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INTERNACIONAL
Religión en la plaza pública
EL
PAÍS
"Aquí, en América, encontrará una nación que da la
bienvenida al papel de la fe en la plaza pública". Así
acogió en Washington el presidente George W. Bush a
Benedicto XVI, que fue mucho más lejos en esta
declaración de principios nada laicos. El pasado
viernes, en la Asamblea General de Naciones Unidas, el
secretario general, Ban Ki-moon, le recordó al Papa que
la suya es una "organización secular" y que el edificio
que la alberga en Nueva York no tiene siquiera una
capilla.
Ratzinger, sin embargo, aprovechó la tribuna para exigir
que "la libertad religiosa no se puede limitar al libre
ejercicio del culto, sino que tiene que dar la debida
consideración a la dimensión pública de la religión, y
por tanto a la posibilidad de los creyentes de
desempeñar su papel en la construcción del orden
social", aunque diferenció entre la dimensión del
ciudadano y del creyente. Pero previamente había
considerado "inconcebible que los creyentes tengan que
suprimir una parte de sí mismos -su fe- para ser
ciudadanos activos", y "no debería ser nunca necesario
negar a Dios para disfrutar de los derechos de cada
cual". ¿Quién lo exige? Es una subversión de los
argumentos del laicismo.
Es
verdad que poco hay más público que la religión, sea
cristiana, musulmana u otra. Los viajes papales lo
demuestran. Estados Unidos, formalmente un Estado laico
o mejor dicho sin religión oficial, es uno de los países
más religiosos del mundo, y en él la religión, al menos
el deísmo, no es sólo un asunto privado sino muy
público. Tanto que (aunque tan sólo desde 1956) los
billetes de dólares llevan el famoso lema de In God We
Trust (En Dios confiamos).
Además, la dimensión pública de la religión ha ido
aumentando con los crecientes intentos de politizarla.
Parecía una cuestión tapada en las primarias demócratas,
y sin embargo ha resurgido cuando el aspirante demócrata
a la Casa Blanca Barack Obama declaró recientemente que
las frustraciones económicas de muchos electores en las
ciudades pequeñas de Pensilvania les había llevado a
"aferrarse a los rifles o la religión o la antipatía
hacia la gente que no es como ellos". Pese a que tenga
razón, está pagando por esta afirmación.
Aunque hablara mucho de religión -si bien
significativamente escasamente de diálogo de religiones,
que sólo citó una vez- , el discurso de Benedicto XVI en
Naciones Unidas fue, inevitablemente, político. Con él,
tres han sido los Papas que se han subido a esta
tribuna. Pablo VI en 1965, cuando se presentó como
"experto en humanidad". Juan Pablo II en dos ocasiones
muy diferentes (1979 y, tras el fin de la guerra fría,
1995). En todos hay un hilo conductor: la insistencia en
la libertad y en los derechos de los individuos. Juan
Pablo II insistió mucho en 1995 en que la libertad no
era algo que sólo buscaran los individuos sino también
las naciones. Y si habló de los "derechos de las
personas", añadió los de las naciones, remontándose para
ello al Concilio de Constanza en el siglo XV.
Inevitablemente, los tres Papas se han referido de una u
otra manera en esta tribuna al aborto y al control de la
natalidad. La derecha americana y el Vaticano han
coincidido en su oposición a dar fondos en la ONU a
programas que contemplaran el aborto, y en esto han
recibido el apoyo de los países integristas musulmanes.
Pero no todo son coincidencias con Bush.
Significativamente, Ratzinger sólo mencionó una vez la
palabra "terrorismo" y consideró que el respeto de los
derechos humanos es una de las formas de "aumentar la
seguridad". Es decir, sin mencionarlos, un discurso
contrario a Guantánamo, a la Ley Patriótica o a las
detenciones ilegales de prisioneros de guerra.
Ya
había pedido a Bush más "esfuerzos pacientes de
diplomacia internacional" para resolver los conflictos
internacionales. Pablo VI había definido Naciones
Unidas, ya en aquellos años, como una "escuela de paz".
El Papa Ratzinger también insistió en la paz, pero no
desde el pacifismo. Defendió la injerencia por razones
humanitarias. No renegó del uso de la fuerza sino que,
insistió, ésta debe partir de un consenso si no
universal, sí amplio. Hizo una alabanza a Naciones
Unidas como centro del multilateralismo y de la defensa
de los derechos humanos cuya Declaración Universal
cumple 60 años, e interesante fue su reflexión sobre el
peligro de que la legalidad prevalezca sobre la justicia
en relación con estos derechos.
Su
insistencia en que hay que recuperar la religión en la
esfera pública forma parte de esa tendencia que algunos
sociólogos, como Peter Berger, detectaron desde los 90 y
han llamado la de la des-secularización del mundo. Al
menos en Europa, oasis laico, conviene no sólo frenarla,
sino invertirla.
Más de 60.000 feligreses despiden al Papa coreando su
nombre en el estadio de los Yankees
EL
MUNDO
Más de 60.000 feligreses despidieron ayer a Benedicto
XVI, que fue recibido a los gritos de «¡Viva el Papa!»
en la misa bilingüe oficiada en el emblemático estadio
de los Yankees en el Bronx, en un abrazo multitudinario
comparable al que recibió hace 29 años Juan Pablo II en
este mismo escenario. El Papa cerró su histórica visita
celebrando el bicentenario de la Iglesia católica en
Estados Unidos y haciendo un llamamiento a la juventud.
«¡Encontrad el valor para proclamar a Cristo!», dijo.
«Descubrid la verdad liberadora del Evangelio, la que
aflora cuando nos alejamos de la carga del pecado». Por
la mañana, en un acto cargado de solemnidad, Benedicto
XVI visitó la Zona Cero y entonó una plegaria creada
para la ocasión: «Dios de la paz, trae la paz a nuestro
mundo violento».
Miles de fieles le arroparon en los dos últimos actos de
su visita de cinco días a Estados Unidos, a donde llegó
el martes con la difícil misión de elevar la moral de
los 67 millones de católicos tras el escándalo de los
sacerdotes pederastas. Benedicto XVI se reunió
inesperadamente con una representación de las más de
4.000 víctimas, mientras El Vaticano anunciaba la
posibilidad de modificar las leyes canónicas para
facilitar las posibles denuncias en un futuro.
El
Papa abordó el tema insistentemente durante los cuatro
primeros días, aunque en sus últimas horas en suelo
norteamericano decidió imprimir un giro apostólico a su
visita, con referencias constantes a los jóvenes y a
«las sucesivas olas de inmigrantes cuyas tradiciones han
enriquecido tanto la Iglesia católica en Estados
Unidos».
El
Papa hizo ayer una última y velada referencia al tema
que le persiguió como una sombra durante toda la visita
e instó a sus seguidores a no perder la fe «ante la
adversidad y el escándalo». Hizo también hincapié en la
cuestión del aborto y pidió «el respeto de la dignidad y
de los derechos humanos de todo hombre, mujer y niño en
nuestro mundo, incluidos los más indefensos, como los
niños que están en el seno materno». En la misa de
despedida en el estadio de los Yankees, las gradas
estaban pobladas de pancartas en español y de banderas
mexicanas, dominicanas y puertorriqueñas. Miles de
personas sin invitación se quedaron fuera, escuchando
por los altavoces y esperando ver si acaso un resquicio
del Papamóvil.
El
Papa arrancó su última jornada en la Zona Cero, definida
por él mismo como «la escena de una increíble violencia
y dolor». Benedicto XVI bajó por su propio pie la rampa
hasta la fosa en obras, donde se instaló un reclinatorio
blanco para la ocasión. El Sumo Pontífice se arrodilló
durante cinco minutos y rezó el silencio, bajo unos
poderosos reflectores y ante la mirada de los familiares
de las 3.000 víctimas del 11-S que habían sido invitadas
personalmente a la ceremonia. Acto seguido, el Papa
encendió una llama votiva, bendijo con agua el solar y
entonó una oración. Dympna Judge, hermana del capellán
de los bomberos de Nueva York Mychal Judge, fallecido
bajo la lluvia de escombros, agradeció el detalle al
Papa en el nombre de los 24 elegidos para acompañarle en
su descenso a la Zona Cero.
Fue sin duda uno de los momento más emotivos de su
visita de cinco días a Washington y Nueva York, aunque
miles de fieles que acudieron al Bajo Manhattan con la
esperanza de contemplar de lejos la ceremonia se
conformaron con un esquinazo del Papamóvil en el momento
de abandonar el solar. Alexander Bejarano, colombiano,
exhibió a su paso un cartel de Ingrid Bentancourt. «La
violencia no conoce fronteras, ni la paz tampoco»,
aseguró Alexander, rodeado por un gentío
mayoritariamente hispano, como el que el día anterior se
congregó en la Quinta Avenida.
Del «monstruo» del nazismo a las heridas del Holocausto
La
visita a Estados Unidos le ha servido a Joseph Ratzinger
para cerrar las heridas aún abiertas de su juventud bajo
los rigores de la Alemania nazi. En el acto celebrado el
sábado en el seminario de San José, en la localidad de
Yonkers (Nueva York), el Papa condenó el «régimen
funesto del nazismo» y decidió entrar en detalles
personales (a los 14 años fue alistado obligatoriamente
en las Juventudes Hitlerianas, aunque su familia
católica era contraria al régimen, según su biógrafo
John Allen). «Mis propios años como adolescente
estuvieron marcados por un régimen siniestro que pensó
que tenía todas las respuestas», dijo el Papa. «Su
influencia creció y se fue infiltrando en las escuelas y
en los organismos civiles, y también en la política y en
la religión, antes de ser reconocido como el monstruo
que fue. Desterró a Dios, y por tanto dio la espalda a
todo lo que era bueno y verdadero».
«Muchos de vuestros abuelos y bisabuelos os habrán
contado el horror y la destrucción que padecieron»,
subrayó Benedicto XVI ante miles de jóvenes, con una
notable presencia hispana. «De hecho, algunos de ellos
vinieron a América para escapar a ese terror», agregó, y
a continuación ensalzó «la fundamental importancia de la
libertad».Caridad y humildad. «Tenéis que apreciar los
sacrificios de quienes la hicieron posibles», dijo,
«pero también tenéis que estar atentos para no caer en
la oscuridad... Aquí, los sueños y las aspiraciones de
los jóvenes pueden ser fácilmente destruidos. Estoy
pensando en todos aquellos afectados por el abuso de las
drogas, por la pobreza, por el racismo, por la violencia
y la degradación, especialmente las muchachas y las
mujeres».
Benedicto XVI instó a los jóvenes a practicar «la
caridad, la castidad y la humildad» y les pidió que no
tengan miedo a dar un paso al frente y «decir la
verdad». Las raíces históricas de Ratzinger estuvieron
también muy presentes durante su visita a la sinagoga de
Park East, la primera vez que un sumo pontífice visita
un templo judío en Estados Unidos. Allí estrechó la mano
del rabino Arthur Schneier, que escapó de la persecución
nazi en Europa. «En nuestras vidas hemos experimentado
los horrores de la guerra y del Holocausto, y hemos
padecido la falta de humanidad de los hombres», llegó a
decir el rabino. «Pero hemos sido también capaces de
experimentar el júbilo de la libertad».
El
viaje más urgente para Benedicto XVI
EL
MUNDO / RAFAEL NAVARRO VALLS
En
vísperas de la independencia americana, las 13 colonias
-excepto Rhode Island- que constituirían Estados Unidos
dictaron leyes discriminatorias contra los católicos. De
hecho, los 34 presidentes que precedieron a Kennedy en
la Casa Blanca fueron protestantes. Cuando en la campaña
electoral de 1928 un católico -Al Smith- se presentó a
la Presidencia, los ataques más duros contra su
candidatura vinieron de los sectores protestantes y el
Ku Klux Klan. Han pasado los años y, hoy, cinco de los
nueve jueces del Tribunal Supremo de Estados Unidos son
católicos, seis de los precandidatos que comenzaron la
carrera electoral de 2008 para la Presidencia también, y
nadie se extraña de que el oponente más fuerte que tuvo
George W. Bush en sus aspiraciones presidenciales fuera
el católico John Kerry. De hecho, casi 70 millones de
estadounidenses son católicos.
Esto explica que con este nuevo viaje de Benedicto XVI,
Estados Unidos sea, junto con Polonia, el país más
visitado (nueve ocasiones) por los Papas. Así pues, el
primer objetivo de la visita que ayer concluyó el
Pontífice ha sido pastoral: alentar a los católicos y
hacerles tomar conciencia de su responsabilidad como
fermento en el país más poderoso de la Tierra. Entre
ellas «difundir con valentía la cultura de la vida». Las
concentraciones en el Nationals Stadium de Washington y
en el Yankees Stadium de Nueva York han ayudado a
lograrlo.
Al
comprobar el lleno hasta la bandera del aula de plenos
del palacio de vidrio de las Naciones Unidas, los cinco
minutos de aplausos de los asistentes y la repercusión
del discurso de Benedicto XVI nadie diría que, hace unos
años, una serie de ONG interesadas en el control de
natalidad vía aborto desataran una campaña contra la
Santa Sede para despojarle de su estatuto de observador
permanente ante las Naciones Unidas. Pero ratifica el
hecho de que, en julio del 2004, la misma Asamblea
General a la que Benedicto XVI acaba de dirigirse
aprobara por unanimidad una resolución que, no sólo
confirmó, sino que reforzó la presencia de la Santa Sede
en la ONU. Precisamente por ello, el inicio de su
mensaje ha sido manifestar «su estima» por una
organización que debe cada vez más ser un «signo de
unidad entre los estados e instrumento al servicio de
toda la familia humana».
Esa universalidad de la ONU ha sido la condición
propicia para que Benedicto XVI insista en la en la
fundamentación de los derechos humanos: «Estos están
basados y plasmados en la naturaleza trascendente de la
persona, que permite a hombres y mujeres recorrer su
camino de fe y su búsqueda de Dios en este mundo». Su
respeto continúa siendo la estrategia más efectiva para
eliminar las desigualdades entre países y grupos
sociales y para aumentar la seguridad mundial. Con esa
fundamentación universal -en mi opinión- el Papa ha
querido salir al paso de quien considera que, al ser las
grandes declaraciones de derechos humanos de inspiración
grecolatina y judeocristiana, no tienen en cuenta otras
concepciones del hombre. Al desconocer esos derechos
-dicen- no violan algo universal, sino algo sectorial,
con lo que crean una coartada para no sentarse en el
banquillo de los acusados.
Naturalmente, en el elenco de derechos humanos, el de
libertad religiosa aparece radicado en «la primera de
las libertades». Por eso mismo ha insistido el Papa
Ratzinger en que «es inconcebible, que los creyentes
tengan que suprimir una parte de sí mismos -su fe- para
ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario
renegar de Dios para poder gozar de los propios
derechos». Una clara advertencia para los regímenes o
los gobiernos que quisieran relegar a los cristianos o a
los católicos a las catacumbas sociales.
Se
esperaba que hiciera alguna referencia al tema de los
abusos sexuales de una minoría de clérigos. Pero ha
sorprendido que por cuatro veces aludiera a ese
escándalo. La sorpresa arranca de que, en realidad, esta
cuestión hunde sus raíces en los años 50 y estalla a
principios del 2000 en sus repercusiones patrimoniales.
Algo, pues, que pertenece al pasado. Sin embargo, con su
insistencia, el Papa ha querido, de una vez por todas,
pasar de la página de la «vergüenza» a las páginas de la
«esperanza» y la «purificación», como ha subrayado el
portavoz de la Santa Sede al comentar el encuentro que
mantuvo Benedicto XVI con víctimas de esos abusos.
Naturalmente, en una sociedad multicultural -melting pot-
como es la estadounidense, han sido inevitables los
encuentros interreligiosos. Con una nota de color: sólo
faltó la comunidad sij porque, por tradición, en sus
reuniones solemnes acuden siempre con el puñal
ceremonial famoso. El Servicio Secreto de EEUU les ha
prohibido llevarlo y los ha dejado fuera: ¡cosas de
América!
En
esos encuentros, el Papa ha subrayado la necesidad de
defender la verdad objetiva, por encima de la
fragmentación a que tiende la conciencia humana. Según
me ha parecido entender, es la implícita idea de que
cuando «se vive en la verdad» se puede cambiar lo que en
la Historia parece inmutable. De ahí su grito de alarma
a los líderes cristianos de Nueva York: «El laicismo
radical arruina la verdad de la trascendencia». Buscando
siempre los puntos de unión, en una sinagoga de la
ciudad de los rascacielos, ha subrayado con elegancia el
hecho conmovedor de que «Jesús, siendo joven, escuchó
las palabras de la Escritura y rezó en un lugar como
éste».
Con los jóvenes -como ocurría con Juan Pablo II-
Benedicto XVI ha hablado a corazón abierto. Alertándoles
sobre las amenazas que se ciernen en torno a las vidas
vacías, no ha dudado en hacerles la sobrecogedora
confidencia de que también sus años de adolescente
«fueron arruinados por una ideología: la del nazismo».
Pero no todo han sido discursos. Probablemente, el
momento más conmovedor de la visita ha sido su bajada al
punto más profundo de la Zona Cero de Nueva York, el
llamado bed-rock, donde se encuentra el cráter en el que
antes estaban las Torres Gemelas, destruidas por el
ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001. Allí se
ha encontrado con un reducido grupo de parientes y
víctimas de la tragedia y ha rezado -profundamente
emocionado- una sencilla oración pidiendo «la sabiduría
y el coraje para trabajar incansablemente por un mundo
en donde reinen la paz verdadera y el amor entre las
naciones y en los corazones de todos». El simbólico
flash de tristeza ha contrastado con la alegría
desbordante de las miles de personas concentradas en el
Yankees Stadium.
Esta visita ha coincidido con dos aniversarios muy
personales del Papa: su 81 cumpleaños y el tercero de su
elección como pontífice. El primero lo inició en la Casa
Blanca, en un encuentro en el Despacho Oval con Bush, el
presidente de la nación más poderosa del mundo. Un
momento interesante, si se piensa que el Papa es, a su
vez, la primera autoridad moral de la Tierra. Bush ha
sido consciente de eso. Al día siguiente celebraba el
presidente un desayuno de oración con católicos y
subrayó el privilegio que supuso para él poder conversar
con el Santo Padre en el Estudio Oval. Desveló algo de
la conversación al definir a Benedicto XVI como un líder
«valiente en la defensa de las verdades fundamentales;
alguien que comprende que cada persona tiene valor y que
cada uno de nosotros es deseado, cada uno de nosotros es
amado y cada uno es necesario».
El
segundo aniversario lo comenzó rodeado de más de 3.000
obispos, sacerdotes y religiosos de toda América. El
Papa es consciente de que cada vez le queda menos
tiempo. De ahí su petición de oraciones: «Como Pedro, yo
también tengo mis defectos y mis límites: ayudadme a ser
un buen Papa en este momento histórico». Por eso pidió a
un grupo de enfermos y discapacitados: «Rogad por mí: el
tiempo vuela».
¿Cuál ha sido el balance de esta visita? Sólo con
perspectiva histórica podrá hacerse con rigor. Recién
concluida, cuando el avión del Papa vuela del aeropuerto
John Fitzgerald Kennedy al de Fiumicino, podemos decir
que éste ha sido un viaje de urgencia. Un viaje que
probablemente -por su edad y como se ha recordado- no
podrá repetir Benedicto XVI. En ese contexto urgente se
me ha venido a la cabeza aquella memorable frase de
Alexis de Tocqueville referida a EEUU: «El despotismo
puede prescindir de la fe; la libertad, no». El propio
John Adams decía que la Constitución americana «está
hecha para un pueblo moral y religioso».
Una síntesis del mensaje radical del Papa en EEUU podría
ser el que hace años Ratzinger dejaba por escrito en un
libro, precisamente en referencia indirecta al gran país
que acaba de abandonar: «Apartarse de las grandes
fuerzas morales y religiosas de la propia historia es el
suicidio de una cultura. Cultivar las evidencias morales
esenciales, defenderlas, protegerlas como un bien común
sin imponerlas por la fuerza, constituye una condición
para mantener la libertad frente a todos los nihilismos
y sus consecuencias totalitarias».
Rafael Navarro Valls es catedrático de la Universidad
Complutense y autor del libro sobre el Vaticano y EEUU
Los jóvenes norteamericanos son «la Iglesia del futuro»
ABC
Durante su última gran cita con los fieles americanos,
la misa de la tarde en el Yankee Stadium, Benedicto XVI
dedicó sus últimas palabras a revivir el encuentro del
dia anterior con unos veinte mil jóvenes en el que «me
conmovió la alegría, la esperanza y el generoso amor a
Cristo que vi en sus caras». El Papa añadió que esos
jóvenes «son el futuro de la Iglesia, y merecen todas
las oraciones y la ayuda que podamos darles. Por eso
deseo concluir con unas palabras para ellos: abrid
vuestros corazones a la llamada de Dios para seguirle en
el sacerdocio o en la vida religiosa». Poco después,
repetía la misma invitación en español, y añadiendo que
«la fe en Cristo se manifiesta en una cercanía efectiva
hacia los pobres».
A
lo largo de dos mil años, el mensaje del cristianismo ha
viajado con las sandalias de un pescador de Galilea, las
mochilas de los monjes irlandeses o las carabelas de los
exploradores cuando se descubrió el Nuevo Mundo. En sus
siglos de grandeza, Francia y España han hecho mucho por
la Evangelización, como ahora le toca a Estados Unidos.
Gran presencia católica
Desde hace ya una década, más del 50 por ciento de los
católicos del mundo viven en América, desde Chile a
Canadá, y la Iglesia crece sobre todo en los Estados
Unidos, que es ya el tercer país católico del mundo en
números absolutos después de Brasil y México. Dentro de
poco será el segundo en número de fieles y el primero en
importancia.
Ayer se celebraba el bicentenario del desdoblamiento de
la primera diócesis del país, la de Baltimore, en cuatro
sedes, al añadir las de Boston, Nueva York y Louisville.
En la actualidad, Estados Unidos cuenta con 195 diócesis
y 432 obispos. A la vista de los números, el Papa
comentó que «nuestra celebración de hoy es también un
signo del impresionante crecimiento que Dios ha dado a
la Iglesia de este país en estos doscientos años» en que
«el rostro de la comunidad católica ha cambiado mucho
con las sucesivas oleadas de inmigrantes». Hoy son los
hispanos, quizá mañana serán los chinos.
Alfonso López Trujillo, cardenal
EL
PAÍS
El
cardenal colombiano Alfonso López Trujillo, de 72 años,
presidente del Consejo Pontificio para la Familia,
falleció el sábado en Roma a causa de una infección
respiratoria, según indicaron fuentes de la clínica Pío
XI, donde estaba hospitalizado.
El
cardenal colombiano Alfonso López Trujillo, de 72 años,
presidente del Consejo Pontificio para la Familia,
falleció el sábado en Roma a causa de una infección
respiratoria, según indicaron fuentes de la clínica Pío
XI, donde estaba hospitalizado. El cardenal, que hizo
campaña contra los preservativos, los experimentos con
células madre y el aborto, suscitó una fuerte polémica
en 2006, cuando dijo que los condones no garantizaban
protección frente al sida, y que confiar en ellos era
"apostar por la propia muerte".
En
una entrevista concedida en 2006 al semanario Familia
Cristiana, López advirtió de que "las actitudes
liberales hacia el aborto en las sociedades
occidentales" podrían desembocar en demandas legales
contra la Iglesia Católica por su oposición a esa
práctica: "Temo que hablar en defensa de la vida, de los
derechos de la familia, se esté convirtiendo en algunas
sociedades en un crimen contra el Estado, en una forma
de desobediencia del Gobierno y una discriminación
contra las mujeres", declaró. López se mostró favorable,
además, a excomulgar a los científicos que experimentan
con células madre embrionarias. "Destruir un embrión es
igual a abortar, y la excomunión vale para la mujer, los
doctores y los científicos que eliminan el embrión".
Nacido el 8 de noviembre de 1935, en Villahermosa, en
Colombia, López Trujillo se doctoró en Filosofía en la
Universidad Pontificia Angelicum. Ordenado sacerdote en
1960, el Papa Pablo VI le nombró obispo auxiliar de
Bogotá en 1971. Al año siguiente fue elegido secretario
general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).
Promovido a arzobispo y nombrado coadjutor, con derecho
a sucesión, de Medellín, en 1978 por el mismo Papa,
entre 1979 y 1982 fue presidente del CELAM.
Juan Pablo II le hizo cardenal el 2 de febrero de 1983,
y en 1990 le nombró presidente del Pontificio Consejo
para la Familia. A partir de 1994, ese Consejo vaticano
se convirtió en responsable de la organización de los
Encuentros Mundiales de las Familias, que hasta ahora se
han celebrado en Roma, Río de Janeiro, Roma, Manila y
Valencia (2006). Con el fallecimiento del cardenal López
Trujillo, el Colegio cardenalicio queda compuesto por
195 purpurados, de los cuales 118 son electores (menos
de 80 años) y 77 no electores.
'Ministro' de la familia del Vaticano
EL
MUNDO
«Eso del sexo seguro es una mentira, no existe», solía
sermonear el cardenal Alfonso López Trujillo, el hombre
que en los últimos 18 años ha ocupado el cargo de
ministro vaticano para la familia. «Contra el sida la
única técnica que funciona es la abstinencia, la
fidelidad y la castidad», repetía incansable este
purpurado colombiano, célebre por su enérgica defensa de
la moral. Porque hasta su muerte el sábado a los 72 años
a causa de una infección pulmonar, López Trujillo
siempre se distinguió por sus muy conservadoras posturas
frente a la familia y a la sexualidad. El condón, por
ejemplo, era para él «un artilugio inmoral». Y el
matrimonio homosexual, «una aberración».
Considerado uno de los máximos exponentes conservadores
de la Curia romana, López Trujillo se había ganado a
pulso ese título. Y no sólo por sus férreas posiciones
morales, por su críticas al aborto, a la eutanasia, a la
homosexualidad, al divorcio o al feminismo. «Que no nos
bombardeen contándonos que está muy bien que la mujer
trabaje, porque eso es a costa de que no se desarrolle
como esposa y madre», se quejaba por ejemplo en una
entrevista a El MUNDO en junio de 2006. El cardenal
siempre destacó también por sus feroces ataques contra
los sectores más progresistas de la Iglesia
latinoamericana.
Durante los 12 años -entre 1972 y 1984-en los que fue
primero secretario y luego presidente de la
Confederación Episcopal Latinoamericana (CELAM),
arremetió constante e incansablemente contra la teología
de la liberación y las comunidades de base. Y eso que en
el seminario de Bogotá tuvo como compañero de estudios
al sacerdote Camilo Torres, que en 1966 moriría
combatiendo en las filas de la guerrilla izquierdista
colombiana del Ejército de Liberación Nacional (ELN).
Pero el cardenal López Trujillo, nacido en 1935 en la
pequeña localidad colombiana de Villahermosa, nunca
entendió los coqueteos de algunos curas latinoamericanos
con el marxismo ni su lucha política contra un sistema
de poder injusto que condenaba a la pobreza a la mayoría
de la población. Junto a Ratzinger -hoy convertido en
Benedicto XVI-, el purpurado se distinguió por combatir
a teólogos como el brasileño Leonardo Boff o el vasco
Jon Sobrino.
Ya
tenía fama de férreo conservador cuando, en 1983, Juan
Pablo II lo proclamó cardenal. López Trujillo tenía
entonces 47 años, convirtiéndose en el más joven miembro
del colegio cardenalicio hasta 1990. Fue justo ese año
cuando Karol Wojtyla lo llamó a Roma para que ocupara el
cargo de presidente del Consejo Pontificio de la
Familia. Y, desde ese puesto, organizó la Jornada
Internacional de la Familia celebrada en Valencia en
2006, y que llevó a dos millones de personas a esa
ciudad para participar en el encuentro con Benedicto XVI
en defensa de la vida y de la institución familiar
tradicional.
Podía haber llegado a Papa. No en vano, y gracias sobre
todo a sus posiciones ferozmente conservadores, fue uno
de los cardenales considerados papables en el pasado
cónclave de 2005. Pero perdió la partida ante otro gran
conservador: Joseph Ratzinger.
En
la distancia corta era un hombre amable y educado, pero
también rígido y exigente. Una vez tuve ocasión de
entrevistarle con ocasión de la celebración en Valencia
del encuentro de las familias. En la mesa a la que nos
sentamos a hablar había dos grabadoras: la mía y la
suya, porque Su Eminencia también decidió grabar nuestra
conversación. «Para mayor seguridad», aseguró al ver mi
extrañeza. Y, no contento con ello, exigió ver la
entrevista antes de que fuera publicada. «Para mayor
seguridad», continuaba diciendo. Alfonso López Trujillo,
cardenal, nació en 1935 en Villahermosa (Colombia) y
murió en Roma el 19 de abril de 2008.
Sacerdotes recuerdan infatigable labor pro-vida y
familia del Cardenal López Trujillo
ACI
El
P Frank Pavone, director nacional de Priests for Life
(Sacerdotes por la Vida), expresó sus condolencias por
el fallecimiento del Cardenal Alfonso López Trujillo, a
quien recordó como "uno de los más fuertes defensores,
en la Iglesia, de la dignidad de la persona humana y la
familia". Según informa Christian Newswire, el sacerdote
explicó que "esto lo sabían sus amigos y enemigos. Él
sabía y con frecuencia decía que la posición de la
Iglesia de defensa de la vida no era solo una enseñanza,
sino una batalla, y con mucha voluntad asumió los
sacrificios de ésta en su propia vida".
El
P. Pavone también comentó que "en el curso de mi trabajo
cotidiano con el Cardenal, me dio la oportunidad de
compartir la visión de Priests for Life con obispos de
todo el mundo, y personalmente alentarlos a adoptar
nuestro trabajo". "En cada reunión –relató el
presbítero– que tuve con el Cardenal, siempre estaba
pensando en nuevas formas de avanzar en la Cultura de la
Vida. Sentía acuciosamente la falta de tiempo para
desarrollar e implementar las ideas que fluían de su
entusiasmo y creatividad. Ahora es tiempo de que
nosotros recojamos todo lo que él ha dejado".
Los funerales del Cardenal Alfonso López Trujillo, quien
fuera Presidente del Pontificio Consejo para la Familia,
serán presididos este miércoles por el Papa Benedicto
XVI. Un representante del Papa selló el féretro del
Purpurado, quien fue colocado en el ataúd con el anillo
episcopal, su mitra oficial y el acta de defunción, fue
también envuelto en terciopelo, honor reservado a los
miembros destacados de la Santa Sede.
Después el cuerpo fue trasladado a la Capilla de Santo
Estéfano, en el Vaticano, donde permanecerá hasta el
miércoles. El Cardenal López Trujillo dejó en su
testamento la mayoría de sus bienes para las dos
fundaciones de niños pobres que había creado en la
ciudad de Medellín, en donde sirvió como Arzobispo.
El
Papa alaba la valentía del cardenal López Trujillo en la
defensa de la vida. Preside en el Vaticano las exequias
por el purpurado colombiano
ZENIT
Valiente defensor de los valores no negociables de la
vida humana: así describió este miércoles el Papa al
cardenal Alfonso López Trujillo, al presidir sus
exequias en la basílica vaticana. Hasta su muerte, el
pasado sábado, durante casi dieciocho años el purpurado
colombiano -fallecido a los 72-- presidió el Pontificio
Consejo para la Familia con «celo y pasión», con una
«infatigable acción en tutela y promoción de la familia
y del matrimonio cristiano», subrayó Benedicto XVI.
«¿Cómo no darle las gracias por el coraje con que
defendió los valores no negociables de la vida humana?»,
reflexionó el Santo Padre ante cuantos acababan de
participar en la misa en sufragio por el alma del
cardenal López Trujillo.
El
decano del Colegio Cardenalicio, el cardenal Angelo
Sodano, presidió la Eucaristía en el altar de la cátedra
de la basílica de San Pedro. Entre los concelebrantes,
más de cuarenta purpurados y medio centenar de obispos,
también llegados de Colombia. Entre los numerosos
fieles, familiares del desaparecido cardenal . Ante el
altar, sobre el suelo, se colocó el féretro del
purpurado. Desde el lunes se habían velado públicamente
sus restos en la iglesia de Santo Stefano degli Abissini,
en el Vaticano.
Tras la Eucaristía, Benedicto XVI acudió a la basílica
vaticana para presidir el solemne rito exequial,
inmediatamente precedido por la homilía en la que trazó
los momentos más importantes de la vida del cardenal
colombiano, presidente del episcopado de su país,
presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano,
profundo conocedor de la realidad de su continente.
Presidente hasta sus últimos momentos del dicasterio
para la Familia, el Papa se detuvo especialmente en este
compromiso del cardenal López Trujillo, expresando su
agradecimiento por «la tenaz batalla que libró en
defensa de la "verdad" del amor familiar y por la
difusión del "evangelio de la familia"». «El entusiasmo
y la determinación con la que actuaba en este campo eran
fruto de su experiencia personal, especialmente ligada
al calvario que tuvo que afrontar su madre, desaparecida
a los 44 años de edad tras una dolorosa enfermedad»,
recordó Benedicto XVI.
Y
señaló que el propio purpurado reconocía el ejemplo de
sus padres en la vivencia del matrimonio y de la
familia; por eso hablaba de estos ideales y los mostraba
como realizables. «La consideración de que todo ser
humano y toda familia reflejan el misterio de Dios que
es Amor» era la fuente del amor que a su vez alimentaba
el cardenal López Trujillo «por la verdad del hombre y
por el evangelio de la familia», añadió el Santo Padre.
«Quedó impresa en la memoria de todos -admitió el Papa
Joseph Ratzinger-- su conmovedora intervención en la
Asamblea del Sínodo de los Obispos de 1997: fue un
verdadero canto a la vida», y «subrayó que si la ciencia
no se dedica a comprender y a educar en la vida perderá
las batallas más decisivas en el fascinante y misterioso
terreno de la ingeniería genética».
«Fortaleza para no ser ni indolente ni cobarde»: es lo
que pedía al Señor el purpurado en su labor de difusión
del «evangelio de la vida y el evangelio de la familia».
«Para llevar a cumplimiento la misión que Jesús nos
confía no hay que ser ni indolentes ni cobardes»,
insistió Benedicto XVI. «Que la generosidad del llorado
cardenal, traducida en múltiples obras de caridad,
especialmente a favor de los niños en diversas partes
del mundo, nos sirva de aliento para gastar todo nuestro
recurso físico y espiritual por el Evangelio
--exhortó--; que nos impulse a actuar en defensa de la
vida humana; que nos ayude a mirar constantemente hacia
la meta de nuestra peregrinación terrena».
El
cardenal López Trujillo ha recibido sepultura en el
cementerio de Santa Ana, en el Vaticano. Muestra de la
emoción que se ha vivido este miércoles en la basílica
de San Pedro son las palabras que, recientemente, los
miembros del dicasterio para la Familia dedicaron a su
presidente en una de las diversas necrológicas que se
han publicado en el diario de la Santa Sede «L'Osservatotre
Romano» por el purpurado. Sus colaboradores recuerdan
«con gratitud la incansable pasión del cardenal en la
promoción, en todo lugar del mundo, del evangelio de la
familia y de la vida, y en la defensa de la dignidad de
la persona humana». «Al amor del Padre, "Dives in
Misericordia" ["Rico en misericordia"], entregamos al
siervo fiel que amó a Cristo, a la Iglesia y al Papa»,
añaden.
El
Papa devolvió la esperanza
La
Razón
Hace una semana, Benedicto XVI era un enigma para la
mayor parte de los estadounidenses, católicos y no
católicos. Pero esa percepción ha cambiado radicalmente.
Su histórica visita a Washington y Nueva York ha hecho
del sumo Pontífice, que celebró aquí su 81 cumpleaños,
un rostro familiar, mucho más afable y compasivo de lo
que muchos esperaban del teólogo alemán. Durante seis
días, el Papa abogó por los derechos humanos, visitó una
sinagoga, rezó en la «Zona Cero» neoyorquina y se
entrevistó con el presidente George W. Bush. Todos
fueron actos cargados de enorme simbolismo. Pero todos
los observadores coinciden en que esta visita será
recordada por los repetidos y valientes intentos del
Papa por sanar las heridas causadas por el escándalo de
pedofilia en el clero.
Sin ninguna duda, el momento más intenso de su visita
fue el encuentro privado con un grupo de víctimas de los
abusos sexuales que no estaba en la agenda oficial y que
muchos descartaron antes de que Benedicto XVI pisara
suelo estadounidense. «Le conté que era monaguillo y
que, para mí, no sólo fue un abuso sexual, sino un abuso
espiritual», relataba luego a la CNN Bernie McDaid, una
de las cinco personas que rezaron y conversaron con el
Santo Padre. Una encuesta de «The Washington Post»
publicada el día que aterrizó el «Shepherd One» en
Washington, mostraba que los estadounidenses deploraban
la forma con la que el Vaticano había reaccionado ante
el escándalo que estalló en Boston en 2002. Juan Pablo
II nunca llegó a entrevistarse con las víctimas.
Pero Benedicto XVI cogió el toro por los cuernos nada
más despegar de Roma, al declarar que sentía «profunda
vergüenza» por los casos de sacerdotes pederastas «que
causaron tanto sufrimiento en la sociedad católica
estadounidense». «La pedofilia -aseveró- es
absolutamente incompatible con el sacerdocio». Las
palabras de Benedicto XVI han sido aplaudidas por los
medios americanos, que también han destacado el mensaje
más amplio de esperanza que ha traído el Pontífice. Al
contrario de lo que algunos esperaban, no hubo
reprimendas ni para las instituciones educativas
católicas que se están alejando de la tradición, ni para
los estadounidenses que van a misa pero difieren del
Vaticano en asuntos como el divorcio o la
homosexualidad. El Papa quiso alentar a sus fieles: «Los
americanos siempre han sido gente de esperanza: vuestros
antepasados vinieron a este país con la expectativa de
encontrar una nueva libertad y nuevas oportunidades,
creando una nueva nación sobre nuevos fundamentos»,
señaló ante 48.000 personas en el estadio de béisbol de
la capital federal.
Tampoco hubo provocadoras declaraciones políticas. El
Santo Padre tuvo varios gestos con los inmigrantes, la
mayoría procedentes de Latinoamérica, a los que habló en
español en las dos misas multitudinarias. Pero su
mensaje sobre la inmigración no tuvo carácter político,
sino que fue una llamada a la compasión y a la
hospitalidad. También desde la tribuna de la ONU, el
Papa recordó a los líderes internacionales que tienen
una obligación moral de actuar contra los abusos de los
derechos humanos y los desastres humanitarios. No hubo
mención a la polémica guerra en Irak ni a la paz en
Oriente Medio.
Pronto se publicarán encuestas que valoren la nueva
popularidad del Pontífice, que ha arrastrado a
verdaderas masas de feligreses y ha despertado un enorme
interés en la prensa. Pero más difícil será valorar el
impacto que tendrá su primer viaje a Estados Unidos en
la Iglesia de aquel país.
El
Papa de la era global
ABC
El
balance de la visita de Benedicto XVI a los Estados
Unidos es muy positivo en el terreno político, social y
pastoral. La figura del Papa sale muy fortalecida por
sus gestos y discursos en la nación más poderosa de la
tierra, donde ha sido recibido no sólo con afecto, sino
en ocasiones con entusiasmo, en su condición de líder
espiritual de alcance universal.
El
Pontífice expuso con toda claridad ante el presidente
Bush y en la sede de Naciones Unidas cuál es el punto de
vista cristiano sobre las relaciones internacionales,
con especial énfasis en la prioridad de la diplomacia.
Transmitió también un mensaje firme sobre la
purificación de la Iglesia norteamericana y la necesidad
de reforzar los valores morales. En este sentido, supo
afrontar con valentía el delicado asunto de la
pederastia, creando así un clima de confianza en su
persona que resulta decisivo en una sociedad mediática.
Por esa misma razón, ha causado un gran impacto la
imagen del Papa en la «zona cero», un emotivo cierre de
la visita.
También es muy positiva la cercanía mostrada hacia la
religión judía, de manera que su presencia en una
sinagoga refuerza el afán común que comparten las
diferentes confesiones en un mundo secularizado.
Benedicto XVI ha ofrecido lo mejor de sí mismo en estas
intensas jornadas. Rompe así, una vez más, el tópico
interesado sobre un Pontificado de transición y cerrado
a los nuevos tiempos. Muy al contrario, el Papa utiliza
su excepcional capacidad intelectual para adaptar el
mensaje de Cristo a los retos de la era global.
La
tolerancia aumenta cuando cristianos y musulmanes viven
realmente su religión. Encuentro de cristianos y
musulmanes en Hungría
ZENIT
En
Esztergom, Hungría, los miembros de la Comisión de los
obispos católicos y de líderes de otras confesiones
cristianas para las Relaciones con los Musulmanes en
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