La santidad de la familia

Esta familia excepcional, formada por Jesús, José y María, está llena de sugerencias para nosotros. Ella la mejor confirmación de la veracidad y plenitud de la encarnación del Hijo de Dios. No se hizo simplemente hombre, sino “nacido de mujer”, que así somos los hombres, miembros de una estirpe, vinculados a otras personas por las mismas raíces de nuestra existencia.

En su vivir humano, Jesús santificó la familia como realización y ampliación de su vida humana. El fue hijo de María con toda la profundidad y santidad de su existencia humana, amó filialmente a José, aun no siendo su padre carnal, sintió y vivió santamente el afecto a sus primos y parientes.

En esta realidad familiar de Jesús, los cristianos vemos la santificación de la maternidad y de la sexualidad humana, vivida por Jesús y por María en la forma más pura y santa. En la realidad humilde y grandiosa de la familia santa de Nazaret, vemos los cristianos el ideal de una sexualidad asumida en la vida personal, vivida desde la libertad de un amor verdadero que crece como consecuencia y reflejo del amor de Dios que está dentro de nosotros.

El amor arraigado en el sexo y en la carnalidad de nuestra naturaleza, puede ser matrimonial, paternomaternal y filial, o puede ser también virginal, pero siempre verdaderamente humano, integrado en la vida personal y espiritual, libre, personalizado, firme y estable, liberado de los desconciertos del instinto.

No es fácil de comprender que tengamos ahora que justificar y defender la importancia de la familia. No es fácil de entender que haya quienes se entreguen con tanto calor a la defensa de una libertad mal entendida, en virtud de la cual el matrimonio y la familia quedan equiparados con cualquier otra forma posible de convivencia y de ajuntamiento, empobreciendo gravemente el panorama y las posibilidades de la sociabilidad humana.

Una determinada cultura de la libertad, que pretende traernos el paraíso de la libertad sexual, entiende la sexualidad como una pura ocasión de placer, y el ejercicio humano de la sexualidad como un simple abandono a la fuerza de los instintos. De esta manera olvida el espesor humano de la sexualidad y renuncia al crecimiento y la belleza del amor. Esta cultura que pone el ideal de la vida en una exaltación mitificada de la libertad, sin ninguna referencia al Dios de la creación, del amor y de la vida, es una cultura atea, una cultura de la adoración de sí mismo, y por eso es también sin remedio una cultura de desesperación y de muerte.

Los cristianos sabemos que esta realidad tan humana, tan elemental, tan a ras de la vida de cada día, es algo querido por Dios, una dimensión de nuestra vida bendecida por el Padre celestial, redimida por el Hijo en su propia humanidad, santificada interiormente con la inspiración del Espíritu Santo. Y sabemos también que el matrimonio, la familia, la comunión familiar, son fruto de un amor permanente en el que nace y del que se alimenta la vida. El matrimonio y la familia sobre él fundada son la realización más radical de nuestra sociabilidad, de nuestra interdependencia personal y nuestra solidaridad social. Desde esta primera experiencia de convivencia familiar, se despliegan todos los demás vínculos y relaciones sociales. Del tono afectivo de la vida familiar depende en gran parte la capacidad de convivencia y de integración social de las personas.

El camino de la santificación de los cristianos comienza por el cuidado de vivir santamente el amor de cada día en el interior de la propia familia. Los padres se santifican en la fidelidad, el servicio y la generosidad. Los hijos se santifican con la obediencia, la colaboración, la compasión y la gratitud. Todos somos, de una u otra manera, hijos y padres. Todos vivimos en esta cálida burbuja de amor que es la familia. En ella aprendemos a querer y servir a los demás, a hacer del mundo entero una verdadera familia.

Por eso es tan importante que los cristianos vivamos expresamente nuestra vocación de amor en el seno de la propia familia, que tratemos de amar a nuestros amigos con la misma verdad y generosidad con que amamos y somos amados en casa, que proyectemos sobre los demás, en cualquier área de la vida, las mismas actitudes de confianza, afecto, generosidad y misericordia, que practicamos en la familia.

Para eso hace falta que sea el amor, libre y fiel, y no la fuerza del instinto, la tierra firme sobre la que se edifiquen el matrimonio y la familia, el vínculo vivo y creciente que alimente y dirija las relaciones entre todos los miembros de la familia. Cuando una matrimonio se funda predominantemente en la fuerza instintiva del sexo, tarde o temprano se desmorona o degenera en cansancio y soledad, y a veces en odio y violencia. El instinto es egoísmo que domina y enfrenta. El amor es la única tierra firme y fecunda donde crece la vida y se multiplica la alegría.

Un amor que para nosotros es el don de Dios y el reflejo del Amor de la Trinidad, esta Familia original de la que procede la maravillosa multiplicación de la vida y del amor que somos nosotros y es la creación entera.

Por eso la fe, la oración, el amor a Dios y el fiel cumplimiento de su voluntad es el alimento indispensable para que las familias descubran su verdadera vocación y crezcan en vida y en gozo a la medida de la generosidad del Señor. Sólo delante de Dios podemos llegar a ser lo que tenemos que ser. Y sólo delante de Dios, con dios dentro de ellas, pueden las familias encontrar su propia verdad y su propio gozo.

Que la fe haga de nosotros testigos y misioneros del amor, de ese amor que viene de Dios y nos abre las puertas de la vida.