Las Siete Palabras de Jesús en la Cruz

Introducción

Jesús está muriendo en la Cruz, el Hijo de Dios hecho hombre ha sido traicionado, rechazado, condenado, ejecutado como un malhechor, como un bandido.

Vino a los suyos y los suyos no le recibieron. No hubo sitio para El en la Ciudad. Los suyos no lo aceptaron. Tienen otra idea de las cosas. No toleran que Jesús les cambie sus esquemas, que cuestione sus proyectos de vida.

Cuando Jesús es levantado en la cruz, la creación entera queda sobrecogida. Es un momento de expectación universal. El mundo entero queda en silencio, asustado de su propio atrevimiento. El Hijo de Dios que había venido a traer la salvación a los hombres está siendo rechazado, y va a ser ejecutado, como un ladrón. El sol se oscurece, las estrellas tiemblan estremecidas, como si tuvieran miedo de lo que está ocurriendo.

¿Cómo es posible que los hombres se atrevan a ejecutar como un criminal al que es el Autor de la Vida, la revelación viviente del amor de Dios a los hombres? En la crucifixión del Justo se manifiesta la tragedia del ser humano, hecho para la vida eterna y sin embargo cargado de sospechas y de resentimientos contra la Verdad de Dios. En El estaba la Verdad de la Vida, vino al mundo y los suyos no le recibieron.

Con el corazón encogido por el dolor, esta tarde nos acercamos espiritualmente a la Cruz de Jesús, con María, con Juan, con todos los buenos cristianos del mundo, con los millones de fieles discípulos que Jesús ha tenido y tiene ahora mismo en el mundo. Como los hijos en torno al lecho de muerte de su padre, queremos vivir cerca de El los últimos momentos de su vida sobre la tierra, queremos expiar sus gestos, adivinar sus sentimientos, recoger como perlas las últimas palabras salidas de su boca. Esas palabras del lecho de muerte, salidas del corazón, que son el último recuerdo, las mejores reliquias de nuestros seres queridos.

Con un gran sentido de piedad y de humanidad, la Iglesia nos invita a meditar las últimas palabras de Jesús, palabras nacidas de su corazón durante su larga y terrible agonía. En ellas Jesús nos entrega los sentimientos más hondos de su corazón. Son las últimas palabras nacidas del corazón humano del Hijo de Dios hecho hombre. Palabras de Verdad, palabras de Amor, palabras de Esperanza. Un tesoro incomparable de la humanidad.

Estas palabras de Jesús no son improvisadas. Son palabras maduradas en su oración, en la renovación diaria de la fidelidad y del amor, en la meditación de los grandes textos de Isaías, de los salmos, de la piedad y de la sabiduría de los santos su pueblo Israel.

 

1ª PALABRA, Lucas, 23, 33-34

Llegados al monte calvario le crucificaron entre dos ladrones.

Jesús decía: Padre perdónales porque no saben lo que hacen.

Acaba de pasar el trance terrible de la crucifixión. Está cosido al madero. Y ahora ha quedado enarbolado entre dos ladrones. Es una visión impresionante. Tres cruces sobre el horizonte del mundo. Es una radiografía de la humanidad. El mal mezclado con el bien, el bien más sublime envuelto en el horror de la injusticia y de la crueldad.

Mientras su cuerpo se desgarra colgado del madero ignominioso y cruel, su primer pensamiento, es para los que le han crucificado: Padre, perdónales, no saben lo que hacen.

Desde el primer momento se manifiesta la gran bondad, el gran corazón de Jesús, su infinita compasión. Jesús vive su muerte como una muerte redentora, una muerte de liberación, que acabe de una vez con el mal en el mundo. No quiere que haya más crueldad, ni más injusticia, ni más sufrimiento. Quienes han conspirado para llevarlo hasta la muerte están muy seguros de lo que hacen. Pero son unos ignorantes. No saben quién es Jesús, no han comprendido nada de lo que ha querido enseñarles. Quieren evitar los sufrimientos de su pueblo, pretenden conseguir la libertad y la prosperidad quitando de en medio a Jesús. “Es preciso que muera uno por el bien del pueblo”. Y ese uno que tiene que morir tiene que ser Jesús, el único que está en la verdad, el único que puede enseñarnos el verdadero camino de la salvación.

Jesús sabe que la única forma de acabar con la multiplicación y reproducción de los males y del sufrimiento que causan es el perdón, la victoria del bien sobre el mal, la respuesta del amor y de la compasión a las heridas del odio y de la crueldad. Cuando el perdón se encuentra con el arrepentimiento se cierran las fuentes del mal y vuelve a florecer la paz y la alegría. Jesús pide para todos el perdón de dios y nos enseña el camino verdadero de la reconciliación y de la paz. Arrepentimiento y perdón.

Nosotros tampoco sabemos lo que hacemos cuando queremos edificar una sociedad sin Dios, sin Jesucristo, sin cristianismo, y nos extraña que nos crezca una sociedad cada vez más violenta, más injusta, más corrompida. No sabemos lo que estamos haciendo.

Aprendamos nosotros a reaccionar como Jesús, buscando las raíces de las cosas en nuestro propio corazón. Arrepentimiento y perdón. Perdón y arrepentimiento.

La religión de Jesús, la verdadera religión, es el amor, amor de Dios que nos perdona, amor y perdón a los hermanos que nos ofenden, arrepentimiento y penitencia de nuestros pecados, de los pecados ocultos y de los pecados públicos, de los íntimos y de los sociales, del orgullo y de la injusticia, del egoísmo y de la violencia, de la ambición y de todas las discriminaciones, todas las injusticias, todas las violencias.

Con Jesús, te pedimos Dios nuestro, “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

 

2ª PALABRA, Lucas 23, 38-44

No eres tú el Cristo?, sálvate a ti y a nosotros.
Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino.
Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso.

Le piden que demuestre su divinidad bajando de la Cruz. No les importa tanto la liberación de Jesús como su propia liberación. Es una petición egoísta disfrazada de oración. También nosotros podemos caer en esta equivocación. Queremos que Jesús sea más reconocido en la sociedad para poder vivir nosotros más cómodamente.

En cambio, la bondad y la divinidad de Jesús se manifiestan precisamente porque no quiere, porque no puede bajar de la Cruz. Es la fidelidad al Padre celestial, es el amor que nos tiene lo que le mantiene a El clavado en la cruz. Esa cruz es el pedestal sobre el que manifiesta la verdadera grandeza de Jesús, y el gran poder de Dios.

La grandeza de Jesús es la obediencia al Padre y la fidelidad a la misión recibida. Detrás de El está el gran poder de Dios. Pero el poder de Dios no es como el poder de los hombres que amenazan y oprimen a los débiles. Si el Reino de Jesús fuera de este mundo sus gentes hubieran peleado por él para no dejarle en manos de sus enemigos. Pero el Reino de Jesús es el Reino de Dios, y el poder de Dios es el amor, el amor infinito, el amor que se hace débil para esperar, para perdonar, para salvar.

Haciéndose débil, dejándose matar, en esta gran debilidad del crucificado se manifiesta el amor de Dios en todo el esplendor de su poder. En esta suprema debilidad de la Cruz el amor de Cristo y de dios nuestro Padre se hace omnipotente, indiscutible, ganar de capaz de deshacer todas las prevenciones y sospechas, capaz de ganar todos los corazones. ¿Cómo se puede resistir al amor de un Dios que se ha dejado crucificar por nosotros? Bien se puede hablar del AMOR LOCO de Dios por cada uno de nosotros. Un amor que deja a su Hijo sometido a la peor de las muertes, un amor que respeta nuestra libertad hasta el límite, un amor que sabe esperar hasta que brote de nuestro corazón una respuesta limpia y clara de amor, de un amor arrepentido, agradecido, firme y operante hasta la muerte.

La piedad cristiana ha sabido distinguir entre el Buen ladrón y el Mal ladrón. En realidad los dos eran malos, los dos buenos malhechores. Ahora, a punto de morir uno de ellos quiere librarse de la cruz para seguir su vida de ladrón.

El otro ha quedado tocado por la mansedumbre de Jesús, quiere alcanzar perdón para conseguir la salvación eterna. Su petición es una verdadera confesión de fe. Podría ser patrón y modelo de todos nosotros. Siempre hay tiempo para comenzar de nuevo, la nueva vida comienza por el arrepentimiento, el perdón de Dios nos hace renacer, Cristo colgado de la Cruz es fuente de libertad y de esperanza para los que creen en El. ¡Cómo se equivocan quienes creen que el laicismo es camino de progreso y de redención! La nueva sociedad, la paz empieza en los corazones y crece a la sombra de la Cruz de Cristo. Si Cristo, desde la cruz, en un momento, de un ladrón arrepentido pudo hacer un santo, ¡qué no haría de nosotros si de verdad nos arrepintiéramos de nuestros pecados y de nuestras falsas pretensiones!

En las palabras de Jesús hay una seguridad que a nosotros nos da consuelo y esperanza. Con esa verdad rotunda que la cercanía de la muerte pone en las palabras de los hombres, Jesús promete el Paraíso al ladrón arrepentido: Hoy estarás conmigo en el paraíso. Es verdad que hay perdón. Es verdad que el bien y el arrepentimiento son camino verdadero de vida y de progreso. Es verdad que hay paraíso. El paraíso es Jesús, creer en El, vivir con El, morir con El es entrar en el mundo de Dios en el mundo de la vida eterna.

3ª PALABRA, Juan 19, 25-27

Mujer, ahí tienes a tu hijo

Ahí tienes a tu madre.

Y desde aquella hora la acogió en su casa.

Jesús muere prematuramente. Deja a su madre sola. En su corazón surge la preocupación por aquella mujer que le ha dedicado su vida entera, que le ha acompañado discretamente con toda la solicitud y la fidelidad de su corazón. Ella es el tesoro más grande que tiene en la tierra. La que mejor ha entendido su mensaje, la que más íntimamente ha compartido su vida desde el principio hasta el fin.

En algún momento dijo que su madre y sus hermanos eran los que cumplían la palabra de Dios. María su madre física ha sido también su mejor discípula, la que mejor ha escuchado la palabra de Dios. Jesús sabe que su madre es un tesoro de fe, su lazo de unión con sus hermanos, en el despojamiento de su muerte quiere dejar a sus discípulos ese tesoro de la fe y de la fortaleza y de la ternura infinita del corazón de su madre.

Jesús en la Cruz nos da todo lo que tiene, nos da su vida, nos da también el corazón y la vida de su madre, para que sea nuestra Madre. Por ser miembros de la Iglesia, como verdaderos hermanos de Jesús, hemos heredado como nuestra su propia madre. Jesús quiere que la Virgen María sea nuestra Madre, porque quiere compartir todo con nosotros. Se hace nuestro tan de verdad que su Madre es también nuestra madre. Desde el bautismo, María es nuestra Madre, nos quiere con el mismo corazón de madre con el que recibió a su hijo Jesús en Nazaret y en Belén, nos cuida, nos enseña el camino de la fe, quiere que estemos siempre cerca de Jesús, como quieren las madres que los hermanos estén juntos y se ayuden y se lleven siempre bien. Con María, la madre común, somos la familia, los hermanos de Jesús.

Y esto mismo es lo que Jesús dice a su Madre, Esos son tus hijos, no me pierdes, no te quedas sola, no has acabado todavía tu maternidad, ahora tienes que ser madre de todos mis amigos, de todos mis discípulos, de todos los que yo quiero. Tienes que ser Madre de la Iglesia, de la gran familia de los hijos de Dios. Los cristianos sabemos que María es nuestra Madre, por eso confiamos en Ella, por eso la queremos, por eso nos duelen tanto las ofensas que a veces recibe, por eso multiplicamos sus santuarios, sus ermitas, sus imágenes y advocaciones, hasta llenar con el nombre de María todos los rincones de nuestra tierra.

Por amor a su Hijo, porque estamos hermanados con Jesús, María nos acoge bajo su protección como sus nuevos hijos, como la extensión y la multiplicación de su hijo. El gran amor de Jesús ensanchó el Corazón de la Virgen María. El amor de María a su Hijo la hace madre de Juan, madre de los discípulos de su Hijo, madre de la Iglesia, madre de la humanidad entera.

Esa extensión de la maternidad nos sirve también para mostrar como Jesús nos presenta ante el Padre del Cielo: Jesús no entra solo en el Cielo. Cogidos de la mano nos lleva a todos nosotros, a todos sus discípulos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. “Estos son mis hermanos, estos son tus hijos. No por obra de la carne sino por obra del Espíritu”. “Quiero que los que habéis creído en mí estés siempre conmigo” La redención es un misterio amor, un misterio de familia, de entrañamiento, de llegar a ser todos uno, una familia de amor y de vida compartida. No en virtud del parentesco de la carne, que une y separa a la vez, sino en virtud del acercamiento y del parentesco del espíritu, del amor, de la aceptación, de la comunión espiritual con Cristo y con su Madre en la Iglesia, la comunión espiritual con el Padre del Cielo, desde la unión con Cristo, por la fuerza y el amor del Espíritu Santo.

Junto a la Cruz nace cada día la Iglesia, los cristianos con María, unidos a Jesús, en el amor, en la obediencia, viviendo y muriendo en la verdad, la verdad de Dios y la verdad de la humanidad. Como Juan cuidó a María, la Madre de Jesús, nosotros tenemos que cuidar a la Iglesia que es nuestra Madre. Las familias cristianas viven alimentadas por este amor que Jesús dejó arraigado entre nosotros. El amor de Cristo a su Madre, el amor de su Madre por Jesús y por todos nosotros son la escuela y el manantial del amor que hace fuertes y generosas nuestras familias, como centros de fe y de amor, como manantiales de vida y servidoras de la fe.

Cómo se puede decir que la religión cristiana es fuente de conflictos y enemiga de la convivencia. La fe cristiana nos descubre que el misterio de la redención consiste en la superación de las divisiones y la reunificación fraternal de todos en el amor. Ser cristiano es vivir con gozo y gratitud este proceso de reconciliación y de unidad en la familia de Dios que es la Iglesia. Verlo de otra manera, luchar contra los planes de Dios es luchar ciegamente contra la única esperanza de unidad y de paz que tenemos a nuestro alcance.

4ª PALABRA, Mt 27, 45-46

Elí, Elí, Lamá sabactaní.

Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado.

Estas palabras de Jesús son quizás las que nos permiten asomarnos más íntimamente al corazón de Jesús en los momentos de su agonía. En un primer momento nos cuesta trabajo pensar que Jesús, el Hijo fiel, el Hijo obediente, que tenía su gozo y su vida en cumplir la voluntad de su Padre, se siente abandonado por El, precisamente en este momento terrible de la muerte.

¿Se tratará quizás de un abandono aparente? ¿Pero qué sentido podría tener que Jesús se expresara así si realmente no estuviera viviendo esa terrible soledad de sentirse abandonado por su Padre? El abandono de Jesús en la Cruz, que recuerda las congojas de Getsemaní, nos permiten comprender la verdad de su humanidad, la hondura de su sufrimiento, la inmensidad desconcertante de su amor.

Llegado al momento culminante de la muerte, como hombre verdadero que es, a la vez que el Hijo unigénito de Dios, tiene que vivir en la dureza de la más estricta soledad la verdad entera de su muerte. El amor del Padre calla y se queda como un paso atrás. El nos ha dado a su Hijo de verdad y le deja recorrer hasta el final el camino de su humanidad que es también la obra de la redención, la obra de la recreación de una nueva humanidad. Y este camino de redención consiste en vivir santamente el itinerario completo de la vida humana incluida también la muerte. Es la hora de consumar hasta el final la confianza en Dios y la unión de amor con los hermanos de la tierra. En ese silencio de Dios, en ese aparente abandono de Dios crece hasta el infinito el amor redentor de Jesús y se manifiesta en su plena verdad el amor salvador de Dios.

La soledad ante el dolor, la dureza del absurdo que a veces atormenta nuestra vida, es sin duda el mejor momento para creer en la bondad y en la fidelidad de Dios. Es el momento de aceptar nuestra condición de criatura y de reconocer plenamente la sabiduría de Dios, sin pedirle cuentas, sin atrevernos a juzgarle, sin querer entender.

Las palabras y los sentimientos de Jesús seguramente se inspiraban en las expresiones del salmo 21.

Te llamo de día y de noche y no me respondes.
Estoy hecho un gusano, todos se burlan de mí,
Si confía en Dios, pues que Dios le salve.
Se me derriten los huesos en las entrañas.
En ti esperaron nuestros padres y tú los liberaste.
No te quedes lejos de mí, libra mi alma de la muerte.
Mi alma eternamente.
Y yo anunciaré tu nombre a mis hermanos.

En estos momentos no hay ángeles cerca de la Cruz de Jesús, que le sirvan ni canten canciones de gloria. Es la experiencia del desamparo. Desde entonces la muerte más amarga, la soledad más absoluta están iluminadas por la presencia de Jesús.

En esta debilidad de Jesús aumenta su amor y aumenta su poder. ¿Quién podrá resistir la fuerza de este amor que se rebaja que se anula por nosotros? La fuerza de Jesús es la fuerza de Dios, y la fuerza de Dios es el amor, un amor que respeta, un amor que espera, un amor que se entrega del todo por el bien nuestro, por la salvación de cada uno de nosotros. Y esa es también la fuerza de convicción de la Iglesia, no el esplendor de sus maravillas externas, sino el amor de los santos, la fortaleza y la fe de los mártires, la fidelidad de los que dan su vida cada día en el cumplimiento de su deber y en el servicio del prójimo, la fidelidad mansa y tranquila de quien sirve a la verdad y al bien de la vida con el amor inagotable y siempre joven de cada día.

La vida y la muerte del hombre, las situaciones más terribles y más desesperadas, están ya vividas y santificadas por Jesús, las oscuridades de nuestra vida están iluminadas por El, porque El las vivió primero, y El nos espera en la soledad de la muerte, en el abatimiento de la injusticia, no hay dolor que no haya sido aliviado y curado por la presencia de Jesús. Si El ha vivido primero las zonas más oscuras de nuestra humanidad, ¿Quién nos podrá separar del amor de Dios? Es la hora de la adoración, de la gratitud y de la mayor confianza.

5ª PALABRA, Jn 19, 28-29

Tengo sed.

Esta queja de Jesús tiene un primer sentido del todo realista. No se trata de una sed metafórica. Jesús se ahoga, ha perdido mucha sangre, está abrasado por la fiebre. Como cualquier moribundo Jesús tiene sed. En su muerte No estuvo libre de ninguna de las angustias que asaltan a cualquier agonizante. En la dureza de su muerte Jesús nos descubre el secreto de la dignidad de la muerte. En nuestro mundo se confunde la dignidad de la muerte con el temor a la realidad de la vida. Jesús no tuvo cuidados paliativos. Pero su muerte fue absolutamente digna. ¿Alguien podrá decir que la muerte de Jesús, llena de tormentos, no fue una muerte digna? La dignidad de su muerte, como la dignidad de todas las muertes, está en el valor de la aceptación, en la experiencia del amor y de la comunión de los seres queridos y que nos quieren, en la esperanza firme y segura del triunfo del bien y de la vida, en la filial confianza en un Dios Padre, fuente de vida y mar de misericordia.

Resulta inevitable entender también esta sed de manera metafórica. La sed de Jesús en la cruz es la sed de todos los hombres justos, soñadores y rebeldes ante las amenazas del mal. Es la sed del reconocimiento, la sed de la amistad de su pueblo, la sed de un mundo diferente, un mundo iluminado por la luz de Dios, un mundo de hombres libres que se olviden de la grandeza y de la bondad de Dios, un mundo sin egoísmos donde los hombres sepan y quieran vivir como hermanos, familias con familias, naciones con naciones, un mundo en el que todos los hombres reconozcan con humildad la soberanía de Dios y sean capaces de vivir en la verdad del amor y de la esperanza, sin las cegueras de la avaricia y del orgullo.

Esta sed de Jesús no se ha apagado todavía. Hay muchos millones de hombres que no saben lo que ocurrió en el Calvario. Hay muchos millones de hombres que no saben que son hijos de Dios ni reciben el trato que les corresponde como hijos de Dios. Hay muchos millones de cristianos bautizados que se han alejado de la Iglesia, en Navarra hay muchas familias que viven al margen de la fe que recibieron, muchos jóvenes y muchos niños que ya no crecen en la fe católica porque nadie les habla de Dios ni de Jesús ni de su Iglesia. Sin esta fe cristiana que hermana los espíritus, nuestra sociedad está fragmentada, enfrentada, desconcertada y sin rumbo. No es extraño que aumente la injusticia y se multiplique el sufrimiento. Jesús tiene sed de un mundo justo, ordenado según Dios, en la piedad y en la honestidad, en la justicia y en el amor.

Señor, esta sed tuya rompe nuestros corazones y hace brotar en nosotros ríos de lágrimas. No queremos que sufras por nosotros, no te olvidaremos nunca, no permitiremos que se debilite tu memoria en nuestra tierra, llena nuestros corazones de entusiasmo para que llevemos a todos la buena noticia de tu amor, de tu verdad, de tu salvación. Ábrenos los ojos del corazón para que veamos en nuestros hermanos necesitados el reflejo de tu rostro doliente, danos un corazón justo y valiente para trabajar por un mundo reconciliado en la fe del Padre común y en el reconocimiento sincero de la igualdad y de la dignidad de todos los hombres como hijos de Dios.

6ª PALABRA, Juan 19, 330

Todo está cumplido.

Al pronunciar esta palabra parece que Jesús está ya llegando al fin de su combate. Está ya al final de su vida en la tierra y al mirar hacia atrás tiene el consuelo humanísimo de ver que ha cumplido todo lo que tenía que hacer, está cumplida su vida, aun siendo tan joven, están cumplidas las profecías, está cumplida la obra inmensa de vencer el poder del pecado y comenzar de nuevo la historia de la humanidad en alianza de amor y de confianza entre el Cielo y la Tierra, entre Dios y el hombre.

El poder del Mal está vencido y roto. Se ha manifestado del todo el misterio de la ceguera y de la iniquidad del hombre que ha llegado a rechazar y a matar al autor de la vida, al hombre bueno que pasó haciendo el bien por todas partes, se ha cumplido la ceguera suicida de la humanidad rechazando a Dios que le ofrece la ayuda de su Verdad y de su Amor, como el hombre orgulloso que cierra los ojos al sol porque quiere vivir de sus propios recursos sin aceptar la ayuda del Creador.

A primera vista parece que el Demonio, utilizando la ceguera y el orgullo de los hombres, ha conseguido desbaratarlos planes de Dios y oscurecer el brillo de su presencia y de su amor en el mundo. Pero esta aparente victoria es su derrota definitiva.

En la muerte de Jesús, lo que realmente vence por encima de todos los poderes del mal, es la fidelidad, la obediencia, el amor de Jesús mantenido y crecido hasta la muerte. La comunión, el abrazo de piedad y de amor del hombre con el Dios del cielo, de manera irrevocable, con un amor más fuerte que todos los poderes y todos los temores de la muerte. Ya la Alianza con Dios está restaurada y establecida para siempre, Jesús es el Puente definitivo entre nuestro mundo y el mundo de Dios, Jesús es la puerta abierta para todos los que quieran llegar hasta el Trono y hasta el Corazón del Dios viviente y verdadero.

Y está cumplida la manifestación del amor de Dios que nos rescata del abismo de nuestras ignorancias, de nuestro orgullo, de nuestros pecados, y dejando a su Hijo morir por nosotros nos da el argumento decisivo para que creamos en El, para que le tengamos en cuenta, para que lo pongamos en el centro de nuestra vida como luz que ilumina nuestra mente, como centro de nuestros amores, como deseo de nuestras esperanzas más altas y seguras.

Y está cumplido el mundo, porque ya nunca estaremos solos, ni perdidos, ni angustiados. Le tenemos a El, como un tesoro, como un camino, como una cercanía irrevocable de Dios al que siempre podemos dirigirnos como origen y horizonte de nuestra vida, como garantía segura de nuestra vida, como padre fuerte que protege y defiende nuestra vida de todas las asechanzas, de todos los erro5res posibles, de todas nuestras debilidades. Está cumplida, está restaurada la Creación de Dios alterada por el pecado, está rehecha nuestra vida porque ya podemos confiar en el Dios del Cielo, está terminada la historia porque Jesús es el punto más alto del acercamiento de la humanidad en el acercamiento a Dios, está terminado el universo que vuelve a asentarse en el reconocimiento de la soberanía de Dios.

Este Jesús colgado de la Cruz es el fin del mundo, la verdad última de la humanidad, la cumbre más alta de Verdad y de Bien que podía aparecer en este mundo de pobres y pequeñas criaturas. Sí, todo está cumplido, porque eres Tú el cumplimiento de todas las posibilidades y de todos los deseos y de las aspiraciones más altas de la creación. El punto máximo de lo que Dios podía hacer, y el punto máximo de lo que las criaturas podían alcanzar.

 

7ª PALABRA, Lucas 23, 44-46

Padre, en tus manos pongo mi espíritu

Ninguna de las palabras de Jesús en la Cruz ha sido improvisada, pero esta menos que ninguna. Su oración del último momento ha sido la oración de su vida. Desde los primeros momentos de su vida, Jesús ha sido siempre el Hijo, el Hijo bueno y fiel que vivía en la presencia de su Padre, tratando de descubrir en la historia de su Pueblo la voluntad del Padre, orando horas y horas para percibir en su conciencia humana la presencia y la voluntad de su Padre celestial, tratando de cumplir en cada momento, en cada circunstancia, las obras del Padre.

Ahora, cuando ve que ya le faltan las fuerzas, cuando se le nublan los ojos y sólo ve la cercanía de su Padre en el fondo de su corazón, le brota espontáneamente lo que ha sido el secreto y la fuerza de su vida. EN TUS MANOS PONGO MI VIDA. No hay ni sombra de rebeldía, ni de angustia, ni de fatalismo. Con la seguridad y la placidez que tan maravillosamente supo reflejar el autor del maravilloso Cristo de Javier, Jesús apoya su cabeza en el pecho del Padre, flota por encima de sus dolores para refugiarse en el seno de su Padre, para volver cargado con el peso del mundo a la Casa de su Padre. ¿Podemos imaginar una muerte más humana, más verdadera y más digna?

Esta última palabra de Jesús es la religión verdadera, la oración más alta, la piedad más verdadera, éste es el acto más profundamente humano que podemos imaginar, ésta es la confianza definitiva que honra el nombre de Dios y nos abre a todos las puertas de la salvación.

Vivir es aprender a morir apoyando la cabeza, dejando caer la propia vida en el regazo amoroso de Dios nuestro Padre. Vivir es acercarse a Jesús para aprender a vivir y a morir en esta actitud de confianza filial más fuerte que todas las tentaciones y todos los orgullos y todos los miedos posibles. Con Jesús y como Jesús vivimos y morimos en tus manos, fiándonos de tu amor, caminando hacia ti de la mano de tu Hijo, agrupados en esta Iglesia peregrina que nos acompaña y nos defiende en el camino.

La respuesta del Padre a esta oración de Jesús fue la resurrección de Jesús. Dios bajó a la oscuridad del sepulcro para recoger el cuerpo de su Hijo y llevarlo sin demora al mundo de la vida eterna y de la gloria de Dios. Tenemos que apropiarnos de la piedad y de la religión de Jesús para vivir y morir en las manos del Padre, para volver como El a las fuentes de la vida, para poseer ya desde ahora las primicias de la vida eterna. Cristo resucitado es nuestro mundo definitivo, en El estamos ya viviendo por la fuerza de la fe, de la esperanza y del amor, desde El tenemos que saber entender las cosas de este mundo con la luz del Cielo, desde El tenemos que llenar nuestro mundo de obras buenas para que se cumplan los planes de Dios “en la tierra como en el Cielo”.

Padre de bondad,
En tus manos pongo mi vida.
Que nada ni nadie me haga dudar de ti, de tu bondad, de tu amor, de tu misericordia.
Con este Jesús,
Hijo tuyo y hermano nuestro,
Que coronó su vida y la vida del mundo
En la soledad y en las alturas de la Cruz,
Quiero desde ahora unir mi vida a la verdad de tu amor.
En tus manos pongo mi vida.
En la vida y en la muerte quiero estar cerca de Ti,
Quiero vivir como hijo tuyo,
En la verdad del amor,
Esperando el momento gozoso de encontrarme
Con tu mirada misericordiosa de Padre bueno.
De la mano de tu Hijo que me diste como hermano,
Con la fuerza del Espíritu Santo,
Sostenido por el amor maternal de la Santa Virgen María
Y de la Santa Iglesia Católica.