Los nuevos inocentes

Hace ya algunas semanas, el Gobierno autorizó la investigación con células madre procedentes de embriones humanos mediante un decreto ley que concreta las condiciones para el acceso de los investigadores a estas células. No hay ninguna referencia a la cuestión clave de si se respetará o no la ley que prohíbe la utilización de embriones vivos para la investigación Cuando desde la Iglesia hemos denunciado la inmoralidad de esta práctica nos han dicho oscurantistas, enemigos de la ciencia e insensibles ante los sufrimientos de muchos enfermos. No se trata de enredarse en polémicas descalificadoras, sino de buscar serenamente la verdad de las cosas analizando datos y presentando argumentos. Lo que los cristianos pedimos es que se discierna entre una investigación respetuosa con la dignidad del ser humano y otras posibles actuaciones precipitadas o interesadas.

Resulta que como consecuencia de la fecundación asistida los centros dedicados a estas prácticas tienen un depósito de embriones congelados (40, 50 ó 60.000, nadie lo sabe) con los que no se sabe qué hacer. Sus padres ya no los quieren, no hay mujeres o matrimonios que puedan adoptar tal número de embriones, matarlos directamente parece demasiado cruel. Entonces se encuentra la fórmula de decir “vamos a utilizarlos para investigar con el fin de curar enfermedades degenerativas con las células madre de estos embriones”. Y así se presenta la cuestión de una manera verdaderamente engañosa, ¿quién puede negarse a aprovechar esos embriones sobrantes para conseguir nuevas posibilidades y técnicas de curación? Evidentemente, sería todavía más grave la producción de embriones humanos por clonación para utilizarlos directamente como material de investigación.

Pero se callan datos importantes. Primero, que para investigar con las células madre embrionarias, antes hay que matar al embrión que es un verdadero ser humano. Y aquí es dónde surge la pregunta ética ¿Es lícito destruir, matar, a un ser humano para curar a otro? ¿Qué medicina es ésa que mata antes de curar? ¿Qué clase de humanidad es ésa que mata a unos para favorecer a otros? Los controles, las precauciones, los reglamentos no eliminan la cuestión fundamental. Por otra parte, los científicos saben que las células madre embrionarias, hoy por hoy, no sirven para curar, porque son células demasiado abiertas que resultan incontrolables y pueden terminar provocando procesos cancerosos. En cambio, en el mundo científico se sabe también que las células madre presentes en los tejidos de los adultos son más fácilmente manejables y han demostrado ya su capacidad curativa en diversos tejidos humanos dañados o degenerados, porque para eso precisamente están en el organismo. Entonces por qué el empeño en legitimar la investigación con células embrionarias? ¿No será por defender el negocio de la fecundación in vitro, origen de esos “embriones sobrantes” cuya existencia se quiere justificar aprovechándolos para ser material de investigación?

Tengo la impresión de que en España se están produciendo procesos profundos de conciencia bastante alarmantes. En muchos ambientes se tiene la convicción de que para entrar en el mundo de la modernidad, hay que distanciarse de lo que diga la Iglesia, ir en contra de los dictámenes de la moral cristiana y de la moral natural. Muchas personas han asimilado la idea de que el progreso consiste en atreverse a todo lo que nos venga bien sin pararnos a pensar si es lícito o no. Según esta manera de pensar, lo natural, lo justo, lo lícito, en cada momento, es lo que nos conviene, lo que el gobierno y los legisladores creen que pide la opinión pública, o lo que a ellos les resulta más conveniente en relación con sus intereses políticos.

Ante semejante situación, los católicos necesitamos aclarar nuestras ideas. Nosotros afirmamos que la voluntad sabia y buena de Dios funda el bien y el mal de las cosas. Por eso nuestra vida se enriquece de verdad únicamente cuando actuamos en conformidad con su sabiduría y su amor. Creemos también que nuestra capacidad natural de conocer el bien y el mal está iluminada y fortalecida por la revelación de Dios, el mensaje de Cristo y la enseñanzas de la Iglesia. Este es el camino de progreso que Dios nos ofrece a todos los hombres. La fe no es una fuente de conocimiento divergente o contraria a la razón humana. La fe libera, purifica y fortalece la razón para conocer mejor la naturaleza y las conveniencias de la existencia humana. Por eso lo que nosotros consideramos como bueno y verdadero lo podemos proponer a los demás como algo razonable, comprensible, aceptable y bueno para todos los hombres. Cerrarse voluntariamente a esta iluminación interior es una rebeldía pecaminosa y destructiva.

A los no católicos no les imponemos nada, ni podríamos hacerlo, simplemente les invitamos a considerar la racionabilidad y la humanidad de lo que nosotros vemos y creemos con la ayuda de la fe. Tenemos pleno derecho a hacerlo, como cada uno tiene derecho a exponer respetuosamente sus propios puntos de vista. Y tenemos obligación de hacerlo sin vulnerar para nada las exigencias de la no confesionalidad. ¿Acaso defender el derecho a vivir de unos pobres seres humanos indefensos puede atentar contra las libertades democráticas? La democracia se edifica sobre el respeto a los derechos de todos, nunca sobre la muerte de unos para el provecho de otros.

El remedio sincero a esta situación sería prescindir de la fecundación asistida, o por lo menos hacerla de tal manera que no quedaran embriones sobrantes, es decir, que no quedaran hijos sobrantes, guardados en el congelador y al final dedicados a la muerte. Sin embargo, los centros de reproducción asistida tienen otras pretensiones y tratan de ampliar la aplicación de la fecundación in vitro a padres fértiles y fecundos, con el fin de obtener un hijo con características seleccionadas, por si alguna vez es necesario utilizar sus células a favor de alguno de sus hermanos. Algo peor que la esclavitud.

Es decisivo para el futuro de nuestra sociedad que los españoles comprendamos que la vida política y la actividad científica tienen que estar sometidas a una norma moral objetiva socialmente compartida y respetada. No basta con apelar a la Constitución. Un texto legal, obra de hombres, no puede ser principio último del bien y del mal. El texto mismo de la Constitución responde a unos principios morales preexistentes. ¿Dónde apoyamos estos principios? Todas las sociedades, mediante el ejercicio de la razón, con la ayuda de sus tradiciones religiosas, han buscado una respuesta. Tocamos aquí la raíz de la identidad y de la consistencia espiritual de los pueblos. Algo suficientemente importante como para pensarlo serenamente.

+ Fernando Sebastián Aguilar

Arzpo. Pamplona, Obpo. Tudela