son la abrumadora mayoría del clero, que sencillamente
cumplieron con su vocación sacerdotal, con su obligación ministerial,
con su trabajo pastoral y con su aportación al crecimiento cultural de
nuestras gentes.
Vaya desde aquí este pequeño homenaje a quienes han construido en gran
medida la Historia menuda de nuestros pueblos.
Isidoro Ursúa Irigoyen
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