De nuevo, el Sacramento de la Confirmación

Orientaciones actualizadas sobre la preparación y celebración del Sacramento de la Confirmación

INTRODUCCIÓN

En varias ocasiones, hemos reflexionado juntos sobre los problemas y dificultades que encontráis para preparar adecuadamente a nuestros niños y jóvenes para una recepción fructuosa del sacramento de la confirmación. Después de unos años de experiencia, durante los cuales estas dificultades han ido en aumento, me parece obligado actualizar estas reflexiones y presentaros algunas sugerencias que nos permitan ajustar nuestros procedimientos a las nuevas circunstancias. Son fruto de vuestras experiencias y sugerencias.

Al hacerlo, me parece obligado comenzar agradeciéndoos a todos, sacerdotes, religiosos y seglares, el esfuerzo que estáis dedicando a este trabajo a pesar de las muchas dificultades que tenéis que superar.

Conozco lo difícil que resulta reunir a los jóvenes para que dediquen un tiempo con verdadero interés a su formación cristiana, mantener vivo este interés a lo largo del tiempo de preparación y, sobre todo, llegar a suscitar en ellos las disposiciones necesarias para la recta y fructuosa recepción del sacramento. Sin contar con la dificultad de interesar a sus padres y acompañar a los catequistas en su vida cristiana y su formación permanente.

En estos años, la celebración del sacramento de la confirmación está siendo uno de los núcleos más importantes del trabajo pastoral de nuestras parroquias. La preparación de este sacramento y las actividades que se organizan en torno a su celebración constituyen casi la totalidad de nuestro trabajo en la evangelización y la formación religiosa de la juventud. Bien vale la pena que nos esforcemos todos por hacerlo lo mejor posible.

La experiencia y la reflexión de estos últimos años nos han hecho ver que una pastoral despierta y actualizada debe centrar sus esfuerzos en el proceso de iniciación cristiana como base de toda la vida pastoral de la parroquia. La pastoral de la confirmación debe situarse, por tanto, en la perspectiva del conjunto de la iniciación cristiana, cuya culminación, en la actualidad, es justamente el sacramento de la confirmación.

Este escrito supone cuanto está recogido en nuestro Directorio Pastoral de la Iniciación Cristiana, 1995, pp. 107-132. Aquí no intento sino concretar y reforzar algunos aspectos de lo que ya está dicho y recomendado en el Directorio. Nos ayudará dar un repaso de vez en cuando a este texto que preparamos entre todos con tanto cuidado e ilusión.

1. Una realidad positiva.

No hay duda de que la pastoral de la confirmación, en su conjunto, tiene muchos aspectos positivos y valiosos que nos interesa conservar y que hemos de mejorar en cuanto podamos. Estos aspectos positivos los podemos resumir así: el esfuerzo desplegado en torno a la evangelización de los jóvenes, el fortalecimiento de la catequesis continuada, la colaboración seria de los seglares que actúan como catequistas, el interés creciente de los padres en la educación religiosa de sus hijos, la sacudida que supone para los jóvenes el tener que tomar unas decisiones importantes en relación con su fe y su proyecto personal, el interés que despierta la celebración en el conjunto de la parroquia, etc.

2. Con algunos aspectos preocupantes.

Si analizamos la situación con sinceridad, aparecen también algunos puntos negativos, como son p. ej. la débil motivación de muchos jóvenes y, consecuentemente, la escasa perseverancia de la mayoría de los confirmados en el cumplimiento de las obligaciones básicas y elementales del cristiano, el aumento de los jóvenes que prescinden de este sacramento, la dificultad para interesar de verdad a los padres en la educación religiosa de sus hijos, etc.

3. Oportunidad y valor providencial de este trabajo pastoral.

No hay duda de que la creciente valoración del sacramento de la confirmación en nuestras Iglesias y el trabajo de evangelización y catequesis que estamos desarrollando en torno a su celebración, tiene firmes fundamentos en la vida de la Iglesia y está promovida por el Espíritu Santo. Por eso mismo, es necesario corregir a tiempo las deficiencias que vayamos descubriendo y mejorar nuestras formas de actuar según las necesidades pastorales de nuestra gente, teniendo en cuenta las orientaciones y normas de la Iglesia y las experiencias pastorales de otros lugares que puedan ayudarnos.

La confirmación es plenitud del bautismo en sus múltiples aspectos de liberación del pecado, incorporación a la Iglesia, recepción del Espíritu Santo y participación activa en la misión de la Iglesia y en la obra de la redención.

Por eso mismo, valorar la confirmación es, en definitiva, una forma indirecta de valorar el bautismo como sacramento inaugural y básico de la vida cristiana y de plantearnos la necesidad de intensificar nuestro trabajo pastoral respecto de la iniciación de los jóvenes al conjunto de la vida cristiana.

De hecho, el interés por preparar bien este sacramento y conseguir una celebración adecuada del mismo, nos está llevando a descubrir la necesidad de mejorar la preparación del bautismo de los niños y de presentar todo lo referente al sacramento de la confirmación, en una perspectiva bautismal, desde la primera catequesis, contando con la responsabilidad y la colaboración de los padres.

I. ATENCIÓN PRINCIPAL: LA CALIDAD DE LA CATEQUESIS.

1. La evangelización, primer objetivo de nuestra acción pastoral.

A estas horas, estamos todos de acuerdo en que nuestras parroquias tienen que atender expresamente a la iniciación cristiana de nuestros niños y jóvenes como primer objetivo pastoral.

El principal trabajo del sacerdote tiene que consistir en mentalizar a los padres y a la comunidad cristiana entera de la importancia actual de una buena catequesis que sea de verdad una iniciación integral y práctica de sus hijos en los diferentes aspectos de la vida cristiana y eclesial (formación intelectual, práctica de la oración y de las virtudes cristianas, celebración litúrgica de la salvación, participación activa en algunos aspectos de la misión de la Iglesia).

Una comunidad cristiana bien dirigida tiene que sentir la necesidad de contar con un buen catecumenado, como institución pastoral central y permanente, en el que se formen y eduquen sus jóvenes en la práctica libre y convencida de la auténtica vida cristiana. ¿Dónde, si no, podrán formarse y crecer espiritualmente los nuevos cristianos?. Porque de muchas familias, por desgracia, ya no nos vienen los niños educados cristianamente.

Esta situación hace más necesaria la dedicación directa del sacerdote en las tareas de la catequesis y la colaboración de algunos catequistas que lo sean de verdad, por su plena comunión eclesial y su testimonio de vida cristiana, por su estabilidad y su preparación intelectual y pedagógica.

Viendo esta necesidad con mentalidad realista, se advierte enseguida que el punto decisivo para poder contar con un buen catecumenado en la Parroquia es, ante todo, el convencimiento y la dedicación del sacerdote, y, en segundo lugar, la existencia de algunos buenos catequistas seglares que colaboren con él en la atención integral a los catecúmenos.

Para ello será preciso dedicar una atención singular a cada uno de estos puntos:

1. Contar con la ayuda de algunos catequistas seglares bien preparados, con una vida espiritual intensa y dedicados establemente a este ministerio.

2. Despertar el interés y buscar el apoyo de los padres en esta tarea de la iniciación cristiana, teórica y práctica, de sus hijos. Ellos son los primeros responsables y los que están en mejores condiciones para esta misión. La experiencia nos demuestra que, sin la colaboración de los padres, es muy difícil conseguir resultados positivos y firmes en la educación religiosa de sus hijos. Hay que buscar el modo de conseguir esta colaboración indispensable de los padres. Tiene que haber formas prácticas de conseguirlo.

3. Saber armonizar los contenidos doctrinales y la experiencia práctica de la vida cristiana en cada momento del desarrollo de los niños y jóvenes. La catequesis no es simple aprendizaje intelectual. Los catequistas tienen que enseñarles prácticamente los ejercicios de la vida cristiana, la oración, la vida sacramental, la práctica de las virtudes cristianas.

4. Entender y realizar el conjunto de la catequesis como un único proceso a lo largo del cual el joven cristiano llegue a descubrir el significado de su bautismo y a vivirlo con sinceridad y alegría. La catequesis tiene que tener una orientación práctica que vaya acercando al niño y al joven a una experiencia de verdadera conversión espiritual.

Teniendo en cuenta el ambiente en el que nuestros jóvenes tienen que vivir su fe, ellos necesitan que les ayudemos a alcanzar una fe clara y decidida, bien fundamentada en las afirmaciones básicas y en los criterios fundamentales de conducta. Para conseguirlo, es indispensable acompañar personalmente a cada uno en este proceso, tratando de entrar en su mundo para aclarar sus dudas, resolver sus dificultades y acomodar las prácticas de piedad y de vida a su situación y a sus necesidades personales.

En este trabajo de evangelización, debemos valorar y tener en cuenta las clases de religión. El profesor de religión, tanto en los centros públicos como en los de la Iglesia, es un verdadero agente de pastoral. La clase de religión no es catequesis. Pero cumple una misión importante en la formación intelectual de nuestros niños y jóvenes. Por lo cual, debe ser considerada como una actividad importante dentro de un programa global de evangelización.

Las Parroquias tienen que conocer a los profesores de religión de sus jóvenes parroquianos y han de incorporarlos como tales a los equipos y proyectos pastorales. Desde la Delegación Diocesana de enseñanza queremos trabajar en esta perspectiva con todas las consecuencias.

En estos momentos, los catequistas necesitan una atención directa del sacerdote en su vida espiritual y una ayuda bien orientada en su formación intelectual y pedagógica. Para esto, tenemos que fomentar entre ellos los medios de formación y animación espiritual, como son la asistencia a Ejercicios Espirituales u otros ejercicios semejantes, la participación en grupos o movimientos de formación y espiritualidad, la elaboración de un plan de vida que incluya la participación frecuente en la Eucaristía, la práctica de la confesión frecuente y una verdadera dirección espiritual, etc. Y, simultáneamente, tenemos que seguir estimulando y facilitando la asistencia de los más capaces y decididos al Instituto Superior de Ciencias Religiosas.

Como instrumento básico de la formación de nuestros catequistas, como libro de consulta y punto de partida para la preparación de los temas de la catequesis, debemos utilizar el Catecismo de la Iglesia Católica. El menosprecio habitual de este Catecismo expresaría una grave falta de comunión eclesial. Tanto para la formación de los catequistas, como la de los padres, y hasta para los catecúmenos, nos puede venir muy bien utilizar el Compendio del Catecismo que, en estos tiempos, debe ser un acompañante asiduo de todos los fieles. A partir de este criterio, hay que valorar y utilizar los demás materiales complementarios.

Para evitar complicaciones excesivas y evidentes riesgos de dispersión, recomendamos especialmente la utilización de los materiales ofrecidos por la Conferencia Episcopal Española junto con los complementos, adaptaciones y traducciones facilitados por la Delegación Diocesana.

La catequesis ha de ser escrupulosamente eclesial y lo menos ideologizada posible. Se trata de dar a cada cristiano los contenidos y las actitudes de vida fundamentales, que puedan ser patrimonio y alimento de su vida cristiana a lo largo del tiempo. Todo tiene que estar en función de lo esencial, que es ayudar a los catecúmenos a descubrir y asimilar personalmente las verdades fundamentales de la revelación de Dios y los criterios básicos de la vida cristiana, de forma clara y firme, con las menos dudas y menos consideraciones circunstanciales que sea posible. Es evidente que no basta una catequesis de meros conocimientos. Tenemos que promover una catequesis de conversión, que lleve consigo un verdadero cambio de vida en los catecúmenos, tal como lo desarrollamos más adelante. Pero teniendo en cuenta el ambiente en el que van a vivir, este cambio de vida, y sobre todo la perseverancia en la vida cristiana, requiere el fundamento y la base de unas convicciones claras y firmes que les duren y les sostengan a lo largo de la vida.

Para lo cual, es preciso que la enseñanza sea adaptada, organizada, armoniosa y, sobre todo, acompañada de la experiencia práctica y respaldada por el testimonio sincero de la vida de los catequistas, del sacerdote, de los padres o, en su defecto, de unas cuantas personas cercanas y estimadas de la comunidad cristiana. Es muy importante que nuestros jóvenes adquieran la costumbre de manejar el Nuevo Testamento, leer y meditar diariamente algún pasaje de los evangelios, etc. Para ello necesitan poseer también algún conocimiento sobre el origen, la naturaleza de estos escritos y la manera adecuada de leerlos y entenderlos.

El uso habitual del Catecismo de la Iglesia católica, o del Compendio, tiene la gran ventaja de acostumbrarlos a manejar un libro de referencia que les puede servir durante toda su vida. Hoy, nuestra gente, necesita apoyarse en un conjunto de afirmaciones claras que les den identidad y seguridad.

2. Catequesis y vida cristiana.

La catequesis que necesitan los niños y jóvenes de nuestras parroquias es una catequesis que les ayude a entrar en la vida cristiana como forma y ambiente real de su vida personal, de manera sincera, convencida, agradecida, definitiva, mediante una decisión personal que ha de tener la hondura y la seriedad de una verdadera conversión. Nada de esto es posible si los catecúmenos no llegan al conocimiento y al amor personal y sincero de nuestro Señor Jesucristo, tal como lo presenta la Santa Madre Iglesia a través de la Palabra y de los Sacramentos. Este ha de ser el objetivo central, que rija y dirija la comprensión y el ejercicio de la catequesis, tanto por parte del sacerdote como de los catequistas.

Una catequesis que no llegue a provocar el encuentro personal con Cristo en fe y amor, ni lleve al catecúmeno a una experiencia de conversión, con el consiguiente cambio de vida, es una catequesis que no ha conseguido sus objetivos esenciales.

Es muy conveniente que, cada curso de catequesis, incluya algunos momentos especialmente intensos que sitúen a los catecúmenos ante la llamada de Dios a la conversión, así como la práctica frecuente de algunos ejercicios cristianos, como la oración, la penitencia, el desprendimiento, el servicio al prójimo necesitado, etc. Sin el recurso a estos momentos intensos de experiencia cristiana, difícilmente podremos conseguir en las circunstancias actuales los objetivos de una verdadera pastoral de iniciación cristiana.

En este trabajo pastoral resulta indispensable la presencia y la continua intervención del sacerdote. Si el Obispo es el primer responsable de la actividad catequética en la Diócesis, los párrocos son los primeros responsables de la catequesis en sus respectivas parroquias. Ellos tienen que estimular la responsabilidad de los padres, animar y guiar a los catequistas, conocer personalmente a los catecúmenos y mantener con ellos algunos encuentros personales para ayudarles a seguir adecuadamente el proceso de su iniciación personal.

Es necesario tener en cuenta que no todos los catecúmenos vienen con la misma disposición, ni todos aceptan la verdad de la catequesis de la misma manera. Por eso, hay que atender personalmente a cada uno de ellos y acomodar el ritmo de la catequesis al ritmo real de su evolución personal. Sólo así lograremos prestigiar nuestra catequesis y alcanzar una efectividad razonable.

II. SUGERENCIAS Y RECOMENDACIONES PRÁCTICAS.

Vemos cómo, poco a poco, va aumentando el número de los jóvenes que no reciben el sacramento de la Confirmación. Por otra parte, es ya endémico el problema de la falta de perseverancia de los jóvenes confirmados en las prácticas primordiales de la vida cristiana.

Ante esta situación, no debemos desanimarnos ni castigarnos, pero sí es necesario que revisemos cómo estamos haciendo las cosas y tratemos de mejorar muestra labor pastoral, en lo que dependa de nosotros, en relación con Sacramento y el conjunto de la iniciación cristiana.

Conviene evitar los cambios bruscos que provocarían, unas veces el desconcierto de los fieles y, en otros casos, fuertes resistencias. Lo acertado y prudente es iniciar, desde ahora mismo, un proceso de sensibilización de los fieles, comenzando por los adultos y especialmente por los padres de los posibles catecúmenos.

Los fieles cristianos adultos están en condiciones de comprender y aceptar las nuevas exigencias de la evangelización de los jóvenes si nosotros se las explicamos con sencillez y realismo, sin necesidad de censurar ni, mucho menos, menospreciar lo que se ha hecho en épocas anteriores. Cada tiempo tiene sus propias necesidades y, a cada uno, nos toca responder a las necesidades de cada momento sin necesidad de juzgar a los demás.

1. La prioridad de la catequesis.

La primera consecuencia práctica para nuestras programaciones pastorales es la de situar nuestra primera preocupación en la formación integral de los nuevos cristianos, en su iniciación real a la vida cristiana, con la indispensable invitación explícita a la conversión y el ofrecimiento de la ayuda necesaria para que la gracia de Dios alcance en ellos este primer fruto indispensable: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15; Hch 2, 38).

Cada Parroquia (o Unidad Parroquial) tendrá que organizar un proceso estable de catequesis, a modo de verdadero catecumenado, que ayude a los nuevos cristianos a descubrir y aceptar personalmente la vida en Cristo, el don del Espíritu Santo y la salvación de Dios.

La existencia y el buen funcionamiento de este catecumenado de conversión y de iniciación personal a la vida cristiana integral ha de ser la primera y principal actividad pastoral de nuestras Parroquias, la primera preocupación de los párrocos y del equipo pastoral de cada Parroquia. Algo parecido se tiene que decir, proporcionalmente, de los Colegios católicos y de las demás instituciones apostólicas de nuestra Iglesia.

La seriedad y autenticidad en la iniciación doctrinal y espiritual de los nuevos cristianos condiciona las actividades pastorales posteriores. Si esta primera actividad pastoral la hacemos con seriedad y alcanza sus frutos, todo lo demás será más fácil e irá consiguiendo sus objetivos. En cambio, si no abordamos de manera adecuada esta primera fase de la conversión personal de los nuevos cristianos a la vida cristiana y eclesial, todo lo demás estará edificado sobre arena, y nos resultará muy difícil conseguir frutos consistentes y durables.

2. Comenzar desde el bautismo de los niños.

No se puede entender bien la catequesis si no la ponemos en relación con el bautismo. Toda ella debe ser entendida como el proceso mediante el cual el catecúmeno se prepara para recibir consciente y sinceramente el significado y la eficacia de su bautismo, o bien, si fue bautizado en los primeros meses de su vida, la catequesis es el proceso mediante el cual el bautizado intenta comprender y aceptar la significación de su bautismo, para vivir como corresponde a un discípulo de Jesucristo y miembro de su Iglesia.

Tenemos que tener bien claro que, antes o después del bautismo, este proceso catecumenal es indispensable y forma parte integrante de la celebración del sacramento del bautismo. Por eso, la catequesis tiene que ser siempre de naturaleza bautismal y profundamente personal.

Entre nosotros es todavía mayoritario el caso de los niños bautizados antes del uso de razón. Por eso, el proceso catecumenal se cumple después de haber recibido el bautismo y tiene como fin ofrecer el bautizado la ayuda necesaria para que llegue a descubrir la verdad de su bautismo y acoja, personalmente, el don del Espíritu, hasta llegar a vivir como hijo de Dios, libre del poder del pecado, vivificado en Cristo por la virtud del Espíritu Santo, testigo del Reino de Dios con sus buenas obras. Sin este proceso catecumenal, vivido con sinceridad por cada bautizado, el bautismo no alcanza su fruto ni podremos contar nunca con una verdadera comunidad cristiana.

3. Con la participación de los padres.

En la celebración del bautismo de los niños tenemos que explicar con claridad a los padres la necesidad de garantizar la educación cristiana de sus hijos, de la cual son ellos los primeros responsables y que, muy difícilmente, se puede garantizar si ellos no colaboran sincera y eficazmente. Poco a poco, tenemos que ir difundiendo la idea de que los padres que quieran bautizar a sus hijos, antes de que lleguen al uso de razón, tienen que garantizar con su vida la educación cristiana de sus hijos, para lo cual es preciso que ellos mismos participen en la vida eclesial y vivan la vida cristiana con la suficiente claridad y regularidad.

Es muy frecuente que los padres se desentiendan demasiado de la educación de sus hijos en general, también de la educación religiosa, trasladando esta responsabilidad a los colegios o a las parroquias. Por eso, es muy importante que tratemos de hacerles ver que nuestro trabajo supone y necesita de su colaboración, que son ellos los primeros responsables y que sus hijos no podrán alcanzar los bienes de una verdadera vida cristiana si ellos no van por delante con la fuerza del ejemplo y una efectiva preocupación por la educación cristiana de sus hijos.

La seriedad en la celebración de los sacramentos y en todo el proceso de iniciación a la vida cristiana, requiere que comencemos, ya desde el bautismo, a pedir a los padres que traten de cumplir también ellos con su responsabilidad de padres cristianos. Tenemos que ir todos a una, con firmeza y con prudencia, con flexibilidad en los procedimientos pero con claridad y seriedad en los fines.

4. El ordenamiento y la visión de conjunto.

En nuestras Diócesis se ha ido afianzando la práctica de celebrar la confirmación en la adolescencia, hacia el final de la misma o al comienzo de la juventud, esto es, entre los 16 y los 18 años. Las dificultades que encontramos, hacen pensar a algunos que sería mejor adelantarla un par de años. Sin embargo, la cuestión de la edad, por sí misma, no es lo principal. Insisto en que lo esencial, con una edad o con otra, es que el catecúmeno recorra un camino catecumenal que sea a la vez una sólida formación intelectual y un verdadero aprendizaje práctico de la vida cristiana, en sus prácticas y virtudes principales.

En su conjunto, la Catequesis continuada, entendida como un verdadero proceso de formación y conversión, se distribuye en dos ciclos fundamentales: el primero, que comprende todo el tiempo de la infancia, desde los seis años hasta los doce. El segundo, abarca el período de la adolescencia, desde los doce años hasta los dieciséis. En el primer ciclo se sitúan los sacramentos del bautismo, primera comunión y primera penitencia. En el segundo, se sitúa el sacramento de la confirmación como coronamiento y consumación de la iniciación cristiana de los catecúmenos.

En este contexto:

a) Después de la Primera Comunión, hay que invitar a los padres a que acompañen a sus hijos a la parroquia y los animen a continuar el ciclo ya iniciado de la catequesis continuada, concebida como un verdadero proceso catecumenal adecuado a su edad, cuyo objetivo ha de ser el de suscitar en ellos verdaderas actitudes de fe y piedad, ayudándoles a crecer vitalmente como verdaderos miembros de la comunidad cristiana.

Esta invitación a incorporarse a la catequesis continuada, se debe repetir periódicamente para ampliar todo lo posible el número de niños que entren en este camino de iniciación y sigan hasta el final. En todo ello, es indispensable la intervención y el apoyo de los padres.

b) Concluido el primer ciclo de infancia hacia los doce años, los catecúmenos comienzan el segundo ciclo. Es muy conveniente solemnizar de alguna manera estos momentos de transición, interesando a las familias en estas celebraciones. A los adolescentes y jóvenes que siguen este proceso desde la infancia, se les ofrecerá, hacia los catorce o quince años, la preparación específica para la confirmación, que durará al menos un año. Este ofrecimiento, se debe hacer contando con la intervención y el apoyo de los padres.

La invitación a pasar a esta etapa de preparación próxima para recibir el sacramento de la confirmación se debe hacer de una manera personal, dirigida únicamente a aquellos “catecúmenos” que tengan interés por recibir el Sacramento y den muestras de estar suficientemente preparados para ello, atendiendo sobre todo a las disposiciones personales de cada uno, sin someternos a edades ni grupos, ni plazos fijos. A aquellos que no muestren interés y supongan una dificultad constante en la marcha del grupo, es mejor aconsejarles que desistan y lo dejen para más adelante. Las excesivas facilidades desvirtúan el sacramento y devalúan la misma vida cristiana.

En estas deliberaciones y decisiones, ordenadas a seleccionar los candidatos inmediatos para recibir el sacramento, tenemos que contar siempre con los padres, como primeros responsables de la iniciación cristiana de sus hijos menores de edad.

c) Para aquellos que, en algún momento, interrumpieron el proceso catequético, se harán convocatorias abiertas, invitándoles a incorporarse a algún grupo que comience el segundo ciclo de la catequesis continuada, como condición indispensable para poder recibir el sacramento de la confirmación.

Esta invitación tiene que hacerse de manera pública desde la Parroquia, cuidando de llegar a todas las familias interesadas, que pueden no ser practicantes habituales, y buscando el modo de contar con la colaboración de los padres.

Estas convocatorias deben hacer de manera abierta, sin más restricciones que las que se deriven de la sinceridad de los candidatos y de las exigencias pedagógicas impuestas por las diferencias de edad o de preparación. Es conveniente responder con flexibilidad a la diversidad de situaciones personales con que podemos encontrarnos.

d) Es conveniente organizar una celebración solemne con todos los jóvenes catecúmenos que comienzan la preparación inmediata para la confirmación, vengan de la catequesis continuada o comiencen entonces la catequesis interrumpida.

Esta celebración debería incluir un recuerdo del bautismo, una solicitud expresa del sacramento de la confirmación y el compromiso de cumplir fielmente las exigencias externas e internas de este período de preparación. En esta celebración, tienen que participar también los padres de los catecúmenos. Conviene mucho que quede alguna constancia escrita de estos compromisos.

e) En la preparación inmediata de los muchachos para recibir el sacramento de la confirmación hay que presentarles los puntos principales de la vida cristiana y ayudarles, del mejor modo posible, a dar el paso de su integración personal en la vida de la comunidad cristiana, de manera personal, consciente y responsable. En esta preparación inmediata se expondrán los puntos referidos en el Directorio Pastoral para la Iniciación cristiana (pp. 118 y 119). Y se introducirán, siempre, algunas prácticas o ejercicios espirituales en vistas a fomentar las decisiones personales de conversión y fidelidad (ib. pp. 123 y 124).

f) Las indicaciones de edad no se han de entender en sentido absoluto. Lo definitivo es el grado de preparación personal, tanto en lo doctrinal como en la forma de vivir. Es preciso discernir cada caso en contacto personal con cada catecúmeno. Los criterios externos para juzgar si un catecúmeno está suficientemente dispuesto para recibir fructuosamente el sacramento, de acuerdo con las disposiciones y criterios de la Iglesia, son los siguientes (Cf Directorio pp. 116-117):

– que profese, externamente, la fe de la Santa Iglesia en su conjunto, sin disensiones ni reticencias;

– que manifieste un deseo sincero de vivir de acuerdo con las enseñanzas morales de la Iglesia;

– que asista, normalmente, a la Eucaristía dominical y se acerque al sacramento de la penitencia cuando prudentemente lo juzgue conveniente.

g) En todo este proceso es imprescindible la atención personal a cada joven manteniendo con ellos un diálogo directo por parte del sacerdote, siempre que sea posible, y de los catequistas, con el fin de verificar la disposición real del catecúmeno. Conviene actuar con flexibilidad buscando por encima de todo la autenticidad de la preparación de los catecúmenos, aunque haya que crear grupos nuevos o reajustar la marcha de los existentes.

Lo decisivo, más que el hecho de pertenecer a un grupo o tener la edad en la que “toca” hacer la confirmación, es la preparación y las disposiciones sinceras de cada joven. Hay que buscar la manera de tener informados a los padres acerca del comportamiento y evolución de sus hijos.

Las decisiones que haya que tomar acerca de la recepción o retraso de la confirmación de cada muchacho, tienen que ser conocidas por los padres con la debida antelación. Las decisiones drásticas, a última hora, no suelen dar buenos resultados.

h) Aquellos que no pidan el sacramento en la edad prevista o no estén dispuestos para recibirlo adecuadamente, podrán pedirlo en cualquier otro momento, especialmente en el tiempo de preparación para el matrimonio. Para estos casos se organizarán en algunas Parroquias, o Unidades Parroquiales, incluso en los Arciprestazgos o en otros lugares adecuados, cursos de preparación para el sacramento, de varios meses de duración, con temario, métodos y exigencias adecuados a la edad y condiciones de los catecúmenos.

No podemos excluir la posibilidad de procedimientos personalizados y, de alguna manera, extraordinarios para aquellos adultos que deseen recibir el sacramento en cualquier momento de su vida.

En este asunto, no podemos olvidar que el recibir el sacramento de la confirmación es un derecho y una obligación de todos los bautizados. Nosotros, no podemos poner más obligaciones ni más exigencias que las que pone la Iglesia, requeridas por la naturaleza misma de las cosas. Nuestra principal obligación es cuidar de que el sacramento sea celebrado y recibido con las debidas disposiciones, ofreciendo a los fieles toda clase de ayudas para que puedan disponerse a recibirlo digna y fructuosamente.

5. La necesidad de una atención personal.

Para conseguir un buen resultado en estos trabajos es imprescindible que el sacerdote, directamente responsable de la catequesis, esté en comunicación estrecha con los catequistas y mantenga, de vez en cuando, según sus posibilidades, alguna entrevista personal con cada catecúmeno y, en algunos momentos, también con sus padres. Esto puede parecer mucho trabajo, pero es que es el trabajo pastoral más importante que tenemos que hacer, o por lo menos uno de los más importantes.

Es indispensable tener un contacto personal con cada candidato y con sus padres en el momento de iniciar la catequesis general, al principio y al final de cada curso, en el momento de la evaluación general, cuando llega la hora de valorar si un catecúmeno está en condiciones o no de comenzar la preparación inmediata para recibir el sacramento de la confirmación y, finalmente, antes de decidir quiénes están ya suficientemente preparados y dispuestos para recibir el sacramento.

Nada se puede hacer automáticamente. Todo debe ser valorado y sometido a discernimiento de una manera personal y directa. En algunos momentos, quizás convenga hacer una evaluación con la intervención del sacerdote, el catequista y los padres, conjuntamente.

Es también conveniente tener algunas reuniones con los padres para explicarles el alcance y la importancia del proceso que están siguiendo sus hijos y los objetivos que se quieren alcanzar. Hay que buscar la manera de hacerles comprender que son ellos los primeros responsables de la plena educación cristiana de sus hijos y que, su primera obligación como padres cristianos, consiste en poner todos los medios a su alcance para favorecer el crecimiento en la fe de los hijos que Dios les ha confiado. En resumen, tiene que quedar clara que debemos ir marcando una mayor seriedad y consistencia en estas tareas de la catequesis y de la iniciación cristiana de nuestros jóvenes. Por el camino de la condescendencia llegaríamos pronto a la total devaluación del sacramento.

Para ayudar a los sacerdotes a iluminar y resolver adecuadamente las diferentes situaciones y las previsibles dificultades que se nos han de presentar en este camino, conviene mantener y extender la práctica de los “Talleres de reflexión”, llevados adelante con la ayuda del Vicario General, de los Vicarios de Zona y de las Delegaciones de Catequesis y Pastoral Juvenil. En estos Talleres, cuando parezca conveniente, podrán participar también los Catequistas.

6. La colaboración insustituible de buenos catequistas.

En este trabajo, es necesario contar con la colaboración de algunos buenos catequistas, dando por supuesto que su presencia, normalmente, será el fruto de un largo y acertado trabajo de formación y acompañamiento espiritual por parte de los sacerdotes. No podemos conformarnos con la asistencia de algunos catequistas improvisados.

Hay que aspirar a tener en cada Parroquia, o en cada Unidad Parroquial, un pequeño grupo de catequistas estables, miembros de la parroquia, adultos, bien formados, capaces de ser verdaderos tutores y apoyos espirituales del crecimiento de los catecúmenos en la fe y en la vida cristiana. Por eso mismo, no podemos ahorrar esfuerzos en la formación de nuestros catequistas.

Para la formación de los catequistas, habrá que contar con su ofrecimiento voluntario como punto de partida indispensable y, a partir, de ahí tendremos que ofrecerles cursillos de iniciación, escuelas arciprestales o zonales de catequistas, el Instituto Superior de Ciencias Religiosas “San Francisco Javier”, jornadas diocesanas, etc.

La formación no puede ser solamente intelectual, sino que ha de atender también al crecimiento personal en los diferentes aspectos de la vida cristiana, ofreciéndoles las ayudas más convenientes, como son los Ejercicios Espirituales, los retiros y convivencias, la confesión frecuente y la dirección espiritual. No podemos olvidar que el catequista debe ser para sus catecúmenos, ante todo, un testigo elocuente de la fe viva, entendida y vivida como norma de vida y principio integral de conducta.

En esta tarea fundamental de la buena formación de nuestros catequistas, debemos trabajar todos en estrecha colaboración con la Delegación diocesana de Catequesis, ella es el mejor instrumento para promover el conocimiento y la ejecución de los planes diocesanos, la primera colaboradora del Obispo en esta materia, y está en condiciones de ofrecer la mejor ayuda a todos los sacerdotes y parroquias. Conviene aprovechar al máxima las iniciativas de formación promovidas desde la Delegación, como son los Cursillos básicos de formación para los catequistas, el Curso para catequistas, etc.

De nuevo, queremos recordar la necesidad de tener en cuenta los criterios y sugerencias que quedaron propuestos en el Directorio Pastoral de la Iniciación Cristian (pp. 40-46), sobre los requisitos y cualidades del catequista. No nos cansaremos de insistir en la importancia de una buena selección y formación de nuestros catequistas. En sus manos, ponemos una de las tareas más importantes y delicadas de la misión de la Iglesia.

Ellos deben ser conscientes de la gran importancia de su labor y, nosotros, debemos ayudarles a cumplirla del mejor modo posible. Su tarea es la nuestra, el Obispo y los sacerdotes somos también responsables de la buena o mala labor de nuestros catequistas.

7. Tres observaciones prácticas.

La experiencia demuestra que hay que tener algunas precauciones para conseguir avanzar en este esfuerzo.

a) La primera es ésta: para que podamos hacer, con algún éxito, la convocatoria de los niños y jóvenes para la catequesis, conviene que previamente el sacerdote y algunos catequistas hayan tenido algún encuentro previo con los niños y con sus familias. La catequesis es mejor aceptada cuando nace de una relación previa, fomentada con contactos personales o con reuniones comunitarias. Nuestras invitaciones, serán mejor acogidas si antes nosotros mismos hemos ido a visitar a nuestros parroquianos y a interesarnos personalmente por ellos.

Hay que romper barreras, y nosotros tenemos que dar el primer paso. Nuestras Parroquias tienen que dejar de vivir “a la espera” y tener la iniciativa suficiente para ir al encuentro de la gente. Este nuevo talante de ir al encuentro de la gente, parece muy sencillo, pero requiere un cambio importante en nuestras actitudes y en nuestros procedimientos de organización y de trabajo. No podemos conformarnos con dejar abandonada a la gente que no viene habitualmente a la Iglesia por su propia iniciativa. Tenemos que ir a buscarlos e intentar atraerlos.

b) La segunda precaución consiste en tener la habilidad de romper los turnos automáticos. La confirmación, no es un sacramento que se conceda colectivamente a los grupos, ni que haya que celebrar por turnos automáticos. Es un sacramento personal y cada uno ha de recibirlo por una decisión estrictamente personal, cuando crea que está debidamente dispuesto y así lo juzgue también el Obispo con la ayuda de los sacerdotes y de los catequistas.

Este criterio, es básico para asegurar el futuro de nuestros cristianos y de nuestra Iglesia. Aunque nos cueste trabajo, hay que poner los medios para ir convenciendo, poco a poco, a nuestra gente de esta verdad elemental. A todos se nos pide ahora el esfuerzo de aplicar en la práctica estos criterios, asumiendo las dificultades y las tensiones o disgustos que este trabajo nos pueda traer. Tenemos que ser conscientes de que si no nos esforzamos por poner las cosas en su sitio y nos dejamos llevar de la rutina y de la facilidad, en este mundo nuestro terminaríamos por desdibujar enteramente los verdaderos perfiles de la comunidad cristiana. Sin rigorismos, con una actitud de comprensión y benevolencia, pero sin flojera ni cobardías, sin disimulos ni concesiones, sin renunciar a presentar y exigir amablemente las exigencias básicas de la vida cristiana, personal y comunitaria, eclesial y católica. La verdad es la primera manifestación de la verdadera caridad. Y la exigencia básica de la verdadera pastoral.

c) En tercer lugar, vale la pena recordar, una vez más, la necesidad de incorporar dentro de la preparación inmediata para la confirmación, tanto en adolescentes como en jóvenes y adultos, algunos ejercicios espirituales como experiencia fuerte de oración y de llamada a la conversión.

Una catequesis, reducida a lo que puede dar de sí una hora por semana, no puede contrarrestar el ambiente de descreimiento y paganismo que viven los jóvenes en la calle ni presentar ante ellos, de manera convincente, un modelo de vida diferente. Resulta indispensable contar con el complemento de algunos días de retiro especialmente intensos. En el caso de los adolescentes y de los jóvenes todo ello puede verse favorecido por iniciativas como campamentos, marchas, ejercicios de voluntariado, y otras cosas semejantes. Necesitamos imaginación, disponibilidad y tiempo!

8. Seriedad y claridad en lo que proponemos para después de la confirmación.

Conviene no exagerar las exigencias para después de la confirmación. Lo que la Iglesia les pide es que reciban el sacramento “debidamente instruidos, bien dispuestos y en condiciones de renovar las promesas del bautismo” (Cf. c. 889, 2); es decir, con voluntad sincera de cumplir con las obligaciones básicas de los bautizados. Esto, lo podemos concretar de manera práctica en lo siguiente:

a) profesar la fe católica de manera clara y en abierta comunión con las enseñanzas de la Iglesia;

b) asistir habitualmente a la Misa dominical;

c) esforzarse sinceramente por vivir de acuerdo con los mandamientos de la ley de Dios y de la Santa Iglesia;

d) acercarse al sacramento de la penitencia cuando su conciencia se lo requiera;

e) participar, de alguna manera, en la misión de la Iglesia y en las necesidades espirituales y materiales de su comunidad parroquial y diocesana.

Si el sacramento de la confirmación culmina el proceso de iniciación cristiana, como causa y efecto a la vez de la preparación del catecúmeno y de la gracia de Dios, es evidente que a partir de su celebración, los nuevos cristianos están en condiciones de incorporarse con normalidad a la vida habitual y a las actividades comunes de la comunidad cristiana.

El principal medio de incorporación a la comunidad cristiana es, siempre, la participación física y espiritual en la celebración dominical de la Eucaristía, con todo lo que ello significa y lleva consigo. El cristiano, para participar en la Eucaristía, necesita cultivarse en el conocimiento de la revelación de Dios mediante el conocimiento de la Sagrada Escritura y de las enseñanzas de la Iglesia, necesita también ejercitarse en la oración y en el ejercicio de las virtudes cristianas, especialmente de la caridad fraterna y de las obras de misericordia, y puede también necesitar acercarse a la penitencia sacramental, cuando su conciencia se lo requiera.

Durante el tiempo de preparación, los catequistas tienen que esforzarse en preparar a sus catecúmenos para participar con atención y devoción en la Eucaristía. Dedicar algún tiempo a explicarles lo que verdaderamente celebramos en este sacramento, centro de la vida cristiana, ayúdarles, de manera práctica, a participar espiritualmente en la celebración, en la escucha de la Palabra, en el ofrecimiento de la vida, en la alabanza y gratitud a Dios por el don de Nuestro Señor Jesucristo, en la oración íntima con el Señor y la experiencia de la fraternidad.

La negativa reiterada a participar en la Eucaristía dominical tiene que ser interpretada como una falta evidente de las disposiciones requeridas para recibir adecuadamente el sacramento de la confirmación.

Como complemento de la preparación para recibir el sacramento, les ofrecemos aquello que nos parece necesario o, por lo menos, muy conveniente para perseverar en estos propósitos, teniendo en cuenta las dificultades de su edad y del ambiente en el que viven.

En la Iglesia de Navarra hemos tomado la decisión de concretar estas ayudas de la siguiente forma:

Según las condiciones de cada Parroquia o Unidad Parroquial, sugerimos que en cada una de ellas funcione algunas de estas iniciativas: el Catecumenado Juvenil elaborado y ofrecido por la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil, o bien algún grupo de Jóvenes Cristianos de Navarra, con actividades de formación, vida espiritual y apostolado.

Esto se debe entender de forma amplia y a título de propuesta. No hay dificultad para que, en algunas Parroquias donde estén en marcha otras iniciativas o movimientos, sean ellos los que cumplan esta función de facilitar la perseverancia y el crecimiento de los jóvenes cristianos. Aceptamos, también sin dificultad, la colaboración de aquellas asociaciones, movimientos o realidades apostólicas que, de una manera u otra, están presentes en nuestra Iglesia y quieran aceptar y compartir estas orientaciones diocesanas.

9. Preparar bien la celebración.

Es evidente que todo el esfuerzo que hayamos hecho en la preparación del sacramento, hay que intensificarlo en la celebración del mismo. La celebración del sacramento de la confirmación se prepara en nuestras Parroquias con gran interés. Es un día de fiesta y un día también de nervios y preocupaciones.

Todos quieren que la celebración salga bien. Para facilitar este objetivo, puede servir el folleto “Sugerencias prácticas para preparar y celebrar el sacramento de la confirmación”, especialmente (pp 10-18). Los que no lo tengan, lo pueden obtener en Secretaría General. En lo referente a la celebración, lo que allí se dice sigue siendo plenamente válido.

A modo de resumen insisto en estos tres criterios.

a) Participación espiritual.

La principal preocupación, a la hora de preparar la celebración, tiene que ser el favorecer, en primer lugar, la atención y la participación personal y espiritual de los confirmandos. Que ellos vivan bien lo que van a hacer, sin actuaciones ni preocupaciones sobreañadidas que les distraigan del principal objetivo.

Hay que procurar que los padres, padrinos y demás asistentes, participen también religiosamente en la celebración, de manera que sea para ellos una verdadera renovación de sus actitudes cristianas. Para eso, conviene facilitar la participación de los fieles, pero no debemos perder de vista que la primera participación, la que resulta del todo indispensable, no son los desfiles de personas que suben al Presbiterio y vuelven a sus puestos, sino la vivencia personal de lo que estamos celebrando, con verdadera atención religiosa, con sentimientos de fe y adhesión, con la debida interiorización de lo que se hace y se dice en cada momento.

b) No sobrecargar la celebración.

A veces, llevados por el deseo de dar lugar a la intervención de unos y otros, para que no quede nada ni nadie fuera de la celebración, la sobrecargamos con demasiadas intervenciones, moniciones, agradecimientos, manifestaciones, símbolos y compromisos. Si estos añadidos no se hacen con sobriedad y en los momentos adecuados, se corre el peligro de romper la unidad de la celebración y de oscurecer su verdadero significado. La experiencia dice que la celebración sale mejor y es vivida con más intensidad por los chicos cuando nos atenemos estrictamente al Ritual, o poco más. Los añadidos sentimentales ayudan poco a fortalecer la intensidad religiosa de la celebración.

Si se quiere añadir alguna intervención de los confirmandos o de sus padres, es mejor hacerlo fuera de la celebración, inmediatamente antes de comenzar, o todavía mejor, al final de todo, inmediatamente antes de la bendición final. Ese es el momento para las expansiones y las intervenciones personales.

Durante la celebración, es muy conveniente que los confirmandos estén tranquilos en su sitio, sin tener que hacer intervenciones que los distraigan de lo que estamos haciendo. Su mejor participación es el ir siguiendo con atención las oraciones y los signos de cada momento. No conviene perder la perspectiva del conjunto y mantener cada cosa en su verdadero significado.

A veces, ocurre que andamos muy preocupados por cosas accidentales, y luego, llegados al centro de la celebración, nos encontramos con que el crisma está reducido a unos algodones resecos con los que no es posible ungir a nadie. El símbolo principal de la celebración es el santo crisma y conviene que esté realzado desde el principio. No estaría mal alguna catequesis sobre su origen, su significación. La oración de consagración del Crisma da pie para una excelente catequesis.

Conviene atender también a los cantos. Las intervenciones del coro tienen que estar del todo subordinadas al ritmo de la celebración y escogidas según las características de cada momento. En ningún momento, pueden interrumpir la marcha normal de la celebración, ni introducir otros puntos de atención, ni tampoco suplantar las intervenciones, rezadas o cantadas, de la asamblea. No se puede dejar solos a los cantores o cantoras. El párroco tiene que cuidar también de que los cantos estén en relación y unidad con la celebración.

c) No dejarse dominar por las celebraciones concomitantes.

En este asunto de las confirmaciones, estamos a punto de ser también devorados por el consumismo y la sobreabundancia de las celebraciones festivas materiales. Hay que tener cuidado con esa tendencia a las cenas y a las juergas nocturnas con ocasión de la confirmación. No podemos incurrir en el error de fijar las fechas de la confirmación según las conveniencias de la cena o del restaurante.

Hay que intentar mantener estas celebraciones materiales dentro de los límites sensatos de una cierta sobriedad. Un buen recurso, es pedir que lo celebren todos juntos, trayendo algunas cosas cada familia y ofreciendo un aperitivo a todos los asistentes en los mismos locales de la parroquia. Otra cosa que se les puede pedir es que, lo que hubieran gastado en una cena o en alguna celebración extraordinaria, lo recojan en un sobre y lo presenten en las ofrendas para los pobres o para algún proyecto de Cáritas o de Misiones. Esto es bastante mejor que esas ofrendas simbólicas que hacemos tantas veces y que no comprometen a nada. No está de más pedirles que hagan alguna ofrenda real que signifique un verdadero sacrificio y un ofrecimiento real de algo suyo.

10. La preparación del calendario.

Para atender mejor las peticiones de las parroquias, tendremos que hacer previamente alguna selección o sugerencia de tiempos y fechas desde la Secretaría General del Arzobispado.

A veces, tenemos dificultades para armonizar las fechas porque varias parroquias quieren reservar el mismo día. Es mejor que las parroquias que quieran las confirmaciones nos lo digan con una cierta antelación para que, desde el Arzobispado, se pueda hacer el último ordenamiento.

Puesto que el Ministro de este sacramento es el Obispo conviene que intervenga en la fijación de las fechas según sus posibilidades y las posibles conveniencias de organizar o seleccionar su presencia en las diferentes parroquias.

Respecto a la frecuencia con que se debe celebrar este sacramento en las parroquias, podemos seguir este criterio:

a) en las parroquias de más de 3.000 habitantes, conviene celebrar la confirmación todos los años;

b) en las que tengan entre 3.000 y 1.000, bastaría hacerlo en años alternos;

c) en las parroquias con menos de mil habitantes, es suficiente hacerlo cada tres o cuatro años, organizando conjuntamente la celebración para todas las parroquias de la Unidad Parroquial;

d) no conviene sobrepasar nunca el número de 50 ó 60 confirmandos en cada celebración. Si se da esta circunstancia, habría que pensar en dividirlos en dos celebraciones distintas, o bien organizar la celebración con la intervención de dos o tres ministros que intervengan junto con el Obispo.

 

CONCLUSIÓN

Es verdad que los escritos quedan siempre en generalidades y luego, en la vida práctica, hay que tener en cuenta muchas circunstancias particulares que pueden ser diferentes en cada caso. Ninguna norma, puede eliminar la necesidad de la prudencia de los responsables inmediatos.

Mi intención, al ofreceros estas sugerencias, no es desplazar vuestra responsabilidad ni coartar vuestras iniciativas, sino más bien animaros a continuar esta hermosa labor pastoral con alegría y esperanza, a pesar de las dificultades, y favorecer una suficiente unidad de criterios y la suficiente concordancia en nuestras actuaciones.

Que la Virgen María, Esposa del Espíritu Santo y Madre de la Iglesia nos guíe y sostenga en esta apasionante tarea de la evangelización de las nuevas generaciones para alabanza de Dios y bien de nuestros hermanos más jóvenes.

+ Fernando Sebastián Aguilar,

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela