Educar, tarea hermosa y urgente

En ciertos estilos de pensamiento se concede tanta importancia a los condicionantes sociales, que se atribuye más protagonismo a la sociedad que a las personas. Esta manera de pensar no es muy compatible con la visión cristiana de nuestro ser personal. ¿Qué valor tendría una vida personal que fuera simplemente producto de la sociedad que le rodea? ¿De dónde podría venir esta sociedad omnipotente? En la fiesta de Epifanía quedó promulgado en nuestra Iglesia el Directorio de Pastoral Familiar. Hoy quiero ofrecer unas reflexiones complementarias acerca de la importancia y las exigencias de una verdadera educación.

Los cristianos tenemos una idea humilde y realista de nuestra libertad. No somos “creadores” de nuestra vida. Dios es el único creador. Su Sabiduría y su Amor son nuestra más profunda verdad. El nos ha hecho libres, de modo que, dentro del marco de la naturaleza y de la historia, sí seamos hacedores y responsables de nuestra vida. En cierta medida, todo nace de nosotros, por eso el mundo es histórico, maleable, tarea y responsabilidad nuestra. Hoy, en nombre de una mal entendida libertad y de una engañosa felicidad, se nos invita a vivir desentendidos de nosotros mismos, entregados a una espontaneidad que termina sometiéndonos a lo menos personal y menos humano de nosotros mismos y de los demás. Detrás de todo ello puede estar no una verdadera libertad, sino precisamente el miedo a ser verdaderamente libre.

Para ser libre hay que aprender a pensar, a elegir el bien verdadero en la vida concreta, hace falta crearse un proyecto de vida que responda a la verdad de nuestro ser en una comunión de benevolencia con los demás y con la creación entera. Y para llegar hasta aquí, desde las primeras manifestaciones de nuestra conciencia, necesitamos la ayuda de otras personas en las que podamos confiar, que quieran transmitirnos su experiencia vital y nos ayuden a aprender la sabiduría suprema del ser hombre.

Esto es exactamente el objetivo de la educación. Educar no es simplemente enseñar cosas útiles, sino ayudar a aprender a vivir en la verdad y en el bien, con amor, esperanza y perseverancia. Educar es ayudar a conocerse, a poseerse, a hacerse cargo de lo que es nuestra vida en el mundo para ser capaces de desarrollarla lo mejor posible, hacia adentro y hacia fuera, en la sinceridad de la propia conciencia y en el complejo entramado de relaciones interpersonales en que vivimos.

La verdadera educación sólo se puede llevar a cabo en el marco de una relación de amor y confianza que sea de ida y vuelta entre educador y educando. Por eso los primeros educadores, los imprescindibles educadores, son los padres. Nadie entra tan pronto y tan hondamente en nuestro interior como nuestra madre y nuestro padre, cada uno a su manera, con sus palabras, su cariño, sus alabanzas o correcciones. Sólo el amor verdadero e incondicional favorece la comunicación y hace posible una influencia profunda sin coacción, en un proceso de creciente libertad.

En la organización actual de la vida familiar no hay muchas facilidades para educar. Los padres conviven poco con los hijos, no hay tiempo para la intimidad, los hijos crecen en otras manos desde muy temprano, los personajes ficticios de la TV desplazan la verdad del padre, de la madre y de los hermanos. Y sustituyen una influencia por otra infinitamente menos amorosa y por eso mismo menos verdadera. El amor verdadero que quiere educar, no da siempre la razón sino que intenta ayudar pacientemente a descubrir la verdad de las cosas y orientar nuestra libertad por los caminos de la verdad, del bien y del verdadero crecimiento. Halagar, dar siempre la razón, no negar nunca nada, puede ser una forma muy cómoda de no complicarse la vida, pero en el fondo es una secreta renuncia al verdadero amor.

Sin esta solicitud prudente y bien proporcionada, los niños y los jóvenes crecen en una peligrosa orfandad espiritual. Con psicología de huérfanos y de hijos únicos. Actitudes tan profundas como el amor a la verdad, la responsabilidad de la propia vida, la apertura respetuosa y benevolente hacia los demás, no aparecen espontáneamente, ni se ven hoy especialmente favorecidas por el ambiente. En estos momentos resulta especialmente urgente ayudar a los jóvenes a entender y educar su afectividad, su ser masculino o femenino, de manera que la sexualidad quede incorporada y humanizada dentro de un proyecto personal de vida. El desprestigio de la castidad denuncia una grave carencia de nuestra educación. Algunos se reirán de esta afirmación. El tiempo y la experiencia pondrán las cosas en su sitio.

Una buena educación sólo termina cuando el educando consigue tener ante sí un ideal concreto de vida, un referente existente, con el que se pueda establecer una relación personal y verdadera. Para los cristianos este referente vivo y operante, imprescindible, es Jesucristo, ideal absoluto, hombre perfecto y Dios verdadero para nosotros. Por lo cual, pensando y hablando en cristiano, no hay verdadera educación si los padres, con la ayuda de otros educadores, no son capaces de llevar a sus hijos al descubrimiento, la elección y la estima de Jesucristo como modelo y norma viviente de su pensamiento, de sus deseos y de sus acciones.

La verdadera educación sólo se logra por el camino de la trasferencia afectiva y de la imitación amorosa. Por eso si los padres no viven ante sus hijos como cristianos practicantes y consecuentes, no podrán ofrecerles una educación completa y con firmes fundamentos. Las deficiencias de los padres en la práctica sacramental, en la vida moral, en sus relaciones con otras familias cristianas, en una buena información católica, en todo lo que es un clima cristiano dentro de casa, van a provocar debilidades y vacíos que nadie podrá llenar. Es un deber del Obispo invitar a los padres jóvenes, más o menos cristianos, a reflexionar sinceramente sobre esta cuestión.

El acierto en la educación es un asunto de primera importancia para el bien de las personas, de la Iglesia y de la sociedad en general. La Iglesia, los sacerdotes, los educadores, tenemos que invitar y animar a los padres cristianos a asumir con plena responsabilidad y fortaleza su papel de primeros e insustituibles educadores de sus hijos, en verdadera humanidad y auténtica vida cristiana. Este debe ser el primer compromiso de una familia cristiana y su mejor aportación a la Iglesia y a la sociedad. Y esta será su mayor alegría. Con la ayuda de Dios y la de todos los que creemos en la paternidad de Dios.

 

+ Fernando Sebastián Aguilar

Arzpo. Pamplona, Obpo. Tudela