Veinticinco años de martirio

No es exageración. Los veinticinco años del pontificado de Juan Pablo II son literalmente años de martirio. Lo son en sentido etimológico. Juan Pablo II ha sido y sigue siendo un mártir, es decir un testigo excepcional de Jesucristo y de Dios en el contexto real de nuestro mundo. Y lo está siendo también en sentido estricto. Recordemos aquel 13 de mayo de 1981, a poco más de dos años de su elección. Las heridas de aquel atentado le han acompañado a Juan Pablo II durante toda su vida. Desde un punto de vista moral, se puede llamar también martirio a las críticas y descalificaciones continuas que ha tenido que soportar, provenientes de las posiciones fuertes del pensamiento, laicista desde que comenzó su ministerio romano. No puedo olvidar el pesar con el que, en uno de mis primeros encuentros con el Papa, me hizo este comentario: “Parece que en España la prensa no quiere mucho al Papa”. Para colmo, no han faltado católicos que pretenden “renovar” la Iglesia en contra del Papa.

El 16 de octubre se cumple el XXVº aniversario de su proclamación como Obispo de Roma y Papa de la Iglesia católica. Este aniversario nos ha de servir, en primer lugar, para agradecer a Dios la vida y el ministerio de este hombre, escogido y guiado por El desde su juventud, dotado de una preparación intelectual excepcional, adorador ferviente de Jesucristo y de la Trinidad Santa, servidor y defensor indomable del bien de la Iglesia, testigo vigoroso y recio del Evangelio de la salvación, amigo sincero de todos los hombres y mujeres del mundo.

En estos momentos, conviene, en primer lugar, que los católicos hagamos un esfuerzo para ver con claridad el lugar y la función del Papa en la Iglesia. El Obispo de Roma, como sucesor de Pedro, presidente y centro del Colegio de los Apóstoles, desde la Sede de Roma, preside la Iglesia universal, es punto obligado de referencia para todos los Obispos en el ejercicio de su ministerio, garantía de continuidad apostólica y vínculo de unidad para todos los cristianos. Los Obispos, unidos al Papa y presididos por él, formamos el Colegio episcopal que sucede al Colegio apostólico en todas sus prerrogativas de valor permanente y durable. Desde esta unidad colegial que nos mantiene en la comunión apostólica, presidimos las Iglesias particulares como realizaciones locales de la única Iglesia universal. Asistido especialmente por el Espíritu Santo a favor de la Iglesia, el Papa garantiza con su magisterio la identidad apostólica y cristiana de nuestra fe, mantiene la unidad y la consistencia de la Iglesia única y universal, realizada en cada una de las Iglesias locales.

Juan Pablo II ha desarrollado de manera admirable esta misión de Pastor de la Iglesia universal, en el nombre del Señor. Su solicitud pastoral en la Diócesis de Roma es un ejemplo para todas las Iglesias y los Obispos del mundo. Su amplísimo magisterio oral y escrito ha guiado y fortalecido a la Iglesia en estos difíciles años del posconcilio.

En el ministerio del Papa actual encontramos y agradecemos los católicos, al menos, estos rasgos:

– Ha dirigido la Iglesia en el difícil período del posconcilio, manteniéndose fiel a las enseñanzas y mandatos del Concilio y rectificando las falsas interpretaciones que ponían en peligro la fidelidad doctrinal o el patrimonio espiritual y moral de la Iglesia.

– Ha desarrollado un amplio magisterio sobre los contenidos fundamentales de la fe y de la moral cristianas;

– Ha denunciado y corregido las deformaciones de la doctrina y de la enseñanza cristiana en cuestiones referentes a Jesucristo, los sacramentos de la Eucaristía y de la reconciliación, la conciencia moral cristiana, las características de la vida cristiana en la familia, en la vida social y económica.

– Ha promovido un diálogo profundo, comprensivo y sincero con el pensamiento contemporáneo, clarificando las relaciones entre la ciencia y la fe, abriendo caminos para la evangelización de los hombres del siglo XXI, denunciando los errores y los riesgos de la creciente secularización de la cultura, con la consiguiente implantación del ateísmo como forma cultural y social.

– Ha impulsado fuertemente las relaciones entre la Iglesia católica y las demás Iglesias y confesiones cristianas.

– Se ha acercado con clarividencia y con infinita compasión a las llagas y dolores de nuestro mundo, la guerra y la violencia, las enfermedades, el subdesarrollo, el hambre, las injusticias estructurales, ilustrando las consecuencias sociales de la fe cristiana realmente vivida o del ateísmo práctico.

– Ha proclamado con fuerza la doctrina social de la Iglesia denunciando las injusticias de nuestro mundo, defendiendo los derechos humanos y la promoción de los más pobres, trabajando incansablemente por la paz y la amistad entre todos los pueblos de la tierra.

– Ha promovido la renovación espiritual de la Iglesia entera, de los Obispos de los sacerdotes y religiosos, de los seglares.

– Ha señalado los caminos de la renovación espiritual de la Iglesia y de su vigor misionero para afrontar sin temor la tarea de la evangelización en el siglo que hemos comenzado.

– Ha llevado personalmente el ministerio de Pedro a todos los rincones de la tierra, fortaleciendo la conciencia de unidad de los católicos y anunciando el Evangelio de Jesucristo en todos los continentes.

– En todas sus actuaciones ha puesto su sello personal, un sello de seriedad y reciedumbre, verdad y autenticidad, compasión y generosidad, confianza y magnanimidad.

En continuidad con los grandes Papas que Dios ha dado a su Iglesia en estos últimos tiempos, Juan Pablo II ha sido, y sigue siendo, un gran campeón de la fe, un testigo admirable del Reino de Dios. La Iglesia del siglo XXI estará marcada por la acción de este Papa, cuyas ideas y orientaciones se desarrollarán y darán sus frutos durante muchos años. Con todo el amor de nuestro corazón cristiano y eclesial, damos gracias a Dios por estos veinticinco años de fecundo ministerio pontificio, rezamos por nuestro Papa y pedimos para él el consuelo y la fortaleza del Señor, el gozo y la satisfacción de una vocación generosamente vivida y cumplida.