La Familia como lugar de la Vida

Conferencia inaugural de la XXXI Semana de la Familia, Diócesis de Cádiz y Ceuta, 15-XI-2009

Los organizadores de estas Jornadas Diocesanas sobre la Familia, me han pedido que inicie el trabajo de las Jornadas comentando el lema escogido para este XXXIª celebración: La vida, primer tesoro de la familia.

Mi primera preocupación al preparar esta intervención fue preguntarme de qué vida tenía que hablar. Porque vida es la vida de las hormigas, y vida es la vida de los ángeles. Una primera reflexión me hizo ver que si había que hablar de la vida tenía que de hacerlo en su totalidad. Cualquier otro planteamiento se me quedaba corto y terminaba yendo contra la misma naturaleza de las cosas. Porque la vida, aunque se realice y se manifieste en muchos grados y con formas infinitas, es una sola, vida es la misteriosa animación de cuanto existe, vida es la actividad, la alegría, la pujanza, el deseo de afirmarse y de crecer que mueve y sostiene a cuanto existe.

Vida es el afán de ser y de crecer de todo cuanto existe, la expansión alegre de cuanto existe, y el afán de reunirse, de apoyarse, de resistir juntos a las amenazas de la muerte y de la nada, que tienen todos los existentes. Vida es la gloria del ser, la delicada belleza de las flores, la fuerza secreta de las semillas, la agilidad y la fuerza de los grandes mamíferos, la variedad y vistosidad de las aves, vida es el asombro de los niños, la prudencia de los ancianos, la alegría de los encuentros y la angustia de los cautiverios, vida es el saber y el hacer de todos los pueblos, la lucha de cada día contra la soledad y contra la muerte, vida es el amor, el querer ser, vida es la complacencia de estar en el gran banquete del mundo.

Si dejamos la lírica y nos preguntamos serenamente qué es vivir, la escolástica nos ofrece la vieja definición de Aristóteles, a primera vista decepcionante, vida es “motio sui ipsius”. Pero si nos detenemos un momento y nos asomamos al interior de esta definición, a lo mejor nos descubre cosas interesantes. No hablemos de “vida” que al fin y al cabo es una abstracción. No es la vida lo que anda por la calle, sino los vivientes. Un viviente es aquello que se mueve por sí mismo, que se mueve desde dentro, que busca, que desea, que defiende y amplía su propia existencia. Un viviente es aquello que existe con capacidad de colaborar con su propia existencia, que la sostiene, que la multiplica, que la defiende, que existe queriendo existir.

Un viviente es algo, o alguien a quien se le confía el cuidado de su propia existencia. Pero ¿quién nos la ha confiado? He aquí un dato nuevo. Ahora nos damos cuenta de que la vida no es nuestra, no nos la damos, no depende de nosotros, nos la han confiado. Vivir, en realidad, es una manera de ser, vivir es ser activamente, voluntariamente, responsablemente. Y vemos que la vida es una, unos dependemos de otros, nadie puede vivir sin el apoyo y el impulso de los demás, la vida es realmente una gran irrupción de ser, con sus infinitas maravillas, ayudándose unas a otras para estar en el mundo, para desplegar su hermosura, para gozar del gusto de existir, para encender con mil colores la oscuridad de la noche, para llenar de voces, de afectos, de pensamientos y amores el vacío de la nada. Todo sosteniéndose contra el vértigo amenazante de la nada. Porque dentro de nuestro ser llevamos la posibilidad de no ser. Por eso nuestra razón de ser está en “otro”, no en nosotros.

Dios primer viviente y principio vida.

¿Qué misterio es éste? ¿Por qué la vida y no el silencio universal? ¿Por qué el ser y no la nada? Y así llegamos al misterio primordial. La Vida es Dios, Dios es vida, todo vida y toda la vida, por eso es fuente de vida, origen, donante, el Padre universal de la vida universal. Precisamente, en estos días estoy explicando a los Seminaristas de Málaga el Tratado sobre el Misterio de Dios y no puedo quitarme de la cabeza los bellos artículos de la q. 18 de la Iª parte de la S.Th. de Sto. Tomás de Aquino “Utrum omnia sint vita in Deo”. Dios es vida por esencia, vida absoluta, vida ilimitada, de forma que todo en El es vida. Dios es entender y querer substancial, vida substancial, infinita, en toda su actualidad y perfección. Todas las cosas son vida en Dios y Dios es la vida de todas las cosas.

Nosotros, cristianos, sabemos que en el origen de todo lo que existe y de todo lo que vive, está el Dios vivo y verdadero, ese ser Primero, Necesario, que es la fuente de todo lo que existe, cuyo nombre más adecuado es el de Ser Subsistente. Dios es el acto de Ser en toda su plenitud, sin ninguna limitación, en toda su expansión e infinitud. Dios es el Ser en si mismo, en toda su infinitud posible, el Ser infinito afirmándose por sí mismo de forma necesaria e ilimitada. Y de este Ser infinito, por inteligencia y por amor, brotan todos los existentes. Todo lo que existe, brota, brotamos, de este océano infinito de existencia que es Dios. A veces el insistir en la eternidad de Dios nos lleva a la percibir a Dios como un ser inmóvil, que no se altera por nada, que no siente, que no se emociona, que no reacciona, que no vive. La eternidad de Dios no consiste en que Dios no esté activo, sino en tener y vivir toda su actividad “simul existens”, entiende eternamente lo que nosotros somos y hacemos temporalmente. Tiene vida perfectísima y eterna, porque su vivir es perfectísimo, siempre en acto (S.Th. Iª, 18, 3).

Ser es entender, y entender es poseer en la propia existencia la forma del ser entendido, por eso Dios es Padre que engendra por vía de inteligencia su propia substancia divina como proveniente de si mismo, el Padre engendra al Hijo, ser divino con su misma substancia, como imagen e Hijo de Sí mismo. Padre e Hijo conviven en un mismo Ser infinito, y convivir en el Ser es amarse, darse y aceptarse mutuamente, fundirse en la unidad y gozar en uno mismo de la presencia y de la comunicación del otro. Esta es la vida de Dios, nuestro Dios es un Dios vivo, un Dios que entiende y que ama, que convive dentro de Sí mismo, de su propia unidad.

A partir de esta brevísima contemplación de la Trinidad de Dios, podemos decir, vivir es entender y amar, vivir es convivir, amarse, gozar de la plenitud del propio ser en la comunión con otras Personas semejantes, teniendo presentes a todos los existentes mediante el conocimiento y el amor.

Porque Dios se ama, porque es feliz de ser lo que es, decide libremente crearnos, por pura generosidad, por el gusto de multiplicar su amor, para que muchos otros podamos también disfrutar, con El y como El, del gozo de ser en comunión con todo lo existente. Este es el gran banquete de la vida. En el centro Dios, Primer Viviente, y en torno a El, sostenidos por El, todos los demás vivientes, la creación entera, participando de su ser de mil maneras y con mil formas. La creación como pedestal del Hijo, lazo de unión de la Trinidad con el mundo y del mundo con la Trinidad. Ese es nuestro mundo, el único verdadero, las demás visiones posibles de mundos laicos y autónomos son pura fantasía.

El realismo de una visión de fe

Sólo teniendo presente este horizonte de la vida de Dios, podemos hablar de la vida con realismo y verdad, con verdadero sentido. Es evidente que los hombres podemos hablar de la vida sin tener en cuenta a Dios, podemos incluso escribir libros y promulgar leyes sobre la vida y la muerte sin tener en cuenta a Dios. Pero entonces estamos reduciendo el alcance de nuestras palabras y la riqueza de nuestras experiencias más de lo que podemos imaginar. Hablar de la vida sin referirse a Dios, es como hablar de la luz desde dentro de un calabozo, empeñados en contar exclusivamente con la luz de unas cuantas antorchas, sin querer pensar en la luz del sol que brilla al otro lado de los muros. Esta es el verdadero punto de vista para plantearnos de nuevo las preguntas iniciales: Si Dios es el Primer Viviente, si Dios es la Vida misma, ¿qué sentido tiene decir que la vida es el gran tesoro de la familia, que la familia es el lugar privilegiado de la vida?

Somos en todo y por siempre criaturas de Dios. Porque Dios es como es, somos nosotros como somos. Porque Dios es un Dios vivo y conviviente, nosotros somos también presencia y amor de nuestro propio ser. Somos trinidad en nuestro propio ser, y llegamos a ser lo que somos, siendo unidad con otras personas por el conocimiento y por el amor. La familia, y en primer lugar el matrimonio, es el encuentro de dos personas, que se conocen, que se quieren, que se funden en un solo proyecto de existencia por la fuerza de un amor que los une, que los recrea, que les mueve a multiplicar la vida para ampliar y multiplicar el amor con el que ellos se aman y la felicidad de la unidad que ellos comparten. También para el hombre, imagen de Dios, ser es vivir, vivir es conocer y amar, amar es darse y acogerse, ser capaces de iniciar juntos un ciclo de existencia, alimentada por el conocimiento y unificada por el amor, que despliegue lo que somos, multiplique la existencia y aumente sin cesar nuestro amor y nuestra felicidad.

Hagamos una breve digresión sobre la grandeza y la profundidad de la sexualidad humana. Del mismo modo que nuestro cuerpo no es algo añadido a la persona, sino parte esencial de la misma; del mismo modo que el alma está en el cuerpo y actúa por el cuerpo y desarrolla sus energías espirituales a partir de las experiencias sensibles de su cuerpo, así la sexualidad del hombre y de la mujer no es sólo ni primordialmente una cualidad de su cuerpo, sino que por ser del cuerpo lo es también del alma, de la persona. Es la persona entera la que es un ser sexuado, la que vive y actúa sexuadamente, la que se une con su mujer o con su varón en un abrazo de amor, del que brota la vida como un renuevo y una multiplicación del ser de los dos fundidos y potenciados por su amor.

Con la particularidad de que el amor humano no es, no puede ser creador, sino sólo colaborador del donante universal y permanente de la vida que es únicamente y necesariamente Dios. Nadie puede diseñar de la nada un nuevo viviente como él quiera. Todas las técnicas y todos los poderes del hombre se limitan a manipular algo de los seres vivos ya existentes. Intentan apropiarse de algo que no es suyo, que no han hecho ellos, sino que existe y vive previamente. En el abismo del amor interpersonal entre varón y mujer, se multiplica la vida, pero se multiplica como don, los padres engendran una nueva persona, pero su causalidad termina en la preparación de la intervención divina. En cada persona nueva que viene a la existencia está el toque creador de Dios, la intervención directa de Dios creando la llama de la existencia espiritual y corporal que habita y humaniza el nuevo ser fruto de la fecundación.

Nadie sabe cómo, nadie sabe por qué, de repente, surge una criatura nueva, capaz de crecer, de conocer, de amar el mundo entero. Del amor matrimonial nace una persona nueva que revive en sí misma la aventura del mundo, la aventura de Dios. Cada vez que nace un niño comienza el mundo. Decimos la familia tal, el matrimonio cual, espera un hijo. Y es así, los hijos se esperan, se reciben cuando llegan, cuando Dios quiere, Dios os los da, nadie puede hacer que surja de la nada una nueva vida, nadie puede marcarle un ritmo, grabar un futuro de vida en una criatura inerte. Dios es la vida, sólo Dios nos hace vivir, sólo El nos saca de la nada y nos está dando ahora mismo la capacidad de ser, de vivir, de entendernos, de querernos, de estar presentes y disfrutar en este gran banquete de la vida.

El amor, “humus” y “clima” de la vida.

La vida es amor, sólo del amor y por el amor, surge la vida y sólo protegida por el amor, la vida crece y llega a su plenitud. La frágil vida del embrión sólo llega a su término si es acogida y protegida con amor. Hablar de la vida termina siendo la verdadera alternativa a la cultura del aborto, que pertenece a una cultura del desamor, del egoísmo y por eso mismo, cultura de la desesperanza y de la muerte. Las grandes posibilidades físicas y espirituales, individuales y sociales, de un niño cuando comienza a vivir en el seno de su madre, sólo podrán crecer en ese otro nido, ese nuevo seno del amor espiritual de sus padres, de sus hermanos, de sus amigos, que le ofrece la convivencia amorosa, el apoyo y la ayuda que necesita para crecer, para aprender a vivir humanamente en este mundo, hasta llegar a ser una persona madura, poseedora de la riqueza del mundo entero en su mente y en su corazón. Educar es amar, acoger, atraer hacia la propia perfección al que comienza a ser, de nuevo en el movimiento del conocimiento y del amor. Donde no hay amor, donde no hay ofrecimiento y donación de lo que uno es, no puede haber verdadera educación, no puede haber crecimiento, no puede haber vida verdadera.

Con la transmisión de la vida, la transmisión de la fe en Dios, Padre y Salvador

En esta espiral del amor, que es la espiral de la vida, la mejor donación es la donación del conocimiento de Dios. Las familias cristianas, la Iglesia, como familia de familias, acogen a los nuevos cristianos abriéndoles la puerta del último secreto de nuestra vida, el secreto de la presencia del amor de Dios en nosotros. En definitiva, en los padres cristianos, en la Iglesia, es Cristo quien nos hace la confidencia de mostrarnos el secreto de su corazón, “a vosotros os llamo amigos, porque os he confiado todos mis secretos”. Y ¿cuál es el secreto de Jesús? El secreto de su intimidad y su identidad personal, el secreto de sus largas horas de oración, el secreto de la presencia y de la bondad de su Padre, el amor de su Abbá, la ternura del amor de Dios que ilumina y sostiene su vida, que lo acompaña en la oscuridad de la muerte y le exalta en la gloria y en el gozo de la resurrección, del triunfo definitivo de la vida de Dios en su cuerpo resucitado y glorioso.

Los Papas nos lo han dicho repetidamente. Uno de los fenómenos más negativos de la vida de la Iglesia actual en occidente es que las familias cristianas, en muchos casos, no son ya capaces de transmitir la fe y la cultura cristiana a sus propios hijos. Educar es enseñar a vivir, enseñar a vivir lo que uno mismo vive. Es verdad que los hijos están sometidos a muchas influencias perniciosas que reciben de los ambientes exteriores a la familia. Pero tenemos que atrevernos a decir que la fuerza del amor verdadero es más grande y llega más adentro que la fuerza de todos los ambientes.

Donde los hijos son amados con un amor santo, generoso, sacrificado, irrevocable, allí hay influencia educadora segura. Y donde se vive el seguimiento de Cristo, el amor de Dios, de la Iglesia y del prójimo, como elemento primordial de la propia vida, de la convivencia de cada día, de los criterios vigentes de actuación, de forma clara, explícita, eficiente, allí los hijos aprenden ser cristianos de verdad, aprender a vivir como seguidores de Jesús, a la sombra del amor de Dios, teniéndolo como referencia continua y definitiva en todas las circunstancias de la vida. Luego, podrá haber días más claros o más oscuros, podrá haber incluso algún eclipse temporal de la luz de Dios, pero el mundo interior de los hijos está definitivamente construido a partir de la presencia iluminadora y vivificadora del amor de Dios que sostiene y protege nuestra vida. Las experiencias profundas de nuestra infancia son siempre la patria, el cimiento irrevocable de nuestro espíritu.

En la Iglesia y con la Iglesia, paternidad/maternidad hasta la vida eterna.

Hasta la resurrección gloriosa, hasta ese triunfo definitivo de la vida sobre la muerte, llegó la vida humilde de Jesús que comenzó imperceptiblemente en el seno de la virgen María el día de la Anunciación. Hasta la resurrección ha de llegar esta pobre y grandiosa vida nuestra que comenzó el día de nuestra concepción, la vida que nos dieron nuestros padres, que ellos acompañaron con su amor, las vidas de vuestros hijos que vosotros acompañáis en la Iglesia y por la Iglesia, con Cristo, por el Espíritu Santo, hasta que lleguen a la casa de Dios de donde salimos. Salimos como un germen pequeñito, volvemos como un barco, con las velas desplegadas o con las velas hechas trizas, pero siempre llevando en las bodegas de nuestro corazón las riquezas del mundo entero, repetidas, multiplicadas en la vida de cada uno.

Visión de conjunto

La vida, el gran tesoro de la familia. La familia, lugar privilegiado de la vida. Tanto como decir, la familia lugar privilegiado de la presencia y de la actuación de Dios en la humanidad y en el mundo. ¿Comprendéis por qué Pablo dice que todo esto es un gran misterio? Sí, en el matrimonio, en el amor, en la fidelidad, en la fecundidad integral, material y espiritual, está presente y actuante el misterio de Dios, que es Amor, que nos ha trasladado al Reino del Hijo de su Amor, Cristo, que, por amor, se entregó por nosotros y nos da la vida de manera abundante, haciéndonos compartir el amor con el que el Padre le ama y el amor con el que El mismo ama a sus hermanos. En la familia está presente el misterio de la Iglesia, que es el misterio de Dios con nosotros.

La familia es lugar privilegiado de la vida porque es lugar privilegiado del amor. Por eso mismo es también lugar privilegiado de la presencia de Dios en la humanidad y en el mundo, pues la vida es Dios y Dios es amor. Porque Dios ha querido y sigue queriendo que la vida, que es amor, nazca y crezca en el amor, en la comunicación y en la donación, en la comunión de los vivientes, en el gozo y la riqueza de la compañía, del acogimiento, de la inexistencia, de la comunicación y la donación mutua.

Todo esto quede dicho sin desconocer ni ocultar que la vocación para el amor inscrita en lo profundo de nuestro ser espiritual, se puede vivir y cumplir sin pasar por la mediación de la sexualidad. Precisamente porque el amor no nace de la carne, aunque la carne lo estimule y lo module, precisamente por eso una persona puede realizar su vocación para el amor amando a los demás sin la mediación de la sexualidad, o por lo menos sin el condicionante de la sexualidad como vehículo y signo primordial del amor personal. La gracia de la virginidad y del celibato consiste en amar a los demás, en nombre y con la ayuda de Dios, con un amor personal, sincero, gratuito, generoso, estable, que busca el bien del otro sin el aliciente ni la mediación del sexo, logrando así unas posibilidades nuevas que llevan también la huella y la fecundidad de Dios.

Dos conclusiones prácticas

De estas disquisiciones, quizás un poco vagas, se desprenden muchas consideraciones prácticas. Sólo quiero señalar algunas.

Primera: Tenemos que ser capaces de ver los preceptos concretos de la moral cristiana no como una colección de imposiciones aisladas, ni siquiera como un conjunto de normas sensatas y prudentes, sino como exigencias internas de la misma naturaleza de las cosas, exigencias internas de la vida entendida como amor y como fruto del amor. Es como decir que la moral cristiana surge desde dentro de la vida misma, vista desde el punto de vista de Dios, que es el único punto de vista verdadero.

Juan Pablo II, en su encíclica “Donum vitae” mostraba ya su preocupación ante la tendencia de considerar verdaderos derechos a toda clase de deformaciones y perversiones de la sexualidad humana. En este mundo de la permisividad y del relativismo moral, la Iglesia corre el riesgo de ser considerada como la sociedad del “NO”. Es importante hablar y actuar de manera que estos “noes” inevitables de la Iglesia, se perciban y se interpreten como verdaderos “síes” a la verdad del amor y de la vida. No podemos aceptar la promiscuidad, la anticoncepción, el sexo salvaje, porque todo eso es contrario al amor, a la naturaleza interior del amor, y por eso no es propio de la vida humana, sino empobrecimiento y degradación de las personas, amenaza y perjuicio para la vida de los que actúan así y las vidas que pudieran nacer de esos encuentros deshumanizados y degradados.

No podemos tampoco aceptar el divorcio, ya sea exprés o ralentizado, porque esa manera de actuar niega la perpetuidad del amor, porque sólo aspirando a la perpetuidad el amor es verdadero, y todo lo demás son mutilaciones de la vida verdadera, negaciones del ser de las personas llamadas a crecer y a vivir eternamente en el amor y por el amor.

Y tenemos que rechazar también los intentos de programar y ejecutar técnicamente los nacimientos desconociendo que la vida es un don que se recibe y se acoge y se protege en el seno de un amor personal, que se afirma ilimitadamente como garantía de una vida siempre acompañada y protegida.

Esta cultura nuestra que exalta como valor supremo la libertad individual, considerada casi exclusivamente en sus aspectos puramente subjetivos, sin tener en cuenta su relación esencial con la verdad objetiva de las cosas, es capaz de frivolizarlo todo y hacer de la creación entera un juguete al servicio de nuestros caprichos. Los hombres no podemos decidir caprichosamente si queremos un hijo o no, sin contar con Dios, la vida es esencialmente don, los hijos son dones recibidos de Dios, dones que se desean, que se piden, que esperan y se reciben, cuando Dios los da y como Dios los da.

No somos dueños de la vida, ni de la nuestra ni de la de los demás. La vida es más grande que nosotros, nosotros estamos en la vida y no la vida en nosotros, Dios es la vida, Dios hace crecer la vida en nuestras manos sin que nosotros sepamos cómo ni por qué. El olvido de Dios está haciendo que nos olvidemos también de la hondura misteriosa de la vida y queramos convertirla en una construcción nuestra que intentamos manipular como quien juega con las piezas de un mecano. No hablemos de la vida, hablemos de los vivientes, de los hijos, de los niños que crecen alimentados con la savia de vuestro amor. El valor infinito de esas criaturas incipientes no está en ellos, no está en la maravilla de su crecimiento prodigioso, sino que está en el amor que Dios les tiene, cada niño, cada ser humano que comienza a vivir es objeto del amor personal de Dios, que le da la vida, que le da algo de su vida divina, que le llama y le prepara desde el primer día de su concepción para que viva con El eternamente en la vida eterna.

Segunda: Al proponer el “evangelio de la familia”, la visión cristiana y católica del matrimonio y de la familia no podemos hacerlo condenando y rechazando a quienes ven las cosas de otra manera o simplemente no se sienten capaces de vivirla sinceramente. El ser más profundo de la familia es el amor, gratuito, abnegado, generoso, irrevocable, un amor que no nace de nosotros sino que lo aprendemos y lo recibimos de Dios, de Cristo que se entregó por nosotros. Si sabemos amar es porque creemos en Cristo que nos amó hasta el final. Pero este amor no se puede imponer, no se puede presentar como una obligación, sino como propuesta y más profundamente todavía como don. Este amor es un don que Dios da a los que creen en El.

No condenemos a los que viven de otra manera. Tengamos más bien compasión de ellos. No hemos aprendido todavía la exquisita pedagogía de Jesús con los pecadores. No sabemos odiar al pecado, denunciar claramente el pecado, pero amando al pecador, ayudándole a salir de su pobreza, de su soledad. Dios condena el fraticidio de Caín, incluso lo castiga, pero al mismo tiempo protege al pecador, sigue amando a Caín, no lo expulsa del alcance de su amor (Gn 4, 15). Jesús rechaza y condena el adulterio, pero acoge y perdona a la pecadora. Los que no ven el misterio del amor humano, y viven de otra manera, se pierden la gran experiencia del amor, viven ignorantes de sí mismos, encerrados en el sótano oscuro de la carne, sin poder disfrutar del esplendor del amor humano ni del amor de Dios. Son unos desgraciados, dignos de amor y de compasión.

La manera de atraerlos no será condenarlos desde nuestra superioridad, sino acercarnos a ellos con amor, con un amor hecho compasión, con humildad y sencillez. Nosotros, por nosotros mismos, no somos mejores que ellos. Nada es nuestro, todo es gracia, también nosotros somos pecadores, hagámosles ver la belleza de la vida humana cuando se vive en la plenitud del amor. Les será más fácil aceptar nuestro mensaje si se lo proponemos humildemente como una invitación a recibir el don de vida que nosotros hemos recibido, el don de ese amor infinito que es Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que quiere asociarnos a todos a la alegría eterna de su vida gloriosa. Hagamos que la luz de nuestra vida, habitada por el amor Dios, ilumine la penumbra tediosa de la vida de tantos hermanos nuestros. Estamos en tiempos de evangelización, tenemos que ampliar el espacio donde brilla y donde se vive el amor de Dios. Estamos en tiempo y en tierra de misión.

Tenemos que aprender a ganar nuevas adhesiones para el evangelio de Jesucristo, dejando de condenar, y haciéndoles ver que la vida verdadera es más hermosa de lo que ellos piensan, a la medida de la sabiduría y de la infinita bondad de nuestro Padre Dios. Para evangelizar, para atraer y convencer, no vale ni la pedagogía de los integristas ni la de los progresistas. Unos, con el pecado, rechazan al pecador; otros, por atraer al pecador son indulgentes con el pecado. Ni lo uno ni lo otro. La pedagogía de Jesús es más fina, más clara, más justa y sobre todo más compasiva, más amorosa. Y por eso mismo más eficaz.

Conclusión

Quien acogió la vida, en nombre de todos y para el bien de todos, fue la Virgen María. Ella recibió del Padre el don de su Hijo, hecho hombre en sus entrañas, crecido en sus brazos, al calor de su corazón. En Jesús y María nos aparece el misterio y el don de la vida en toda su grandeza y en todo su dramatismo. Por el consentimiento de la Virgen María, por la obediencia confiada de María a la voluntad santa de Dios, la Vida entró en el mundo y nosotros hemos sido librados del poder de la muerte. Desde entonces, María, que es a la vez símbolo de la Iglesia Madre, es madre de la humanidad, madre de todos los vivientes. La maternidad de María ilustra la maternidad de la Iglesia, y ésta muestra el misterio de la maternidad de María, modelo incomparable de acogida y protección de la vida. Ella cuidó de Jesús en la vida y en la muerte, por eso fue iluminada por el esplendor de la resurrección de su Hijo. Vivimos ahora tiempos de contradicción y de muerte. Vivimos en nuestra carne el rechazo que padeció Jesús y que compartió su Madre María, “en el mundo encontraréis dificultades y tendréis que sufrir, pero no os preocupéis, “Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

La Sagrada Familia, modelo de la Iglesia y de las familias cristianas, realiza plenamente la misteriosa relación entre familia y vida. María, aceptando la vocación del Padre, hizo que el Verbo de vida, la Palabra de Dios en la que estaba la vida, entrara en nuestro mundo y se hiciera miembro de una familia humana. Desde entonces, Jesús, el hombre viviente, es el tesoro de la familia santa de Nazaret y de la Iglesia entera, esa gran familia de los hijos de Dios. Las familias cristianas, como miembros y células de la Iglesia, tienen el poder y la obligación de transmitir y multiplicar en el mundo la vida humana, en toda su plenitud, la vida que comienza secretamente en el seno del amor humano y que dura eternamente junto a Dios, esa vida humana verdadera, arraigada en Cristo y escondida con El en el seno del Dios viviente.

Quiero terminar con tres indicaciones concretas:

1ª, Demos gracias a Dios por habernos manifestado este misterio de su amor que es también el misterio de nuestra vida. Somos hijos de Dios; somos, con Jesús, hijos de su amor, para vivir con El eternamente.

2ª, Demos el paso decisivo de vivir en el amor, el paso decisivo de situarnos en el amor como actitud de vida fundamental y universal. Salgamos de la cárcel de nuestro egoísmo que es pura tiniebla a la luz gozosa del amor bueno de Dios, que está en Cristo y tiene que crecer también en nosotros. Este es el Reino de Dios cuya venida pedimos cada día, vivir del amor de Cristo, en el amor de Cristo, con el amor de Cristo, para el bien de todos.

3ª, Salgamos a las calles y a las plazas, salgamos a los cruces de los caminos, anunciando con obras y palabras, humildemente, amorosamente, el banquete que Dios tiene preparado para sus hijos, para todos sus hijos, invitémosles, seguros de que muchos vendrán y se sentirán felices en la casa común, la casa del Padre que es la Iglesia.