Felices fiestas

Ya estamos en San Fermín. Dentro de nada el cohete, los encierros, las diversas actividades de las Peñas, y la ciudad entera inundada de gente que va y viene, contentos, desinhibidos, locuaces, unas veces con algo más de alcohol del que se puede aguantar y otras con los rostros castigados por el insomnio y la fatiga. Los sanfermines dan que pensar. Yo creo que todas las personas maduras, sinceras y responsables tendrían que reflexionar sobre los sanfermines..

En principio, la fiesta es bienvenida. Los hombres necesitamos de la fiesta. En ella nos liberamos de las ataduras cotidianas y tratamos de centrarnos libremente en lo fundamental, en lo más profundo y auténtico de la vida: los orígenes, las tradiciones, el encuentro, la comunicación, la manifestación de los sentimientos más hondos, como pueden ser el gozo de vivir, la alegría del amor y de la convivencia, la hospitalidad, el gusto de compartir los bienes sin las limitaciones de lo tuyo y de lo mío. La fiesta es como un baño en la vivencia original y profunda.

Pero ocurre que cada uno entiende la fiesta según la idea que tiene de la vida y los valores que verdaderamente le interesan. Por eso hay muchas maneras de entender y vivir los sanfermines. Cuando lo más importante de la vida, privada o pública, es el dinero, aparece la idea mercantilista de las fiestas y el interés supremo de explotarlas económicamente. Si lo que de verdad interesa es aprovechar las fiestas para ganar dinero, se comienza por intentar atraer a mucha gente, con reclamos propagandísticos no siempre sinceros ni decorosos; luego es preciso animarles a divertirse gastando, en lo que sea y como sea, sin restricciones ni consideraciones de ninguna clase. Cuando este espíritu prevalece, la fiesta se deteriora rápidamente.

Otra manera de empobrecer y desfigurar la fiesta es hacerla consistir en la transgresión de las normas habituales de convivencia, buscando la felicidad en el gusto de la prevaricación, en un frenesí de comida y bebida, de droga, de sexo banal y desarraigado, transformando una fiesta originalmente religiosa y culturalmente admirable en unos tristes carnavales de verano. Luego esta manera de entender la fiesta se puede extender a otras muchas fiestas, a los familiares fines de semana.

Bien, cada uno puede entender y vivir las fiestas como le parezca mejor. Pero los cristianos hemos de ser capaces de entenderlas y vivirlas en toda su complejidad y en toda su riqueza humana. Nuestros Sanfermines son originalmente una fiesta religiosa, en ellos conmemoramos las raíces espirituales de lo que ahora somos. La fe cristiana está en el origen de nuestra cultura, de nuestra idea de persona, de familia, de libertad y de justicia, de amor y de esperanza. De este manantial escondido han nacido nuestras mejores instituciones y costumbres. Tenemos derecho a festejarlo, a disfrutarlo, a vivir la alegría del encuentro y de la convivencia en este patrimonio común. La Misa, la Procesión y otros actos religiosos expresan directamente este meollo original de nuestras fiestas. Y así lo viven con gozo espiritual muchos pamplonicas de toda la vida.

De estas raíces nace la alegría del encuentro, de la comunicación, de la hospitalidad, del acercamiento gratuito, sin los límites de los horarios, las diferencias y aun desconfianzas que nos encuadran y separan en la vida ordinaria. En este contexto de convivencia liberada y desbordada tienen su verdadero sentido las reuniones, las peñas, las comidas y tantas otras formas de comunicación que son parte esencial de nuestras fiestas. Aprovechar este tiempo para introducir consignas o manifestaciones que separan y rompen la inocencia de la espontánea convivencia, es destruir la esencia misma de la fiesta.

La fe cristiana no es enemiga de la alegría. Jesús quería que sus discípulos pudieran disfrutar de un “gozo completo”. Se trata de un gozo completo que no mancille ni rebaje a la persona, que no deteriore las relaciones familiares o comunitarias, que no confunda la felicidad con la regresión a estadios infrahumanos, de irresponsabilidad o inmoralidad.

Los cristianos modernos hemos de ser capaces de demostrar con los hechos que la fe y la moral cristianas no son incompatibles con la alegría y la comunicación, sino que nos dan la capacidad de vivir y de expresar una alegría más honda, más completa, más compartida, con menos riesgos, con menos resacas, mucho más limpia, con mejor sabor de boca y de corazón. Mucho habría que decir sobre esto en los colegios, en las peñas, en las mismas familias. Educar para la fiesta es educar para lo más profundo de la vida. Deteriorar la fiesta es deteriorar la imagen de uno mismo con la que salimos a la calle cada mañana.

Y dicho esto, sólo me queda desearos a todos unas felices fiestas, sin sustos, sin excesos, llenas de alegría y fuente de nuevas relaciones y hermosos recuerdos. ¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín!