El sacerdote en un mundo herido. Las heridas de nuestro mundo.

Introducción

Me toca a mí abrir estas jornadas disertando sobre una cuestión compleja, la

situación del sacerdote ante un mundo herido. Para simplificar un poco las cosas comencemos por acotar bien el objeto de nuestras consideraciones. Intentaremos aclararnos un poco sobre esta inquietante cuestión, ¿cómo viven nuestros sacerdotes en el contexto de nuestro mundo tan herido? Este va a ser el objeto de las jornadas completas. Esta mañana me toca a mí hablar especialmente acerca de cómo es nuestro mundo, cuales son sus heridas más dolorosas, las más profundas, quizás las menos confesadas. Si vemos con una cierta claridad cuales son los males de nuestro mundo, nos resultará más fácil saber con qué bálsamos nos tenemos que acercar a él, cuales tienen que ser las actitudes de nosotros pastores, qué verdades, qué sentimientos, qué propuestas de la vida cristiana son las más necesarias, las más curativas, cómo y dónde y cuándo tenemos que ofrecer o aplicar las medicinas que nuestros hermanos necesitan.

Desde el punto de vista metodológico, se nos presenta enseguida una cuestión.

Si queremos llegar a un diagnóstico de los males que aquejan a nuestro mundo, ¿desde qué patrón vamos a señalar esas dolencias? Es decir, ¿dónde situamos el modelo de un mundo sano para poder decidir dónde están los males del mundo presente? Porque seguramente lo que para unos aparecen como males, para otros serán logros positivos.

Así por ejemplo, si en estos últimos años ha aumentado la facilidad para divorciarse, y se han duplicado casi los divorcios en España, eso ¿es un mal o es un bien? Hay opiniones encontradas. Cual va a ser nuestro modelo de salud para poder diagnosticar las enfermedades.

Hay una respuesta sencilla que por lo menos provisionalmente nos puede servir. Podemos estar de acuerdo en que una sociedad sana es la que se regula por los mandamientos de la ley de Dios, la que reconoce, al menos en términos generales, las exigencias de la moral natural como pauta de comportamiento para la vida personal, la vida familiar y las relaciones sociales en el orden cultural, económico y político. Aquí vamos a intentar sondear la salud de nuestra sociedad desde una visión cristiana del mundo y de la vida, o, dicho de otra manera, en una perspectiva más histórica y sociológica, teniendo como punto de referencia lo que nosotros pensamos que tendría que ser una sociedad que mantiene con claridad un patrimonio moral fundado en la recta razón y en la tradición cristiana, acumulado y enriquecido, generación tras generación, a lo largo de los siglos.

En un segundo plano, algo más alejado, podemos tener en cuenta como referencia la nueva humanidad restaurada e inaugurada por N.Señor Jesucristo. La humanidad de los hombres que confían en la providencia de Dios, si no la humanidad de las bienaventuranzas, sí, por lo menos la humanidad de los que adoran a Dios y aman a sus hermanos, la humanidad de los que piden perdón de sus pecados y perdonan a quienes les han ofendido, la humanidad de quienes creen en la vida eterna y en el día final quieren estar a la derecha del Juez justo y misericordioso.

Para nosotros, los creyentes, es obligado pensar que sólo hay un mundo real, un mundo verdadero y justo, el mundo pensado y querido por Dios, creado por su Palabra, centrado y encabezado por Jesucristo. En la actualidad (y esta puede ser una de las heridas de nuestro mundo) muchos creen que la realidad del mundo es opcional, que la realidad del mundo es intercambiable a gusto del consumidor: los que creen viven en un mundo presidido por la Sabiduría y el Amor de Dios, los que no creen viven en un mundo sin Dios. Como si fueran diferentes modelos “prêt à porter”. Pero la realidad no es así. En la imagen interior que cada uno tenga del mundo, podrá existir esta duplicidad. Pero en la realidad objetiva no hay dos mundos, uno con Dios y otro sin Dios. Si creemos en Dios Creador y Salvador estamos obligados a pensar que esa visión

del mundo como un mundo autónomo, que nace de sí mismo, un mundo dominado y gobernado por el hombre según su parecer como regla última de la realidad, es un mundo de ciencia ficción, es una creación literaria como el Quijote o las aventuras de Tin Tin. Por eso es dramáticamente vano el empeño del hombre cuando pretende instalarse en un mundo que no es verdadero, que no existe tal como él se lo figura. La realidad y la verdad del mundo no es opcional.

I. UNA PRIMERA APROXIMACIÓN A LOS MALES DE

NUESTRO MUNDO.

Yendo de lo superficial a lo más profundo, si atendemos a lo que dice la gente, podemos fácilmente percibir que la organización de la vida en la cual estamos metidos, a la cual estamos sometidos, no está pensada a la medida de las necesidades y de los gustos del hombre. La gente padece al tener que acomodarse a una estructura de la sociedad en la cual no se encuentra a gusto. Padece y se queja. Hay síntomas que indican que no estamos haciendo las cosas bien.

Una primera mirada atenta, nos descubre que la gente vive estresada, sometida a un ritmo excesivo de trabajo, de ocupaciones, de exigencias. Vivimos en un clima de abundancia, tenemos muchas cosas, en la sociedad hay muchas ofertas. Pero ¿a costa de qué? A costa de una servidumbre del trabajo y de la economía que desintegra los demás ingredientes de nuestra vida.

He aquí una PRIMERA HERIDA de nuestro mundo, la tiranía de la abundancia. No sabemos vivir sin casa propia, sin coche, sin nevera, sin tv, sin vacaciones, sin fines de semana, sin banquetes de bodas y de primeras comuniones, sin préstamos, sin hipotecas. Y a esto que llamamos nivel de vida, sacrificamos otras muchas cosas muy importantes, reposo, tiempo para convivir y conversar, intimidad, lectura y cultura, vida espiritual y cultural, vida y convivencia familiar.

Este predominio de la economía, que es una verdadera tiranía, lo que manifiesta es que vivimos en una cultura materialista que no aprecia lo que se cuenta y se mide, lo que se compra y se vende. La servidumbre de la economía se desprende del afán de vivir bien, de tener muchas cosas, de no ser menos que los vecinos, de no privarse de nada de lo que está en el gran escaparate de la publicidad. Queremos tener de todo, estar en todas partes, probarlo todo, no tener que renunciar a nada. Queremos llenar el gran pozo de nuestros deseos, o de nuestras carencias, con bienes consumibles. Vivimos en una cultura materialista que nos hace a nosotros mismos, a todos nosotros, un poco materialistas.

Benedicto XVI en su reciente visita a los Estados Unidos de América, les aconsejó a los Obispos que, puesto que viven en una sociedad de la abundancia, estuviesen alertas ante el contagio sutil del materialismo. Hay una manera de compatibilizar el cristianismo, digamos mejor, una falsificación del cristianismo, con una vida rica de bienes y de bienestar material, que conduce a un estancamiento espiritual y pastoral que termina siendo una verdadera decadencia eclesial. No creo que estemos nosotros exentos de ese peligro.

Vivimos en un mundo en el que la vida vale la pena si tenemos muchas cosas, si vamos a muchas partes, si nos divertimos mucho y lo pasamos muy bien. Siempre hacia fuera, siempre buscando el bienestar fuera de nosotros, con dinero, en el mercado, a merced de la oferta y la demanda. Esto, que sin duda resulta entretenido, es también estresante, agotador, angustioso, y muchas veces decepcionante. A la larga, siempre frustrante. Cuando hemos gastado el dinero y las energías para saciar nuestro afán de pasarlo bien, resulta que se nos echa encima el aburrimiento, el hastío. Necesitamos más excitaciones, más viajes, más emociones, pero siempre llega un momento en el que ya no tenemos dinero, o no tenemos salud, o no tenemos tiempo. Nuestra cultura es también una cultura del desencanto, de la decepción. A medio plazo hay mucha gente que llega a la conclusión de que si vivir es esto, si no hay nada más que hacer en la vida, a lo mejor no vale la pena vivir, o por lo menos no vale la pena tomarse la vida tan en serio. Y asoma el fantasma del relativismo, del todo da igual, del no hay nada que valga la pena. He aquí una SEGUNDA HERIDA de nuestra cultura. Desencanto, decepción, languidez, indiferencia, desgana. No vivimos precisamente en una época de grandes heroísmos. Estamos de vuelta antes de ponernos en camino.

Una sociedad organizada en torno al bienestar termina siendo una sociedad edificada sobre el egoísmo. Si cada uno vive para pasarlo bien, puede ser que durante un tiempo coincidamos unos cuantos (un grupo de amigos, una pareja) en buscar juntos nuestra felicidad. Pero es inevitable que en un momento determinado mi bien no coincida con el bien del otro, y tengamos que salir cada uno por nuestra parte para ser fieles al principio fundamental del ser felices aquí y ahora. La cultura del bienestar, que es también una cultura pragmática y desconfiada, desemboca en una cultura del egoísmo, del desamor, de la soledad, del nihilismo. Señalemos pues una TERCERA HERIDA de nuestro mundo, el establecimiento del egoísmo como norma de vida.

Vivimos en un mundo en el que la primacía del individualismo nos lleva más al desamor que al amor, nos impone la aceptación de la soledad como destino inevitable y en consecuencia el disgusto de la vida, la pesadumbre, el nihilismo.

En una sociedad, en una cultura, donde se vive la urgencia de la felicidad inmediata, donde el egoísmo se impone como norma de comportamiento, no hay lugar para aquellas relaciones que nacen exclusivamente del amor. Ni familia, ni vida de consagración, ni nada semejante. El matrimonio, como compromiso de amor irrevocable, y la familia como núcleo social de amor y de libertad, no tienen lugar en una sociedad concebida y organizada sobre la base del principio de placer y del egoísmo. Cuando una pareja se casa con el deseo predominante de ser felices y de pasarlo bien, el desencanto y la ruptura están detrás de la puerta. Esos matrimonios tienen que ser provisionales. Zapatero lo ha visto muy bien dando facilidades para el divorcio. Y si el propio bienestar es la norma tampoco va a haber mucho lugar para los hijos, hay muchas cosas que hacer antes de que les llegue el turno a los hijos. Los anticonceptivos, el aborto, los niños de importación o de laboratorio encajan mejor en este mundo que los hijos tempranos que vengan cuando Dios quiera. A los niños y jóvenes nacidos y crecidos en este ambiente no les puede llegar la voz de Dios. Les llega más bien el vértigo del botellón, alcohol y droga para disfrutar del sexo. El sexo salvaje es el juguete más barato. Ellos mismos son juguete unos de otros.

II. MITOS E HIPOCRESIAS

Pero a nadie le gusta verse feo en el espejo. Si todo lo que hacemos lo hacemos para ser felices, la sociedad, los favorecidos del sistema no pueden admitir que las cosas sean como las estamos describiendo. Por un instinto de defensa propia, para tener a la gente tranquila y contenta, los gestores de esta nueva cultura, que vive en la egolatría, tratan de presentarla de manera amable y atractiva.

La propaganda la presenta como una sociedad solidaria y generosa, el sistema consumista no nos lleva a ningún callejón sin salida, al contrario, somos una sociedad libre, abierta, progresista, solidaria, pacífica y feliz. Para recubrir las llagas que hemos descubierto mirando la vida con ojos cristianos, unas llagas que resultan incurables en ese mundo del egoísmo y de la soledad, nuestra sociedad crea mitos fascinantes que cautiven la mente de la gente y les impidan ver la realidad que ellos mismos están viviendo.

El primer mito, el más poderoso es el de la libertad. Somos un pueblo libre, escogemos y decidimos nuestro futuro, podemos expresar nuestras ideas, podemos poner y quitar gobiernos, podemos circular por donde queramos y establecernos en el pueblo que más nos guste. Tenemos un gobierno que se preocupa de ampliar nuestras libertades. Este es el valor supremo. La libertad no es solamente una cualidad de nuestra vida, sino que es un valor moral, el valor supremo y decisivo. En la cultura actual nos hacen pensar que nuestra libertad consiste en modelar la realidad como a nosotros nos convenga sin ningún límite de orden moral. No hay normas objetivas, no hay límites para nuestros deseos. Dicho en términos tradicionales, no existe una ley moral objetiva a la cual tengamos que someternos para ser justos y felices. Nadie nos va a pedir cuentas de nada. Ni tenemos que sentirnos culpables de nada. Somos libres y somos inocentes.

Pero esto, además de ser una idolatría, es una ilusión. Las cosas no son así. El mundo tiene una consistencia objetiva que no depende de nosotros, nuestra naturaleza es como es y el hombre no logrará nunca hacer que el mundo sea otro de cómo Dios lo creó. Cuando violentamos las reglas del espíritu, como cuando violentamos las reglas de la naturaleza física nuestros deseos se estrellan contra la realidad. Nuestra libertad es libertad de criaturas, no de creadores. Y crece cuando reconoce la libertad soberana de

Dios y trata de coincidir con ella en la verdad y en el bien. Nuestra libertad es camino de vida y de felicidad cuando avanza por los caminos de la verdad y del bien, los caminos de la ley de Dios, si pretende ir en contra de la voluntad de Dios, más tarde o más temprano, se sale del mundo de la vida y se pierde en el vértigo de la nada.

III. TRATANDO DE LLEGAR A LAS CAUSAS

En todos los rasgos que hemos ido exponiendo anteriormente hay un dato común, en la sociedad actual los hombres nos empeñamos en vivir dedicándonos a las cosas de este mundo, o mejor dicho, dedicándonos a disfrutar de nuestra existencia en el mundo, como si no hubiera otra realidad que el mundo material y nosotros no tuviéramos otra posibilidad de existencia que el conocimiento, la explotación y el disfrute de las realidades materiales. El pecado original ha debilitado nuestra mente para conocer las cosas de Dios y del espíritu. Llevamos dentro la tendencia a pensar que sólo lo que se ve y se toca es real, verdadero y apetecible. Pues bien, nuestro mundo se ha decidido a orientar la vida en esta hipótesis. “Dejemos el Cielo para los pájaros, nosotros ocupémonos de las cosas de la tierra”.

Si esto es verdad, podemos decir, tenemos que decir, que la HERIDA MÁS

PROFUNDA DE NUESTRO MUNDO, el error básico de nuestra cultura, es pretender buscar la felicidad y la plenitud del hombre en el disfrute de la existencia temporal y de los bienes materiales, olvidándose de Dios y de la vida futura. Querer saciar los deseos del hombre con los bienes materiales es como querer secar el océano con una cucharilla, o querer llenar los espacios del universo con bolitas de papel.

Nuestra cultura es a la vez idolátrica y atea. Y no sabría decir qué es lo primero, si la negación de Dios o la adoración de este mundo. Y de esta decisión proceden todos los errores, todas las decepciones y todas las inhumanidades de nuestra vida contemporánea.

La serie de errores en los que vivimos se pueden ordenar fácilmente. Primero fue la soberbia de pensar que nuestra razón es la medida de todas las cosas. Luego fue la negación de Dios como incompatible con la grandeza y la autonomía de nuestra razón y de nuestra libertad. Luego vino el afán de conseguir la felicidad apurando todas la posibilidades de bienestar que nos ofrecen las cosas de este mundo, ciencia, técnica, producción, mercado, consumo, injusticias, expoliaciones, guerras, prepotencia, sexismo (lo que se llama la liberación del sexo ¿no es un consumismo más?, el hombre mismo se hace objeto de consumo, para sí y para los demás), esclavitud, violencia. Una sociedad metida en esta espiral del bienestar se hace cada vez más consumista, más materialista, más egoísta, más prepotente y más cruel. Da igual que sea de derechas que de izquierdas. Las verdaderas diferencias no están en los posicionamientos políticos sino en la actitud del corazón, adoración o rebeldía, religión o idolatría, amor o egoísmo. Esas son las verdaderas diferencias que dividen la humanidad, que configuran

la Ciudad de Dios o la Ciudad del Diablo, la civilización de la vida, del amor y de la esperanza, o la civilización del egoísmo, de la desesperanza y de la muerte.

Quizás, más que de perversiones, tendríamos que hablar de pertinacia en el error.

La mayor perversión es la de no querer reconocer los propios errores, la de disimular el mal hasta culpar al mismo Dios de los males que sufrimos, con tal de reconocer que estamos en un camino equivocado. Al prescindir de Dios, el hombre contemporáneo pretende ocupar una centralidad que no nos pertenece, queremos movernos como si viviéramos en un mundo en el cual nosotros fuéramos el centro y la medida de todo, pero ese mundo no existe, el mundo real no es así. De modo que la cultura, los proyectos de vida, las aspiraciones sociales y políticas, nos hacen ser como una flecha lanzada con fuerza hacia el infinito que malgasta su fuerza en girar inútilmente sobre sí misma. El hombre moderno cuando quiere ser feliz por sí mismo, sin reconocer a Dios, es como un naufrago que quiere salvarse del naufragio tirándose de los pelos, o un hambriento que quisiera saciar su hambre devorándose a sí mismo.

Podemos intentar explicitar un poco más los escalones de esta perversión. O los barrotes de esta prisión.

En el orden político

Los poderosos dicen, no hay nadie por encima de nosotros, somos nosotros quienes regulamos y ordenamos la vida del mundo, de nuestra sociedad, como a nosotros nos parece, mediante el consenso que nosotros preparamos, mediante las leyes que nosotros promulgamos. Somos los dioses de la era moderna. Disponemos de nuestra vida y de la vida de los demás. Otorgamos derechos, abrimos nuevos espacios para la libertad, hacemos posible la felicidad. Pero luego resulta que la gente sufre en su soledad, pierde la esperanza y el gusto de vivir, oprime, mata, malbarata lo que otros necesitan.

Después de las terribles experiencias del siglo XX, quisimos cerrar el camino a nuevas dictaduras mediante la entronización de la democracia. Comenzó la democracia en Europa con una fuerte inspiración religiosa que dignificaba la persona y protegía sus derechos. Parece que una vez desaparecidas las sociedades del socialismo real, donde imperaba el ateísmo, lo hemos heredado en occidente, y a medida que ha ido ganando terreno el ateísmo entre nosotros, estamos volviendo a las aberraciones de las dictaduras nazi y comunista. Si se excluye al Dios verdadero, siempre hay otros dioses falsos que pretenden ocupar su lugar. Cuando no se adora al Dios verdadero nosotros mismos creamos nuestros ídolos. En nuestras democracias hemos heredado los ídolos del progreso infinito de las sociedades marxistas. Por eso sigue el proceso de destrucción del hombre y quizás más acelerado que antes.

En el orden personal.

En el orden personal el razonamiento es parecido al que acabamos de hacer: estoy yo solo en el mundo, no tengo que dar cuentas a nadie, ni puedo esperar ayuda de nadie.

Tengo que diseñar mi vida a mi gusto. Sin blanduras ni consideraciones de ninguna clase. Tengo que ser el centro de mi mundo. No dependo de nadie. Ni puedo esperar ayuda de nadie. Por eso tampoco puedo ceder ante nadie. Tengo que ocuparme de mi mismo sin hacer concesiones a nada ni a nadie. La sociedad es solamente una coincidencia de intereses. Todo es legítimo, mentira, explotación, infidelidad, crueldad, con tal de que me venga bien. Y si hace falta trataremos de corregir a la misma naturaleza ciega para ser más libres, más poderosos, más felices. Esta pretensión desmesurada es lo que hay detrás de la ideología de género, y del cultivo de la investigación, de la ciencia y de las técnicas sin límites de naturaleza moral. En esta cultura es normal que se legitime el aborto, la selectividad eugenésica, la eutanasia y todo lo que se presente como una consecuencia de la exaltación de la vida feliz y el desprecio por la vida débil y menesterosa. Es una cultura sin amor, una cultura sin misericordia y sin ternura. Todo eso porque Dios que es Amor ha sido rechazado como un intruso intolerable en el reino del hombre, en el mundo de nuestra libertad. En este mundo de la egolatría, la religión es una abdicación. La Iglesia una impostora.

No sabemos a donde podemos llegar por este camino. Recientemente ha dicho Benedicto XVI, “Como consecuencia de esto (el crecimiento científico y técnico) el hombre contemporáneo tiene a menudo la impresión de no necesitar ya a nadie para comprender, explicar y dominar el universo. Se siente el centro de todo, la medida de todo”. (Discurso a la Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura 8/3/08)

Como conclusión de esta visión vertiginosa basta decir una palabra: el verdadero Dios es un Dios que salva, nos salva de nosotros mismos. Los ídolos devoran a sus adoradores, les hacen crecer hacia dentro de sí mismos en un vacío y en una tiniebla cada vez más cerrada y más exasperante.

IV. ALGUNAS SUGERENCIAS SALUDABLES

Algo positivo tendremos que decir para no quedar hundidos en estos abismos.

Revisarnos a nosotros mismos

En primer lugar, tendremos que reconocer que nuestros sacerdotes, nuestros seminaristas, nuestros cristianos, todos nosotros vivimos en este mundo y con frecuencia asimilamos sin darnos cuenta juicios, actitudes, dudas, exigencias, que provienen de este mundo y corresponden más a los principios de una cultura atea que a una verdadera mentalidad cristiana. Somos capaces de defender en nombre de Dios y del cristianismo ideas y razonamientos que corresponden más al tronco de la cultura atea que a la verdadera tradición cristiana. Esgrimimos derechos o pedimos acomodaciones que no proviene del espíritu cristiano sino del espíritu de la rebeldía y del antropocentrismo.

Poco a poco, también nosotros sentimos la necesidad de instalarnos cómodamente, de tener de todo, de asumir los horarios y los calendarios de la “gente normal”, sin darnos cuenta que estamos pactando con el mundo del materialismo, de la idolatría y de la irreligión. Un sacerdote puede muy fácilmente llegar a sentirse incómodo en la Iglesia porque le estorba la obediencia, la abnegación, el inmovilismo, la falta de eficacia, etc. En algunas disidencias habituales y en algunos malestares crónicos, ¿acaso no puede haber una inadvertida inadecuación cultural?

El Papa Benedicto XVI ha pronunciado hace poco tiempo unas palabras muy severas. “Esta secularización no es tan solo una amenaza exterior para los creyentes, sino que hace tiempo que se manifiesta también en el propio seno de la Iglesia, desnaturalizando desde dentro y en profundidad la fe cristiana, y por lo tanto el estilo de vida y la conducta diaria de los creyentes. Estos viven en el mundo y se con frecuencia marcados –cuando no condicionados- por la cultura de la imagen, que impone modelos e impulsos contradictorios, en una negación práctica de dios.: ya no hay necesidad de Dios, de pensar en El y de volver a El. Además, la mentalidad hedonista y consumista dominante, favorece, tanto en los fieles, como en los pastores, una deriva hacia la superficialidad y un egocentrismo nocivo para la vida eclesial.

La “muerte de Dios” que tantos intelectuales anunciaron hace unos decenios da paso a un culto estéril del individuo. En este contexto cultural, existe el peligro de caer en una atrofia espiritual y en una vacuidad del corazón caracterizada en ocasiones por formas sucedáneas de pertenencia religiosa y de espiritualismo difuso. Se impone con más urgencia que nunca reaccionar contra semejante deriva tomando como referencia los más elevados valores de la existencia que dan sentido a la vida y pueden satisfacer la inquietud del corazón humano que va en pos de la felicidad: la dignidad del ser humano y su libertad, la igualdad entre todos los hombres, el sentido de la vida y de la muerte y de lo que nos aguarda una vez concluida nuestra existencia terrenal” (Discurso a la Plenaria del Consejo de la Cultura, 8/3/08).

Por eso, la primera cautela que debemos tener ante este peligro de colonización cultural, antes de pensar en los demás, es tratar de mantener y vivir claramente de manera unitaria y coherente la mentalidad cristiana y religiosa, en estricta comunión con la Iglesia, cultivándola en la oración, en la lectura asidua de la Escritura, en la lectura de vidas de los santos que son nuestros verdaderos conciudadanos, conviviendo y compartiendo nuestras ideas y nuestros sentimientos en ambientes estrictamente cristianos. En la actualidad el hecho de estar ordenado sacerdote no garantiza el tener una mentalidad verdaderamente cristiana. Quien vive entre fumadores siempre huele a tabaco. El Papa acaba de decir que hoy, en nuestro mundo, los cristianos, para serlo de verdad, no solamente necesitamos una “conversión moral, sino que necesitamos previamente lo que él llama una “conversión intelectual”, es decir el esfuerzo explícito para tener y mantener una mentalidad verdaderamente católica, una visión del mundo y de la vida realmente adecuada al mundo de la revelación y de la fe. Es decir, hoy el cristiano tiene que ser capaz de vivir espiritualmente exiliado del mundo, para vivir espiritualmente en tradición apostólica y en la Iglesia de los santos.

Es cierto que en tiempos de agresión cultural pueden aparecer posturas fundamentalistas. Siempre hay quien cree el remedio para los males de la Iglesia y de la sociedad es la imposición de una disciplina severa. Yo más bien creo que la verdadera respuesta es una formación personal paciente, bien asimilada, un clima de confianza y de acogida interior que facilite una vida de comunión y de comunidad de manera que la Iglesia y la comunidad concreta donde vivimos sean el verdadero hogar de nuestro pensamiento y de nuestros afectos. En un mundo tan polarizado y tan agresivo como el nuestro es preciso que los sacerdotes, y por tanto también los actuales candidatos asuman muy claramente y muy profundamente su identidad cristiana y eclesial, con claridad, con convencimiento, con entera confianza y fidelidad, aceptando de antemano las diferencias y las tensiones con el mundo no cristiano que nos rodea. Las reservas interiores, los distanciamientos, los conflictos habituales pueden fácilmente degenerar en un alejamiento interior que favorece el contagio cultural y el creciente distanciamiento espiritual.

Tenemos que tener el valor y la humildad de examinarnos a nosotros mismos y reconocer en qué y cómo nos hemos dejado contagiar por la cultura circundante hija del materialismo y del ateísmo. He aquí unos cuantos puntos dignos de consideración.

1.Podemos preguntarnos, p.e., si nuestras preocupaciones pastorales, los objetivos prioritarios de nuestra predicación están suficientemente centradas en el testimonio sobre Cristo y sobre Dios, si nos preocupamos ante todo de fortalecer la fe en dios de nuestros cristianos o nos enredamos excesivamente en cuestiones secundarias.

2.Tendremos que examinar si nuestra visión y presentación del cristianismo no es excesivamente antropocéntrica, excesivamente de este mundo y para este mundo, sin tener suficientemente en cuenta la primacía de Dios, la gratuidad y la necesidad de la salvación, el reconocimiento de Jesucristo como centro de gravedad y punto de partida de nuestra vida.

3.En la misma línea conviene que pensemos si damos la suficiente importancia a la dimensión escatológica de la vida cristiana, no sólo en los funerales, sino en la presentación de la vida cristiana en general, la primacía del juicio de Dios en nuestra vida, la importancia de la oración, la necesidad del desprendimiento, la justificación de la moral cristiana, la necesaria renuncia a los bienes de este mundo, el deseo y la esperanza de los bienes futuros como realidad definitiva de nuestra vida.

4.Si tenemos en cuenta estas cuestiones, veremos que con frecuencia hablamos demasiado de la Iglesia y de cuestiones eclesiales o clericales, valorando más los aspectos sociológicos y organizativos que el misterio interior de la Iglesia que nos hace contemporáneos de Jesús por su palabra y por los sacramentos, hijos de Dios por el don de su Espíritu. La misión de la Iglesia no es hablar de sí misma sino acercar a las personas al conocimiento de Jesús, a la adoración de Dios y a la recepción humilde y agradecida de sus dones. Todo lo demás nos vendrá por añadidura.

5. Nuestra misión, como la de Jesús, es salvar a los hombres, ayudarles a descubrir y a aceptar a Dios como principio y plenitud de nuestra vida. Para eso tenemos que estar convencidos de ello sin dudas ni fisuras posibles. Y tenemos que estar convencidos de que una cultura sin Dios es objetivamente una cultura contra el bien del hombre, una cultura que comienza ensalzando al hombre, prometiéndole todas las felicidades del mundo, pero que degenera sin remedio en una cultura del egoísmo, de la insolidaridad, de la crueldad y de la muerte.

En la vida pastoral

Solo en segundo lugar, después de haber revisado nuestra vida personal, nuestras instituciones, nuestros procedimientos, podremos preocuparnos sin presunción de los métodos y objetivos pastorales. Entiendo que una pastoral sincera, evangélica y eclesial, una pastoral realmente cristiana, tiene que insistir de manera positiva, sin temores de ninguna clase, de manera convincente y armoniosa, en aquellos puntos de nuestra fe que están hoy más olvidados o son más duramente cuestionados. Si el verdadero Pastor es Jesús, el punto de vista de la verdadera pastoral tendrá que ser preguntarnos, no qué es lo que la gente va a aceptar con más facilidad, sino lo que ahora mismo, en estas mismas circunstancias haría o diría Jesús, el buen Pastor ¿cómo acogería Jesús a esta persona, qué le diría, como le ayudaría a descubrir el Reino de Dios y aceptar sus dones?

En concreto, pienso que nuestra pastoral tiene que ser una pastoral hecha en clave de servicio, de ofrecimiento, en un exquisito respeto a la libertad y a los caminos de cada uno. Sin juzgar, sin regañar, sin querer imponer reglamentaciones y ordenamientos secundarios y contingentes. A partir de una acogida humilde y servicial, nuestra predicación tendría que privilegiar todo lo referente al conocimiento y a la aceptación de Dios como Creador y Salvador de nuestra vida. Necesitamos ayudar a nuestra gente a vivir en la convicción de que somos criaturas, que tenemos que vivir como criaturas, en la alabanza, en la gratitud, en la obediencia, en la confianza. en el amor. Esa es la verdad, la única verdad. Todo lo demás son ficciones que no nos pueden salvar.

Hemos de asentar la consistencia de la fe y la coherencia de la vida de nuestros cristianos en unas pocas convicciones muy claras y muy firmes: la adoración, la imitación y el seguimiento de Cristo, la esperanza y el deseo de la vida eterna, la primacía de la caridad como norma suprema y efectiva de nuestro comportamiento. De esta manera conseguiremos que nuestra pastoral sea una continua recuperación del rostro de Jesús, de su palabra, de sus hechos, de su presencia iluminadora y santificadora. Para lograrlo tendremos que utilizar mucho más y recurrir con más frecuencia a los evangelios, a la tradición y la comunión de la Iglesia, al ejercicio personal y comunitario de la caridad.

En la actualidad hablamos demasiado de la Iglesia. Queremos recuperar el respeto y la credibilidad de la Iglesia. Es una pretensión justa. Pero para conseguirlo, en vez de entrar directamente en la cuestión tendremos que aprender a presentar el ser de la Iglesia como resultado de la fe en Jesús. Es Jesús quien nos salva y no la Iglesia. Jesús y no la Iglesia tiene que ser el centro de nuestra predicación. Invitamos a creer en Jesús y en el Dios de Jesús, no en la Iglesia. Cuando una persona cree sinceramente en

Jesucristo le resulta muy fácil creer en la Iglesia y amarla como familia de Jesús. A pesar de los pecados de los cristianos. Cuando no existe esta fe en Jesús y en el Dios de la salvación, es inútil creer que crean en nosotros y nos traten con respeto.

Con frecuencia entendemos mal y practicamos peor el buen deseo de renovar y rejuvenecer nuestra Iglesia. Hemos hablado mucho del “aggiornamento” y de la necesidad de renovar las estructuras y el lenguaje de la Iglesia. Pero no siempre lo hemos entendido bien. La juventud y el vigor de la Iglesia no vienen de la adaptación de nuestra doctrina y de nuestras costumbres a los gustos y los usos del mundo contemporáneo, sino de la proximidad real y vital de nuestras mentes y nuestros corazones con Jesucristo, que es la fuente viva y siempre joven de la vida de la Iglesia.

En una dialéctica rectamente comprendida es la Iglesia, con la fuerza del Espíritu Santo, la que tiene que renovar y rejuvenecer constantemente al mundo. Es verdad que la Iglesia y los cristianos recibimos muchas cosas del progreso de la sociedad y de las adquisiciones de los hombres, pero este enriquecimiento no pasa de lo circunstancial y funcional. En lo más profundo, en las intenciones y aspiraciones de los corazones, en la rectitud y claridad de las conciencias, en la justicia de las actuaciones, es la Iglesia y los¡ dones del Espíritu los que son luz y fermento para el mundo, garantía de justicia y de progreso.

De esta manera podremos vivir en el mundo sin ser de este mundo, podremos mantenernos ciudadanos del cielo en un mundo cerrado sobre sí mismo, para llegar a ser testigos de la vida eterna de Dios en un mundo que quiere vivir encerrado en sus propias tinieblas.

La obra de la evangelización tiene que ser muy amplia y requiere la participación de la Iglesia entera. Cada uno tiene su misión propia en la gran movilización evangelizadora. Los Obispos, los sacerdotes y religiosos, los seglares, los jóvenes y los adultos, todos tenemos nuestro sitio en este gran despliegue apostólico. Es preciso reconstruir la humanidad entera en su verdad. Actualmente estamos descubriendo y sufriendo las consecuencias de una realización práctica y coherente de la visión del hombre sin Dios. Poco a poco nuestra sociedad va sacando las consecuencias de la secularización radical y van apareciendo las consecuencias de una cultura atea, donde el hombre pretende darse el tratamiento de dios de si mismo. Por eso no podremos articular una respuesta adecuada ni podremos devolver al hombre el respeto a su propia identidad, si no nos centramos en el esfuerzo concordante para que llegue a reconocerse como “interlocutor de Dios” y candidato a la vida eterna. Ningún mal se puede restaurar sin devolver al hombre el reconocimiento de si mismo como criado a imagen y semejanza de Dios. La verdad de Dios y nuestra relación con El es el gran tema de la evangelización. Este fue sin duda el centro de la predicación y de la vida de Jesús, esta es también la misión permanente de la Iglesia. Esta es, en estos momentos, la misión apremiante y honrosa de cada uno de nosotros.