Iglesia católica en Navarra

Ya es costumbre invitar a los cristianos a dedicar un día a pensar en su Iglesia, a conocerla mejor, apreciarla más y colaborar algo más en sus trabajos y necesidades. Estos son los objetivos de la Jornada por la Iglesia diocesana que, este año, celebraremos el domingo, día 16 de noviembre.

En esa fecha os invito a reflexionar un poco sobre la verdad de la Iglesia. De la Iglesia hablan muchos. Generalmente para criticarla. Pero pocos se paran a pensar seriamente en su verdad más auténtica. ¿Qué es en realidad la Iglesia?

Seguro que muchos cristianos se verían con dificultades para responder a esta pregunta. Y no digamos tantos otros no cristianos que juzgan con dureza lo que hacemos o decimos. A todos nos viene bien recordar la verdadera naturaleza de esta sociedad totalmente original y sumamente extraña que llamamos Iglesia.

Para responder a esta pregunta lo mejor es asomarse a una Misa dominical en cualquier parroquia de Navarra. Eso que está ahí y eso que hacemos los cristianos al celebrar y vivir la Eucaristía, eso es originalmente la verdad de la Iglesia. La comunidad de los que creen en Jesucristo, presididos por los sucesores de los Apóstoles, reunidos para recordar y celebrar la muerte y resurrección de Jesucristo, con la voluntad y el compromiso de vivir según sus enseñanzas, dejándose guiar interiormente por las mociones y la asistencia de su Espíritu. No hay en el mundo nada semejante.

Luego ocurre que unos son mejores y otros peores, que unos aciertan más y otros aciertan menos. Pero de la Iglesia nunca se puede hablar sin tener en cuenta que su Principio es Jesucristo resucitado, su fuerza interior la asistencia del Espíritu Santo, y su objetivo la santificación y la salvación eterna de todos los hombres. Las anécdotas, los hechos de unos o de otros, pueden ser mejores o peores, más o menos discutibles, pero siempre, por encima, o por debajo, de las debilidades y las grandezas de los cristianos, está esta realidad profunda de la Iglesia de la que formamos parte quienes hemos recibido el don de la fe y del bautismo, quienes queremos vivir, en comunión universal y fraterna, de acuerdo con los ejemplos y las enseñanzas de Jesús.

Porque cada grupo, cada parroquia, cada pequeña comunidad, forma parte de la gran comunidad que es la Iglesia diocesana presidida por el Obispo en estrecha comunión con los demás Obispos y de forma singular con el Obispo de Roma que preside la Iglesia única y universal que viene desde Cristo con los Apóstoles y abraza al mundo entero. Una única Iglesia, la Iglesia de los discípulos de Jesús, presente en cada lugar, en cada pueblo, en todos los rincones de la tierra.

Cada época ha visto una forma diferente de estar la Iglesia en el mundo. A nosotros nos toca ser Iglesia en una sociedad que está perdiendo rápidamente su patrimonio espiritual cristiano. Vivimos en una sociedad sometida a la dictadura de la economía, una sociedad en la que domina una concepción de la vida que ya no es la concepción cristiana. Una sociedad sometida a una ideología dominada por la idea de que nosotros somos los dueños absolutos y últimos de nuestra vida. La vida social y pública rechaza las referencias religiosas y se organiza como si nosotros fuéramos dueños absolutos de nuestra vida. No aceptamos nuestra condición de creaturas, de imágenes de nadie. Queremos ser directamente dioses de nosotros mismos. Hay que vivir en este mundo, cada uno a su gusto, tratando de ser lo más feliz posible, sin pensar en Dios ni en la vida eterna.

En un mundo así los cristianos nos sentimos incómodos, incomprendidos, diferentes, a veces, rechazados y tratados injustamente. Por eso mismo necesitamos tener una idea cercana, clara, directa de la verdad de nuestra Iglesia, de lo que hacen y dicen nuestros Obispos, de la vida real de los religiosos y religiosas, de los misioneros, de las familias cristianas, de los jóvenes que quieren vivir de verdad el modelo y las enseñanzas de Jesús. Esta situación de minoría contracultural requiere de los cristianos un esfuerzo para conseguir la suficiente claridad interior, la necesaria estima y valoración de su fe, la coherencia y consistencia de la comunidad cristiana en cuanto tal. Cada vez hay menos lugar para los cristianos disidentes, perezosos, claudicantes.

Pensemos en algunas cosas concretas. Os invito a hacer alguna lectura provechosa. Una página del evangelio, algún libro o revista que os ayude a conocer mejor la vida de la Iglesia. Una buena conclusión sería suscribirse a La Verdad, el semanario diocesano, interesarse por los programas incipientes de TV Popular de Navarra, comprar y leer algún libro que nos hable bien, con seriedad y con amor, de la vida de la Iglesia católica.

Otra conclusión podría ser el preguntarse ¿qué hago yo dentro de mi Iglesia? ¿cómo y cuánto colaboro con mi Iglesia diocesana, con mi parroquia? ¿qué pasaría si todos los cristianos hicieran lo mismo que yo? ¿iríamos mejor o iríamos peor?

Y por último, este día es también momento oportuno para hacer una limosna importante a favor de las necesidades de nuestra Iglesia que son muchas. En la vida de la Iglesia hay gastos que se ven y otros que no se ven. Tenemos que atender al mantenimiento de los sacerdotes, de las residencias y casas correspondientes, al mantenimiento y restauración de las 700 iglesias, y otras tantas ermitas, muchas de ellas en pueblos medio deshabitados cuyos habitantes no pueden ya mantener en pie su propia iglesia. ¿Vamos a dejar que se caigan? Y luego están las iniciativas pastorales que necesitan personas, locales, materiales e instrumentos. Todo cuesta dinero.

Con la confianza y sinceridad que deben reinar entre nosotros os diré que el paso al euro ha disminuido casi en un 20 % los ingresos de las parroquias y de la Iglesia diocesana. Por lo visto, en los donativos ordinarios y extraordinarios para la Iglesia, la equivalencia de pesetas al euro la estamos haciendo a la baja. Una conclusión práctica y un buen síntoma de identificación con vuestra Iglesia y valoración de sus actividades sería: prescindir de las fracciones de euro en vuestras limosnas ordinarias, ¿qué menos que un euro o cinco euros para las aportaciones de cada domingo? Sin olvidar que lo mejor es suscribirse con una cantidad mensual o anual. Y si no, pensar en un donativo de cierta envergadura una o dos veces por año. El Día de la Diócesis es una buena oportunidad. El dinero que damos a la Iglesia es un dinero bien administrado que se transforma en obras buenas. Un corazón cristiano lo entiende así y actúa en consecuencia. Dios os lo pagará con otros bienes mejores.